_Acuerdos privados_

Este fic no me pertenece es solo una adaptación del libro "Acuerdos privados" de Sherry Thomas.

Los personajes al igual que la historia no me pertenecen son creación original de las genios de CLAMP, hago esta adaptación sin fines de lucro, solo es con la simple intención de entretener a los lectores, aclarando que no infrinjo ningún tipo de ley.

Ahora sin más que agregar comencemos…

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Londres, 25 de agosto

Mi muy querida Sakura:

Te pido disculpas porque mi carta llegara tarde ayer. Estos dos últimos días, la luz, aunque más débil y fría que la de pleno verano, tiene una calidad dorada maravillosa, en especial al final del día. La señorita Carlisle cree que he hecho unos progresos enormes en Tarde en el parque.

Todos van volviendo lentamente a Londres. Anoche cené en casa de los Carlisle y me delaté como persona vulgar cuando confesé que llevaba más de dos semanas en la ciudad. Todos los demás alardeaban de haber pasado todo el mes de agosto cazando el urogallo en Escocia o navegando alrededor de la isla de Wight.

Me siento muy feliz de verte mañana. Ojalá ya estuviéramos casados.

Te envío, como siempre, todo mi cariño.

Devotamente tuyo,

YUKITO

La marcha de Shaoran no había pasado inadvertida. Tenía tanto valor la noticia del acontecimiento que, en menos de treinta y seis horas, todo Londres sabía que había vaciado sus aposentos y se había llevado todas sus cosas con él. El telégrafo, incluso el teléfono, palidecían ante la rapidez y eficacia de la transmisión de rumores de boca en boca.

¿Qué significaba? Todos querían saberlo. ¿Es que lady Li había ganado la batalla? ¿Lord Li había abandonado definitivamente la guerra? ¿O sólo se había retirado temporalmente para reagrupar sus fuerzas?

Saku disimulaba, inventaba y se mostraba equívoca, cuando podía. Cuando la presionaban demasiado, mentía directamente. Repetía que no lo sabía, que lord Li no le comunicaba sus planes personales. No sabía qué intenciones tenía —no sabía, no sabía, no sabía— y, por lo tanto, tenía que refrenar su impaciencia un poco más.

Se mecanografiaron de nuevo los papeles del divorcio; ya solo se necesitaba que ella los firmara. Les dijo a los abogados que los retuvieran. Wei preguntó si había que retirar los muebles y toda la decoración de la habitación de lord Li, simplemente taparlos, o si había que limpiarlos cada día, a la espera de su vuelta. Le dijo que lo dejara todo tal como estaba. Su madre se gastó una fortuna en telegramas. No hizo caso de ninguno.

Pero no podía dejar de hacer caso de Yukito. Yukito —bendito sea por haber tenido tanta paciencia— daba señales crecientes de angustia. «¿Ha llegado algo de los abogados de lord Li?», le preguntaba cada vez que se veían. «Ojalá pudiéramos casarnos. Ahora mismo.» Había algo temeroso y casi desesperado en sus ruegos. Cada vez, ella le daba la misma respuesta, cuidadosamente elaborada, y se odiaba con una rabia cada vez mayor.

Creso era el único que no hacía preguntas que ella no pudiera responder. Pero parecía abatido y apático. Con frecuencia, lo encontraba en el invernadero, durmiendo la siesta en la silla de ratán favorita de Shaoran, la que tenía los cojines de un azul descolorido y quemaduras de cigarro en el apoyabrazos, como si esperara su regreso.

Sostener este insoportable status quo era como hacer malabarismos con cimitarras en llamas. Se despertaba cansada y se iba a la cama aturdida por el cansancio de eludir la curiosidad de mil conocidos, mantener a su madre a raya, mimar a Yukito lo mejor que podía y ocultar la verdad incluso a los pocos amigos en quienes confiaba.

El final de la temporada trajo poco alivio consigo. Los viajes por ferrocarril eran ya tan rápidos que incluso su retiro en Briarmeadow no le proporcionaba refugio. Cada fin de semana daba una fiesta de tres días, en su casa, para que ella y Yukito pudieran verse sin que resultase impropio. Como resultado, la mitad del tiempo su casa estaba llena a desbordar de gente. Torrentes de curiosidad exagerada, entusiasta e insatisfecha, giraban y se arremolinaban, volviendo loco a Yukito y poniéndola de tan mal humor como si fuera una matrona en apuros, con la vejiga llena de té y ningún sitio donde vaciarla.

Además se sentía culpable. Y avergonzada. Y desanimada.

Por supuesto, sabía lo que estaba haciendo. Estaba haciendo lo imposible por posponer la hora de la verdad, la hora en que tendría que dar un paso adelante y casarse con Yukito o enfrentarse al hecho de que no podía hacerlo, ni siquiera ahora que Shaoran se había retirado de la melé.

Pero ¿cómo se lo podía decir a Yukito? Había sido un amigo fiel desde el primer momento. Nunca durante todo aquel caos la había culpado, explícita o implícitamente, de nada. Había seguido a su lado, con valor y humildad, soportando los chismorreos que lo dejaban como un estúpido o como un cazafortunas de primera.

Se lo debía. Debía recompensarlo por su lealtad y su confianza en ella. Había hecho mucho por ella, el inquebrantable Sancho Panza de su demencial y quijotesca búsqueda. ¿Cómo iba a hacer menos por él?

El arroyo bajaba transparente y con poca agua en esa época del año. Murmuraba y susurraba, con el ocasional burbujeo de una salpicadura iluminada por el sol. Las flexibles ramas de los sauces colgaban, lánguidas, sobre la superficie del agua, como una mujer coqueta que exhibe la exuberancia de su cabellera suelta moviendo lenta, provocadoramente, la cabeza.

Saku no sabía qué esperaba encontrar allí. Shaoran bajando a galope tendido por la colina, como un cosaco, para llevársela de allí, quizá. Meneó la cabeza, asombrada ante su persistente idiotez.

Pero no se marchó. En los últimos diez años y medio había olvidado lo encantador que podía ser aquel lugar, tan tranquilo, sin más ruido que la suave risa del arroyo, el rumor de la brisa matinal cuando se deslizaba entre hojas y ramas, los balidos de las ovejas paciendo en una alta alfombra verde de alfalfa, en el prado detrás de ella, y...

¿Cascos de caballo?

El corazón le rebotó contra las costillas. El caballo venía de su propiedad. Dio media vuelta, se recogió la falda y se lanzó a la carrera pendiente arriba.

No era Shaoran, sino Yukito. Su sorpresa fue casi más fuerte que su desilusión. Ni siquiera sabía que Yukito supiera montar. Iba torpemente sentado, pero se mantenía en la silla, tercamente, consiguiendo hacer avanzar al caballo en zigzag de puro milagro.

Corrió hacia él.

—¡Yukito! ¡Cuidado, Yukito!

Tuvo que ayudarlo a soltar el pie del estribo cuando desmontó, porque se le había quedado enganchado el tacón al bajar.

—Estoy bien, estoy bien —dijo, tranquilizándola apresuradamente.

Saku miró qué hora era. Yukito solía llegar en el tren de las 14.13. Pero todavía no eran las once.

—Llegas temprano. ¿Va todo bien?

—Sí, todo va perfectamente —respondió mientras ataba, inexperto, el caballo a un salegar—. No sabía qué hacer. Así que he cogido un tren anterior. No te importa, ¿verdad?

—No, no, claro que no. Siempre eres bienvenido. —Pobre Yukito, cada vez que lo veía estaba más delgado. Sintió una punzada de dolor en el corazón. Querido Yukito. Cuánto deseaba que fuera feliz.

Lo besó en la mejilla.

—¿Fue bien la pintura ayer?

—Casi he acabado con la manta de picnic.

—Bien —dijo, sonriendo un poco para sus adentros, disfrutando de su entusiasmo igual que una madre disfruta del de un niño—. ¿Y cómo van las cosas de encima de la manta? ¿El cesto, la cuchara olvidada, la manzana a medio comer y el libro abierto?

—¿Te acuerdas? —Yukito parecía estar asombrado.

Así que se había dado cuenta de su preocupación. Suponía que esperar que no se diera cuenta habría sido esperar demasiado.

—Pues claro que me acuerdo. —Aunque solo vagamente. Y solo porque se lo había preguntado repetidas veces—. ¿Qué tal van?

—El libro me está costando mucho, tiene que estar la mitad al sol y la mitad en la sombra. No acabo de decidir si las sombras deberían tener un matiz ocre o verdoso.

—¿Qué opina la señorita Carlisle?

—Verdoso. Por eso no estoy seguro. Yo pensaba que tenían que ser ocre. —Dio unos pasos en dirección al arroyo—. ¿Seguimos estando en Briarmeadow? No recuerdo haber estado nunca tan lejos de la casa.

—Aquellas son tierras de Fairford, al otro lado del agua.

—Unas tierras que habrían sido tuyas un día.

Lo miró, pero solo pudo verle el perfil.

—Ya tengo suficientes tierras.

Yukito suspiró.

—Me refería a si tú y lord Li no os hubierais peleado. O si hubierais conseguido arreglar las cosas entre vosotros.

—O si el séptimo duque no hubiera muerto justo antes de casarse conmigo —dijo ella—. La vida no actúa según los planes.

—Pero probablemente no sueles desear que el séptimo duque no hubiera muerto.

Saku abrió la boca para decir algo que pudiera tranquilizarlo, como había hecho innumerables veces durante los últimos mes Pero de repente se dio cuenta de lo engreído y estúpido que era hacerlo. Yukito lo sabía. Aunque no lo reconociera, él comprendía que todo había cambiado.

Su ansiedad no podía calmarse con unas meras palabras, ni erradicarse siquiera con una boda. Como el fantasma de una casa embrujada, podía desvanecerse detrás de la madera cuando el sol brillaba en lo alto y hacía un día despejado, solo para volver acrecentado a principio de las largas noches y las tormentas huracanadas.

Su ausencia de respuesta se cernía, pesadamente, en el aire. Yukito parecía un poco asombrado. Al igual que Saku, probablemente se había acostumbrado a las detalladas frases tranquilizadoras que ella fabricaba con la eficacia de un proceso industrial. Pero era una farsante. El castillo en la colina que había construido para ellos no era más real que un fuerte pintado en un telón de fondo.

Yukito se apartó de ella, como si necesitara distancia para aclarar sus propias ideas. Todavía podía mostrarse tierna, seguir fingiendo que todo iría bien. Pero sería una enorme mentira.

Decía mucho sobre su arrogancia —e ingenuidad, hasta cierto punto— que hubiera seguido convencida, durante tanto tiempo, de que todavía podía hacer que él fuera feliz, aunque él no pudiese hacer lo mismo por ella. No existían los matrimonios donde solo uno de los cónyuges era feliz. Debían serlo los dos o no serlo ninguno.

Lo alcanzó en el borde del prado.

—Aquí la luz es buena —dijo Yukito, con desgana. Parecía un personaje salido de uno de sus queridos cuadros impresionistas, una figura meditabunda y melancólica en plein air, contra un cielo luminoso y un paisaje verdeante.

Saku señaló hacia el arroyo.

—¿Ves allí donde los sauces crecen muy cerca de la orilla? Allí conocí a lord Li.

Yukito frotó la suela de la bota contra una roca.

—¿Amor a primera vista?

—Casi, en veinticuatro horas. —Respiró hondo una vez y una segunda vez. Era hora de confesar la verdad—. En cierto sentido, fui víctima de mi juventud e inexperiencia; nunca me había enamorado antes y no podía controlar la intensidad de mis emociones. Pero sobre todo, yo misma fui mi peor enemigo; era demasiado egoísta, demasiado miope y demasiado insensible. Sabía que era horrible engañarlo para que pensara que su prometida se había casado con otro, pero seguí adelante y lo hice.

Yukito soltó una exclamación de asombro. Era la primera vez que le contaba —a él o a cualquiera, en realidad— el auténtico porqué de su infelicidad marital. No era extraño. Era una fea historia, llena de lo que menos le gustaba de sí misma.

—Lo que hice me proporcionó tres semanas de felicidad, una felicidad corrompida en todo caso, y luego la más absoluta caída. —Suspiró—. La vida tiene sus medios para enseñar humildad a los arrogantes.

—Tú no eres arrogante —dijo Yukito, tercamente.

Oh, Yukito, querido Yukito.

—Puede que no tanto como lo era, pero sí lo bastante arrogante como para no haberte informado de la verdad desde el principio... sobre mi matrimonio, sobre los cuadros...

Yukito se volvió hacia ella.

—¿De verdad crees que te quiero porque tienes unos determinados cuadros en las paredes? Ya estaba enamorado de ti mucho antes de poner el pie en tu casa.

Saku le cogió las manos, miró sus dedos entrelazados y, luego, lentamente, hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Lo siento, esperaba que fuera por los cuadros. Eso haría que tú y la señorita Carlisle fuerais perfectos el uno para el otro.

—Angélica quiere convertirme en algo que no soy. Quiere que sea el próximo William Bouguereau, el pintor más famoso de mi tiempo. Pero yo no estoy destinado a ser famoso ni tampoco prolífico. Soy un pintor lento y no me importa. Pinto lo que quiero y cuando quiero. Y preferiría no dudar sobre si una sombra en particular es ocre o verdosa.

Saku sonrió con pesar.

—Eso puedo comprenderlo. Aunque habría deseado que entre la señorita Carlisle y tú...

—Te quiero a ti.

—Y yo te adoro —dijo ella, muy sinceramente—. No conozco ningún hombre mejor que tú. Pero si nos casáramos, siempre seríamos tres en nuestro matrimonio. No es justo para ti. Y con el tiempo, sería insoportable.

»Le he dado vueltas y más vueltas, día y noche. Has sido mi más querido amigo. No dejaba de preguntarme cómo podía fallarte; cómo podía herirte. Pero he acabado entendiendo que traicionaría tu confianza por completo si continuara fingiendo que podíamos seguir como si nada hubiese cambiado. Las cosas han cambiado y no puedo deshacer estos cambios igual que no puedo hacer que el agua del arroyo fluya corriente arriba. Lo único que puedo hacer es ser sincera contigo, de una vez por todas.

Yukito bajó la cabeza.

—¿Lo sigues queriendo?

Era la pregunta que ella había temido, la que él no se había atrevido a hacer seis semanas antes.

—Sí, me temo que sí. No sé cómo pedirte que me perdones...

—No necesitas pedirme perdón por nada. Nunca me has fallado, tampoco esta vez. —Yukito la abrazó—. Gracias.

Saku estaba confundida.

—¿Por qué?

—Por gustarte tal como soy. Nunca había tenido confianza en mí hasta que llegaste tú. No sabes lo maravilloso que ha sido para mí este último año y medio.

Querido Yukito, solo él podía ser tan dulce como para darle las gracias en un momento como este. Lo abrazó con fuerza.

—Eres la persona más maravillosa que he conocido, sin excepción.

Cuando se separaron, él tenía los ojos enrojecidos. También ella tuvo que luchar contra los deseos de echarse a llorar, de soltar un suspiro y una lágrima por algo que, sencillamente, no estaba destinado a pasar, un noviazgo encantador que se habría hundido bajo el peso de un matrimonio complicado.

Yukito fue el primero en hablar.

—Supongo que te irás a América, ¿verdad?

Saku se encogió de hombros, tratando de mostrarse indiferente.

—No lo sé.

Shaoran la había dejado ir con tanta facilidad y elegancia; debía de haber llegado a la conclusión de que ya no la deseaba, que la oferta de reconciliación había sido una aberración, provocada por un impulso emocional que no podría resistir la fuerza de la razón.

Ya habría seguido con su vida, tendría una o dos amantes, quizá incluso habría empezado a prestar atención a aquellas bellas señoritas americanas que desfilaban ante él, con sus perfectos dientes americanos y sus perfectas narices americanas. ¿Querría, realmente, que ella se presentara allí y le estropeara sus nuevos planes?

—Vamos —dijo, cogiendo a Yukito por el codo—. Volveremos paseando. Es la hora del almuerzo. El mozo puede venir a buscar el caballo luego. Dime qué vas a hacer, ahora que has rehusado ser el próximo gran pintor, famoso en todo el mundo.

El lunes por la mañana, Saku acompañó a Yukito a la estación. Consiguió pasar unos días agradables, conversando más abiertamente, con más afecto y facilidad con él que en mucho tiempo. Incluso disfrutó de sus invitados, una vez que hubo dado el paso, informándolos de que, aunque estimaba a Yukito más que nunca, había considerado prudentemente liberarlo de su compromiso.

Cuando llegó a casa, Wei le informó de que había una persona esperándola..

—Ha venido a verla un tal señor Addleshaw, de Addíeshaw, Pearce y Compañía, milady. Lo he hecho pasar a la biblioteca.

Addleshaw, Pearce & Co. eran los abogados de Shaoran. ¿Para qué había ido a visitarla, tan lejos de la ciudad, uno de los socios principales?

Addleshaw tenía algo más de cincuenta años, era bajo e iba muy peripuesto con su traje de tweed. Sonrió cuando Saku entró en la estancia; no con la sonrisa apretada y cauta que habría esperado de un abogado, sino con la expresión encantada de un amigo al que no ves desde hace tiempo.

—Milady Li —dijo saludándola con una inclinación.

—Señor Addleshaw. Dígame, ¿qué le trae al condado de Bedford?

—Negocios, me temo. Aunque le confieso, señora, que deseaba conocerla en persona desde que el señor Berwald se puso en contacto con nosotros en relación con el difunto duque de Fairford.

Claro. ¿Cómo podía haberlo olvidado? Había lanzado, implacable, al señor Berwald, su principal abogado, contra este mismo señor Addleshaw, que había defendido los intereses de su cliente con la ferocidad de una leona madre.

Saku sonrió.

—¿Le parezco igual de aterradora en persona?

No contestó a la pregunta directamente.

—Casi me lo pareció cuando lord Li me informó de que se casaría con usted con licencia especial. Sin embargo, a diferencia de su difunto primo, él contaba los días. Ahora veo por qué.

Ah, el dulce ayer. Sintió una nueva punzada de dolor en el corazón. Le señaló un sillón.

—Por favor, tome asiento.

Addleshaw sacó una caja rectangular de su maletín y se la acercó por encima del escritorio. El perfume de palisandro, dulce y embriagador, flotó hasta ella.

—Esto llegó a nuestro despacho ayer, por correo especial. Le ruego que, por favor, lo abra y verifique que nadie ha tocado el contenido durante el transporte ni durante mi custodia.

¿Qué podía querer darle Shaoran? No tenía ni la más remota idea. Dentro de la caja había un joyero de terciopelo. Levantó la tapa y se quedó sin aliento.

Encima de un lecho de satén crema brillaba un collar magnífico; toda la cadena estaba hecha de diamantes, una lágrima engarzada con la siguiente. Siete rubíes, cada uno rodeado de diamantes, colgaban del collar, los dos más pequeños eran del tamaño de la uña de su pulgar; el mayor, en el centro, más grande que un huevo de codorniz. También había dos pendientes a juego, cada uno con un rubí tan grande como la yema de su dedo índice.

Había visto muchas joyas en su vida, y ella misma poseía unas cuantas piezas maravillosas. Pero era raro que, incluso ella, se tropezara con un conjunto tan atrevido y audaz. Se requeriría una mujer con una soberbia seguridad en sí misma para no sucumbir al resplandor de aquella joya, para no convertirse en un mero accesorio del esplendor y alto precio del collar.

Había una nota, sin fecha ni firma, con la inclinada letra de Shaoran.

El piano llegó de una pieza, tan desafinado como siempre. La cortesía exige que corresponda con un regalo. Compré el collar en Copenhague. Lo mejor es que lo tengas tú.

En Copenhague. Lo había comprado para ella.

—Parece que no falta nada —murmuró.

—Muy bien, señora —dijo Addleshaw—. También me han pedido que la informe de que puede, cuando quiera, volver a presentar la petición de divorcio. Lord Li me ha dado instrucciones de mantenernos al margen y no hacer nada para impedir su progreso. El divorcio debería ser un asunto legal bastante sencillo en estos momentos, ya que no tienen hijos ni litigios con sus propiedades, todo está claramente detallado en el contrato de matrimonio.

Por un momento, el corazón dejó de latirle.

—¿Ha retirado todas las objeciones?

—Sí, señora. Lord Li me declaró su conformidad en una carta. La he traído por si milady quiere leerla.

—No —respondió ella, demasiado rápidamente—. No será necesario. Su palabra es suficiente.

Se levantó. El abogado también se puso en pie.

—Gracias, señora. Sin embargo, queda un último y pequeño asunto.

Saku lo miró, sorprendida. Pensaba que la entrevista había concluido.

—Dígame, señor Addleshaw.

—Lord Li solicita que le devuelva un pequeño artículo, un anillo de filigrana de oro con un insignificante zafiro.

Se quedó paralizada. Addleshaw acababa de describir su anillo de compromiso.

—Tendré que buscarlo —dijo.

Addleshaw se inclinó.

—Ahora, con su permiso, me retiro, lady Li.

El pequeño zafiro brillaba, apagado, mientras Saku daba vueltas al anillo entre los dedos. Shaoran lo había comprado para ella. Y ella se había quedado sin saber qué decir. No por el propio anillo, sino por él, por el significado tremendamente simbólico del gesto. En verdad la quería.

El anillo de boda lo había donado, tiempo atrás, a la Sociedad Benéfica de los Pobres Sin Hogar, pero este lo había conservado, aunque escondido, en una caja donde también guardaba los restos secos de todas las flores que él le había comprado y un trozo descolorido de cinta azul del encantador lazo arrugado que llevaba Creso cuando se lo regaló.

Ahora él quería que le devolviera el anillo. ¿Por qué volver a recordar la parte más dolorosamente dulce de su pasado en estos momentos? ¿Por qué no exigir que le devolviera también a Creso mientras el pobre perro aún respirara?

¿Estaba tratando deliberadamente de provocarla?

Pero ¿y si no la estaba provocando? ¿Y si de verdad lo que quería era que le devolviera el anillo? Muy bien. Conseguiría lo que quería. Solo tendría que sacárselo del...

Se llevó la mano a la boca. No podía decirse que fuera la idea sexualmente más escandalosa que había tenido en su vida. Lo que la dejaba atónita era la rebeldía y la diablura que resurgía en ella, aquel exuberante optimismo cuando creía que estaba desganada y apática.

Lo amaba. Si en su juventud estuvo dispuesta a infringir los principios de la decencia, ¿por qué ahora no podía hacer algo que estaba perfectamente dentro de los límites de la buena conducta... es decir, aparecer desnuda en la cama de Shaoran? Ya se figuraba las infinitas posibilidades sexuales.

Soltó una risa ahogada, tapándose con las manos. No cabía ninguna duda de que era una mujer licenciosa. Y Shaoran la adoraba por ello.

Bien. No había nada más qué decir. Se iba a Nueva York. Y no volvería hasta que pudiera informar a la señora Kinomoto de que por fin iba a ser abuela.