XXIV
Cabos sueltos

Mientras Hermione se lamentaba en el bosque de Dean, los miembros del Wizengamot estaban decidiendo si exonerar a Kingsley Shacklebolt de los cargos que se le achacaban o condenarlo. De todos modos, había evidencia que apuntaba a que él había estado involucrado en el brote del virus en la prisión de Blackpool, más que nada, declaraciones de testigos. Por otro lado, la evidencia física contradecía los testimonios de forma flagrante, pero el Wizengamot muchas veces daba más credibilidad a los testigos que a la evidencia, siempre y cuando ambos casos se contradijeran, pues había situaciones en las que una reforzaba a la otra, y aquello llevaba a una exoneración o a una condena expedita. Aquello habría sido ideal para Thomas Aynesworth, pero ese juicio había sido todo un desafío para él, no tanto por la complejidad judicial, sino que había puesto a prueba su paciencia y sus nervios. Y para alguien que se caracterizaba por su impulsividad, aquello era mucho decir.

Al otro lado de la situación, Isaías Harrington juzgaba que había hecho todo lo posible por defender al Ministro de la Magia, y eso le tenía tranquilo, pese a la tendencia de la Alta Corte Mágica a tomar en cuenta los testimonios por encima de la evidencia. En su opinión, cuando ambos estaban en desacuerdo, se debía buscar una forma objetiva de decidir cuál de las dos era más creíble. Tanto las declaraciones de testigos como la evidencia poseían debilidades, así que todo se reducía a buscar grietas en la armadura. Sin embargo, el Wizengamot se limitaba a juzgar cuál era más confiable sin hacer ningún análisis objetivo, e Isaías podía entender su razones. Si el Wizengamot hiciera lo que en opinión de Isaías se debía hacer, el proceso legal se enlentecería bastante, consumiendo recursos y tiempo. Se suponía que la justicia debía balancear rapidez y eficacia, pero aquello difícilmente se podía conseguir en un sistema donde había leyes para todo y, lo que era peor, donde todo tenía un costo.

Kingsley esperaba por el veredicto del Wizengamot con serenidad. Sabía que no había hecho nada malo, por lo tanto, no había nada que temer. Por supuesto, existía la posibilidad que fuese encarcelado, pero eso solamente podía ocurrir si algunos de los miembros de la Alta Corte Mágica fuesen corruptos. Porque estaba de acuerdo con Isaías en que era muy probable que el juicio fuese una farsa, algún tipo de fachada para algo más, aunque no pudiera decir con certeza para qué. La epidemia de Blackpool era real, y el último conteo oficial hablaba de cincuenta mil afectados, solamente en Londres, pues se habían detectado casos en los pueblos aledaños. La zona de cuarentena se estaba expandiendo cada vez más y los médicos muggles estaban confundidos, porque, pese a la extensión de la enfermedad, no había víctimas fatales. Aquello era lo que más molestaba a Kingsley. Se supone que debería haber gente que ha fallecido producto de la enfermedad, pero hasta el momento, no hay ninguno. Pero el misterio de la enfermedad lo podría enfrentar después. El Wizengamot estaba a punto de decidir su suerte.

—¿El Wizengamot está listo para votar? —atronó la voz de Thomas Aynesworth en toda la sala.

La corte asintió con la cabeza.

—En virtud de las pruebas encontradas y los testimonios de los testigos, que levanten la mano aquellos a favor de la condena.

Para sorpresa de nadie, hubo muchos quienes alzaron la mano, aunque no era fácil decidir a simple vista si se trataba de más de la mitad de la corte o no. Sin embargo, Isaías sabía que ese no era su rol. Otra persona estaría haciendo el conteo con más calma.

—Aquellos a favor de la exoneración…

A Isaías le dio la impresión que la misma cantidad de manos se alzaron en esa ocasión, pero, como cuando se votó a favor de la condena, no podía estar seguro de ello. Cuando las manos hubieron descendido, la persona encargada de contar los votos le entregó el resultado al juez. Isaías notó que Thomas no lucía para nada complacido con el resultado, pero no tenía otra alternativa que anunciar el veredicto oficial.

—Kingsley Shacklebolt, póngase de pie.

Las cadenas del asiento soltaron las manos y pies del Ministro y él pudo hacer lo que el juez le había ordenado.

—Es la decisión de la corte que el acusado sea exonerado de todos los cargos. Sin embargo, este procedimiento legal será anotado en su expediente y será tomado en cuenta cuando quiera ocupar nuevamente un cargo público. Se levanta la sesión.

Isaías Harrington suspiró de alivio. Con una comedida sonrisa en su cara, se acercó al Ministro para felicitarlo.

—El que se merece las felicitaciones es usted, señor Harrington —dijo Kingsley, poniendo una mano sobre su hombro—. Hizo un impecable trabajo defendiéndome a mí y al señor Jordan, claro que su caso sigue abierto. Creo que más tarde se decidirá si es inocente o culpable. Honestamente, no veo muchas posibilidades para él.

—Yo no estaría tan seguro —dijo Isaías misteriosamente, mirando de reojo el maletín que cargaba en su mano derecha—. Tengo algo más que decir en ese juicio antes que esta corte decida el destino de Malcolm Jordan.

—Me imagino.

—Por cierto, hablando del tema, me gustaría pedirle un favor a usted, si me lo permite.

—¿Y de qué se trata?

—Lo que pasa es que adquirí evidencia de que alguien está muy interesado en que Malcolm Jordan sea condenado, sin importar cómo. Y está usando a Thomas Aynesworth para ese fin.

Kingsley frunció el ceño.

—¿Me estás diciendo que uno de nuestros jueces es corrupto?

—No lo estoy diciendo —explicó Isaías, tratando de escoger con mucho cuidado la siguientes palabras—. Es solamente un documento que no prueba mucho, por eso estoy hablando con usted. Ahora que ha sido exonerado, podría ordenar una investigación formal a Thomas Aynesworth. No es necesario que diga que fue mi idea. Simplemente diga que es un procedimiento de rutina. Estoy seguro que usted también tiene sus sospechas.

Kingsley no dijo nada por un minuto completo. Parecía estar ponderando el ofrecimiento de Isaías, pero él notó que estaba mirando a Thomas de reojo. Isaías también fijó su mirada en él. Parecía tener una dura discusión con Artemisa Fowle. Kingsley e Isaías supieron que estaban pensando en la misma idea, y ya no hubo temores por parte de este último de que obtuviera una negativa de parte del Ministro.

—Cuenta conmigo —dijo Kingsley antes de retirarse de la corte.


Ni siquiera el aire fresco podía hacer algo para aplacar el dolor que Hermione sentía al darse cuenta que buena parte de la condición de Draco se debía a sus errores. Necesitaba hablar del asunto con alguien, porque no tenía el coraje de decirle a Draco lo que había ocurrido, pero Harry aún no había regresado. Supuso que la caza se le estaba haciendo difícil y volvió a entrar, sin siquiera dar una mirada a la habitación de Draco.

Si había alguna explicación alternativa para lo que había descubierto, Hermione no la podía encontrar. Hacer rato que había perdido la objetividad y la calma, lo que le impedía hacer bien su trabajo. Aunque pocas veces se enorgulleciera de sus capacidades de observación y análisis, no haberse dado cuenta antes de lo que le estaba haciendo a Draco le causó una vergüenza difícil de admitir. Aunque no quería pensar en ello, la voz dentro de su cabeza le repetía hasta la náusea que, con lo inteligente que era ella, no era posible que hubiera pasado por alto algo tan importante.

Sí, y también tuve sexo sin protección.

En los últimos días, Hermione había pasado por alto más cosas importantes que en los dos años anteriores, y, sentándose sobre la cama y llevándose una mano a su frente, se preguntaba cómo había llegado a eso. Claro, podía decir que reencontrarse con Draco había sacudido su mundo de una forma inesperada, pero le daba la impresión que aquella era solamente la mitad de la historia.

Caleb Wilson. ¿Quién estará detrás de él? ¿Por qué no quieren que alguien encuentre la cura a la enfermedad? Porque no estoy convencida que ese tal Marcus Brigham realmente exista o que haya encontrado una cura. Caleb Wilson quiere apoderarse de Draco para que nadie cure la enfermedad, pero, ¿por qué? ¿Y qué tiene que ver la epidemia en Blackpool con todo esto?

Pensar en ello hizo que a Hermione comenzara a dolerle la cabeza. Juzgando que necesitaba salir nuevamente, se puso de pie y salió de la carpa, solamente para encontrarse con un grupo de gente conocido.

—Nos encontramos otra ver, señorita Granger —dijo Caleb Wilson antes de alzar su varita. Hermione no tuvo tiempo para reaccionar. Su mano ni siquiera había llegado al bolsillo de sus vaqueros cuando su mundo se fue a negro.

Caleb se acercó al cuerpo inconsciente de Hermione, revisando que estuviera realmente incapacitada. Cuando acabó la comprobación, se puso de pie y ordenó a sus hombres que revisaran la carpa. Si la suerte le acompañaba, encontraría a Potter también. Él estaría más preparado, pero no iba a poder luchar contra una decena de mercenarios bien entrenados.

—Potter no está en la carpa —dijo uno de los mercenarios. Caleb hizo una pequeña mueca de frustración—, pero encontramos a Draco Malfoy. Está en una de las habitaciones. No puede mover un músculo el pobre imbécil.

—Llévense a Granger y a Malfoy —ordenó Caleb, haciendo diversas señas con los dedos—. Ustedes —añadió, refiriéndose a Galatea y a otros tres mercenarios—, busquen a Potter. No debe andar lejos. Probablemente debe estar cazando o pescando, así que centren la búsqueda en zonas conocidas de caza y cursos de agua. Infórmenme a través de un Patronus.

Caleb sabía que Harry Potter podía ser un problema serio, pero se iba a asegurar que tanto Draco como Hermione no fuesen encontrados hasta que el plan fuese llevado a cabo. Sin embargo, habían sufrido un revés importante en el Wizengamot, pues Kingsley Shacklebolt había sido exonerado. Con el Ministro libre, podría iniciar una investigación en contra de cualquier sospechoso. También estaba el riesgo que Malcolm Jordan dijese la verdad. Si aquel era el caso, medidas extremas debían ser tomadas. La mejor posibilidad que tenía de que el plan llegase a buen puerto era ganar tiempo.

Con eso en mente, él y sus mercenarios se transportaron a Londres mediante Desaparición.


Hermione despertó en una habitación pobremente iluminada. La pintura de las paredes se caía a pedazos y había un penetrante olor a humedad. Notó que, como la primera vez que había sido secuestrada, estaba atada de manos y pies, sentada en una silla. Frente a ella, sobre una cama de aspecto cómodo, yacía Draco. Aun con la poca luz pudo notar que tenía fiebre. Trató de zafarse de sus ataduras, pero era inútil.

La puerta de la habitación se abrió y Caleb Wilson hizo su aparición. Tranquilamente, conjuró una silla, pero no tomó asiento en ella. Primero debía preparar el terreno.

Extrajo de su bolsillo un frasco pequeño, lleno de un líquido de color transparente. Hermione supo que se encontraba en serios problemas. Quien sabe qué cosas saldrían de su boca si llegaba a beber siquiera un poco de esa pócima. Pero Caleb había anticipado que tal vez hubiera resistencia, por lo que se acercó a Hermione y le apretó la garganta mientras le daba unas pocas gotas de la poción. Aquella maniobra por parte de Caleb obligaba a la víctima a que abriera la boca y, al mismo tiempo, a que tragara cualquier cosa que bebiera. Como era natural, Hermione no pudo oponerse a sus propios reflejos y tragó la poción.

Caleb examinó a su rehén y vio las señales de que el Veritaserum había hecho efecto. Lo único que quedaba era que ella lo confesara todo. Pudo haber empleado la persuasión amistosa, pero ya sabía que Hermione Granger no iba a cooperar si él tomaba ese camino. No le gustaba emplear ayudas para que un rehén dijese lo que necesitaba oír, pero no quería perder mucho tiempo.

—¿Es tu nombre, Hermione Granger?

—Sí —repuso ella en un tono monocorde, como si estuviera hablando un autómata en lugar de una persona.

—¿Eres sanadora del Hospital San Mungo?

Otra respuesta afirmativa de parte de Hermione.

—¿Qué relación tienes con tu paciente?

—Es complicado.

—¿Por qué?

—No estamos en una relación de pareja, pero sí hemos estado juntos en un par de ocasiones.

Caleb podía oler sangre.

—¿Eres consciente de que la pócima para la fiebre causa los coágulos en la sangre de Draco Malfoy?

—Ese fue un descubrimiento reciente —repuso Hermione, sin que ninguna emoción le impidiera seguir hablando—. Lo descubrí por accidente. No tenía forma de saberlo.

Hermione no sabía que Draco estaba escuchando cada palabra. De hecho, cuando ella mencionó lo de los coágulos, él arrugó la cara, sintiéndose traicionado. No sabía si ella lo había hecho adrede o si fue alguna clase de error, pero el hecho era que Hermione había sido la responsable de gran parte de sus malestares. Podía incluso darse el caso que todo el asunto de la enfermedad fuese producto de una cadena de irresponsabilidades de su parte. Fuese como fuese el asunto, Draco no pudo evitar enojarse con Hermione.

—¿Sabes dónde se encuentra Harry Potter en este momento?

—Se encuentra en el bosque, cazando. No está lejos de donde estaba la carpa.

—¿Él sabe lo de los coágulos?

—No, no lo sabe. Me di cuenta de eso mientras él estaba afuera.

Caleb sonrió para sus adentros. Aquella información, usada correctamente, podía actuar a su favor. Ya no tenía más preguntas que hacer. Aquello era más que suficiente. Caleb se puso de pie, mientras que Hermione se sumía en la inconsciencia una vez más. Usó su Patronus para ordenar a Galatea y a sus tres acompañantes a que buscaran en las cercanías de la carpa.

Sin embargo, había una última cosa que hacer antes de comunicar el éxito de la operación a quien le había contratado en primer lugar.


Después de un receso de una hora, el Wizengamot había vuelto a sus puestos. Los alegatos ya habían acabado y era el momento de pronunciar el veredicto en el caso de Malcolm Jordan. El juez Aynesworth tomó asiento, al igual que Artemisa Fowle. Isaías Harrington notó que su amigo lucía más animado que antes. Se preguntó si ya sabía el veredicto de antemano.

—Después de presentados ambos casos, tanto el de la defensa como el de la acusación, es el momento de juzgar si el imputado es culpable o inocente.

Hubo un murmullo de aprobación en el Wizengamot. Isaías supo que aquella no era una buena señal. Sabiendo que estaba a punto de hacer añicos varias leyes con lo que se proponía hacer, tragó saliva y avanzó hasta el lugar donde se encontraba sentado Malcolm Jordan.

—Señor Harrington —dijo el juez con exasperación—, ya es muy tarde para defender a su representado. Por favor, regrese a su puesto.

—Ésta no es ninguna defensa, su señoría —repuso Isaías, abriendo su maletín y tomando un pergamino que lucía como una carta—. Es una acusación… en contra de usted, señor Thomas Aynesworth.

Aquellas palabras le sentaron como una bala de cañón al juez. Hubo un murmullo de inquietud entre los miembros del Wizengamot, mientras que Thomas Aynesworth se puso de pie, las venas en sus sienes a punto de estallar.

—Este no es el lugar, ni el momento para eso. Te daré una última oportunidad para que regreses a tu sitio, o te declararé en desacato, maldito abogado de mierda. ¡Regresa a tu puesto, ahora!

Pero Isaías Harrington no dio ni un paso atrás. Alzó el documento en el aire, y varios miembros del Wizengamot usaron encantamientos lente para leer correctamente el contenido de la carta.

—¡Thomas Aynesworth ha estado trabajando junto a otros dos individuos para armar este juicio y condenar a Malcolm Jordan por algo que ni siquiera hizo! ¡Usó a Malcolm como chivo expiatorio para que los reales responsables de la epidemia en Blackpool jamás fuesen revelados!

—¡LLÉVENSELO, LLÉVENSELO! —rugió Thomas Aynesworth, y un grupo de cuatro Aurores tomó a Isaías Harrington, y lo sacaron del tribunal. Curiosamente, Isaías no opuso resistencia mientras era arrastrado por los corpulentos Aurores. De todas formas, su trabajo ya estaba hecho. Había sembrado la duda entre los miembros del Wizengamot, y lo más probable era que se abriera una investigación oficial en contra del juez. No estaba seguro de si esa carta era suficiente para que exoneraran a Malcolm Jordan, pero sí sabía que su culpabilidad había sido puesta en entredicho.

Cuando todo se hubo calmado, el juez respiró hondo y los murmullos desaparecieron de forma gradual. Artemisa Fowle no parecía afectada por la intentona de Isaías Harrington.

—Bien, como iba diciendo, es tiempo de decidir la inocencia o culpabilidad de Malcolm Jordan —dijo Thomas Aynesworth, mirando a los miembros de la corte con severidad, como si ellos hubieran sido culpables del tumulto de hace unos minutos atrás—. Que alcen la mano aquellos a favor de la culpabilidad.

Tomó un rato para que la votación tuviera lugar. El encargado de contar los votos, como pasaba con Artemisa Fowle, no lucía agitado, y contaba manos con calma, como debía ser en una situación como aquella.

—Aquellos a favor de la inocencia…

Un bosque de manos se alzó en la corte. A Thomas no le gustaba lo que estaba viendo. Antes de la jugada de Isaías Harrington, había conversado con muchos de los miembros y, aunque no obtuvo respuestas literales, era evidente que la mayoría creía que Malcolm Jordan era culpable. Después del tumulto, pudo ver que había una paridad casi perfecta entre miembros que abogaban por inocencia y culpabilidad.

El hombre que contaba los votos entregó el resultado, y Thomas mostró una expresión indescifrable. Tratando de mantener la calma, volvió a mirar a los miembros del Wizengamot como si ellos le hubieran hecho un daño grave.

—Es la decisión de esta corte que…


Caleb Wilson esperaba por una actualización de Galatea y los demás en cuanto a la búsqueda de Harry Potter. Aún se encontraba en la habitación donde estaban Hermione y Draco, pues quería que ella escuchara de primera mano la noticia de la captura. De ese modo, terminaría de quebrar su espíritu de una forma que ni el Veritaserum podía conseguir. Incluso podía hacer que cooperara con él, si decía las palabras correctas, de la forma correcta.

Caleb iba a consultar su reloj cuando un Patronus con forma de tigre apareció en la habitación. Dejó de mirar a Hermione para escuchar el mensaje.

—Harry Potter ha sido capturado. Opuso cierta resistencia, pero no es un mago demasiado experimentado. Lo estamos trasladando a la casa franca mientras hablamos.

Y el Patronus desapareció.

Caleb caminó lentamente hasta donde Hermione se encontraba amarrada, mirándola con una expresión burlona.

—Como lo acabas de escuchar, tu única oportunidad de salir de aquí se hizo humo. No tendrás otra alternativa que aceptar nuestro plan. Y, para convencerte aún más de nuestra causa, voy a traer a alguien que te dará razones bastante persuasivas de que lo que estamos haciendo es lo correcto.

Y Caleb abandonó la habitación, dejando a Hermione con un frío en sus huesos que nada tenía que ver con la temperatura. Harry había sido atrapado. Ya no había escape posible, pues nadie sabía dónde se encontraba aquella casa franca, y no había razón en absoluto para investigar a Dragón Negro. Incluso puede que haya alguien en el Ministerio que hubiera hecho posible que Caleb y sus hombres pudieran hacerse pasar por Aurores. Y, lo que era peor, Draco sabía la verdad, y no porque ella hubiera escogido voluntariamente decírsela. No quería imaginar lo que él estaba pensando en ese momento. No habría podido de todas formas, pues una nueva persona había entrado en la habitación. No era Caleb, pues él era alto, y el hombre que acababa de aparecer era más bajo.

—Hermione Granger —dijo el individuo, usando la misma silla que había conjurado Caleb Wilson para sentarse—, al fin nos conocemos. Debo admitir que libraste una lucha bastante notable contra esta enfermedad, pero debiste escuchar a Caleb Wilson la primera vez. Esta enfermedad es incurable. Yo me aseguré de ello.

Hermione dilató los ojos a tope. Aquel hombre, quienquiera que fuese, era el sujeto que había diseñado la enfermedad que aquejaba a Draco. Sin embargo, cualquier palabra que hubiera querido decirle quedó en nada, pues sentía su garganta contraída.

—¿Quién eres tú? —preguntó Draco con voz débil.

—Esa es una buena pregunta —dijo el hombre, sin dejar de mirar a Hermione—. Mi nombre es Marcus Brigham, pero los de Dragón Negro —y ciertos elementos en el Ministerio—, me llaman simplemente… "Doctor".