25. Ataque sorpresa
Kylo se encontraba en pleno entrenamiento cuando alguien llamó a la puerta de la sala. Había ordenado a los soldados que no lo molestaran cuando practicaba, así que imaginó que se trataba de algo importante.
—Espera un momento —ordenó al droide de combate que usaba como contrincante.
Y se acercó a la puerta para abrir.
Fuera lo esperaba uno de los soldados que custodiaba sus dependencias.
—¿Qué ocurre?
—E-excelencia —tartamudeó el soldado, que no pudo evitar lanzar una mirada asustada a la empuñadura del sable láser de Kylo, que todavía permanecía en su mano—. Siento de veras interrumpir su entrenamiento, pero el general Hux le informa de que ha concertado una reunión de urgencia y desea que usted asista. Hemos… hemos llamado al comunicador, pero no respondía… así que…
—¿Una reunión de urgencia? —preguntó él, frunciendo el ceño, pues no tenía ni idea de qué hablaba el otro.
—S-sí, señor. Se trata de la operación Naboo. Parece que ha habido novedades al respecto y la maniobra empezará pronto.
La expresión de Kylo contrajo.
—¿Qué? —vociferó, haciendo que el soldado se encogiera sobre sí mismo.
—Y-yo… El general…
—Dile a Hux que ahora voy. ¡Y que ni se le ocurra empezar sin mí!
—A… ¡A sus órdenes, excelencia! —acató el soldado.
Y acto seguido salió corriendo, tan rápido como no lo había hecho en toda su vida.
Kylo cerró la puerta de la sala e intentó serenarse, mientras cogía una toalla para secarse el sudor que le resbalaba por la frente y empapaba su camiseta.
Que la operación Naboo empezara de forma inmediata era una mala noticia. Primero, porque si aquello daba ventaja a Hux y acababa por ganar la batalla, su plan para desprestigiarlo y así poder acabar con él se vendría abajo. Y segundo, porque si la resistencia salía derrotada, era probable que aquello afectara también a Rey.
Por lo que le habían contado durante los preparativos, Hux estaba al corriente de que los rebeldes habían hecho un pacto con la Reina Naboo e iban a ayudarla a defender el planeta. Kylo no tenía ni idea de si Rey participaría en la batalla; no había vuelto a hablar con ella desde Chandrilia. Y precisamente por eso se sentía intranquilo. Necesitaba contactar con ella.
Se centró en la Fuerza y evocó la imagen y la esencia de la chica, como ya había hecho en otras ocasiones. Solo tenía que centrarse en esa pequeña sensación que la mera existencia de Rey creaba dentro de él, y luego hacerla grande y tangible. No era tan diferente de muchas otras cosas que hacía con la Fuerza: al final siempre se trataba de adentrarse en ella y moldearla a voluntad.
Pero cuando casi había conseguido su propósito, el vínculo lo expulsó, como si lo hubiese golpeado.
—¡Maldita sea! —gritó, encolerizado, mientras cerraba el puño y descargaba los nudillos sobre la puerta cerrada, dejando un hoyo en su superficie carmesí.
Aquello mismo llevaba ocurriendo durante las últimas semanas. No sabía qué era lo que hacía mal, si la Fuerza misma le impedía ponerse en contacto con Rey o si la chica lo apartaba de su lado. Fuera como fuese, no dejaba de ser un contratiempo porque tenía avisarla del peligro que corría si se acercaba a Naboo; del peligro que corría toda la resistencia si se lanzaba a aquella batalla.
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Después de darse una ducha rápida, se puso su atuendo formal y bajó hasta la planta donde se encontraban las salas de reuniones. Sus pasos acelerados y energéticos hacían volar la capa tras él y todos los que se cruzaban en su camino se apartaban, intimidados.
Los soldados que custodiaban sus dependencias habían intentado seguirlo, pero él los despachó con un simple gesto; no necesitaba protección en Apoptiona y menos de unos soldados que obedecían las órdenes de su principal enemigo.
Entró en la sala de reuniones sin llamar y las miradas de los almirantes se posaron sobre él, con un matiz asustado en sus pupilas.
—¿Qué se supone que significa esto? —inquirió el Líder Supremo, con frialdad.
—Excelencia… —empezó a decir uno de ellos, un hombre entrado en años con la tez oscura y unas espesas cejas coronando sus ojos negros—. Tras recibir ciertos informes hemos decidido que lo mejor sería adelantar el ataque…
No pudo terminar su frase. Kylo usó la Fuerza para atraerlo y agarrarlo por el cuello. Acercó su rostro al del almirante y calvó en él una mirada amenazante:
—¿Quién ha dado la orden?
—El… el general… Hux… —intentó pronunciar el otro con dificultad, pues la mano de Kylo lo ahogaba.
—¿Y dónde está ahora el general?
—Estoy aquí, señor —la voz de Hux sonó a través de un holo que se dibujó sobre la mesa de reuniones.
Kylo soltó al almirante y se volvió hacia la mesa.
—¿Aquí? ¿Dónde es aquí, general? ¿Y por qué no me ha informado de esto?
—Le estoy informando ahora. Estoy en el Intimidador, camino de Naboo. Creí que había dejado la gestión de la operación en mis manos.
—Por supuesto que lo hice. ¡Pero eso no significa que pueda hacer lo que le venga en gana!
Kylo golpeó la mesa con el puño cerrado, con tanta fuerza que esta crujió y se tambaleó. Por un momento, en el holo desdibujado por las interferencias, dio la impresión de que Hux se amedrantaba ante la ira de Kylo. El general se llevó una mano al cuello y trató de aflojar su chaqueta, porque sentía que se ahogaba y no sabía si se trataba de los nervios o de la Fuerza del Líder Supremo, que lo alcanzaba a pesar de la distancia que los separaba.
Pero fue solo un momento y, tras recuperar la compostura, Hux añadió:
—Si me permite que le explique, hemos encontrado indicios de que hay un topo en nuestras filas, que proporciona información sobre nuestras operaciones a los rebeldes.
—¿Qué?
Kylo echó un vistazo en derredor, buscando en el rostro de los almirantes lo que aquellas palabras significaban. Pero todos parecían muy ocupados o demasiado asustados para cruzar su mirada con la del Líder Supremo.
—Parece mentira, ¿a que sí? —ironizó Hux. Y es que en verdad estaba hablando del mismo Kylo y los dos lo sabían—. Por eso hemos decidido adelantar por sorpresa el ataque. Tenemos todos los efectivos en posición y el operativo terrestre ha conseguido introducirse en Naboo gracias a una pequeña fisura en el escudo del planeta. No hay motivos para retrasarlo más. ¿Le parece bien, señor? ¿Quiere que sigamos adelante?
Durante un breve instante, Kylo permaneció con la palabra en la boca, furioso de que Hux les diera la vuelta a sus planes otra vez; ahora ni siquiera lo tenía cerca para poder matarlo con sus propias manos. Pero tras ese instante de rabia, se recordó que aquella partida seguía muy viva y que en cualquier momento podía volver a darle un nuevo giro. Solo tenía que ser paciente. Así que decidió que esperaría y que a la próxima no dejaría que Hux volviera a doblegarlo.
—Sí. Me parece bien. Procedan.
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Esta vez, la flota destinada al combate era de cinco destructores, más del doble de los que habían usado en Chandrilia. Ni Hux ni ninguno de los almirantes querían presenciar otra derrota vergonzosa a manos de la moribunda resistencia; Naboo se había vuelto una pieza demasiado importante en aquella guerra.
El general comandaba el ataque personalmente, así que Kylo se desplazó hasta la sala de operaciones para hacer el seguimiento de la batalla. El grupo terrestre, compuesto de una decena de soldados, había llegado al generador del escudo y había eliminado al destacamento de gungans que lo custodiaba. Ahora cargaban los códigos para desactivar el escudo.
Kylo supervisaba la operación con visible desinterés, aunque en el fondo estaba tan nervioso que hubiese deseado tomar la primera nave libre para volar a la velocidad de la luz hasta Naboo y así poder controlar lo que ocurría. Pero aquello era imposible y ahora lo único que estaba en su mano era observar e intentar reconducir la situación en caso de que las cosas se torcieran demasiado.
Solo esperaba que Rey estuviese a salvo; aunque confiaba en la fuerza y la destreza de la chica, también sabía que era lo bastante impulsiva como para ponerse en peligro incluso sin darse cuenta, sobre todo cuando sus amigos eran el objetivo.
Sin embargo, lo que parecía una espera corta antes del inicio de la batalla, acabó convirtiéndose en otra cosa.
—Parece que hay problemas, excelencia —comunicó uno de los técnicos.
—¿Qué clase de problemas?
—El operativo terrestre ha desarmado el generador del escudo protector, pero este sigue activo.
—¿Qué sigue activo? Eso quiere decir que tienen un generador de emergencia. ¿Es que no lo han comprobado?
—No teníamos datos al respecto, excelencia.
—¿No tenían datos al respecto, pero no lo comprobaron? ¿Qué clase de preparativos son esto? Póngame con Hux inmediatamente.
Momentos después, el holo del general apareció frente a él.
—General, veo que ha surgido un pequeño imprevisto. Imagino que han tenido en cuenta la posible presencia de un generador secundario…
—Estamos trabajando en ello.
—¿De verdad? Porque si la operación fracasa tendré que tomar medidas. No podemos permitirnos una segunda derrota.
—No vamos a sufrir otra derrota. No esta vez.
—Eso espero, Hux, porque su cabeza depende de ello, ¿queda claro?
—Sí, excelencia. Clarísimo.
La comunicación se cortó y Kylo esbozó una sonrisa de satisfacción, que se cuidó de disimular cubriéndose la boca con la mano. Quizás aquel contratiempo no fuera tan desafortunado como había pensado. Quizás, al fin y al cabo, la suerte empezara a sonreírle y ese giro inesperado diera nuevas alas a su plan de hacer fracasar la operación Naboo.
Pero las novedades no habían terminado aún.
—Excelencia —el técnico de comunicación reclamó su atención una vez más, poco después—, tiene un mensaje urgente de Yang Sook Mi. Le informa de que hay novedades importantes referentes a su misión y que desearía hablar con usted cuanto antes.
—De acuerdo. La atenderé en mis aposentos —indicó, poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la puerta. Y antes de salir, añadió—: Infórmenme de cualquier cosa que ocurra en Naboo, por nimia que les parezca.
Una vez en su despacho personal, donde guardaba un comunicador que Eliph había preparado para que nadie pudiera interceptar sus comunicaciones, se puso en contacto con la caballero.
—¿Qué ocurre, Yang Sook?
—Maestro, tengo novedades de Naboo. Parece que los rebeldes han organizado un plan para hacer caer a la Primera Orden.
—¿Un plan?
Yang Sook le contó de forma detallada la operación que la resistencia había ideado alrededor de la existencia de los dos generadores y de cómo querían utilizar ese detalle como cebo para hacerlos caer. Kylo dejó escapar una sonrisa irónica cuando la nautolana terminó de hablar.
—Ese idiota de Hux va a caer de lleno en la trampa de los rebeldes. Ni siquiera yo mismo podría haber ideado un plan mejor. ¿De dónde has sacado la información?
—Me he establecido en un puerto espacial con mucha afiliación rebelde. Todavía no me han aceptado en las filas de la resistencia, pero me he acercado bastante a una muchacha humana llamada Qulaya, que formaba parte del grupo que escapó de Crait. Está en el planeta para reclutar nuevos miembros, así que he usado mis poderes para ganarme su confianza y también para sacarle algunas cosas.
Kylo chasqueó la lengua, molesto.
—¿Cómo piensan ganar la guerra si sus planes acaban esparcidos por la Galaxia y en boca de cualquier charlatán que se preste a contárselos al primero que pasa? —observó. Y después añadió, cambiando radicalmente de tema—. Por cierto, ¿sabes algo de Rey? ¿Te ha contado algo esa muchacha?
—No. Lo único que podido averiguar es que el grupo que defiende el segundo generador está liderado por el traidor que encontramos en Coruscant.
—¿Por Finn? Entonces seguro que ella andará cerca. ¿Estás muy lejos de Naboo? ¿Podrías acercarte hasta allí?
—Lo siento, maestro. Estoy en el Borde Exterior. Si tomo la nave hasta Naboo tardaré varias horas en llegar.
—Entiendo. Entonces mantente atenta. Aprovecha el vínculo con esa mujer de la resistencia y sácale todo lo que puedas. Y mantenme informado.
Después de que la comunicación se cortara, Kylo tomó asiento y trató de serenarse. Aunque seguía sin poder contactar con Rey, las cosas estaban yendo mejor de lo que esperaba. Quizás incluso podía albergar la esperanza que los rebeldes le hiciesen el trabajo sucio de acabar con Hux. Ahora lo único que le quedaba era pedirle al destino que Rey estuviera a salvo y no se arriesgara demasiado durante el enfrentamiento. Sin embargo, algo dentro de él le decía que aquello era pedir demasiado.
