MARZO DEL 2015.-Estoy a punto de iniciar las vacaciones de primavera, en las que espero estar actualizando mis historias, por supuesto, para este periodo, he elegido que Digital Cuatro sea una de mis prioridades.
Lamento mucho la tardanza en la actualización, aunque creo que en esta ocasión me tardé menos en subir un episodio más de este larguísimo fic -que capítulo tras capítulo se acerca a su fin-.
Les adelanto que este es un capítulo de revelaciones e interacciones, ojalá les guste.
ADVERTENCIA.- Es un fic de temática fuerte, que incluye escenas subidas de tono, donde se manejan temas de violencia, trata, violaciones, homosexualidad, mafia, sexo, adicciones. Por favor, si eres sensible a esos tópicos, no leas. En esta historia, los personajes de Digimon –que NO me pertenecen- están envueltos en una trama oscura, por tanto, éstos son distintos a su perfil más feliz de la serie.
AGRADECIMIENTOS.- A mi beta para este episodio, Aeggdrasil, quien me ayudó a que este este capítulo estuviera mucho más limpio de errores ortográficos que otras entregas. Muchas gracias y disculpa las a ella podrán leer un capítulo de mejor calidad.
RESUMEN.- Sora es una chica de clase media cuya madre pretende casarse con un millonario, lo que provoca que su vida cambie de modo súbito, ya que se transfiere a otra escuela y los cuatro chicos más populares del colegio le declaran la guerra.
En el último capítulo, Sora y Yamato acudieron con Izzy para pedirle ayuda con respecto al problema de Taichi, quien a su vez está formulando sus propios planes de venganza contra Oikawa, uno de los involucrados en su secuestro, quien además abusó de él en repetidas ocasiones. Jou, por su parte, está a punto de tomar una decisión para deshacerte de yugo de su padre.
Digital Cuatro
Por CieloCriss
Veintiuno.- Komm susser tod
Takenouchi Sora
No recuerdo cuánto tiempo hablé, pero entre más me miraban los ojos negros del 'Nerd de computadoras', más palabras salían de mis labios. Cuando empecé a lagrimar, Yamato me interrumpió y resumió a grandes rasgos nuestras sospechas de que el autor intelectual del secuestro de Taichi había sido el doctor Kido.
—Ya veo —fue la respuesta corta de Koushiro, quien permaneció impávido ante mis lágrimas; parecía que la confesión que acabábamos de hacerle no le había dolido, al menos su rostro no lo reflejaba.
—¿Es lo único que tienes qué decir? —se molestó Ishida—. ¡Acabo de decirte que a Taichi le secuestraron y violaron por órdenes del padre de Jou!, ¿eso no es suficiente siquiera para que te sorprendas? —Sin esperar respuesta, el rubio aventó el tarro con café instantáneo hacia el pelirrojo, pero éste lo esquivó y sólo se chispeó de líquido en la ropa.
—Yamato-san, por favor no destruyas mi club de computación —pidió a Ishida, quien se enojó más y me agarró del brazo con fuerza.
—Nos largamos, mujer; ¡estabas mal cuando me convenciste de decirle todo a Koushiro! —me gritó.
Lo vi fragmentado, como si él fuera un trozo de la taza que acababa de romper.
—Suéltame, me lastimas —exigí ante sus modos violentos.
Yamato Ishida me liberó, pero apretó la mandíbula; todo él estaba tieso, como un cable de alta tensión.
—Fue la peor idea… lo resolveré a mi modo, iré ahora mismo a enfrentar a Kido, ahora mismo… —se dijo, aunque, en el fondo, se notaba que ni él ni yo sabíamos qué hacer.
Miré esperanzada al chico genio, al androide que yo suponía de buen corazón pero de malas expresiones. Sólo él podía ayudarnos a poner en orden lo que estaba pasando. A Yamato lo cegaba su sed de venganza contra Kido; a mí, me deprimía saberme débil y torpe para encabezar una guerra contra un hombre poderoso.
—Yo… siempre supe que Taichi-san había sido sexualmente abusado —fue la respuesta de Izumi, quien dirigió sus ojos al computador—. Leí el parte médico y policial del caso antes de que la señora Yagami mandara al comandante Ichijouji a ocultar la información.
—¡Miserable! —le gritó Yamato, agarrando a Koushiro del uniforme y estrellándolo contra la pared. Una pantalla estuvo a punto de caerse; pero, por suerte, sostuve el monitor antes de que tocara al suelo.
—¿Por qué me reclamas? ¿Acaso no lo sabías tú? —preguntó Izumi.
—¡Yo lo presencié! —exclamó Yamato, fuera de sí—. Vi cómo lo destrozaban, lo vi con mis propios ojos y no pude ayudarle, ¿¡entiendes lo que es eso?!
—Entiendo perfectamente el tema de abuso infantil —acotó el pelirrojo. Yo lo miré y sentí pena; recordé que Koushiro tenía una madre biológica que lo había herido mucho cuando niño—. No tenía por qué decirle a nadie lo que le había pasado a Taichi y tampoco sabía quién podía ser el culpable.
Yamato soltó a Koushiro; sus respiraciones nunca fueron más dispares: Yamato agarraba y soltaba aire de manera sobrepuesta; Koushiro parecía tener problemas para inhalar… yo misma sentí que hacía falta oxígeno en el club de computación del D4.
—Koushiro, ¿hay algo que no sepas?, ¿lo del padre de Jou lo sabías?
—Por supuesto que no —se defendió Izumi—. Es verdad que siempre he sospechado que el doctor Kido tiene nexos con la mafia de la industria farmacéutica y la venta de sustancias ilegales, pero jamás me hubiera imaginado que pudiera ser el causante del secuestro de Taichi.
—¿Entonces por qué no te ha sorprendido lo que te hemos dicho? —le pregunté al 'Nerd de Computadoras'.
—No me sorprende, porque lo veo viable.
—¿A qué te refieres?
—Creo que puede ser perfectamente posible que el señor Kido haya secuestrado a Taichi Yagami.
—¡Por supuesto que lo es, te lo estoy diciendo yo!
—Sí, Sora-san y tú me han contado los hechos, pero yo lo que quiero analizar es el contexto. —El chico puso su mano en la barbilla y sus ojos parecieron mirar dentro de su mente unos momentos—. En otras palabras, es necesario pensar en las razones que llevaron al padre de Jou a hacer algo tan cruel.
—A mí no me importan las razones, Koushiro, acabaremos con esto hoy mismo —mandó Yamato—. Llamaré a Ryo Akiyama, secuestraremos a Kido, lo siento mucho por Joe, pero esto debe terminar.
—¿Estás loco, Ishida? —reclamé—. Me prometiste que haríamos las cosas bien, en nombre de la justicia. ¿Crees que ese tipo de acciones ayudarán a Yagami?
—No seas ingenua, ¿o acaso piensas que interponer una demanda lo resolvería? Los Yagami jamás permitirían que se pusiera a discusión el secuestro de su heredero; los Kido, mucho menos; ¡ni siquiera hay pruebas de lo que pasó!, ¿te das cuenta de lo pequeña e insignificante que eres, Sora?, ¿consideras que alguien te creería?
Me mordí los labios y tuve ganas de cachetearle. No le hice porque no tenía caso discutir con ese hombre; no tenía caso creer en él, por eso tampoco debía permitirle a mi corazón enloquecer cada vez que nuestros ojos cruzaban miradas.
—¿Y tú sí eres poderoso? —lo cuestioné—. ¿Harás mucho bien a Taichi secuestrando a padre de Jyou?, ¿siquiera estás pensando en tus amigos?
—¡Silencio los dos! —nos pidió Izumi, abochornado por haber alzado la voz.
Lo miré apurado, como si hubiera cometido una imprudencia. Yamato le pegó con el puño a la pared, yo sorbí el café y Koushiro se llevó a la boca una piruleta de cereza.
—Yamato, necesito que te calmes y me esperes un momento, voy a hablarle a mi madre —pidió con timidez.
—¿Eh?, ¿llamarle a tu madre? —se exasperó el rubio.
—Sí, a Yoshie Izumi —pidió el más pequeño de los D4.
—¿Es que estás loco?
—Sólo será un momento. Es una llamada muy importante que nos ayudará mucho.
Lo vimos salir todavía avergonzado y con prisa. Yamato se hundió en una silla, yo miré el café derramado en el suelo y tuve ganas de quitarme los zapatos y caminar sobre los vidrios.
Algo no estaba bien conmigo.
Inoue Miyako
Mi vida escolar estaba acabada. Eso pensé y repensé muchas veces al mismo tiempo, como si mi cabeza fuera un juego mecánico que ejemplificaba el movimiento de un torbellino.
Quería vomitar.
Sí. Estaba llorando en el baño de mujeres pero en realidad no quería tirar lágrimas, sino vomitar el desayuno.
Koushiro Izumi era un idiota. Me había dejado ver como una zorra frente a Ken-kun…
Entrar a esa preparatoria de élite había sido lo peor que me había pasado en la vida; bien me lo había dicho Iori Hida que hacía mal en aparentar lo que no era, que estaba pésimo fingir que era una chica de clase alta muy inteligente.
No es que en realidad fuera tonta, a mí me gustaba estudiar pero también me agradaban las cosas sencillas de la vida: comer pastelillos, ver películas románticas, tener amigos y enamorarme de chicos perfectos como Ken-kun.
¡Ay, Ken-kun ahora mismo debía odiarme! Y no sólo él, Koushiro Izumi también me odiaba, por eso me estaba fastidiando la vida, por eso había caído en sus malditas redes de digital cuatro.
Quería vomitar, de verdad que sí. Pero ni vomitando ni llorando se me iba a quitar la desazón de vivir la vida de manera patética.
Hipié, me tallé los ojos y los lentes se me empañaron. Me soné la nariz y salí de los cubículos de escusados para verme al espejo y mojarme la cara.
Por culpa de Mimi-san y Koushiro Izumi había faltado a los primeros periodos de clases, si me daba prisa, quizá podía tomar educación física y artes, pero no estaba convencida de quedarme en el colegio.
La verdad era que yo quería irme a casa, llorar toda la tarde y comerme un litro de helado de fresa. Quería olvidarme de que había perdido mis primeras veces con un chico que sí me gustaba, pero no era el número uno en mi corazón.
¡Qué va!, yo sólo tenía 15 años, no tenía idea de lo que era el amor, no sabía lo que realmente significaba Ken-kun para mí, pero tenía en claro que lo prefería sobre Izumi…
Tal vez era la mirada dulce de Ken. Tal vez eran sus ojos tiernos pero misteriosos. Tal vez no era nada, la verdad era que estaba muy confundida, no me gustaba cerrar los ojos y recordar los besos del D4, sentía que algo no estaba encajando entre nosotros, en esa relación tan extraña algo estaba sobrando. O faltando… quien sabe.
Busqué en mi mochila, pero no estaba mi pañuelo. Con la manga del uniforme volví a tallarme la cara y me dio coraje ver surcos en mis mejillas.
Me palmeé la cara.
"Basta de tonterías de adolescente, ve a clases, que a la escuela vienes a estudiar", me ordené e intenté fingir una sonrisa que me quedó muy fingida.
Suspiré, decidí salir del baño y regresar a mi salón de clases. Si tenía suerte, ningún prefecto me vería y podría reincorporarme sin problemas porque era amiga de la princesa de los D4, Mimi-san.
—¿Estás bien? —La voz de Ken me dejó paralizada justo a la salida del sanitario.
Él estaba frente a mí, en el pasillo, su cabello brillaba en tonos azules y se veía más lindo que nunca.
—¡Ay, Ken-kun! ¡Estoy bien!, no te preocupes, es que tengo alergias en primavera.
Me sonrió con timidez y sacó de su saco un pañuelo liso, gris, con sus iniciales bordadas en una esquina.
—Toma, para que seques tus lágrimas.
Se lo acepté muy nerviosa, me escondí en el pañuelo e inmediatamente empecé a llorar como una chiquilla de preescolar.
—Perdóname, es que me gustas mucho y lo he echado a perder…
—No quiero oír eso —dijo.
Yo negué y seguí desahogándome.
—Izumi te lo dijo ¿verdad?, que me acosté con él… pues es verdad, así lo hice. No sé qué me está pasando, no puedo echarle toda la culpa a él, que es horrible, sí, pero no tiene toda la culpa. ¡Soy una tonta!
—Inoue-san, te lo he dicho; no quiero oír eso.
Alcé el rostro, Ken me miraba muy serio. Quise desaparecerme, hacerme una partícula del aire o lo que fuera.
—¿Qué debo hacer entonces? Me gustas mucho —fue lo único que pude argumentar, encogiéndome un poco y volviendo a ocultar el rostro.
Ichijouji-kun no me dijo nada, pero con su brazo acomodó mi cabeza en su hombro. Quedamos así unos segundos, hasta que me separó de su regazo, me quitó los lentes y trató de estirarme las marcas que se me habían dibujado en la frente por el estrés.
Le di un beso en la boca cuando ya no aguanté más. Quise pensar sólo en él porque sus besos eran dulces… aunque, en realidad, pensé en los dos: en Ken, sí, pero en Koushiro Izumi también.
—Ya no voy a regresar al club de computación —me dijo—. ¿Te irás conmigo?
Quise decirle que sí, que me iría con él, que nunca regresaría al club de computación de Izumi, que nunca más besaría al pelirrojo D4 porque lo prefería a él.
No obstante, no pude responderle eso, porque si lo hacía, no habría sido honesta.
—Soy muy insegura… y sólo sé que quiero caminar mi propio camino, Ken-kun, sin seguirte a ti, sin seguirlo a él… no sé muy bien hacia dónde irán mis pasos.
Ken Ichijouji asintió.
—Ha sido la mejor respuesta —me felicitó.
—No. Ha sido una respuesta muy tonta, al rato volveré a llorar por las tonterías que digo.
—Siempre te prestaré mi pañuelo… —confesó, sus mejillas pálidas se colorearon ligeramente.
—¿Y lucharías por mí?
Ken se enderezó aún más, como si le hubieran pedido ir a la guerra.
—Siempre.
Con eso fue suficiente para que mi día fuera de color primavera otra vez.
Kido Jyou
Quería que irme lejos. Era ahora o nunca. Había llegado a casa y, justo como me lo había exigido minutos atrás, tiré los espejos de mi habitación, de los pasillos, de todas partes. Los empleados domésticos creyeron que estaba enloqueciendo; seguramente pensaban que así éramos en mi familia. Después de todo, mamá había perdido la razón desde yo que era un niño.
Seguramente papá ya sabía que estaba sufriendo un ataque de histeria. Mi casa estaba monitorizada por un circuito cerrado de cámaras que mi padre controlaba para tenernos vigilados a mis hermanos, a mamá y a mí.
Quería irme lejos pero no podía. No podía ser como Shuu. No podía irme dejando atrás a Shin y a mamá. Ellos estaban en alguna parte de la residencia, en habitaciones cerradas y prohibidas para mí.
Shin estaba en coma; papá le decía al mundo social que estaba estudiando en el extranjero. Mamá había perdido la razón; papá decía que ella tenía salud delicada y no gustaba de reuniones.
Nada era verdad en mi familia. Incluso yo era una construcción de mi padre y del medio ambiente en donde me había criado.
Ojalá fuera fácil suicidarse, eso había intentado hacer mamá antes de perder la razón. Ojalá fuera fácil ser fuerte. Shin había intentado rebelarse contra papá y, por alguna razón que desconocía, mi hermano había terminado en estado vegetal.
Shuu había podido irse. Se había autoproclamado homosexual y había podido marcharse con su amante; sin embargo, yo no tenía idea de las repercusiones que eso le traería. Ni siquiera sabía cómo había logrado marcharse y cómo papá había dejado pasar por alto ese suceso.
No tenía idea de qué hacer, pero algo tenía que cambiar. No podía seguir acostándome con ese sensei, no podía seguir mintiéndole a mis amigos sobre lo que estaba pasando en casa…
Mi padre estaba lleno de oscuridad. Mi padre hacía daño a las demás personas con su manipulación. La sombra de mi padre ocultaba secretos que me estaban ahogando, por lo que yo iba a terminar perdiendo la razón antes de cumplir con las expectativas diseñadas con a mi nacimiento.
No, padre, no soy el mejor de la escuela.
No, padre, no voy a casarme con la dulce hermana de Taichi aunque tú lo digas.
No, padre, no estoy de acuerdo con la manera en como ves la vida.
No, padre, no me ha gustado tu orden de hacerle la vida imposible a la hija del amante de mi hermano.
Me bañé pensando en las ganas que tenía de morirme, en lo fácil que sería darme un tiro o tirarme de un edificio alto. Me estrujé la piel con la esponja hasta que se me enrojecieron las zonas donde el profesor había manoseado.
La situación me había rebasado y no podía más. Era mejor perder la razón o quedar en coma que seguir consciente. Era mejor rebelarme contra mi padre y decirle cuánto lo odiaba ahora que tenía el tiempo.
Tachikawa Mimi
Me había gustado el beso de Izzy, pero a él lo había odiado más que nunca. Así pasaba con los Digital Cuatro: entre más pasión sentía por ellos, más los odiaba.
Taichi ya me había hecho el amor y los dos nos habíamos dado cuenta de que carecíamos de libido. Ahora que Kou-chan me había besado, su lengua se había deslizado dentro de mi boca y no había sentido mariposas en el estómago… No importaba cuántas piruletas de frutos rojos lamiera, los besos de Koushiro no eran dulces.
Ya ni quise imaginar lo que sería un acercamiento con Jou-senpai… me gustaba imaginar que él era el hermano mayor que nunca tuve, aunque la verdad era que si le abría las piernas, él no iba a dudar un instante en cruzar esa frontera…
De Yamato, ni hablar. Era inaccesible. Además, era un ser humano horrible; trataba mal a su Cenicienta, a pesar de sus sentimientos de amor.
¡Malditos cuentos de hadas!, la verdad era que yo no sabía por qué existían. Nos hacían creer a todas las chicas que éramos princesas y que, por lo tanto, encontraríamos a un príncipe encantador para vivir felices para siempre.
La verdad era muy diferente. La vida real era otra cosa. Los hombres siempre tienen el poder, pero no todos eran príncipes azules, o verdes. A los hombres los odio, pero a la vez los quiero.
Pataleé el piso de la escuela y escuché el timbre que indicaba que el receso había acabado. Estaba tan harta y cansada que regresaría a casa. ¡Ni loca me quedaría en la escuela!, al menos no después de que Yamato y Koushiro me habían echado del salón de informática.
En cambio, a Cenicienta sí la habían dejado estar ahí. ¿No era injusta la vida? Había estado con estos chicos toda mi infancia; había soportado sus berrinches, sus groserías, sus indiferencias, ¡todo con tal de agradarles! ¡Todo con tal de ser una princesa con cuatro príncipes!, pero claro, ya de nada valían mis esfuerzos.
Ellos a mí no me querían nada. Era tan insignificante que preferían a una chica de clase arribista que me simpatizaba, pero tampoco era tan espectacular. A Sora la incluían, era cómplice, yo sólo era una puta más en la lista, ¿no?
Se me salieron las lágrimas y las limpié. Recordé a Tai y su intensidad de la noche pasada, en la que había intentado, por todos los medios, penetrarme sin lograrlo.
¿Era que yo tenía algo malo? ¿Era porque no sentía? Era verdad que dolía, pero nunca me quejaba, nunca decía nada… a veces, incluso sonreía.
Taichi no podía tener sexo conmigo, aunque tenía la impresión de que, en realidad, él no podía tener sexo con nadie… jamás lo vi tan mal, jamás me sentí tan extraña a su lado.
Como bien había dicho ya, él parecía haberse convertido en mi osito de peluche. Me gustó imaginármelo como un felpudo encerrado eternamente en mi habitación: desnudo, empalmado, sudoroso, despeinado, lloroso… ese sería mi ideal de "y vivieron felices para siempre"…
Los estudiantes a mi alrededor comenzaron a regresar a sus aulas. Varias chicas me preguntaron qué tenía pero ni siquiera les hice el favor de mirarlas.
"Hay niveles, chicas. El hecho de que los D4 me excluyan, no les da derecho a hablarme", eso habría querido decirles, no obstante, estaba enmudecida y muy enojada.
¡Maldito Yamato!, odiaba sus ojos de predador sin corazón. No tenía idea de por qué era al que menos le simpatizaba.
¡Maldito Kou-chan!, ¡quería un beso especial, no uno para mandarme al demonio!, él era un robot sin corazón.
¡Maldito Jou!, ¡nunca se había portado como mi hermano mayor!, no me gustaba nada la manera en cómo los ojos le habían cambiado con el paso de los años.
Y… claro… ¡Maldito Taichi! ¡Era tan raro! ¿Qué demonios le había pasado a ese niño rico tan guapo y grosero? ¿Qué había pasado con el conquistador de mujeres y porterías que bailaba tan bien y sonreía con tanta picardía?
¿Y por qué me dolía el corazón? ¿Latía más fuerte? ¿O era al revés?
Solté el llanto y me dejé caer en la misma banquita donde me había sentado con la dama de compañía de Izzy. ¡Ay, quería irme a casa!
Le marqué a Gennai, pero no me respondió.
Marqué al teléfono fijo. Tuc tuc tuc… ¿¡Por qué no me respondían?!
Chillé con más fuerza
—¡También te odio, Gennai, porque no me respondes!, ¡odio al mundo entero!, ¡odio que se me haya estropeado el maquillaje por culpa de que Yama y Kou me hicieron llorar! ¡Se van a arrepentir y nunca más les contaré secretos!
—Oye, tranquila, parece que te están matando. La vida no es tan mala —escuché que me decían.
¿Pero quién se atrevía a interrumpir mi monólogo de quejas?...
Él dio un paso al frente y le vi la figura. Era el chico chistoso que iba con dos yesos en los brazos fracturados. Apenas hacía unos minutos le había estado dando de comer a ese simpático chiquillo.
Era un muchacho con uniforme de secundaria, más o menos, supuse, de la edad del bonito de Takeru-kun. ¿Cómo era que se llamaba?, ay, sí, Daisuke… me recordaba a Taichi antes de que se le decolorara el mundo.
—Ay, es que no sabes, pero a las princesas como yo no se les interrumpe, niñito grosero. —Le saqué la lengua—. Vete a clases, ¿quieres? Tú y Ken Ichijouji pusieron de mal humor a mi Izzy-chan, por eso me corrieron del aula de computación.
El puberto abrió los ojos y, aunque yo seguía llorando, me hizo gracia su reacción de indignación.
—Uy, a mí no me interesan esos niños ricos, es más, de haberlo sabido, jamás habría ido a ese lugar de computadoras, yo nomás fui porque Ichijouji dijo que había chicas que me podían alimentar.
Me mostró los brazos en forma de jarra y me dio mucha risa que hubiera alguien tan bruto como para fracturarse las mismas partes al mismo tiempo. Debía de ser un imbécil.
—Es verdad, me debes un favor por alimentarte, y como soy muy buena persona, el favor es que te vayas a tu salón y me dejes llorar en paz…
—¿Y por qué habría de dejar que lloraras? —preguntó Dai-chan.
—Es que siempre hay una escena en la que la princesa llora. ¿Es que no sabes nada? Por ejemplo, la sirenita lloró cuando perdió al príncipe, incluso se murió y se convirtió en espuma del mar.
—No es cierto. Vi esa película con la estúpida de mi hermana; la sirenita se hizo humana, se casó y se fue en un crucero con el príncipe.
—¡En la historia original se convierte en espuma y se muere! Hay un cuento, ¿sabes?, y los cuentos son antes que las películas. Koushiro me lo contó. Ay, Dios… Hay tanta ignorancia en este mundo.
—Seré ignorante pero prefiero a la sirenita casándose con el príncipe. Aunque la verdad yo habría cambiado el final… el príncipe era muy aburrido, lo mejor habría sido que él se hubiera convertido en tritón y los dos se hubieran quedado en el mar… digo, el océano es mucho más extenso que la parte de tierra. Debe haber muchas más aventuras bajo del mar, como decía el cangrejo.
Me pareció adorable lo que dijo, por eso los cachetes y se los sacudí. Él se sonrojó como idiota, porque con todo y lo llorona que era, yo era una diva. Además, al ver cómo me observaba, noté a leguas que era virgen de cuerpo y corazón.
—Qué mejillas tan rojas tienes, Dai-chan.
—¿Dai-chan?, a mí nadie me llama Dai-chan, ni siquiera los convenencieros de mis padres.
—Como sea, da lo mismo, yo hago y digo lo que quiero. Por ahora me voy a casa; estoy enojadísima. Mi mayordomo no responde el celular, tendré que tomar un taxi, ¡uf!, la de humillaciones que uno tiene que pasar.
—¿Te fugarás del instituto? ¿No te da miedo que te reporten?
—Ay, la verdad es que no. No hay demasiado control en esta escuela cuando tienes un status social alto. Soy amiga de los chicos populares y millonarios, entonces hago lo que quiero. La vida es cruel para la gente como tú.
—¿Crees que pueda fugarme contigo de la escuela? Verás, es que no aguanto los vendajes. Hoy debo ir al hospital para que me los quiten. Estoy harto de no poder comer por mí mismo, ¡hasta mis sirvientes se burlan de mí!
—¿Quieres fugarte conmigo? —El chico me dijo que sí con la cabeza, yo agregué—: Eso depende ¿Tienes auto?, ¿me llevas a mi casa?
—Sí… bueno, hablaré a casa para que manden a Choi.
—¿Choi?
—El tipo que me ayuda en casa.
—¿Mayordomo? ¿Chofer?
—Sí, bueno, algo así.
—¡Ay, bueno, entonces claro que te puedes fugar conmigo, Dai-chan! —me contenté—. ¿De casualidad no irás al Hospital de los Kido?
Daisuke Motomiya asintió y a mí me dieron ganas de saltar.
—¡Te acompañaré allá!
—¿Ehhhh?, ¿es que estás enamorada de mí o algo así? Que sepas que yo ya tengo en mente a la mujer de mi vida —me confesó el muy ingrato. La verdad no vino al caso que me dijera eso; sólo quería ir al hospital para ver a Takeru-kun o Hikari-chan, ellos no eran tan nocivos como sus hermanos.
Empuñé la mano y le di un coscorrón a Daisuke.
Ay, ese niño todavía era puro.
Si mezclas blanco con negro, todo se pone gris. Si mezclas tragedia con comedia, se hacen las tragicomedias. Sin embargo, si mezclas agua con aceite, no pasa nada, ¿o sí?
Yagami Taichi
Obligué a Gennai a manejar porque, en cuanto me subí a ese auto, fui incapaz de encenderlo y conducirlo.
Estaba perdiéndome. No sólo mi virilidad era un chiste de mal gusto y mi corazón se había convertido en reflujo. Al parecer, mi cerebro no funcionaba, porque no podía coordinar las prioridades de mi vida en mi mente.
No tenía la capacidad de ser un asesino serial. ¿Cómo pensaban éstos cuando planeaban y cometían sus crímenes? Yo quería matar a Oikawa, aunque sólo después de torturarlo. Mi cerebro, en cambio, sólo podía cavilar el deseo en sí de acabar con él, de querer matarlo.
No podía pensar en un "cómo" ni en las circunstancias. Normalmente, para eso tenía a Koushiro, al bebé de los Digital Cuatro, pero esta vez no iba a recurrir al cerebrito.
Nadie más podía enterarse de que era una cucaracha que había sobrevivido después de ser pisada.
Sólo Yamato lo sabía. Sí, él lo había visto.
Había visto cómo Oikawa –disfrazado de Zero– entraba y salía de mi cuerpo con brusquedad. Casi puedo recordar sus orbes azules mirándome, ¿estaba desesperado por salvarme o era que le daba asco lo que estaba viendo?
Debí haberle dado asco. A Yamato no quería volver a mirarlo a los ojos, porque entonces podría jactarse de superioridad.
Y es que yo siempre tendré dentro de mí esa pregunta: ¿Por qué a mí sí y a él no?, ¿por qué la piel de porcelana de Yamato no fue destruida, como la mía?
¿Era porque uno valía más que otro? ¿Cómo era posible que Yamato tuviera el descaro de ser mi amigo, a pesar de lo que había pasado? A él no le habían lavado el cerebro; a él no le habían encerrado en aquel sitio de enfermos mentales donde Hikari y yo pasábamos largas temporadas.
Yamato era un cabrón muy valiente, pero era porque él no había sido sometido a una terapia de choques.
Me golpeé la cabeza contra la ventanilla.
"Mantén la mente fría", me exigí, pero como fui incapaz de hacerlo. Obligué a Gennai a que fuera mi chofer argumentando que Mimi no se opondría y que si no me obedecía, lo pagaría con su sangre.
Debí oírme como un enfermo mental, un heredero enloquecido por la burguesía. Pero no, nada de eso, sólo era un alma en proceso de expiración.
No podía pedir ayuda a Koushiro, no quería darle lástima y tampoco quería que estructurara un plan impecable. En cierto modo quería torturar a Oikawa y exhibirlo al público; daba lo mismo si salía arrestado; daba lo mismo todo.
La castración del abusador por parte del abusado era algo que debía disfrutarse, algo que debía ser un espectáculo, por más espantoso que sonara.
Probablemente por eso hacían ejecuciones públicas en otros tiempos, después de todo, los seres humanos nos nutrimos con morbo. Cuando leemos o vemos una noticia perturbadora, es hasta cierto punto entretenido; sirve para darnos consuelo de que existen cerdos más horribles que nosotros mismos.
Oikawa era mío. Y el espectáculo de su tortura debía ser en mi casa, con la bruja de mi madre presenciando el show, con el ausente de mi padre atado en un sillón y con las pobrecitas de las francesas que estaban de visita.
—A mi residencia —le dije a Gennai, éste me gruñó pero obedeció. Intentó marcarle antes a Mimi, pero yo le arrebaté el celular y lo estrellé en la banqueta—. ¡Obedece mi orden, hijo de puta! ¡Y, joder, deja a Mimi en paz!
Arrancamos. Moví los pies sin cesar todo el camino. Subí y bajé las ventanillas sin cesar; critiqué el modelo del auto atrasado, aunque de la marca de mi compañía.
—Párate aquí —exigí, de repente, cuando pasamos por un supermercado.
El mayordomo se estacionó; los dos bajamos del auto y nos metimos al súper. Compré un celular barato, varios metros de soga y cinta adhesiva color canela. Gennai pareció asombrarse, aunque no hizo nada al respecto. Sabía bien que no debía tenerme de enemigo.
—Ve al auto y guarda esto en la cajuela —mandé mientras marcaba el número de teléfono de Matsumoto, el perro faldero de Yamato.
Me respondió de manera rígida. Le dije que era yo, que hablaba de parte de Yamato y que habíamos acordado trasladar a Oikawa a mi casa.
"Akiyama nos está jugando sucio, Matsumoto", le aseguré tras escucharlo dubitativo, "Yamato y yo hemos cambiado de planes, entregaremos a ese violador, pero antes debes llevarlo a mi casa".
Hizo una pausa, después preguntó por su patrón, el arrogante rubito a quien debía darle asco a pesar de que era mi presunto mejor amigo.
"Yamato está fornicando con Sora Takenouchi, ¿quieres interrumpirlo? Le ha costado trabajo conseguir a esa chica, lo sabes, así que déjalo tener sexo hasta que se harte, ¿no es lo más sensato? Izumi está en mi casa reuniendo las pruebas contra el clan Oikawa, como tampoco quiero arriesgarte, contrata a un par de guaruras para que te ayuden a trasladar a Oikawa a la puerta trasera de mi casa, ¿vale, Matsumoto?".
Colgué la llamada. Lo convencí al final de cuentas y le pedí discreción. Si Ryo Akiyama me descubría, sencillamente no iba a poder lograr mi meta de la noche.
Me cercioré de que Gennai hubiera obedecido mis órdenes y le sonreí. Debió pensar que era la sonrisa del diablo, pero ni siquiera los diablos se ríen tan feo.
Me encaramé en el asiento de copiloto y pedí que retomara la marcha hacia mi casa. Volví mi atención al celular y esta vez digité el número más privado de mi padre, el de emergencias, el que debía contestar porque si sonaba, significaba que se había acabado el mundo o habíamos quedado pobres.
"Habla Yagami Susumu", oí su voz, tan seca y sin eco.
"Habla Yagami Taichi", dije, "Ven a cenar a casa. Voy a dar el show de mi vida. El último".
Colgué sin esperar respuesta. Daba lo mismo si venía o no, pero yo cumplía con avisarle. Él era quien salía en las fotos y hacía crecer el dinero como si se tratara de cabellos. Aun así, no había movido cielo, mar y tierra cuando me habían secuestrado. Habían guardado el secreto y no habían pagado el dinero suficiente, era eso ¿verdad? Porque, después de todo, el señor Ishida –con todo y sus siete esposas– sí había pagado millones por Yamato. No había que ser un genio para concluir que los Yagami tenían otras prioridades… y fueran las que fueran, yo no era una de ellas.
—No te me quedes mirando, Gennai, sólo conduce.
La mansión Yagami estaba cerca, y la obra de teatro estaba a punto de comenzar.
So with sadness in my heart
I feel the best thing I could do
is end it all
and leave forever
whats done is done, it feels so bad
what once was happy now is sad
I'll never love again
my world is ending (*)
Ishida Yamato
Odiaba ver los relojes y seguir el tiempo, pero cuando la vida depende de los segundos, lo que tendemos a hacer los humanos es a escuchar los tic tac sin darnos la oportunidad de seguir otros ritmos.
No sabía por qué, pero estaba a contrarreloj. Lo intuía. Me sentía como si fuera un animal salvaje olfateando peligro. Era instinto. Un instinto que no terminaba de asimilar, pero que ya había sentido con anterioridad cuando era niño.
Taichi. Su nombre se repetía una y otra vez en mi cabeza. No había escuchado nada de él desde lo del concierto, me había concentrado demasiado en la salud de Takeru y en la pasión que me producía Sora… pero Tai, ¿dónde diablos estaba Tai?...
No era que quisiera verlo, yo lo que quería era vengarlo.
No estaba seguro de querer toparme con sus ojos y contarle lo que había descubierto; no quería estar en esa posición, que él supiera que lo sé todo, que él me recordara mirando cómo lo abusaban…
¿Por qué no pudiste ayudarme?, ¿por qué no cerraste los ojos?, ¿por qué no te pasó a ti?... no tenía idea de cómo responder a esas preguntas.
—Ishida, no te exasperes —me dijo Sora—. El 'Nerd de Computadoras' debe tener sus razones para estar tardando tanto, sé que piensas que no fue buena idea contarle, pero ni tú ni yo podemos ver las cosas con claridad. Estamos demasiado involucrados con las emociones del mismo problema.
Ella se agachó un poco, tratando de buscarme la mirada; yo tenía la cara inclinada, con los ojos bien abiertos. La piel dorada por el sol se le veía un poco opaca porque mi cuerpo la llenaba de sombras.
La cogí de la barbilla, para alzarle el rostro, para que mi cuerpo no le diera sombra, para que su cara brillara a su esplendor, como un canario… como mi canario, ese que encerraría en la jaula para alejarlo de los peligros.
Me acerqué para besarla, ella interpuso la mano.
—Estamos aquí por Yagami.
Sin hacerle caso, le quité la mano a la fuerza, y uní su boca con la mía.
Uno, dos, tres, cuatro segundos de beso. Me separé, ella bufó, trató de recuperar la compostura, yo me aproveché y volví a besarla. Tic Tac Tic Tac. Beso. Tic Tac Tic Tac. Beso. Así hubiera querido seguir, pero ella negó, rogó que me detuviera.
—¿Cómo puedes querer tocarme ahora mismo?, ¿no es Taichi tu mejor amigo?, no deberías de pensar en mí; ahora mismo sólo importa hacer justicia en el caso de Yagami.
—Entonces, para ti, está prohibido excitarse ahora mismo, ¿no es así? Qué cobarde eres, Takenouchi, eres una mujer reprimida y pasiva, justo como lo dicen algunos psicoanalistas. Deberías intentar convencerte de que vivimos en un mundo de dominación masculina. La única forma de que una chica como tú adquiera poder es consiguiendo el falo de un chico, y mejor que el mío no lo hay. Yo no sé de qué te quejas; puedo preocuparme por Tai y excitarme por ti al mismo tiempo —lo dije con toda la burla que tenía en el corazón.
Sora rompía mis burbujas, no me dejaba darle besos al ritmo del Tic Tac Tic Tac mientras esperábamos a Koushiro, ella prácticamente prohibía nuestro contacto físico. ¿Por qué no habría de torearla?, ¿era que debía drogarla cada vez que quisiera que fuera mía y me mirara con esa adoración que los comunes llaman amor?
Para mi sorpresa, la pelirroja no me rebatió. Podía hacerlo, era una feminista en formación, pero no hizo nada, sólo se alejó, se abrazó a sí misma. Las ventilas del aire acondicionado estaban encendidas a pesar de que era marzo, porque las computadoras emitían mucho calor.
Suspiró y habló, de manera muy temblorosa y con inseguridad:
—Ojalá fuera fuerte. Una persona con poder, no sólo físico, sino mental y espiritual. Así habría podido proteger al pequeño niño Taichi en el pasado; así habría superado la separación de mis padres; así habría podido actuar diferente cuando los conocí a ustedes, los digital cuatro. Si fuera fuerte, Ishida, entonces, aquel hombre ojeroso llamado Oikawa no se me habría encimado, ni me habría roto la ropa, ni me habría causado un desgarre… y de haber pasado, si fuera fuerte, me habría puesto de pie sola y tú y tus amigos no estarían vigilándome las sombras. —Se calló para mirarse las manos.
No sabía qué responderle, no tenía idea. Creía que por haberla hecho mía había borrado la violación, pero al parecer ella había quedado tatuada. Quizá Taichi tenía el mismo tatuaje que Sora.
—Si fuera fuerte —continuó—, entonces también me habría dado cuenta de que también eres un predador, Yamato, y que sólo quieres venganza, que no te importa nada, ni nadie. Pero soy una mujer que no sabe dar amor. No soy lo suficientemente fuerte, aunque tú, a pesar de todo tu dinero, ¿estás siquiera en posición de presionarme?
Me dieron ganas de abrazarla, de consolarla, de ser otra persona, de no ser ese predador que ella decía. Sin embargo, no podía cambiar de la noche a la mañana, no tenía doble personalidad ni era un maldito superhéroe enmascarado.
De súbito, como un bombazo, recordé a Sora en el suelo, recién ultrajada y en shock, con los ojos bien abiertos, con los párpados inmóviles porque era incapaz de pestañar. Yo la había envuelto con mi camisa; la había cargado en mis brazos y ahí había sentido, por primera vez, que ella era sagrada para mí, y que por tanto, no debía compartirla.
Era irónico. Dos enfermos sexuales habían atentado contra dos de los seres que más quería en este mundo: mi mejor amigo y la pelirroja que me estaba enseñando a amar. Pateé los vidrios de la taza que había estrellado en el aula de computación. Pensé en que el señor Kido también había sido quien había mandado violar a Sora. Pensé en Oikawa, en la piel cetrina y putrefacta de ese ser repugnante que hubiera querido matar una y mil veces.
No me pude resistir y sujeté a Takenouchi de la cintura. La jalé y la abracé aún en contra de su voluntad, aunque eso la hiciera sentir menos fuerte, aunque eso la pusiera más triste o aunque eso me quitara puntos de ventaja para lograr su aceptación.
—Sí, Sora, estoy en posición de presionarte; sólo así resolveremos lo que está pasando; sólo así podremos amarnos sin ningún reparo; sólo así no seguirás cuestionándote si quererme te hace estúpida o dejada.
—Ya… tú no sabes cuándo callarte, Yamato —dijo, pero no luchó, se dejó acoger por mis brazos.
Sora no parecía darse cuenta de que ella era quien me daba poder y calor. Ella era la clave de un puzzle, la única pieza de mi rompecabezas que no buscaba venganza, sino paz.
—Con un beso. Si me das un beso más, no hablaremos más de nosotros por hoy, nos enfocaremos en resolver lo del padre de Jo.
Para mi sorpresa, ella asintió, como si toda su vida hubiera sido una oveja dócil. ¿Qué diablos hacen las hormonas con las pobres mujeres, que pasan de fieras a corderos? Las orejas se le acaloraron y, convulsa, torpe, ella buscó mis labios.
Apenas los tocó. Tan suave, tan hembra. Y yo, de idiota, sentí más que si hubiera sido un beso francés.
—Eh, em… ejem… Lamento interrumpirlos… es decir, las muestras de afecto entre ustedes no están mal… pero debo de interrumpirlos… —Koushiro estaba adentro del aula y medio no miraba con las manos en los ojos, aunque con aberturas entre sus dedos.
No sé por qué mierdas traía otra maldita computadora portátil con él (como si no hubiera suficientes máquinas ahí dentro). No traía buena cara. Me pareció espeluznante el fulgor de sus ojos en contraste con la expresión de angustia.
Sora Takenouchi me soltó, me hizo a un lado muy apenada, como si le sentara pésimo haber sido descubierta.
—No fue un comportamiento adecuado de mi parte, Izumi, me disculpo —dijo —¿Has podido hablar con tu madre?
Koushiro asintió. Cerró la puerta. Se acercó hasta donde estábamos, pero no se sentó.
—¿Qué pasó? —pregunté, sabiendo de antemano que había descubierto algo—. Habla de una buena vez y que no se te ocurra guardarte ningún secreto, como es tu costumbre, ¿has entendido?
—Sí —respondió, no obstante, su tono de voz jamás sonó tan irreverente.
Izumi Koushiro
—Lo que descubrí es muy delicado y necesitamos pruebas —dejé en claro—. Necesito que los dos me escuchen muy bien antes de tomar decisiones, ¿estás de acuerdo, Yamato-san?
—A mí no me vas a estar dando órdenes.
—Vale, ya sé, lo de siempre. Taichi-san y tú mandan; son los alfa; me queda claro. No te preocupes, me gusta el bajo perfil. Sólo te estoy sugiriendo que escuches todo lo que tengo que decir.
—Lo hará —respondió Takenouchi y me sentí bien por estar respaldado por esa chica. Me gustaba que tuviera sentido común, que fuera ordinaria, pero con un temple que nunca antes había visto en una chica en los ámbitos donde me desenvolvía.
—Hay dos temas. Empezaré por especular al respecto de la razón del por qué el doctor Kido odia a los Yagami. —Abrí la tapa de la computadora y se las mostré.
Era una invitación de bodas. Una ya vieja que mi madre adoptiva me había hecho el favor de escanear.
—¿Y eso qué? —Yamato, como suponía, no puso detalle a la invitación. A pesar de estar escaneada, se notaba que había sido impresa con el papel de mejor calidad y la mejor caligrafía. En el fondo, como trasparencia, estaba la fotografía de un hombre y una mujer.
La mujer era casi una niña. Muy guapa, creo, aunque no había demasiada calidad en la imagen porque ésta tenía más de veinticinco años de haber sido capturada. El novio, bastante mayor, usaba gafas y estaba a su lado.
—Es una invitación para la realización de una boda —atiné a decir, exasperado. Sora no se había animado a asomarse a la computadora—. Cuando mencionaste que el padre de Jo es el causante del secuestro de Taichi, recordé que hace tiempo, mi madre me contó que el padre de Joe y la madre de Tai estaban comprometidos, pero que al final, el padre de Tai, Susumu Yagami, se la quitó.
—¿Qué dices?
—Sí, ya sé, demasiado simple, suena a drama. Fue el día de la boda. Acabo de llamar a mi madre y ella lo confirmó; dijo que había sido justo el día de la boda cuando Yuuko, la madre de Tai, dejó al señor Kido para irse con Yagami.
—¿Esto que estás diciendo es en serio, 'Nerd de Computadoras'? —preguntó Takenouchi.
—¿Por qué bromearía con eso? Jamás pongo atención a mi madre cuando habla de sus amigas y su juventud, pero ese dato se me quedó grabado porque mencionó a los padres de mis amigos.
—¿¡Y por qué no lo habías dicho antes?! —me reclamó Ishida.
—¡No soy un robot, Yamato! Puede que a ti te lo parezca, pero no soy un disco duro que tenga buscador selectivo de recuerdos, ¿te enteras? Además, no es como que pensara que hubiera resentimientos. Los Yagami parecían llevarse bien con los Kido, incluso mamá así lo pensaba, porque el doctor Kido se casó meses después con la madre de Jo-senpai, o al menos esa es la información oficial, porque esa mujer no tiene apariciones públicas y nuestro amigo siempre dice que su madre está enferma. —Hice una pausa para tomar aire, luego proseguí—. Por otra parte, recuerdo perfectamente que Taichi estaba enojado porque sus padres comprometieron a Hikari con Jo hace unos días, con el pretexto de agradecimiento, porque presuntamente los hospitales de los Kido han hecho que Kari esté mejor de salud.
—Kido quiere venganza —susurró Yamato. Sonó como si fuera un tigre que no había comido en semanas y estaba delante de su presa.
—Sí, es pura especulación mía, pero es probable que Kido quiera destruir al padre de Taichi, Susumu Yagami. Las razones son las siguientes: Ese hombre le quitó a la mujer que él quería y su boda se convirtió en asunto de humillación pública en la alta sociedad; por otra parte, a Yuuko-san no le importó dejarlo plantado. Kido, en el más malévolo de los casos, lo que probablemente busca es quedarse con la herencia y la manera más sencilla es casando a uno de sus hijos con Kari-chan, pero quien estorba entonces es Taichi, ¿no? Porque es el heredero; porque los Yagami no tienen fe en que Hikari vivirá mucho… realmente, sé que no tengo derecho a opinar pero…
—Por eso nos secuestraron… —me interrumpió Yamato. Se sentó en una de las sillas giratorias; Sora quedó demasiado quieta, como si no tuviera vida—. Ellos nos llevaron a los dos, pero buscaban a Taichi Yagami, ¿no es verdad? —Le asentí—. Por eso luego tuvieron que manejar mi propio secuestro, el cual mi padre pagó, pero nunca hubo negociación para el caso de Taichi. Koushiro, tú dijiste que leíste el parte policial del secuestro, ¿qué decía al respecto?
—No había habido acercamiento para negociación alguna —confirmé—. Kido quería matar al niño.
—No. Matar no. Lo quería violar, mancillar, maltratar, destruir poco a poco hasta matarlo, eso quería el hijo de puta, ¡eso quería hacerle a un niño de seis años!
—Para él era como matar dos pájaros de un tiro —expliqué, aunque traté de no sonar demasiado frío—. Creía que abusando de un niño se vengaba de un padre. Por supuesto, lo que estaba en juego para los Yagami no era tanto la vida de Taichi, sino perder al heredero oficial de una empresa multimillonaria, pero de tradición familiar, sumado al escándalo de si se llegara a encontrar el cadáver ultrajado del niño. Mediáticamente habría sido una bomba; se hablaría de negligencia por parte de los padres; tampoco Kido lo habría sabido manejar de modo que saliera a su favor.
Miré a Yamato y vi que se derretía. No tardaría en hacer explosión. Sora empezó a caminar en círculos, incrédula, como si no diera crédito a lo que estaba oyendo. Yo mismo estaba impresionado, me sentía desgastado… y eso que aun hacía falta dar el ultimátum.
—Qué crueldad. —La chica con tarjeta roja ya no pudo más y se derrumbó. Quizás porque ella había visto a ese Taichi destruido a todo su esplendor. Al menos ella no tenía punto de referencia; nunca había visto que Tai era como un girasol que siempre seguía al sol.
—Pero Sora-san salvó a Tai de ese destino —susurré y entonces me puse de pie y la tomé de las manos, me incliné y la reverencié—. No sé cómo le hiciste, no me sé los detalles de tu historia, pero sacaste a mi amigo de esa casa de seguridad por el drenaje, le abriste las puertas de tu casa y le diste todo el amor que él necesitaba. Muchas gracias.
Takenouchi negó, sintiendo que no había hecho suficiente, me dio un abrazo que me asfixió y sentí que Yamato se tensaba como nunca antes, así que hice lo posible por soltarla.
—¡No hice suficiente! —gimió.
—No hay que victimizar a Taichi, no en frente de él. Para él sería una humillación —nos ordenó Yamato y le asentí. Volví a mi escritorio, conecté varias máquinas. Quería simplemente encontrar la tuerca que haría funcionar todo.
—¿Has terminado de informarme?
—Lo que te he dicho son especulaciones. Necesitamos pruebas para poder hundir a Kido.
—Repito la pregunta, ¿has terminado de decirme todo?
—No. Todavía no.
—¿¡Y qué demonios estás esperando?!
Estrellé las manos en el teclado. Me sentía demasiado presionado. Sabía que era más de lo que podía decirles, sabía que estaba por descubrir algo importante, pero Yamato no debía gritarme así.
—Cálmate, Ishida.
—Te lo dije, no soy una máquina, a mí también me duele la situación. Taichi también es amigo mío, Jo también…
—¡Jyou Kido está muerto para mí! —declaró Yamato.
—Jyou Kido es una víctima más, pero allá tú —regañó Sora—. Izumi, lo lamento mucho. Sé que es mucha presión…
Me cubrí la cara. Es que no sabía cómo hilvanar la situación. Ya lo tenía todo, pero en realidad no tenía nada. Hackear el sistema de cómputo de los hospitales Kido y de la residencia de esa familia no era cosa que podía ser en horas.
—Bien, pues si ya no puedes seguir, no te preocupes. Oí suficiente. Iré con ese hijo de puta. A su hospital. Le partiré la cara. No hay más por hacer; no hay nada que lo empeore.
Oí que Sora le gritaba a Matt que fuera sensato, pero me descuidé porque sonó el celular. Era Ryo Akiyama. Era la segunda llamada del día. Estaba inquieto, aun así contesté.
"Izumi, te dije que Yagami está mal y no has hecho nada al respecto. Renuncio a sus juegos", me dijo a través del celular.
—¿Qué ha pasado, Akiyama-san? —pregunté preocupado. El rubio y la pelirroja me miraron.
"El cabrón de Matsumoto me noqueó y se largó llevando con él y dos bravucones a Oikawa a la mansión Yagami, dejó una nota diciendo que eran instrucciones de Yagami, las cuales también había aceptado Ishida."
—Ishida no ha dado ninguna orden —aseguré.
"Es cosa de Yagami. Está trastornado, Izumi. Ayer lo encontré con Oikawa, lo estaba matando a golpes… no sé qué diablos pasó. Oikawa estaba semidesnudo, Yagami estaba fuera de sí, ¿sabes lo que me costó sacarle de ahí? Te digo, Izumi, renuncio. Por si fuera poco, el guardaespaldas de Ishida los traicionó, no dudes que Yagami esta vez sí mate a Oikawa."
—No, espera. Akiyama-san, no... —Quise pedirle que no renunciara, pero colgó. Yo no me había dado cuenta de que estaba hincado en el suelo, desorientado, perdido. Sora jaló el saco del uniforme.
—¿Qué tienes, Koushiro? —me preguntó Yamato.
—Oikawa… Oikawa trabaja para Kido
—¡Ya lo sabemos! El padre de Jou lo contrató para hacerle daño a Sora.
—Es que no entiendes, Yamato. Oikawa no sólo violó a Sora, sino que también a Taichi… Oikawa era uno de los hombres que los secuestró. es uno de ellos… —sentí que todo estaba retorcido, como las pinturas surrealistas de Dalí.
Mi amigo Ishida apretó los dientes y Sora trató de levantarme.
—¡Joder!, ¡mierda! —Yamato no sabía siquiera cómo blasfemar. Era como si estuviera tratando de contenerse, o quizás se estaba acordando de los hombres que los habían secuestrado. Llevaban máscaras, lo recuerdo.
—Eso no es lo peor… —Estaba temblando mucho. Sora no podía levantarme y no sabía por qué tenía tanto miedo.
Era porque sabía que no sólo Yamato iba a explotar.
—Izumi-san… es horrible. No puedo creerlo.
No dejé que Sora siguiera. Miré a Yamato y busqué sus ojos lobeznos, su furia, su superioridad.
—Matt… estoy seguro de que Tai lo sabe.
—¿Qué dices?
—¡Tai sabe que Oikawa es quien abusó de él! —grité, exasperado.
Yamato me levantó de un movimiento entre amenazante e impositivo.
—¿Cómo lo sabes?
—Ayer lo estaba matando a golpes y Ryo lo detuvo. Hace unos minutos, Akiyama dijo que por órdenes de Tai tu guardaespaldas se llevó a Oikawa de ahí.
—¿Qué?, no he ordenado a Matsumoto a que haga nada.
—La orden fue llevar a Oikawa a la residencia Yagami.
Yamato me soltó.
—Lo va a matar —dijo, totalmente oscuro. Por un momento, hasta creí que sus ojos eran color caoba.
—¿De qué hablan? ¡Yagami no haría eso! Ishida, debemos ir a detenerlo para que no cometa una imprudencia. Además, lo lleva a su casa, ¿cierto? Ahí no podrá hacerle nada; está su familia, su prometida y…
—Yamato-san, debemos detener a Tai antes de que la situación se salga de control —pedí.
—Lo va a matar, no hay manera de detenerlo. Lo que haré será ayudarle —dijo Yamato.
—¡No digas insensateces! —chilló Sora.
—Yamato, hablaré a los Ichijouji. Esto ya se salió de control.
Ishida estaba calmado, como si supiera exactamente qué hacer. Eso me dio mala espina.
Sabía que Taichi iba a convertirse en una supernova y no parecía reaccionar de manera razonable. Después de todo, ¿no era él otro Big Bang?
—Eres un buen chico, Kou, en realidad eres aún mejor que un robot —elogió de repente y yo abrí los ojos al notar que sacaba un revólver especial que yo mismo había diseñado para paralizar a los sujetos con balas de goma.
—¡Baja el arma! —suplicó Sora, pero el rubio no hizo caso.
Vi que con sangre fría apuntaba a mis piernas. Escuché claramente el sonido de la bala y sentí el impacto en mi extremidad derecha.
Sora gritó y caí de espaldas. A ella debió hacerle perder el sentido con otra cosa, porque ya no la escuché más. Sólo oí cómo él se marchaba a cometer una locura más en nuestro mediocre historial de D4.
I wish that I could turn back time
'cause now the guilt is all mine
can't live without the trust from those you love.
I know we can't forget the past
you can't forget love and pride
because of that it's killing me inside (*)
Continuará…
Gracias por leer. Espero que el capítulo les haya gustado. Como dije en las notas del comienzo, fue un capítulo de revelaciones, en el que los personajes se enteraron de la razón del por qué el padre de Jou odia a los Yagami… por supuesto, esa es sólo la suposición de Koushiro. Yamato ya se encendió de furia, al igual que Tai, así que nadie sabe lo que pasará con ese par de amigos.
¿Ayudará Yamato a Taichi a matar/torturar a Yukio Oikawa?, ¿qué hará Sora para impedirlo? ¿Podrá Koushiro probar sus suposiciones?, ¿estará bien el pelirrojo después de haber recibido el tiro?, ¿a qué va Mimi al hospital?, ¿le quitarán los yesos a Daisuke?, ¿A quién realmente ama Miyako?, ¿qué hará Jo para librarse del yugo de su padre?, ¿y cómo están Takeru y Hikari, los grandes olvidados de este capi?
El siguiente capítulo estará, creo, aún más interesante que este. El fin de Digital Cuatro se acerca cada vez más, al menos me seguiré esforzando para que así sea.
(*) IMPORTANTE.- Para este capítulo se utilizaron dos párrafos de la canción (y el título) "Komm susser tod", cuya música y letra NO me pertenecen; si alguien quiere escuchar la canción, sólo debo resaltar que es parte de la selección de música del anime Evangelion (creo que de la película "The End of Evangelion").
