Treinta Días

Disclaimer:

Los personajes de yyh no me pertenecen, son propiedad de Yoshishiro Togashi. Yo sólo les uso para pasar un poco el rato.

Notas:

Muchas gracias a esas personas que me han dejado sus comentarios, no saben lo feliz que he sido al leerlos. Respondiendo a una pregunta, si, Kurama sigue en silla de ruedas, sorry, es que estoy tan familiarizada con la imagen del zorro en ella que olvido mencionar a la silla (risas), trataré de mencionarla más seguido porque presiento que si no lo hago me va a pedir la renuncia xD

Les dejo, espero que este capítulo les guste tanto como el anterior.

Besitos


Capítulo XXV

"Déjenme gritar I"

.

-En algún lugar de París-

No recordaba exactamente lo que había pasado, sin embargo, en su mente comenzaron a formarse imágenes saltadas con destellos de lo que había hecho; recordaba vagamente el aroma del chocolate caliente que estaba bebiendo y de los pasteles de vainilla recién salidos de un horno, el cual supuso, debió de pertenecer a una cafetería. ¿Pero qué había pasado en esa cafetería? Pocas cosas eran las que podía rememorar si se detenía a pensarlo, pero supuso que por el miedo que experimentaba aún en su pecho que aquello no debió de ser hace mucho tiempo; supuso, que quizás aquello ocurrió esa misma mañana porque sentía un fuerte dolor atrás de la cabeza y su corazón aún palpitaba con demasiada velocidad.

Oh, si tan sólo supiera en dónde estaba…

Sentía las manos apretadas y la verdad no tenía ninguna sensación en las piernas, sabía que llevaba el mismo pantalón de tela, la misma camisa por el aroma de su perfume y aún yacía en sus labios el sabor dulce de aquel chocolate caliente.

Intentó moverse, enseguida su cuerpo percibió un frío mortífero por lo que este pareció dolerle con una intensidad tal que Kurama creyó que moriría. Crujieron unos huesos de su rodilla y experimentó una punzada en medio de su cadera cuando percibió el roce de un piso de piedra debajo de su pantalón. Abrió los ojos, pero el intento le provocó mayor desolación cuando vislumbró sobre ellos una tela oscurecida.

No veía nada a través de ese pedazo de ropa, y no había nada que pudiese hacer al parecer.

Oh, pero recordaba el tacto de su celular en su mano antes de perder el sentido, recordaba las letras usadas y la velocidad desesperada con la que había escrito un mensaje para Hiei antes de verse acorralado por unas salvajes y huesudas manos.

Sabía que había alcanzado a enviarse el mensaje antes de que hubiese soltado su celular en medio de aquella cafetería, y este, se hubiera quedado irremediablemente tirado en el suelo. Kurama se giró al sentir un ruido, el aroma de un desinfectante yacía cerca de él y sus oídos escucharon el sonido producido por una puerta siendo abierta y cerrada cada veinte o treinta minutos.

Oh, Morgana, ¿y ese aroma a humedad por qué se le hacía conocido?

Kurama trató de saber dónde estaba por segunda vez, sin embargo, en su mente se instaló una vocecita diciéndole que aquello era estúpido, porque no podía ver, no podía moverse.

Y sabía, quizás porque el corazón se lo decía a gritos que estaba solo.

Y que nadie sabía dónde encontrarle.

-Ayúdame-en seguida el mensaje regresó a su memoria, el rostro de Kuroune al saludarle y decirle que se iba con él aunque no quisiera; recordó el forcejeo, el grito y la manera en que le cubrió la boca con un paño humedecido. Sus ojos mirándole con furia y el tacto de las manos que antes de sostenerle por estar a punto de desmayarse le habían golpeado en su cabeza.

Luego de eso…no recordaba nada…

Respiró con fuerza, escuchó una risa cerca de su rostro, y percibió el aliento de una boca a su lado; se petrificó cuando experimentó el roce de la yema de un dedo sobre su pómulo. Se mordió un labio, no pudo evitar temblar.

-Shhh, ya, ya-al escuchar esa voz hablándole Kurama sintió la horrible necesidad de querer llorar, oh, es que eso ya había llegado demasiado lejos.

Karazu estaba al lado suyo.

No tenía que quitarse la venda para saberlo, no tenía que aspirar el aroma de su perfume de marca ni tenía que mirar el brillo de sus ojos azules para saber que estaba a su lado.

No, nadie tampoco se lo tenía que decir porque reconocería esa risa en cualquier parte del mundo, y podría evocar el sonido y el sarcasmo, un tanto sádico de su voz cuando estaba feliz.

Kurama forcejeó, pero nada pasó. Al mover sus manos experimentó un calambre.

-No hagas cosas inútiles amor, las mordazas que te he puesto son muy buenas-y esa voz volvía a hablarle, esa voz volvía a paralizarle de miedo como le había ocurrido hace ya muchos años.

Y él pensaba que ya no le tenía miedo a su voz.

Que iluso había sido.

En seguida, un recuerdo se apoderó de su cabeza, Kurama al tratar de moverse golpeó su espalda en una pared sólida, estaba mojada y le dolió el impacto, por ende, podría asumir que no se encontraba en un centro comercial ni en un departamento.

Y por la falta de luz que experimentaba a través del vendaje a pesar de que yacía ahora con los ojos abiertos, Kurama pensó que seguro, estaba en un sótano.

Al respirar con fuerza el modelo dejó de sentir la yema de Karazu sobre su rostro, el corazón comenzó a tranquilizarse un poco debido a esa acción, escuchó enseguida como otra persona emitía un bufido, y Kurama se mordió los labios mientras pedía a gritos en su mente que alguien hablara en ese sótano.

Si nadie decía nada, sabía que enloquecería.

-¿No crees que esto ya es demasiado Karazu?-la voz de Kuroune, Kurama apretó un puño, las manos yacían sobre sus rodillas amordazas por una cuerda, y sentía los pies descalzos.

-No, nunca será suficiente Kuroune-del otro lado el jugador cerró los ojos, yacía con la espalda apoyada sobre la madera de la puerta que mantenía aislada aquella habitación del resto del edificio, si no fuera porque le amaba tanto sabía que lo golpearía, pues esa era una de las cosas que él no tranzaba; vale, entendería el obsesionarse con alguien, pero ya el raptarlo como si fuese un mero juguete que podías usar cuando quisieras rayaba en el desquicio.

Kuroune bajó la mirada al suelo, el piso estaba bastante mojado, sintió el latir de su corazón en su pecho y el peso de su cuerpo que descansaba en la madera de la puerta.

En ese minuto, Kuroune pensó que si no decía realmente lo que estaba pensando, sabía que jamás lo haría.

-Lo siento, pero no quiero seguir en esto- Karazu giró su visual hacia los ojos de Kuroune, le miró estudiándolo como si buscase signos de ironía o algún indicio que le dijera en lenguaje mudo que aquello no había sido dicho enserio.

Lástima que no encontró nada.

Karazu se llevó un dedo a la boca, y meditó la posibilidad de perder a Kuroune.

Pero en ese minuto, la verdad no sentía que sería una gran pérdida si tenía a Kurama a su lado ahora.

-Creo que sólo tienes que familiarizarte con el sistema cuervito, mira, te dejaré un rato con el chico, cuando vuelva estoy seguro que ya no te dará nada el que lo tengamos encerrado-exclamó el otro mientras movía sus manos juguetonamente, y le sonreía con una malicia mezclada de amor.

Kuroune no pudo evitar sonrojarse cuando Karazu le hubo mirado con esos ojos y sonreído de aquella manera, y se odió a si mismo por segunda vez en un día.

-Está bien, me quedaré con él un rato-dijo, Karazu se levantó del suelo, enseguida, sacudió con una de sus manos el polvo y las piedrecillas que se habían quedado marcados en la tela de su pantalón. Kuroune vislumbró como este se levantaba, y depositaba un beso en una de las manos amordazadas de Kurama.

-Volveré pronto cherrié-dijo, y Kuroune experimentó una punzada de dolor en el pecho al vislumbrar aquello.

Pero no le gritó.


-Dentro del sótano-

No sabía qué hacer, la verdad era que estaba cansado, más de lo que cualquier otra persona podría estarlo en su vida. Kuroune vislumbró el instante en que se quedaba a solas con el pelirrojo, y ahora, que estaba a unos metros de él, pensó que aquello era lo más horrible que le había tocado vivir en sus veinte y siete años.

¿En qué momento se había transgredido el camino? ¿En qué minuto se había truncado su relación con Karazu? Kuroune buscaba respuestas a preguntas que llevaba guardando demasiado tiempo, pero de las que conocía de sobremanera la verdad.

Siempre el camino estuvo truncado, siempre el amor de Karazu jamás fue suyo.

Oh, como le dolió reconocer finalmente ese detalle.

-¡Maldita sea, por qué tienes que estar vivo! ¡Por qué no te moriste esa tarde cuando te atropellaron!-le gritó, Kurama se estremeció al escuchar aquello, como acto reflejo se apegó a la pared del sótano, pero a diferencia de lo que pensó el pelirrojo jamás recibió una bofetada ni una patada en su cuerpo como desquite por parte del otro hombre.

Kuroune jamás le levantó la mano.

-¿Podrías… quitarme al menos el vendaje?-el pelinegro escuchó su pregunta, se tapó el rostro con ambas manos mientras sentía que todo su mundo se desmoronaba, respiró. Él esperaba que el modelo le dijese otra cosa, pero en lo último que pensó fue en aquella petición.

-¿Para qué luego te burles de mí al hacerlo Kurama?-

-Sólo quiero hablar mirándote a los ojos, sé que son preciosos-escuchar su voz fue demasiado para el corazón del pelinegro. Se mordió un labio, llevó la cabeza sobre la madera de la puerta.

Cerró los ojos.

-¿Fue por la voz que supiste que era yo?-

-Algo así, no estuve seguro hasta que Karazu mencionó tu nombre- el otro se llevó una mano a la cabellera que ahora, yacía suelta y le llegaba por debajo de la cintura. Kuroune dejó salir un suspiro, se acercó despacio y cuando Kurama experimentó como los dedos del otro comenzaron a desanudar la venda, pensó que seguro no existía persona más suave para realizar aquellos movimientos con sus manos como Kuroune.

Cuando al fin pudo ver, Kurama se encontró con los azules del pelinegro, recordaba haber visto su rostro el en estadio cuando Corea se hubo enfrentado con Tokio, recordaba el brillo y el efecto entre juguetón y rebelde que había presenciado en esos ojos.

Pero ahora ya no veía esos ojos… ¿por qué?

-¿Qué te ha pasado?-le preguntó, Kuroune se estremeció.

Involuntariamente bajó la mirada.

-Nada, sólo que es la primera vez en que realmente me doy cuenta lo cansado que estoy-dijo, Kurama sonrió, Kuroune le respondió de igual forma. -¿Es extraño no?, se supone que ahora debería de estarte gritando o algo por el estilo, pero…-

-¿Pero?-

-Hace días que no logro entenderme y no tengo ganas de gritarte. No puedo descifrar que siento, no sé qué me pasa cuando te miro, cuando me habla de ti. No sé odiarte, no puedo odiarte. Y ahora teniéndote tan cerca mi corazón me dice que quiere golpearte o simplemente dejarte aquí. La verdad, quería matarte, y listo, tú desaparecerías y no habría más problemas.-Kurama tragó saliva al oír aquello, se estremeció cuando el otro le dijo que había pensado en matarle.

-¿Y por qué no has intentado hacerme daño?- Kuroune volvió a mirarle a los ojos, y de repente, fue como si ese amor que veía en sus ojos azules se hubiese desvanecido en un instante, en seguida, el otro golpeó la pared con su puño, logrando que el ruido se grabase en la memoria de Kurama.

Y tuvo miedo.

Kuroune cambiaba muy rápido sus emociones.

-Piensa un poquito si eres tan listo, aunque tu desaparecieras ¿él acaso podría al fin olvidarte?, no, ¡por eso te aborrezco!, ¡porque sé que incluso estando muerto jamás me dejarás ser feliz! En cambio tú sí que lo eres, y no sabes cómo me hierve la sangre cada vez que te veo con ese idiota de Jaganshi, ¡me da rabia porque sé que así se vería nuestra relación si Karazu te olvidara!, pero eso no va a pasar porque mientras estés vivo serás un recordatorio de ese amor que aún no ha muerto, ¡y yo como estúpido que soy seguiré detrás de él soñando que algún día se dará cuenta de lo que tiene a su lado!, pero eso jamás, jamás va a pasar- Experimentó su corazón vibrando con fuerza, estaba seguro que podía escuchar el corazón de Kuroune gritando por dentro y el sonido del suyo latiendo unísono con el de él.

-¿Y qué me vas a hacer entonces?- Kuroune tragó saliva, otra vez bajó la mirada al suelo.

-Nada…-

-¿eh?-

-No importa cuánto te aborrezca en este momento, sé, por más que deteste la respuesta que tú no tienes la culpa, la culpa es de él por no poder olvidarte. Pero te odio por dejar ese tipo de herida, ¡y es a causa de todos esos sentimientos encontrados y mezclados que he ido guardando que no sé qué más hacer!- Kurama suspiró, recordaba cómo había sido su relación con Karazu, el diseñador lo elogiaba y lo idolatraba como nadie, y aunque al comienzo aquello fue hermoso luego de un tiempo comenzó a dar tanto miedo que no pudo seguir, y simplemente, un día, le dijo que no podía estar más con él.

Pero nunca se preguntó que fue del diseñador luego de esa noche en que le dijo que lo dejaría, nunca se dignó a llamarle, ni mucho menos le permitió ser su manager una vez estuvo de regreso en la agencia; y al día siguiente… Yomi le atropelló por saltarse una luz roja.

En ese momento, había pensado que quizás fue el pago por dejar de esa manera al diseñador, y tardó años en entender que realmente sólo fue mala suerte. Pero él se había recuperado del shock, por el contrario, Karazu aún no lo superaba.

No podía culpar a Kuroune porque Karazu siguiese detrás de él.

Ahora que lo miraba en silencio, y si se fijaba en las expresiones de su rostro Kuroune no se parecía en nada a Karazu, y si se detenía a mirarlo, Kurama sólo veía a alguien que estaba rogando, implorando ser querido; veía a alguien que haría lo que fuese porque esa persona le mirara, le escuchara cuando le contara como fue su día.

Veía a alguien que no entendía el por qué no le amaban.

-No deberías seguir con él, nunca ama realmente a nadie Kuroune-el pelinegro suspiró. Se arrodilló al lado del modelo y apoyó su cabeza sobre la pared del sótano. El aroma del cabello de Kurama estaba muy cerca, ¿olía a vainilla?, no lo sabía con certeza pero tenía cierto parecido con el aroma del cabello de Karazu.

Cuando volvió a mirar a Kurama, el pelirrojo vislumbró el rostro, prácticamente cansado de Kuroune.

-¿Crees que podría olvidarlo?-

Kurama se quedó en silencio, estaba seguro que en ese minuto era preferible escucharle a tener al diseñador adentro.

-Yo creo…que quizás no estabas destinado a Karazu y no lo sabes-dijo, Kuroune se llevó las manos a la cabeza.

No, no podría, no encontraría a nadie igual al diseñador, no encontraría a nadie que le hiciese olvidar sus gestos, sus manías. Su risa.

Se mordió un labio, enseguida, se levantó del suelo. Una mano en el bolsillo de su pantalón, otra en la cabellera.

-Lo siento, pero necesito aire, y estar contigo me confunde demasiado-

-Yo puedo ayudarte…sólo tienes que-

-¡No quiero oírte!, ¡no quiero que me des consejos!, ¡no quiero tener tu maldita voz en mi cabeza!-

Kurama deseó que se girara, deseó poder convencer a Kuroune de que él podía detener aquella locura, de que si solo le daba su mano y le ayudaba a encontrar su silla de ruedas encontraría el final del camino y quizás sería feliz con Karazu. Oh, pero no tenía idea de donde estaba su silla de ruedas, no tenía idea de donde estaba siquiera sus cosas personales.

-No me dejes sólo con él…por favor-pidió finalmente, Kuroune se giró al oír aquello, miró a Kurama esta vez de reojo, pero en su mirada ahora, yacía marcado todo el rencor que una persona podía tenerle a otra en vida.

Kuroune se mordió un labio, miró al otro de pies a cabeza, no, él no le ayudaría, no le diría a Karazu que no se le acercara ni mucho menos se quedaría a su lado viendo como Karazu le mostraba su amor como esa horrible mañana.

Kurama se quedaría allí sólo, y lo que le pasará no era problema suyo.

-No es problema mío-dijo, y Kurama sintió que alguien le había clavado una estaca en el pecho.

-¡No…Kuroune!-cuando Kurama terminó de pronunciar su nombre el otro ya tenía un pie afuera de la puerta.

-Disfruta de su compañía cuando venga a verte, porque yo no entraré para verlo decirte cuanto te ama-exclamó con rencor el pelinegro, deseando, por primera vez que a Kurama se lo tragase el pánico.

Y logró que Kurama temblara al oír aquello.


-En el pasillo del departamento, afuera del sótano-

Karazu Mie Llené yacía apoyado en la pared del pasillo del departamento, al levantar la mirada vislumbró los papeles tapices color verde esmeralda con adornos de rosas blancas y hojas color carmín que cubrían dichas paredes de mármol. Un cigarrillo yacía en su boca, y traía el cabello anudado en una coleta. Sus ojos yacían mirando el suelo, por dentro estaba imaginando el rostro de Kurama cuando le tocase ingresar a él para hacerle compañía unas horas.

Sabía que nadie les encontraría en ese departamento, porque quedaba a unas dos horas del centro de París, y nadie tenía la dirección, nadie tenía otra copia de la cerradura de la entrada y nadie conocía el nombre de Sayuri Ren más que él y Yusuke Urameshi, pero el entrenador de basquetball no sabía nada; y cómo no había cumplido su parte del trato él no le había facilitado la dirección.

Y si lo pensaba, de Yusuke no sabía nada desde aquella llamada telefónica pero suponía que el moreno no era tan estúpido para ir a la policía, el hecho de que le hubiese dicho aquello hace unos días sólo era un medio para asustarlo pero Karazu jamás hacía caso a amenazas de ese tipo, él amenazaba no al revés.

Además, si Yusuke hacía eso iría a la cárcel, y su carrera como entrenador quedaría en nada.

El diseñador olvidó esos pensamientos al escuchar el sonido de la puerta del sótano siendo abierta y no pudo evitar pensar en Kurama, no pudo evitar imaginar lo sedoso de su cabello y lo suave de su piel.

No pudo evitar sentir su pecho latiendo con fuerza al imaginar el sonido de su voz.

Karazu se sonrió, quería contarle que le había comprado ropa, que le había traído telas especiales para diseñarle trajes de corte y añoraba poder colocarle las prendas para admirar como se vería con ella.

Karazu se sonrió al imaginar cómo combinaría esa cabellera rojiza con telas blancas y negro, con pantalones azul oscuro o incluso con chalecos o chaquetas color plata y oro. Kurama siempre fue su muñeca preferida para inventar vestuarios y ahora volvía a tener su modelo cerca y para Karazu aquello era sinónimo de la eterna felicidad. Cuando levantó la mirada al escuchar la puerta abrirse, vislumbró el rostro un tanto confundido de Kuroune; no supo por qué, pero ver su rostro sin vida le preocupó.

¿Qué le había pasado mientras le dejó cuidando del pelirrojo?

-Cuervito-y lo que siguió a aquello no pudo creerlo. Kuroune pasó a su lado sin mirarle, no se giró, no se detuvo, ni siquiera le dijo nada cuando cruzó a su lado como si él no estuviese allí. Karazu se giró enseguida para sujetarle de una muñeca porque aquello había herido en parte su corazón. Kuroune no pronunció palabra a pesar de que el diseñador yacía ahora sosteniéndole una muñeca para que no se fuera, y por más que Karazu no podía creerlo, el pelinegro se zafó con desprecio de su agarre.

Y el diseñador sintió, que el otro estaba experimentando asco al toque de su mano.

-Kuroune-

-No quiero oírte-escuchó, Karazu sintió por primera vez que algo estaba mal, Kuroune miraba aún el suelo, se mordía la boca mientras trataba de evitar que el otro mirase su cara. El diseñador se acercó para abrazarlo porque sentía que quizás eso era lo que el otro necesitaba ahora, pero no pudo hacerlo porque el otro le empujó con fuerza de su cuerpo al percibir el roce de sus brazos y de la tela de su camisa.

-¡No entiendes que me duele que hagas eso!, ¡y quieres abrazarme como si no pasara nada!-exclamó el jugador, Karazu le miró sin entender por qué decía lo que decía, otra vez trató de acercase, pero Kuroune sólo se llevó las manos a la cara, y dejó salir un gemido lastimero por su boca que preocupó de sobremanera el diseñador.

-¡Aléjate!- Kuroune salió lo más rápido que pudo por la puerta principal del departamento, Karazu gritó su nombre una y otra vez para que le mirara pero el jugador no se detuvo ante ninguna de sus llamadas. Lo último que escuchó el diseñador fue el eco de una puerta siendo cerrada y experimentó como lentamente sus piernas comenzaban a temblar y su cuerpo, le pareció ser muy pesado para poder sostenerse en pie.

Karazu experimentó un mareo al recordar cómo el jugador se había cubierto el rostro para que no le mirase, al recordar la voz al decirle que no se le acercara.

-Acaso…yo…- no pudo decirlo en voz alta, pero su mente sabía lo que estaba pensando, ¿Acasose había terminado enamorando del jugador y por eso le dolió el hecho de que no le dejara abrazarlo?

Se llevó un dedo a la boca, lo mordió con fuerza… ¡acaso Kurama era sólo un sueño en su cabeza y no se había percatado de que Kuroune siempre estaba para él cada vez que se lo pedía!

-No pienses en eso, no lo hagas- exclamó a la nada, no, si se detenía a pensar en eso todo lo que había hecho pasaría a ser una mera pantomima, y sólo estaría usando al chico para obtener lo que quería. Karazu se llevó una mano a la cara, no, él no pensaría si amaba o no a Kuroune, Kuroune sólo era un medio para obtener lo que quería.

Kuroune desde el comienzo sólo era parte del sistema y nada más.

Karazu percibió como el aire regresaba lentamente a su pecho, y deseó que el otro comprendiera cuanto quería a Kurama, deseo que él estuviese allí para poder escucharle, deseó tanto mirar sus ojos azules contemplándole con tal fascinación.

Deseaba…deseaba estar con Kuroune esa tarde…¡por qué, debería estar deseando estar con Kurama, no con el pelinegro! Oh, maldita sea.

Un suspiro, ordenaría sus pensamientos antes de hacer nada.

Por eso odiaba pensar.

-No puedo creer que me doliese que no me hablase-dijo, se acercó a la puerta, quitó el seguro. Karazu se sonrió al imaginar que olvidaría ese sentimiento cuando viese a Kurama. Se sonrió al pensar que olvidaría la desolación que experimentó cuando Kuroune se fue del departamento cuando escuchase su voz.

Después de todo él amaba a Kurama no al jugador ¿verdad?

Ahora, Karazu necesitaba que su corazón se convenciese y comprendiera que amaba al pelirrojo y no a Kuroune.


-Bar "Le parissine", centro de Paris-

No supo cuánto tiempo estuvo afueras del departamento, pero sentía que si se quedaba allí explotaría de un minuto a otro y terminaría rompiendo parte de las cosas que había dentro del comedor. Kuroune sabía que no tenía caso seguir dándole vueltas al asunto pero no podía convencerse de nada, sólo sabía que no podía seguir en ese círculo vicioso ni mucho menos podía hacer como si no pasaba nada, porque la verdad era que estaba harto, la verdad era que no quería ver a nadie, que no quería saber de nadie.

La verdad era que quería desaparecer para siempre; quería convertirse en algo sin corazón, quería esfumarse y quizás devolver el tiempo a veinte días atrás.

Quería regresa al día en que conoció a Karazu, para poder decirle a su yo de ese tiempo que no se fijara en el hombre; porque ese hombre sólo le haría daño más adelante. Oh, pero el tiempo no se podía regresar, y Kuroune ahora estaba meditando la opción de no volver al departamento.

Yacía sobre una mesa rectangular de un bar cualquiera, en una calle cualquiera bebiendo una cerveza mientras sentía que su corazón latía muy rápido. No se había fijado en el nombre ni a cuantas cuadras quedaba del departamento que compartía con Karazu porque sólo quería salir de allí; Kuroune se llevó la cerveza a la boca, y escuchó el sonido de otra siendo abierta, justo al lado suyo.

A su lado, vislumbró muchas personas, había gente sentada sobre la misma barra como él, bebiendo un trago como él; pero seguro, no por la misma razón que la suya. Kuroune se mordió un labio y frunció el ceño cuando vislumbró una pareja dándose besos y haciéndose cariñitos a su lado, vaya fastidio.

Se levantó de la barra, tomó su botella, pero al mirar el resto del bar no encontró puesto, y la barra ya no se le hizo apetecible para permanecer allí.

Kuroune suspiró.

-¿Buscas un puesto?-una voz lo sacó de sus pensamientos, al levantar la mirada no supo exactamente de donde vino esa voz, pero sólo pudo pensar que era bastante agradable para escuchar. –Aquí amigo, ¿te apetece sentarte a mi lado?-cuando Kuroune vislumbró el rostro dueño de esa voz no pudo evitar pensar que el chico que le había hablado era muy atractivo, Kuroune se mordió otra vez la boca, y vislumbró el resto del bar como meditando las posibilidades de encontrar otro puesto pero al no ver otro elevó sus hombros tratando de decirle que estaba bien.

-Siéntate aquí-exclamó el chico, enseguida le retiró la silla para que se sentara a su lado y el pelinegro no pudo evitar sentir como sus mejillas se enrojecían.

-¿Por qué hiciste eso?-

-Tenías la mano ocupada con la botella-exclamó el otro como no dándole gran importancia al gesto, pero para Kuroune aquello si fue importante.

-Soy Kuroune-le dijo extendiendo su mano luego de dejar la botella de cerveza sobre la mesa que compartían ahora, y se encontró que su mano era recibida por una boca, la cual, depositó un beso en la piel de su palma, cosa que provocó que el otro temblara.

-Youko, ¿eres de por aquí?-preguntó, Kuroune no pudo evitar pensar que le conocía de alguna parte, había algo en su rostro, algo en sus ojos. ¿Pero por qué se le hacía tan familiar?

-La verdad no, soy de Corea-

-Sabes, me suena mucho tu cara, ¿nos hemos visto antes por casualidad?-escuchar su voz fue muy agradable, se detuvo en su rostro, no podía ver el color de sus ojos porque el chico traía una gafas negras y el cabello yacía peinado hacía atrás, lo que le daba un aspecto muy parisino si lo pensaba; su cabello…el color era platinado…

Platinado…ese acento…y esas manos… ¿y si los ojos tenían un color igual de bonito que su cabello?

No sería…

-¿Eres jugador de basquetball?-preguntó, Youko se quitó las gafas provocando que Kuroune se sonrojase al notar esos ojos color oro que le miraban con fascinación, estuvo a punto de pronunciar algo pero Youko le arrebató las palabras de su boca.

-¡Sabía que te había visto en alguna parte!, ¡nos enfrentamos ayer por la tarde en el estadio de Paris!-aquello lo desconcertó, Kuroune se llevó un dedo a la boca, y no pudo evitar reírse de lo bizarra de la situación.

-Este mundo es demasiado pequeño, ahora que puedo ver tu rostro claro que jugué contra tu equipo. Eres muy bueno la verdad- Kuroune se deleitó con el gesto del otro, este se volvió a sentar en su silla y se llevó una mano para jugar con las hebras plateadas de su cabellera.

-No, que bah, estaba pesando en retirarme-

-¿Retirarte?-Kuroune se llevó una mano a la cabellera negra, Youko… ¿Quién diría que se encontraría con él en ese bar y a esa hora?

-La verdad, amo el teatro, estaba pensando terminar la temporada para dedicarme al drama. Me encanta interpretar obras. ¿Y qué hay de ti?, ¿alguna razón para que estés en una noche bonita como ésta solo en este bar?-dijo, Kuroune notó un poco de sarcasmo, vislumbró sus ojos dorados que le miraban con fascinación y la manera en que le sonreía era muy picaresca.

La manera en que hablaba era demasiado embriagante…no tenía una palabra para definirle bien y Kuroune pensó que si pudiese retroceder el tiempo le habría encantado enamorarse de Youko en lugar de Karazu.

-¿Qué estoy pensando?-

Tembló cuando se percató de ese pensamiento.

Youko le rozó la mano con la suya para que volviese a la realidad, Kuroune se sonrojó cuando percibió el toque de sus dedos en una de sus manos.

Al volver a mirarlo, Youko yacía mirando hacía una ventana del recinto.

-La verdad, no tengo idea que estoy haciendo aquí-dijo, Youko se llevó una mano bajo su mentón y comenzó a beber de una cerveza que llevaba bastante tiempo fría. –Ni siquiera sé por qué acepté sentarme contigo-

-Quizás… ¿Por qué te gustó mi voz?- Kuroune no pudo evitar reírse de esa frase, al mirar al hombre que yacía sentado a su lado se encontró con sus ojos dorados que le miraban muy coquetamente.

-¿Alguna vez te han dicho que eres un ególatra?-

-Oh, sí, muchas veces-el chico se rió, provocando que Kuroune le hiciese compañía con su risa. Minutos después estaban riendo a rienda suelta y el pelinegro ni siquiera sabía por qué. Cuando terminaron de reírse Youko botó las botellas de ambos en un basurero, y le colocó una mano en su hombro –Te invito un café, ¿Te gustan las tartas de frambuesa?-escuchó la voz del peli-plateado, Kuroune se quedó mirando el color dorado de sus ojos, el largo de su cabello que ahora yacía peinado hacia atrás, y no pudo evitar aceptarle el café.

-Nunca he comido una tarta-

-Anda, me estas tomando el pelo, ¡nunca!, a no, estas en Francia, ¡tienes que comer tarta de frambuesa!, venga, vamos a un café donde sirven unas deliciosas, seguro te enamorarás de ellas-exclamó y Kuroune no pudo evitar sentir como su corazón palpitaba a mucha velocidad. Minutos después Youko le había tomado de una muñeca y le indicaba que le siguiese por la calle de la ciudad mientras le mostraba cosas simples como la luna o el color del cielo, o le contaba cosas interesantes como que arriba había unas veinte mil estrellas y que seguro alguna tendría sus nombres en alguna constelación. Kuroune se detuvo a mirar al chico mientras caminaban por la calle y deseó que Youko le mimase sólo por esta vez.

Por una noche…sólo una, quería que alguien le tomase en cuenta por ser él…sólo él, quería que le contaran una bonita historia o que le escuchasen mientras hablaba.

-¿Alguna vez alguien te dijo que es genial estar contigo Kuroune?-escuchar aquello lo descolocó un poco, se detuvo en la acera antes de entrar a la cafetería que le estaba mostrando, se sonrojó como acto reflejo.

-Ojala Karazu pensara lo mismo-

Al no recibir respuesta Youko le abrió la puerta de la cafetería, enseguida, Kuroune percibió el aroma de las tortas siendo horneadas y servidas en una mesa y vislumbró unas luces de colores en las ampolletas que alumbraban el lugar.

-Escoge la mesa que te guste, vuelvo enseguida-escuchó, se sentó en una que quedaba junto a una ventana, al mirar el lugar Kuroune reconoció obras de Davincci, además de pinturas de Monet y unas cuantas de Lionel Ortega. Kuroune se maravilló al vislumbrar en una repisa de cristal un violín crémona junto a una pintura de una cámara de orquesta. Se mordió la boca, Karazu jamás quería ir con él a nada de esas cosas…suspiró.

Cuando levantó la mirada del suelo se encontró con el rostro del basquetbolista que le miraba como si su rostro fuera lo más interesante para ver a esa hora.

-¿Qué tanto me miras?-

-Estaba mirándote desde que pedí la tarta, ¿te gusta mucho las obras de arte o es idea mía no más?- Kuroune se sonrojó, no abrió la boca.

-Ese cuadro-le indicó Youko- es de Monet, ese otro de Davincci y ese de Lionel Ortega. Kuroune sintió por primera vez que su corazón latía unísono al compás de alguien en ese lugar.

-¿Te gusta pintar?-

-Soy un fiasco, los conozco por el teatro. Tengo que saber mucho sobre diversos temas para poder interpretar en la academia en la que estoy estudiando-dijo, enseguida Youko se sentó a su lado, minutos después una chiquilla les sirvió una tartaleta de frambuesa, y le sonrió indicándoles que estaba deliciosa. Youko volvió a decirle que si estaba en Francia debía de probar sus tortas.

-Conoces mucho de aquí para venir de Tokio-exclamó Kuroune, Youko yacía sentado a su lado, y estaba partiendo la tartaleta en pequeñas porciones mientras Kuroune disfrutaba del sabor de un café mocachino con galletas de vainilla.

-La verdad no soy de Tokio, nací y me crié aquí, pero desde que llegué a la liga nacional llevó dos años fuera viviendo en Tokio, pero no me gusta. La verdad quiero volver, por eso me gustaría terminar la temporada para quedarme en Paris-

-Ya se me hacía algo extraño tu acento-

-¿Se nota mucho la erre cuando hablo?-

-Más o menos, tienes un acento muy especial cuando pronuncias varias letras-Youko se sonrió cuando terminó de servirle la tarta.

-Y yo pensaba que era el único idiota que se fijaba en cosas como esa-cuando Kuroune escuchó aquello no pudo evitar recordar lo que le había dicho Kurama esa tarde cuando él lo calló.

¿Y si realmente no estaba destinado a Karazu?

¿Y si en alguna parte del mundo, alguien estaba esperando por conocerlo una noche sin saberlo siquiera?

Kuroune recibió la tarta y cuando llevó un pedazo a su boca, Youko se quedó mirándole embelesado.

-¿Ahora me contarás por qué veo esos hermosos ojos azules tan tristes?-Kuroune dejó la tarta sobre la mesa, olvidó el café y se llevó las manos sobre las rodillas.

-Si prometes no tratarme de idiota, lo hago-

-Si prometes aceptarme una cita, te escucho- otra vez no pudo evitar reírse ante esa frase, y por primera vez en casi un año Kuroune sintió que estaba justo en el lugar y momento indicado.

Y con la persona correcta.

Y deseó que esa noche jamás se acabara.

-Continuará-


Próximo capítulo: Déjenme gritar II


¡Ta chan!, espero les haya gustado este capítulo, yo lo amé. No podía dejar que Kuroune sólo sufriera a lo largo del fick.

¿Qué les ha parecido?

Estaré esperando sus comentarios sobre qué les ha parecido la historia.


Ahora NOTA IMPORTANTE:

Debido a que he tenido una semana completamente para mi (porque aún no comienzan mis clases en la universidad ajajaj) he podido escribir ya hasta el capítulo penultimo de este fick, créanlo ¡es increible!, ¡en una semana me dediqué sólo a este fick, no me dediqué a Palabras para Paula y por ello ya he llegado al penultimo capítulo de este fick que lleva años en el fandom xD! ...Pensar que he estado años acá y no me había dedicado jamás a escribir tanto un fanfiction ajajaj, por eso les hago un aviso:

Publicaré dos veces en diciembre =), será como mi post-regalo de navidad xD por ello las fechas de publicación en ese mes serán:

Cap 26: Déjenme Gritar II- 9 de diciembre (junto a palabras para Paula)

Cap 27: El camino I- 28 de diciembre (junto a palabras para Paula)


Muchos besitos a todos aquellos que me han leído, que han estado conmigo y que me han apoyado a lo largo del fick.

Gracias especialmente a:

Kitty_Wolf, Roronoa Minamino, YASNYouko 1, Twinippu y bienvenida a la historia Kaede-Hime.

Y a todos aquellos que leen, que le agregan a favoritos o simplemente se pasan de vez cuando.

Nos veremos.


Yo no me doy por vencido…

Yo quiero un mundo contigo…

Juro que vale la pena, esperar y esperar un suspiro…

Una señal del destino, no me canso, no me rindo…

No me doy por vencido…

-No me doy por vencido-

Luis Fonsi