Algo me ha caído en mi rostro. Siento el viento pegándome fuerte, imposibilitándome poder abrir los ojos. Estoy envuelta en una especie de edredón, manteniéndome calientita y cómoda. Cuando el viento deja de ser violento, lentamente abro los ojos identificándome con lo que me rodea. Lo primero que veo son las copas de los árboles con los rayos de sol atravesándolos. Quedo perpleja. Estoy en el bosque y alguien me carga. Ese alguien es Sebastian y luce totalmente sereno.

— ¡En donde estamos!—grito asustada.

—En camino a tu aldea—me responde la voz de Ciel.

Una sonrisa rápida se cruza por mi cara, pero al instante quedo confundida.

— ¿A qué se supone que vamos?—vuelvo a cuestionar con el hilo de voz agudo.

—Vamos a la montaña.

Aprieto mis labios y abro los ojos como platos. Ya estoy preparada para que me llamen "niña pánico". Me muevo bruscamente esperando zafarme de lo que me envuelve. ¡Soy un gusano!

— ¡No quiero ir!—replico con voz un tanto temerosa.

—No estás en posición de negarte—me sonríe de forma sarcástica.

Gruño varias veces como si fuera un gato molesto; doy varias pataletas y en una de esas, logro golpear a Sebastian justo en el abdomen. Él me suelta dejándome caer sobre el duro pasto (y entre algunas piedras) Me deshago de los edredones y gateo hacia un arbusto cercano. Mis manos vendadas ya no duelen, pero se han cubierto de yerbas y tierra.

—Aileen, no hagas esto más difícil—espeta Ciel.

—Saben que me da miedo ese lugar.

—Si haces esto—Ciel disminuye su hilo de voz—, pronto volverás a encontrarte con tu hermana.

Camino hacia el tronco de un árbol al oírlo, quedo pensativa de sus palabras. Sé que ya no estamos lejos de la aldea y aunque me siguiera negando a ir, ellos me obligaran. Los visualizo aun escondida por el tronco.

— ¿Creen encontrar ese supuesto libro?—pregunto temerosa.

—Eso esperamos—responde el mayordomo.

Las hojas de los árboles caen con tranquilidad creando un ambiente relajante. Sí digo que sí, no tendré ninguna marcha atrás.

—Está bien—digo con resignación.

Antes de regresar a su lado recojo los edredones que me cubrían y se los entrego de forma educada a Sebastian. En cuanto los recibe, los mira por unos momentos y los lanza a un lado como sí nada. Quedo boquiabierta viendo cómo avanza dejándonos a mí y a Ciel. Regreso a su lado levantando ambas manos en señal de rendirme ante cualquier orden. Ellos caminan unos cuantos metros más delante de mí, dándome ese espacio que necesito desde hace mucho. El camino ya no es mucho, comienzo a visualizar mejor las primeras casas semidestruidas. Como era de esperarse el lugar ya me trae escalofríos. Un pequeño pueblo fantasma destruido y deshabitado sin motivo aparente. El cielo que está encima de nuestras cabezas está completamente despejado, azul profundo. Sí los habitantes de la aldea siguieran aquí, este sería un día perfecto.

Observo las cosas tiradas: intactas como la última vez que venimos. La única casa que sigue en pie continua siendo la de la Vieja Marie.

—Bien, no hay que perder tiempo—Ciel me toma por la mano para arrastrarme camino a la montaña.

Al principio no protesto, pero con el paso rápido de los metros, los nervios comienzan a comerme. Ciertos sonidos ya empiezan a lastimarme los oídos. Mis manos ya sudan.

—No puedo—balbuceo asustada—. Los sonidos me lastiman.

Ambos se detienen en seco.

— ¿Escuchas algo?—Ciel pone mala cara.

Asiento. Me encojo de hombros.

— ¿Qué escuchas?

Trago saliva. Ambos me observan detenidamente esperando una respuesta. Miro a mis lados tratando de no sentirme tan intimidada. ¿Qué puedo decirles? Otro motivo para juzgarme loca.

—Zumbidos al principio—argumento insegura—, luego voces muy trágicas.

Se miran entre sí.

— ¿Ya las habías escuchado antes?—pregunta Sebastian.

—Si.

Se alejan unos metros para conversar en "secreto" algunas cuantas cosas. Ponen mala cara, me miran, vuelven a sus asuntos. Ojala pudiera librarme de este problema.

—Cubriré tus oídos—Ciel regresa colocándose detrás de mí ya poniendo sus manos en mis orejas—. Es un intento para que no escuches nada.

Frunzo los labios con cierta duda. Sebastian camina al frente como un guía para nosotros. La subida a la primera área de la montaña me hace volver a sentirme insegura. Atravesamos unos cuantos matorrales para poder llegar bien al camino libre de otras plantas. Logro escuchar el canto de algunos pájaros pero no aquellas voces que me daban miedo. Debido a lo que nos cubren las copas de los árboles, la iluminación del día casi no se nota; una parte totalmente desconocida para mí. Sebastian nos ayuda a subir una parte elevada de bastante dificultad; tras pasarla por fin dejamos a los arboles atrás teniendo una vista completa del cielo y de la aldea. Todo desde aquí luce extraordinariamente hermoso. Un panorama que jamás creí ver con mis propios ojos. Ciel y yo nos mantenemos sin movernos, Sebastian se encarga de investigar el lugar. Con un movimiento de mano nos indica que nos acerquemos.

—Es aquí, Bocchan—logro escuchar.

Llegamos hasta la entrada de una enorme cueva llena de algunas cuantas ramas colgando y yerbas secas a punto de caerse. La oscuridad de la cueva nos intimida.

—Con qué éste es el lugar—murmura Ciel.

— ¿Está decidido?—le pregunta Sebastian.

Lo miro a través del rabillo de mi ojo. Asiente con un ligero movimiento de cabeza.

— ¿Puedo retirarte mis manos?—me pregunta serio.

—Si…

Cuando lo hace, el temor de oír esas voces es inmediata, pero no, no hay nada de eso. Relajo mis hombros visiblemente, al menos ya no me sentiré tan atrapada. Sebastian toma una rama tirada y con un leve rasguño que le da la madera con una de sus uñas esta se enciende de fuego. Por primera vez veo al "mayordomo" sin ninguno de sus guantes, dando a ver todo un pentagrama de estrella en su mano izquierda.

—Bocchan—se acerca con la "antorcha" ya hecha—. Es su última palabra sí entramos.

Ciel se quita su parche y lo guarda en uno de los bolsillos de su saco. El pentagrama en su ojo brilla con gran resplandor.

—No dejaré que los estúpidos planes de un ángel perjudiquen a alguien que nunca le ha hecho daño, Sebastian—habla subiendo de tono—, recupera ese libro, es una orden.

—Yes, my Lord—se arrodilla haciendo su reverencia.

Los ojos de ambos brillan más fuerte que un carmín, sonríen mostrando los colmillos. El primero en dar un paso adentro es Sebastian, dándonos la iluminación necesaria. Ciel me permite pasar primero.

Esto—primeramente—, no parece una cueva, tiene paredes bien esculpidas y cuidadas. Sebastian avanza un paso adelante y un par de antorchas colgadas a los lados de ambas paredes se encienden sin explicación alguna. La piel se me eriza del espanto y corro a esconderme detrás de Ciel. Conforme continuamos por el camino, más antorchas se encienden solas; las paredes comienzan a tener dibujos extraños y pareciera que vamos en bajada. Al llegar a una especie de intersección, nos detenemos completamente mirando los dos caminos que ahora nos esperan.

—Izquierda o derecha—dice Sebastian.

Ciel se acaricia la barbilla con parsimonia, con expresión pensativa.

—No creí que lidiaríamos con esto—se acerca a mirar con detenimiento ambos caminos—. Supongo que de alguna forma ambos nos llevan a donde mismo, solo que uno de ellos debe tener trampas.

Yo por mi propia cuenta me acerco a ver como se ven esos pasillos. Cuando me acerco al de la izquierda vuelvo a escuchar esas voces. Me alejo con temor. Me acerco al de la derecha y no logro oír nada.

—Emm…—vuelvo hasta en donde estaba.

— ¿Qué pasa?—me pregunta Ciel.

—No sé si sea de ayuda.

— ¿Qué?—espeta más enfadado.

—Oigo ruidos en el camino de la izquierda.

Alza las cejas.

—Bien, tomaremos ese.

En el estómago se me hace un nudo; sé que si entramos más a fondo peores cosas nos esperan. Y como ya era notorio, más antorchas se encienden solas pero, éstas ya son de un color de flama distinto, rojo intenso. Mientras camino, una rata bajo mis pies trata de pasar y yo al momento salto a un lado muerta de miedo.

— ¿Podrías guardas silencio?—me dice a regañadientes Sebastian.

Siento como el nudo en el estómago se deshace y se crea otro, más enorme. Posiblemente me estoy volviendo loca pero las risas de niños me persiguen como un eco sin fin. Sigo sin entender como este lugar puede estar en una montaña, inclusive, ¡¿quién pudo hacer un lugar tan perfecto?! Choco contra la espalda de Ciel ya que él se ha detenido en otro punto.

—Auu—me acaricio mi nariz tras haberme golpeado.

—Izquierda o derecha de nuevo—gruñe Sebastian. Es notable que ya no soporta este tipo de mapa.

Me pregunto, ¿estaremos yendo por el camino correcto?

—Ayúdanos, brújula—Ciel retrocede para poder empujarme.

Trato de fulminarlo con la mirada pero Sebastian me hace sentir incomoda, me mira con los brazos cruzados esperando a que haga mi "trabajo". Me acerco primero a la izquierda: cero sonidos. Me acerco a la derecha: voces de mujeres llorando.

—Derecha—apunto hacia allá.

Ciel y Sebastian caminan dejándome atrás. Ni siquiera recibí un "gracias" por parte de ellos. ¡Arg!, lo mejor sería regresar por donde entramos. Atrás de mí se escucha un ruido, algunas piedras cayendo. La sensación de espanto me invade y corro a tratar de alcanzarlos. Ahora vamos en subida y en esta parte hay menos antorchas, ósea, menos iluminación. Mis pies cada vez se sienten más pesados, casi no puedo subir y el agotamiento me está consumiendo. Las voces que me susurran dicen cosas extrañas.

"Run away" "It's dangerous" "Vitam et mortem…"

Alzo la vista al frente y veo como el camino se alarga haciéndolo lucir infinito, sin algún fin en algún lugar. Las paredes se mueven como si fueran grandes baldosas de gelatina, moviéndose arriba y abajo. Sin esperármelo, choco con una de las paredes.

— ¿Qué crees que estás haciendo?—espeta en voz baja Ciel. Siento como me toma por el brazo.

—Todo se mueve…—murmuro.

—Hey—toma mi rostro con ambas manos para mirarme fijamente—. ¿Te sientes bien?

Veo tres Ciel, con la expresión dura y fría que suele tener. Tras lograrme controlar, él aparta sus manos y me da un leve golpetazo en la cabeza.

—Deja de hacer tonterías—me grita.

¡Tonterías! ¡¿Marearme es culpa mía?! Este lugar está haciendo que nos volvamos insoportables, aunque el mayordomo ahora parece estarnos ignorando. Ciel me toma por el antebrazo jalándome para seguir a paso veloz. Ahora estando consiente, por fin conozco el lugar del que tanto estaba prohibido. Por el momento no hay nada peligroso que lo haga lucir "prohibido" y me hace pensar que solo eran prejuicios que tenía la Vieja Marie, hasta lo hace más posible que, todo esto solo sea un mito.

Llegamos hasta otro cruce de caminos, disminuyendo la velocidad de nuestros pasos al encontrarnos con algo llamativo: pareciera que ya no estamos en una cueva. Los pasillos lucen como los de una mansión. De repente, Sebastian se pone en guardia al ver que uno de los caminos (el derecho) se ilumina con cierta intensidad volviéndose más fuerte y aparentando avanzar para llegar hasta en donde estamos. Ciel me coloca detrás de él y también se pone en guardia. La iluminación resplandece dejando ver con claridad el paso de una antorcha siendo sostenida por alguien.

Lo que nos rodea se pone verdaderamente tenso aquí. Mis ojos se encuentran con los del tipo llegando a la intersección.

El ángel nos ha encontrado.