¡Hola! Los personajes no me pertenecen, son de L. J. Smith y CW. Y la historia original pertenece a la escritora Teresa Medeiros.


Anteriormente en La Maldición Del Castillo…

-¡Qué pretendes hacer! -le preguntó, mirando como una tonta su brazo cautivo.

-Aceptar tu oferta. -la atrajo bruscamente hacia él, y le acercó la cara hasta que sus labios estaban a menos de un pelo de los de ella. -Si no puedo tener a tu padre, señorita Gilbert, entonces, pardiez, te tendré a ti.


24 –

Cuando Damon echó a andar hacia el acantilado, sin dejar a la aturdida Elena otra opción aparte de seguirlo, Caroline se interpuso en su camino.

-Perdone que me entrometa, milord. -le dijo agitando sus sedosas pestañas. -Pero si es venganza lo que desea, yo soy la muchacha para usted. Nuestra dulce y querida Elena ya ha sufrido bastante en sus manos.

-Qué amabilidad la suya al señalarlo. -repuso Damon.

Entonces apareció Meredith, como llovida del cielo.

-No seas ridícula, Caroline, en mi calidad de hermana mayor, a mí me corresponde expiar los pecados de nuestro padre. -aplastó la mano contra el pecho de Damon. -Le aseguro, milord, que estoy totalmente preparada para apagar su sed de venganza.

Damon le retiró amablemente la mano de su pecho.

-Si bien encuentro muy... mmm... conmovedora vuestra preocupación por el bienestar de vuestra hermana, me temo que ese sacrificio no será necesario.

Haciendo una seca inclinación con la cabeza a las dos alicaídas hermanas, continuó caminando hacia el acantilado, sus dedos entrelazados con los de Elena. No bien había dado tres pasos cuando se presentó otro obstáculo en su camino. Aunque la coronilla de la canosa cabeza del hombre escasamente le llegaba al esternón a Damon, estaba armado con una expresión de obstinada santurronería y una enorme Biblia negra.

-¿Debo elegir un testigo y enviar a buscar mis pistolas, señor? -le preguntó Damon, deteniéndose. -Faltan algunas horas para el amanecer, pero tal vez podríamos pasar el tiempo leyendo algunos salmos.

Al reverendo Hopkins le tembló la mano que levantó para ajustarse los anteojos, pero su aflautada voz sonó aguda como un latigazo:

-No serán necesarias pistolas, muchacho, a menos que persistas en esta locura. En calidad de autoridad espiritual asignada para este pueblo por la Corona y Dios omnipotente, no puedo en buena conciencia permitir que lleves a esta pobre muchacha a ese castillo para tus nefandos fines. Ya pasó dos semanas en tu compañía sin la compañía de una mujer ni la bendición de la Iglesia. Es posible que su reputación ya esté dañada sin remedio, pero su alma todavía podría ser salvable.

-Le puedo asegurar, -dijo Damon, con voz tan sedosa que provocó miradas aprensivas entre varios aldeanos. -Que no encontrará en este pueblo otra alma que pueda compararse con la de la señorita Gilbert.

El reverendo tuvo la decencia de parecer avergonzado.

-Justamente por eso no puedo permitir que la tomes a no ser que vuestra unión sea aprobada ante Dios.

Los dos hombres se miraron en pétreo silencio. Al frente del reverendo se perló de sudor, pero fue Damon el que finalmente suspiró, derrotado. Puso a Elena de cara a él.

-Parece que el buen reverendo está resuelto a darnos su bendición, la queramos o no. ¿Qué dices, mi amor? ¿Quieres casarte conmigo?

Las palabras de Damon volvieron a Elena a la realidad.

Descargó su ira en el desventurado pastor.

-¿Cómo puede pedirme eso? Este hombre es un ogro despiadado, rencoroso, sin un gramo de piedad ni compasión en su arrogante alma

-Ya ha oído a la dama. El asunto está resuelto. Ahora, si nos disculpa...

Dejando al reverendo con la Biblia abrazada al pecho, Damon reanudó la marcha.

Ya estaban a punto de llegar a las afueras del pueblo cuando una sombra se cruzó en su camino. Cuando Damon miró de arriba abajo a la enorme figura que estaba delante de ellos, sus ojos se iluminaron con un destello evaluador. Si sus años en la Real Armada le habían enseñado algo, era justamente lo extraordinario que es encontrar un adversario digno.

Isobel sostenía un hacha en la mano, apoyada en el hombro, sus rizos agitándose como un nido de víboras.

-Si quieres conservar esa bonita cabeza tuya, muchacho, harás bien en hacer con mi muchacha lo que dice el reverendo. Puede que yo no la haya cuidado como debería, pero que me cuelguen si me quedo sentada mientras un sinvergüenza cachondo se la tira sin siquiera decirle "con permiso".

Damon miró hacia atrás por encima del hombro y vio la cara del reverendo convertida en toda una guirnalda de sonrisas angelicales. Se inclinó en una galante reverencia ante Isobel.

-Que jamás se diga que he rechazado a una dama con un hacha. Vamos, Elena. -le puso la mano en la curva de su codo. -Parece que te vas a convertir en mi esposa.

Elena y Damon se casaron en la casa principal del pueblo menos de una hora después. No dispuestos a perderse ni un momento del espectáculo, los aldeanos se apretujaron en la cocina, haciendo turnos para mirar boquiabiertos a su jefe con su malhumorada flamante novia. Jamás se habían derramado tantas sinceras lágrimas en una boda en las Highlands.

-Ésta tenía que ser mi boda. -gimoteaba Gatita, manchando con sus lágrimas la levita de seda de Alaric.

-Él tenía que ser «mi» marido. -gemía Meredith, con la cara metida en su pañuelo de encajes.

-¡No es justo! ¿Por qué Elena tiene que tener toda la suerte? -sollozaba Caroline, sorbiendo por la nariz para no sonársela, no fuera a ponérsele roja. De pronto se le iluminaron los ojos. -Puede que tenga una esposa, pero de todos modos va a necesitar una amante, ¿verdad?

Lágrimas de orgullo paternal no paraban de empañar los anteojos del reverendo Hopkins, mientras los berridos de la cetrina nena de Rebekah ahogaban la mayoría de las promesas nupciales. Incluso a la estoica Isobel, que se había plantado firmemente detrás del novio por si se le ocurría escapar, se la vio bajar el hacha el tiempo suficiente para limpiarse una sensiblera lágrima de la mejilla.

Solamente la novia conservaba los ojos secos mientras repetía las palabras que la unían a Damon Salvatore hasta la muerte de uno de los dos. Alguien había quitado el halo de rosas de los rizos de Gatita para ponérselos en la cabeza a Elena, donde no paraba de caérsele sobre un ojo furioso.

La ceremonia tuvo que interrumpirse dos veces, una cuando Tyler sorprendió al viejo John saliendo sigilosamente al patio lateral con el fin de excavar en la tumba para sacar el oro, y otra cuando el padre de Elena se bajó por segunda vez de su cama y se presentó en la habitación llevando puestos solamente un gorro emplumado y una sonrisa boba.

Alguien tuvo la previsión de enviar a buscar el carruaje que debía llevar a Gatita y Alaric a Edimburgo, y fue en ese carruaje donde pusieron a Elena como un paquete después que Damon le rozara los labios en un casto beso y le prometiera adorarla con su cuerpo. Él se sentó en el asiento tapizado en terciopelo del frente, y dio un fuerte golpe a la puerta para indicar al cochero que partiera.

Cuando el coche se puso en movimiento, los aldeanos gritaron sus vivas a coro. La alegría de sus caras dejaba muy claro que creían que su deuda para con el señor estaba totalmente pagada y estaban libres para continuar con el asunto de vivir.

Durante el zarandeado trayecto en coche por el escarpado sendero del acantilado, la rabia de Elena fue dando paso poco a poco a la aprensión. Miró disimuladamente a Damon y le resultó difícil creer que era su marido. Antes él sólo podía robarle lo que deseara de ella, pero ahora ella le pertenecía en cuerpo y alma.

De todos modos, se le antojaba que ese hombre era más desconocido para ella que el ser sin rostro que solía entrar en su habitación de la torre. Tratando de vencer su timidez, se puso a mirar por la ventanilla opuesta, pero la luz de la luna que se filtraba a través de la oscuridad sólo le recordó las muchas horas que faltaban aún para el amanecer.

Damon debió de advertir su ligero estremecimiento, porque desprendió el alfiler del broche Salvatore, se quitó la manta de tratan y se la puso sobre los hombros. Él le había tenido fuertemente cogida la mano mientras hacían su promesas nupciales, pero allí en el carruaje, estando los dos solos, parecía casi renuente a tocarla.

Cuando él volvió a acomodarse en su asiento, ella le dijo:

-Felicitaciones, milord Dragón. Parece que vas a tener tu sacrificio de una virgen después de todo.

Él reanudó su contemplación por la ventanilla, su perfil tan pétreo como el paisaje.

-Nunca debes ofrecerle a un hombre algo que no desees que tome. Y mucho menos...

-...¿A un hombre como tú? -terminó ella en voz baja.

Antes que él pudiera manifestar su acuerdo, apareció el castillo Weyrcraig, como una gigantesca sombra en la oscuridad.

El coche se detuvo ante las puertas y apareció un lacayo corriendo para abrir la portezuela. Cuando iba caminando al lado de él hacia el castillo, Elena recordó la noche de tormenta cuando él la llevó por ese patio en sus brazos. Y ahora volvía a ese lugar no como su cautiva, sino como su esposa.

Un hombre vestido todo de negro los recibió en la puerta.

-Buenas noches, señor. ¿Le digo a la cocinera que prepare una cena tardía para usted y su... -bajando su larga nariz patricia miró a Elena, revelando muchísimo con su titubeo. -Señora?

Damon negó con la cabeza.

-Eso no será necesario Donovan. Quiero que se marchen, tú y el resto de los criados. Tomen las lanchas y pasad la noche en el barco.

-Pero señor, -protestó el hombre, visiblemente escandalizado ante la idea de abandonar sus deberes. -¿Y si necesitan algo durante la noche?

Damon colocó una posesiva mano en la cintura de Elena.

-Te aseguro que soy más que capaz de dar a mi señora lo que sea que necesite.

Esas palabras le produjeron a Elena un escalofrío que le bajó por todo el espinazo. Por lo menos antes estaba Alaric, ahora estaría totalmente a merced de un hombre que ya había admitido que no tenía ni un ápice de piedad. Antes que el criado se apresurara a ir a cumplir sus órdenes, Damon ya la iba guiando con mano suave pero firme hacia la escalera.

La escalera principal ya no estaba atestada por piedras caídas ni envuelta en sombras, estaba limpísima e iluminada por dos hileras de parpadeantes velas montadas en candeleros de hierro. Las barandas astilladas habían sido reemplazadas por otras de caoba labrada en imaginativas espirales y volutas. Elena supuso que encontraría esos acogedores detalles en todas partes, pero cuando iniciaron el ascenso por la escalera de caracol que llevaba a la torre, una ráfaga de viento azotó la manta de Damon en que iba envuelta. Los escombros sobre los peldaños dejaban muy claro que a ninguna mano de albañil se le había permitido alterar el desolado caos de esa escalera.

Cuando dieron la vuelta del primer rellano, se encontró cara a cara con el enorme agujero abierto en la pared norte. La civilización podía estar llegando lentamente al resto del castillo, pero ahí la noche seguía imperando en toda su belleza salvaje y tempestuosa.

Desperdigadas por el negro cielo las estrellas brillaban como trocitos de hielo, al pie del acantilado las olas golpeaban las rocas y el mar estaba agitado como una burbujeante caldera.

Sintió tensarse la mano de Damon y por un aturdidor momento llegó a pensar que él la iba a empujar a ese precipicio para castigarla por la traición de su padre. Pero entonces él le rodeó la cintura con el brazo, apartándola del abismo. Cerrando los ojos, se apoyó en él.

-Ve con tiento. -le dijo él, instándola a pasar junto al abismo.

Cuando llegaron al último escalón, él sólo tocó la puerta panel y ésta se abrió. Por las rejas de la ventanuca entraban rayos de luna iluminando con su neblinosa luz las velas medio derretidas y la ropa de cama toda revuelta.

El arcón del rincón estaba abierto, dejando a la vista un buen surtido de encajes y cintas. The Triumph of Rational Thinking de Manderly seguía tirado en el suelo. Todo estaba exactamente igual a como ella lo dejara.

-¿Así que reservaste todo esto para mí? -preguntó ella. -¿O esperabas que los aldeanos te dejaran otra virgen a la puerta?

Damon apoyó la espalda en el panel y se cruzó de brazos.

-La verdad es que esta vez habría preferido una ramera. Las vírgenes dan demasiados problemas.

Elena fue hasta el arcón y empezó a pasar la mano a lo largo de una cinta.

-Y a propósito de rameras. Yo me imaginaba que ya habrías devuelto estos vestidos a quienquiera que fuera la veleidosa amante a la que pertenecían.

-Me temo que eso no será posible. -se le tensaron los labios. -Pertenecían a mi madre.

A Elena se le escapó la cinta de los dedos. Se pasó las manos por la falda de tafetán plisado.

-Mi madre era un alma práctica sin un sólo hueso vanidoso en el cuerpo, pero a mi padre le encantaba sorprenderla con rollos de las más hermosas telas que tenían para ofrecer París y Londres. -recogió el libro y pasó sus páginas con cantos dorados. -Los libros eran de él. Siempre deseó que yo pusiera más interés en la lectura, pero yo estaba demasiado ocupado cazando y explorando los cerros. Me consideraba más un guerrero que un estudioso.

-Estaba muy orgulloso de ti.

Damon dejó el libro sobre la mesa.

-No demostré ser muy buen guerrero la noche que Cumberland tomó el castillo.

-Sobreviviste, ¿no?

-Sólo porque uno de los oficiales de Cumberland era un cabrón astuto que odiaba todo lo escocés y tenía un apetito antinatural por los niños bonitos.

Elena estuvo un momento casi sin poder respirar.

-¿No te...?

-Lo deseaba. Ah, al principio era muy sutil, un chiste verde aquí, una amenaza allí, un manoseo casual. Hasta el día en que me arrinconó en un bosque camino a Edimburgo. Me tiró al suelo. -bajó la cabeza, su rostro ensombrecido por una vieja vergüenza. -Trató de ponerme sus asquerosas manos encima.

-¿Qué hiciste?

Él levantó la cabeza y sostuvo su intensa mirada.

-Lo maté. Le enterré su propio cuchillo en el vientre. Una vez hecho, me incorporé, con las manos chorreando de sangre, y estuve un momento mirándolo. Y no sentí nada, ni vergüenza, ni lástima ni remordimiento.

Si con eso pensaba horrorizarla, se equivocó. Elena sólo sintió una alegría salvaje de que ese hombre estuviera muerto.

-Podrían haberme ejecutado por eso, pero decidieron que era mejor que me domara la Real Armada. Cuando me subieron a bordo del barco en Edimburgo, el capitán me hizo encerrar en la bodega, en uno de los compartimientos que en otro tiempo usaban para transportar esclavos. No era más grande que una tumba, y me tuvieron a pan y agua para mantenerme vivo, mucho después que yo empezara a suplicar que me mataran.

Elena cerró los ojos, tratando de no imaginarse al orgulloso niño de ojos vivos, que había pasado toda su infancia explorando las montañas y paramos, encerrado en la oscuridad, ahogado por el hedor de su propia suciedad.

-¿Cómo lograste no volverte loco?

Él se encogió de hombros.

-Tal vez no lo logre. Cuando llegamos a Inglaterra yo ya era muy poco más que un animal, irreconocible incluso para mí mismo. Cuando atracó el barco me sacaron de la bodega y me arrojaron a los pies de un almirante. Pensé que era como el otro, así que me abalancé sobre él. Si no hubiera estado tan débil, igual podría haberle destrozado el cuello a mordiscos. Él podría haberme hecho colgar por eso, pero en lugar de hacerlo ordenó que a todos los hombres de ese barco los desnudaran hasta la cintura y les dieran veinte azotes por maltratar así a un niño. Lo único que pensé, -añadió, moviendo la cabeza. -Fue ¿cómo se atreve a llamarme "niño" este cabrón?

Elena reprimió una trémula sonrisa.

-El almirante Brandon era un hombre decente para ser inglés, un poco severo tal vez, pero no falto de bondad. Su esposa había muerto antes de poder darle un hijo, así que tomó interés por mí. Cuando yo ya tenía edad para ello, me compró una comisión en la Real Armada, y cuando me retiré de la armada, persuadió a sus amigos ricachos a que invirtieran en mi empresa naviera. Siempre tuve la intención de volver a Ballybliss algún día, pero me pareció justo esperar hasta después que él muriera.

Por primera vez Elena comprendió la lealtad de Damon hacia un pueblo del que debía haberse considerado enemigo jurado. Comprendió por qué había aprendido a hablar como ellos, a vestirse como ellos y a luchar a su lado.

Echó a andar hacia él y la manta se le deslizó por los hombros y cayó al suelo. Ella observó acercarse con ojos recelosos, pero no hizo ningún ademán para detenerla, ni siquiera cuando ella levantó la mano para acariciarle la mejilla con las yemas de los dedos. Una vez había explorado su cara en busca de alguna horrible desfiguración, pero acababa de comprender que las cicatrices que había buscado no estaban en su cara sino en su alma.

-Mi pobre Dragón. -susurró, acariciándole el contorno de la mandíbula. -Te trataron como a una bestia, por lo tanto no tuviste otra opción que convertirte en una.

Él le cogió las muñecas en su puño inflexible.

-Maldita sea, Elena, no quiero tu lástima.

-¿Entonces qué quieres de mí? -preguntó ella, alzando la cara hacia él.

-Esto. -susurró él con voz ronca, bajando su ávida mirada desde sus ojos a sus labios. -Quiero esto.


Bueno, ¿Qué les pareció?

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Nina•