Así que te marcharás.- Dijo Astrid dejándose caer en la dura cama junto a Hipo. Llevaba un hacha pequeña en sus manos, y jugueteaba peligrosamente con ella, balanceándola de un lado a otro.
Me iré con los pescadores hasta que termine la primavera, y tal vez me quede por ahí durante el verano.-
Ajá.-
No tengo nada más que hacer aquí, Astrid.- Sentenció él, apoyado el rostro sobre las manos en un gesto de cansancio.- Pensé que una vez que acabáramos con Alvin, todo volvería a la normalidad, pero Annie no hace más que buscar motivos absurdos para alejarme de ella.-
Y te irás de pesca durante meses para solucionar las cosas.-
Sí… ¡No!- Respondió confundido.- ¿Podrías dejar de jugar con esa cosa? Vas a lastimar a alguien.-
Nunca me engañaste con eso de apartarla de tu lado para concentrarte en derrotar a los Marginados. Fue una mentira muy débil. ¿No te dije entonces que sólo lograrías perderla para siempre? Pues debiste escucharme cuando aún tenías oportunidad.-
Lo sé. Pero creí que era lo correcto.-
Tal vez lo fue. Pero no culpo a Annie por sentirse herida. Ni menos por fijarse en el guapo de Jack…-
¿Dejarás de repetir alguna vez lo apuesto que era esa idiota?- Dijo fastidiado. Se levantó de la cama y caminó por la habitación como tratando de escapar de las verdades que Astrid le encaraba.
En verdad, Hipo, ¿crees que marchándote lejos vas a hacer que las cosas entre tú y Annie mejoren? ¿Es que aún no conoces a las chicas? A estas alturas pensé que algo habías aprendido.-
Hipo se acercó a Chimuelo, que retozaba en su cama de piedra. Tenía una expresión atenta, como si hubiera estado escuchando toda la conversación. Lamió las manos de su jinete tratando de reconfortarlo. Él respondió acariciándole la cabeza
¿Qué rayos le sucedió, Astrid?- Preguntó con angustia a la rubia vikinga. Se había convertido en su confidente desde habían comenzado los problemas con Annie. Nunca pensó que, la que alguna vez fuese "más que una amiga" y la más férrea enemiga de Annie, terminara por convertirse en su consejera sentimental.- ¿Por qué me pasan estas cosas a mí? ¿No fue suficiente con perder una pierna, o con verme asediado por un montón de vikingos locos que querían que entrenara a sus dragones? ¿También tengo que tener mala suerte en el amor?-
Hipo se llevó las manos a la cabeza con desesperación. Astrid lo observaba divertida, como si estuviera presenciando una tragedia griega en vivo y en directo. La verdad era que los hombres eran bastante básicos para sus cosas, al menos para comprender a las chicas. No se daban cuenta de lo sencillo que era darles en el gusto y vivir en paz.
Es… es que no lo entiendo. Yo sé que siente algo por mí, pero es tan testaruda y orgullosa que preferiría tragarse la lengua antes de admitirlo…-
Ajá.-
…¡y no va a mover un músculo de su cara cuando me vea partir, aunque se le destrocen la entrañas por dentro! ¡Si de mí dependiera, mandaría todo al infierno y estaría con ella sin importar lo que pasara! ¡Es la chica de mis sueños, por todos los dioses! ¡Si no es con Annie, entonces no estaré con nadie más en la vida! ¡La amo tanto que a veces siento miedo de lo que sería capaz de hacer por ella!-
Ajá…-
¡¿Quieres decir algo más que "ajá"?! ¡Me estás volviendo loco!-
Astrid dejó su hacha en el suelo, lo cogió por los hombros y lo acercó a la ventana. Apuntó hacia la casa de Annie.
¿Por qué no intentas decirle lo mismo a la chica que realmente tiene que oírlo? Digo, antes de que cojas ese barco y ya no puedas hacerlo.-
Hipo se quedó en silencio, a pesar de sentirse atragantado con una avalancha de palabras que quería seguir soltando. Pero Astrid tenía razón. Si ella no las escuchaba, qué sentido tenía.
Annie se disponía a apagar las últimas velas de la sala para subir a su cuarto e irse a la cama. Sentía que cada músculo de su cuerpo se había rendido y sólo quería dormir para no seguir pensando en lo que había ocurrido ese día. Hipo era un idiota, un gigantesco y terrible idiota.
Pero lo amaba.
Tenía que ser fuerte y hacer lo correcto. Era por lejos lo más difícil por lo que había tenido que pasar, pero no tenía alternativa. Sentía unos incontrolables deseos de llorar, pero esta vez no se lo permitiría. Había sido suficientes lágrimas para una chica como ella. Por un momento, había creído que no sería capaz de lograrlo, que se echaría a sus brazos y no lo soltaría jamás, pero gracias a Odín las cosas habían dado un giro inesperado y la discusión fraguó toda intención de hacerlo. ¿Cómo sería la vida de ahora en adelante que definitivamente ya no podían estar juntos? Los últimos meses los habían pasado apartados el uno del otro, pero en el fondo de su corazón siempre supo que todos esos malos momentos acabarían y las cosas volverían a ser como antes.
Sin embargo, eso ya no sucedería.
Debía convertirse en adulta y ser consecuente con las decisiones que tomaba. Por mucho que doliera.
Subió las escaleras con los ojos nublados y el alma deshecha. Tal vez mañana sería un día mejor.
En ese instante, la puerta de su casa se abrió de golpe y una ráfaga de viento hizo crepitar las últimas brazas de la pira que iluminaba el cuarto. Annie volteó asustada y vio a un muchacho de cabellos castaños y ojos verdes mirándola desde el umbral. Era él.
¿Quién demonios te crees para venir hasta mi casa a estas horas, Hipo?
El joven entrenador de dragones entró con paso firme y se plantó frente al hogar. El fuego se reflejaba en su rostro y encendía su mirada segura y decidida. A Annie le pareció como si se tratara de un apuesto guerrero a punto de enfrentarse a la batalla.
Mañana me iré en los barcos de pesca y no volveré hasta el próximo invierno. Tal vez ni siquiera regrese a Berk después de eso.-
¿Qué?- Preguntó Annie desde la escalera, consternada.
No tengo motivos para seguir en este lugar. No voy a quedarme viéndote todos los días caminando por la aldea y saber que jamás volveré a besarte. No voy a quedarme a ver a través de mi ventana cómo se apagan las luces de tu cuarto y mortificarme pensando en que no estás sola. Y definitivamente, no voy a quedarme a ver cuando llegue otro forastero a pedir tu mano, te cases con él y le des los hijos que debiste tener conmigo.-
Annie apretó los dientes con ira y bajó los escalones con expresión desafiante.
Entonces, qué estás esperando. ¿Acaso esperabas que me lanzara a tus pies y te rogara que no te marcharas?-
Quiero que me digas una vez más que no me amas y me iré en ese barco apenas salga el sol. Te prometo que no volverás a verme si lo haces.-
Bajó la mirada y respondió entre dientes.
No te amo…-
Hipo se acercó hasta ella y la retó una vez más.
Dilo otra vez.-
¡No te amo!-
¡Dímelo mirándome a los ojos!-
Annie apretó los puños y levantó la vista. Clavó sus ojos verde miel en los del muchacho.
Yo…-
¡Dilo!-
¡Te amo, por todos los dioses! ¡Te amo! ¿Eso querías escuchar? ¡Te amo, y nunca, ni por un solo instante he dejado de hacerlo! ¡Y por mucho que me cueste reconocerlo, te voy a amar por el resto de mi vida porque…-
Hipo la interrumpió con un beso apasionado que dejó a la muchacha sin aliento. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que se sentía como si fuera el primero. Las lágrimas rodaron por las pálidas mejillas de la muchacha y sus manos se enredaron en los cabellos castaños del chico. Él respondía explorando su espalda y rodeando su cintura, con un frenesí tan intenso que hizo que perdiera parte de la delicadeza con la que solía acariciarla. Era como si ambos volvieran a respirar luego de haberse sumergido bajo las aguas por toda una eternidad.
¿Por qué tienes que ser tan orgullosa, Anne?- Preguntó con los ojos cerrados y la respiración agitada, en medio de besos descontrolados y llenos de deseo.
Cállate y bésame, Haddock.-
Te amo, pequeña.-
Yo también, Hipo.-
Y volvió a unir los labios a los de ella. El muchacho la cogió entre sus brazos y se dejó llevar por el embriagante aroma de su piel y de sus cabellos. Había añorado por tanto tiempo esa sensación que casi no podía creer que por fin volvía a experimentarla. Annie lo acariciaba con la yema de sus dedos, deslizando su mano por debajo de la tela de lino que cubría el torso de Hipo y haciendo que éste se estremeciera. Él se deslizó hasta sus caderas y empujó el cuerpo de su chica hacia el suyo, en medio de una ahogada exclamación. Lo miró fijamente a los ojos y supo entonces que estaban pensando en lo mismo. Cogiéndolo por la camisa, lo instó a subir las escaleras junto a ella, mientras lo besaba de una forma tal que Hipo no pudo resistirse. La verdad es que no tenía ninguna intención de resistirse.
Cuando finalmente llegaron al último peldaño, la mano de Hipo se deslizó hasta el escote de su vestido. Bajó un poco más y la acarició con devoción. Annie soltó un pequeño gemido y dejó caer su cabeza hacia atrás, llena de placer. La respiración del chico se aceleró y notó como algo que ya había sentido antes, pero que ahora se sentía completamente correcto, lo estaba embargando. Bajó un poco más, hasta su cintura, y luego por detrás de ésta, para acabar en el final de su espalda. Annie respondió indagando en su vientre, disfrutando el lento recorrido hasta el cinturón que interrumpía el camino. Sin esperar que Hipo pudiera darse cuenta, lo desabrochó ansiosa. Él comprendió la idea y recogió su vestido hasta las caderas, adivinando lo que vendría después. Con un ágil movimiento, la levantó y la colocó a horcajadas sobre su cintura, llevándola hasta la pared de su cuarto. La empujó contra ella, y al verse con las manos libres, terminó por desatar el nudo que sujetaba su escote. Besó el comienzo de su pecho, para luego entretenerse con las curvas que le seguían a continuación. Dejó caer finalmente su pantalón, retiró todo lo demás e hizo lo propio con el vestido de Annie.
¿Estás…segura?- Dijo asesando.
Annie asintió, mirándolo a los ojos.
Yo… nunca he hecho esto antes, Annie.-
Pues entonces tendremos que aprender juntos.-
Sonrió y la besó con locura. Dejó que su cuerpo le indicara el camino, hasta encontrar el punto exacto en el que debía estar. Entró con suavidad, explorando los gestos de su chica para asegurare de que no le hacía daño. Annie contrajo el rostro de dolor al sentir que la penetraba. Dolía, pero no podía dejar que se detuviera. Cuando estuvo completamente adentro, Hipo gimió con fuerza. Al principio, los movimientos fueron lentos y cuidadosos, pero luego sus instintos predominaron y la pasión venció finalmente.
Hipo la embestía rítmicamente contra el muro, sintiendo que su cuerpo se movía de manera involuntaria y automática, casi como si hubiera sabido siempre qué hacer. No podía explicar el placer que estaba experimentando y no había palabras para definir la sensación de estar dentro de ella, como si la hubiera hecho completamente suya, de nadie más nunca jamás. Annie se sentía igual, casi inconsciente pero en el éxtasis máximo que su cuerpo podía darle.
Hipo, oh Hipo, no te detengas…- Le dijo temblando.
No podría aunque el cielo se viniera abajo, Annie…-
Sus gemidos se mezclaban y se hacían más intensos a medida que los movimientos se profundizaban. Finalmente, Hipo la volvió a coger por las piernas y la recostó suavemente sobre la cama. Se puso sobre ella y volvió a penetrarla, una y otra vez, una y otra vez, hasta que el mundo acabara. Cuando Annie se aferró con todas sus fuerzas a su espalda y dio el último grito ahogado, un espasmo recorrió su vientre y sintió cómo sembraba el de ella.
Agitado y embriagado de goce, la miró. Annie aún temblaba, pero tenía la misma expresión en su rostro.
Ya no voy a dejarte ir jamás, ¿me oyes? Nunca jamás.- Le dijo con la respiración aún agitada.
Esa noche Hipo y Annie hicieron el amor hasta que el sol los descubrió desde la ventana. Cuando ese nuevo día llegó, supieron que ya no vendría otro en el que no estuvieran juntos. Se amaban con locura y nada ni nadie podría cambiar eso jamás. Finalmente las cosas eran como siempre debieron ser, y fuera lo que fuese que el destino les tuviera preparado, lo enfrentarían el uno al lado del otro.
Hipo no había pegado un ojo durante toda la noche. Cuando Annie se había rendido al sueño, se quedó observándola. La sábana de lino dibujaba el contorno de su cuerpo desnudo, y su cabello alborotado descansaba sobre la almohada bordada con finos hilos de oropel. Se le figuraba como si sus rizos semejaran las olas de un mar teñido de rojo, y su blanco rostro fuera la luna que salía por el horizonte. Era tan hermosa. Recordó cuando, hacía un par de años atrás, había fantaseado con ese momento, allí, yaciendo junto a ella en su cama. Pero parecía algo tan imposible. Annie jamás se fijaría en un chiquillo débil y desaliñado como él. Posiblemente vendría algún príncipe de lejanas tierras para llevársela lejos de esa pequeña isla y desposarla. Sí, eso era más probable. No pudo evitar sonreír al evocar ese pensamiento. Quién diría que algún día amanecería en su lecho, viendo cómo el sol los saludaba a través de las cortinas de su ventana.
No creía que existiera en el mundo otro hombre que amara tanto a otra mujer como él lo hacía
Si tengo que atarte al mástil de la plaza, lo haré.-
No será necesario, pero prométeme que ya no volverás a tomar decisiones por los dos sin hacerme parte.-
Y tú que no te fijarás en fenómenos de cabellos de anciano.-
Annie rio. A Hipo le pareció el más delicioso de los sonidos.
Sólo me fijaré en fenómenos de cabellos castaños revueltos. Lo prometo.-
