Capítulo 24: "Después de haber sobrevivido…"

…a la comida con Iker y Fátima, a la que también acudieron Ron, Hermione, Bill y Fleur Weasley, y de haber disfrutado su primera cena de Noche Buena muggle, tenía que haberse dado por satisfecho. Pero no.

Cuando Jim le llamó la mañana del día de fin de año para invitarle a aquella maldita fiesta, tenía que haber dicho que no. Pero le pudo la soledad o tal vez el aburrimiento.

La fiesta era de disfraces, y como ese día iba a ser imposible alquilar o compra alguno, preguntó a la única persona que podía ayudarlo.

iVioleta era un fanático de los disfraces/i —le dijo Lisistrata al otro lado del auricular—i. ¿Por qué no preguntas a su mayordomo? ¿Seguro que él te puede decir dónde los guardaba?/i

Dicho y hecho. En la buhardilla, Violeta había mandado construir un vestidor sólo para sus disfraces. Curiosamente, Draco nunca había sentido intriga por esa parte de la casa y no había preguntado ni entrado nunca.

Había cientos de disfraces perfectamente guardados en sus cajas, cada una con una foto de Violeta con él y con una etiqueta que ponía las ocasiones en que lo había llevado.

Astronauta, mosquetero, marine americano, motero, bailarina de ballet clásico… el problema ahora era elegir. Diablo, diabla, ángel, payaso, zombi... ¿Brujo? Giró la etiqueta para leerla. i"Halloween 1999 – fiesta de Sam/i". La foto estaba algo descolorida, pero se distinguía bien la ropa. Pantalón negro, probablemente de cuero, camisa blanca con chorreras, capa gris perla y sombrero de pico del mismo color con una enorme hebilla brillante. Para acabarlo de rematar, se había puesto una peluca de color oscuro.

Cogió la caja y se la llevó a la habitación que estaba usando mientras reformaba la casa. Había dejado la de Harry y se había propuesto hacer algunos cambios para así poder olvidar y comenzar de nuevo. La abrió y observó que dentro sólo estaban los complementos, el gorro, la capa y un palo de plástico que debía ser la varita.

—Estupendo —pensó irónicamente llamando al mayordomo—. Seré un mago disfrazado de brujo en una fiesta de muggles —unos suaves golpes de nudillos llamaron su atención—. ¡Adelante!

—¿Desea algo el señor?

—Sí. Desempolva esta ropa y asegúrate de que esté preparada para esta noche.

—Bien, señor.

Con la muerte de Violeta, había decidido liberar de sus contratos a Jacob, el mayordomo, y a Katia, la cocinera, pero ambos se negaron a aceptarlo y decidieron quedarse con él.

Se miró al espejo. El disfraz era discreto y no daba pie a posibles malos entendidos, pero, por si acaso, se había puesto un pantalón de tela en vez de uno de cuero y una camisa blanca sencilla abrochada hasta el último botón. Conocía esas fiestas y no quería meterse en ningún lío del que luego pudiera arrepentirse. Además, pretendía regresar pronto a casa.

Como habían quedado, Jim le pasó a buscar en su coche una hora antes de la media noche. Iba disfrazado de cowboy, aunque sin camisa y sin pantalones.

—Vas muy discreto —dijo tras saludarle.

—Estoy viudo desde hace menos de un mes —se justificó.

—Violeta estará riéndose de tu estupidez en su tumba —dijo arrancando su Mini—. Vamos al local de un buen amigo mío y seremos unas veinte personas que conoces en su mayoría del gimnasio, estarás como en familia.

La música estaba demasiado alta y hacía mucho calor en el local, así que dejó la capa en el guardarropa y comenzó a beber y a divertirse.

No se dio cuenta de en qué momento su camisa se había desabrochado, ni tampoco de cuándo los cuerpos de los dos chicos con los que bailaba se habían acercado tanto. Pronto, el alcohol bajó sus defensas, y cuando le ofrecieron unas pastillas blancas con el dibujo de una corona no pensó en nada. Encogiéndose de hombros, se las tomó con un trago de ginebra. Hacía ya tiempo que no consumía, pero ya lo había hecho otras veces y nunca había dejado de controlar.

Bajaron la música y subieron las luces para que todo el mundo prestase atención a la televisión en la que la BBC retransmitía las doce campanadas del Big Ben, que anunciarían el cambio de año.

Pronto empezó la cuenta atrás, la gente se emocionaba y contagiaba su alegría al de al lado.

—"i…TRES, DOS, UNO… ¡FELIZ AÑO NUEVO!/i" —resonó por todo Londres.

En la fiesta, las copas empezaron a chocar entre sí en brindis deseosos de felicidad. La gente empezó a besar a sus amigos y compañeros, y fue en ese momento cuando Draco se dio cuenta de que estaba solo.

Un enorme peso se instaló sobre sus hombros y se le removió el estómago. ¿Dónde demonios estaba Harry cuando más lo necesitaba? Nunca estaba para él. Ni en los momentos finales de Violeta, al que también abandonó, ni en su entierro, ni cuando en San Mugo le humillaban de vez en cuando… ¡Ni tan siquiera estaba para compartir lo bueno! Podía haber estado con él y su familia… porque ahora él, Draco Malfoy, volvía a tener familia… podían haber celebrado la Navidad y… ¿Por qué estaba solo? ¿Por qué su primer brindis del año no había sido con él? Seguro que estaba de juerga con los compañeros, o peor, chupándosela a alguno.

—Sall y yo queríamos empezar bien el año haciendo un sándwich —susurró a su espalda con voz sugerente uno de los chicos con los que había estado bailando—. Nos preguntábamos si te apetecía ser el queso.

El tal Sall se acercó más por delante. Tenía los ojos verdes, no como los de Harry, pero… Notó como le acariciaba su entrepierna por encima del fino pantalón y, sin poder evitarlo, una sonrisa estúpida se instaló en su rostro.

Por una vez, Draco no pensaba. Sentía que le quitaban la ropa depositando besos y caricias por todo su cuerpo. Se negó a pensar en Harry, él estaría haciendo lo mismo y si no… "i¡que se jodiera!/i" pensó mientras besaba a uno de los dos hombres e intentaba desabrocharle el cinturón.

Pronto notó como su pene era acariciado por una ávida lengua y suspiró borrando cualquier pensamiento de culpa de su mente. Dos dedos comenzaron a prepararlo por detrás.

Cuando se quiso dar cuenta estaba dentro del culo del tipo de ojos verdes empujando con fuerza. Éste gemía buscando desesperado mejor apoyo del que tenía, ya que no había contado con el tamaño del miembro del rubio ni con su fuerza.

Draco perdió el ritmo al notar que le separaban las nalgas y le introducían de nuevo los dedos. Llenó sus pulmones de aire y lo soltó lentamente, dejando que lo penetrasen con suavidad. Una alarma sonó en su interior, algo no estaba bien, sabía que se estaba equivocando, pero ya no había solución. El hombre comenzó a moverse con un ritmo lento que le contagió a él.

Llegó al orgasmo, su cuerpo no le traicionó como él estaba haciendo con Harry. Ahora comenzaba a verlo de otra manera. Según bajaban los efectos del alcohol y lo que fuera que hubiese tomado, se iba sintiendo más miserable y sucio.

Jim salió del cuarto oscuro y miró su reloj. La noche era joven, apenas eran las cuatro de la madrugada. Miró a su alrededor buscando hambriento alguna de las bandejas con comida que había repartidas por toda la habitación.

En la esquina opuesta, vio a Draco sentado en un sillón. Estaba escasamente vestido y tenía la mirada perdida. Se acercó a él.

—Veo que después del trío te has derrumbado.

—¿Quieres meterme mano tú también? ¿O prefieres una mamada? Hoy las chupo gratis —respondió con amargura.

—Creo que ya te has humillado lo suficiente.

—Es lo que soy… lo que siempre he sido… Un genial chupapollas. Violeta me caló enseguida, por eso me enseñó.

—Si lo que dicen de ti es cierto —dijo sentándose a su lado—, eres un dios en la cama. Pero Violeta y Harry han visto en ti mucho más que una enorme verga —Draco recordó que Jim era uno de los mejores amigos del moreno, así que probablemente sabría todo lo que había entre ellos dos.

—Me siento como una basura. Le he vuelto a traicionar. Le dejé por el dinero de Violeta y ahora…

—Estás solo… Él está por el continente y tú aquí. No te va a reprochar nada a su vuelta, Draco.

—Cuando se lo cuente, no volverá a tocarme.

—No creo que necesite saberlo, pero si se entera, te aseguro que no te dirá nada.

—¿Por qué? ¿Crees que él también me es infiel?

—¡Quién sabe! —suspiró dándole una palmada en la rodilla—. Él también está solo, pero si lo hiciera cuando está lejos de ti, ¿te gustaría que te lo contase? —el rubio negó con la cabeza—. Te llamaré un taxi para que te lleve a casa.

Tres días después, aún no se había levantado de la cama. Hecho un ovillo bajo las mantas, dormitaba día y noche. No pensaba volver a trabajar o a estudiar. De hecho, no pensaba volver a salir de su cueva. Quería morir allí, escondido y protegido del mundo exterior.

Escuchó el timbre de la puerta y a su mayordomo hablando con alguien mientras subían las escaleras. Seguramente habrían llamado a un médico o a la policía preocupados por él.

No contestó a los suaves golpes que dieron en su puerta y tampoco sacó la cabeza de entre las sábanas para ver quién había venido.

—No te preocupes, yo me encargo. Preparadle el baño y algo para desayunar —aquella voz…

—Pero señor…

—Tranquilo que en diez minutos está en pie —después de eso, escuchó la puerta cerrándose con suavidad.

—¿Harry? —preguntó temiendo que fuese un sueño o un delirio.

—Son las cuatro de la tarde, Draco —empezó a tirar de las mantas y las sábanas—. Acabo de llegar de Polonia y estoy demasiado cansado para esto. Haz el favor de levantarte y…

—¡Harry! —exclamó alegre saliendo de su escondite.

El moreno estaba mucho más delgado y con unas enormes y oscuras ojeras que ocupaban gran parte de la cara. Realmente se le veía agotado.

—Levanta y date un baño, apestas. Además, me ha dicho tu mayordomo que no comes y te pasas el día en la cama desde fin de año, ha estado preocupado y a punto de llamar al hermano de Violeta. ¿Se puede saber qué te pasa?

—¿Y a ti? —Harry suspiró cansado y asintió con la cabeza.

—Perdona, cariño —dijo sentándose a su lado e intentando darle un beso. Draco apartó el rostro—. Estoy agotado. Venía a decirte que ya he vuelto y a descansar un poco a tu lado. No esperaba encontrarte en este estado.

—¿Me sigues amando? No me habrás sido infiel, ¿verdad?

Harry le miró serio de nuevo. Se puso despacio en pie y se alejó.

—No he tenido tiempo ni para mear, así que mucho menos para otras cosas… Draco, todo esto… ¿es por eso? —preguntó intentando controlar su creciente enfado—. ¿Estás montando todo este número por otro de tus ataques de celos? —el rubio le miró con sorpresa—. No tengo tiempo ni ganas de esto, en serio —dijo comenzando a andar por la habitación—. Vamos a hacer una cosa. Me voy a mi casa a descansar. Tú te calmas y vuelves a comportarte como el prepotente que eres y nos vemos esta noche para cenar.

—No es por eso. Es que yo me sentía solo y enfadado…

—No. No te he sido infiel —dijo cortándole bruscamente—, y francamente, no me interesa si tú has tenido o no sexo con otros. Sé cómo eres, que has vivido situaciones desagradables últimamente y que yo no he estado contigo… está en tu naturaleza. Además, me dijiste que hubo clientes con los que no pudiste cerrar la puerta del todo —afirmó con gesto cansado—. Déjame descansar unas horas y luego vuelvo y hablamos. Por favor.

—Júrame que siempre me serás fiel.

—Esta noche hablamos —dijo abriendo la puerta de la habitación. O se iba en ese instante, o acabarían discutiendo.

Giró la llave de la puerta despacio y entró. Draco no escuchó ruido alguno en el apartamento de Harry.

Dejó su abrigo sobre el sofá y se asomó a la habitación. El moreno dormía. Debía haber vuelto muy cansado porque había salido de la ducha y se había tirado boca arriba sobre la cama sin deshacerla con la toalla aún puesta sobre sus caderas.

Su plan era esperarlo hasta que despertara, pero ver ese cuerpo casi desnudo a su disposición le hizo cambiar de idea.

Se desabrochó los puños de la camisa para remangárselos hasta los codos y se descalzó antes de subirse despacio a la cama y colocarse entre las piernas abiertas de Harry. Con mucha destreza le abrió la toalla.

Se permitió unos segundos observar el cuerpo del moreno. Estaba más delgado y habían aparecido algunas cicatrices nuevas, ninguna era importante salvo una que parecía no haber cicatrizado aún porque estaba algo rosada. Tenía forma de media luna e iba desde la última costilla izquierda hasta el costado. La herida tenía que haber sido bastante profunda y, si sus conocimientos de pócimas no le fallaban, hacía más o menos dos o tres días que se la comenzaron a curar. Debió ser un hechizo cortante.

Puso con suavidad las yemas de sus manos en los muslos del moreno y comenzó a acariciarlo mientras se inclinaba sobre ellos. Con la primera lamida, Harry se movió con rapidez para coger su varita.

—Tranquilo —le susurró incorporándose un poco para depositar besos lentos en la cara—. Soy yo. Ya estás en casa. Estás a salvo —el moreno suspiró con fuerza.

—Draco —dijo medio dormido—, ¿qué haces tú aquí?

—Pedirte perdón —le susurró empujándole suavemente para que se tumbara de nuevo—. Tú sólo cierra los ojos y relájate. Luego hablamos.

Lentamente, comenzó a descender depositando pequeños besos en el rostro, cuello y pecho del moreno. Se entretuvo en el abdomen, en donde comenzó a hacer pequeños caminitos de saliva con la lengua para luego soplar, provocando algún que otro suspiro de su amante. Mientras, sus manos acariciaban la piel sensible de los muslos, en los que sus dedos pulgares dibujaban pequeños círculos relajantes.

Disfrutó unos segundos más admirando al moreno antes de colocarse en una posición más cómoda. Harry estaba completamente entregado y su pene comenzaba a mostrar signos de vida. Sonrió mientras metía sus manos bajo el cuerpo relajado para acariciar sus firmes nalgas y descendía para lamerlo.

Primero recorrió varias veces todo lo largo que era, deteniéndose en la hendidura de la punta, lo que pareció gustarle al Gryffindor ya que gimió con suavidad. Luego, liberando su mano derecha, comenzó a juguetear, acariciando toda la zona antes de volver de nuevo al pene y masturbarlo con fuerza un par de veces. Harry gimió con más fuerza y elevó la cadera buscando más contacto, momento que aprovechó el rubio para introducirle el dedo medio de la mano izquierda por el ano.

El moreno suspiró con fuerza dejándose penetrar. Como Draco le había enseñado, no llevó sus manos hacia la cabeza del rubio sino que las estiró sobre su cabeza y abrió un poco más las piernas.

—Buen chico —susurró el rubio masturbándole de nuevo.

Lamió con deseo desde la piel suave bajo el escroto, recorriendo sin parar la entrepierna, hasta llegar de nuevo a la punta del pene. Depositó un beso y lentamente comenzó a introducírsela en la boca, ayudándose con la mano.

A medida que él descendía, el moreno gemía con más fuerza y hacía mayor esfuerzo para no empujar. El dedo que se movía en su interior acariciaba su próstata sin descanso. Y más tortuoso fue cuando, aún más lentamente, Draco empezó a subir, apretando fuerte con los labios.

—Tu piel sabe deliciosa —susurró sacando su dedo. Necesitaría sus dos manos ahora.

Harry abrió los ojos dispuesto a decir algo, pero los cerró de inmediato al notar como la boca de Draco se apoderaba de él y se lo introducía de nuevo. Esta vez, sujetando la cadera del moreno, comenzó a subir y bajar, jugando con su lengua y sus labios, cada vez un poco más profundo y más rápido.

Harry perdió el control y empezó a querer moverse, estaba terriblemente excitado y necesitaba vaciarse. En otras circunstancias, Draco le habría frenado el orgasmo para poder seguir jugando, pero sabía que el moreno estaba cansado. Observó unos segundos el pene duro y oscurecido de su amante antes de ayudarlo a llegar. Sólo le hizo falta recorrerlo con la lengua desde la base para que Harry gimiese con fuerza y, cuando volvió a cubrir la punta con su boca, el moreno elevando la cadera eyaculara.

Tragó con rapidez lo que pudo y luego con tranquilidad lamió el resto. Harry comenzó a respirar con regularidad mientras él terminaba su trabajo. Sonrió al ver que el moreno se había dormido de nuevo.

Le metió bajo las sábanas y se desnudó. Dejando sin atención su propia erección, se introdujo en la cama a su lado y lo abrazó. No se dormiría, pero sí velaría sus sueños.

Cuando el moreno se despertase le haría el amor y luego… luego hablarían todo lo que no habían podido en el pasado.

-Gracias por leer, ¿continuará?-