Disclaimer: Los personajes y la historia no me pertenecen. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de KeiChanz, yo sólo traduzco.
Baile peligroso
Capítulo veinticinco: Hielo y sangre
-O-
Con las cejas fruncidas en gesto de perplejidad, Inuyasha se inclinó otra vez lentamente hacia la puerta, asegurándose de evitar el frío del pomo. Era como si el invierno empezara detrás de esta puerta o algo así. Las pequeñas ráfagas de viento helado jugaban con su pelo y hacían que sus orejas se movieran ligeramente, molestas.
Algo en su interior se retorció de ansiedad y respiró hondo, otro estremecimiento le recorrió la espalda. No le gustaba aquello. Ni un poco. Y tenía el presentimiento de que fuera lo que fuera que estuviera detrás de aquella puerta no podía ser bueno.
Así que, con las orejas aplastadas contra su cabeza, las piscinas color miel llenas de sospecha entrecerrándose y un frunce en su ceño, Inuyasha exhaló y agarró un puñado de su camiseta antes de envolverlo en el pomo que estaba frío como el hielo. Miró sobre su hombro para asegurarse de que nadie lo observaba y entró rápidamente en la habitación glacial, cerrando la puerta detrás de sí.
-O-
Su plan marchaba como la seda, si se le permitía opinar. La mujer estaba interpretando su papel de cebo perfectamente y el mestizo probablemente ya la estaba buscando, ordenándole a toda criatura viviente de su casa que buscara en todas las esquinas de la maldita mansión hasta que la encontraran.
A menos que el chucho decidiese ser listo por una vez y buscar a solas a su mujer. No querría ser el responsable de que desapareciese uno de sus amiguitos, ¿verdad?
Una risa siniestra escapó de una boca que sonreía con suficiencia y unos profundos ojos negros se entrecerraron hasta formar rendijas azabaches mientras se fijaban en la helada puerta situada a unos metros de él. En cualquier momento, predijo, la puerta cuidadosamente oculta se abriría de golpe y entraría en acción el héroe hanyou, preparado para encontrar a su amada novia y a pelear para recuperarla.
Oh, sí. Tendría que pelear. Después de todo, no había pasado por todo esto para que se escapara con tanta facilidad. ¿Qué diversión tendría eso? Después de todo el tiempo y energía invertidos en su pequeño plan perfecto, estaba seguro de que al menos tendría alguna diversión pelando con el mestizo. No sería rival para su astucia y poder, dado que él era un youkai puro y la estrella del pop no.
Sí. Imagino que casi sería demasiado fácil, pensó con una pizca de decepción. Sabía que el medio demonio no duraría más de quince minutos, veinte como mucho. Después…
Ella sería suya. Por supuesto, se sentía un poco culpable por hacerla sufrir así en una habitación con una temperatura de al menos cinco grados bajo cero. Pero lo compensó asegurándose de que no moriría congelada controlando la temperatura, subiéndola un poco un tiempo y luego volviéndola a bajar. Lo mínimo que tendría sería un ligero caso de hipotermia, pero se habría encargado de ello antes de que empeorara demasiado, así que no estaba demasiado preocupado por su salud. Y a la mierda la carne, dijo. Que se pudriese. Si tenía suerte, tal vez el chucho se la comía podrida y moría intoxicado, si no conseguía acabar con él por sí mismo.
Pero no tenía que preocuparse por eso. Ya había hecho un plan a prueba de fallos para derrotar al tonto medio demonio dentro de los cinco primeros minutos de su encuentro, de forma que el hanyou no sería rival para él.
¿Pero y si el muy tonto traía consigo a sus amigos? No podía ser tan estúpido, ¿verdad? Seguro que tenía suficiente sentido común para no arrastrar a sus pequeños seguidores a su pequeño plan, ¿verdad?
Daba igual. Se libraría fácilmente de ellos y entonces dirigiría su atención hacia la estrella del pop. Y por supuesto, tendría la amabilidad de morir rápidamente y sin dolor para poder estar libre después para jugar con sus amigos. dondequiera que terminaran en el más allá. Con un poco de suerte en el Inframundo. Y entonces al fin podría vivir su vida en paz con su leal Reina de Hielo a su lado.
Otra risa sin piedad se escapó de sus labios y su pelo negro y liso se movió mientras se giraba y se marchaba por donde había venido.
-O-
Vale, sé que aquí no debería hacer tanto frío, fue lo primero que pensó Inuyasha cuando atravesó el umbral y entró en la helada habitación.
Un estremecimiento atravesó su cuerpo como reflejo a la glacial temperatura, pero no le afectó. Gracias a la sangre demoníaca que fluía por sus venas, podía aguantar esas temperaturas durante más tiempo que el humano medio. Algo que agradecía, decidió mientras daba otro cauto paso hacia delante, con cuidado de no pisar mal y resbalar en el suelo helado. Lo último que necesitaba era atraer la atención sobre sí mismo si de verdad este era el sitio donde tenían cautiva a su novia.
Un repentino miedo pasó por su cuerpo ante la idea de que Kagome estuviera en un ambiente tan frío y se paralizó, sus ojos ambarinos se abrieron como platos al darse cuenta. Ella solo era una débil humana, su cuerpo no estaba hecho para aguantar temperaturas tan frías. ¿Y si enfermaba? ¿Y si le daba hipotermia? ¿O algo mucho peor?
Forzándose a calmarse, tanto por el bien de Kagome como por sí mismo, Inuyasha respiró hondo para calmarse y avanzó, ansioso por recuperar a su amada antes de que contrajera algo demasiado serio como para que pudieran tratarla. Su paso apresurado le hizo resbalar un par de veces, pero recuperó el equilibrio rápidamente cada vez y siguió adelante, con las orejas alerta para captar cualquier sonido que pareciera fuera de lo común.
Su aliento salía delante de él cada vez que respiraba y su garganta se le estaba secando. Lo que haría en ese momento por un poco de cacao para los labios.
Se lamió los labios, aunque sabía que solo los iba a secar más, Inuyasha finalmente se detuvo delante de una alta puerta de acero inoxidable cubierta de espesa escarcha con una pequeña ventana apenas visible y localizada en el centro. Las palabras "Cámara frigorífica" estaban impresas en negrita, sobresaliendo de la pared.
Inuyasha parpadeó. ¿Tenemos una cámara frigorífica? Pensó desconcertado, arrugando la nariz. Ja. Mira tú.
Negando con la cabeza para alejar esos pensamientos, exhaló lentamente y absorbió el frío aire, otro estremecimiento atravesó su cuerpo, aunque no sintió el frío. Frunciendo la ceja, Inuyasha se inclinó hacia delante y rascó con fuerza la escarcha de la ventana con sus garras para intentar ver el interior. Por favor, que no esté aquí… por favor, que no esté aquí…
Ese pensamiento era como un mantra en su cabeza mientras seguía sacando la escarcha y el hielo, su corazón latía cada vez más fuerte mientras la ventana se volvía más visible con cada golpe de sus garras.
Finalmente, después de lo que pareció una corta eternidad, la ventana al fin estaba lo suficientemente clara para ver bien el interior y la estrella del pop se preparó mientras se ponía de puntillas y miraba al interior a través del cristal ligeramente borroso.
Lo que vio hizo que se le parase el corazón.
¡No…!
—Vaya, vaya, qué sorpresa más desagradable.
Ahogando una exclamación, Inuyasha dio la vuelta ante la gélida voz y fijó la mirada en el intruso que, de alguna forma, había conseguido colarse detrás de él sin que se diera cuenta.
Pero en cuanto vio bien quién era, el hanyou fulminó con la mirada al demonio y gruñó con fuerza y amenazadoramente.
—¡Tú…!
El intruso arqueó una fina ceja negra.
—Yo.
—¡Cómo te atreves! ¡Maldito bastardo, te mataré! —Y sin pensarlo dos veces, el airado medio demonio cargó contra el demonio del hielo con un fervor que no había sentido en mucho tiempo, blandiendo las garras y con los labios retraídos en un feroz gruñido.
Kyosuke sonrió con suficiencia.
—No creas que va a ser tan fácil, hanyou.
Alzó una mano en puño, separó los dedos y los curvó hacia sí y entonces, de repente, unas largas estalagmitas curvas salieron del suelo ante la sorprendida estrella del pop, bloqueándole el paso hacia su enemigo. Idénticos pilares de hielo salieron disparados a sus lados y detrás de él, atrapándolo eficientemente y enjaulándolo.
Inuyasha le gruñó y maldijo por lo bajo, dando patadas y arañando con las garras el hielo con todas sus fuerzas, pero el maldito hielo era demasiado fuerte. No cedía sin importar lo fuerte que le diera, lo arañó y le dio puñetazos. No podía deslizarse por los huecos de la estalagmita, estaban demasiado juntos incluso para que su mano los atravesara.
Lívido, Inuyasha cerró las manos en apretados puños, sin importarle que sus garras perforasen su carne y se hiciera sangre, un fuerte contraste con la helada blancura de su alrededor. No pareció notar la forma en que su sangre hervía en el congelado suelo mientras se deslizaba por sus manos y creaba un pequeño agujero en el hielo donde caían las gotas.
—Hijo de puta, suéltame y lucha contra mí como un demonio de verdad —gruñó, todavía intentando salir con sus garras.
El demonio del hielo liberó una risa sin piedad, sus ojos negros como el carbón brillaban con retorcido placer.
—Vaya, ¿por qué iba a hacer algo así? —preguntó con un atisbo de sarcasmo, con una sonrisa cruel plantada en sus pálidos rasgos—. Me gusta la idea de tenerte completamente a mi merced, donde incluso en el más repentino de los momentos puedo terminar tu patética vida de hanyou en cinco segundos. —Kyosuke rodeó al enfadado medio demonio, observando silenciosamente mientras la estrella del pop gruñía y seguía sus movimientos, girando el cuerpo y sin dejar su espalda desprotegida.
—No te pongas tan chulito, pedazo de mierda. Saldré de aquí y te haré pedazos antes de que tengas tiempo de usar tus truquitos de hielo conmigo —siseó Inuyasha, el olor de su propia sangre intensificaba sus esfuerzos por escapar y matar al demonio enemigo. Nadie tocaba lo que era suyo y se salía con la suya.
Ante esto, Kyosuke echó la cabeza atrás y se rio sin gracia.
—Como si un simple medio demonio pudiera hacerme daño —se burló, sus ojos negros oscuros como el sílex mientras fulminaba con la mirada al furioso medio demonio—. Olvidas, hanyou, que tengo la preciosa vida de tu mujer en la palma de mi mano. Podría matarla fácilmente en este momento si no tienes cuidado —recalcó el demonio del hielo con una voz mortalmente baja, su expresión era letalmente estoica.
Inuyasha palideció ante la mención de Kagome siendo asesinada y un estremecimiento violento atravesó su cuerpo.
—No te atrevas a ponerle una mano encima o te arrepentirás del día en que me conociste —amenazó con un gruñido bajo, sus manos se volvieron a flexionar y sus labios se retiraron, haciendo un fiero gruñido, descubriendo los colmillos mientras sentía que su sangre demoníaca se revolvía peligrosamente en su interior.
Kyosuke alzó las cejas, como si estuviera sorprendido de verdad.
—¿Esa es una amenaza, hanyou?
—Es una maldita promesa.
Los orbes de ébano se entrecerraron hasta formar oscuras rendijas y su cara pastel se contrajo en un frunce.
—No prometas nada que no puedas cumplir, hanyou. —Y con eso, el demonio del hielo giró sobre sus talones y se marchó, dejando a la muy consternada estrella del pop mientras su figura se desvanecía lentamente en una ligera niebla.
-O-
Se estaba cansando rápidamente de su comportamiento de recuperar y perder la consciencia, así que al fin decidió intentar mantenerse consciente todo lo posible. Mientras, debía volver a sentir las piernas, o no podría volver a usarlas nunca más.
Así que, con un suspiro tembloroso, Kagome tragó el duro nudo de su garganta, haciendo una mueca cuando los músculos de su garganta seca parecieron estallar en llamas ante ese sencillo movimiento, y movió las piernas poco a poco delante de ella, gruñendo cuando el dolor subió por sus piernas y luego empezó a pasar lentamente sus manos entumecidas por sus muslos y pantorrillas, intentando calentarlos de nuevo y, con un poco de suerte, volver a sentirlos para poder volver a moverse. Se estaba hartando de quedarse allí sentada sin hacer nada y sintiéndose inútil, sentía que necesitaba hacer algo para poder escapar de su infierno invernal. Además, pensó mientras pasaba las manos por sus piernas, es lo que Inuyasha querría que hiciera.
Pensar en su novio le produjo un nuevo dolor en su pecho, pero lo ignoró lo mejor que pudo, sabiendo que tenía que concentrarse en recuperar la sensación en sus piernas. Si lo conseguía, entonces podría andar y tal vez, solo tal vez, podría encontrar alguna clase de puerta oculta, o… algo así…
Aunque la idea de una puerta oculta en una cámara frigorífica era casi imposible, Kagome no iba a perder la esperanza. No podía. No cuando sabía que Inuyasha la estaba buscando y esperando que se esforzara.
Esta vez, cuando pensó en su querido novio, no recibió dolor, sino una nueva fuerza y Kagome se encontró frotando con ansia las manos sobre las piernas, hasta que al fin pudo moverlas, doblándolas por la rodilla para hacer que la sangre volviese a fluir. Con las manos igual de calientes, empezó a frotarse ahora los brazos, decidida a salir del cuarto congelado.
Entonces, después de lo que pareció una corta eternidad, Kagome al fin pudo mover sus congelados miembros sin dolor ni percances y se levantó lentamente, con las rodillas tambaleándose un poco, pero recuperó rápidamente el equilibrio y movió el cuerpo, las manos frotaban sus nalgas para recuperar la sensación en esa parte del cuerpo. Luego fue su cara, se pellizcó las mejillas y se frotó la nariz y las orejas. La calidez se sentía bien y se estremeció, aunque esta vez no de frío.
Intentó dar un paso adelante, agradecida por las botas y por el material del que estaban hechas, ya que se agarraban bien al hielo mientras caminaba en la dirección en la que había sentido una ráfaga de viento cuando Kyosuke había estado allí con ella hace algún tiempo. No sabía cuánto llevaba allí dentro o qué hora era. ¿Había estado allí un día? ¿Dos? ¿O podía ser que solo hubiera estado unas horas?
Kagome esperaba desesperadamente que fuera lo último mientras apoyaba las manos en la helada pared, jadeando mientras el frío entraba en contacto con sus anteriormente cálidas manos. Todavía temblaba, pero era de esperar al estar atrapada en una cámara frigorífica sin otra fuente de calor que su propio calor corporal que tenía que producir ella misma.
Mordiéndose su seco labio, la bailarina arrastró sus manos con lentitud por la helada superficie de la pared, intentando notar alguna marca o hendidura que le revelara que había encontrado la puerta que sabía que estaba allí. Si se podía guiar por ese haz de luz y la fría ráfaga de viento de antes, podía decir que sabía lo que buscaba.
Veamos… cuando la puerta se cerró de golpe, reverberó por las paredes y creo que oí un sonido metálico al cerrarse… así que busco algo duro y suave… Con la ceja fruncida en concentración, Kagome enterró sus uñas en la escarcha y arañó la cubierta de la pared lo mejor que pudo, sus ojos iban de un lado a otro mientras buscaba algo que pudiera parecerse al frío gris de una puerta de acero.
Tras unos diez minutos de búsqueda infructuosa, Kagome estaba a punto de rendirse y buscar en otro sitio de la pared cuando las yemas entumecidas de sus dedos rozaron algo frío y suave. Echó rápidamente la mano atrás con una exclamación ahogada, parpadeando ante el sitio en el que acababa de estar su mano. Se lo quedó mirando con la mente en blanco unos segundos antes de que sus ojos se abrieran como platos y se echó atrás emocionada, rascando lo que quedaba de escarcha con vehemencia, ahora con ambas manos.
Una nueva esperanza se hinchó en su pecho y sus latidos se incrementaron ligeramente. ¿La había encontrado? ¿Había encontrado la manilla a su libertad?
Respirando pesadamente, con el vapor de su respiración delante de la cara, Kagome liberó un pequeño sonido triunfante cuando localizó la manilla que sobresalía de la puerta que sabía que estaba detrás de la escarcha. Y temblando tanto de emoción como de frío, la bailarina agarró la manilla con sus frías manos, tiró hacia abajo y…
No ocurrió nada.
Kagome maldijo por lo bajo. Había estado tan emocionada por poder salir al fin de ese congelador, que se había olvidado completamente de la posibilidad de que la manilla pudiera estar congelada. Maldita sea. Y no sólo eso, era casi un hecho que la palanca al otro lado también estaba cubierta de hielo.
Gruñendo de frustración, Kagome se desplomó contra la pared, sin importarle que la humedad entrara en su ya frío cuerpo. Probablemente ya tenía un leve problema de hipotermia, a juzgar por el tono azulado que tenía en las uñas y le sorprendió que sus manos no se hubieran vuelto blancas todavía ni se hubieran hinchado por la congelación. Probablemente no le quedaba mucho, de todas formas. Y no se atrevía a hablar en alto por temor a que su voz saliera con dificultad, indicando los primeros síntomas de la enfermedad.
Pero se negaba a rendirse. Necesitaba mantener su cuerpo lo más cálido posible y no rendirse a la somnolencia que estaba empezando a sentir por todo su cuerpo. Sabía que, si abandonaba toda esperanza, acabaría en una situación mucho más comprometedora que en la que se encontraba. O algo mucho peor.
Mordiéndose el labio y haciendo una mueca cuando sus dientes estiraron la seca piel de su labio, Kagome cerró los ojos e inhaló el gélido aire, el frío hizo que un estremecimiento la recorriera. Tenía que salir. Tenía que llegar a Inuyasha, pasara lo que pasara.
Tragando el duro nudo de su garganta, ignorando el seco dolor que le infligió, Kagome se preparó y agarró la fría manilla, un espasmo recorrió su sistema mientras su carne se encontraba con el frío metal. Tiró y respiró sobre ella al mismo tiempo, intentando que se derritiera lo suficiente para girarla y salir de ese infierno invernal.
Solo esperaba que Inuyasha estuviera al otro lado esperándola.
-O-
Sango se hundió en su silla mullida en la aislada biblioteca y suspiró pesadamente, esperando que su amiga estuviera aquí, ya que le gustaba leer. Miroku y ella habían buscado a Kagome por todas partes y todavía no la habían encontrado. Inuyasha seguía abajo buscando a su novia desaparecida y esperaba que al menos tuviera una idea de dónde podría estar.
Frente a ella, Miroku se apoyó contra la chimenea, con un brazo apoyado contra el corazón y su frente descansando sobre su antebrazo mientras miraba la baja llama de la chimenea. Ambos estaban enfermos de preocupación, Sango incluso más porque sabía que compartían un lazo especial con la otra que Miroku todavía no entendía. Él estaba unido a la bailarina, pero de todos ellos, Sango e Inuyasha eran los más íntimos.
La pareja todavía no se lo había dicho a nadie. Los únicos que sabían que Kagome estaba desaparecida eran Inuyasha, Sango y él. Y puede que el camarero del piso de abajo tuviera una idea de que había desaparecido, ya que había visto a Inuyasha hablando antes con él, probablemente para averiguar a dónde podría haber ido después de coger sus bebidas. Bueno, si es que había tenido oportunidad de cogerlas.
El teclista hizo una mueca ante el desagradable pensamiento y miró a la mujer que tenía detrás solo para verla encogida hacia delante, con la cara hundida entre las manos. Sus hombros temblaban por sus sollozos silenciosos y de vez en cuando se sorbía la nariz.
Preocupándose inmediatamente, Miroku dejó la chimenea y atendió a la mujer que amaba, cogiéndola entre sus brazos y levantándola antes de coger su sitio en el sillón y apoyarla en su regazo, permitiéndole ocultar su cara en el hueco de su cuello y mojar su piel.
Sango siguió sollozando silenciosamente, empuñando las manos sobre su camisa azul oscura y aferrándose a él como si le fuera la vida en ello. Su cuerpo tembló y Miroku la calmó lo mejor que pudo haciendo patrones en su espalda y acariciando lentamente su oscuro pelo, murmurando suaves promesas en su oído.
Por suerte, sus caricias calmaron un poco a la representante hasta reducirla a sollozos y a respiraciones temblorosas.
Se quedaron así un rato, Miroku se conformaba con abrazar a su amada y, por una vez, sus manos parecieron permanecer a una respetuosa distancia de ciertas zonas, para placer de Sango. Dicha mujer no quería apartarse de su calidez o de la plenitud que sentía mientras la abrazaba.
Después de un buen rato allí sentados, satisfechos simplemente por estar cerca el uno del otro, Sango por fin se recompuso y se echó hacia atrás, con la cara sonrojada y las mejillas manchadas con las lágrimas anteriores. Se sorbió la nariz y se las secó, repentinamente avergonzada por haber desplegado tan abiertamente la agitación interna que estaba sintiendo y sintiéndose un poco egoísta. Inuyasha era el que más debía de estar sufriendo de todos ellos.
—Lo siento, Miroku —se disculpó la representante, agachando la cabeza e intentando secarse la humedad que quedaba en sus mejillas—. No pretendía explotar así, es decir, no venía a cuento, ya que la situación ni siquiera es para tanto y casi nunca lloro así sin sentido, pero no pude evitarlo, no cuando una de mis amigas más íntimas está desaparecida y quién sabe lo que podría haberle pasado y…
Miroku sonrió. Su querida Sango estaba divagando. Debía de estar avergonzada, ya que era la única vez en la que había divagado como ahora. No podía culparla, en realidad. Él también estaba bastante preocupado por Kagome, ya que no habían encontrado ni rastro de su paradero en el piso de arriba, e incluso les habían preguntado a los sirvientes si habían visto a Kagome por alguna parte. Todos había respondido que no y el corazón de Miroku se hundía cada vez más cada vez que oía la misma respuesta y cuando abría una puerta solo para encontrar la habitación vacía e inalterada.
Sango seguía hablando y, saliendo de sus pensamientos, Miroku suspiró y alzó una mano para ahuecar su mejilla con cariño, cruzando la mirada con ella. Eso pareció callar a Sango finalmente. Le sonrió débilmente y a Sango se le atascó el aliento en la garganta.
—No hay por qué disculparse, mi querida Sango. Sé cómo te sientes y debo admitir que siento lo mismo. Kagome está muy unida a nuestros corazones y solo la idea de que algo le ocurriera a Kagome me hace entrar en pánico, para ser sincero. —Pasó un pulgar sobre su sonrojada mejilla y Sango se apoyó instintivamente contra él. Su sonrisa se desvaneció un poco y él suspiró—. Debes tener fe en Inuyasha, Sango. Sé que estás preocupada, y yo también, pero debemos ser fuertes, por muy cursi que suene eso. —Sonrió con pocas ganas y esbozó una débil sonrisa junto con una risita ahogada—. Mantén la esperanza, Sango. La encontraremos, lo prometo. Y si no, te garantizo que Inuyasha la encontrará, aunque sea lo último que haga —le prometió Miroku y Sango cubrió su mano con la de ella, una pequeña pero sincera sonrisa curvaba sus labios.
—Gracias, Miroku. No sé qué haría sin ti.
Miroku sonrió y Sango se inclinó hacia abajo para plantar un beso en sus labios cuando la puerta de la biblioteca se abrió y Sango se echó hacia atrás para ver quién era, para disgusto de Miroku.
Los ojos magenta de Sango se abrieron como platos mientras la pareja de lobos de la mansión entraba y ella se bajó del regazo del teclista apresuradamente, un poco avergonzada porque la cogieran en una posición tan comprometedora. Alisándose la falda y enderezándose, alzó la mirada para ver a Ayame yendo hacia ella, con una expresión de preocupación adornando su bonito rostro. Kouga se puso detrás de ella, con los brazos cruzados sobre su musculoso pecho y arqueó una ceja inquisitiva en dirección a Miroku, que suspiró y también se levantó.
Las manos de Ayame aterrizaron en los hombros de Sango y el demonio lobo inspeccionó la cara llena de lágrimas de su amiga.
—¿Sango? ¿Qué ocurre? Parece como si hubieras estado llorando —recalcó, sus ojos verdes eran amables e interrogantes.
Kouga resopló tras ella.
—Y el olor también te delata.
Ayame le lanzó una breve mirada penetrante antes de volverse hacia su amiga con expresión de curiosidad.
Sango se mordió el labio e intercambió miradas con Miroku. Él asintió tras una pausa y Sango se volvió hacia los dos lobos, que no sabían nada, y empezó a explicarles todo.
Los demonios lobo escucharon, cautivados, mientras Sango explicaba. El gruñido furioso de Kouga y la exclamación de Ayame al final de la historia indicaron que habían comprendido la complejidad de la situación y uno de los dos lobos no estaba contento con el nuevo giro de los acontecimientos. Ayame aplacó a su furioso lobo y Kouga se las arregló para calmarse lo suficiente para hablar.
—¿Qué quieres decir con que Kagome está desaparecida? —gruñó Kouga, flexionando las manos.
Sango entrecerró los ojos.
—Eso, Kouga. Desaparecida. Ida. No aparece por ninguna parte —dijo un poco molesta.
Kouga gruñó con más fuerza todavía y, si no hubiera sido porque Ayame le estaba conteniendo, habría ido contra su representante.
Miroku se puso al lado de su pareja actual y miró a la pareja.
—No la encontramos por ninguna parte, Kouga. Hemos mirado en toda esta planta y en la de arriba e incluso les hemos preguntado a algunos sirvientes. Ellos tampoco la han visto y en este mismo momento Inuyasha está abajo buscándola también, y espero que le esté yendo mejor que a nosotros. —Miroku suspiró y se frotó las sienes, intentando detener su inminente dolor de cabeza. Esto se estaba volviendo demasiado cansado.
La pareja de lobos suspiró y Ayame se mordió el labio, la preocupación por su amiga le revolvía el estómago. Debía de haberle pasado algo si Sango y Miroku no podían encontrarla por ninguna parte, e Inuyasha seguro que se lo habría dicho si la hubiera encontrado.
Siguió poco después una pausa incómoda y Kouga fue quien la rompió.
—¿Creéis que debemos decírselo a Sesshomaru y a su mujer? —sugirió pensativamente, mirando a su representante y al teclista que tenía al lado.
Miroku respiró hondo y soltó el aliento con un suspiro, con la ceja arrugada en contemplación.
—Probablemente sea lo mejor —concluyó—. ¿Y si Sango y yo bajamos y se lo explicamos mientras vosotros os quedáis aquí arriba y buscáis un poco más? Puede que encontréis algo que se nos haya pasado, ya que ya hemos mirado dos veces en cada habitación. Y si puedo encontrar a ese babuino y a su novia, también se lo diremos.
Kouga asintió.
—Buena idea. Nuestra vista es mejor que la de un humano, así que puede que tengas razón. —No era un insulto, solo un hecho.
Los cuatro salieron juntos de la biblioteca y con un "buena suerte" dirigido a cada equipo, se separaron y se fueron en direcciones opuestas.
-O-
Inuyasha estaba sentado en el frío suelo, con la cabeza apoyada contra su pecho y las manos flácidas a sus costados. Su pelo, orejas y ropa estaban cubiertos de escarcha y estaba bastante seguro de que su culo se había entumecido hacía un buen rato. Casi podía imaginar los carámbanos formándose en su nariz, pero por supuesto no había ninguno. Su sangre demoníaca evitaba que sintiera el frío o que se enfermase, incluyendo de hipotermia o de neumonía.
Lo había intentado todo para escapar. El maldito hielo se negaba a romperse o incluso a quebrarse. Jesús, incluso había intentado salir a mordiscos y aun así no había funcionado, y justo ahora se daba cuenta de que no había sido el movimiento más inteligente por su parte. Porque ahora, como resultado, sus colmillos le dolían muchísimo.
Así que, en general, estaba atrapado como el perro que era, enjaulado y sin forma de escapar. ¿A lo mejor si intentaba derretir el hielo…?
Resopló. Sí, ¿y cómo voy a hacer eso? ¿Respirando sobre él hasta que se derrita? Se burló Inuyasha mentalmente. Ni de puta broma.
Suspirando con sufrimiento, el consternado hanyou echó la cabeza atrás y la chocó contra la estalagmita contra la que estaba apoyado, gruñendo por lo bajo en su garganta y enterrando las garras en el helado suelo. Odiaba sentirse así, tan inútil y… bueno, simplemente lo odiaba. Punto.
Quería llegar hasta Kagome, necesitaba llegar hasta ella para asegurarse de que seguía viva y respirando. Estaba a unos pocos metros de él, pero todavía fuera de su alcance. Estaba cerca, tan cerca que casi podía oír sus esfuerzos mientras intentaba sacar la escarcha que cubría la puerta, tirando del cerrojo para intentar abrir la puerta hacia su libertad.
Pero, por supuesto, eso solo era su mente haciéndole jugarretas. La había visto antes de que ese bastardo lo atrapase y la maldita imagen no le dejaba en paz. Estaba tirada en el suelo, inmóvil y no había sido capaz de distinguir si su pecho se movía o no antes de darse la vuelta para enfrentarse a su oponente.
La escarcha que cubría sus orejas debía de estar afectando a su audición, decidió Inuyasha mientras movía sus rígidas orejas con un poco de esfuerzo, intentando que la sangre volviera a fluir hacia ellas. El suave pelaje que las cubría evitaba que se enfriaran, pero la escarcha había hecho su trabajo volviéndolas rígidas y congelándolas.
Con las orejas volviendo a funcionarle bien, Inuyasha miró adelante inexpresivo, intentando idear otro plan para salir de esta jaula e ir a por Kagome. Hasta ahora no se le había ocurrido nada y gruñó su molestia, con las manos volviendo a flexionarse y sus garras reabriendo las heridas de las manos que ya tenía de antes, el frío clima no les permitía sanar adecuadamente.
La sangre escarlata salió y cayó al congelado suelo, un sonido sibilante resonó al entrar en contacto con el suelo mientras la sustancia se derretía, haciendo un pequeño agujero en el hielo.
Esta vez, el agudo sentido del oído de Inuyasha captó el suave siseo y su oreja se movió una vez antes de bajar la mirada a su lado.
Dos agujeros diminutos rodeados de escarlata resaltaban entre el blanco puro de la escarcha que cubría el hielo bajo él.
Inuyasha parpadeó, con las cejas fruncidas en confusión mientras fijaba la mirada en las pequeñas perforaciones. Casi parecía como si el hielo se hubiera derretido ahí, los bordes de los agujeros eran suaves y se hundían en el mismo agujero. El borde escarlata casi parecía…
Entonces lo entendió. Los ojos ambarinos se abrieron como platos e Inuyasha se llevó la mano rápidamente a su cara, notando las perforaciones que tenía de sus garras. Volviendo la cabeza al suelo y otra vez a su mano, sostuvo el apéndice en alto y lo cerró en puño, observando mientras la sangre se escurría entre sus dedos y se deslizaba por su mano hasta que goteó para caer al suelo. Inuyasha miró intensamente las gotas, algo en su pecho se revolvió de emoción cuando las gotas de sangre tocaron el suelo e inmediatamente derritieron el hielo bajo ellas, creando un agujero diminuto donde había caído la sangre.
Lo… lo derritió, pensó Inuyasha maravillado, su cerebro estaba trabajando a toda velocidad para procesar esta nueva información útil. Pero… ¿cómo es posible? La sangre humana no derrite el hielo… no está lo suficientemente caliente. Entonces, por qué…
A menos que fuera su sangre demoníaca que estaba mezclada con sangre humana.
Es… ¿es mi sangre demoníaca? Se preguntó, sosteniendo su mano a la altura de su rostro para inspeccionarla mejor. La sustancia roja cubría el interior de sus manos y los lados de sus dedos de cuando las había cerrado para sacar un poco de sangre.
Una nueva esperanza hinchó su pecho y se puso en pie, tambaleándose un poco mientras permitía que el flujo de sangre comenzara su ciclo de nuevo en sus piernas con un poco de impaciencia. Las dobló para probar y, cuando estuvo satisfecho con que no fueran a ceder bajo su peso, acortó la diminuta distancia entre él y el pilar de hielo más cercano a la puerta de la cámara frigorífica y no perdió el tiempo, cortándose las manos con las garras.
Respirando hondo por el dolor que le causó, Inuyasha se lamió sus secos labios y con un murmurado "Más vale que esto funcione", presionó sus manos ensangrentadas contra el hielo y casi gritó.
Escocía. Era casi como si la carne de sus palmas estuviera siendo devorada lentamente por parásitos microscópicos con dientes afilados. Dientes muy afilados. Inuyasha apretó los ojos y los dientes, negándose a apartar las manos. Podía sentirlo derritiéndose lentamente en ese momento bajo sus manos y el siseo constante le dijo que su hipótesis era correcta. No sabía cómo era posible, el que su sangre tuviera la habilidad de derretir hielo sólido, pero estaba pasando, e Inuyasha no se quejaba. Se imaginaba que tendría algún tipo de químico extra que la sangre humana normal no contenía, pero sí la demoníaca.
Y pensar que, si hubiera sido humano, nunca habría salido de allí.
El hielo se estaba derritiendo lentamente e Inuyasha renovó las heridas de sus manos, abriendo la carne en distintos sitios para que fluyera mejor la sangre. Y cada vez que sus manos entraban en contacto con el frío hielo, le escocía como la primera vez. Sabía que corría el riesgo de desangrarse por toda la sangre que estaba usando para escapar, pero tenía que hacerlo. Tenía que llegar hasta Kagome.
Aguanta, Kagome, pensó Inuyasha con fervor, apretando los dientes por el escozor de sus manos, el dolor estaba subiendo poco a poco por sus brazos y le estaba empezando a provocar una punzante jaqueca. Tú aguanta un poco más… voy a por ti…
