Un ángel bajó volando del cielo y preguntó el camino a Shikon.
—Busco la perla que perdí, ¿me puedes ayudar?
Lizzy Lizard sonrió y miró hacia el mar.
—Sé cómo ir pero no lo puedo decir, tonta, tonta de mí.
Por fin se encontraba en la guarida del dragón.
Las habitaciones de Inuyasha estaban decoradas en malaquita, negro y oro, y amuebladas con tal opulencia que incluso el regente se habría encontrado como en casa. La antecámara tenía la única chimenea de toda Dragonard, y, como rara vez se usaba, estaba cubierta por una enorme pantalla de clara influencia inglesa, adornada con galones, fle chas y cabezas de carnero.
Inuyasha le señaló una silla con brazos en forma de monstruo que vomitaba fuego y que parecía haber sido diseñada por Dante en su baja da a los infiernos. Kagome se sentó en el caro cojín acolchado de seda negra sin prestar atención a sus faldas mojadas mientras lo observaba acercarse al escritorio de ébano y sacar un mapa detallado del mundo. Era obvio que pretendía que ella le mostrara dónde estaba la perla, como si pudiera levantarse y señalar el punto exacto.
—Aquí están los versos —dijo Inuyasha, entregándole un libro de papel veneciano de color salmón y oro. Ella bajó la mirada y leyó los versos de la rima que tan bien conocía, escritos del puño y letra del pira ta—. Dime lo que sabes.
—La verdad es que sé muy poco —tuvo que reconocer Kagome, cerrando el libro.
—Sabes que tu padre se llamaba Sota Higurashi. ¿Cómo lo sabías?
—Recuerdo algunas cosas.
—¿Qué cosas? —La obligó a mirarlo a los ojos, pero ella volvió la cabeza.
—Cosas estúpidas. Irrelevantes. Recuerdo que mi padre me llevó una vez a un baile en Carlton House, la residencia del regente. — Sacudió la cabeza—. No quiero decir que entráramos al baile, natural mente, pero recuerdo que me llevó hasta allí cuando llegaban los invi tados. Nos quedamos en la calle y observamos los carruajes. Las damas llevaban hermosos vestidos de satén, y recuerdo que mi padre parecía embrujado por el desfile de joyas. —Bajó la voz, avergonzada—. Fue entonces cuando me enseñó la canción por primera vez. —Se levantó y empezó a dar vueltas, nerviosa—. No sé qué mas decirte. Era demasia do pequeña. Estas cosas no tienen importancia.
—Quizá si hablamos lo suficiente, encontremos la única cosa que sí la tiene. Ven a mirar el mapa. —La cogió de la mano y la guió hasta la mesa.
—No veo nada —aseguró Kagome tras mirar el mapa y apartar la vista—. La rima no tiene sentido. No significa nada.
—Mira otra vez —le pidió de nuevo, obligándola a volver al mapa.
La joven obedeció, y después, suspiró abatida.
Él la observó con un extraño brillo en sus ojos.
—Me da la sensación de que no le pones ningún empeño, Kagome. ¿No quieres irte en el Resolute?
—Sí, sí, claro que quiero irme —afirmó con excesiva rapidez. Volvió al mapa e hizo el esfuerzo de examinarlo de nuevo, pero su mira da volvió a perderse.
—Mira el mapa, Kagome.
—¡Te digo que no puedo encontrarla! —exclamó de repente. Se alejó de la mesa y miró la montaña que presidía la isla a través de las per sianas de lamas. Por primera vez desde su llegada a Mirage, el pico había perdido su lujosa cortina de niebla, y, sin ella, la irregular cumbre pare cía desnuda.
—Creía que habíamos acordado que esto era lo mejor, que me dirías todo lo que supieras, que yo lo aceptaría y encontraría la perla sin ti. —Se puso a su espalda—. ¿Por qué siento de repente que ya no cooperas?
Ella cerró los ojos. ¿Por qué no cooperaba? El Resolute era su últi ma esperanza de conservar la cordura. Lo más conveniente era hacer todo lo posible por encontrar la ubicación de la perla y salir en el barco cuando partiese. Al fin y al cabo, ayudar a Inuyasha ya no tenía por qué ir contra sus principios. Había hecho cosas peores. Aquella noche en Grand Talimen había demostrado que la pasión que albergaba en su interior por aquel hombre, podía poseerla al igual que el dragón poseía a Inuyasha. Respiró hondo y se volvió hacia él.
—Es inútil. No puedo ayudarte. Recuerdo apenas unos fragmentos que no sirven de nada. Me has tenido cautiva todo este tiempo para nada.
—Creo que no —respondió él, entornando los ojos—. De hecho, creo que sabes mucho más, pero que has decidido no contármelo.
—¿Por qué haría algo así? —Intentó reír, pero no lo consiguió.
—No sé por qué, sobre todo cuando sabes que no me gustan los juegos. —Furioso, la cogió del brazo sin darse cuenta de que apretaba con demasiada fuerza—. ¿Qué pasa, Kagome? ¿Por qué de repente guar das silencio?
—¡No lo hago! —Intentó soltarse, pero no pudo.
—Entonces, háblame de tu pasado. Cuéntamelo todo.
—¡No hay nada que contar!
—Mírame —exigió él, acercándola a su cuerpo y obligándola a que levantara la mirada—. Dime que no mientes —le pidió, mirándola a los ojos—. Por todo lo que más quieras, dime que no sabes más.
—No... no... —Lo miró, pero apartó la vista, incapaz de responder.
Esperaba que su negativa provocara un gran estallido de furia, pero, como siempre, Inuyasha resultaba más peligroso cuando mantenía la calma.
La soltó, cruzó los brazos sobre el pecho y la estudió. Ni siquiera necesitaba mirarlo para saber que sus ojos, fríos y duros, la atravesaban.
—¿Hemos acabado ya? —susurró Kagome, desesperada por retirar se a su habitación para poder poner en orden todo lo que surgía en su pecho. Pero tendría que haber sabido que Inuyasha no se lo permitiría.
—No te irás hasta que sepa dónde se llevó Sota Higurashi la perla de shikon —afirmó lentamente.
Se acercó a las enormes puertas de caoba de su suite, y ella se sobre saltó al oír el chasquido del pestillo. Inuyasha se volvió, colocándose de espaldas a la puerta. La joven le observó y supo de repente qué se sen tía al ser la presa de un dragón.
—¿Y si no hay respuestas? —susurró en tono casi suplicante.
—¿Alguna vez te he contado la historia del Leviathan? —le pregun tó. La joven sacudió la cabeza. Estaban frente a frente, a varios metros de distancia, pero Kagome sentía que la presencia del pirata llenaba la estancia—. El Leviathan era el barco de Myoga. —Empezó a narrar mientras se acercaba aella—Era un barco magnífico que hacía la ruta entre Southampton y Argel. Myoga era uno de los mejores capitanes que he conocido. Cuidaba del barco como si fuera su esposa.
—¿Qué tiene que ver el Leviathan con todo esto?
—Un día, un barco con bandera inglesa lo abordó por un costado —siguió Inuyasha, sin dejarla hablar—. Myoga no podía dar crédito a lo que le estaba sucediendo. Incluso los piratas tienen el honor suficiente para mostrar su verdadero estandarte cuando atacan.
—¿El barco era de Sesshoumaru?
—Ah, siempre se me olvida lo astuta que eres —respondió con una sonrisa—. Sí, claro que era suyo.
—¿Sesshoumaru lo abordó y por eso Myoga no lo perdonará nunca?
—Sí.
—¿Así que ni tú ni Myoga abordasteis nunca un barco durante vues tros «viajes»? —preguntó Kagome en tono sarcástico—. Creo que no eres el más indicado para tirar la primera piedra.
—Hay más. —Dio otro paso adelante—. De joven, Sesshoumaru estudió cirugía en Alemania. Como la tripulación del Leviathan no se rendía, apresó a Myoga y le cortó los dedos uno a uno hasta que se doble gó. Algunos dirían que el capitán Corbeil fue un cobarde por entregar su barco, pero soportó que le cortaran tres dedos. Piénsalo, Kagome: cada nudillo, cada articulación, cada hueso, cortado...
Ella cerró los ojos sintiendo un escalofrío. No podía creerse que el pobre Myoga hubiese tenido que soportar semejante tortura. Era dema siado espantoso.
A él pareció agradarle su reacción.
—¿Quieres que haga pasar a los hombres de mi tripulación para que te cuenten cada una de sus historias? Por ejemplo, el cocinero. ¿Quieres que te explique cómo perdió el ojo?
—No —consiguió decir con voz ahogada.
—Ah, ya veo que esto te pone enferma.
—Pondría enferma a cualquier persona decente.
—Entonces, seguro que entiendes su necesidad de vengarse de Sesshoumaru. —Ella guardó silencio, aunque se odió por hacerlo—. En el Leviathan había doscientos hombres, Kagome. Sólo sobrevivieron vein tiséis. —La joven reprimió un gemido y él la miró con expresión triunfan te—. Ahí lo tienes. No puedes hacer caso omiso de esas almas, ¿verdad? De esas decenas de hombres que claman venganza desde sus tumbas.
Temblorosa, Kagom se sentó de nuevo en el sillón que había ocu pado antes. Ya no podía seguir guardándose nada, ni siquiera aunque de ello dependiese su felicidad.
Al cabo de un momento, una vez recuperada la compostura, pre guntó:
—¿Qué te hizo a ti Sesshoumaru, Inuyasha? Tú no estabas en el Leviathan.
—Si te digo lo que me hizo a mí, ¿me dirás lo que sabes? —inqui rió levantándole la barbilla—. Creo que no. Te gusta ayudar a los ino centes, Kagome, y tú sabes mejor que nadie que perdí la inocencia hace mucho tiempo.
—Dime qué te hizo...
—¡Ayuda a esos pobres hombres que se hundieron con su barco! ¡Te necesitan!
Lo miró, asombrada de lo manipulador que podía llegar a ser. Inuyasha sospechaba que quizá lo que sentía por él pudiese nublar su deseo de vengarse de Sesshoumaru, así que dirigía su empatía hacia las víctimas del Leviathan. Y le estaba funcionando a la perfección. No podía quitarse de la cabeza la imagen de aquellos hombres sufriendo y ahogándose.
—Ayúdalos, Kagome. Sólo tú puedes evitar que murieran en vano.
Trémula, la joven tomó aire y empezó a hablar, pronunciando las palabras de forma monocorde y desesperada.
—El nombre de mi padre era Sota. Procedía de la isla de St. Mary's, en el condado inglés de Cornualles, pero yo crecí en Londres. Recuerdo la buhardilla en la que vivíamos. Creo que estaba al oeste de la ciudad. La guardia montada pasaba por allí todos los días, por temor a las revueltas populares.
—¿Recuerdas algo más sobre tu padre?
—Mi padre... Me cuesta recordarlo. Sólo sé que vivía allí.
—Sigue.
Una parte de ella empezó a morir mientras hablaba, porque, con cada palabra, los lazos que la ataban a Inuyasha se iban soltando.
—Lo cierto es que hay muy poco más. Sólo recuerdo fragmentos... La luz del sol que entraba por las mañanas y me impedía seguir dur miendo... Que me daba miedo lo que se pudiera esconder bajo mi cama... —Su voz se convirtió en un susurro—. Mi padre recitando una canción infantil.
—Sí, vamos a hablar sobre la canción. —Acercó aún más su sillón a la joven—. Dime todo lo que sepas sobre la rima.
—La ensayábamos todas las noches, como una oración para antes de dormir. Se aseguró de que no la olvidase nunca.
—Quería que tú tuvieses la perla.
—Puede, no lo sé —respondió ella con tristeza.
Inuyasha confundió la expresión de la joven. Cogió sus delicadas manos entre las suyas y dijo:
—No quiero nada que no me corresponda, Kagome. Por lo que a mí concierne, una vez tenga la perla en mis manos y haya cumplido mi misión, es tuya. Puedes quedártela.
Kagome se rió con amargura.
—Justo lo que siempre había soñado, una perla tan grande como mi puño. ¿Me calentará durante las frías noches londinenses que me esperan?
—¿Qué estás diciendo? —preguntó Inuyasha tras mirarla y retirar lentamente las manos.
—Estoy diciendo que no me importa la maldita Perla de Shikon. Cuando regrese a Londres, volveré al Hogar, y ojalá pueda recuperar mi antiguo puesto. No necesito nada más.
—Necesitarás dinero para cuidar de ti misma. No puedes volver a aquel maldito sitio.
—¿Ah, no?
—No. Sesshoumaru lo conoce, así que es demasiado peligroso.
—No tengo ningún otro lugar al que ir.
—Escúchame, pequeña —le dijo, agarrando el collar que le había regalado y tirando de él para acercarla—, no eres rival para Sesshoumaru. Sabe que eres hija del hombre que le robó la Perla y, aunque la recupere, disfrutará encontrándote y haciéndote pagar por los crímenes de tu padre, ¿comprendes? No volverás al Hogar. Kaede te acogerá en St. George's y te quedarás allí hasta que yo diga lo contrario.
—Cuando tengas tu maldita perla, no podrás seguir retenién dome. Haré lo que quiera. —Recuperó el collar, se levantó y se acercó a la ventana. La grandiosidad de Mirage siempre la atraía, pero, de algún modo, aquella noche parecía haber perdido su brillo.
—No me agrada la idea de que regreses a ese orfanato. Ni ahora ni nunca —aseguró, frotándose la mandíbula y mirándola—. ¿Todavía echas de menos a tu querido Houyo? —preguntó tras una ligera vacilación. Ella se negó a contestar—. Kagome —siguió diciendo él, después de levantarse—, quítate de la cabeza la idea de regresar ahora a Londres. Si quieres a Houyo, puedes escribirle y pedirle que se reúna contigo. Pero no te pongas en peligro volviendo al Hogar.
—Si quiero volver a Londres, lo haré.
—No dejaré que lo hagas.
—¿Y por qué no? —Se le rompió la voz. No debería haber hecho aquella pregunta. ¿Qué clase de respuesta esperaba? No se podía imagi nar a Inuyasha haciendo declaraciones de amor para mantenerla a su lado. Entonces, ¿por qué sentía aquel vacío dentro de ella que se lo pedía a gritos?
—Sesshoumaru te destrozará si te encuentra, ¿es que no lo entien des?
—¿Cómo sabes tanto sobre ese hombre? —preguntó la joven con el ceño fruncido—. Exijo que me cuentes la razón por la que dedicas tu vida a vengarte de él.
—Es mi hermano.
Se volvió de golpe y lo miró. No podía creer que fueran hermanos. Pero la expresión de Inuyasha se lo confirmaba. Su rostro parecía impla cable, como siempre, pero en sus ojos se leía una emoción poco habi tual. Vio rabia y traición, y algo mucho peor: un dolor que lo recorría como una cicatriz profunda y silenciosa, y que clamaba por vengarse.
—¿Qué te hizo? —Apenas pudo articular la pregunta, porque el dolor de Inuyasha le llegaba hasta el alma.
—Somos hijos de la misma madre, pero era mi padre quien poseía el título de vizconde de Blackwell.
Cerró los ojos, enferma de nuevo. Todo empezaba a cobrar sentido. Por qué había estado tan mimado de pequeño, y por qué se había endu recido tanto. Su propio hermano era el culpable de que hubiese acaba do en Argel.
—¿Por qué lo hizo? ¿Para conseguir el título? —Su voz sonaba aho gada.
Inuyasha no respondió. Su expresión se había vuelto impenetrable de nuevo. Resultaba obvio que no iba a hablar más de su pasado.
Kagome cogió la llave que colgaba entre sus senos, y por fin se dio cuenta de que era el blasón de los Blackwell lo que había grabado en la base. Las piezas del rompecabezas encajaron al ver los dos dragones mirando hacia atrás que flanqueaban el escudo. Eran casi iguales al de la joya que le había regalado su padre. De repente, se dio cuenta de que su colgante no era un lagarto, sino un dragón diseñado para el escote de una mujer; obviamente para la vizcondesa de Blackwell. Y cuando pensó en ello, se dio cuenta de que si se eliminaba el toque chino del tatuaje, el dragón de la espalda de Inuyasha era idéntico al dragón del blasón.
—En China creen que los dragones son criaturas benévolas, ¿no es cierto?
—Sí.
—Pero el dragón inglés no lo es, ¿verdad? Y aunque el dragón de tu espalda sea chino, en realidad simboliza el dragón del blasón de tu fami lia. —Él asintió lentamente con la cabeza—. Esta llave, ¿cómo llegó a tus manos?
—Estaba en mi bolsillo el último día que pasé en Londres.
—¿Por qué me la diste?
—Porque simboliza todo lo que era bueno en mi vida... —respon dió Inuyasha, bajando la voz hasta convertirla en un susurro ronco.
Kagome se llevó la mano a la boca, dejando por fin que la conmo ción y la tristeza la invadieran. Quizá, en el fondo, todavía conservaba la pequeña esperanza de poder domar al dragón, de poder calmar la rabia y las ansias de sangre, y quizá de poder ayudarlo a encontrar la feli cidad. Pero, en aquel momento, entendió que aquello rallaba lo imposi ble. El dragón era demasiado fuerte y su ira iba más allá de cualquier razonamiento. Lo único que podía vencer aquel tipo de furia era el amor, e Inuyasha no lo aceptaría de ella; ni dejaría que lo que sentía por Kagome, fuese lo que fuese, venciera al dragón. Su amor jamás sería correspondido.
—Ahora ya sabes por qué la Perla es tan importante —dijo Inuyasha.
—No, no lo sé —respondió ella de repente, incapaz de dejarlo esca par sin oponer resistencia—. Lo único que está claro es que esta ven ganza te está destrozando. Nunca serás feliz persiguiendo a Sesshoumaru. Tu odio te convertirá en un monstruo; en alguien igual a tu hermanastro.
—Quizá ya sea como él. ¿Lo has pensado? La mitad de su sangre corre por mis venas. —Su rostro se había convertido en una máscara de frialdad.
—Entonces, ¡lucha contra ello! ¡No tienes que ser como él! ¡No es tu destino! Yo sé que eres un hombre honorable.
—Ah, que bendita perspectiva. Pero no es tan fácil, Kagome. Quizá no quiera luchar contra ello.
—Pero tienes que hacerlo —le suplicó—. Ahora veo que la vengan za no tiene nada que ver con el título de los Blackwell. Ni con la rique za, ya que la tuya debe triplicar la de Sesshoumaru. Este desquite nunca te hará feliz. No destruyas todo lo que se ponga en tu camino para lle gar hasta él. Si lo haces, no te quedará nada.
—¿Qué sabrás tú de todo esto? —le espetó Inuyasha con ojos brillan tes de ira—. Tú, con tu vida segura y miserable. ¿Cómo vas a saberlo?
Intentaba herirla, pero ella hizo caso omiso de sus palabras.
—Sé de lo que estoy hablando, Inuyasha. He conocido a los niños del Hogar, y muchos tenían pasados como el tuyo. Los que lo olvidaban y seguían adelante eran los que sobrevivían. Los que no, los que alimen taban su rabia como haces tú, nunca lo hacían.
—No soy como ellos, Kagome.
—No por fuera.
Se miraron a los ojos, y, durante un instante, la joven creyó haber llegado hasta él. Pero entonces, sin previo aviso, la cogió con tanta fuer za por los brazos que le cortó la respiración.
—¿Qué te hace pensar que la bastarda de un ladrón puede cambiarme?
Su pregunta la laceró hasta el punto de sentir dolor físico, abriendo una herida en su interior que empezó a sangrar.
—¿Es que tus bajezas no tienen límite?
—No, no lo tienen. Y puedo llegar mucho más lejos. —Le rodeó la cintura y la levantó del suelo, para poder mirarla a los ojos sin tener que inclinarse. Entonces, esbozó una oscura sonrisa—. ¿Por qué siempre me obligas a probar lo cruel que puedo llegar a ser?
—Yo no te obligo a nada. —Escondió su miedo tras una fachada de firmeza—. Es esa bestia de tu espalda, Inuyasha. Sólo refleja el odio que hay en ti.
—Y tú te pones en peligro cada vez que lo olvidas. —Sonrió como si disfrutara asustándola; después la besó, y sus labios saquearon los de Kagome con crueldad.
Ella gimió, odiándolo por conocer su debilidad, y odiándose por haberse enamorado de él. Pero, mientras la besaba sin piedad, Kagome era testigo de la dura batalla que se llevaba a cabo en el interior de Inuyasha; la parte generosa y honorable luchaba sin cuartel contra la parte que le hacía daño al cogerle la barbilla y forzarla a responderle.
Cuando el beso se hizo más profundo y la lengua de Inuyasha inva dió su boca, finalmente se resistió. Levantó la mano y lo abofeteó. Él ni siquiera se inmutó. Se limitó a reírse y a besarla con más fuerza, hasta que ella intentó volver a golpearlo. Pero, esta vez, él estaba preparado. Atrapó su muñeca con mano de acero y le dobló el brazo hasta colocar lo a su espalda, haciendo que arqueara la espalda y convirtiéndola en su cautiva. La joven ahogó un grito de sorpresa. Sin más armas, se vio obli gada a rendirse.
Él la empujó hacia la cama, y a la joven le pareció revivir aquella especie de danza oscura que ya habían bailado antes. Aunque permane cía tensa y rígida, Inuyasha la puso sobre el colchón y se colocó sobre ella sin dejar ni un solo momento de besarla y acariciarla, invadiendo sus sentidos. Deslizó la mano por su costado, llegó hasta su pecho y comen zó a atormentar su pezón. La joven le oyó gruñir y sintió su rígido miembro apretándose contra sus muslos. Intentó escapar, volver a luchar, pero él terminó con su rebelión atrapando sus manos y ponién dolas por encima de su cabeza. Kagome intentó obligarlo a mirarla, pero él evadió sus ojos. Prefería envolverla en su seducción dándole peque ños besos y mordiscos en el cuello que casi llegaban a provocarle dolor.
Cuando los dedos de Inuyasha tiraron de la gasa del vestido en busca de la piel que había debajo, cada uno de los suaves rasgos de la cara de Kagome reflejó su dolor. Y, cuando finalmente, agarró el corpiño y se dispuso a rasgarlo en dos, la miró a los ojos y, como si se burlara de ella, desgarró unos centímetros la zona del vestido que cubría el valle entre sus pechos.
—¿Cómo lo quieres, Kagome? —susurró—. ¿Violento o suave?
—Ya sabes cómo lo quiero, Inuyasha —respondió, sin que sus doli dos ojos turquesa lo abandonaran en ningún momento.
Se produjo un duelo de miradas que pareció ser eterno. Los ojos de Kagome estaban llenos de súplica y dolor, pero ya no albergaba ninguna esperanza de llegar hasta él. Su destino era soportar aquella noche y des pués dejarlo, encadenada para siempre al recuerdo del hombre atrapado por el dragón.
—Deja de mirarme —exigió él con voz ronca y grave.
—No puedo —contestó ella, apenas capaz de controlar el temblor de su voz.
—¿Por qué? —La expresión de su rostro reflejaba una extraña mez cla de ira y desesperación que la joven nunca había visto.
—Porque... —Por fin cayó una lágrima. No le importó. Ya no le quedaban motivos para esconderse—. Porque puede que eche de menos al hombre que amo, Inuyasha. Y ya sabes que no suelo verlo muy a menudo.
Inuyasha bajó de la cama al instante. Se quedó mirándola durante un largo instante con violencia reprimida y señaló la puerta.
—Sal de aquí. No vuelvas a presentarte ante mí. ¿Me oyes? —gritó.
Ella dejó escapar un sollozo ahogado; después se puso en pie como pudo y se agarró el corpiño roto.
—Inuyasha —suplicó, horrorizada ante la idea de no volver a verlo.
—Sal. Te irás mañana en el Resolute.
—Inuyasha, escúchame... —empezó a decir, pero él la silenció con una mirada letal. Cuando no vio más que furia y hielo en su expresión, reprimió las lágrimas y se tambaleó hasta la puerta, pensando en las frías noches que la esperaban, teniendo como único consuelo el recuerdo de unos ojos dorados llenos de ira.
OMG! Que Final de capi no creen? Muchas gracias a… KaagLawlliet : el primer rew! Gracias por decidirte a comentar! Sigo adaptando por ustedes guapa! Bruxy-chaan: pues ya se puso mas cabezota ahora no crees? ¬¬ un besote nena! Haru-chan: nos gusta la mala vida! Ya ves que si estuviéramos en el lugar de Kagome ahí vamos por Inuyasha jajaja…Nonahere: mi chica perspicaz! Tienes razón! Va cerca! ;)…. Takarai Arii: Gomen! estaba viendo que mi lap boro tu nombre de los agradecimientos del capi pasado! Muchas gracias por tu rew y tus categorías hermosa!...Besos y abrazos a los que leen y no comentan aun!
Dark_yuki
