De vuelta a la hoguera escuchó las risas de los chicos tras los árboles y un escalofrío le recorrió la espalda. Ahora era un enemigo del pueblo y mientras estuviera con él buscarían excusas para hacer lo mismo con ellos. El papiro manchado con la sangre del explorador le mostraba a él como un delincuente peligroso, prometiendo una cuantiosa recompensa por cualquier información sobre su paradero.
Shu se quedó de pie frente a la hoguera con el mensaje en la mano y la mente en blanco, releyó su descripción un par de veces y entonces lo lanzó al fuego. No lo diría, no les preocuparía sin motivo. Lo notaba, cada día que pasaba era más fuerte, más resistente… y más despiadado. Nadie les pondría la mano encima, nadie se interpondría en su camino.
La situación se le había ido de las manos… Tanith, anclada en su cabeza como un gato agazapado, observaba con terror como los dos muchachos intentaban alcanzarla con una sonrisa de oreja a oreja mientras khyssa le bufaba y maldecía con la mirada a una distancia prudencial.
- ¡Niños!, ¡estaos quietos maldita sea!- Ikirii intentaba bajar a Tanith mientras evitaba que Ata y atsu se le engancharan a los brazos o la derribaran al agua. Estaban emocionados, nunca habían visto alguien así, y su reacción les divertía. Khyssa por su parte no terminaba de fiarse de ella, ni encajaba demasiado bien que un segundo después de ver a aquella chica sus dos amigos la habían ignorado por completo. En medio de ese caos unos ojos brillantes aparecieron inadvertidos entre los árboles cuando de repente Shu se lanzó al agua de una bomba empapándolos y tirándolos a todos de culo.
El joven rio divertido mientras los demás intentaban comprender que había pasado. El más pequeño se apartó el pelo de la cara y al ver desnudo a Shu se quedó en silencio mirándole el pene muy sorprendido.
¡Qué grande es tu pito!, ¡mira Atsu! –
Shu lo miró sorprendido por un instante y entonces empezó a reír aún más fuerte, mientras las dos niñas se tapaban la cara de vergüenza e Ikirii observaba divertida toda la surrealista escena. Al fin, pudo agarrar a Tanith y bajarla, lo que volvió a llamar la atención de los chicos, abalanzándose inmediatamente sobre ella para achucharla.
Mientras Shu e Ikirii se lavaban, los niños jugaron, relajados por primera vez en días. Tanith, tan tímida como parecía hace un momento ahora asaltaba a cosquillas a los hermanos y tonteaba lanzando agua a khyssa. Sonreía sin preocupación, sin tiempo para pensar en nada más. Los dos adultos los observaban alegres mientras discutían la hoja de ruta de los próximos días.
Haremos parada en Men-Nefer, compraremos algunas provisiones, un asno y después lo ideal sería tomar un barco hasta Abydos-
Ikiri se mostró extrañada.
Creía que evitaríamos tomar el río, ¿no son más seguros los caminos? -
Shu asintió.
Al norte sí, pero dada la situación creo que vamos a ver bandidos y soldados en cualquiera de los caminos…al menos esta es una ruta más rápida y mucho más cómoda para los niños. - Shu se secó el pelo y siguió hablando. – Aparte los barcos llegan hasta la primera catarata, después tendríamos que seguir a pie un tramo muy duro, así que prefiero que guardéis fuerzas hasta entonces-
El verdadero objetivo era evitar los núcleos urbanos tanto tiempo como fuera posible; su nombre era más o menos conocido y no quería estar esquivando a la guardia todo el rato mientras cargaba con cuatro niños. Las barcazas eran atacadas habitualmente por bandidos y tropas de Kush, pero para todos ellos no era más que un pasajero sin nombre que se defendería con uñas y dientes.
El resto de la noche trascurrió con tranquilidad, como debía ser; descansaron, comieron y hablaron al abrigo del fuego, y cuando el frío empezó a apretar cayeron redondos presos del sueño. Esa noche debían dormir bien, pues cuando despertaran comenzaría la gran odisea por las milenarias tierras de Egipto.
Como había imaginado, la travesía restante hasta Men-Nefer fue mucho más tranquila y cómoda que el resto del viaje hasta ahora. Había paradas para descansar cada pocas horas y la senda estaba protegida y llena de vida; los comerciantes procedentes de todas las ciudades de la cuenca del mediterráneo convergían en aquella importante ruta que conectaba Egipto con el territorio Asirio para comerciar con especias y metales preciosos.
Los niños, que habían vivido toda su vida en un pueblo pequeño quedaron impactados al ver a lo lejos las murallas de la primera capital de Egipto; la belleza eterna, la balanza entre los dos mundos, Men-nefer.
Atsu, Ata y Khyssa admiraban boquiabiertos los grandes templos dedicados a Ptah que coronaban la ciudad, los monumentos, el palacio real, las granjas de trigo doradas que alfombraban las afueras, y los talleres y hogares de fachada blanca y resplandeciente que se extendían bordeando ambas riberas del río Nilo, lleno de actividad y repleto de barcos que lo cruzaban para conectar aquella hermosa ciudad con cada rincón del Mediterráneo… aunque Uaset (Tebas) la ha había sustituido como capital del imperio hace más de mil años, jamás pudo arrebatarle a Men-nefer el título de la más bella de Egipto.
Al adentrarse en la ciudad los chicos se agarraron a las faldas de Ikirii, abrumados por los estímulos de la dinámica urbe; los olores de las especias e inciensos se mezclaban en el aire con el polvo y la arena levantados por los transeúntes y agitados comerciantes que se agolpaban en las calles, la música de los instrumentos de cuerda y viento se fusionaba con los cantos en diferentes idiomas, los colores de las plazas, los pequeños templos de los barrios populares y las flores exóticas que adornaban los jardines alrededor de estos lugares… todo contribuía a abotargar los sentidos de cualquier recién llegado, más aún si nunca había pisado una gran ciudad.
Shu miró a los chicos y pareció divertirle la inocencia que demostraban. Se acercó a ellos por detrás y antes de que se dieran cuenta los agarró y subió a sus hombros. Sorprendidos lo miraron sin decir nada por un instante, pero su atención se redirigió rápidamente hacia la ciudad, vista ahora desde aquella nueva perspectiva. Más calmados, se dieron cuenta que en dentro de ese caos había cierto orden; los ciudadanos realmente no se agolpaban, respetaban su espacio, y los mercaderes y artesanos mostraban sus mercancías, pero lejos de acosar a los transeúntes sus reclamos no pasaban más allá de mostrar un profundo orgullo por sus productos. Los músicos adornaban las voces de los cantantes y la danza de las bailarinas en las grandes plazas, entre banquetes en los que solo se movía el vino y cerveza.
Una flor de loto de las que alfombraban la calle llegó volando hasta Ikirii y esta la agarró al vuelo y se la ofreció a Tanith, que la sostuvo entre sus manos mostrando una tímida sonrisa. Habían llegado en época de celebraciones, organizadas por los líderes locales para subir la moral de los ciudadanos tras las malas cosechas.
Atsu le indicó a Shu que le bajara y este se acercó a los músicos para escuchar mejor lo que estaban cantando.
¡Alégrate!
Que olvide el corazón te hace glorioso.
Pon mirra en tu cabeza,
vístete con el más fino lino,
úngete con la auténtica maravilla de los óleos del dios
y acrecienta tu felicidad.
Que tu corazón no languidezca.
Sigue a tu corazón y a tu placer.
Dedícate a tus asuntos sobre la tierra,
no lastimes tu corazón.
Cuando te llegue el día del lamento
el débil de corazón no escuchará sus lamentaciones,
al hombre no lo salvarán sus quejas de la tumba.
Así pues, pasa una feliz jornada,
no languidezcas en ella.
Mira, nadie puede llevar sus cosas consigo.
Mira, no hay nadie que haya partido
y haya regresado.
Ignoraba el porqué, pero aquella canción le hacía sentir tristeza. Estaba tan ensimismado que dio un respingo cuando Ikirii le puso la mano en el hombro para indicarle que tenían que moverse. Este asintió, y tras unos segundos callado la cogió de la mano.
¿De qué iba la canción? - . Preguntó el chico
Ikirii lo miró antes de responder; este caminaba cabizbajo y pensativo, con una expresión muy triste en el rostro.
Es un canto a la vida, llama a disfrutar de esta pues cuando todo acaba es demasiado tarde para lamentar no haberla vivido con plenitud –
Siguieron caminando hasta que Ikirii notó que Atsu le apretaba con más fuerza. Esta vez la joven se detuvo y se agachó hasta mirarle a los ojos, estaba llorando.
¿Crees que papa tuvo una vida plena? ¿Qué se fue sin lamentaciones? -. Dijo mientras se frotaba las lágrimas.
Ikirii imaginaba que lo sabía, pero no lo había visto llorar hasta ahora desde que salieron de Petra. El muchacho intentaba detener con torpeza las lágrimas mientras moqueaba e hipaba cada vez más. Con un nudo en la garganta, Ikirii lo abrazó con fuerza y asintió en silencio, dejando que Atsu se desahogara en su hombro. Shu se fijó y les dejó espacio, hasta que más tranquilos se volvieron a reunir con el resto.
¿Qué te pasa? - Le preguntó Ata mientras Atsu se secaba las últimas lágrimas.
Este sonrió y negó con la cabeza:
Nada, la arena –
