El sustituto: Capítulo 25
(POV Han)
Han Solo llevaba años sin planear una cita tan detalladamente.
Las vacaciones de verano estaban llegando a su fin y, antes de que Leia fuese de viaje con sus padres, había querido pasar un día diferente y divertido con ella. El parque de atracciones le pareció el sitio ideal, a pesar de la angustia que, desde pequeño, le provocaban las montañas rusas. Solo esperaba que Leia no mostrase especial interés por subirse a esa atracción en concreto o, en ese caso, iban a tener un problema. Aún así, se sentía con muchas ganas de pasar otro día con su chica. Últimamente pasaban demasiado rápido para su gusto, pero cuando no estaban juntos se le hacían eternos. Han se sentía tan enganchado a Leia que estaba convencido de que dejar una droga sería mucho más fácil que dejarla a ella. Intentaba recordar si había sentido algo parecido con sus primeras novias cuando era un adolescente, pero siempre llegaba a la misma conclusión: que lo que sentía por aquella joven no lo había sentido por nadie. Nunca.
Esa mañana, condujo hacia la casa de los Organa con tranquilidad, contento porque los padres de Leia no estarían allí para recibirlo. No es que tuviese nada en contra de Bail y Breha, pero su relación seguía siendo bastante tensa, a pesar de que ambas partes intentaban tratarse con respeto, y Han seguía sintiéndose bajo prueba cada vez que estaba delante de ellos. Pero ese día, Leia le había dicho que sus padres iban a una convención con sus tíos y que, por lo tanto, no debía enfrentarse a ellos ni vestirse como alguien que no era.
Aparcó su coche en la puerta y se dirigió hacia la entrada de la casa. Llamó al timbre y esperó. Le pareció extraño que Leia tardase en responder, ya que normalmente salía a recibirlo y atraparlo en sus brazos en cuestión de segundos, pero no le dio mucha importancia. Estaba a punto de volver a llamar cuando la puerta se abrió bruscamente y dos pequeñas cabezas se asomaron por ella.
–Um...Hola–dijo Han, mirando a los desconocidos–. ¿Está Leia en casa?
Los niños lo miraron con curiosidad y cuchichearon entre ellos, antes de echarse a reír.
–¿Eres su novio?–preguntó la niña. Parecía que encontraban la situación de lo más divertida porque no podían parar de soltar risitas.
Han abrió la boca para responder cuando escuchó el grito de Leia desde dentro de la casa. Escuchó sus rápidos pasos y la vio aparecer pocos segundos después, arrastrando a un tercer niño más pequeño de la mano. La chica lo miró de reojo antes de volver su atención a los pequeños.
–¿Se puede saber por qué habéis abierto la puerta sin mi permiso?–dijo, con un tono de autoridad que Han pocas veces había escuchado–. ¿Y si es un ladrón o alguien que os quiere hacer daño?
–Pero sabe tu nombre, prima–respondió el niño más mayor, poniendo cara de inocente–. No tiene pinta de ladrón.
–Ah, claro, porque como tú has visto tantos ladrones, puedes reconocerlos perfectamente, ¿verdad, Kendar? Menos mal que contamos con tu experiencia–Han no pudo evitar sonreír al ver la cara que había puesto el crío tras la bronca de Leia. Ella lo miró y le hizo un gesto con la cabeza–. Entra.
Los pequeños se apartaron y Han obedeció, asegurándose de cerrar bien la puerta a sus espaldas. Leia suspiró antes de volver a hablar.
–Vosotros dos, volved al salón con vuestro juego–los niños asintieron, antes de echar a andar–. ¡Y nada de pegar a tu hermano, Dania!–Leia miró a Han y sonrió con culpabilidad–. Son los hijos de mi tía. La mujer que iba a encargarse de ellos se puso enferma y mis padres los han traído aquí–explicó–. Lo siento mucho, Han, no vamos a poder ir al parque de atracciones.
–¿Y qué hay de Luke?–preguntó él.
–Está fuera de la ciudad, con sus amigos. No me queda otro remedio–Han asintió y desvió la mirada al pequeño que todavía tenía su mano unida a la de Leia. Ella se echó a reír antes de continuar–. Este es Ethan. Es un poco tímido. Este es mi amigo Han–le dijo al niño, que solo lo miró un segundo antes de pegarse más a las piernas de su prima. Leia se encogió de hombros en señal de disculpa.
–No te preocupes, le entiendo. Yo también me refugiaría ahí.
Leia lo golpeó para que no hablase de esas cosas delante del pequeño y él se echó a reír al ver su sonrojo. Tendrían que cancelar su tan planeada cita pero, aún así, Han no se quejaba. Ver a Leia de babysitter no estaba nada mal.
…
–¡Kendar, ten cuidado con ese vaso!¡Dania, para, no le tires agua!
Han suprimió las ganas de reír, sabiendo que eso solo le traería problemas, mientras escuchaba a Leia controlar a sus rebeldes primos en la cocina. El pequeño Ethan seguía sentado a la mesa junto a él. Ya había cogido un poco de confianza y al menos no le esquivaba la mirada, aunque era bastante reservado. Totalmente opuesto a sus hermanos, que habían vuelto loca a su prima toda la mañana. Leia volvió a entrar al salón seguida de ambos niños y con cara de cansancio.
–Vamos, Ethan, es la hora de la siesta.
El niño saltó de su asiento, obediente, y agarró su mano mientras Kendar y Dania se quejaban en voz alta. Era evidente que no querían dormir, pero la mirada que les dedicó Leia los hizo callar al instante. Incluso Han se sintió por un momento obligado a dormir y los siguió hasta la habitación. Era la de Bail y Breha, ya que tenía la cama más grande, y eso le hizo sentir un poco incómodo. Como si no debiese estar allí. Estaba seguro de que Bail no lo querría allí.
Leia le cedió el puesto de cuenta-cuentos y Han tuvo que narrar a los tres niños la historia de una guerra que siempre explicaba en sus clases, aunque esa vez adornada y censurada para la edad de los pequeños.
–¡Yo quería una historia de princesas!–se quejó Dania, interrumpiendo su narración.
–¡Cállate, Dania, quiero saber el final!–Han se alegró de que los hermanos mayores estuviesen separados por Ethan, ya que estaba seguro de que, de no ser así, habrían empezado a pelearse.
–Bueno, es que yo no me sé ninguna historia así–dijo, sonriendo mientras un pensamiento cruzaba su mente–. Pero quizá tu prima sí.
–A la prima Leia no le gustan esas historias. Dice que las princesas son estúpidas y tiene razón–contestó Kendar, cruzándose de brazos.
–Pero eso no es cierto–repuso Han, antes de que Dania empezara a quejarse de nuevo–. Hay princesas guerreras, que no son estúpidas.
–¿Princesas guerreras?–la niña frunció el ceño, no muy convencida–. ¿Como cuales?
–Como tu prima–Han sonrió ante la cara de confusión de los tres niños.
–¿Leia es una princesa?–preguntó Ethan, con voz adormilada.
–La mejor de todas–respondió él, guiñando un ojo al niño.
…
Cuando Han terminó de contar su historia, apagó la luz de la habitación y salió de ella haciendo el mínimo ruido posible. Se dirigió hacia la cocina, donde Leia seguía recogiendo y limpiando los restos de la comida. La encontró frente al fregadero, de espaldas a él, y no pudo resistir acercarse sigilosamente a abrazarla. Dio un pequeño respingo, sorprendida, pero se dejó abrazar con gusto.
–¿Ya se han dormido?–Han asintió, apoyando la barbilla en el hombro de la chica–. Genial, ahora me puedes ayudar a terminar con esto.
–Hey, yo he cocinado y contado los cuentos. Esto te toca a ti solita–Leia dio media vuelta entre sus brazos para mirarle de frente, alzando una ceja.
–Has cocinado porque te has ofrecido...
–Porque tu ibas a acabar quemando la cocina–la interrumpió él, sonriendo–. No sé cómo tus padres te dejan sola, Leia. Pero los platos te toca limpiarlos a ti. ¿O acaso me estás utilizando?–la chica sonrió y puso los brazos alrededor de su cuello.
–Oh, me has pillado. Lo admito. Te estoy usando como esclavo.
–¿Esclavo?–Han acarició su cintura, acercándola más a su cuerpo–. Me gusta cómo suena eso...–susurró, inclinándose hacia ella.
–Eres un sinvergüenza.
–Eso también suena bien...
Leia rió antes de unir sus labios en lo que pretendía ser un beso casual. Pero era la primera vez que la besaba en todo el día y no pudo evitar aprovechar el momento a solas. Leia llevaba unos pantalones cortos que seguramente sus padres no hubiesen aprobado por nada del mundo y Han no estaba seguro de si se los había puesto para torturarlo o simplemente tenía calor, pero no iba a quejarse de las vistas que le habían proporcionado durante toda la mañana. Bajó una de las manos que reposaban en su cintura hacia las piernas de la chica y volvió a subir, acariciando la piel de sus muslos.
–¿Tienen el sueño muy ligero tus primos?–preguntó con voz ronca, esforzándose por encontrar las palabras mientras los labios de Leia recorrían su cuello.
–No demasiado–la escuchó murmurar, concentrada en su tarea de volverle loco.
–Mm...Entonces es hora de su siesta, señorita Organa–respondió él, mientras cargaba a la chica en brazos y salía de la cocina en dirección a su habitación.
–¿Vas a demostrarme lo sinvergüenza que eres?
–Entre otras cosas, cariño. Entre otras cosas.
Continuará.
