CAPÍTULO 25: STONE HEART
(CORAZÓN DE PIEDRA)
Ginny tenía la barbilla apoyada en el alfeizar de la ventana. Su habitación estaba situada en el piso superior y daba a la de Harry, que estaba situada en la casa vecina. Tenía puesto un cd de Amaral, pero sabía que pasada esa canción sonaría "Bailar pegados". Harry tenía las cortinas de su habitación echadas, pero desde aquella distancia podía observar su silueta dibujando sombra en la tela. Aquella acción la había repetido un sinfín de veces. Las noches de verano, en las que sentía una absurda melancolía por estar sin él, hacía luz con la varita y él siempre se aparecía en medio de la estancia y dormían juntos. Le bastaba imaginar en su mente las manos de Harry abrazando su cintura para que la piel se le erizara.
-Ha pasado el tiempo...y no sé porqué te cuento esto. Será que se ha ido la inocencia que llegó conmigo. Si será el dolor de este amanecer que me ha helado el alma. Quiero despertar, porque no puede ser verdad...esta mala hora.- Ginny tatareaba las letras como si fuesen suyas. Le encantaba esa canción. Era como explicar la historia de su vida. La vida que otros ya le habían contado. Se escuchó un crack en la habitación y Ginny sintió como el estómago le daba un ligero vuelco. Harry solía aparecer así, pero no era él. No sentía la luz cálida de su poder de arcángel. No sentía nada. Solo el vacío de un sonido muerto, seco, insignificante. Un sonido que podía hacer cualquier persona. No obstante, el aroma que aspiró un segundo después consiguió devolverle la sonrisa.
-Tienes una voz preciosa.- apreció Troy y se sentó en el suelo a su lado, abrazándola por detrás.- ¿No has pensado en dedicarte a la música?- Ginny se removió incómoda entre sus brazos y acabó cerrando los ojos.
-No tengo un futuro ni como cantante ni como nada.
-Lo siento.- se disculpó Troy, sintiéndose ligeramente incómodo. Orión le había dicho que no soportaría la muerte de sus amigos y que volvería a casa, a Francia, pero él estaba seguro que lo realmente no soportaría sería la muerte de Ginny. Era curioso saber el futuro y no poder hacer nada para cambiarlo.
-Troy, tengo un problema.- confesó Ginny. Se dio la vuelta y se abrazó fuertemente a su pecho. El chico notó como temblaba. Sentía su miedo, pero había algo que no encajaba en el puzzle. Ginny no era así. Aún cuando era una adolescente había mirado a la muerte a la cara. Ginny no podía tener miedo a eso, no podía haber perdido la esperanza con tanta facilidad. La chica que él conocía se levantaría de entre sus brazos y proclamaría a los cuatro vientos que ella sí que podía cambiar el futuro, que podía cambiar cualquier cosa, porque en el pasado, habían derrotado al destino.- No puedo morir, no puedo...
-Eh, eh- el chico le cogió la cara con ambas manos y le sonrió dulcemente, depositándole un beso dulce en la frente.- No voy a permitir que mueras¿de acuerdo? Voy a estar a tu lado todo el tiempo. Noche y día. Día y noche. Nadie va a hacerte daño, pequeña.- Ginny comenzó a llorar. ¿Por qué tenía que ser todo tan injusto? Llevaba entre sus manos un secreto que le quemaba, que le destrozaba y le corrompía por dentro.
-No es eso, Troy.- confesó entre sollozos.- Es que...he sido una estúpida. Me parecía que esta guerra era absurda, que Harry o la Orden podrían pararla en cualquier momento. No la tomé en cuenta. Tenía otras cosas en las que pensar y me enfadé con Harry, pensando que era su instinto de lucha lo que lo empujaban a presentarse en cada batalla. Me equivoqué. Lo he estropeado todo...he sido tan injusta...
-Ginny, no es culpa tuya.- dijo Troy muy serio. Le costaba mediar a favor de Harry aunque lo considerase su mejor amigo. Le costaba muchísimo porque sentía que estaba dejando escapar la única oportunidad de estar con Ginny. Pero la quería demasiado como para hacerle daño.- Nadie podíamos imaginar lo que supondría la guerra cuando accedimos a entrar en la Orden del Fénix. Nadie imaginaba lo que ocurriría con Alan...
-Harry lo presentía.- negó Ginny y se separó unos centímetros de su amigo.- Harry sentía que algo no iba bien...trató de explicármelo pero no se lo permití porque...- se detuvo y se mordió el labio inferior.-...porque tenía un motivo muy poderoso para retener a Harry a mi lado...para alejarnos ambos de una nueva guerra. No podía verlo morir. No ahora.- Troy se puso en pie muy serio y la observó detenidamente. Sus ojos brillaron con un destello inusual.
-¿De qué me estás hablando?- Ginny también se puso en pie y ambos se miraron largamente. La chica supo de inmediato que no hacían falta las palabras porque Troy ya había descubierto la verdad, pero deseaba expresarlo en voz alta, necesitaba hacerlo porque de lo contrarió el peso tan grande que sentía en el estómago no se reduciría. Pero estaba ahí, sola, sin nadie en quien apoyarse si Troy decidía darle la espalda. Lo estaba condenando a él a su secreto, estaba creando, sin percatarse, un lazo anexo entre ambos. Una unión. Ginny, con veinte años de edad, jamás se había tenido que ver en esa situación. Le parecía todo un cuento de ciencia ficción en el que se despertaría y descubriría que todo era una gran mentira. Pero aquello no era una mentira, era real, tanto, que le dolía pensar que no se hallaba dentro de una película en la que el héroe, por razones obvias, acabaría con la chica y que esa desgracia que ahora les asolaba, se convertiría en dicha en el futuro. La objeción era que no tenían futuro.
-Estoy embarazada.- confesó con determinación, aunque su rostro estaba empapado en lágrimas. Troy no dijo nada. No le gritó, no se sorprendió, no le recriminó y no se atrevió a felicitarla. La atrajo hacia su pecho y la abrazó, dejando que la chica llorara todo lo que se había estado aguantando los últimos meses.
Pasaron dos horas tumbados en la cama sin decir nada. Troy le acariciaba los mechones pelirrojos y Ginny continuaba derramando lágrimas silenciosas, evocando en su mente el día en el que se había quedado embarazada y como Harry la había abrazado de una manera muy parecida a la que lo hacía Troy en aquellos instantes. Cuando por fin el despertador anunció que eran las ocho de la tarde, ambos se levantaron y se sentaron en el borde de la cama, silenciosos.
-¿Estás más tranquila?- Ginny negó con la cabeza y se cubrió el rostro con las manos, pero ya no le quedaban lágrimas que llorar.
-¿Qué voy a hacer ahora¿Sabes lo que significa saber que no voy a poder estar con mi hijo? Que me perderé sus primeros pasos, sus cumpleaños, sus notas del colegio y dios sabe qué más. Por eso intenté persuadir a Harry para que nos alejáramos de la guerra, intenté convencerle de que era una guerra inútil, absurda. No quería que nos pasara nada porque a partir de entonces tendríamos una mayor responsabilidad. Pero...fui incapaz de decirle el porqué. Quería, que si Harry accedía a no luchar, fuera por mí y no utilizando el embarazo como escudo. Por eso se lo oculté, os lo oculté a todos. No iba a Hogwarts con vosotros porque cada mañana me levantaba a vomitar, vestía ropas anchas y maquillaba mi rostro para que no pareciera desencajado. Hasta ahora, me ha resultado sencillo, pero a partir de ahora no sé cuanto tiempo más podré ocultarlo. La barriga comienza a crecer de manera insultante y no podré seguir en esta situación. Pero no puedo decirle a Harry en medio de la guerra que estoy embarazada porque eso supondría ponerle en peligro en cada batalla. Trataría de protegerme y me impediría luchar y ahora que sé que no tengo futuro comprendo porqué lucharé con tanto fervor, comprendo que participaré en la guerra para darle la oportunidad a mi hijo de tener una vida.- Troy la había dejado hablar durante todo el rato. Llegado el momento, la abrazó y le susurró al oído:
-Te quiero.- Ginny no se inmutó. Conocía de sobras los sentimientos de Troy y siempre dejaba que él se los expresara en voz alta. No le importaba, al contrario, se sentía segura.- Cambiemos ese futuro porque no podría soportar la idea de perderte. Luchemos por una vida para tu hijo.
-Sabes que haciendo eso estamos ratificando nuestro destino¿verdad?- Ginny sonrió y le miró agradecida.
-Lo sé. Pero...todavía tenemos la oportunidad de cambiarlo.- ambos se miraron y Troy se acercó a su rostro lentamente. Ginny no se lo impidió y dejó que sus labios quedaran a escasos centímetros el uno del otro.- Esta puede ser la última oportunidad de besarte.- Ginny cerró los ojos.
-Entonces no la pierdas.- Troy rozó sus labios y la chica abrió la boca, dejando que él pasara su lengua a placer. Fue breve y muy dulce y para cuando se separaron el muchacho sólo atinó a dar las gracias. Ginny asintió y se recostó en su hombro. Había sido más que un beso, porque, indudablemente, Troy era mucho más que su mejor amigo.
Semana y media sin ver a Alan era demasiado para Harry. Sabía que era una buena señal porque un enfrentamiento directo con su hermano podía suponer el rompimiento del equilibrio, pero sentía que cada día que pasaba con Lewis lo estaban perdiendo un poco más. Porque para Harry, Alan todavía tenía esperanza.
Pocos más lo creían. La Orden del Fénix, asustada y disgustada con la muerte de Hestia Jones, se había lanzado a una ofensiva total para detener al movimiento mortífago, tropezando una y otra vez. Dumbledore, incapaz de dirigirlos, se había encerrado en su despacho y se esforzaba por mantener intacta la seguridad del colegio, manteniendo largas conversaciones con Michaela. Tampoco Ron y Hermione creían en el niño. Ellos, junto con Heka y Troy, habían tratado de hacerle ver a Harry que si continuaban creyendo tan férreamente en cómo recuperarlo, en vez de en cómo detenerlo, se iban a cumplir las predicciones de Anya y el futuro que les esperaría sería muy parecido al que ahora asolaba al mundo entero.
Los mortífagos habían controlado cada punto cardinal del planeta. Se habían movido por sedes de gobiernos muggles y les habían obligado a iniciar trámites para reformas de constituciones y leyes que ellos mismos establecían. Como si se tratara de un imperio Napoleónico, Ian había estacionado bases por todos los países y enviado a gobernadores que las controlaran. No obstante, por las fuentes que Harry tenía y por la propia energía maligna que percibía de Alan, él no se había movido de Londres. Su principal objetivo estaba siendo dominar el mundo muggle por completo y la matanza de los arcángeles. Habían caído doce más desde el ataque masivo. Alan debía localizarlos con su energía y Ian se presentaba con un grupo de asaltantes y los eliminaba. Cuando el arcángel en cuestión era más poderoso de lo habitual, se llevaba a Alan como protección. No obstante, como ningún arcángel salvo Christine, Harry, Anya u Orión eran también magos, ninguno suponía una gran resistencia cuando se trataba de enfrentarse a un grupo numeroso de mortífagos.
La única, aparte de Harry, Remus y Christine, que creía en Alan era Ginny. Tal y como había pronosticado Anya. Ginny era fuente de fe, de esperanza y en su cabeza no cabía el hecho de que un niño pequeño, cualquier niño, no tuviera salvación. Y menos, cuando el problema parecía erradicar de la falta de cariño. En secreto, Harry la admiraba por ello. Se había restablecido el fuerte vínculo entre ellos a raíz de conocer su futuro y cada vez que estaban cerca sentían la ardua necesidad de estar juntos. Se habían separado sin ser conocedores de un futuro, pensando que les quedaban muchos años por delante y ahora se encontraban ante la situación de que no sobrevivirían a esta guerra y que estar separados suponía estarlo para siempre. Pero ambos, por razones de secretismos, no atinaban a acercarse. Harry seguía cargando con el peso de saber lo que lo llevaría directamente a la muerte y Ginny con el embarazo.
Por eso, aquel día lluvioso, con la televisión anunciando nuevas normas y catástrofes y todavía con un locutor estupefacto ante el descubrimiento de la magia; Harry sentía una enorme melancolía. Por un lado, deseaba rehusar su responsabilidad en la guerra y marcharse lejos con Ginny, para disfrutar el tiempo que le quedara hasta la muerte del último cardenal; por el otro, echaba tanto de menos a su hermano que se estaba planteando la posibilidad de ir a buscarlo, aunque aquello significase su propia destrucción. Estaba convencidísimo, actuando bajo una fe ardua, que Alan lo escucharía, que lo entendería y que acabaría por regresar a casa. No importaba lo que hubieran dicho Anya y Orión.
-Hace un día gris.- comentó Christine, detrás suyo. Se había acercado sin hacer ruido y Harry, sumido en sus cavilaciones, no se había percatado. La mirada de la mujer estaba clavada en la ventana del comedor, pero sus ojos azulados habían perdido el brillo de antaño. Harry asintió en silencio y no comentó nada más. Christine se sentó en el sofá, detrás suyo y le acarició los cabellos de la nuca, de manera mecánica. Harry se estremeció casi sin pretenderlo y abrió los ojos algo sorprendido. No dijo nada porque Christine parecía muy concentrada en el angosto paisaje, pero sabía que hacía mucho tiempo que la profesora no le demostraba algún signo cariñoso. Quizás, ahora que había perdido a Alan por haberse vuelto una mujer de hierro, quería menguar el daño profiriéndole caricias a su otro hijo.
-Christine.- la mujer lo miró e hizo un gesto con la cabeza para hacerle saber que lo estaba escuchando. No obstante, estaba igualmente asombrada de que no la llamara "Chris", como hacía siempre.- ¿Por qué¿Qué nos está pasando?
-Nada...- susurró Christine. Parecía que la voz se le troceara, se le quebrara pedacito a pedacito. Por sus ojos brillantes, Harry percibió un halo de melancolía en ella también.- Nada...es culpa mía...solo mía...- Harry se dio la vuelta en el sofá y le tomó las manos, mirándola directamente a los ojos.
-Tú no tienes la culpa de esto. No importa lo que hayan dicho¿vale? No importa lo que vaya a ocurrir. Siempre...siempre has cuidado de mí, me has protegido, me has enseñado...dime, Christine¿por qué ya no me dejas que te llame mamá¿Por qué esa frialdad con todo el mundo? A veces me cuesta entenderte...
-Perdóname.- fue la única respuesta que Christine pudo proporcionarle. Con una amargura que jamás Harry había entrevisto en ella, se levantó, le dio un beso en la frente y se dio la vuelta para marcharse.
-Chris.- la llamó Harry.- Le echo de menos...y tú también.
-No vamos a abandonarle.- aseguró la mujer. No se había girado, pero por primera vez en aquel rato, su voz sonaba firme y segura.- yo creo en él. Siempre creeré. No importa el futuro. Lo salvaré...sé que podré hacerlo.
-Lo haremos juntos.- prometió Harry.- Por los viejos tiempos.
A Christine no le dio tiempo a cruzar el umbral de la puerta del comedor. Pronto sintió dos presencias penetrando el escudo protector de la mansión de los Potter y las reconoció casi al instante. La luz blanquecina de una aparición arcángel bañó por completo la estancia, dejando clarividencia de un poder superior.
Harry volvió a divisar el paisaje de la ventana. No le interesaban aquellas nuevas visitas porque intuía de antemano lo que venían a discutir.
-Me parece que pecáis de optimismo, mi señor.- opinó la figura más alta, la de un hombre alto y fornido, de cabellos cortos y barba de dos días. Se acercó un par de pasos a Harry y se arrodilló ante su presencia, tocando el suelo con un puño. Harry lo ignoró. Hacía días que estaba acostumbrado a aquel trato. Le llamaban "el príncipe de la luz" porque se había corrido la voz de su victoria ante Lord Voldemort y como así, había salvado el interés que el mago tenebroso le profesaba a los arcángeles. Todos esperaban que volviera a derrotar la nueva amenaza que se cernía sobre su pueblo. La sociedad arcángel, acostumbrada a regirse por rangos, reconocía a Harry como su líder, pese a la oposición de los mayores. De todos modos, los mayores jamás habían caído en gracia a los demás arcángeles que a menudo discrepaban de sus decisiones.- Ese niño...
-Ese niño...- le interrumpió Harry poniéndose de pie y encarándole con cierta dureza.-...es el que se supone que salvará a nuestro pueblo y tú estás pensando en asesinarle.- Saiph bajó la cabeza y no pudo comentar nada. Harry se exasperó.- ¡Y te he dicho miles de veces que me llames por mi nombre¡No soy ningún príncipe!
-Eres el más fuerte.- objetó Saiph, colocándose de pie y actuando con la rudeza que le caracterizaba.- Eres, por tanto, nuestra única salvación.- Christine y la segunda figura observaban el intercambio en un sepulcral silencio. Harry suspiró y se pasó la mano por el rostro.
-Alan tiene más poder en bruto que yo. Yo soy un mago y él un niño, pero sabe controlar la energía mucho mejor de lo que yo puedo hacerlo. Es como si hubiera aprendido por sí mismo.- hizo una pausa para ver cómo sus palabras habían calado en Saiph y añadió:- Si estás pensando en destruirle entonces puedes largarte con Orión y Anya. Ellos son igual o más poderosos que yo y estarán encantados de ver la sangre de Alan en la punta de su espada, pero si lo haces, Saiph, entonces estarás en frente de mí y no dudaré en eliminarte.- la dureza de Harry no impactó al arcángel, ya acostumbrado a regirse por ciertos criterios. No confiaba en los dos desconocidos, no estaba seguro de sus buenas intenciones y pese a que creía en que la solución erradicaba en la muerte de Alan no estaba dispuesto a unirse a ellos. Tenía la esperanza de que Harry acabaría por darse cuenta, ahora que conocía su futuro.
-Harry.- habló Ursae y el chico la observó mucho más relajado. Le gustaba Ursae. Ella lo trataba de igual a igual, lo escuchaba, lo respetaba y obedecía sus peticiones pero no se inclinaba ante él ni se comportaba como si él fuera el rey de un gran imperio.- Los escasos arcángeles que poseen el don de la clarividencia han verificado las palabras de Anya. Todos han visto una era oscura...todos han visto muerte y destrucción. Comprende, que ahora que conoces tu futuro y que te estás dejando arrastrar hacia él, todos se hayan puesto muy nerviosos. Si mueres, la última oportunidad morirá contigo también. Nuestro pueblo está en tus manos tanto si decides apelar al corazón de Alan como si decides apelar a tu espada.
-Estás hablando de mi hijo.- le recordó Christine con dureza y Ursae cerró los ojos angustiada. No quería herir a Christine, no cuando la consideraba su mejor amiga.- No permitiré que nadie le haga daño.
-Entonces estás condenada a morir.- dijo Saiph. Su voz carecía de emoción.- No se puede violar el futuro. Está escrito en las estrellas.
-¡Nunca creí en ellas!
-Pues deberías hacerlo.- replicó Saiph. Taladraba a Christine con la mirada.- Es la historia de nuestro pueblo, nuestras creencias, nuestras vivencias...nuestro pasado. Nosotros nos regimos por sus leyes, por su luz, por su camino...al renegar de ellas reniegas de lo que eres, nos estás insultando.
-No perdería nada.- gruñó Christine de mal talante. Harry la observó detenidamente. Le gustaban las estrellas. Siempre le habían gustado, pero no se sentía tan identificado con ellas como podían sentirse los arcángeles. Él no había nacido por naturaleza así y jamás nadie le había contado esas leyendas y esas historias que Michaela parecía conocer tan bien. Era evidente que Christine sí las conocía, pero que la dureza de su pasado la había llevado a aborrecerlas, a ignorarlas.
-Basta- ordenó Ursae tajantemente. Para sorpresa de Harry, tanto Saiph como Christine le hicieron caso.- Estamos hablando del niño de la leyenda. No se puede destruir al niño de la leyenda, Saiph y menos sabiendo que es el hijo de mi mejor amiga.- su marido la observó con reproche pero no le replicó.- Si Chris cree en él...entonces nosotros también.
-¿A cuántos más estás dispuesta a sacrificar por tu hijo, Christine?- suspiró Saiph derrotado. Negó con la cabeza y dejó que la columna de luz irradiada de su propio cuerpo, lo envolviera.- A mi me basta con saber que ha cometido esos asesinatos. Puedes cambiar a Alan Rice si es tu deseo, puedes intentarlo e incluso puedes lograrlo...pero eso no cambiará las victimas que se ha cobrado por el camino.- Christine se estremeció.- ¿Recuerdas a Sifón? Sí, seguro que sí...también era amigo tuyo de la infancia...y ayer tuvo que recoger los pedazos del cadáver de su hijo y enterrarlos. El niño sólo tenía doce años. No podía causar ningún peligro para tu hijo ni para ningún mortífago. Era un niño enfermo, con una capacidad muy limitada para utilizar la energía, por tanto, para tratar de escapar.- Saiph se había puesto más y más nervioso conforme hablaba y Harry por primera vez, entendía el porqué.- Tu hijo lo destrozó...y tú estás tratando de decirme que vas a borrar de un plumazo todo ese daño, que pretenderás que Sifón o su esposa Arcadia olviden tan fácilmente el cuerpo mutilado de Brian, que pasen por alto que fue Alan quien lo hizo, que no traten de matarlo la próxima que lo tengan enfrente...no podrás Christine...es demasiado tarde. Ni siquiera la leyenda borrará ese dolor.- Saiph desapareció junto con sus palabras. El corazón de Christine palpitaba acelerado, preso de la conmoción. Ursae se acercó a ella y trató de acariciarle la cara, pero la mujer la rehusó. Finalmente, el arcángel también desapareció y dio paso a un espectral silencio, más tétrico y fúnebre que un mismísimo cementerio, precisamente porque también olía a muerte. Sabía a muerte. Alan se había convertido en el asesino despiadado que Anya y Orión siempre habían descrito y ahora la indecisión frenaba sus expectativas. ¿Quedaba algo de humanidad en su corazón?
´´´´´´´´´´´´
Dumbledore había tardado tres días en encontrar el libro de registros que tenía sobre la mesa. Era gordo y viejo y sus páginas habían sido amenazadas por la carcoma, pero todavía se podía leer con soltura.
Hacía una hora que lo tenía delante y tras haberle limpiado el polvo, se había quedado estático observándolo. Poseía una cubierta preciosa, echa de algún material parecido al cuero. En letras doradas indicaba dos fechas y citaba: "5º curso".
Fawkes había caído en el mundo de Morfeo acariciado por las llamas de la chimenea, que bailaban en un vaivén y soltaban cenizas de hollín, esparciéndolas por la cercanía de la fuente de calor. Eran más de las cuatro de la madrugada.
Por fin, decidió que no podía seguir ignorando su corazonada y se acercó al libro, rozándolo casi con suavidad. Fawkes entreabrió un ojo, expectante.
-Hicieron un gran trabajo...viejo amigo. Un gran trabajo...- suspiró. Ante él, había muchas fotografías, cada una, con el expediente correspondiente de sus años académicos. Dumbledore arrancó tres de las fotografías y las depositó encima de la mesa.- Divididos...pero en esencia...- realizó un movimiento de varita y las fotografías se elevaron a la altura de sus ojos.- No hay duda.- y Fawkes emitió un silbido de conformidad. Dumbledore había dado con la clave.
´´´´´´´´´´´´´´´
Harry estaba tumbado en su cama, con los brazos detrás de la nuca, cuando Ares se apareció en su habitación. Harry ya sabía porqué estaba ahí y no hizo ningún ademán de responder a su canto desesperado. El fénix traía aciagas noticias. Las cortinas ondeaban a la altura de la cama, dibujando extrañas formas en las paredes, producidas por el impulso del viento. Era mediodía. La nieve se había adueñado del jardín y pese al frío, Harry no tenía ganas de incorporarse a cerrar la ventana. Quería estar así, helado, expuesto a esa sensación desazonadora que recubría su piel y le hacía sentirse enfermo.
La visita de Saiph y Ursae le habían abierto los ojos. Un nuevo ataque, un nuevo objetivo y un paso más hacia el precipicio de su derrota. Todo un círculo vicioso. Nada ni nadie podían detener a Alan, porque para hacerlo, debían darle muerte. Y sin duda, allí estarían Anya y Orión para intentarlo. Y Harry, cayendo en la trampa de su debilidad humana, volvería a salvarlo.
"-Para que entendáis porqué vinimos a asesinar a Alan, Potter.- contestó Orión de mal talante.- Y para que quede grabado en tu conciencia que fuiste tú el que impidió el que todos estos hechos se desencadenaran. Si aquel día, en Hogwarts, hubieses dejado que acabara con la vida de ese crío, hoy podríamos estar hablando de un futuro distinto."
Un futuro distinto...Harry tenía grabadas a fuego esas palabras en la mente. Orión tenía razón. Él era incapaz de luchar contra su hermano. No podía. Porque Harry lo había recogido cuando solo era un bebé, lo había acurrucado entre sus brazos y le había transmitido seguridad. Lo había protegido y Alan había dejado de llorar...Alan representó eso en sus vidas, ese lazo de unión, de afecto, de familia. Representó la luz. Y esa luz, se había apagado. Pero pese a todas las predicciones que pudieran contarle, Harry seguía creyendo férreamente en su inocencia. Seguía creyendo que no era más que una víctima de la infinita maldad de Ian. Sólo un pobre niño manipulado mentalmente, para después ceder mágicamente. Ian había utilizado más que palabras. Alan debía de haber sido sometido no solo a una presión enorme, sino a esas pesadillas y tal vez incluso a pociones o encantamientos de magia negra. Dotado tan solo de cinco años, había sucumbido ante tanta maldad. Pero en algún recóndito de su interior...debía vivir el verdadero Alan. Para los demás, esto era imposible. Para Harry, era la mayor de las verdades, la razón de su vida. Pocas cosas podían ponerse por encima de ella.
-Yo también lo he notado...- susurró al fénix, que se empeñaba en picotearle la manga del jersey, con tal de animarlo a levantarse.- Pero no puedo ir. No puedo enfrentarme a mi hermano.
-Levántate.- ordenó una voz de ultratumba. Harry elevó la cabeza lo suficiente como para ver la figura de Christine recostada sobre el quicio de la puerta. Vestía de negro y una reluciente espada le colgaba de un cinto. Su expresión era de total determinación.- Nos vamos.
-No pienso mover ni un dedo por ir a esa estúpida batalla.- le refutó Harry. Se cruzó de brazos y se giró hacia un costado, dándole la espalda. Christine entornó los ojos, pero no era una mujer dotada de mucha paciencia. Con una ráfaga de viento, soltada de sus propios dedos, Harry se elevó unos centímetros en la cama y cayó al suelo de un golpe, lanzando un quejido lastimero.
-Cobarde.- rugió Christine apretando los puños. Harry la miró sorprendido, desde su posición en el suelo. La mujer temblaba sin control.- ¿Vas a dejarte morir¿Vas a dejar que esas predicciones se cumplan¡Levanta del suelo y lucha por tu vida¡Lucha por tus sueños!
-Solo hay una manera de hacerlo.- susurró el muchacho, bajando la cabeza. Se sentía avergonzado. Él que había sido el Salvador en el pasado, cuando nada le importaba más que derrotar a Lord Voldemort. Había carecido de piedad. La piedad era para los débiles, le había enseñado Christine y ahora se veía incapaz de volver a mostrarse despiadado y frío, de volver a ser el que el mundo necesitaba.- Y no estoy dispuesto a llevarla acabo.- Christine se dio la vuelta y en ese espacio de tiempo a Harry le dio tiempo a ponerse en pie.
-Pero yo sí.- dijo al fin. Su voz no se había quebrado ni un ápice.- Sólo hay una manera de acabar con esto. No podemos fallar.- Harry la observó estupefacto. Christine no podía estar hablando en serio.- Han muerto muchos inocentes...- siseó.- Apelaré a su corazón una última vez. Emplearé todo mi poder para hacerle saber que soy sincera...para contarle la verdad...si rechaza mi cariño...entonces todo se acabó.- la mujer se encaminó hacia la puerta, pero Harry la detuvo.
-¡Christine!- exclamó. Se dio cuenta de que él también temblaba.- No puedes matar a Alan...- la profesora había cerrado los ojos y al escuchar esas palabras en voz alta, su cuerpo se convulsionó ligeramente, pero se recompuso.
-No tenemos otra opción. Yo misma lo haré. No quiero que nadie cargue con esta espada de Damocles.- se hizo el silencio unos segundos, mientras su cuerpo se iluminaba de energía y añadió.- Vamos, tenemos una batalla que librar.- Harry la siguió unos segundos después, con el corazón palpitando de emoción.
´´´´´´´´´´´´´´
Harry fue consciente por primera vez de lo que significaba que los muggles supieran de la magia cuando tocó tierra en el centro de la ciudad del Túria. Volvían a estar en España y Harry imaginaba porqué. Los arcángeles se estaban ocultando de los mortífagos y viajaban al único lugar seguro sobre la tierra: Córdoba. Era una leyenda, pero Anya le había contado que el primer arcángel había llegado a través de su energía hasta Córdoba y había ideado pasadizos secretos y lugares seguros para todos los de su raza. Nadie, excepto los más antiguos arcángeles, sabían de su ubicación. Por tanto, todos estaban tratando de llegar a esa paraíso perdido, pero no todos llegaban a tiempo.
Lo primero con lo que se topó Harry fue con el cadáver de un nuevo cardenal. Había ardido en llamas en la plaza de la Virgen, a los pies del Miguelete. Sus cuencas todavía dirigían la mirada hacia la alta torre, desde donde se vislumbra una vista detallada de toda la ciudad. Le recorrió un fugaz escalofrío ante tal aterradora silueta. Supo que no se debía únicamente al estopor, sino a la pérdida de un poco más de energía. Los cardenales se agotaban y con el último de ellos, su vida se agotaría también.
Christine no se entretuvo a echar un vistazo. Desenvainó su espada y se lanzó con furia a la batalla, cubierta de una inusitada fuerza. A Harry le impactó este hecho, teniendo en cuenta que la mujer había estado los últimos días encerrada en sí misma.
Las palomas echaron a volar cuando la energía arcángel apareció como salida de las entrañas de la tierra. Junto a Saiph y Ursae aparecieron también una veintena de figuras más. Todas poseían un aspecto similar y a ninguna le faltaba su arma letal.
No obstante, cuando la primera maldición fue lanzada por uno de los mortífagos, los arcángeles se reagruparon, en alerta. Harry se dio cuenta de que tenían pocas posibilidades contra las maldiciones imperdonables. No todos los arcángeles sabían utilizar la energía a su antojo; de hecho, muy pocos podían hacerlo. Los dotados de tales características mágicas poseían un gran poder enérgico, pero también coincidían con ser los renegados. Aquellos que no estaban en conformidad con los mayores y vivían ocultos la mayor parte del tiempo, en lugares inaccesibles.
El grupo generalizado de arcángeles poseían solo la habilidad de la espada y quizás alguna que otra característica especial, pero no podían cubrirse con escudos si un mago decidía lanzarle la maldición Avada Kedavra.
Por esa regla de tres, los mortífagos se veían en los mismos apuros. Ninguno de ellos poseía espada y aunque la tuviesen no sabrían como utilizarla. Los arcángeles con mayor talento de esgrima se movían sigilosos entre la multitud y fusilaban a sus enemigos antes de que éstos pudiesen ofrecer cualquier fuerza de resistencia. La balanza, así, de un modo u otro quedaba equilibrada. El problema era que los mortífagos eran muchos más y contaban con un numeroso ejército de criaturas mágicas.
-¡Matadlas¡Matadlas a todas!- ordenaba Saiph a un grupo de jóvenes arcángeles que se desesperaban por eliminar a una docena de banshees. Harry vio como el grito de una de ellas daba muerte al instante a un muchacho joven de unos veinte años. Aquello le enfureció y decidió lanzarse al ataque. No tardó ni dos segundos en dejarse invadir por el fulgor de la batalla. Los gritos, las muertes, la sangre...todo le parecía reconocible, era como volver a introducirse en el cuerpo del Salvador, como volver a ser el de siempre. Y como, indudablemente a Sirius Black le gustaba entrar en acción, a Harry le ocurría lo mismo. Le encantaba ser el Salvador. Vivía por y para ello. Porque, de alguna manera, esa lucha estaba condenada a poder ser la última, encadenada a fuego lento al augurio de muerte que llevaba signado en su piel. El Salvador cubría su rostro con esa capucha, con esa coraza y se dejaba llevar por el instinto, por la rapidez, por la arrogancia de verse el mejor. Y todo parecía volver a ser lo mismo. Porque Harry, mientras incrustaba su espada en el cuerpo de criatura tras criatura, mortífago tras mortífago; era el más fuerte.
-Yo me encargo del líder.- articuló una de las banshees, deslizándose por el cielo como si resbalara por una cuenca de hielo. Harry y ella se miraron. También era la reina de su clan, de su grupo. Su rostro era hermoso a su manera. Harry observó con avidez su melena verde-azulada y se mordió la lengua, sonriendo con descaro. La banshee correspondió a esa penetrante mirada. Harry se transformaba junto con su otra personalidad. Dejaba de ser él mismo para arrastrarse por el deseo, por lo irrefrenable, por sus ansias de poder. Y se dio cuenta, de que la criatura lo había identificado como a un verdadero jefe. Quizás, porque desde su llegada, el movimiento arcángel se había regido por sus pasos y los aurores se habían cuidado de guardarle las espaldas, mientras trataban de no dañar a ningún muggle. La plaza era un espacio reducido, si se tenía en cuenta las batallas que habían librado últimamente.- Eres poderoso...¿cuál es tu nombre, muchacho?
-El último que oigas...Harry Potter...- con un movimiento casi paralelo al de la luz, Harry apareció al lado de la mujer y la rodeó con los brazos, estrujándola contra su cuerpo y cortándole la respiración por la presión. Tanta era, que la banshee no podía gritar y por ello, no podía dañar o matar. Harry sonrió y le dio un fuerte mordisco en el cuello, hasta sentir el sabor de la sangre y después, soltando uno de sus brazos, dibujó un tallo en su espalda, que la hizo resbalar por sus extremidades, doblándose de dolor. Al caer de rodillas y con la boca totalmente inundada de sangre, la banshee le lanzó una mirada fulminante, de profundo temor y odio entremezclados. Harry sonrió, se limpió la boca por la que todavía resbalaba el líquido rojizo y se arrodilló a su lado, tomándola bruscamente del pelo.- Nos veremos en el infierno.- dijo y con un nuevo movimiento, le rajó el cuello de oreja a oreja. El cuerpo de la banshee, después de verse liberado de la presión del cabello, se quebró hacia atrás, con la cabeza todavía sujeta al tronco, pero de una manera inestable. Algunos aurores que habían contemplado el espectáculo, tuvieron que taparse la boca para no vomitar, pues la escena era realmente impactante. Sin embargo, Harry se concedió unos segundos para disfrutar de su triunfo. Había muerto un cardenal, sí, su vida estaba ligada a la Tierra, sí, pero se sentía tremendamente completo al verse mucho más poderoso de lo que había sido antaño. Por mucho que Ian Lewis hubiese mejorado, jamás podría equipararse en poder a él. Pero se estaba olvidando de Alan.
´´´´´´´´´´´´´´
Christine reconoció la figura de Alan de inmediato. Vestía totalmente de negro, con una capa de cuero azabache, ondeándole al viento. Parecía no pesarle el material. Su mirada, que ya la última vez había estado sombreada, ahora se contemplaba tan intactamente oscura como sus vestimentas. Y algo en su expresión hizo que la mujer trastabillara en sus propósitos. Esa pasividad le había golpeado como una roca cayendo por un acantilado. No era frialdad, era...indiferencia.
No obstante, debía intentarlo. Era la última oportunidad. Si lograba contarle la verdad a Alan, tal vez lo hiciera dudar y quedase una esperanza para él. Sino...
Se desplazó entre la gente abriéndose camino entre la multitud de enemigos. A veces, utilizaba su espada, otras, su varita. No gastó ni un atisbo de energía porque sabía que la necesitaría. Ya bien fuera para huir o para acabar con la vida de su hijo. Antes de llegar hasta la puerta de un Mc Donals, donde habían sido rotas las vitrinas y la gente civil trataba de ocultarse tras unas mesas volcadas, buscó con la mirada a Harry y a Lupin. Ambos estaban luchando sin ningún tipo de problema. Estaban muy bien entrenados.
Cuando uno de los licántropos se interpuso en su camino, Christine levantó la espada con rigidez.
-Apártate o te haré pedazos. No suelo dar segundas oportunidades.
-Las ordenes han sido eliminarte, bruja.- escupió el hombre lobo. Tenía unos incisivos muy desarrollados y pese a que no era luna llena, estaba prácticamente transformado, pues su cuerpo parecía cubierto por una espesa sábana de pelo. Christine supuso que Ian había utilizado algún tipo de poción para mantener sus transformaciones.
-Mi marido es un licántropo también.- probó Christine, pero su tono sonaba impaciente. Por el rabillo del ojo, vigilaba los movimientos de Alan y Lewis, que dirigían el ataque desde un pedestal que había en el centro de la plaza.- Únete a nosotros y salvarás tu vida. Lewis os ha mentido. Es lo único bien que sabe hacer. Muchos de los tuyos entraron en razón, no me obligues a eliminarte.- una sombra de duda recorrió los ojos de la bestia, pero para su desgracia, se lanzó de un salto, con las garras preparadas, hacia Christine. La mujer suspiró y formulando un hechizo lo paralizó en el aire. La figura quedó suspendida apenas una milésima de segundo y luego cayó al suelo con aplomo. La profesora se acercó a él y lo pisó sin miramientos, observándole con odio.- Debiste aceptar mi oferta. Ahora no me queda más remedio que matarte. No puedo permitir que seáis uno más esta tarde.- volvió a levantar la varita y sin ningún tipo de aprensión, pronunció:- ¡Avada Kedavra!- el haz de luz verde impactó en el paralizado cuerpo de la criatura, que quedó desprovista de su vida de inmediato. Christine no se detuvo a compadecerse por ella. Siguió corriendo para llegar hasta Alan. Faltaba muy poco...
´´´´´´´´´´
Ginny se refugió en la sombra de un contenedor de vidrio. Respiraba agitadamente y el sudor le resbalaba por la frente. Estaba agotada. Llevaba más de una hora rechazando maldiciones y tratando de defender a los muggles que se habían quedado prisioneros entre la batalla. Todos ellos gritaban despavoridos. Habían visto las imágenes de la existencia de la magia por televisión, pero ninguno las había querido creer del todo. Ahora, se enfrentaban a la verdad con el poco acierto de la duda, la incertidumbre y la agonía de verse inferiores a un poder supremo. Un poder semejante al de un Dios. Porque desde su posición, Ginny podía ver a Alan lanzando bolas de energía con las manos. Se dio cuenta de que no estaba disfrutando como lo hacía Lewis a su derecha. Pero tampoco sufría. Era una sensación de vacío, indiferencia, casi aburrimiento.
Se permitió cerrar los ojos un instante y respirar hondo. Se colocó una mano por debajo de la barriga y arrugó la túnica con ella. Debía salir de allí cuanto antes. Aquel movimiento, aquel estrés, aquel miedo, no eran buenos para el bebé. En cualquier momento, podría sufrir un aborto y...jamás se lo perdonaría. Pero ya no luchaba sólo por ella, por Harry...luchaba por un futuro para su hijo, un futuro en el que ella no estaría presente. Volvió a observar a Alan. Sus facciones todavía pertenecían a las de un niño, pero no su expresión ni sus movimientos. Lo había cogido en brazos en el hospital, aquel día, cinco años atrás, cuando su vida empezó a cobrar verdadero sentido. Entonces, en aquel momento, Harry le había preguntado si encargaban un bebé como Alan. Ginny se había reído, pensando que aquel deseo futuro todavía estaba muy lejano. Pero cinco años pasaban rápido y allí estaban, envueltos en una nueva guerra y con un niño en camino, un niño, que debería haber crecido en el calor de una familia. Jamás había entrado en los planes de Ginny quedarse embarazada en aquel momento, con veinte años y la inestabilidad llamando a su puerta, pero en verano, aquella noche, habían hecho el amor sin pensar siquiera en las consecuencias.
Cómo echaba de menos a Emy ahora...su exquisito olor a lavanda inundando sus fosas nasales, sus palabras de cariño, de aliento. Había bastado verla una sola vez para despertar como guardiana, para ver la vida de su otra yo, en la realidad de la Unión. En esa vida, que estaba junto a Harry. En aquella ocasión, Emy le había dado las gracias por mantener intacta la esperanza y le había dicho que disfrutara de su premio...¿sabía entonces Emy lo que les iba a deparar el futuro? Probablemente no. Emy no era como las demás videntes, no poseía una videncia clara y concisa, no podía ver a diario. Emy poseía premoniciones y había hurgado lo suficiente como para ver un futuro inmediato, pero no un futuro lejano. Sentada en la plaza de la Virgen, atestada de maldiciones, Ginny sentía la necesidad de volver a contar con su presencia, de volver a acariciar la sensación de que todo iba a salir bien. Recordaba en su cabeza la vida de su otra yo en la realidad paralela y era como si hubiese conocido a Emy desde siempre, como si fuera para ella la hermana que nunca había tenido y ahora la echaba terriblemente en falta.
-¡Ginny!- Hermione, jadeando, luchó para colarse entre el tumulto de enemigos y llegar hasta ella. Se sentó a su lado y se acurrucó para refugiarse en el escondrijo que otorgaba el contenedor. Ginny la miró con tristeza. Al parecer, ninguno de los cuatro había seguido los consejos de la Unión. Ron, dejándose llevar por la inseguridad, había perdido el rumbo y se había alejado completamente de Hermione y la propia Hermione había dejado que ocurriese. De reojo observó a Harry y de pronto no le pareció tan distinto a como lo había visto en los últimos meses. La acción formaba parte del chico, siempre lo había hecho y negarle esa oportunidad era como amarrarlo a ser algo que no era. Se arrepintió enormemente de haber caído en el egoísmo y de haber querido cambiar algo de lo que precisamente se enamoró. Sí, quizás Harry era el único que mantenía la esencia de sí mismo, el único que había entendido las palabras de Emy y se había esforzado por llevarlas a cabo.- ¿Qué podemos hacer¡Nos superan en número! Ni Harry ni todos los arcángeles juntos podrán detener a un ejército así.- Ginny volvió a mirar en dirección hacia Alan. Observó a Christine tratando de aproximarse a su hijo. Era la única oportunidad que tenían: apelar al corazón del niño.
-Hermione.- dijo suavemente. Su voz había mutado a una dulzura fuera de lo común. Su amiga la miró sorprendida. No entendía porqué Ginny sonreía de aquella manera, no entendía el porqué de aquella sonrisa forzada ni la parsimonia con la que desarrugaba sus ropas.- Siento mucho que nos tengamos que enfrentar a este futuro.- Hermione se dio cuenta de que Ginny estaba angustiada por lo que se les venía encima y en cierta manera, ella estaba igual. Sabía que no tendría un futuro con Ron por causa de esa guerra. Seguiría con vida, sí, pero a costa de hacerlo sin amor, sin sus mejores amigos...sin sus aspiraciones. Y entonces entendió lo que Ginny trataba de decirle sin palabras. Lo vio reflejado en su rostro y comprendió, observando como Heka y Harry se reagrupaban para pelear juntos, que su mejor amiga trataba de salvarla de perder a Ron antes de que el futuro se lo arrebatara.- ¿Recuerdas a Emy, verdad? Sí...ninguno de nosotros ha podido olvidarla...en especial Harry. Hazle caso, Hermione. Fue un muy buen consejo.- Ginny se puso en pie, varita en ristre. Deseaba llegar hasta Alan antes de que lo hiciera Christine, porque tenía la sensación de que Alan jamás sucumbiría a las palabras de su madre. Pero ellos dos siempre se habían llevado muy bien. Habían jugado junto a Harry y Ginny sabía, que por muy malo que Alan se hubiese vuelto, en el fondo de su corazón quería a Harry por encima de todo.
-¿Crees que podemos cambiar nuestro futuro?- titubeó Hermione. También se puso en pie. Ginny se dio cuenta de que temblaba al lanzar miradas furibundas hacia Lewis. El mortífago, con el rostro de Dani, se reía de manera demente de todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
-Podemos intentarlo.
-Pero...- Hermione dirigió la mirada hacia Ron. Luchaba muy cerca suyo contra un ejército de banshees, tratando de abrir camino a los arcángeles. Sintió el corazón palpitar de emoción y una extraña sensación en la boca del estómago. Estaba enamorada de Ron. Siempre lo había estado, pero su miedo...esos miedos absurdos se habían apoderado de ella...impidiéndole darse cuenta de que lo que más deseaba era estar junto a su mejor amigo.
-Hoy te toca salvarle tú.- finalizó Ginny y con un ágil movimiento, saltó detrás del contenedor, dispuesta a todo para llegar hasta Alan. Hermione se quedó sola, dudando. Tenía dos caminos. O volver a huir y correr tras Ginny para ayudarla, o salvar a Ron de aquellas banshees y salvarse a sí misma. Tomó la decisión en un ápice de segundo...si el destino le arrebataría a Ron en el futuro...entonces ella lucharía contra ese destino.
´´´´´´´´´´´´´´´
-¿No es divertido?- ironizó Lewis. De pie en aquel pedestal, podía observar todos los rincones de la plaza, abarrotada de su ejército y el bando enemigo. En aquella encrucijada, los aurores y los arcángeles caían como moscas. Alan había creado un escudo alrededor de ellos que impedía que las maldiciones llegaran a alcanzarles y desde esa misma posición, él iba matando a un enemigo tras otro.
-Mucho.- respondió el niño. Pero el tono áspero que había utilizado no ofrecía ningún signo de que se lo estuviera pasando bien. No obstante, a Lewis pareció bastarle, porque sonrió.
-Mañana será un gran día.- dijo, alzando los brazos de manera grandiosa.- Mañana, por fin, cumplirás el cometido que se espera de ti.- Alan interrogó a su padre con la mirada, pero sabía que éste no le contaría nada más. Siempre le decía que las cosas vendrían a su tiempo y hasta ese momento, no se había equivocado.
-No si nosotros podemos evitarlo.- dijo una voz de ultratumba. El campo de fuerza, que había estado protegiendo a Lewis y a Alan, se rompió en mil partículas pequeñas de energía y las figuras de Anya y Orión, jadeantes, ingresaron en el pedestal. Alan los fulminó con la mirada. Muy pocas eran las personas que habrían podido quebrar su escudo. No obstante, Lewis, convencido de su ventaja, soltó una sonora carcajada.
-Los héroes...han llegado.- siseó con sorna.- ¿Qué nos contaréis esta vez¿Qué no permitiréis lo que está ocurriendo¿Qué pagaremos muy caro nuestros actos¡Oh, ya sé! Tal vez que Dios nos castigará...
-No existe ningún Dios ante el cual yo responda, Lewis.- masculló Orión. Vestía totalmente de negro y entre aquella proximidad, parecía el hermano mayor de Alan, que vestía de la misma forma.- Pero mejor su piedad a la tuya.
-¿Piedad?- rió Ian. Desfiguraba el torso de Dani con su risa macabra. Anya, incapaz de seguir el juego de intercambios que mantenía con Orión, observó a Alan y sintió una sacudida por dentro. Lupin le había dicho que todavía creía en él...que existía un gran bien en el corazón del niño...pero plantado allí cerca de la fuente, con los ojos envueltos en aquel aura negra y de ira; Alan no se asemejaba al niño inocente que ella había encontrado al llegar a Londres.- ¿Tiene ese Dios del que hablan los muggles piedad para vosotros? Entonces...querido muchacho¿por qué os ha abandonado¿Por qué no baja aquí a ayudaros?- señaló con maldad al cuerpo sin vida del cardenal y añadió: - ¿por qué no salvó a ese hombre de fe?
-Porque no es real.- respondió Orión con rotundidad y avanzó un paso hacia el frente. Lewis no retrocedió, ni tampoco lo hizo Alan, que ajeno a las miradas de Anya, atendía con interés a la conversación que se estaba llevando a cabo.- Sólo es una fuerza espiritual en la que los muggles se sostienen...pero eso no es malo, Lewis. Les da una razón para vivir, para seguir adelante, para tener esperanza. Y tú quieres romper con todo eso. De algún modo, crees en ese Dios, desafías a ese Dios...que no es más que el destino forjado para cada persona...no te gusta tu destino y decides burlarte de él con codicia, con odio, con desesperanza...a costa de vidas humanas.
-Hablas como un auténtico líder, muchacho.- Lewis mantenía la sonrisa estúpida anclada a su rostro. No le afectaban las palabras de su enemigo.- No obstante, esa fuerza buena en la que se sostienen los muggles fue el causante de la muerte de mis padres...¡y yo estoy aquí para vengarlos! Dices que es algo bueno...¿pero cómo puede ser bueno algo que elimina vidas humanas, por un secreto que contiene la verdad¡Yo he dado al mundo la auténtica verdad¡Yo crearé un nuevo credo, un nuevo imperio, unos nuevos mandamientos¡Y hoy, este mediodía, tú serás testigo de mi incalculable poder!
-Te equivocas...- siseó Orión peligrosamente. Extrajo su espada de la vaina y Anya, envuelta en una sensación de desazón, lo imitó. Orión entornó los ojos y los fijó en la figura de su dolor, de su agonía, de su futuro...los fijó en su auténtico enemigo. Porque sabía, que en cuanto se lanzase contra Lewis, Alan estaría ahí protegiéndolo.- Tú serás testigo de la muerte de tu poder...- Orión, envuelto en la necesidad de romper el futuro que él sabía que se avecinaba, dio un salto al frente enarbolando su espada en el aire. Pero se topó con un escudo que lo hizo detenerse. Alan lo había conjurado con sus manos y era mucho más poderoso que el anterior. Orión soltó un juramento y observó a Lewis, que se reía incontrolablemente.
-Le he enseñado unos pequeños truquitos. Espero que no te importe.- pero Orión ya conocía de sobras esos trucos. Los había estudiado hasta la saciedad y conocía la manera de bloquearlos. Alan era poderoso, pero su mayor fuerza todavía no había sido sacada a la luz. Mientras fuera un niño, Orión tenía muchas posibilidades de derrotarle. Se cambió la espada a la mano izquierda y con la derecha soltó una bola de energía que se estrelló contra la barrera. Pero no se desvaneció. Luchó contra ella forzándola a quebrarse. Alan se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo y se concentró en hacerla más resistente, mientras Lewis, con los brazos cruzados, contemplaba el espectáculo.
-¡DETENTE!- la figura de Christine, totalmente bañada en sangre enemiga, acababa de llegar a la escena. Anya se quedó boquiabierta contemplándola y sintió una bocanada semejante al miedo. Porque eso era lo que inspiraba la mujer anclada en esa determinación. Orión detuvo su energía y se puso recto, mirándola con odio por haber sido interrumpido. Alan también desvaneció su escudo, pero no se inmutó al ver la sangre empapando a su madre, pese a que ésta parecía haber arrasado con medio ejército de criaturas mágicas.
-Los años no han sucumbido a tu poder, Christine.- comentó Lewis tranquilamente. Se la comía con la mirada y sabía que la mujer era incapaz de traspasar sus ojos como lo hacía con los de los demás porque éstos eran los de Dani.- Tu fama de asesina es bien merecida...
-Cállate.- ordenó Christine de manera tajante. Ian pareció quedarse un poco descolado frente a aquel mandato, pero se repuso de inmediato.- He venido a buscar a mi hijo.- observó a Alan, con mucha más dulzura y le tendió la mano.- Ven conmigo. ¿Quieres la verdad? Yo puedo dártela, cariño, la auténtica verdad. Ese hombre no es tu padre. Dani está muerto.- casi pareció que flaqueaba al pronunciar esa frase.- ¿Recuerdas cuando hablábamos de los magos metamórficos? Ian Lewis es un mago metamórfico y ha adoptado la apariencia de Dani para hacerte daño, para engañarte.- Christine pretendía hacer dudar a Alan, al menos, ponerlo entre la espada y la pared, pero sus palabras habían resbalado por la expresión oscura del rostro del niño. No había ni un ápice de emoción que pudiera dar lugar a sospechar que en algo habían influido. Lewis soltó una carcajada.
-Un buen intento, pero llega con retraso¿no crees? Alan confía en mí. Es mi hijo y me quiere muchísimo. No lograrás embrujarlo con tus mentiras.- Christine no reaccionó de manera violenta en aquella ocasión. Suspiró, cerró los ojos y volvió a alargar la mano hacia el niño. Anya se sentía enredada a las entrañas de la tierra, totalmente presa de aquel suelo en el que estaba ligada y que no le permitía moverse. Porque le parecía increíble la manera tan diplomática con la que Christine estaba tratando las cosas. Se movía por la fe, por la esperanza de hacerle entender a Alan que decía la verdad.
-Por favor, vamos a casa.- repitió. Alan avanzó un paso aquella vez y cuando Anya dio un pequeño vote de asombro, pensando que por fin había reaccionado, el niño lanzó una poderosa bola de energía negra contra su madre. Christine todavía seguía con la mano tendida y no había abierto los ojos, y cuando todo el mundo pensó que aquel poder la alcanzaría, realizó un fugaz movimiento similar a un manotazo y apartó la bola de su camino. La energía oscura se estrelló en una figura de la fuente y la hizo pedazos. Christine abrió los ojos como platos y taladró a su hijo con la mirada.- Has desaprovechado la oportunidad que Harry te dio, Alan.- confesó, duramente. Anya y Orión aguardaban en silencio, bebiendo de una información que no conocían.- Tu hermano casi sacrificó su vida porque pudieras volver a este mundo. Porque sí, Alan, aquel sueño que se repite en tu cabeza es totalmente cierto. ¡Tú y Dani moristeis en Halloween de 1981! Y yo no pude evitarlo...- Alan estaba escuchando por primera vez en todo el tiempo, pero tampoco esas palabras parecieron sacarle de su tormento de oscuridad.- Pero Harry pidió un deseo...un deseo a cambio de su sacrificio. Y se cumplió. Ese deseo era...que yo encontrara la felicidad necesaria para seguir adelante...y esa felicidad, eras tú.
-¡Qué manera más patética de prolongar tu sufrimiento, Christine!- exclamó Ian. En sus ojos brillaba el odio de saber que Alan estaba escuchando aquellas palabras.- Acaba con ella, hijo mío, acaba con la mujer que llenó tu vida de mentiras...- era como si Alan hubiese tomado la mano de Lewis, porque alzó de nuevo los brazos y lanzó una bola de energía con mayor rango de poder. Christine saltó hacia atrás para esquivarla, porque aquella no habría podido interceptarla.
-Como quieras...- susurró.- Esto es todo lo que he podido hacer por ti.- y rota por aquel dolor que ya había sentido veinte años atrás, rota por la angustia de tener que enfrentarse a su propio hijo y eliminarlo, pero con aquella frialdad que Christine había cosechado a base de palos, elevó su espada sobre su cabeza y esquivando un ataque tras otro, corrió hacia su hijo. No obstante, con la mano libre que le quedaba, Alan implantó de nuevo el escudo. Pero había mucho poder en Christine y utilizando la espada a modo de extensión de su energía, dio un tallo limpio y la evaporó, convirtiéndola en miles de chispas pequeñas y de tonalidades oscuras. Lewis, sorprendido, retrocedió un par de pasos y Alan quedó frente a Christine.
-¿Qué es lo que está haciendo?- le gritó Anya a Orión, pero el chico estaba tan anonadado como ella.- ¡Pretende matarlo!
-Se ha dado cuenta de que no puede salvarlo...-titubeó el muchacho, pero le costaba creer que Christine, la Christine que él conocía, se hubiese rendido tan pronto a la evidencia, a la maldad de Alan. Y comprendió, que tal vez, acababa de salvar el futuro con ese hecho, puesto que había concienciado al mundo de que Alan no tenía salvación y ahora, a punto de cumplir los seis años, Alan sí era vulnerable.
-Tienes que detenerla, Orión.- suplicó Anya, aferrándose a sus ropas.- ¡Haz que pare esto¡Por favor, no lo permitas!- Orión, en tensión, observó el rostro angustiado de su compañera.
-Salvaremos el futuro...si Christine logra eliminarlo...salvaremos el futuro...
-¡No!- gritó Anya y arrugó todavía más la túnica negra que vestía el muchacho. Estaba desesperada.- ¡Es nuestra misión¡Es nuestro trabajo¡Pero por lo que más quieras, Orión, no permitas que Christine mate a su hijo!- Orión volvió a observarla, para después pasar a mirar la batalla que llevaban a cabo Alan y su madre. No era un juego, pensó, ambos estaban luchando a muerte. El poder enérgico de Alan era muy superior al de Christine, pero encerrado en estado virgen y sumado a que Christine manejaba la espada, los poderes lograban equipararse. Lewis observaba la pelea igual de tenso. Todavía le faltaba dar el último paso de todos y precisaba de Alan para él. No podía permitirse el lujo de perderlo.
-¡No puedes derrotarme, mater!- bramó Alan, haciéndose escuchar por encima de los gritos de la batalla general. Christine esquivó tres bolas de energía más y se movió ágilmente hacia la izquierda. De manera casi invisible, extrajo la varita del bolsillo de la túnica y gritó:- ¡Avada Kedavra!- el haz de luz verde se dirigía fugaz hacia Alan, pero un arcángel como él podía permitirse el lujo de interceptarlo. Movió sus manos en un campo de energía tan oscuro como la noche y el rayo desvió su trayectoria y se estrelló en uno de los aurores que luchaba próximo a ellos, matándolo al instante. Christine maldijo por lo bajo al observar la sonrisa irónica de su hijo, que no parecía apiadarse de nadie ni mostraba ningún respeto por la muerte. Volvió a esconder la varita, comprendiendo que era un choque de energías lo único que podía desequilibrar el poder de dos arcángeles y se aproximó todo lo que pudo hacia Alan, lanzando una estocada con la espada. Pero otro filo se interpuso en su camino. Harry había emergido como un fantasma en la noche, impidiendo que Christine alcanzara su objetivo. Alan saltó hacia atrás, lanzando a su hermano una mirada de calculador interés. Por alguna razón, las palabras que acababa de decirle Christine se le repitieron en la cabeza, pero las ignoró. Harry y la mujer se evaluaron largamente y al final, ambos recogieron sus espadas y se colocaron frente a frente.
-Apártate.- ordenó la profesora. Harry negó con la cabeza. Lewis, desde su posición algo alejada, volvió a sonreír. Aquello le venía muy bien a sus planes. Si había peleas internas entre el bando del bien, él los derrotaría con absurda facilidad.
-¡Oh, sí, Potter, por supuesto que te apartarás!- masculló Orión, interviniendo en la conversación.- Porque sino seré yo quien te aparte.
-Prueba.- desafió Harry. Su mirada estaba envuelta en un aura oscura, un aura que Christine y los demás intuyeron a la perfección. Había matado demasiados enemigos, había estado demasiado tiempo en contacto con la sangre, con la muerte, con el sufrimiento y todo aquel dolor, sumado a la desesperación de la muerte de un nuevo cardenal y el destino de su hermano pendiendo de un hilo, lo habían arrastrado a lo peor de sí mismo.
-No es momento de pelear.- intervino una tercera voz. Ginny saltó por encima de los cadáveres de dos enemigos y se colocó justo al lado de Harry, taponando con su cuerpo la figura pequeña de Alan, que observaba con atención toda la discusión.
-Entonces aconséjale que se aparte.- gruñó Orión, alzando su espada. Christine lo observó de reojo. El muchacho había palidecido, porque aquella situación se le hacía tremendamente familiar. En su mente aparecieron dos figuras: Ginny y Alan.
-Tenemos que tener esperanza.- afirmó la menor de los Weasley con seguridad.- Tenemos que tener fe en Alan. Yo creo en él.
-¡Ridículo!- se desesperó Orión. Aquellas palabras le estaban taladrando la cabeza, porque las estaba escuchando por segunda vez. Anya se dio cuenta de su sufrimiento y le colocó una mano en el hombro, para apoyarlo. Pero ella misma estaba sintiendo lo mismo.- ¿Sabes qué, Potter? Estoy muy cerca de romper la maldita visión del futuro que me agujerea la cabeza y no vas a ser tú quien me lo estropee. ¡Voy a terminar con esto aunque sea lo último que haga!- Orión se lanzó en pos de Harry, con la espada apuntando hacia su figura, pero Harry llevaba mucho tiempo peleando y todavía le ardía la sangre al sentirse vivo dentro de aquel fulgor de muerte. Mientras Orión saltaba hacia él, movió su brazo derecho con rapidez y alcanzó la figura del muchacho. Parecía que Orión se había quedado suspendido en el aire unos segundos, porque desde la perspectiva de los demás tardó en caer una eternidad. Se arrodilló frente a Harry con la mano colocada en el pecho, de donde la sangre le salía a borbotones. Elevó la cabeza y observó la expresión triunfante de Harry mientras vomitaba una bocanada de saliva mezclada con el líquido rojizo.
-¡¡¡¡Orión!!!!- gritó Anya fuera de sí. Apartó a Christine de un empujón y se dejó caer a su lado. Las manos le temblaban al examinar la figura de su compañero, que solo tenía ojos para mirar a Harry con odio. Afortunadamente, la herida no era profunda, pero extendía un corte de pectoral a pectoral y era escandalosa a la vista.
-Harry...- susurró Ginny, conmocionada. Se había tapado la boca al sentir una sensación de desasosiego en el estómago.- ¿Qué has hecho?...
-¡Lo que debí hacer tiempo atrás¡Y concluiré ahora!
-No.- suplicó Ginny. Los ojos se le habían empañado levemente.- Estás aquí para hacerle entender a Alan...- pero Harry ya no escuchaba sus palabras. Solo estaba pendiente del sufrimiento de Orión y ni siquiera los esfuerzos de Anya por curarle, lograban conmoverlo. Christine estaba estática en su posición, anclada al suelo, sin saber cómo reaccionar. Ginny se dio la vuelta hacia Alan, tratando de apelar a su corazón por última vez, ya que Harry no parecía hacerle caso.- Por favor, Alan...¿ves lo que todo esto ha traído¿Eres más feliz ahora¡Te lo suplico, ven con nosotros¡Rectifica tus errores!- Alan le enseñó los dientes enfadado y movió su brazo de manera brusca, en dirección a una varilla de piedra que había quedado intacta después de que la estatua se hiciera añicos. La afilada varilla voló del suelo como ave rapaz y se clavó en el pecho de Ginny con rapidez. La chica aspiró aire, al tiempo que su expresión reflejaba primero asombro y luego dolor y cayó al suelo luchando por respirar, lanzando por la boca tanta sangre como Orión. En su pecho, la varilla de piedra lanzaba chispas negras, porque estaba poseída por la energía de Alan.
Harry sintió que el mundo se paralizaba a sus pies. Se dio la vuelta al escuchar los intentos sordos de Ginny por retener la sangre de su boca y se quedó congelado. Él había evitado que Christine matara a Alan, al igual que lo evitó con anterioridad con Orión y ahora, Alan, demostrando que ya no quedaba ni humanidad ni piedad en su corazón, había arremetido contra la vida de Ginny.
-¡No!- logró escupir Orión, retorciéndose de rodillas entre los brazos de Anya. Christine abrió los ojos como platos y reaccionó a tiempo para correr a los pies de la chica, que sufría espasmos en el suelo y las extremidades le temblaban. Con ambas manos, trataba de extraerse la varilla de piedra del pecho, pero ésta estaba firmemente hundida. Christine extendió las manos y dejó que la energía brotara de su interior, pero nada de lo que hizo funcionó. Miró a Alan, que sonreía con superioridad y se dio cuenta de que ninguna energía blanca de arcángel podría curar una herida producida por la energía negra de otro consumido. Alan se había encargado de dejar parte de su poder en la varilla y éste se estaba extendiendo por el cuerpo de Ginny como el veneno de una serpiente.
Orión logró incorporarse con ayuda de Anya y se arrodilló otra vez, a los pies de Ginny. Entre los tres trataron de eliminar aquella energía, pero no fueron capaces.
-Es inútil. Está condenada a morir.- sentenció Alan y se dio la vuelta, caminando hacia donde se encontraba Lewis, con intenciones de desaparecer. Orión lo fulminó con la mirada y con todo el odio que poseía en su interior reunió fuerzas para ponerse en pie y lanzarse contra el niño. Pero el escudo que protegía a Alan le impidió acercarse y se estrelló en él como un mosquito en el cristal del coche.
-¡Bastardo!- gritó, fuera de sí.- ¡Te mataré¡Juro por mi vida, que algún día te mataré!
-Pero no será esta noche- finalizó Alan y tanto él, como Lewis, como los mortífagos, desaparecieron del campo de batalla. Orión se giró hacia Ginny con desesperación y lanzó un grito desgarrador. Harry no podía moverse, observaba el cuerpo de la chica sintiendo flaquear sus sentidos. Si le hubiera hecho caso y hubiera tratado de convencer a Alan con ella...entonces al menos habría logrado evitar que él la atacara. Pero ahora, tirada en el suelo, como una trágica estampa, Ginny comenzaba a morir lenta y dolorosamente. Y cuando el último rayo de sol se escondió tras la tormenta que se avecinaba, cerró los ojos.
´´´´´´´´´´´´
