Parte V

"Esconderse tras una máscara no siempre tiene como objetivo aparentar ser quien no eres." – Skull Kid

26 – La máscara del corazón

Aquel fue el peor sueño de todos.

No es que fuera más terrorífico que los anteriores, que lo fue. No es que el pequeño Link perdiese la vida, o que sucumbiese ante uno de sus muchos enemigos: los garo, los espíritus malditos del Valle de Ikana, el extraño vendedor de máscaras, la Máscara de Majora… El último sueño había permitido a Zelda reunir muchas de las piezas de aquel puzle, y ahora sentía miedo.

Al fin entendió lo que el mundo oscuro de Términa representaba. Como algunas de las personas ya habían mencionado en los sueños, la historia de Términa era la historia de un fracaso, y conseguir salir de aquel bucle infinito de días que se repiten uno tras otro, no era más que conseguir aceptar vencer todos y cada uno de los miedos que representaban el fracaso.

Zelda estaba casi segura de que el reino de Ikana representaba a todos aquellos espíritus que perecieron alguna vez en las guerras de Hyrule, guerras civiles de hylianos contra hylianos, sinsentidos como el que se estaba generando en el Hyrule que su madre gobernaba. Estaba segura de que los habitantes de Ciudad Reloj eran personas que Link había conocido en la realidad, en esa realidad que tenía que existir fuera de su cabeza y de ese bucle de tres días. Y otras personas debían ser, al igual que en los sueños, proyecciones de ideas, sentimientos… proyecciones de sí mismo. Lo entendió de inmediato, en cuanto vio a Kafei entregar la máscara del sol a Anju. Ella esperaba recibir la máscara del sol de manos de Link en el baile de máscaras que se celebraba esa noche, lo mismo que Anju esperaba recibir la máscara de Kafei. Eso no podía ser una coincidencia. Para empezar, ¿cómo llegó el libro de las máscaras a sus manos, en el mercadillo del muelle del lago Hylia? ¿Por qué había una exposición de máscaras? ¿Por qué su madre había organizado un baile de máscaras? Todo estaba conectado y sus sueños, que siempre fueron especiales y distintos a los sueños corrientes trataban de decírselo. No eran como los sueños en los que de repente se daba cuenta de que iba en pijama a la universidad, o con un pie descalzo, o echaba a correr y no podía mover las piernas, desde el principio fueron sueños que narraban la historia de unas vidas que no le pertenecían. Pero al mismo tiempo, esas vidas tenían que estar conectadas con ella… y también con Link, con su Link. Por eso entendió que Kafei era una de las imágenes que Link, bajo el hechizo de Majora, había creado para imaginarse a sí mismo. Un Link condenado a ser un niño de diez años, un joven atrapado en el cuerpo de un niño. Y Anju… sí, existió otra Zelda y el Link niño tuvo que conocerla. Aunque no apareciese en el sueño y por tanto ella no había alcanzado a verla, la otra Zelda existía, sólo había visto su proyección, encarnada en Anju. Estaba segura de que las cosas entre el pequeño Link y esa otra Zelda no habían ido bien, o no habían terminado como debieran y por eso el corazón del pequeño Link sufría, imaginando que un salto de años lo separaban de ella. De ahí la maldición. Link tenía que superar esa separación entre otras muchas cosas si quería derrotar la maldición de Majora y despertar de la pesadilla. De otra manera, Link podría quedar atrapado por siempre en su propio sueño, hasta olvidar por completo quién era en realidad, por eso con cada iteración la amnesia era mayor.

En el último sueño de Zelda, Link por fin conseguía acceder al interior de la luna y se ponía la última máscara, esa que todos le dijeron que no debía ponerse, la del hombre de ojos vacíos. El cuerpo de Link se transformó en el de un guerrero alto, con el pelo plateado. Zelda comprendió casi de inmediato que aquella apariencia debía corresponderse de alguna manera con los recuerdos que él debió tener de sí mismo… pero era un hombre adulto, ¿por qué? Eso no lograba entenderlo del todo. Tal vez la maldición de Kafei era real, y Link también había sido hechizado para acabar siendo un niño de diez años, quedando así separado de la Zelda que debía seguir siendo adulta.

Link, transformado en el hombre de los ojos vacíos, acudió a enfrentar a Majora en el último aliento de Términa, en esa ocasión no tocó el instrumento mágico que volvía el tiempo atrás. Una risa siniestra se oía en el vacío, "es la risa de una mujer" pensó Zelda, ansiosa por ver qué revelaban las tinieblas de su propia pesadilla. Pero no pudo ver más, sólo distinguió a lo lejos la silueta de la Máscara de Majora. "Tiene forma de corazón, qué extraño" pensó. Entonces, justo antes de que el Link enmascarado se enfrentase a aquel ser demoníaco, todo se nubló.

De repente ya no estaba en el interior de la luna a punto de presenciar la batalla final, estaba en un sitio distinto, se vio a sí misma en lo más alto de la Torre de Piedra que había en la región de Ikana. Hacía frío y una niebla densa lo cubría todo. Y oyó la voz de la mujer, la mujer de blanco que se le había aparecido raramente en los sueños. "La luna tiene una cara oculta, un lado oscuro, como Link. Está poseído por la luna, por el espíritu marchito del héroe, por eso sus ojos han dejado de ver." Zelda miró hacia el cielo, intentando ver algo, pero sólo había niebla y ráfagas de luz, como relámpagos muy lejanos. "¿Y qué puedo hacer yo, por qué me enseñas esto?" le preguntó a la voz. "El espíritu de Majora se alimenta de los corazones rotos."

Después de eso, abrió los ojos y ya no hubo más.

En un pedazo de papel trató de anotar todo lo que había visto y todas las conclusiones que había alcanzado esa noche. Estaba cerca, más cerca que nunca de saber toda la verdad, pero mientras Link no consiguiese derrotar a sus miedos no recobraría todos sus recuerdos, y por tanto ella no podría más que figurarse qué podría haber pasado en realidad.

Sus doncellas de cámara la sacaron de su ensimismamiento. Insistieron en asearla y por una vez, como excepción, ella se lo permitió, a pesar de lo extraño e intrusivo que le parecía aquello.

Salió escaleras abajo, sin ir a buscar a Impa como solía hacer, la sheikah estaba demasiado ocupada con los preparativos de seguridad para el baile de esa noche. Tenía tiempo libre, todo el que quisiera, porque su madre también había interpuesto una larga lista de excusas y obligaciones que la mantendrían ocupada hasta la noche. Querría ir a ver a Link, pero Impa le había "aconsejado", "eufemismo de prohibición", pensó con sorna, no abandonar el castillo en todo el día. Y ella habría desobedecido gustosamente, pero se había levantado un poco trastornada tras la última pesadilla y prefería pasar el día tranquilamente hasta que llegase la hora del baile.

Subió a los corredores que conectaban las almenas. Allí el aire era fresco y se había convertido en uno de sus lugares favoritos del castillo. Gracias a las clases de Historia Antigua, había podido averiguar que los arqueros solían apostarse allí para defender las murallas, y poder vivir eso en persona era uno de los muchos atractivos del Hyrule de su madre.

—Deberías mirar por dónde pisas…

—¡Olly! —exclamó, sobresaltándose con su presencia —pensaba que hoy no habría nadie aquí, todos están ocupados con el baile.

—Me han ordenado vigilar la muralla —sonrió él, encogiéndose de hombros —y dígame, alteza real…

—Ah, no me hables así —dijo ella, poniendo los ojos en blanco, pero correspondiendo su sonrisa con otra.

—Esta es la gran noche, ¿no? Al fin todos sabrán que la reina Arien tiene en realidad una heredera.

—Puede, no lo sé… —titubeó, girándose para observar el horizonte.

—¿No te hace ilusión que todos te reconozcan como princesa?

—Esa es una ilusión de mi madre —reconoció —lo hago por ella. Pero… cuando todo esto pase, volveré a casa.

—Lo entiendo. Desde que te vi supe que ese es el mundo al que perteneces. Intentar sacarte de allí fue como sacar a un pez del agua. Encajabas allí.

—Gracias —dijo ella, mirándole a los ojos —oye y… ¿qué máscara te vas a poner esta noche? ¿La de médico?

—Muy graciosa…

—Te quedaría muy bien, no pongas esa cara —bromeó, soltando una carcajada.

—Llevo la máscara de caballo. Muchos de los sheikah de mi rango la llevarán, es una especie de distinción militar —aclaró Olly —Pero a mí podrás reconocerme porque seré un caballo castaño con una marca blanca justo en la frente ¿y tú? ¿Qué vas a llevar? Tienes que decírmelo para que pueda pedirte un baile…

—Yo… seguramente llevaré la máscara del sol. Link y yo vamos a intercambiar nuestras máscaras.

—Así que lo vuestro va en serio…

—Link es el amor de mi vida —confesó. Tal vez era demasiada información para Olly, pero las palabras le salieron solas —quiero decir… bueno… tú ya me entiendes… —titubeó con timidez.

—Lo entiendo, lo entiendo —sonrió él, para quitarle un poco de hierro al asunto —además, seguramente él piensa lo mismo de ti. ¿Cómo si no ha conseguido llegar hasta aquí? Aún me sorprende lo lejos que ha llegado viniendo de otro mundo tan distinto, sin formación, sin indicaciones…

—Sí, hay momentos en los que aún no me lo creo.

—En fin. Espero que a Link no le importe que me concedas uno de tus bailes.

—Trato hecho, aunque seguramente a él no le guste la idea —sonrió, encogiéndose de hombros.

—¿Nos vemos más tarde, alteza?

—Sí, nos vemos en el baile —se despidió ella, guiñándole un ojo.


Unos minutos antes de que tuviera lugar la apertura del baile, la reina llamó a Zelda a sus aposentos, juntas tenían que repasar el protocolo de esa noche.

—Diosas, ¡estás preciosa, hija mía! —exclamó la reina, al verla aparecer —sin duda el blanco es uno de tus colores.

Zelda llevaba un vestido blanco con bordados en oro, lo del oro le parecía demasiado ostentoso para su gusto, pero las costureras habían insistido en usar auténtico hilo dorado cuando ella les anunció que vestiría la máscara del sol.

—Gracias, tú también estás muy bien con ese vestido.

—Ayúdame a ajustar los botones de la espalda, no sé en qué diablos estaban pensando las doncellas y he tenido que desabrocharme para arreglar una arruga del vestido. ¿Recuerdas bien el protocolo?

—Sí —dijo Zelda, mientras le abotonaba el vestido a la espalda —primero hay unas palabras de bienvenida y la apertura del baile.

—Eso es. En ese instante apareceré sin máscara para que todos mis invitados puedan reconocerme. Tras las presentaciones me pondré la máscara real.

—Después iremos a tomar un aperitivo a los jardines.

—En ese momento haré el brindis tradicional y llevaré la segunda de las tres máscaras de esa noche.

—¿Cuál es?

—Ya lo verás, es una sorpresa. Después del brindis los invitados tienen libertad para moverse entre los salones y el jardín. Y al dar las doce haré el cierre del baile, con la última máscara. Pero antes, te presentaré ante toda la corte.

—¿Estás segura?

—No tienes nada que temer, Zelda. Los sheikah, los sacerdotes… incluso algunos nobles ya te conocen. No han cesado los rumores desde que llegaste y todos saben que en mi juventud yo… en fin. Hyrule te acogerá bien, ya lo verás.

Zelda se mordió el labio y se mantuvo pensativa unos segundos. Su madre se giró hacia ella y sonrió, tratando de reconfortarla.

—Madre…

—Vaya, es la primera vez que me llamas así.

—Cuando acabe el baile, yo-

—Cuando acabe el baile ya hablaremos, no hay que anticiparse a los hechos.

—No. Necesito decirlo ahora —insistió ella —todo esto me viene grande —dijo, tirando del bordado de oro de su escote —No soy una princesa ni puedo llegar a serlo. Esto no es para mí. Agradezco que me presentes ante tu corte y me des esta oportunidad, supongo que es muy difícil para ti dar este paso. Pero tengo que volver a casa.

La reina la observó inmóvil, pero había extraños tics contrayendo el gesto de su cara, como si mil ideas le cruzasen la cabeza y se dejasen ver de forma casi imperceptible.

—Esta también es tu casa. Y… además, si es por ese muchacho, sabes que puede quedarse. Ya han conseguido buscarle unos aposentos junto a los de Impa, no tiene por qué seguir aislado en el bosque.

—Link no puede seguir aquí. Sé que todo esto le ha afectado más que a nadie y, además, él tiene a su familia esperándole. Y… también a ellos los echo de menos.

—¿Y qué pasará con Hyrule? ¿No te importa lo más mínimo el destino de este reino? Las vidas de toda una nación dependen de nuestro reinado. Tienes que aprender a manejarlo, quiero que aprendas.

—No es que no me importen, no es eso —dijo, agitando la cabeza —pero no puedo asumir todo esto. Tengo que volver con él.

—Ya te dije en su día que un reino es para siempre. Pero el amor es algo perecedero.

—Para mí no lo es.

—Está bien —suspiró la reina —hagamos lo siguiente. Dejemos la decisión para después del baile. Ahora hay demasiadas emociones y tendrás mil cosas en la cabeza. Disfrutemos hoy, y mañana tomarás tu decisión. ¿Te parece bien?

—De acuerdo. Ya te dije que esperaría hasta el día de hoy. Además… siento estropear tu cumpleaños con todo esto —se disculpó, sintiendo un nudo en la garganta.

—Oh, no. No estropeas nada. Es el primer cumpleaños que celebro junto a mi hija y nada va a estropearlo.


Zelda vio la apertura del baile desde un rincón cercano al trono, pero invisible a la gente. Tenía la férrea protección de Impa, que llevaba una máscara con un ojo enorme dibujado en rojo. "Poco original" pensó para sí misma.

Tras las palabras de la reina y los aplausos y gritos de júbilo de los miles de invitados, la música comenzó a sonar por todos los salones del castillo, que habían sido adornados con banderas y tapices con el símbolo de la familia real. "Los tres triángulos de oro".

—¿Puedo ir ya a buscar a Link o tengo que seguir aquí atada a tu lado? —bromeó, dirigiéndose a Impa.

—Tened cuidado esta noche, alteza. Ocultarse bajo una máscara no siempre tiene como objetivo aparentar ser quien no eres.

—Ya, claro…

—Sois libre por ahora. Nos volveremos a ver en el aperitivo, en los jardines reales.

Zelda puso los ojos en blanco y se mezcló con los invitados, tratando de perderse del ojo de Impa. "Qué disfraz tan apropiado para ella" pensó.

Al parecer, la idea de llevar las máscaras del sol y de la luna era poco original. Había muchos invitados que las lucían y eso complicaba la búsqueda de Link. Algunos jóvenes se ofrecieron para bailar con ella, pero los fue esquivando como mejor podía. Al fin consiguió identificar a Link entre la multitud. Vestía la túnica gris con la luna bordada en plata que ella le había hecho llegar. "Como si hubiera copiado la idea de la coraza del guerrero de los ojos vacíos" pensó, sintiendo un escalofrío. Otra maldita coincidencia más. Aparte de la túnica que lo distinguía de otros, un sheikah alto y corpulento con una máscara terrorífica permanecía a su lado. No había visto a otro hombre más alto que Aisem en el castillo, así que tenían que ser ellos.

—Buenas noches, caballeros —saludó, fingiendo una enorme pompa al hablar, como la que había oído de algunos de los nobles del castillo.

—Mi señora —gruñó Aisem bajo la máscara.

—Oh, nos regala su presencia la princesa real de Hyrule, Zelda Bosphoramus, su majestad —bromeó Link, haciéndole soltar una carcajada.

—Te inventas los títulos según te parece por lo que veo… Aisem no te ha enseñado nada de protocolo. O me llamas "alteza real" o "Zelda". Princesa real no tiene sentido y "majestad" se lo deberías decir sólo a mi madre…

—Eres princesa real, su majestad —reiteró Link, inclinándose —o como sea que habla la gente de aquí. No se me da bien.

—Qué raro, con lo bien que se te da aprender idiomas…

—Los idiomas son fáciles, esto es una complicación. Sé decir "fuka du penke". Pero no deberías usar esa expresión, majestad. No con tus reales invitados.

—¿Qué significa?

Aisem tosió un par de veces, para hacerse notar en medio de sus bromas absurdas con Link.

—Aisem, Impa me ha dicho que podría venir a buscar a Link y luego, cuando llegue la hora del aperitivo, volveré con ella. —explicó Zelda, con cierto atropello.

—Mocoso, ya sabes lo que te he dicho —dijo Aisem, dirigiéndose a Link, que asintió con la cabeza —alteza, que paséis una buena velada.

El sheikah se alejó dando un par de zancadas con sus enormes piernas, casi parecía estar deseando ser liberado de aquella situación y Zelda no pudo reprimir una sonrisa para sí misma. En aquel mundo había más compromisos absurdos que en el suyo.

—¿Intercambiamos las máscaras? —sugirió Link, nada más quedarse a solas con ella.

—¿Aquí?

—Ah, a lo mejor quieres bailar primero. Ya sabes lo mal que se me da, un niño pequeño bailaría cien veces mejor que yo. Pero si tú quieres, puedo intentarlo.

—No es eso. Pensaba proponer que las cambiásemos en un lugar más tranquilo. A solas.

—Yo… no pensaba que fuésemos a subir a tu habitación tan pronto.

—No me refería a eso —dijo ella, soltando una carcajada —sólo a buscar un sitio un poco alejado de todo este ruido.

—Sí, vamos a los jardines —dijo él, agarrándola de la mano con decisión —no sé por qué diablos habré dicho lo de antes, era sólo una sugerencia para estar tranquilos.

—Lo has dicho porque no habrás pensado en otra cosa en todo este tiempo —se burló ella, sin dejar de reírse mientras se dejaba arrastrar por Link.

—Te odio, eres diabólica. Ya sabes lo torpe que soy —gruñó él, alimentando aún más su risa.

Bajaron una enorme escalinata, que estaba flanqueada por lanceros a uno y otro lado. Había invitados aún llegando a los salones, ellos eran los únicos que se movían en dirección contraria al resto. Se sentaron en un pequeño banco de piedra, tras un seto, en la entrada a los jardines. El ruido y la música llegaban hasta allí como un eco. Link se desabrochó una correa que le cruzaba el pecho y depositó una espada enfundada a un lado.

—Así que ahora vas por ahí armado —observó ella, quitándose la máscara al fin.

—Es genial, ¿verdad? Si los chicos del restaurante me viesen ahora, no lo creerían —también él se desprendió de la máscara.

—¿Sabes usarla?

—He aprendido mucho. Pero Aisem aún consigue darme enormes palizas, es raro el día que no termino con el cuerpo machacado.

—Con lo competitivo que eres me extraña que aún no hayas conseguido ganarle —sonrió.

—Estás guapa —dijo Link de repente, extendiendo la mano para ocultarle un mechó de pelo tras la oreja.

—G-gracias —titubeó. Los gestos espontáneos de cariño le pillaban por sorpresa. Pensó que tal vez Link habría querido hacer eso en otras ocasiones y no se habría atrevido. Ella tampoco se había atrevido. Recordaba tener su cabeza sobre su regazo, cuando se quedaba dormido en el sofá, deseaba acariciarle el pelo y nunca lo había hecho.

—¿Cambiamos las máscaras?

—Link, hay una cosa que debes saber.

—¿El qué? —preguntó él, frunciendo el ceño.

—Es sobre las pesadillas.

—¿Otra vez han vuelto?

—Nunca se han ido. Siempre han seguido ahí —dijo, con una sonrisa apagada —antes que tú y yo, hubo otro Link y otra Zelda. Aún no sé si son nuestros antepasados o qué es lo que nos conecta con ellos, pero existieron. Existieron en otro mundo, era, dimensión. No lo sé. Los veo a través de los sueños.

—Será que te imaginas que somos nosotros, tú y yo. Eso pasa a veces con los sueños.

—No somos nosotros, estoy segura. El Link de diez años ha estado ahí, desde el principio. Y sé que no eres tú, hay cierto parecido, pero se trata de otro Link.

—Yo también lo he visto —dijo él, con la vista perdida en algún punto del suelo.

—¿En serio? ¿Cuándo?

—También tuve un sueño. Pero te puedo asegurar que no era otro Link. Era yo… atrapado en un cuerpo extraño.

—¿Y qué es lo que ocurría en el sueño?

—Nada. No lo recuerdo —Link apartó la mirada, incómodo con la conversación.

—Eso me da aún más que pensar… —suspiró ella —el caso es que he aprendido muchas cosas de esos sueños. Y una de ellas, antes de que cambiemos las máscaras, es que siempre hay alternativas, Link. Si pasase algo malo-

—¿Qué diablos va a pasar? —interrumpió él.

—No lo sé. Pero a ellos tuvo que ocurrirles algo terrible —confesó —algo los separó.

—¿El qué?

—Aún no lo sé, pero estoy cerca de averiguarlo.

—Zelda, me estás poniendo nervioso, no entiendo nada. Sólo tenemos que volver a casa y todo se arreglará. Dormirás conmigo y ya no habrá más pesadillas. Porque vas a volver a casa conmigo, ¿no?

—Sí, claro que sí —dijo, acariciándole la mejilla.

—No sé qué les pasaría a esos otros Link y Zelda. Pero si él no lo arregló es porque es un cobarde.

—No digas eso…

—Entonces la cobarde es ella. Pero nosotros no somos así. Yo no soy así, yo jamás me rendiría contigo. Además, no va a pasar nada malo, empiezo a creer que te estás contagiando del pesimismo de los sheikah.

Zelda suspiró. Se sentía un poco más reconfortada por las palabras de Link, pero aún tenía miedo y temía que la felicidad de los últimos días se viese rota en el último momento.

—Toma, la máscara de la luna.

Link la aceptó y le ofreció la del sol.

—Siempre he querido hacerte este regalo, Zel. No es la primera vez que digo esto, pero… ahí va otra vez. Te quiero.

—Link, yo también te quiero. Por supuesto que te quiero, pero-

Él la interrumpió, abrazándola con fuerza.

—¿C-cuándo me has dicho…? —balbuceó, contra su hombro.

—No lo recuerdas —dijo él.

—Me acordaría de algo así, ¿cómo no iba a acordarme de algo así?

—No importa —Link se separó de ella y se encogió de hombros.

—¿Cuándo fue?, ¿cuándo lo dijiste?

—Olvídalo, ahora ya no tiene importancia. ¿Volvemos al baile?

—Está bien, puedes huir si quieres. Pero, Link, esta conversación seguirá en otro momento, no voy a dejarla así ni en sueños, espero que lo entiendas —refunfuñó ella.

—Sí, majestad real —bromeó él, poniéndose en pie para tirar de ella —volvamos. Aún queda mucha noche por delante.


Nota:

Queridos lectores, el desenlace de Ocarina of Time siempre me produce mucha tristeza. No me quedaba más remedio que incorporarlo a la historia, porque es el desencadenante de Majora's Mask, pero eso no quita que remover todo eso no me ponga siempre un poco triste (y a la vez me enfade xD). Espero que disfrutéis el capítulo a pesar del tinte "angst" que se esconde entre tanto pasteleo, jajajaja. Kindaia ;)