Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, son exclusivos de Rumiko Takahashi. Esta historia esta libre de fin de lucro.

Nota: Episodio editado.


No más farsas

Respiró hondo, esperando que eso fuera suficiente para relajar sus inquietantes inseguridades. Tenía que enfrentarlo y pagar por la gran falta que cometió. Debía encararlo y recibir lo que merecía, por su mayor estupidez.

Había pasado una noche fatal, el no compartir la cama con el albino le provocó insomnio. En primera, porque la cama era muy grade, y, por lo tanto, también era muy fría para un pequeño cuerpo como el suyo. Segundo, extrañó demasiado el calor que el hombre siempre le regalaba, cuando ella lo abrazaba al dormir. Y tercero, con las tremendas ganas con las que se quedó después de esa fatal interrupción.

Había sido un error el haberle hecho caso a su inseguridad y no dejar que él hombre siguiera con su propósito.

Exhaló desganada de sólo recordarlo, le provocaba el girar sobre sus talones y encerrarse en la recamara, y no salir de ahí hasta que muriera inanición. Pero no podía, seguir comportándose como una cobarde no era muy propio de ella, así que no se permitió tal cosa.

Echándose ánimos a sí misma, recobró un poco de seguridad y bajó las escaleras como cualquier otro día, desde que empezó a vivir ahí. Se detuvo en el último piso, al ver que no había terminado de decorar su pino navideño. Tendría que acabarlo esa misma noche, no había más alternativa.

Bajó el último escalón y se encontró con Yako, que ya esperaba por sus cariños matutinos, los cuales ella no le negó al agacharse y despeinar cariñosamente al canino.

—Buen día, Yako —le dio un beso en la nariz ligeramente remojada—. Veo que hoy amaneciste muy contento.

El perro sólo movía su peluda cola de un lado al otro, por la atención dada. No había duda, aquel can estaba dejando atrás su temperamento frío, para comportarse como todo perro. Aunque seguía siendo muy obediente a todo lo que Sesshōmaru le ordenaba, era un perro muy disciplinado.

Se enderezó y vio a Sesshōmaru en la cocina, que empezó a servir aquel humeante y caliente café en una taza negra. Ya no era raro ver esa escena, se había vuelto muy cotidiano en su día a día.

Caminó con paso seguro hasta la cocina, decidida a ir al matadero. Eso se había buscado al final de cuentas, pues ya que más daba. Que el infierno se desatara de una vez por todas.

—Buen día —saludó al albino como todos los días.

—Buen día.

Rin se detuvo justamente debajo del umbral de la puerta, al escuchar que el hombre le respondió con su clásica serenidad. No era raro, él siempre le contestaba su saludo por las mañanas, pero esperaba que ese día no fuera así. Pero vaya sorpresa que se llevó.

Se adentró definitivamente al cuarto de concina, mirando a su jefe que estaba sentado en uno de los bancos bebiendo su típico café matutino y leyendo el periódico, que siempre compra cuando saca a pasear a Yako. Todo estaba transcurriendo como cualquier día normal.

¿Qué diablos le pasaba a ese hombre?

Pensativa cogió su taza roja y un paquete de galletas de chocolate. No tenía mucha hambre, así que con eso bastaría para ella.

Cogió el vaso de la cafetera y se sirvió aquel líquido oscuro, que inundo su sentido del olfato y que sería capaz de hacerla entrar en calor en esa fría mañana.

Un poco más tranquila, prefirió tomar la misma actitud del albino y actuar cómo cualquier día, como si nada hubiera ocurrido la noche anterior. Sí él podía, ella también.

Claro, esa era la mejor opción.

Se sentó en el banco y empezó a comer su no tan sano desayuno. Ella pudo haberse levantado más temprano para preparar algo, pero por su miedo se lo prohibió, y más cuando Sesshōmaru había entrado a la habitación para vestirse y prepararse ante ese nuevo día. Así que se aferró a la cama. Y ahora solamente estaba comiendo galletas con café.

Miró de soslayo a su compañero, que se veía muy interesado en lo que el periódico le informaba. No sabía si esa lectura era bastante buena o simplemente estaba evitándola. Aunque la saludo como era costumbre, éste no volteó a verla ni por equivocación. Así que, podía intuir, que las cosas no marchaban del todo bien al final de cuentas.

¿Pero cómo saberlo?

Ella deseaba abordar el tema, pero no sabía cómo. Temía que, si lo hacía, él terminaría enfadándose con ella y ahora sí, no habría ser divino que la salvara de las garras del Demonio Blanco. Todo era sumamente frustrante, porque tenía presente que su jefe no tocaría el tema, ni, aunque eso le estuviera evaporando la sangre de la rabia.

Sesshōmaru no externaba sus dudas o sus molestias, jamás lo hacía.

Suspiró desganada y prefirió seguir comiendo, que más daba, quizás esa era la mejor alternativa. Olvidar ese trago amargo y seguir avanzando hacia adelante. Sí su novio podía, ella con mucha más razón lo lograría.

Sesshōmaru dejó el periódico de lado y se apartó del banco, para ir al fregadero y lavar su taza. Al terminar secó sus manos y salió del lugar para dirigirse al segundo piso. Lo más seguro, para irse a lavar los dientes e ir por el saco y el abrigo. Esa era suficiente señal para que ella se apurara, porque su jefe ya estaba más que listo para partir al trabajo.

Terminó rápidamente con sus galletas y el café, aunque este último le escaldó la lengua por seguir demasiado caliente. Pero, sin darle más importancia a ese diminuto asunto, lavó la taza y fue tan rápido como pudo a la recamara.

Al entrar lo vio salir del closet acomodándose el abrigo negro, que sin duda lucia muy bien él.

Negó con su cabeza ante tal pensamiento y fue rápidamente al baño para lavar sus dientes y terminar de alistarse, no podía perder tiempo con banalidades. Talló sus dientes lo más rápido que pudo, para después hacer gárgaras con el enjuague bucal. Ella jamás había usado esa cosa, hasta que empezó a vivir con él y la orilló a hacerlo. Al principio no le agradaba, porque sentía que expandía su garganta y hacía que el aire que se adentraba a su interior pareciera como pequeñas navajas rasgándole en el proceso. Después de dos semanas se acostumbró a esa sensación de frescura, no estaba nada mal.

Cuando salió del baño, su jefe ya no se encontraba en la recamara. Esa era su manera de presionarla y hacer que se apurara. Estaba comenzando a creer que estaba castigándola de esa manera, aunque también podía ser de lo más normal, ese hombre amaba la puntualidad.

Fue al closet para coger su abrigo gris, el cual parecía como un vestido, por su diseño acampanado y los pliegues que tenía en la parte trasera. Por ese motivo lo había comprado, aparte que hacía juego con uno de los nuevos trajes que adquirió. Un conjunto negro con leves detalles grisáceos.

Se colocó los zapatos negros y se miró por última vez al espejo. Acomodó un poco su cabello, que estaba sujeto en una media cola. Todo estaba en perfecto orden. Cogió su habitual bolsa negra que descansaba en la cama, que ya contenía todo con lo que siempre cargaba, desde sus cosas personales, hasta sus dos celulares.

Haría que ese día fuera como cualquier otro y olvidaría el infortunio que vivió en la noche. Eso era lo mejor, así lo había tomado él y así lo tomaría ella. Tan simple y llano como eso.

Bajó rápidamente las escaleras, olvidándose del peligro que corría en ellas y más usando tacones, pero lo logró sin tener ningún tipo de percance. Estando sana y salva, vio a su jefe que ya la esperaba en la entrada, con su maletín en mano y con los guantes puestos. En eso recordó en que no les había dado de comer a Ah-Un. Al dar paso hacia ellos, Sesshōmaru le miró por primera vez en esa mañana.

—Ya les di —le informó—. Vámonos.

Rin miró hacia la pecera y vio aquellos dos platos rebosantes de verduras. Eso le sorprendió, no esperaba que su jefe se tomara la molestia de alimentar a sus dos grandes iguanas.

Las puertas del ascensor se abrieron y rápidamente llegó a la par de Sesshōmaru, adentrándose al cubículo revestido de madera.

—Gracias.

—Hmm…

Eso había sido un «de nada» por parte del hombre, nada fuera del otro mundo. Pero éste volvió a evitarla. Incluso había un espacio entre los dos, el cual ella no pretendía romper, intuía que era lo mejor para ambos. Así que se dispuso a sacar los guantes negros de su bolso y colocárselos, no quería que sus manos perdieran el calor adquirido gracias al café. A pesar de que eso, valdría poco, pues sus piernas estaban desnudas y expuestas. Ella podía usar mallas para cubrirse, pero detestaba esas cosas como nada en el mundo, así que no tenía otra que aguantarse.

Al llegar al primer piso, recorrieron la rampa que los llevaba al aparcamiento subterráneo, y fue así como se encontró con la primera colada de aire frío. Sus piernas fueron las victimas de esa terrible sensación, haciendo que fuera un daño colateral, ya que todo su cuerpo terminó por estremecerse. Amaba las festividades del invierno, pero la estación en sí no.

Rin era de climas cálidos, aquellos en dónde no tenía que abarrotarse de capas y capas de ropa. Sobre todo, porque ella siempre había sido muy friolenta, por lo tanto, esas temporadas el frío era una jodida tortura.

—Rin.

Salió de sus divagaciones y se encaminó al albino, que ya le tenía abierta la puerta de la camioneta blanca. La ayudó a entrar al lugar y cerró. Estaba segura de que hoy sería la entrega de los vehículos. Sin duda, para su jefe el no tener a su hermoso Audi, era cómo perder una extremidad. Tal vez exageraba, pero ese hombre cuidaba tanto de ese auto que a veces llegaba a sorprenderla.

—¿Tienes frío? —Le preguntó, al momento en que entró a la camioneta.

—Un poco —fue sincera.

Sesshōmaru no dijo más e hizo arrancar el motor, y al instante encendió la calefacción de la camioneta. Algo que le agradeció, sus piernas no paraban de tiritar por el frío al que se enfrentaron.

—Gracias.

Él sólo guardó silencio y dio salida del edificio departamental.

~O~

La mañana trascurrió con tranquilidad, incluso el trabajo no había llegado tan pesado como otros lunes. Y, al parecer, la llegada del señor Takashima era algo que solamente sabía la familia, ya que nadie había mencionado nada al respecto. Sobre todo, porque su exjefe no puso ni un sólo pie en la compañía, ya fuera por decisión propia o porque Izayoi se lo hubiera prohibido.

Ahora se encontraba en un pequeño restaurante, junto con su mejor amiga —próximamente su verdugo— Ayame. A la cual había pedido encarecidamente verse, y a lo cual ella atendió gustosa. Aunque eso había cambiado totalmente, conforme le fue contando los sucesos ocurridos ayer por la noche.

La pelirroja no la había interrumpido en su largo y tendido relato, simplemente vio como esta cambiaba de expresiones por cada cosa contada, una mueca peor que la anterior. Estaba sentenciada a muerte, de eso estaba totalmente segura.

—Rin —habló su amiga con mucha calma—, tengo más de nueve años conociéndote. Y hasta el momento no habías hecho nada que me pareciera… ¿cómo decirlo? —Su ceño se frunció y su boca se torció— ¡Estúpido! ¡¿Por todos los Dioses, que diablos te pasa?!

—No grites, la gente…

—¡¿Crees que me imparta?! —Su enojo iba en aumento.

—No —musitó.

—Entonces no trates de calmarme, que peor me pongo y lo sabes —la apuntó con el dedo.

—Está bien —suspiró desganada.

Observó como su amiga respiraba profundo, para después exhalar el aire adquirido. Buscaba la manera de calmarse y hablar como toda la gente civilizada, y esperaba que así fuera. La verdad no quería llamar más la atención y que terminaran sacándolas por irrumpir la paz del lugar.

—Veamos —habló con tono sutil—. Rin, lo que hiciste fue una putada. Es de mal gusto que pongas a calentar el boiler, para que al final no metas a bañar.

—Lo sé —murmuró.

—Sólo ponte a pensar, si tú terminaste dándote cariño a ti misma. ¿Qué crees que paso con él?

—Ah… —Abrió sus ojos asombrada.

El imaginar que Sesshōmaru también recurría al placer solitario la turbó. No porque fuera malo, simplemente porque hasta la fecha, lo había visto cómo un hombre que no recurría a cosas tan fútiles. Pensar que eso pasó, le hacía cambiar un poco la perspectiva del albino.

—Sesshōmaru Takashima puede ser el todo poderoso, uno que se cae de lo buenísimo que esta —aclaró—. Pero al final cuentas, es un hombre como cualquiera, y, cómo todo hombre tienen necesidades que satisfacer —los ojos esmeraldas no la dejaban de asecharla—. Y el sexo, es de esas cosas que primordiales en la vida de un macho.

»Ahora agreguemos que te tiene como su novia, y como todo buen novio no anda buscando afuera lo que tiene en casa. Pero aquí viene el problema, que su damita no le suelta el tesoro por sus putas inseguridades —su voz carraspeó—. No, pero aún. Que su noviecita solamente le caliente la hormona y cuando está a punto de caramelo, lo deja con las ganas. Por lo tanto, no tiene otro remedio que bajarse las ganas con agua fría o apuntada de masturbadas.

»¿Te parece justo?

—No —respondió.

—¿Entonces porque lo hiciste? —Preguntó con tranquilidad.

—Porque no me creo capaz de satisfacerlo —dijo desanimada.

—¿Y qué te hace pensar eso?

—¡Todo él! —Exclamó—. Es qué es tan perfecto en todo, que incluso debe serlo también en la cama.

—Bueno, eso nadie lo duda —la apoyó—. Pero aun así, tus miedos son mal infundados.

—¿Mal infundados?

—Así es —sonrió—. El que se sepa el Kamasutra al derecho o al revés no le da garantía de nada. Porque tiene una gran desventaja, que él no conoce tu cuerpo. Es entonces cuando sus niveles se igualan un poco.

»Tal vez tu adonis tenga la ventaja de que sabe más del tema, pero él desconoce que partes de tu cuerpo son más erógenas, que posición te gusta más o cual te molesta. También está en un juego desconocido —habló con voz modula—. Por lo tanto, ambos estarán en la misma circunstancia. Los dos necesitan conocerse en el proceso del acto. Pero si tú sigues con tus inseguridades, jamás van a llegar a nada.

—Hmm…

Guardó silencio para meditar las palabras dichas por su amiga.

Ayame fue bastante acertada al decir todo aquello, ya que ella no había evaluado esos pequeños detalles.

Sesshōmaru le tenía una gran ventaja, pero esa se reducía, porque él desconocía sus gustos y, más, porque incluso ella no sabía que le gustaba del acto sexual.

—Aparte —prosiguió—, debes tomar esto como un aprendizaje.

—¿Aprendizaje? —Ladeó su cabeza curiosa.

—Es simple, quien más experiencia tenga en el tema se vuelve el maestro.

—¿Quieres decir qué Sesshōmaru se convertiría en mi profesor de clases sexuales? —Su pregunta fue bastante chocante hasta para ella misma.

—Así es —sonrió ampliamente—. Y tú como alumna, debes dejar que él te enseñe lo que no conoces.

—Eso suena muy raro, sabes.

—Eso depende de qué tipo de rareza te inclines —las largas pestañas negras aletearon ante la emoción de la pelirroja—. Yo te sugiero que sea de ese raro que te incita a pecar.

—Estás loca, Ayame —rió.

—Sí, pero soy una loca satisfecha —le guiñó el ojo.

No pudo evitar el reír por ese comentario, sobre todo porque ella conocía de la vida sexual de su loca amiga con Kōga. Y vaya que se había enterado de algunas cosas, que aún no creía que se pudieran hacer.

—Rin, siempre has sido una chica muy decidida y segura de ti misma. Siempre vas un paso adelante ante la timidez y las inseguridades —recargó la barbilla en la palma de la mano—. Has tenido novios, porque fuiste tú quien siempre se lanzó primero. Incluso fue por ti el que se dio la relación con Kohaku , porque el muy idiota era tan tímido que no podía decirte «hola» sin tartamudear.

»Pero ahora que tienes a un hombre que inició todo entre ustedes, que es seguro y que hay una gran posibilidad de que le gusta probar nuevas cosas, no lo dejes a un lado con tus tontas preocupaciones. No tienes fundamentos y sólo hará que tu relación vaya a pique —una mueca de tristeza se dibujó en su amiga—. El sexo es algo muy primordial en los hombres, y si ellos no consiguen lo que quieren en su pareja, van a irse con la primera que le dé la entrada al Edén. ¿O acaso es lo que quieres?

—Por supuesto que no quiero eso —respondió molesta, algo que la sorprendió.

—Entonces déjate de tonterías y ponte lista —volvió a sonar animada—. Si tienes dudas, pregunta o sino investiga. Ponte a leer o si quieres algo más gráfico, ve una porno y ya. ¡El sexo es tu amigo!

Las dos mujeres rieron por las palabras dichas por Ayame, aunque fuera una charla sería, ella siempre lograba volverla jocosa y divertida. Por ahora se sentía más tranquila al respecto, y haría caso a las palabras de su mejor amiga.

Cero miedos y tomar lo que buscaba desde un principio de Sesshōmaru Takashima.

~O~

El bolígrafo plateado se balanceaba de un lado al otro entre los dedos de Sesshōmaru, quien tenía su vista puesta en el monitor, pero no le prestaba ningún tipo de atención. Seguía pensando en aquella secretaria que había entrado a su oficina anunciándole su llegada, con una sonrisa de oreja a oreja y con una vivacidad que no vio durante toda la mañana.

Al principio intuyo que su renuencia era por el penoso incidente que tuvieron ayer, y no porque estuviera enojada con él —ya que no había motivos para que así lo fuera—, más bien era vergüenza por enfrentarlo y no saber que decirle al respecto. A lo que le concernía a Sesshōmaru, no tenía ningún tipo de interés de hablar del tema, ya había pasado y no estaba molesto por ello. Pero que el volviera con esa hiperactividad tan común en ella, fue abrumador. Lo peor de todo, es que estaba consciente que la secretaria había ido a comer con la mujer de Kōga, y estaba tan seguro de que hablaron sobre lo ocurrido. Eso no le agradaba en absoluto y más al saber lo chismosa que era la pelirroja. Sólo le faltaba tener al estúpido lobo mencionándole burlonamente lo sucedido.

Si eso llegaba a suceder, su mujercita merecería una reprimenda, por hablar más de lo que no debía.

El timbre del teléfono lo sacó de sus pensamientos y atendió la llamada sin coger el aparato.

—¿Qué quieres, Honjō?

Lo busca el abuelo Jaken—dijo con tono divertido.

¡Que no me llames así, niña tonta! —Se escuchó a lo lejos.

Sesshōmaru enarcó la ceja, al saber que su secretaria ya había molestado al hombre, y, cómo siempre, lo había sacado de sus casillas.

—Que pase.

—asintió alegre—. Abuelo Jaken, que puede pasar —escuchó aquello antes de que la mujer colgara la bocina en su lugar.

La puerta se abrió y vio al pequeño hombre que mascullaba entre dientes un montón de incoherencias, quizás, todas dedicadas a su mujer.

—¿Qué quieres, Jaken?

—Señor Sesshōmaru —lo nombró, mientras hacia una reverencia—. Le traigo la información que me solicitó.

Jake se acercó hasta el escritorio y colocó dos folders sobre el escritorio.

Sesshōmaru posó su mirada en aquellos documentos, eso era lo último que obtendría de Naraku, lo demás ya sería algo que los medios de comunicación le harían saber.

—¿Algo que sobresalga? —Preguntó, al momento en que cogía las carpetas para leer el contenido.

—Sí señor —habló nervioso—. Magatsuhi le exige un pago de millones de dólares a Naraku. Según tengo entendido, Naraku solicitó un préstamo a ese hombre y hasta la fecha no ha podido cubrirlo.

—¿Algo más?

—Sí, vera —frotó sus manos con ferocidad—. El pago que le pide Magatsuhi a Naraku, no es monetario. Naraku le prometió la Perla de Shikon como pago, para saldar su cuenta.

Sesshōmaru posó sus dos ámbares ojos en Jaken, el cual tragó en seco al ser el punto de mira del hombre.

—¿Estás seguro de ello?

—Sí…sí, señor. Lo puede usted comprobar en la información que tiene entre sus manos.

El albino hojeó la cantidad de hojas, para encontrarse con lo que el viejo hombre le hizo saber.

Según aquel trato de préstamo se cerraría al momento en que Naraku le entregara la joya a Magatsuhi. Hace más de dos años desde que ese préstamo sigue abierto.

Ahora entendía la necesidad de Naraku para hacerse de aquellas tierras, tenía el tiempo en su contra y si no cumplía con lo establecido, no había duda de que el cretino de Magatsuhi se lo cobraría por las malas. Y si alguien estaba más sumergido en aquellos rumbos escabrosos, siempre había sido ese sujeto.

Naraku no sólo estaba perdiendo inversiones gracias a la jugada que le tendieron Bankotsu y él, sino también un valioso tiempo que, mientras más rápido corría, la soga que tenía en el cuello se apretaba con mayor fuerza. Pero eso no era lo que le preocupaba, sino lo que sabía Magatsuhi al respecto de la perla. Si ese hombre tenía conocimiento de quién era la persona que pudiera tenerla en su poder, su atención recaería en Rin y eso era algo que no podía permitir.

—¿Señor? —Lo llamó temeroso.

—¿Sabes que tanta información tiene Magatsuhi de la perla?

—No señor —bajó la mirada—, para investigar más sobre ese hombre, uno tiene que involucrarse directamente con él.

—Hmm…

Parecía que los problemas jamás terminaban para la secretaria y para él. El que su mujer fuera custodiada entre las sombras ya no le garantizaba nada. Si Magatsuhi sabía de Rin, era la persona con más posibilidades de tener esa joya, se irá contra ella sin meditar absolutamente nada.

Cogió una de las hojas en blanco y empezó a escribir tan rápido como pudo, tenía que sacarse la duda cuanto antes, y sólo una persona podría entrar a esos lugares sin siquiera ser percibido. Al terminar, dobló el papel y lo guardó en un sobre, que dejó totalmente en blanco.

—Quiero que esto llegue a manos de Hakudōshi Ootori, sin pasar de este día, ¿he sido claro, Jaken?

—¡Sí señor! —Asintió enérgico al coger la carta—. Hoy mismo se la entregaré.

—Eso espero.

Jaken asintió con su cabeza repetidas veces, mientras caminaba hasta la entrada de la oficina.

—¡Con su permiso, señor Sesshōmaru! —Y sin más que decir, salió del lugar.

Si las cosas empezaban a tornarse cada vez más peligrosas para la secretaria, no tendría más opción de convertirse él mismo en la carnada. No sería difícil hacer que la mujer le cediera los derechos de la joya. Y al tenerlo, no tendría más opción que anunciarse como el nuevo dueño de la perla. Siendo Sesshōmaru alguien con tanto poder en el miedo, sería muy difícil que Magatsuhi se atreviera a ponerle un dedo encima.

Lo que haría con la perla, ya sería una decisión que tendría que trabajar con más detalle. Ahora su prioridad era mantener al margen a su mujer, si no, sería un flanco fácil. Si Naraku logró perturbarla, para Magatsuhi sería un juego de niños, el hacerla caer en pedazos.

Trató de no pensar en algo que no tenía ninguna seguridad, debía esperar hasta que Hakudōshi le consiguiera la información que necesitaba, después ya sabría cuál sería la manera correcta para actuar. Era su única opción, sino llamaría la atención de la secretaria y era lo que menos buscaba en esos momentos. Mientras más alejada la tuviera de los problemas, era mejor para él.

Cerró los ojos y se echó hacia atrás, quería relajarse un poco de la información que revoloteaba en su cabeza insistentemente. Llegando a pensar cómo es que terminó hundido en todo este lio.

Sesshōmaru sólo había regresado a Japón, para pelear el lugar por el cual había trabajado durante casi toda su vida. Pero ahora estaba ahí, protegiendo a una mujer que era ajena a todo lo que ocurría a su alrededor, que sólo tenía una amable sonrisa para regalarle al mundo.

¿Cómo terminó involucrado en todo esto?

¿Qué obtendría al final?

—Señor…

Aquel dulce aroma le llenó por completo los pulmones, y una cálida mano lo confortó.

Abrió los ojos con letanía y se encontró con Rin, que estaba parada frente a él, retirándole el flequillo de su frente.

Ya no le interesaba saber cómo es que terminó involucrado en todo ese problema, pero si había descubierto lo que ganaría cuando todo acabara.

—¿Se encuentra bien?

—¿Qué ocurre?

—Es que falta quince minutos para que sean las nueve —dio un paso hacia atrás—, ¿y quería saber si nos vamos a quedar a trabajar?

Alzó su mano izquierda para ver el reloj y se dio cuenta de que la secretaria tenía razón.

No supo en qué momento se relajó tanto, para que el tiempo transcurriera con tal velocidad. Volvió a ver a Rin, quien esperaba su resolución.

—Recoge tus cosas.

—Sí… —Pero no se movió de aquel lugar.

—¿Honjō?

—Me gustaría hablar con usted antes de irnos, ¿se puede? —Mordió su labio al terminar de hablar.

—¿Dé?

—Sobre lo que paso ayer…

¿Era en serio?

¿Por qué quería tomar esa conversación ahora?

¿Por qué no lo olvidaba?

La observó fijamente, sabía que la mujer no iba a dejar de molestarlo hasta hacerlo ceder, y no se sentía con ganas de discutir por una tontería como esa.

—Habla.

—¡¿En serio?! —Exclamó sorprendida, pero sólo se ganó que le frunciera el ceño—. Lo siento, voy al punto —respiró hondo—. Quiero pedirle una disculpa por la manera en la que me comporte ayer —bajó la mirada avergonzada, buscando la manera en que el tupé cubriera el sonrojo que alcanzo a ver—. En verdad lo siento mucho, fui una tonta.

Sesshōmaru guardó silencio, viendo a la mujer que tenía delante de él con aquella cabeza baja, el cabello cayéndole como cascada a sus costados y con las manos hacia adelante, frotándose entre sí por el nerviosismo que le recorría.

—¿Me estas pidiendo disculpas por no haber querido tener sexo conmigo? —Expelo serio, pero la verdad es que no llegaba a comprender a que venía todo eso.

—Sí —respondió en su susurro.

—¿Y esperas que te disculpe? —Se irguió en su asiento, la situación era un poco incómoda para él.

—¿Lo hará? —Lo enfrentó con esos expectantes ojos marrones.

—Es la primera vez que me piden disculpas por algo así —trataba de ser ecuánime ante esa charla, pero simplemente no podía, eso lo estaba superando—. ¿Por qué tienes que ser tan rara? —No puedo evitar el lazar esa pregunta.

—¿Disculpe? —Le preguntó desconcertada.

—Nadie pide disculpas por algo así, Rin —chasqueó la lengua—. Es algo muy estúpido e innecesario.

—¿Es decir que no está enojado conmigo?

—No.

—¿Ni sentido?

—No.

—Ni siquiera…

—No, Honjō —empezaba a hartarlo—. No estoy molesto y no tienes por qué pedirme disculpas por nada. Ahora si eso era todo lo que tenías que decir, ve por tus cosas.

Apoyó sus manos en los brazos de la silla para levantarse, pero las manos de la pelinegra lo detuvieron, al posarse sobre sus hombros.

Alzó su ceja, esperando a que esta dijera algo o simplemente lo dejara pararse de ese lugar.

—No he terminado, tengo algo más que decirle —lo miró directamente a los ojos—. Más bien, es una petición.

—¿Cuál es?

—¿Podríamos acabar con toda esta farsa e ir en serio? —Suspiró, como si lo que acaba de soltar haya sido un peso menos sobre de ella.

—Ya habíamos hablado de esto anteriormente —le recordó.

—Es que no se trata de lo mismo —mordió su labio frustrada—. No estoy buscando el liberarme del trato con usted, al contrario, busco algo más que un simple acuerdo. Ya no me es suficiente ser la novia y la futura esposa sólo por convicción. Busco algo más que eso.

Lo sujetó del rostro entre las dos pequeñas manos, en donde los dos pulgares acariciaron sus mejillas de manera suave y lenta, y como ese par de ojos como el chocolate, le miraban con una necesidad que desconocía.

Ella estaba buscando que su acuerdo pasara a algo verdadero, que fueran novios porque así lo decidieron los dos, el casarse por qué ambos deseaban estar juntos. Que su actuación fuera una total realidad.

—Le puede parecer tonto, pero estoy acostumbrada a dar respuestas rápidas y verdaderas cuando me cuestionan sobre mis relaciones —su mirada se volvió melancólica—. Lo que pasó ayer en la casa de su padre, me hizo sentir incomoda y fuera de mi misma. Si esto fuera de otra manera, hubiera contestado esas interrogantes, aun en forma de broma, pero ni siquiera eso pude hacer.

»No me molestaría hablar sobre hijos, ni mucho menos de lo que usted provoca en mí. Pero si seguimos con este juego de sólo un plan entre nosotros, en que lo único que nos interesa es obtener un bien común y de sólo sentirnos atraídos sexualmente uno al otro, no me sirve de nada, hace que todo se vuelva mucho más difícil para mí. Si seguimos así, terminaré explotando y tirando a la basura todo lo que usted ha logrado —el labio inferior le tembló ligeramente—. Y lo que menos quiero es perjudicarlo, no me perdonaría jamás por hacerle algo así.

»Solo le pido que me enamore y me deje enamorarlo —afloró una pausada risa—, aunque suene imposible, pero al menos déjeme intentarlo, no perdemos nada, ¿o sí?

Sesshōmaru apartó aquellas manos de su rostro y se levantó de su asiento. Ante eso, la secretaria retrocedió dos pasos algo dudosa, tal vez pensando que lo había hecho enfadar por lo que acababa de decirle.

~FB~

Es momento en que dejes de pensar sólo en ti mismo —habló su padre con estoicismo—. No importa que tan grande te conviertas en el futuro, si logras superarme o haces de la empresa una de las más importantes y poderosas a nivel internacional. Todo eso te sabrá a nada, cuando descubras que no tienes con quien compartir tus triunfos y con quien desahogar tus fracasos.

»Sesshōmaru, eres mi hijo y como tal me preocupas. Tal vez no he sido el mejor padre para ti, pero eso no quita el que te quiera y que te desee lo mejor para tu futuro —le sonrió tenuemente—. Es por eso por lo que te pido, que no dejes que tu orgullo y ego te ganen, porque si dejas que estos te sigan dominando, terminaras perdiendo lo verdaderamente valioso para ti.

»Rin es ahora lo más precioso e importante que tienes entre tus manos, no lo eches a perder, es sólo un consejo que te doy.

~FB~

No pudo evitar el recordar la charla que tuvo con su padre, menos teniendo a la frágil mujer que le miraba llena de suspenso y de temor. Ella no podía tenerle miedo, había sido la única que se le había plantado al frente sin siquiera medir el peligro, no podía permitir que empezara a temerle, no ahora.

La agarró de la cintura acercándola a él y la cargó para sentarla sobre el escritorio.

Rin se estremeció a tan repentina acción de su parte. Sujetó aquella pequeña barbilla para que le mirara solamente a los ojos. Y así lo hizo, como siempre lo había hecho, sin ningún tipo de miedo y firme a cualquier cosa que fuera a decirle en ese instante.

—Hablas a la ligera y eso a veces te acarrea problemas que no puedes manejar —dijo con frialdad—. Pedirme todo esto esta demás y lo sabes.

Ella abrió la boca con toda la intención de contestarle, pero no se lo permitió. Colocó su dedo índice en los pequeños y carnosos labios rosas.

—No he terminado —le informó—. Puedes hacer lo que quieras, no te lo voy a impedir de ninguna manera. Porque al final no pretendo liberarte, aunque ese haya sido nuestro acuerdo —una sonrisa de medio lado se moldeo en sus labios—. Aunque todo terminara, tu seguirás atada a mí te guste o no.

»Así que puedes tomar las cosas por las buenas o por las malas, no me importa —acercó su rostro al de ella, sintiendo aquel aliento chocar con el suyo—. Es mejor que te hagas a la idea de que seré el último hombre con quien estarás, ante la sociedad y entre tus sábanas. ¿Alguna duda, Rin?

—Sí —soltó en un susurro. Él frunció el ceño—. ¿Dónde firmo?

Rin rompió la poca distancia que había entre sus rostros y empezó a besarlo.

Sus besos fueron pausados y dulces, en donde podía sentir como ella sonreía con cada beso roto, para volver a besarlo. Una manera peculiar de besar, ya que el albino jamás había besado así, hasta ahora. Pero no le molestaba, de alguna manera la secretaria llegaba a sorprenderlo con sus diferentes maneras de tocarlo.

~O~

Tan rápido cómo entraron al departamento, la mujer le quitó la bolsa que cargaba y salió corriendo hacia la cocina siendo seguida por Yako.

Lo había hecho ir al supermercado para comprar unas tabletas de chocolate. Ya que a la secretaria se le había antojado un chocolate caliente con bombones.

Se quitó el abrigo, saco y la corbata, para ir hacia la sala en donde se sentó. En frente de él aún estaban las cajas con esferas y adornos, dando a conocer que Rin no había terminado con su trabajo.

Cogió una de las esferas, las cuales eran doradas y después viro hacia la otra caja que contenía esferas plateadas. Posó su atención en el árbol, que ya contenía unas cuantas esferas esparcidas entre las ramas artificiales.

Sesshōmaru no se había dado cuenta que había escogido sólo esos colores. Eran los mismos colores que vio cuando niño, en el pino que ponían en la casa de su madre. Le pareció bastante curioso, una mera casualidad.

—Va a querer una…

—No —no la dejó terminar de hablar.

—Vamos, aunque sea un poquito —insistió, aunque esta seguía ensimismada en la cocina.

—No —se irguió tan alto como era y caminó hacia el árbol decorado—. Enciende la cafetera —le pidió.

—Vale… —dijo aburrida.

No le prestó más atención al drama de su compañera y colocó la esfera que tenía entre sus manos en unas de las ramas.

Tenía que admitir que su mujercita tenía buen gusto para algunas cosas.

Fue a coger otras y terminar el trabajo que la pelinegra había dejado pendiente, era mejor eso a esperar por el café y aburrirse.

Al terminar se quedó con la estrella de cristal entre sus manos, esperaría a que ella fuera quien la colocara, ya que intuía que eso era lo que más quería hacer en todo ese molesto proceso.

—Sesshōmaru, no quiere unas ga… —Rin se detuvo, al verlo frente al árbol ya terminado—. Pensé que no le gustaba estas cosas —mencionó dando pasos lentos hasta llegar a su lado y mirarlo.

—Detesto el desorden.

—Claro, el desorden —sonrió divertida—. De todas formas, gracias —le sonrió contenta.

—Hmm…

—¿La va a poner? —Preguntó, mirando la estrella que sostenía.

Sesshōmaru se la ofreció y su sonrisa se amplió mucho más, para después subir las escaleras que también había dejado la mujer ayer por la noche.

Rin colocó el último foco de la serie de luz, dentro de la estrella y le acomodó en el pico del pino.

—Lo enciende, por favor.

Cogió la clavija y lo puso en el interruptor de luz, así haciendo que las luces blancas se encendieran.

Se sorprendió, no esperaba que también la secretaria se dispusiera a usar un serial de focos blancos, en vez de una de colores, que iban más de acuerdo con lo que ella le gustaba.

—¡Nos quedó hermoso! —Exclamó emocionada—. ¿No lo cree así? —Preguntó al momento de llegar a él y abrazarlo por la cintura.

—Hmm…

—Que amargado es —se quejó molesta.

—¿Ya está el café?

—Sí, e igual de amargoso que usted —dijo al separarse de él y volver a la cocina.

Sesshōmaru dejó de verla para centrar su atención en el árbol, ya que en verdad era muy similar al que montaban en la casa de su madre. No había mucha diferencia, más bien no lo había. Era sencillo y elegante, esa eran las palabras que describían bien lo que había visto durante su infancia y lo que vería ahora teniendo a Rin como su mujer.

Después de un rato, los dos se encontraban en el sofá, Rin estaba sentada a su lado, con ambas piernas sobre la pierna izquierda de Sesshōmaru, mientras buscaba un poco de calor al estar aún desnudas, ninguno de los dos se había cambiado de ropas.

—Mañana montaré lo que me falta —comentó, para después darle un sorbo al caliente chocolate—. ¿Me ayudara?

—No.

—Que malo es —musitó.

No le respondió nada, tenía su mirada perdida en la vista que le ofrecía el ventanal y de momento en Yako, quien estaba acostado tan largo como era, mirando el pino y las luces que se prendían y apagaban. Para el cachorro era algo extraño, pero estaba seguro de que no haría ningún tipo de destrozo, como lo haría un gato.

—Sesshōmaru…

—No —le cortó de tajo, sabía lo que la mujer le diría.

—Vamos, sólo uno —insistió—. Por comer sólo un malvavisco no hará que pierda su esbelta figura —dijo burlona.

La miró fijamente, pero eso no quitaba lo divertida que se veía por su comentario.

Dio un trago a su café, pero sin dejar de verla, más cuando se percató de que cogió uno de los pequeños biscochos que flotaba en chocolate caliente. Uso su mano libre, tomándola del rostro y la acercó a él para besarla.

Rin permaneció quieta por la intromisión en su boca. Al separarse de ella, la vio sonrojada y con los ojos bien abiertos.

—Me quito mi bombón —mencionó asombrada.

—¿No es lo que querías? —Preguntó estoico, al momento de comerse el dichoso dulce esponjo.

—¡Sí, pero no el que yo me estaba comiendo! —Gritó molesta—. Eso no se vale.

—No te negaste —le hizo saber con una cínica sonrisa—. Así que deja de quejarte, aun tienes más para ti sola.

—Que malo es —murmuró apenada.

No apartó su mirada ambarina de la pelinegra, la cual seguía sonrojada y mascullando cosas que no llegaba a entender. Algo que la hacía ver más pueril y dulce. Esa era la mujer con la que había decidido unir su vida, sin titubear ni un segundo.

Comenzaba a creer que su madre tenía razón, al decirle que terminaría cayendo de la misma manera en que lo hizo su padre.


¡Hola a todos!

Quiero pedirles una disculpa por no haber actualizado ayer, pero es que me sentí muy mal y no pude terminar el capítulo.

Pero ahora estoy aquí, recuperando el tiempo perdido y ofreciéndoles el capítulo que debí subir ayer, pero bueno, ya estoy cumpliendo y espero que este también les guste igual que el anterior.

La verdad sigo sorprendida por la actitud que tomaron todas, realmente no me lo esperaba y tengo que ser sincera, muchas de ustedes me hicieron sacar una que otra carcajada por lo mensa que fue Rin, al no dejar que pasar algo más. Sin duda me hicieron el día, amo sus comentarios, me hace feliz el leerlas a todas...y a todos(?) Realmente desconozco si hay chicos leyendo mi historia, pero si lo hay, díganlo.

También que la carta de la amada Suegra les hizo muy feliz, y eso me alegra un montón, porque hasta yo misma puedo decir que es mi personaje favorito de la historia, y eso que no pensaba incluirla, pero creo que acerté en meterla en el reparto. ¡Alabada sea la Suegra!

Bueno, creo que esto es todo... Les deseo un bonito fin de semana, que se diviertan y nos estamos leyendo el lunes.

¡Nos estamos leyendo!