Disclaimer: Vaya con Harry. ¿Quién lo diría...?
A/N: Bueno, aquí llegan ya las sorpresas. A partir de ahora se verán cambios cada vez más grandes con respecto a los libros originales. Tengo algunas ideas que os dejarán con los ojos como platos, queridos/as lectores/as. Por tanto, leed, please, que no tiene desperdicio. Veréis las que van a liar Harry y Bella, je, je, je...
Este capítulo es un poco más corto que los que llevaba habitualmente publicando, pero realmente no necesita ser más largo; poco más hay que decir al respecto.
Como resumen de lo que os espera si continuáis leyendo, habrá conspiraciones, trampas, sorpresas varias, cambios generalizados, guerras, amoríos, humor... en fin, la salsa de la vida y mucho más. Todo comenzará a raíz de lo que va a ocurrir ahora en el cementerio, que nos hará ver cuán influyente ha sido Bella para Harry. No os digo más, leed y sabréis los detalles.
R&R
CAPÍTULO 25
EN EL CEMENTERIO
Según me contó Harry, antes de Aparecerme unos cientos de metros más allá de donde se Apareció Crouch, ocurrieron algunas cosas que, al parecer, eran terroríficas. En fin, al gusto del consumidor. Me ciño a lo que me contó una vez más:
—¿Eh? ¿Qué ha pasado? —se preguntó Harry, soltando la copa, nada más aparecer en medio de un cementerio. Estaba todo oscuro y era muy lúgubre, pero eso no acobardó a Harry. No obstante, lo siguiente que oyó sí que le tuvo que poner la carne de gallina.
—Mata al otro —ordenó una voz fría y aguda.
—¿A qué otro, mi señor? —este era Lucius, confuso. Eso, seguramente, le quitó tensión a la situación—. Si sólo está Potter.
—Vaya, hombre, eso trastoca un poco mis planes —gruñó la voz fría, la voz del Señor Oscuro. Visto así, parecía un poco tonto—. Bueno, da igual. Actuaremos como si ya hubieras matado al otro. Tenemos que ceñirnos al plan inicial.
—Si vos lo decís… —murmuró Lucius, y sólo tuvo que hacer un elegante movimiento de varita (como no podía ser de otro modo al ser un Malfoy) para atraer a Harry a una de las tumbas, atándolo inmediatamente después. Aún me pregunto por qué Harry no reaccionó antes, pero bueno. Supongo que pensó también que vaya par de ineptos.
Harry, naturalmente, trató de forcejear una vez fue atado, pero no pudo hacer nada. En ese momento, se acercaron otros dos mortífagos, Crabbe y Goyle senior, que se juntaron con Lucius. Éste estaba salmodiando un conjuro en una lenta letanía, mientras Crabbe sacaba un caldero en el cual se podría meter a un hombre con otro hechizo y Goyle encendía un fuego. Luego de eso, Crabbe depositó un harapo en el fondo del caldero, un harapo que contenía lo que quedó del Señor Oscuro cuando fue humillantemente vencido por un niño de un año. Ahora me da la risa al recordarlo, pero mientras estaba en Azkaban lo que me daba era vergüenza. ¿Cómo podía yo, la poderosa y temida Bellatrix Black, estar por debajo de semejante engendro? En fin, dejemos de pensar en ello. Continúo.
—Un hueso de su padre, donado sin saberlo, revivirá a su hijo —dijo Lucius, y justo en ese momento salió de la tumba en la cual estaba atado Harry un hueso, que fue a parar al caldero. De alguna manera se había llenado de agua y ya estaba hirviendo, curiosamente. Son cosas que no me caben en la cabeza, la verdad, pero no soy quién para discutir eso ahora. A fin de cuentas, aún no estaba. Igual fue cosa de Harry, que andaba nervioso y no calculó el tiempo con precisión, no lo se…
Lucius continuó salmodiando mientras se producía una reacción en el caldero. De repente, paró, como dudando de lo que seguía después. Pero no dudaba precisamente.
—Carne del vasallo… ¿dada voluntariamente? —vaciló—. Pues conmigo que no cuenten. Crabbe, Goyle, os toca sacrificaros. Ahora.
—Ya, sí, vas listo si crees que voy a meterme en ese berenjenal —soltó Crabbe.
—Qué va, Lucius —señaló el otro—. Es que si me corto algo voy a notar algo así como una ausencia y, claro…
—Eso va a ser del riego —dijo Crabbe, guasón.
—Del riego va a ser, ea —sentenció Goyle, encogiéndose de hombros.
—Pues algo tendremos que hacer entonces —cortó Lucius—. Lo que está claro es que no pienso donar ninguna parte de mi cuerpo, ni siquiera para renacer al Señor Oscuro. Y aún queda otra parte más. Esto no es serio.
—Que se corte el aparato —susurró Crabbe a Goyle al oído, mientras Lucius caminaba de aquí para allá, en busca de una solución—. Total, para lo que le sirve ahora…
—Y además que sí —confirmó Goyle, riéndose lo más bajo posible—. Desde que se le largó la parienta p'a mí que no moja el churro.
Harry suspiró. La verdad, para estar diciéndolo en voz baja se les oía bastante bien. No me dijo si sintió lástima por Lucius en ese momento, pero lo que soy yo, ninguna. Le estaba bien empleado por cabrón, por echar a mi hermana y a mi sobrino de casa para meterse en ese lío. Por mí, como si le hacía caso a Crabbe y Goyle y se la cortaba.
Fue en ese momento cuando aparecí, siguiendo a Crouch, y por supuesto me escondí, no fuera a liarla. Nada más verlo, Crabbe, Goyle y Lucius lo saludaron y se acercaron a él, sonrientes. Conociéndolos, no presagiaban nada bueno.
—¿Eh? ¿Aún no habéis hecho resucitar al Señor Oscuro? —preguntó Crouch, alarmado. Eso, aún disfrazado, no le quedó muy bien. Cualquiera que los viera diría que Moody estaba colaborando con el enemigo. Yo me acerqué un poco con el máximo sigilo posible para poder enterarme de todo.
—Faltan un par de flecos —dijo Lucius, pasándole un brazo por los hombros a Crouch, el cual parecía incómodo, sobre todo cuando Crabbe y Goyle continuaron con el cachondeo.
—Míralo, como ya no tiene a la parienta p'a satisfacerlo, va a por los tíos —susurró Crabbe, sin molestarse demasiado en impedir que llegara la voz un par de metros más allá, justo a la distancia a la que estaba yo escondida, tras una tumba, oculta a las miradas de los demás mortífagos. Tuve que hacer un esfuerzo para no reírme con ese par de cabrones. No habían cambiado nada.
—Es que está necesitado, el pobre —se burló Goyle—. A falta de pan, buenas son tortas, como aquél que dice.
Lucius, por su parte, o no se estaba enterando de nada o estaba ya tan acostumbrado que podía ignorarlos. En todo caso, seguía erre que erre con Crouch, llevándolo muy disimuladamente a la tumba en la que estaba yo escondida. Eso era peligroso para mí, pero más peligroso habría sido escapar en ese momento, así que opté por quedarme bien oculta y sin moverme.
—Anda, ya sé lo que quiere hacer —dijo Crabbe, divertido—. Qué cabrón, qué buena idea.
—Vamos a echar una mano —añadió Goyle, yendo hacia Crouch.
Mientras le comía la cabeza, Lucius se estaba asegurando de que Crouch no encontrara forma de escapar a lo que le esperaba.
—El caso es que su grupo es un tanto molesto, el de Potter, quiero decir —continuaba Crouch, sin darse cuenta de que lo estaban atando como a Harry—. Pero no pueden ni compararse conmigo en cuanto a inteligencia, así que no tardé mucho en burlarlos y… ¿qué estáis haciendo, chicos?
—Tú estás dispuesto a todo por complacer al Señor Oscuro, ¿verdad? —dijo Lucius.
—Por supuesto, lo que más deseo en el mundo es complacerlo, como buen mortífago que soy —dijo Crouch, solemne hasta la médula.
—Eso está bien —intervino Goyle—. Verás, hemos pensado en dejarte parte de la gloria de resucitar al Señor Oscuro. ¿Qué te parece? ¿Estás dispuesto a cooperar voluntariamente en pos de tan gran acontecimiento?
—¿Te refieres al renacer de nuestro señor? —preguntó Crouch—. ¡Por supuesto, sería un gran honor! ¿Qué tengo que hacer?
—Echar una mano, básicamente —terció Crabbe, sujetando a Crouch por un lado, mientras Goyle hacía lo propio por el otro—. Eso sí, literalmente, me temo.
—¿Eh? ¿Qué hacéis? ¡No tiene gracia, chicos! ¿Qué haces con ese cuchillo, Lucius?
—Vamos, vamos, no me lo pongas más difícil —ronroneó Lucius, aunque casi parecía más un arrullo de paloma—. ¿Qué pensaría el Señor Oscuro si le dijéramos que no quisiste cooperar voluntariamente? Perderías credibilidad y eso no está bien. Necesita la carne de un vasallo, donada voluntariamente, para devolverle la vida y el cuerpo. ¿No vas a concederle eso a tu señor?
Mientras hablaba, Lucius acercó peligrosamente la hoja a la mano de Crouch y, al acabar, se la cercenó limpiamente. Crouch chilló, claro, pero Crabbe, Goyle y las mismas cuerdas que lo ataron sin que se diera cuenta hicieron bien su trabajo y no le permitieron escapar. Cuando la mano fue a parar al caldero, se produjo una gran reacción y, por un momento, pude pensar con alegría que había fallado. Pero no, al final se estabilizó. Lástima.
—Bueno, ahora llega lo más fácil —continuó Lucius, yendo esta vez a por Harry. Y yo no podía hacer nada para evitarlo si no quería ser la siguiente. Eso me dio mucha rabia—. Sangre del enemigo, arrebatada a la fuerza, revivirá a su enemigo —concluyó el hechizo, haciéndole un tajo a Harry en un brazo. Éste, al contrario que Crouch, no emitió ni un quejido, el tío. Cierto era que su herida no era tan chunga como la del mortífago, pero su dureza me hizo los ojos chiribitas.
Cuando obtuvo la sangre de Harry, Lucius la echó en el caldero y se produjo otra reacción más, la definitiva. Ya estaba hecho.
Tom Ryddle, alias Lord Voldemort, o como luego fue llamado por el grupo más adelante, Voldy, salió del caldero vestidito y todo, el tío, a pesar de que antes de tener cuerpo no llevaba más que un harapo en el cual no le cabría ni la cabeza. No me preguntes ni por qué ni cómo, pero así fue. No vamos a entrar en detalles.
Nada más salir, y tras vanagloriarse de tener otra vez cuerpo (aunque, en mi opinión, estaba mejor sin él), el Señor Oscuro miró inquisitivamente a sus cuatro lacayos, que se pusieron de rodillas (todos menos Crouch, que seguía atado, chillando y sangrando como un cerdo) para rendir homenaje a su harapiento señor.
—Mortífagos —comenzó, con su vocecita, que ni imponía ni nada, ahora que lo pienso—, estoy contento con vosotros. A día de hoy, he pasado de ser poco más que un espíritu a tener otra vez cuerpo y mi poder ha sido restablecido. Por ello, os perdonaré por esta vez la tardanza —miró con desprecio a Crouch, que seguía atado y dando alaridos—. Tú deja de chillar de una vez, que me levantas dolor de cabeza.
Sacó la varita, que debía de tenerla adosada a los harapos, el tío, y le dio otra mano a Crouch. Como si se pudiera hacer eso de hacer brotar manos como si fueran setas, vamos. Si se pudiera sacar un miembro de la nada, no harían falta rituales como el que Harry y yo presenciamos antes. Pero eso sí, no se molestó en desatarlo.
El Señor Oscuro, después de vanagloriarse de nuevo, esta vez por su poder, miró a Harry con altivez, pero éste no se achantó, ni mucho menos.
—Y aquí tenemos al otro partícipe de mi resurrección, mi adorado enemigo, Harry Potter —dijo el Señor Oscuro, poniéndole una mano encima. Harry tuvo un acceso de dolor, según me contó más tarde, pero lo aguantó como un machote—. Esto es tan efectivo como planeé. Antes no podía tocarte, pero ahora ya puedo hacer de ti lo que me plazca. Ni siquiera el Niño que Vivió puede ya detenerme.
—Yo que tú no apostaría —retó Harry. Con dos cojones, sí señor, aunque la verdad es que el Señor Oscuro no intimidaba demasiado con ese nuevo cuerpo. Era un tirillas sin nariz. Un crío ve eso y se descojona de risa.
—Bueno, eso está por ver —dijo el Señor Oscuro, yendo hacia Crouch. Le levantó una manga, pues aún estaba atado y no podía hacerlo él mismo, e invocó, mediante la Marca Tenebrosa, al resto de mortífagos, que no tardaron en aparecer. Por suerte, ninguno me vio—. Ah, ya estáis aquí, mis fieles vasallos. Bueno, fieles hasta cierto punto, debería añadir, porque nadie tuvo el valor de buscarme mientras estaba sin cuerpo —más de uno tembló fijo—. Pero ya hablaremos de eso más tarde. Por ahora, quiero que saludéis a nuestro enemigo, Harry Potter, que ha contribuido en la reconstrucción de mi cuerpo, aunque no tenía muchas más opciones, la verdad.
Los mortífagos lo miraron con desprecio, al cual Harry respondió con una mirada de altivez. Dada su situación, mostrar dicha altivez le debió de escocer a más de uno. Muchos allí no habrían hecho eso mientras estaban atados e indefensos.
—¿Ahora qué, Tom? —retó Harry—. ¿Aprovecharás que tienes a tus vasallos de testigos para mostrar tu cobardía y matarme mientras estoy indefenso? ¡Lucha contra mí, si eres hombre! ¡No te temo! ¡Puedo contigo y lo demostraré frente a tus marionetas!
—Bravas palabras, sin duda —estimó el Señor Oscuro, desatándolo. Muchos mortífagos se tomaron las palabras de Harry como un insulto imperdonable, pero poco o nada podían hacer si su amo no se lo ordenaba. Realmente Harry tenía razón. Un mortífago no hace nada sin el consentimiento de su señor. Por tanto, era una marioneta—. No obstante, me gustaría verlo. No soy hombre de fe, sino de hechos. Acepto tu desafío, Harry. Dadle la varita al chico, a ver qué sabe hacer.
—Antes de batirnos tengo dos cosas que decirte, Tom —dijo Harry, ya con la varita en la mano—. La primera es algo que tus más fieles vasallos te han estado ocultando durante mucho tiempo, pero que yo voy a revelar.
—¿Y qué has descubierto que mis mortífagos me han ocultado, Harry? —preguntó el Señor Oscuro, con voz burlona.
—Tom —Harry hizo una pausa de efecto y continuó, hablando despacio—, yo soy tu padre.
Ahí puso una voz más grave de lo normal en él y me quedé de piedra, como todos los demás. ¿Es que estaba loco? ¿A qué venía eso?
—¿Cómo…? —balbució, confuso—. Pero si mi padre…
—¡Expelliarmus! —conjuró Harry, quitándole la varita antes de que pudiera reaccionar. Acababa de hacer lo que nadie había logrado hasta ahora, así por las buenas. O era un genio, o el otro era idiota. Me decanto por las dos opciones.
—¡Al loro! —exclamó Goyle, sin poderlo evitar.
—Qué gilipollas —soltó Crabbe, en voz baja—. Ha caído en un truco tan viejo que es sorprendente que haya funcionado.
—Lo peor es que es nuestro jefe —terció Lucius, avergonzado—. Eso nos deja en una situación preocupante.
—Piensa un poco, ¿quieres? —gruñó Harry, mientras tanto, así que la conversación del trío de mortífagos quedó para ellos solos—. Claro que no soy tu padre, gilipollas. Me sacas lo menos cincuenta años. ¿Tú estás tonto?
En eso, y aprovechando el estupor general, corrió a por la copa y ésta le tele-transportó de vuelta a Hogwarts. Por suerte para mí, salí rápido de mi estado de shock y me fui también, Apareciéndome en los límites de los terrenos del castillo, donde cambié a lechuza y me reuní con él.
Todo estaba patas arriba. Montones de gente rodeaban a Harry y trataban de obtener la respuesta a la pregunta más obvia: ¿qué había pasado?
—Mortífagos… —balbució Harry nada más llegar yo, mis dos yos, pues mi forma humana llegó inmediatamente antes que mi forma animaga, acompañada por Pomfrey—. Estaba rodeado… me creía muerto… aún no sé cómo…
—Chsst, descansa, Harry —dijo Dumbledore, reclamando su poco de atención—. Ven conmigo y cuéntamelo todo. Te prepararé una tila bien fuerte para relajarte. Estás conmigo, nadie podrá hacerte daño mientras esté yo cerca.
Dadas las circunstancias, Harry confió en él y lo siguió. Ni siquiera a mí me permitió acompañarlo, así que tengo que fiarme de lo que me contó Harry después. Por lo visto, le informó de la vuelta de Lord Voldemort, de la gran lucha que tuvo contra él para sobrevivir (mentira, pero bueno) y de la gran cantidad de mortífagos, Moody incluido, que se reunieron para matarlo. Eso pareció sorprender a Dumbledore, según me describió Harry, pero luego se lo explicó cuando le dijo que había cambiado de aspecto poco después de llegar, identificándolo el Señor Oscuro como Crouch. Ahí se ve que lo comprendió todo.
Y ahora digo yo: si lo comprendió todo, si ya tenía la sospecha de que Moody no era Moody, ¿por qué no actuó antes? Cuando se lo expuse así a Harry, una vez acabó la conversación con Dumbledore, entró en la enfermería y me explicó todo esto, frunció el ceño.
—Vaya, tienes razón —dijo, pensativo—. Si ya lo sabía, ¿por qué dejó que todo siguiera su curso? ¿No es su obligación mantener a salvo a sus alumnos? ¿Por qué lo dejó todo correr cuando cabía la posibilidad de que acabara muerto? ¿Es que quiere matarme o qué? Esto se lo guardo.
En ese momento se oyó a Pomfrey gritar a pleno pulmón, sorprendiéndonos.
—¡No, señor Fudge! ¡No puede entrar ahí por las buenas! ¡Ni aunque sea el ministro!
Pero Fudge desoyó a Pomfrey y entró en la sala de curas, donde estábamos Harry y yo.
—Oiga, ¿qué hace? —me rebelé—. Este lugar está reservado a los medimagos y a los pacientes. Le pido amablemente que salga de aquí.
—No digas tonterías, niña —espetó Fudge, con su educación de siempre—. He venido a hablar con Harry Potter y nadie me lo impedirá. Tengo que aclarar una cosa de suma importancia.
—¿Pero qué se ha creído…?
—Vale, no discutamos —medió Harry—. ¿Qué puedo hacer por usted, señor?
—Quiero hablar con usted en privado, señor Potter —dijo Fudge, sin andarse con contemplaciones—. Ahora mismo.
—¡Ni hablar! —aulló Pomfrey, entrando con paso firme—. ¡Estamos en mi terreno, así que mando yo! ¡Potter se queda aquí hasta que yo lo diga!
—¿Me está desafiando, señora? —rugió Fudge.
—De acuerdo, le acompaño —medió de nuevo Harry—. Pero que sea rápido. No me encuentro bien.
—¡Por supuesto que no te encuentras bien! —aseguró Pomfrey—. ¡Como que deberías estar en la cama, descansando, y no acribillado a preguntas!
—Da igual, madame Pomfrey —dijo Harry, voluntarioso. Verlo así era nuevo para mí. Lo normal era que se rebelara contra cualquiera que le viniera con esos humos.
Pero no, esta vez se adaptó sin rechistar. No sé si era por ser el ministro o por qué, pero lo siguió como un perrito. Eso sí, esta vez me colgué en su hombro y nadie consiguió moverme de ahí. Como humana no podía estar, pero sí como lechuza.
—Bueno, ya estamos solos —dijo Harry más tarde, cuando estuvimos aislados—. ¿Qué se le ofrece?
—¿Cómo que qué se me ofrece? —bramó Fudge—. ¡Va diciendo por ahí que Quien Usted Sabe ha vuelto! ¿Cómo se le ocurre?
—¿Qué? ¡No! ¡Es absurdo! —exclamó Harry, y yo ululé por la sorpresa. ¿Qué estaba diciendo? ¡Claro que había vuelto!—. ¡Eso no son más que paparruchas del profesor Dumbledore!
—¿Qué? ¿Qué quiere decir?
—Cuando el profesor me llevó a su despacho para que le contara lo que pasó, le dije que me atacaron varios mortífagos. ¿A qué viene eso de Quien Usted Sabe? No lo mencioné en ningún momento. Son cosas que empezó a sacar él porque sí.
—Explíquese.
—A eso voy. Resulta que, así por las buenas, empezó a decir cosas como que había recuperado su cuerpo, que lo había conseguido gracias a un ritual en el que se mezcló un hueso de su padre, una mano de un vasallo y mi sangre, y no sé cuántas cosas más. Si estoy herido es por la batalla contra los mortífagos. La verdad, aún me sorprende poder estar aquí hablando con usted. Tuve mucha suerte de poder salir con vida de ésta. Pasé mucho miedo, señor, no me haga recordarlo otra vez, por favor.
—No, claro que no —dijo Fudge, más calmado. Me sorprendió y a la vez me conmovió la forma en que Harry se expresó. Parecía que realmente había pasado eso y cuadró incluso los sentimientos que decía tener, cuando en realidad no estaba tan asustado como decía, ni mucho menos. Se le notaba. Fingió ser un niño asustadizo cuando en realidad era todo un hombre, y muy valiente además.
—También dijo otra cosa, señor, algo que no entendí —continuó Harry, y tanto Fudge como yo le prestamos suma atención. ¿Qué se le había ocurrido ahora?—. Habló de lo bien que le iba a venir mi encuentro con los mortífagos y Lord Voldemort para promocionar su carrera o algo así. No sé qué significará.
—¿Promocionar su carrera? —repitió Fudge, y al punto se tornó rojo de ira—. ¡Maldito Dumbledore! ¡Ya sabía yo que algo de esto estaba tramando! ¡Será embaucador… manipulador… comediante… embustero…! —miró a Harry con furia y éste fingió tener miedo, así que el ministro se calmó—. A ver, piense. ¿Mencionó algo del ministerio?
—¡Sí! —exclamó Harry, fingiendo un poco más—. ¡Dijo que tenía todas las papeletas para ser el próximo ministro de magia o algo así! ¡Estuvo hablando de eso un rato! ¡Que si acababa con Quien Usted Sabe podría desbancarle a usted y cosas así!
—¡Si ya lo sabía yo! —bramó Fudge, dando vueltas, y empezó a lanzar improperios contra Dumbledore; muchos de ellos no tendría que haberlos dicho en presencia de un estudiante, pero Harry estaba acostumbrado a oír tales obscenidades y ni se amilanó.
Yo, mientras, miré a Harry con ojos de no entender nada, pero él me guiñó un ojo travieso y me acarició las plumas. Fue entonces cuando entendí que algo estaba tramando Harry y me tranquilicé.
—Señor… —dijo Harry, haciendo callar a Fudge—. Lamento interrumpirle, pero ¿puedo volver ya a la enfermería? Estoy mareado.
—Sí, sí, por supuesto —dijo Fudge—. Ha hecho muy bien en decirme esto, señor Potter. Ahora descanse.
Harry asintió y se fue, dejando a Fudge hablando solo. Ya fuera del rango de audición del ministro, aprovechó para contarme lo que tenía planeado. Con él no salía de una sorpresa cuando me metía en otra. Qué tío.
«Me ha salido manipulador», pensé, orgullosa de él. «Acaba de poner a Fudge en contra de Dumbledore para quitárselos de en medio, pero asegurándose de que los dos sigan confiando en él. Es increíble. No sé adónde llevará esto, pero promete ser interesante».
Más tarde, y tras algunas averiguaciones de Dumbledore, se pudo encontrar al verdadero Alastor Moody encerrado en su propio baúl. Estaba hecho un asco, pero seguía vivo, así que lo llevaron a la enfermería y, tras ocuparse de él Pomfrey, le tuvo un par de días en observación y luego se deshizo de él. Por lo visto sólo era debilidad general y deshidratación, así que un poco de descanso era lo que realmente necesitaba.
«Como si no hubiera descansado bastante dentro de su baúl un año entero», pensé. «Un par de bastonazos en los riñones, le daba yo».
En fin, dejando en paz a Moody con sus achaques, llegó la entrega de premios. Harry se llevó sus mil galeones por ganar el torneo, además del reconocimiento tanto de sus compañeros y sus profesores como de los extranjeros. No vi por ahí a Karkaroff, así que me figuré que, cuando se organizó todo el revuelo de los mortífagos, se esfumó. Nunca fue particularmente valiente, más bien al contrario.
—Aléjate de mi novio antes de que te rompa las piernas, francesita —amenacé sin miramientos, al ver que Fleur y su hermana se dirigían hacia Harry con ánimo de darle besitos. Que se dieran besitos entre ellas si querían, que no pasaba nada por eso, pero que dejaran a mi Harry tranquilo si sabían lo que les convenía. Naturalmente, la golfa salió con el rabo entre las piernas. Pues menuda era yo.
—Al loro, qué cara han puesto esas frescas —dijo Hermione, riéndose.
—Vamos, hombre, van a robarme a Harry delante de mis narices —gruñí—. Hasta ahí podría llegar la broma. Hizo bien en largarse, así podrá conservar su carita bonita intacta.
—Tampoco habría tenido posibilidades —dijo Harry, con toda la tranquilidad del mundo—. No me van tan creídas. Sin duda tú eres la chica que más me gusta.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que te gusta tanto de mí? —ronroneé.
—A ver a qué otra chica le gusta comer ratones, por ejemplo —bromeó, y tanto Hermione como yo reímos—. No, en serio. Me gustas porque eres tú. Porque no hay otra, sencillamente, y no la va a haber.
—Coño, Harry, eso me ha llegado —admití, abrazándole.
—Qué suerte tienes, cabrona —gruñó Hermione—. Joder, me das envidia, tronca. Me dice eso mismo Draco y me lo tiro aquí mismo, te lo juro.
—Qué bestia eres a veces, hermana —dijo Harry—. A veces no es necesario eso para saber que quieres a alguien. Míranos a nosotros, o mira a esas dos.
Lo decía por Lily y Luna, que estaban en un rincón, las cabezas muy juntas, sin dejar de mirarse la una a la otra, indiferentes de cuanto las rodeaba. No parecía que estuvieran hablando ni nada, se limitaban a mirarse y eso les valía.
—Me pregunto a qué sabrá una chica —murmuró Hermione, apoyando un brazo en el hombro libre de Harry (el otro lo ocupaba yo)—. Es simple curiosidad, nada más —aclaró, al notar mi mirada de sorpresa—. Más que nada para saber por qué ellas se gustan más entre sí que a un chico. ¿Cómo se las apañarán para hacerlo?
—Venga, Hermione, que eres internauta —solté—. Busca en cualquier página. Me sé de algunas que te lo mostrarán en detalle.
—Ya, bueno, pero ¿qué se sentirá…?
—Ahí ya no te ayudo —dejé claro.
—¿Tan malo es Malfoy, que quieres sustituirlo por una chica? —preguntó Harry, burlón.
—¡No es eso! Es curiosidad, ¿vale? Es que Draco y yo no hemos estado tan a gusto como están ellas ahora…
—Bueno… qué mal rollo… —bromeé.
—¿Qué significa eso? —aulló ella.
No pude contestar. Neville y Susan se acercaron en ese momento, atraídos por el berrido de Hermione. Cuando se lo contamos, Susan asintió.
—Eso es inseguridad —dijo—. Luego hablamos más detenidamente sobre eso, tú y yo, y verás qué rápido te animo.
—A ver cómo la vas a animar —solté.
—No como tú piensas, pervertida —gruñó Susan, y Harry y yo reímos—. Bah, sé que estáis siempre de cachondeo, pero vamos a dejar el tema por ahora. ¿Sabéis la última que ronda por ahí?
—¿Qué dicen ahora? —preguntó Harry.
—Bueno, Hannah y algunas más dicen que Dumbledore está muy serio últimamente. Dicen que sospecha algo malo relacionado con lo que te pasó en el torneo. Por cierto, ¿estás bien?
—Sí, no hay problema —dijo Harry—. ¿Qué es eso malo que sospecha?
—No sé mucho más, pero me preocupa —admitió Susan.
—Parvati y Lavender dicen que Quien Vosotros Sabéis ha regresado —intervino Neville—. ¿Es cierto, Harry?
—¿Y tenemos que hablar de eso ahora? —atajé—. Es el último día de curso, no lo estropeemos con cosas desagradables.
—¿Cosas como qué? —preguntó Lily, a nuestra espalda, con Luna a su lado, claro.
—Lo del torneo —dijo Harry, lacónicamente—. Realmente no quiero hablar de ello ahora.
—Normal —dijo Luna—. Yo tampoco querría hablar de eso, así que dejemos el tema. ¿Qué tal si nos sentamos todos juntos en el tren? Podríamos incluso quedar en verano o algo así.
—¡Eso sería estupendo! —exclamó Susan.
Así que empezamos a hablar de lo que haríamos en verano, dejando el tema del cementerio aparcado. Menos mal, porque a saber cuál de las dos versiones, si la que le dio a Dumbledore o la que le dio a Fudge, habría contado, y habría sido fatal para sus planes. Me sentía un poco celosa. Sus planes eran mejores que los míos. Yo habría entrado a saco, tras procurarme un ejército que no sabría de dónde sacaría, arrasando con todo a mi paso. Pero Harry no, Harry lo haría todo sutilmente, aprovechando su tirón mediático al ser el Niño que Vivió y demás. Pero no le iba a ser fácil enfrentarse a Dumbledore en ese tipo de maniobra, pues ambos poseían la credibilidad de las masas. Aun así, había sido hábil por su parte enfrentar al ministerio contra Dumbledore. Mientras esos dos bandos estuvieran ocupados entre sí, Harry y yo podríamos aprovechar para tomar el control del ministerio. Luego, ya por la noche, me contó que no, que no era ese su plan exactamente. Estaba asombrada por sus dotes manipulativas.
