Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.
Capítulo 25
Cuando me desperté a la mañana siguiente, el sol coronaba la cima de las montañas que rodeaban el valle. Ya no estaba en mi lado de la cama… Madre mía, ni siquiera estaba en la cama. Estaba repanchingada encima del pecho de Edward, y teníamos las piernas entrelazadas debajo del edredón. Él me rodeaba la cintura con el brazo con firmeza y yo tenía la mano encima de su estómago. Sentía el constante y potente palpitar de su corazón bajo la mejilla.
Me quedé en aquella posición sin poder respirar. Estábamos abrazados en la cama, como si fuéramos amantes.
Una oleada de calor me embriagó y apreté los puños con fuerza. Mi cuerpo era totalmente consciente de su presencia. De cómo mi cuerpo encajaba con el suyo, del modo en que sus caderas se hundían en las mías, de lo firmes que eran sus abdominales…
Mis hormonas estaban totalmente alteradas. Sentía que por las venas me recorría un calor que me invadía todo el cuerpo. Por el momento, dejé volar la imaginación. No pensé en que pertenecíamos a dos especies diferentes, por que en realidad yo no veía a Edward como un ser diferente, sino que fantaseé con que nos gustábamos.
En ese momento, Edward se movió. Yo estaba boca arriba y él intentaba acomodarse mejor. Enterró el rostro en el espacio que quedaba entre mi cuello y mi hombro y se acurrucó. Virgen Santa… Su cálido aliento me embargaba y me provocaba escalofríos. Su brazo me rodeaba la cintura con firmeza y cada vez apretaba más y más su pierna entre las mías. Casi no podía respirar.
Edward murmuró algo en un idioma desconocido. Era una lengua dulce y bonita. Mágica. De otro planeta.
Podría haberlo despertado, pero no lo hice sin saber demasiado bien por qué.
La emoción que sentía por el contacto con su piel era más fuerte que todo lo demás.
Edward tenía una mano en el borde de mi camiseta, y los dedos encima del pedazo de piel que había entre el borde de la camiseta y la cinturilla de los pantalones de pijama. La mano empezaba a abrirse paso por debajo de la camiseta, a través de mi estómago, en la parte en que este comienza a descender.
El pulso se me desbocó. Me rozó las costillas con la punta de los dedos. Su cuerpo se movió y sentí su rodilla contra mí.
Ahogué un grito.
Edward se quedó quieto. Ninguno de los dos se movió. El minutero del reloj marcaba los segundos.
Me estremecí.
Levantó la cabeza. Unos ojos como piscinas de hierba líquida me miraron, confundidos. Rápidamente se despejaron y se volvieron punzantes.
—¿Buenos días? —Mi voz sonó como un crujido.
Se incorporó rápidamente con ayuda de sus fuertes brazos, sin dejar de mirarme. Respiró hondo, y no vi que soltara el aire. Algo sucedió entre nosotros; algo que no se podía definir con palabras. Entrecerró los ojos. Tuve la extraña sensación de que en aquel momento evaluaba la situación y pensaba que yo era la culpable de aquel sobeteo matutino tan agradable.
Como si fuera culpa mía.
Sin mediar palabra, desapareció. La puerta se abrió y se cerró detrás de él y casi ni pude verlo.
Me quedé allí, quieta, mirando el techo, con el corazón a mil por hora. Las mejillas me ardían y sentía demasiado calor en el cuerpo. No sé cuánto tiempo paso antes de que la puerta volviera a abrirse, esta vez a una velocidad normal.
Alice asomó la cabeza. Tenía los ojos muy abiertos.
—¿Vosotros… habéis…?
Era curioso que, con todo lo que había sucedido en las últimas veinticuatro horas, esa fuera la primera pregunta que me hacía.
—No —respondí. Apenas reconocí mi propia voz. Carraspeé—: Es decir, hemos dormido juntos, pero no hemos hecho nada, sólo hemos dormido.
Me di la vuelta y enterré la cara en la almohada, que todavía estaba caliente y olía a él.
Si alguien me hubiera dicho alguna vez que un sábado por la tarde iba a estar con media docena de alienígenas en la misma sala, le hubiera dicho que dejara las drogas. Y, sin embargo, ahí estaba yo, sentada en un sofá reclinable en casa de los Cullen, pero lista para salir corriendo de allí en caso necesario.
Edward estaba apoyado en el brazo del sillón, con los brazos cruzados en el pecho. Sobre ese mismo pecho me había despertado yo aquella mañana… Sentí que una oleada de calor me subía por la garganta. No habíamos hablado desde entonces. Ni una palabra. Mejor, la verdad.
Sin embargo, nadie había pasado por alto dónde se había sentado. Alice tenía una extraña expresión de satisfacción en el rostro, mientras que Irina y Alec parecían bastante enfadados. Que Edward actuara como si fuera mi perro guardián no los desconcertaba tanto como que yo estuviera presente en aquella reunión.
—¿Se puede saber qué hace aquí? —preguntó el señor Mason.
—Está más iluminada que una bola de discoteca —me dijo acusadoramente Irina—. Seguro que se la ve desde Virginia.
Lo dijo de una manera que parecía que, en vez de estar envuelta en luz, tuviera la cara llena de granos con pus. La miré con cara de mala leche sin ningún disimulo.
—Estaba conmigo cuando los Arum decidieron atacar —respondió tranquilo Edward—. Ya sabes que la cosa se puso… fea. Era imposible ocultar lo que pasaba.
El señor Mason se pasó la palma de la mano por la sien.
—Edward, no me esperaba esto de ti. Pensaba que serías más cuidadoso y tendrías más vista.
—¿Y qué narices tendría que haber hecho? ¿Dejarla K.O. (Nocaut o fuera se combate). antes de que nos atacaran los Arum?
Irina arqueó una ceja. Por cómo me miraba deduje que para ella no habría sido una mala idea.
—De todos modos, Bella ya sabía lo nuestro cuando empezaron las clases — añadió Edward—. Y tenéis que creerme si os digo que hice todo lo posible para que no se enterara de nada.
Uno de los Denali cogió aire.
—¿Hace tiempo que lo sabe? Pero ¿cómo los has permitido, Edward ¿Todo este tiempo nuestras vidas han estado en las manos de una humana?
Alice puso los ojos en blanco.
—Alec, relájate. Está claro que no le ha dicho ni una palabra a nadie.
—¿Qué me relaje? —La cara de mala leche de Alec hacía juego con la de Irina. Ahora ya era capaz de distinguir a Alec porque llevaba un pendiente en la oreja izquierda, a diferencia de Eathan, que no había abierto la boca—. Si esta tía es una…
—Cuidadito con lo que vas a decir —dijo Edward con tono grave pero contenido—, porque puede que sin saber por qué te estalle un rayo en la cara.
Puse los ojos como platos, igual que el resto de los presentes en la sala. Irina tragó saliva y volvió la cara, que le quedó cubierta por la de pelo rubio.
—Edward —dijo el señor Mason, dando un paso adelante—, ¿amenazas a uno de los tuyos por ella? No me esperaba esto de ti.
Se puso tenso.
—Eso no es exactamente así.
Respiré hondo.
—No voy a decirle nada a nadie. Sé el riesgo que correríais tanto vosotros como yo misma. No tenéis nada de qué preocuparos.
—¿Y quién se supone que eres para que confiemos en ti? —preguntó el señor Mason, entrecerrando los ojos—. No me malinterpretes, estoy seguro de que eres una buena chica; eres lista y parece que tienes la cabeza bien amueblada, pero este tema es muy serio: es una cuestión de vida o muerte para nosotros. De libertad. Y no podemos permitirnos el lujo de confiar en un humano.
—Ayer me salvó la vida —dijo Edward.
Alec se rió.
—Venga, ya, Edward. Creo que los Arum debieron de darte un buen golpe en la cabeza. Es imposible que un humano pueda salvarnos la vida.
—¿Se puede saber qué te pasa? —bramé, incapaz de controlarme—. Te comportas como si fuéramos completamente inútiles e incapaces de hacer nada. Vosotros tendréis poderes, pero eso no implica que nosotros seamos organismos unicelulares.
Eathan ahogó una risita.
—Me salvó la vida —repitió Edward mientras se ponía de pie y atraía la atención de todos—. Nos atacaron tres Arum, hermanos del que yo maté. Pude destruir a uno de ellos, pero los otros dos me doblegaron. Me tenían inmovilizado y habían empezado a quitarme los poderes. Estaba sentenciado.
—Edward —intervino Alice, pálida como el papel—, no nos explicaste nada de eso.
El señor Mason parecía dudar.
—No entiendo como pudo ayudarte. Es humana y los Arum son poderosos, amorales y malvados. ¿Cómo va a poder una simple chica enfrentarse a ellos?
—Le di la daga de obsidiana que llevaba y le pedí que se marchara de allí.
—¿Le diste la daga en vez de usarla? —Irina no daba crédito—. ¿Por qué? — Me miró—. Si ni siquiera te cae bien…
—Puede, pero no iba a dejar que muriera sólo porque no me caiga bien.
Me estremecí. Aunque aquello tuviera que darme igual, sentí que algo me abrasaba el pecho.
—Pero podían haberte herido —protestó Irina, con miedo en la voz—. Podían haberte matado porque le diste tu mejor arma a ella.
Edward suspiró y volvió a sentarse en el reposabrazos del sillón.
—Yo podía defenderme de otras maneras; ella no. Y no se marchó corriendo de allí, como le pedí. En vez de eso, volvió y mató al Arum que estaba a punto de acabar conmigo.
Empezaba a tener dolor de cabeza.
—Eso es absolutamente increíble; una pasada de verdad —intervino Alice, mirándome—. No tenía por qué haberlo hecho.
—Fue un gesto muy valiente —dijo Eathan con la vista clavada en la alfombra—. Es lo que cualquiera de nosotros habría hecho.
—Pero eso no cambia el que ella sepa de nuestra existencia —intervino Alec, mirando a su hermano con cara de malas pulgas—. Y no podemos decirle nada a ningún humano.
—No se lo dijimos —repuso Alice, agitándose con nerviosismo—. Pasó… sin más.
—Ya, claro, como la última vez. —Alec puso los ojos en blanco y se volvió hacia el señor Mason—. Eso no se lo cree nadie.
El señor Mason negó con la cabeza.
—Después del fin de semana del día del Trabajo me dijiste que pasó algo pero que ya te habías ocupado del tema.
—¿Qué pasó? —preguntó Irina. Era obvio que todo aquello era nuevo para ella—. ¿Todo esto tiene que ver con la primera vez que brillaba?
Me sentía como una luciérnaga.
—¿Qué pasó? —preguntó Eathan con curiosidad.
—Pues que casi me atropella un camión. —Esperé la inevitable miradita de « pero mira que eres corta» . Ajá. Efectivamente llegó. Irina se quedó mirando a Edward con los ojos como platos.
—¿Y tú paraste el camión?
Asintió.
A Irina le cambió la cara. Miró hacia otro lado, triste.
—¿No podías habérnoslo dicho? ¿Y desde entonces lo sabe?
Supuse que no era el mejor momento para decir que yo ya tenía ciertas sospechas.
—No se asustó —intervino Alice—. Nos escuchó, entendió por qué era importante no decir nada y ya está. Todo iba bien hasta ayer por la noche. Que nosotros seamos Luxen nunca ha representado un problema para ella.
—Pero me engañaste… Los dos me engañasteis. —El señor Mason se apoyó contra la pared, en el espacio comprendido entre el televisor y una estantería atestada de libros—. ¿Cómo voy a confiar ahora en vosotros?
Sentí un dolor detrás de los ojos.
—Mirad, entiendo el riesgo que corremos. Y mucho más que cualquiera que esté en la sala —dijo Edward mientras se frotaba la zona del pecho en la que el Arum lo había golpeado—. Pero lo hecho, hecho está. Tenemos que seguir adelante.
—¿Contactando con Defensa, por ejemplo? —preguntó Alec—. Seguro que sabrán que hacer con ella.
—Mira, Alec, haz eso y verás que, aunque todavía no estoy totalmente recuperado, puedo patearte el culo.
El señor Mason carraspeó.
—Edward, las amenazas sobran.
—¿Seguro? —respondió Edward.
Se hizo un silencio en la sala. Creo que Eathan estaba de nuestra parte, pero era obvio que ni Alec ni Irina nos apoyaban. Cuando el señor Mason intervino al fin me costó mirarlo a la cara.
—No creo que estemos haciendo lo correcto —declaró—, pero no voy a entregarte al Departamento de Defensa. No lo haré a menos que tú me des algún motivo. Cosa que creo que no harás, aunque con los humanos nunca se sabe; sois unas criaturas tan volubles… Nuestra identidad y nuestros poderes deben quedar protegidos a toda costa: eso creo que lo entiendes. —Carraspeó y se quedó callado un instante—. Estás a salvo, aunque nosotros no lo estemos.
Estaba claro que tanto Alec como Irina estaban en desacuerdo con la decisión tomada por el señor Mason, pero prefirieron no insistir más.
Intercambiaron una miradita y cambiaron de tema. Se habló entonces del cuarto Arum.
—No esperará. La paciencia no es su fuerte —observó el señor Mason, sentándose en el sofá—. Puedo ponerme en contacto con los demás Luxen, aunque no sé si sería buena idea. Puede que nosotros confiemos en ella, pero los demás no lo harán.
—Además, tenemos el problemilla de que ahora mismo parece una bombilla de un megavatio con patas —señaló Irina—. Qué más da que no digamos nada; tan pronto como ponga un pie en el centro, todo el mundo sabrá que ha pasado algo muy gordo.
La miré con cara de pocos amigos.
—Ya, bueno, no sé qué se supone que tengo que hacer al respecto.
—¿Alguna sugerencia? —preguntó Edward—. Cuanto antes se libre del rastro, mejor para nosotros.
Ya, claro. Lo que quería era librarse de ser mi canguro otra vez.
—¿Y qué más da eso ahora? —replicó Alec, poniendo los ojos en blanco—. Lo primero es ocuparse del asunto del Arum. Seguro que la ve, esté donde esté. Ahora mismo estamos todos en peligro. Cualquiera que se encuentre cerca de ella lo está. No podemos esperar más: tenemos que salir en busca del último Arum.
Alice negó con la cabeza.
—Si hallamos la manera de quitarle el rastro, conseguiremos tiempo para encontrar al Arum. Nuestra prioridad es librarla del rastro.
—Pues yo digo que la llevemos en coche a un campo, en medio de la nada, y la dejemos allí —dijo Alec entre dientes.
—Gracias —le dije mientras me pasaba los dedos por las sienes—. De verdad que aprecio tu ayuda.
Me sonrió.
—Oye, que yo sólo comparto mis sugerencias.
—Alec, cállate —le espetó Edward.
Alec puso los ojos en blanco.
—Una vez le quitemos el rastro, Bella estará a salvo —insistió Alice con cara de preocupación—. Los Arum no tienen nada en contra de los humanos, de verdad. Lauren… se vio atrapada en una situación que nada tenía que ver con ella.
En aquel momento se pusieron a debatir sobre lo que era prioritario hacer: si encerrarme en algún lugar (cosa que no tenía sentido, porque mi aura se veía de todos modos desde el exterior) o quitarme el rastro de algún modo que no implicara matarme. Y de verdad creo que Alec pensaba que era una opción razonable. Capullo.
—Se me ha ocurrido algo —intervino Eathan. Todas las miradas se centraron en él—. La luz de su rastro es consecuencia de nuestro poder, ¿no? Y nuestro poder es consecuencia de la concentración de energía. Cuando usamos nuestros poderes, nos debilitamos, ¿verdad?
El señor Mason pestañeó, interesado.
—Creo que sé a dónde quieres ir a parar.
—Pues me parece que yo no —dije entre dientes.
—Nuestros poderes se debilitan cuanto más los usamos, cuanta más energía utilizamos. —Eathan se volvió hacia Edward—. Creo que los rastros que dejamos en otros deben funcionar del mismo modo, pues no son más que energía residual que dejamos en alguien. Lo que tenemos que hacer es que ella use su propia energía para agotar la que la rodea. Puede que no desaparezca por completo, pero de este modo bajará a niveles que no provocarán que todos los Arum que estén en la tierra nos localicen.
No entendí casi nada de lo que dijo, pero el señor Mason parecía bastante satisfecho. Asentía con la cabeza.
—Eso tendría que funcionar.
Edward se rascó el pecho con cara de duda.
—¿Y cómo vamos a hacer que use su energía?
Alec sonrió desde el otro lado de la sala.
—Podríamos llevarla a un descampado y perseguirla con nuestras camionetas. Sería la mar de divertido.
—Me cago en…
La risa de Edward interrumpió mi exabrupto.
—No creo que sea buena idea. Sería divertido, pero los humanos son frágiles.
—Y qué tal si te doy un buen patadón en el culo con mi frágil pie —protesté enfadada. Sentía un martilleo en la cabeza que me impedía apreciar sus bromas de mal gusto. Aparté a Edward del reposabrazos del sillón y me puse de pie—. Me voy a beber algo. Ya me avisaréis cuando lleguéis a alguna solución que no implique matarme en el proceso.
La conversación siguió cuando me marché de la sala. No tenía sed, pero debía salir de allí y alejarme de ellos. Estaba de los nervios. Entré en la cocina y me pasé una mano por el pelo. El silencio alivio por unos instantes el martilleo que sentía en la cabeza. Cerré los ojos con fuerza hasta que empecé a ver lucecitas de colores.
—Me imaginaba que estarías en la cocina.
Me sobresalté al oír la tranquila voz de Irina.
—Perdona —me dijo mientras se apoyaba contra la encimera—; no quería asustarte.
No sabía si creérmelo.
—No pasa nada.
Vista de cerca, Irina era tan guapa que me entraron ganas de perder diez kilos de golpe y salir corriendo a comprar maquillaje. Y ella lo sabía: la delataba la manera en que alzaba el mentón, tan segura.
—Supongo que debe de ser difícil asimilar de golpe tanta información y encima enfrentarte a los de ayer.
La observé con cautela. Aunque parecía que no intentaba arrancarme la cabeza, no pensaba perderla de vista.
—Ha sido… diferente.
Una sonrisa frágil se asomó a sus carnosos labios.
—¿Qué dice esa serie de la tele? « La verdad está ahí fuera» , ¿no?
—Lo decían en Expediente X —señalé—. Desde que descubrí lo vuestro, he querido ver Encuentros en la tercera fase. Parece la película sobre alienígenas más realista de todas.
Sonrió otra vez antes de mirarme a los ojos.
—No pienso fingir que somos amigas ni que confío en ti, porque no es así. Me tiraste un plato de espaguetis por la cabeza. —Me estremecí al recordarlo, pero siguió hablando—: Vale, puede que me portara como una lagarta, pero tienes que entenderme. Son todo lo que tengo y haría cualquier cosa para protegerlos.
—Nunca haría nada que los pusiera en peligro.
Se acercó más a mí y luche por no dar un paso atrás. Me mantuve firme.
—Ya lo has hecho. ¿Cuántas veces te ha ayudado Edward, poniendo en riesgo a los nuestros y nuestros poderes? El hecho de que estés aquí ya nos pone en peligro.
Sentí una punzada de rabia.
—Yo no he hecho nada y, además ayer…
—Ayer le salvaste la vida a Edward. Vale. Genial. Bien por ti. —Se pasó el pelo, impecablemente liso, por detrás de la oreja—. Claro que nadie hubiera tenido que salvarle la vida si tú no hubieras guiado a los Arum hasta él. Y si crees que tienes algo con Edward, olvídate.
Por el amor de Dios.
—Mira, yo no tengo nada con Edward.
—Pero te gusta, ¿no?
Sonreí burlona y cogí una botella de agua de la encimera.
—Pues no, la verdad.
Irina ladeó la cabeza.
—A él sí le gustas.
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—No le gusto, tú misma lo has dicho antes.
—Me equivocaba. —Cruzó los brazos y me observó con detenimiento—. Despiertas su curiosidad. Eres diferente. Algo nuevo. A los chicos, incluso a los nuestros, les gusta tener juguetitos nuevos.
Le di un trago a la botella.
—Bueno, pues este juguetito no tiene la menos intención de caer en las manos de nadie. —Por lo menos cuando ese « nadie» está despierto, claro—. Y sobre los Arum…
—Los Arum lo matarán —dijo sin alterarse un ápice—. Por tu culpa, humana del demonio. Lo matarán por protegerte.
