Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de la fabulosa Stephanie Meyer y la historia es completamente de la grandiosa escritora Venezolana Lily Perozo (serie: Dulces mentiras, Amargas verdades) La historia es Rated M, por contener alto contenido sexual. Yo los adapto sin fines de lucro, solo por mero entretenimiento.

Leer bajo tu responsabilidad.

Gracias a Lily Perozo, la autora por permitirme adaptar su historia, sin ella esto no fuera sido posible.

.

Capítulo No. 24

Aunque Jasper lograba comunicarse con Alice por teléfono, no era suficiente. Quería verla y comprobar que verdaderamente se encontraba bien.

Llevaba dos días sin ir a la universidad y ella sólo le decía que su padre la tenía castigada. El maldito viejo se creía un dictador. ¿Acaso no era consciente de que su hija ya no era una niña?

Sin poder controlar sus instintos y sus ganas de ver a su novia, se encontraba frente a la puerta principal de la mansión Vulturi. Sabía que quien le abriría la puerta sería Alice, ya le había comunicado que iría por ella.

No era un adolescente irresponsable para estar escondiéndose o entrando por la ventana de su habitación a media noche, era un hombre y como tal actuaría.

— ¡Hola! —la emoción y cierto nerviosismo vibraban en la voz del rubio. Su chica se veía hermosa. Alice era sin duda una muñeca con una belleza inigualable.

Sin pedirle permiso la abrazó y le dio un beso en la coronilla, viviendo la maravillosa sensación de sentir el rostro de ella refugiarse en su pecho.

—No tenías que venir —murmuró abrazándolo con todas sus fuerzas. Sin poder abarcarlo por completo. La amplia espalda del rubio se le escapaba a tal posibilidad, sintiendo el cuero frío de la campera negra que llevaba puesta, pero que contrastaba maravillosamente con el calor de su pecho—. Es mejor que te vayas, hazlo antes de que mi papá se dé cuenta de que estás aquí.

—Alice he venido a hablar con él, tiene que entender que ya no eres una niña y que queremos estar juntos —le comunicó tomando entre sus manos el rostro de la chica e instándola a que lo mirara a la cara.

—No lo va a entender, no quiere hacerlo, he intentado hablar y no quiere escuchar —le dijo mirando a su novio a los hermosos ojos celestes—. Por favor —suplicó en un hilo de voz.

En ese momento Jasper le desvió la mirada, y ella inmediatamente se dio media vuelta para encontrarse con su padre que se acercaba a pasos agigantados y antes de que pudiese intervenir, Jasper la jaló por la mano y la puso detrás de él, cubriéndola con su cuerpo.

— ¿Qué haces aquí? Te largas ahora mismo y dejas a mi hija —exigió el hombre, evidenciando la molestia que le causaba la presencia de Jasper Cullen.

—Señor Vulturi, he venido en buenos términos a hablar con usted. Comprendo que esté molesto, pues debí desde un principio tener su autorización… —trató de explicar con voz pausada, como una persona civilizada, pero Vulturi lo interrumpió.

— ¡Y no la tienes, ni la tendrás! —vociferó acercándose, aunque no lo suficiente porque sabía que el joven tenía la mano pesada y prefería dejárselo a los oficiales—. Llama a la policía —le ordenó a una de las asistentes al servicio que se había presentado en la sala ante los gritos de su jefe.

La mujer asintió casi inmediatamente como una autómata y con paso apresurado se dirigió al teléfono.

—Señor, estoy tratando de hacer las cosas de la mejor manera, no estoy irrespetando a su hija —intentó Jasper una vez más.

—Ya no tienes nada que irrespetar, si ya te la has… —prefirió evitar esbozar eso que tanto le había dolido, saber que su hija había perdido la inocencia a manos de un Cullen no sólo lo enfurecía sino que también le dolía—. Actuaste como el hijo de puta que eres —desvió la mirada hacia su hija—. Alice —pronunció suavizando la voz—. Aléjate de ese hombre y ve a tu habitación.

—Lo siento papá, pero no voy a ningún lado, no hasta que aceptes lo que yo quiero. Quiero estar con Jasper —dijo tratando de que la coraza de valentía no se le cayera.

— ¡Sobre mi cadáver! —explotó enfurecido. No iba aceptarlo, nunca lo haría y aunque quiso ser paciente con su hija y mostrarse en remanso las palabras de ella fueron una bomba que hizo estallar sus emociones de manera inmediata.

—No es necesario llegar a tales extremos señor, estoy tratando de demostrarle que mis intenciones son buenas… —todavía cuando Jasper se sintiese molesto por la actitud hiriente del hombre, trataba de mantener los estribos. Lo hacía por Alice.

—Los extremos los rebasaste en el maldito momento en que decidiste mirar a mi hija. No te quiero cerca de ella ni ahora, ni nunca. No voy a consentir que sigas llenándole la cabeza de falsas promesas. Eres un pedazo de mierda que le va a partir el corazón y eso no lo voy a permitir. Primero te pongo a comer tierra —amenazó sin importarle las consecuencias de sus palabras.

— ¡Papá! no te permito que le hables así, tú no sabes nada —intervino Alice, escandalizada ante las palabras de su padre.

—Aquí quien no sabe nada eres tú Alice, eres una niña tonta, ¿acaso no puedes ver que este hombre no ve nada especial en ti? Sólo está tratando de cumplir su fantasía con una adolescente —acusó a Jasper sin miramientos y sin importarle ser cruel con sus palabras. Sabía que la crueldad muchas veces era el mejor método para hacer reaccionar.

Jasper se estaba cansando de que las personas lo juzgaran sin conocerlo, que sacaran conclusiones a la ligera y exponerlo como un maldito sin escrúpulos; pero antes de que pudiese dejar en claro lo que verdaderamente era y sentía, Alice se le adelantó tomando la palabra.

—El único que se empeña en verme como una niña tonta eres tú, papá, ya no soy más una niña, no soy tonta, quieres que lo sea para mantenerme bajo tu dominio, pero yo quiero valerme por mi misma, quiero mi vida, la que yo quiero, no la que tú quieres para mí y me cansé. Me cansé de que quieras gobernarme —dijo saliendo por detrás de su novio y encarando a su padre con los puños apretados, tan fuerte que podía sentir las uñas enterrársele en las palmas de las manos.

Temblaba de la rabia, pero también de valor y las lágrimas que anegaban sus ojos eran de felicidad porque por primera vez en la vida le gritaba a su padre lo que pensaba.

Aro no podía creer que Alice. Lo único que verdaderamente tenía, lo único que quería, a lo que se había aferrado lo tratara de esa manera y su rabia se volcó aún más en contra de Jasper.

— ¿Son las cosas que le metes en la cabeza? Eres un mal nacido… ¡largo de mi casa ahora mismo! Porque no voy a esperar a que llegue la policía para sacarte y no lo haré por las buenas —le advirtió dando un paso hacia adelante y una vez más miraba a su hija—, te hará daño Alice —trató de hacerle entender a su hija que ese hombre que tenía al lado no valía la pena.

Jasper quería mediar. No pretendía llegar a tales extremos, únicamente intentaba hacer las cosas bien, ser responsable, actuar con entereza como su padre le había enseñado, pero nada de eso daba resultado, ya que Alice intervenía una vez más.

—Aquí el único que me ha hecho daño has sido tú papá. Tu estúpida obsesión por protegerme, por lo que según tú es lo mejor para mí. Me hiciste daño cada vez que me llamaste gorda. Me dañaste cuando me regalaste una balanza a cambio de la muñeca que pedí. Me hiciste daño cuando me dijiste que era la causante de todas tus desgracias. Tal vez no lo recuerdes porque estabas ebrio, pero lo hiciste, me lo gritaste —le estaba gritando a su padre todo lo que sentía, lo que tantas veces quiso decirle y precisamente en ese momento encontraba el valor para hacerlo—. Me haces daño cada vez que me pones en ridículo delante de todo el mundo, me haces daño cuando te empeñas en seguir creyendo que tengo ocho años, me dañas cuando me llamas tonta… me haces daño cuando me criticas mi noviazgo con Jasper, cuando tú tuviste sexo con una de mis ex amigas en la cama que compartes con mi madre, ¡no me creas tonta porque no lo soy! —dijo fuera de control, sin importarle que su novio pudiese escuchar el parapeto que era su familia.

—Alice no te permito que hables de esa manera, no sabes lo que estás diciendo y te vas a tu habitación ahora mismo —le exigió sintiendo como los latidos de su corazón se descontrolaban a más no poder y el pecho le dolía tanto que casi le impedía respirar.

—No me permites nada, nunca me permites nada, pero ahora soy yo la que no te permite que sigas dañándome. El ser mi padre no te da el derecho de hacer lo que me haces… —sin previo aviso le agarró la mano a Jasper y no supo de dónde sacó tanta fuera que logró arrastrarlo.

— ¡Alice! Alice no se te ocurra irte con ese desgraciado… la has puesto en mi contra —gritó desviando la mirada a Jasper, queriendo matarlo en ese instante, tan sólo si pudiese hacerlo.

—Yo no he hecho nada, ha sido usted mismo señor —contestó Jasper con determinación.

—Alice si atraviesas el portón no regreses, si te vas no vuelvas, es ese hombre o tu familia.

—No vas a ponerme a elegir. De momento voy a estar con Jasper y cuando quiera vendré a mi casa, aquí está mi madre, y aunque no entiendas, ni quieras aceptar al hombre que quiero, eres mi padre, sé que lo eres, pero no voy a dejarme chantajear, no lo haré —dijo tirando de la mano de Jasper y se encaminaron hacia la salida. Jasper no había entrado con el auto para no poner en alerta a su padre antes de tiempo y suponía que lo había dejado estacionado en la calle.

Alice hizo oídos sordos a los llamados de su padre y se dejó guiar por Jasper. Al llegar a la calle, no los esperaba ningún auto, era una moto Audi en negro y plateado.

Nunca en su vida había subido a una y aunque tenía muchas cosas girando en su cabeza, la mayoría de las cuales no podía ser consciente, no pudo evitar emocionarse y subir detrás de su novio, abrazándose a él. Simplemente quería alejarse cuanto antes de los dominios de su padre.

La moto rugió y ella sintió la vibración entre sus muslos y se estrechó con mayor más fuerza alrededor del cuerpo de Jasper y podía sentir los latidos desbocados del corazón de su novio.

Aro Vulturi empezó a caminar de un lado a otro en la sala, como una fiera enjaulada. Se llevaba las manos a la cabeza y no podía controlar los temblores de su cuerpo.

—Me van a quitar a Alice… me la quieren quitar, el maldito de Carlisle intenta cobrar con la misma moneda, no… no lo voy a permitir —sin darse cuenta, las lágrimas salían al ruedo y se las limpiaba con ira—. ¡¿Dónde está la maldita policía?! —preguntó a punto de grito a la mujer que se mantenía a cierta distancia.

—Debe venir en camino señor —musitó con tanto pánico como si le estuviese hablando al Diablo.

—No puedo esperar, no puedo… —dijo y se encaminó con pasó rápido al despacho.

Abrió la puerta y entró lanzándola en un intento desesperado por cerrarla y corrió a la caja de seguridad, marcó la clave, esa fecha tan especial que en un principio lo llenaba de dicha, pero después sólo lo había atormentado durante tantos años y que contenía sus más grandes temores, sus esperanzas perdidas y por muy masoquista que pareciera no cambiaba la combinación numérica.

Sacó un sobre y evitando detenerse en las fotografías que revivían recuerdos felices y dolorosos. Buscó entre los papeles que podían acercarlo a un pasado con el que había luchado por olvidar y que evidentemente era imposible porque siempre la veía en cualquier mujer.

Rebuscó entre los papeles porque sabía que lo tenía y al encontrarlo sintió que el peso sobre sus hombros disminuía y se le hacía más fácil respirar. Era el número de teléfono de Carlisle Cullen, era el único al que tenía que enfrentar.

Marcó al número que estaba anotado en un papel desgastado por los años. Estaba escrito con la caligrafía de la única mujer que había amado. El tiempo iba deteriorándolo poco a poco y lamentablemente eso no pasaba con sus recuerdos ni con sus sentimientos.

Sólo un tono y sus nervios se pusieron alerta; esperaba ansioso por comunicarse con ese hijo de puta y exigirle que dejara a su hija en paz, porque ella no tenía nada que ver.

La voz de una operadora que le hablaba en portugués indicándole que ese número no estaba asignado a ningún suscriptor. Se llenó de impotencia y vociferó una maldición.

Su cabeza era un embrollo de emociones en el cual el pasado y presente no dejaban cabida a la razón. Lo único que tenía claro era que debía recuperar a su hija. Después de algunos minutos la mente se le aclaró un poco y encendió el ordenador, ya que el maldito de Cullen no podía ser inaccesible y en la web buscó y buscó hasta dar con las oficinas principales del grupo EMX en Río de Janeiro, Brasil.

Marcó una vez más y repicó en un par de oportunidades una mujer le atendió, pero antes de esbozar alguna palabra trancó.

— ¿Qué estoy haciendo? —se preguntó liberando un suspiro que le ayudase a calmar un poco sus emociones—. Sería una locura, no puedo exponerme en esta forma, mejor hago las cosas a mi manera… Alice no voy a permitir que te hagan daño, sé que no puedes entender y yo no puedo darte explicaciones —murmuró desviando su mirada hacia el retrato de la chica que adornaba su escritorio y con el dedo índice la acarició—. No te enterarás, lo voy a quitar de tu camino para que no sufras —murmuró decidido a buscar una salida definitiva al problema.

Un llamado a la puerta hizo que se pusiera de pie tan rápido como su cuerpo y sus actos reflejos se lo permitían. Mientras tanto, guardó todo en el sobre y lo lanzó dentro de la caja de seguridad, asegurándose de cerrarla.

—Adelante —dio la orden al tiempo que se pasaba las manos por el cabello para acomodárselo.

—Señor Vulturi, la policía ha llegado —avisó la mujer que se había encargado de hacer el llamado.

Aro no dio ninguna respuesta y se encaminó con paso seguro a la sala. Haciendo su mejor intento por mostrar una sonrisa.

—Buenas tardes —saludaron al unísono el par de uniformados.

—Buenas tardes oficiales, disculpen el llamado pero ha sido una falsa alarma —dijo con una sonrisa a medias—. Es que una de las asistentes del servicio se ha confundido un poco y atacada por los nervios se tomó el atrevimiento de llamar.

— ¿Seguro que todo está bien? —preguntó uno de ellos con cautela y recorriendo con su mirada el gran salón de la mansión.

—Sí señor, ha sido mi hija que ha venido con unos amigos y uno de ellos estaba un poco tomado, pero ya lo he enviado a su casa con uno de mis choferes. No hay de qué preocuparse, agradezco su pronta asistencia.

—Está bien señor, si necesita algo más no dude en llamar —dijo el otro que por costumbre empuñaba la cacha de la pistola que colgaba del arnés en su pantalón.

—Seguro lo haré —acotó sonriendo amablemente y con un leve asentimiento de cabeza los invitaba a retirarse.

Alice tuvo la oportunidad de deshacerse del estorboso casco y, aferrada a su novio, viajó por casi dos horas sintiendo el viento frio estrellarse contra su rostro y agitar fuertemente sus cabellos.

Exclusivamente se detuvieron en un par de oportunidades, una para beber un poco de agua, y la otra para que Jasper hiciese una llamada.

Esa la hizo sin siquiera bajar de la moto estacionados a un lado de la autopista Robert F. Kennedy. Supo así que él trataba de llevarla a algún sitio en específico. No habían hablado de lo sucedido pero sabía que para eso tendrían tiempo. Sólo se abrazaron y besaron como si el mundo estuviese a punto de desmoronarse.

El destino que Jasper escogió para apartarse del mundo fue una hermosa mansión en Los Hamptons, situado al este de Long Island. Llegaron y él buscó una copia de la llave en un matero el cual lanzó al piso para escarbar entre la tierra y como si de un tesoro escondido se tratase; mientras tanto Alice recorría con su mirada el lugar que contaba con una majestuosa fuente que robaba la atención de quien visitase el lugar. Con la curiosidad latiendo en ella caminó hasta una de las partes laterales y notó que contaba con un gran jardín y una piscina.

—Alice, ven —le pidió Jasper haciéndole un gesto con su mano y ella atendió al llamando acercándose sigilosa.

Entraron y ante sus ojos apreció una hermosa estructura, con grandes ventanales que le brindaban gran claridad a un gran salón de paredes claras y a toda la casa. Esta pertenecía al padre de Garrett y que sabía sólo visitaba el lugar una o dos veces al año; sin embargo se encontraba en óptimas condiciones.

Su novio la guió por el lugar el cual evidentemente se conocía muy bien, después de atravesar un gran salón, recorrieron un pasillo y llegaron a un recibidor que estaba decorado con muebles blancos y ocres.

A un lado de ese ambiente, una puerta de dos paneles de vidrio dejaba admirar el hipnótico paisaje que rodeaba a la hermosa casa. Él la haló delicadamente por la mano invitándola a caminar. Las puertas de cristal se abrieron automáticamente al percibir los pasos de ellos, dejando que la brisa fría proveniente de la playa se colara y enfriara el rostro de ambos.

Salieron a la terraza trasera que tenía vista y salida a la playa: una extensión infinita de arena blanca, casi virgen colmó su mirada y junto al gris paisaje de la tarde resplandecía ante ella el maravilloso espectáculo creado por el contraste de arenas blancas, aguas oscuras por el frío y embravecidas por el viento y el cielo aún más lóbrego debido al gélido clima.

En una acto reflejo y por el frío Alice se abrazó a sí misma, pero al instante sintió caer pesada y cálida sobre sus hombros la campera de cuero de Jasper quien se detuvo él detrás de ella y la abrazó apoyándole en la coronilla la barbilla, haciéndola sentir que él era todo, le brindaba calor y la protegía. Era como un refugio donde podría mantenerse a salvo.

— ¿No te pregunté si querías venir? Tal vez no debí tomar la decisión sin consultarte, sólo quería alejarte. Soy algo estúpido al pensar que si te alejo del bullicio de la ciudad lograré remediar los problemas que se nos presentan y sé muy bien que no es así, sé que mañana cuando regresemos, tendré que insistir una vez más con tu padre y no voy a darme por vencido hasta que acepte que te quiero, que de verdad lo hago. Sé que cuesta que alguien más lo crea, de hecho a mí me cuesta creer en esto que siento Jasper hablaba sin despegar la barbilla de los cabellos de Alice y con la mirada anclada en lo que podía ser el borde del mundo delante de ellos—. Que es un imposible la chica delgada y virginal con el hombre rubio fortachón y experimentado, pero ¿quién tiene fundamentos sobre los sentimientos? Nadie puede asegurar lo que es o no posible, porque nadie está en nuestros zapatos. Los de afuera no pueden ver lo especial que eres para mí, no me entiendo, sé que no lo hago, pero solo sé que quiero estar contigo, ahora, en este instante. Contigo más que cualquier cosa.

Alice se aferraba a los brazos de él que la rodeaban, mientras luchaba con el nudo en su garganta que por más que intentaba tragarlo, no podía pasarlo. Las lágrimas al filo de sus ojos se hacían cada vez más pesadas y no quería derramarlas porque no quería parecer una tonta delante de él. En su interior una marea tan imponente como la de la playa que tenía en frente, lo abarcaba todo.

La felicidad de escuchar al hombre que quería, decirle palabras tan bonitas y sinceras desbocaba los latidos de su corazón, pero también estaba la realidad de la situación y a la que no podía cerrarse.

Temía que su padre encerrara a Jasper, que lo alejara definitivamente. Aunque ella lucharía con uñas y dientes para no permitir que eso sucediera, sabía que Aro Vulturi era un hombre que cuando se proponía algo lo cumplía.

Tal vez debía tomar una decisión y no regresar a su casa, pero no podía hacerlo porque no tenía dinero. No podía disponer de éste hasta que cumpliese 21 años y lo que menos quería era dejar de ser la mujer que Jasper quería para convertirse en una carga. Esa seguridad que él le brindaba se encontraba tambaleando, ante los miedos que la asaltaban.

Su padre, siempre su padre. Había sido el gran problema y lo peor de todo era que lo amaba. Quiso ser mejor para él, para que se sintiese orgulloso y en cierta medida hacerle tragar las palabras de que había sido el mayor error, pero por más que se esforzara siempre seguiría siendo la causante de todas sus desgracias.

No pudo evitar recordar ese episodio de su vida, ese que la marcó. Tenía doce años, cuando su padre se encerró en el despacho después de una discusión con su madre y ella, al ver que las horas pasaban y él no salía del lugar, entró y lo vio llorando tirado en un rincón como si fuese un niño, su llanto era de dolor y le daba largos tragos a la botella de licor que con muy poco contenido, se encontraba tirada en la alfombra y que la recogía a cada minuto.

Sólo un nombre femenino se escapaba de su boca y le pedía perdón. Recordaba claramente que su nombre no era el de su madre, era Elizabeth, nombre que nunca podrá olvidar.

Aunque su padre sufría por alguien que no fuese su madre, ella entró y se acercó con el único fin de darle un abrazo y consolarlo, pero apenas la distinguió entre las penumbras, le gritó que se largara, que lo que menos quería era ver a la causante de sus desgracias. No podía asimilarlo, pensó que estaba muy bebido y que la estaba confundiendo, pero en un nuevo grito se lo ratificó.

Con doce años y después de haber perdido doce kilos con el único propósito de hacer sentir bien a su padre, sintió como el corazón se le estrujó, como sí él mismo hubiese tenido el poder de apretarlo en su puño.

Salió corriendo del lugar sin siquiera poder llorar, se dirigió a la cocina y tomó un cuchillo. Fue primera vez que lo intentó, intentó dejar de ser la causante de las desgracias de su padre, pero Robert, su chofer, la encontró a tiempo.

De nada le había servido intentar hacer como la chica de la película que había visto porque no obtuvo el mismo resultado y para la mala suerte de Aro Vulturi, no sólo la causante de sus desgracias seguía con vida, sino que le añadió la culpa.

—Lo siento Jasper. Siento haber actuado de esa manera en tu presencia, pero tú me diste la fortaleza para decirle a mi padre algunas de las cosas que he preferido callarme y que todos estos años se han ido acumulando; y han creado un peso que a veces creo no podré soportar —murmuró sintiendo que su voz vibraba ante las lágrimas que ahogaban su garganta, pero ponía todo de su parte para no llorar.

—Allie, no tengo nada que disculpar, debes dejar salir eso que poco a poco te envenena. Ya vivo con alguien que se guarda muchas cosas dentro y se cuánto daño pueden hacerse.

—La única persona con la que vives es con Edward y él no parece ser bulímico, ni suicida… —musitó sintiéndose algo confundida.

—Tú encontraste una manera de drenar tus problemas cuando sentías que te rebasaban, pero Edward no lo hace. En su adolescencia fue muy agresivo, no sólo con quienes lo rodeaban, sino con el mismo, aunque algunas veces aún presenta ese comportamiento, parece que está atrapado en una espiral y todo porque no quiere hablar. Nunca nos contó sobre el accidente en que murieron sus padres, ni mi padre habla sobre eso tampoco. Cuando Edward tenía diecisiete años, quería venir a Nueva York y mi padre no lo dejó —Jasper le contaba a Alice dejándose llevar por esa confianza que sentía por ella—. Lo único que entendí en esa discusión que tuvieron, que era a él a quien se le culpaba por la muerte de sus padres. No fue mi padre quien dijera algo sobre eso, fue el mismo Edward y perdí la cuenta de las veces que le pregunté cómo pasaron las cosas y él solo responde "No lo recuerdo" pero sé que lo hace, sé que lo tiene muy presente… ¿Te he contado que Edward es neoyorkino? Y que legalmente es mi hermano —acotó estrechándola entre sus brazos para darle más calor.

La confusión empezó a reinar en Alice, quien no pudo evitar volverse y mirar con el ceño fruncido que gritaba desconcierto a Jasperr.

—No, no lo sabía —dijo después de un momento.

—Sí. Él nació en ésta ciudad y cuando sus padres murieron, mi padre se lo llevó a Brasil, pero nunca al menos a mí me ha dicho que fue lo que pasó, por eso sé que guardarse las cosas no es bueno —concluyendo el por qué le estaba contando lo de su primo—, ¿qué piensas de tu padre? —preguntó acariciándole con el pulgar una de las mejillas y mirándola a los ojos.

—Yo lo quiero, es mi papá, pero pienso que es un cabrón —musitó bajando la mirada, un poco apenada por los sentimientos que la embargaban.

— ¿Y por qué no lo dices?

—Lo estoy diciendo, es la primera vez que lo digo… Aro Vulturi en un cabrón —dijo en voz baja.

Jasper deshizo el abrazo y la agarró por una mano y la hizo caminar. Guiándola, bajaron cinco escalones de madera que los llevaba a un portón el cual Jasper abrió y los recibió la arena de la playa. Sin soltarle la mano la instó a correr. Llegaron a la orilla donde el frío se sentía mucho más y Alice sentía las mejillas ardidas ante la baja temperatura, así como el viento le agitaba los cabellos y se los revolvía en la cara, creando una máscara de hebras castañas a las cuales ella trataba de quitar con su mano libre.

—Ahora quiero que repitas lo que es tu padre —pidió Jasper con entusiasmo.

—Mi padre es un cabrón —dijo sonriendo, ante la actitud de su novio.

—No te escucho —alentó él alejándose un par de pasos, caminando hacia atrás y dejando sus huellas marcadas en la arena mojada que dejaban las olas.

—Aro Vulturi es un cabrón —dijo más alto y no pudo evitar reír.

—Sigo sin escucharte Alice. —la instó alejándose un poco más.

—Mi padre, Aro Vulturi en un cabrónnnn —gritó con todas sus fuerzas—. ¡Papá eres un cabrón de mierda! —lo dijo en el mismo tono de voz, el cual era arrastrado por el viento a varios metros de distancia. Jasper soltó una carcajada y Alice corrió para acortar la distancia que él se había alejado. Al estar cerca, se lanzó hacia su novio quien le pasó un brazo por la cintura y la elevó empezando a dar vueltas—. Y no voy a dejar que sigas arruinándome la vida —dijo sonriendo dulcemente y mirándose en los ojos azules del rubio.

—Y yo tampoco lo voy a permitir —murmuró Jasper llevándole una mano a la parte posterior de la cabeza, para que Alice recibiera el beso que él quería regalarle—. ¿Se siente bien verdad? —preguntó en medio de cortos y suaves besos, ella asintió en silencio perdiéndose en la mirada de él—. Yo lo hice en el Cristo Redentor de Río. Mandé a mi madre a la mierda. Tanto que ya no me produce ningún sentimiento —buscó una vez la boca de Alice para hacer el beso más prolongado.

Jasper sabía que su situación no había sido tan distinta a la de Alice. El abandono de su madre se podría decir que era más bajo que la sobreprotección de Aro Vulturi. Que si él le había gritado a su hija que era una desgracia, al menos lo hizo en privado.

Su madre más de una vez delante de las cámaras había dicho que en un principio su sueño de ser actriz se vio truncado, cuando se convirtió en madre.

Maldita a la que quiso más de una vez tener en frente, para gritarle tantas cosas, cosas que su padre se había encargado de decirle que no valían la pena, aún cuando tenía todo el derecho para hacer que odiaran a la mujer que los trajo al mundo, siempre les dijo que era su madre y nunca había escuchado salir de la boca de su padre alguna palabra de desprecio para con ella. Otro en su lugar sólo habría alimentado el odio que ya sentían hacia esa mujer.

Odio que se había ganado al renegar de ellos, además de tener el valor y la poca dignidad de ir a Ardent a pedirle dinero a Emmett, había sido el colmo de la bajeza. Nunca admiró a su hermano tanto como en ese momento en que la mando a sacar con seguridad, sin siquiera atenderla.

El beso fue tierno y aunque en algunos momentos se convertía en intenso, regresaba a los bordes de la ternura. El frío les estaba dando la pelea por lo que tuvieron que regresar a la casa. Entraron en busca de un poco de calor y se encontraron con dos mujeres que preparaban comida. Jasper sabía que Garrett se había encargado de enviarlas.

Saludaron y las señoras le confirmaron que habían sido enviadas por el señor Denali. Les dijeron que si necesitaban ponerse más cómodos los llevarían a una de las habitaciones la cual ya estaba preparada.

Jasper sabía que Alice necesitaba descansar un poco, por lo que se dejaron guiar a la habitación. La que era al igual que toda la casa en colores claros, sábanas blancas y sofás en color terracota y azul cobalto.

Se dieron un baño de agua tibia y envueltos en albornoz de tela de paño se metieron a la cama. Se disponían a ver una película cuando una de las asistentes al servicio de la mansión llamó a la puerta para informarles que la comida estaba lista.

Como no habían llevado ropa decidieron bajar al comedor como estaban. Una gran variedad de alimentos los esperaba, comieron hasta saciarse y regresaron a la habitación. Desistieron de ver televisión y se sentaron en un mullido sofá de tres plazas en color terracota que se encontraba frente a un gran panel de cristal con vista a la solitaria playa.

Las tiernas caricias empezaron a despertar sensaciones en el cuerpo de ambos, se sucedieron los besos y con eso las ganas de entregarse el uno al otro de una manera más íntima. Alice experimentó por primera vez lo que la boca de Jasper podía hacer entre sus piernas. Vivió delirantes emociones que la hicieron conocer de otra manera el placer, convirtiéndola en un ser dependiente de esa experiencia. Poco a poco él iba llevándola por terrenos que conocía, pero que nunca había recorrido, y comprobaba que la teoría jamás podría ser comparada con la práctica porque ver a Jasper hurgando con su lengua en el sur de cuerpo, era una mezcla de belleza, perversidad y placer.

Los pudores que podría sentir cualquier mujer se esfumaron en el preciso instante en que la suave respiración de él le regaló calidez y estremecimientos.

Después de hurgar por varios segundos, encontró el lugar donde ella más disfrutaba que hiciera vibrar la punta de la lengua, y se vencía a la experiencia más arrebatadora que pudiese existir, abriéndose cada vez más para que él no perdiera el horizonte. Lo quería ahí, para siempre, una eternidad de ser preciso.

Se descubrió quejándose a punto de llorar, pero lo hacía de placer. De todas las emociones que se mezclaban en el interior de su cuerpo, eran tantas que estaba segura estallaría.

Él se alejaba un poco y le regalaba palabras que ella en su estado las escuchaba demasiado lejanas y no podía distinguir. Sin embargo asentía como autómata y al parecer no era lo que tenía que hacer porque él sonreía y regresaba a enloquecerla.

Jasper convertía la habitación en el mismísimo Edén y ella perdía sentido en sus brazos bajo su cuerpo con el peso que la sofocaba, pero que adoraba.

Disfrutó de besos con nuevos sabores, sabores que eran más de ella que de él.

Y sin mudarse de lugar, en el sofá con la playa frente a ellos, sólo protegiéndose del frío por el cristal, se fundieron en el placer de unir sus cuerpos, de reafirmar con besos, jadeos, embestidas y recibimientos que estaban más que dispuestos a seguir luchando tomados de la mano, que aunque el universo conspirara contra ellos no se dejarían vencer. No mientras las ganas de estar uno al lado del otro siguieran latiendo.


Mil disculpas por no haber actualizado antes, pero no había tenido tiempo de adaptar el capitulo. El trabajo me quita mucho tiempo.

Espero que les haya gustado el capitulo.

No creen que merezca Reviews.


Adelanto del próximo capitulo…..

Gracias, para que sepa dónde contactarme —le informó tomando su bolso del interior del auto. Sacó una tarjetera dorada, consiguió una tarjeta y se la entregó a Aro, quien la recibió que por instinto leyó.

Bien, Jane ha sido un placer. La mayoría de las veces los accidentes son fortuitos y pueden traernos experiencias, malas, agradables, placenteras… muchas. ¿No lo cree? —preguntó con una sonrisa tentadora y mirándola con intensidad.

Estoy completamente de acuerdo Aro —se tomó el atrevimiento de llamarlo por su nombre ya que él lo había hecho primero y no quería ocultar que el hombre le parecía realmente interesante—. Debo retomar mi camino, o no llegaré a tiempo a la reunión pautada.