Advertencia: Capítulo azucarado, con escenas dulces y demás.

Segunda advertencia: Escena slash, no de contenido "M", pero si os sentís incómodos con el slash, no recomiendo que lo leáis, aunque sea ligera ;).

¿A dónde vas, Anastasia?

La aludida se giró., clavando sus ojos sobre los de una de sus amigas, las que se encontraba un poco confundida. Era la hora del recreo, y en general, la castaña solía estar en el patio con sus amigas. Su grupo de amigas, en el que reinaba la falsedad. Eran un total de quince personas, unas diez mujeres y unos cinco hombres. Pero si bien se llevaban bien, en las espaldas las conversaciones pasaban a ser críticas contra los demás. Pero esos días, en los recreos, la castaña se perdía entre los pasillos del instituto. Y en esa ocasión, había sido descubierta por una de sus amigas.

Tengo que ir a por unas cosas de clase―respondió con seguridad, intimidando a la otra―. Os veo después.

Tras estas breves y escuetas palabras, la joven castaña se perdió de nuevo entre los pasillos, dirigiéndose al otro extremo del instituto. Miró hacia los lados, abriendo al final la puerta del baño. No había nadie. Suspiró un poco, acercándose al lavabo. Aún se preguntaba cómo había llegado a esa situación, pero allí estaba, en medio del baño. Y lo peor de todo era que sentía que su corazón iba a salir disparado, y que se estaba quedando sin aliento. Todo por culpa de ella.

La puerta se abrió, y miró de reojo a través del espejo. Marta hizo acto de presencia con esa tranquilidad que le caracterizaba. Y en cierta manera, era eso lo que hacía que Anastasia se quedase allí, cerrando los párpados y dejando que el aire, el oxígeno, se volviese a apoderar de ella. Se giró, encontrándose con esos ojos azules que hacían que se quedase sin aliento.

¿Hay alguien? ―Preguntó la morena, y la castaña solo consiguió negar con la cabeza.

No era capaz de pronunciar palabra alguna. No a sabiendas de aquello que estaba a punto de suceder y que, justamente, sucedió. La muchacha dio un paso hacia ella, rodeando su cintura con sus brazos. Y no lo pudo evitar. Colgó los suyos por su cuello, entrelazando los dedos con ese sedoso cabello oscuro. Y… ¿Qué más decir? Sus labios se encontraron. Con una tranquilidad que podría sorprender a cualquiera. Sus lenguas se compenetraban, igual que sus labios. Y un gemido se escapó de los labios de la castaña cuando sintió como las yemas de sus dedos se deslizaban por su espalda, introduciéndose por debajo de la camisa.

Marta era dócil, y lo descubría cuando acariciaba la piel de la nuca, sonsacando un ligero ronroneo que le hacía sonreír. Le hacía recordar que estaba con un animal felino, y quizás, tenía razón. Esa sonrisa que le estaba resultando demasiado felina, al igual que esa maldita mirada que le hacía quedar inerme ante cualquiera de sus palabras. Sí. Sabía que si Marta le pedía que enloqueciese por ella, lo haría. Estaría dispuesta a ello. Todo con tal de poder saborearla de nuevo. Por lograr aspirar ese aroma a fresa que se apoderaba de ella todas las mañanas. Le encantaba. ¡Maldita sea! ¡Le encantaba!

La morena era incluso delicada, sin atreverse a más que besarla con suavidad. Pero era osada. Era capaz de dejar la timidez a un lado, y cuando el beso se tornaba en una muestra más apasionante, era la que tomaba el control, haciendo que la propia Anastasia se quedase sin saber cómo comportarse. Aún no sabía cómo había llegado a esa situación. Se recordaba hacía una semana compartiendo un beso arrebatador con Marta, y desde entonces, encontrarse con la morena en ese mismo baño, reviviendo ese encuentro que le hacía quedarse sin aliento. Que le hacía sentirse bien. Que, maldita sea, le hacía darse cuenta lo mucho que le enloquecía esa morena de ojos de cielo. Sí. Ojos de cielo.

A veces se limitaban solamente eso, o intercambiaban palabras sencillas, sin mucha importancia o relevancia. Procuraban no hablar sobre ese asunto, quizás porque Marta no quería presionar a la otra. Y porque Anastasia no se veía capaz de sacar la conversación a la luz. No se veía capaz porque era consciente de que era capaz de arruinarlo todo. Y lo haría. Lo haría porque no conseguiría hablar de sus sentimientos. De que la quería. Y mucho. Tanto que se le empezaba a desgarrar el alma.

Me encanta besarte―susurró Marta, sonriendo un poco sobre los labios de la otra. Un ligero gesto se apoderó de la aludida, que no pudo evitar estrecharla más hacia ella―. ¿Sabes que hoy estás muy guapa?

Gracias―logró pronunciar, besando de nuevo los labios de la chica con algo de fuerza, queriendo impregnarse de su sabor―. Mi amiga me ha visto antes. Todas mis amigas están extrañadas de que desaparezca tanto.

A mí Alicia también me está preguntando mucho―dijo, separándose un poco pero sin dejar de abrazar a la otra, que juntó su frente con la suya―. Me he excusado con exámenes, pero dudo que eso sirva por más tiempo.

Ya…

Tenemos que hablar de esto―se separó por completo, girándose para acercarse hacia la ventana―. ¿Qué es?

¿El qué?

Esto―señaló, encogiéndose de hombros―. ¿Qué significa que nos veamos para besarnos unos minutos en el baño? ¿Qué significó el beso del otro día? Esto, Anastasia… ¿Qué es lo que me está haciendo enloquecer por completo?

Solo son unos besos―logró contestar tras una breve pausa, consiguiendo que el gesto de la morena se descompusiese, pasando de la sorpresa al dolor. Esas palabras no se las esperaba.

¿Solo unos besos? ¿Para ti que nos besemos es solo eso? Porque para mí es mucho más. Mucho más importante que "unos simples besos" ―entrecomilló con sarcasmo.

No es para tanto―intentó justificar, aunque cada vez sentía que la mirada de Marta se destrozaba por momentos.

¡¿No es para tanto?! ¡Nos estamos besando, Anastasia! ¿Y tú me dices que no es para tanto?

Yo…

Me gustan las mujeres―soltó, dejando a la otra estática―. Miento. No me gustan las mujeres. Me gusta una. Me gustas tú.

¿Qué dices? Ahora eres tú la que parece no darse cuenta de lo que dice.

Me ha costado mucho asumirlo, pero es así. Te quiero. ¡Te quiero, maldita sea! Te quiero como tú me quieres a mí.

Yo no te quiero. No te puedo querer. Eres una mujer, y…No me gustan las mujeres.

No estamos hablando de una mujer. Estamos hablando de mí. De Marta. De la que fue tu mejor amiga. A la que besaste en el baile, ¿recuerdas? Y me correspondiste. Me correspondiste, maldita sea. Lo hiciste. Pero yo no puedo decidir por ti. Cuando te des cuenta de lo que quieres, será demasiado tarde. Y puedes engañarme sin quieres, pero nunca te vas a poder mentir a ti misma.

Marta…No. Todo lo que dices no tiene sentido. Yo no te quiero. ¿Cómo me voy a enamorar de ti?

La pregunta se quedó en el aire, arrepintiéndose al instante de ello. Esperaba el reproche por parte de ella. El ataque. La rabia. También se esperaba que la besase. Quería que fuese así para evitar todo aquello, que la estrechase entre sus brazos. Y que no se alejase de ella. Pero el dolor era la máscara de Marta.

¿Tan horrible es amarme?

No le dio tiempo a responder. Marta salió de allí con rapidez, sintiendo de nuevo las lágrimas recorrer su rostro. Había sido una completa ingenua. ¿Cómo iba a ceder Anastasia? Su orgullo se encontraba herido, y ahora lo que necesitaba era un poco de tranquilidad. Se dirigió hacia el despacho de la directora, pidiéndole que si podía llamar a su madre, que se encontraba mal. La mujer cedió, conociendo a la chica y sabiendo que podía confiar en ella.

Anastasia salió al patio desolada, buscando con la mirada a la morena, pero no la encontraba. Esperaba verla con Alicia y la otra chica que estaba con ellas, pero en ese momento estaban las dos solas charlando animadamente. Dejó escapar un suspiro, levantando la vista para ver como la chica salía del instituto con sus pertenencias y el rostro mancillado por las lágrimas.

Corrió hacia la verja, viendo como la chica esperaba para cruzar, mirando hacia los lados, dispuesta a saltarse el semáforo. Momentos donde la vida pasa demasiado rápido. Donde la respiración se detiene. Donde todo se queda en un sencillo nada. Donde, en un segundo, puede cambiar todo.

¡Marta! ―Exclamó con la voz rota.

La aludida se giró, confundida. Y de repente, escuchó un ruido extraño. Todo sucedió demasiado rápido. No hubo tiempo para nada más.

¡Marta!

Solo llegó a escuchar de nuevo su nombre, para al final, que todo se quedase oscuro. Completamente oscuro. Y el silencio, el que se había instaurado por completo en la escena, dejó paso al grito y el terror que podía llegar a causar el dolor.


―Detente.

Anastasia se giró pensativa, rememorando ese momento de su vida en el que creía que perdería a Marta para siempre. Dejó que su mirada se posase en la figura de la rubia, la que no pudo evitar esbozar una suave sonrisa en su rostro. Quinn Fabray se encontraba sumamente feliz en esos instantes, aunque tenían que recomponer sus posturas para investigar a Mike. La castaña tragó saliva, inspirando con fuerza. Aún recordaba lo que fue escapar de los brazos de sus antiguas amigas, corriendo a la misma velocidad que David para ir a por la figura inmóvil en medio del asfalto. Y como sus miradas se encontraron. Con rabia. Con desprecio. Con odio. Aún podía sentir la mirada de él sobre su cuerpo. Al igual que la impotencia que sintió cuando fue él el que se arrodilló al lado de ella, besando sus labios con fuerza y las lágrimas deslizándose por su rostro. Fue en ese momento cuando llegó a comprender que nunca dejaría que ella fuese de otra persona. No. Nunca. Y menos, de David.

― ¿En qué piensas? ―La voz de Quinn interrumpió sus pensamientos. Esbozó una suave sonrisa.

―Estoy pensando en lo que voy a hacer para Marta. Quería comprarle unos girasoles, pero…

― ¿Girasoles? ―Quinn se quedó sorprendida. Nunca se había imaginado regalar a alguien un girasol.

―Son sus favoritos, aunque quizás quedaría más bonito un girasol. Es un símbolo.

― ¿Un símbolo? ―Quiso saber la mujer, colocándose el cabello un poco mientras llamaba al timbre.

―Sí. Marta me dio uno cuando teníamos once años. Y me dijo que me lo daba porque era la chica más guapa que había conocido.

Mike abrió la puerta mientras que Quinn no podía evitar burlarse de su compañera. No se imaginaba a una Marta entregándole un girasol y diciéndole que era la más guapa. Pero no se lo imaginaba porque veía a Anastasia capaz de matarla por aquella época, aunque también era cierto que eran unas crías, pero eso lo hacía incluso más tierno. Demostraba que el amor de ellas dos era mucho más intenso y bonito de lo que cualquiera se pudiese imaginar. Y lo admiraba. Admiraba ese amor que parecían profesarse la una a la otra.

―Buenas tardes, Mike―saludó, deteniéndose en la puerta junto a Anastasia.

―Buenas tarde, inspectora Fabray―la aludida soltó una sonora carcajada―. Pueden pasar ambas―se hizo a un lado, dejando que ambas mujeres se adentrasen en el piso―. Creía que vendrían más tarde.

―Tenemos algo de prisa―argumentó la rubia al percatarse de que el muchacho tenía razón―. Si te hemos pillado en un mal momento, nosotras nos podemos marchar.

―No hace falta―aclaró él, sonriendo amablemente―. Ni tampoco hace falta ir con rodeos. Los tres sabemos por qué están aquí, y seguramente quieren respuestas.

― ¿Ah sí? ―Inquirió Quinn mientras que Anastasia paseaba por el salón, donde les había hecho pasar el joven oriental. Se mantenía firme, sin dejarse intimidar por la mirada penetrante de la rubia―. ¿Qué es lo que sabemos?

―Marley estaba embarazada―señaló con claridad, sin ir por las ramas, sorprendiendo a las dos mujeres―, y el padre de ese bebé, era yo.

Las chicas intercambiaron una mirada cómplice, sentándose las dos mientras que se quedaban en silencio, sospesando como llevar esa conversación. El hombre se sentó en frente, clavando sus ojos negros sobre los de su amiga, sintiéndose en cierta manera intimidado por los ojos algo claros de la castaña, la que observaba atentamente distintos lugares de la habitación, analizando todo. Las fotografías parecían mostrar una pareja perfecta, con amor, y sin embargo, las mentiras se apoderaban, dejando un mal gusto en la boca de la chica, que se removió incómoda. Quinn, en cambio, se sorprendía. No creía que Mike fuese a comportarse de esa manera, pero también era cierto que la gente cambiaba, y que podía cometer muchos errores. Sin lugar a dudas.

―No fui yo―aclaró, aunque las dos no sabían qué pensar sobre eso.

―Te lo confirmó en la cena esa de antes de que nos encontrásemos los del Glee, ¿no? ―el aludido asintió sin dudar―. ¿Cómo sucedió? No creía que te fuese mal con Tina.

―Tina estaba muy distante conmigo―se encogió de hombros―. No quería hacer nada de nada. Creo que hasta se había buscado un amante. Me sentía solo y…Dio la casualidad que coincidí con Marley. Ella había roto con su novio y…Estábamos solos. Encima, decía algo de que se había interpuesto en otra relación y…Los dos necesitábamos sentirnos un poco bien. Y sucedió―se encogió de hombros―. Me arrepiento en cierta parte, pero no puedo evitar sentir que lo necesitaba.

Quinn se quedó pensativa, percatándose de las palabras del chico. No era justo que pareciese que la culpa era de la mujer, pero podía comprender un poco a Mike. Sentirse solo supuestamente con la persona que te quería no era algo muy bonito, y más si sabías que esa persona no te correspondía del todo. Por primera vez, no maldijo a Marley, e incluso la compadeció. Parecía que tenía remordimientos de haberse interpuesto entre Santana y Brittany. Al fin y al cabo, era otra pareja que resultaba perfecta antes. Con sus altibajos, pero maravillosa.

La sonrisa se dibujó en el rostro de Anastasia, la que se inclinó hacia adelante con una fiereza que hizo que el chico se sobrecogiese.

―Y tú no querías reconocer a ese niño, ¿verdad? ¡Has sido tú!

―No fui yo―aseguró, levantándose sin vacilar―. Yo quería reconocer a ese niño. Lo quería. Y se lo conté a Tina―eso dejó sin palabras a la castaña.

― ¿Tina lo sabía?

―Sí―afirmó él, dejando escapar un suspiro―. Como os podéis imaginar, no se lo tomó bien. Afirmaba que no quería que ella lo tuviese. Y no quería que lo reconociese como mío. Y la noche antes a la cena del Glee, discutimos. Se sentía dolida, avergonzada. Y yo le pedí que fuese sincera conmigo y me admitiese que me engañaba.

― ¿Y qué sucedió?

―Que me confesó que sí, que me engañaba. Y estoy seguro que era alguien del Glee.

― ¿No sabes quién es?

―No me lo confirmó. Pero estoy seguro que si se descubriese, quizás se resolvería el misterio―y sonó tan sincero que Quinn no creía que fuese él su asesino.


Kurt dejó escapar un suspiro mientras tomaba entre sus manos la foto en la que salía él con Rachel. Había echado de menos a su mejor amiga, aunque ya estaba dispuesto a volver a New York. El timbre de la puerta sonó, haciendo que el muchacho se sobresaltase. Sin lugar a dudas, tendría que ser alguien con quien tenía confianza. Pensó que sería Berry, acercándose a la puerta para abrirla, encontrándose para sorpresa con la sonrisa de Blaine, el que le tendía una rosa negra. Y el joven castaño no supo qué decir ante ese comportamiento por parte del chico.

― ¿Qué haces aquí, Blaine? ―Inquirió con severidad, tomando la rosa que el otro le ofrecía. El silencio invadió el lugar, haciendo que el castaño rodase los ojos―. ¿Blaine?

―Quería hablar contigo. Mercedes me ha contado que ibas a volver a New York.

―Así es―confirmó Kurt con toda la suavidad que fue capaz.

― ¿Puedo pasar? ―Quiso saber el moreno con una suave sonrisa, haciendo que el otro se removiese un poco en su sitio, encandilado por esa mirada de él.

―Pasa.

Se hizo a un lado. El otro se adentró en el piso, y cuando Kurt cerró la puerta, se encontró con que Blaine le atraía hacia su cuerpo, besando estrepitosamente sus labios. El castaño se quedó sin aliento, sintiendo como las manos del otro se colocaban en su espalda, clavando sus uñas a través de la fina camisa morada. No pudo evitar soltar un gemido cuando sintió que las uñas llegaban a marcar su fina piel de porcelana. Tuvo que hacerlo. No podía impedir esa necesidad. Cubrió el rostro del otro con sus manos, devolviendo el beso con la necesidad de respirar y, a la vez, de proseguir con ese sentimiento.

No quería volver a caer en los brazos de Anderson, pero cuando sintió que la lengua se deslizaba sobre la suya, no pudo contenerse, tirando del chico para que cayesen ambos sobre el sofá. Una carcajada resonó, pero Kurt no quería oírlo. No quería saber nada de nada. No quería ser consciente de que estaba cometiendo uno de los errores más grandes de su vida. Y por esa misma razón, dejaba escapar un suspiro, besando de nuevo sus labios mientras sentía las manos de Blaine desatando su camisa.

―No te vayas…―susurró el moreno, avasallando los labios del castaño. Este se removió en el lugar, correspondiendo a la caricia.

Pero no dijo nada. No dijo nada. Porque se quería marchar. Necesitaba hacerlo. No podía seguir junto a él, encontrándose y acabar cayendo en sus brazos si sentía sus labios de nuevo sobre los suyos. Y por primera vez, supo que esa sería la última vez que sentiría esa piel sobre la suya, esa nariz rozando la suya en cada encuentro de bocas. Y que sería lo mejor para los dos. Para él, que necesitaba estar lejos de Blaine, y para el chico, que se merecía encontrar a alguien que de verdad le correspondiese como quizás se merecía.

Podía sentir de nuevo las yemas de sus dedos recorriendo su abdomen, que se encontraba al fin al descubierto. Y el moreno tiró de la camisa, buscando la manera de disfrutar de esa sensación que le invadía en todo el cuerpo. Necesitaba sentir su aroma de nuevo. Necesitaba sentir que Kurt le pertenecía, y que nunca dejaría de pertenecerle. Que lo quería. Maldita sea. Lo quería mucho. Tanto que se llegaba a preguntar qué sucedería si el chico se marchase sin darle la oportunidad de estar de nuevo a su lado, compartiendo caricias y besos.

―No hables―ordenó Hummel, volviendo a apoderarse de esos labios que le habían enamorado en su momento―. Solo bésame―musitó con sensualidad, apoderándose de nuevo de esos labios que le enloquecían.

El otro soltó un gemido, además de que las dinas uñas de Kurt se deslizaban por la línea de su espalda, sintiendo un ardor que no recordaba de antes. Pero no importaba. No si el otro le correspondía de la misma manera. Blaine deslizó su mano hacia la entrepierna del castaño, acariciando firmemente la zona y sonsacando un sonrojo en el castaño, que además, soltó un gemido que fue acallado con la boca de Blaine. Había echado de menos ese contacto. Tanto que empezaba a sentirse demasiado nervioso. ¿Sería capaz de dejarlo tirado? No, pero tampoco de estar a su lado. Eso ya no entraba en los planes de Hummel.

―Te quiero―exclamó Blaine, introduciendo su mano por dentro del pantalón negro del otro.

Kurt quiso olvidarse de esas palabras, desabrochando el pantalón con facilidad, deslizando así sus labios por su cuello, dejando pequeños mordiscos repartidos por toda aquella zona, rozando sus caderas con las suyas en ese movimiento. Blaine se sobresaltó entre sus brazos, sintiendo un aceleramiento por todo el cuerpo cuando sintió como el miembro del castaño rozaba el suyo con suaves caricias. Creía que se iba a morir de placer. Del puro placer que le hacía sentir el otro con esos ojos azules claro que le hacían quedarse sin respiración.

Y no quedaba lugar para dudas. Kurt se libró de sus propios pantalones, además de lograr que Blaine se desprendiese de sus pertenencias, quedando ambos semidesnudos en el sofá. Era una de las escenas más tórridas que habían vivido ambos, incluso más que la de liarse en un coche camino a una boda. Pero ese era un dato irrelevante. Y cuando quiso darse cuenta Kurt de todo lo que estaba sucediendo, sintió como Blaine le estrechaba entre sus fuertes brazos, aspirando el aroma del chico.

―Te quiero―volvió a decir Blaine en un susurro―, y tú me quieres. Tú también me quieres, Kurt―afirmó, como si no hiciese falta que el castaño se lo dijese. Sabía que era así. Lo sabía tan bien que no hacía falta ninguna confirmación más. Solo quería saborear su sabor. Solamente quería pensar que nada malo sucedería―. No me dejes, por favor…

Kurt solo se vio capaz de depositar un apasionado beso en sus finos labios, colocándose encima de él. El momento no tardó en llegar. Cuando sucedió, sintió como el cuerpo de Blaine le hacía rozar el cielo por completo.


Frannie sonreía un poco, tirando del brazo de Rachel. Se la había encontrado en medio de la ciudad sentada en una de las aceras, y entonces comprendió que algo había salido mal. Así que, esa noche, lo pasaría con ella y con Emma, que habían decidido hacer unos pasteles. Y como era muy insistente, y para qué negarlo, igual de irresistible que su hermana mayor, Berry se dejaba arrastrar a ese lugar con la hermana de la chica que le gustaba. No sabía cómo sentirse, y tampoco lo que pensar, pero al menos podía disfrutar de un poco de tranquilidad.

Frannie abrió la puerta del piso con una suave sonrisa, sorprendiendo así a Emma, la que estaba preparando los ingredientes del pastel. Lo que más le sorprendió a la mujer fue encontrarse con Rachel. Se contuvo un poco, sintiendo un escalofrío por todo su cuerpo. ¿Sería Daniela, que quería salir a dar un recibimiento a la muchacha? Suspiró un poco, bajando la vista para evitar de nuevo encontrarse con los ojos negros de la diva.

―Lamento haber tardado en llegar a casa―habló Frannie, percatándose la tensión del momento―. Pero me ha costado convencer a Rachel de que viniese.

―No te preocupes―musitó Emma, acercándose a ambas―. Hola de nuevo, Rachel―le tendió la mano como gesto cordial, el que aceptó la chica con cierta rabia.

Aún sentía el resquemor de esa tarde cuando se encontró con la escena que había perturbado a su corazón. Esa pelirroja aspirando el aroma de la rubia. Y sin embargo, y contra todo pronóstico, allí estaba, a punto de preparar un dulce postre con la hermana de su… ¿Ex? ¿O volvían a ser novias? Con tan solo pensarlo, se quedó sin respiración. Tampoco le extrañaría. Emma era una mujer guapa, atractiva, y que quería a Quinn. ¿Qué más se podía pedir?

―Hola, Emma. Veo que te encuentras algo mejor―decidió mostrarse algo amistosa, aunque tampoco quería que la mujer pensase que le caía bien o algo parecido.

―Sí. La verdad es que si no hubiese sido por Frannie y Marta, no sé qué hubiera sido de mí―argumentó con una sonrisa, colocándose de nuevo en la zona de la cocina, sacando los utensilios de cocina―. Tenéis la ropa sucia allí. Para que no os manchéis ni nada al amasar ni nada.

― ¿De qué vamos a hacer los pasteles?

―De selva negra, ¿no? Chocolate y nata, la combinación de la tentación―bromeó la pelirroja, sonsacando una sonrisa por parte de la pequeña Fabray, que se abrazó a su amiga―. ¿Qué haces?

―Chocolate―exigió la rubia con una sonrisa.

Emma ladeó la cabeza, divertida. Partió una de las onzas. Frannie abrió la boca, y Emma lo dejó caer sobre ella, haciendo que una sonrisa del puro placer se apoderase de la rubia. Rachel no pudo evitar reírse, y al mismo tiempo, pensar que lamentaba mucho que esas dos chicas no se gustasen. Harían una buena pareja sin lugar a dudas. De las mejores parejas que ella haya conocido en su vida.

―Eres una niña consentida―señaló Emma con una carcajada de por medio, haciendo que Frannie se removiese un poco, sacándole la lengua mientras que la pelirroja no le dejaba escapar―. Ahora no me exiges tanto, ¿eh?

―Suéltame, petarda―y ante esas palabras, sintió como las manos de la chica le provocaban cosquillas por todo el cuerpo―. ¡Para! ―Pidió entre risas, sonsacando la sonrisa de Rachel.

La morena se dispuso a sus labores, preparándose para hacer el mejor pastel que haría en su vida. Las otras dos también se pusieron a sus cosas, aunque Rachel se veía más concentrada en hacer el pastel mucho mejor que Emma, que pretendía terminar lo suficientemente pronto para que, a la cena, probasen de los dos. Tanto del de nata y chocolate como el de chocolate con vainilla. Y, cómo no, Rachel comenzó con una batalla donde la competitividad empezaba a tomar conciencia, y más teniendo en cuenta que Emma era igual que ella. No le gustaba perder. Para nada.

Ambas buscaban la manera de darle a su postre el toque más sensual y dulce, para tentar a la gente que los viese. Rachel se percataba de la maravillosa habilidad de la pelirroja en la hostelería. Frannie era la que daba los ingredientes, manchando a las chicas de vez en cuando con la harina, o con el chocolate fundido que estaba aprovechando ella. Y las otras no podían evitar devolverle lo mismo a la otra, siempre con miradas de recelo si se encontraban y chocaban. Lo que menos querían era demostrar cierta debilidad la una a la otra, por lo que ambas lo hacían por separado, sonsacando una sonora carcajada en la rubia.

La muchacha se dejó caer en el sofá, descansando un momento. Clavó su mirada en el techo mientras escuchaba al fin las réplicas de las otras dos jóvenes. Las de Rachel hacia Emma, que decía que era trampa. Que ella tenía que utilizar el horno mientras que la pelirroja le sacaba la lengua, corriendo por la cocina perseguida por la diva de los teatros. Si ella tuviese que asegurar que eran mayores que ella, no sabría asegurarlo mucho sin una muestra de sus carnets de identidad. Una sonrisa se acomodó en su rostro.

Se sobresaltó, percatándose del zumbido de su móvil. Tragó saliva, insegura, aceptando la llamada.

― ¿Diga?

― ¿Dónde puñetas estás? ―La voz era fría y dura, haciendo que el corazón de Frannie se sobrecogiese por completo― ¿Frannie? ¡¿Dónde cojones estás?!

Colgó rápidamente bajo la mirada preocupada de Rachel, la que había detenido su persecución por toda la cocina con Emma para acercarse ante la palidez que demostraba la rubia. Se olvidó por un momento de sus celos y de sus ganas de estamparle el pastel en la cara de la pelirroja. Solamente quería confirmar que la otra muchacha estaba bien. Que no le estaba sucediendo nada malo. Necesitaba que se lo confirmase.

― ¿Estás buen, Frannie?

La aludida levantó su mirada, encontrándose con la mirada de Rachel, y después, la de Emma. Ésta, sin saber por qué, se acercó a ella y se sentó a su lado, atrayéndola hacia ella y abrazándola con cariño, acariciando su espesa melena. Rachel se quedó allí, sin saber muy bien cómo comportarse ante esa situación. Sin embargo, le alegraba comprobar que la hermana de Quinn contaba con el apoyo de la pelirroja. Detestaba admitirlo, cosa que lo hacía todo más complicado, pero era una buena mujer. Muy buena persona.

―Sí, estoy bien…Lo estoy―afirmó sin convencimiento.

― ¿Estás segura? ―Inquirió con cariño la pelirroja, alejándose ligeramente para acabar sonriendo amablemente a la rubia.

Frannie asintió ligeramente, percatándose de que Rachel no sabía nada. Se mordió el labio, invitando con la mirada a que la morena se sentase en el sillón de al lado. La morena frunció el ceño, pero lo hizo mientras que Emma se levantaba para traerle un vaso de agua a la menor. Le iba a mostrar que le apoyaba con todas sus fuerzas. Lo iba a hacer. Se lo iba a demostrar por encima de todo. Pero antes de nada, tenía que ayudarla a calmarse. No sabía la razón, pero en ella veía a la hermana que nunca había tenido.

― ¿Qué pasa, Frannie? ―Preguntó Rachel, acariciando la mano de su amiga, porque al fin y al cabo, Frannie no era solamente la hermana de Quinn para ella. Era mucho más. Y se lo quería demostrar por completo. Se lo demostraría. Claro que lo haría.

―Hay algo que mi hermana no sabe, Rachel…Y por ahora, prefiero que no lo sepa. Emma me está ayudando y…

― ¿Qué sucede? ―Instó a que la rubia fuese al grano, clavando sus pupilas en las de la pelirroja, que se acercaba con dos vasos, tendiéndole uno a Rachel―Gracias.

―Es…Es difícil de contarlo, Rachel. No sé cómo explicarlo sin que parezca sacado de una película…

―Puedes empezar por el principio, ¿no? ―Frannie rio nerviosamente, sintiendo que le tranquilizaba la suave piel de Emma sobre la suya―. Puedes contar conmigo, Frannie. Lo sabes, ¿verdad?

―Rachel…Estuve con un chico…

―No me digas que…―Se tapó la boca, intentando contener la sorpresa―. ¿Has tenido una hija?

― ¿Qué? No. No he tenido una hija ni un hijo. No sería un problema para mí si fuese así, que al fin y al cabo, me encanta la hija de mi hermana, Beth. No es eso. Creo que eso podría ser lo mejor que me pasaría, Rachel.

― ¿Entonces? ¿Qué es lo que sucede?

―Rachel…Yo…

― ¿Frannie?

―Me pegaba―soltó a bocajarro, sintiendo como la mano de Emma apretaba la suya con fuerza. Rachel se quedó sin respiración.

― ¿Qué?


Marta observaba de reojo a Anastasia, la que conducían con tranquilidad. Llevaban diez minutos en el coche, y ninguna se había atrevido siquiera a decir nada. Se sentían extrañas allí metidas, en ese coche. No podía evitar sentirse nerviosa. A fin y al cabo, era la primera cita que tenía con ella, en un lugar público. Y no. No era uno de sus sueños. Era verdad que allí estaba, con esa castaña que le había robado el corazón. Sonrió tímidamente mientras que Anastasia aparcaba. No pudo evitar girarse un momento para mirar a esos ojos azules que tanto le llamaban la atención.

―Muchas gracias por haber aceptado venir conmigo. La verdad es que tenía ganas de esto.

―Yo también―confesó avergonzada Marta, sonriendo un poco.

Anastasia se inclinó, sacando de un escondrijo un perfecto girasol, haciendo que el corazón de Marta se detuviese. Era un girasol. Era como ese girasol que le entró cuando tenía once años. Era como cuando le susurró que era la chica más guapa que jamás hubiese conocido. Y eso que la morena se derritiese.

―Para la mujer más guapa del mundo―señaló Anastasia, clavando sus ojos en los de la morena―. No sabía si te gustaría, pero…―y antes de poder decir nada más, sintió un suave beso en sus labios, haciendo que se marease al sentir la cercanía de Marta, y el aroma de su colonia impregnándose en su ropa.

―Gracias…―susurró las chica―. ¿Te he dicho que estás muy guapa?

―No, pero ya lo sabía―contestó con sorna, haciendo que la otra la mirase ladeando la cabeza.

―No tienes remedio. No lo tienes―afirmó con una suave sonrisa, depositando de nuevo un beso, pero esta vez sobre la mejilla de la otra―. ¿Salimos, o quieres quedarte todo el rato en el coche?

―La verdad es que poco me importaría…Mientras estuvieses conmigo, estaría feliz.

Marta no pudo evitar esbozar una sonrisa que se conformó en su rostro. Salió del coche, y Anastasia se quedó un momento, suspirando del puro nervio, y después se decidió a seguir los pasos de la muchacha, cerrando así el coche con la llave. Se acercó con ligereza hacia la chica, tomando su mano con cierta vergüenza, sonsacando una sonrisa afable de la otra. Le gustaba sentir que Marta no se apartaba de ella en ningún momento. Le gustaba. Y mucho.

La cena comenzó con lentitud, intentando las dos sacar una conversación que no les hiciese quedar en silencio, pero si su mayor temor era quedarse sin saber que hablar, no sucedió nada de eso. Procuraban no tocar temas delicados, aunque solamente era con lo que había sucedido al final. Los demás, pese a todo, habían pasado ya y era algo que les gustaba recordar.

― ¿Te recuerdas cuando le propinaste una patada con los patines a Sandra?

―Perdona, pero me estaba provocando―señaló, haciendo que la otra ladease la cabeza―. ¡Es verdad! Te estaba cogiendo mucho de la cintura.

―No es verdad. Estaba procurando no caerse, y vas tú y le diste la patada―señaló, tomando la copa de vino entre sus manos. La velada era perfecta―. Creo que la pobre quiso matarte.

―Para mí, de pobre nada―musitó, bebiendo el vino con una sonrisa traviesa asomándose en su rostro―. Estás muy guapa―volvió a decir, haciendo que Marta la mirase frunciendo sus labios en un gesto tan coqueto que dejó paralizada a la otra―. Muy…Guapa―dejó escapar en un suspiro.

― ¿Tú crees? ―Inquirió divertida―. Tú tampoco estás nada mal…―dejó escapar con una sensualidad que hizo que la otra se maldijese por dentro al ser tan obvia. Se veía claramente que se moría por besar a la morena―. Y que sepas que ella te guardaba cariño…

― ¿Has vuelto a saber de ella?

―No. La verdad es que solo sé de Alicia y de David.

― ¿Alicia? ―Procuró empezar por ella, para así, después, dejar caer el tema del moreno.

―Sí. Hablé hace un par de semanas con ella. Está con su marido de viaje. La verdad es que me da un poco de envida. Es muy feliz con él.

―Me alegro por ella. Aunque acabásemos peleadas, y sea una rencorosa de narices―bromeó con una sonrisa pintada en su rostro―, no quería que le sucediese nada malo. No en exceso, al menos.

―Pues te aguantas―le sacó la lengua―. Están bien los dos. Y está embarazada. ¿Sabes que voy a ser la madrina de su hijo?

―No sabía que vuestra amistad fuese tan…

―Lo es. Además, creo que tiene en cuenta mi gran deseo de formar una familia…Y no sé yo…

― ¿No crees que vayas a formar una familia? ―Inquirió curiosa, no pudiendo evitar tamborear la mesa con sus suaves dedos.

―Me gustaría, pero esa persona…No lo sé―susurró, clavando su mirada intensa sobre la de Anastasia.

―Quizás esa persona si quiera pese a su estupidez―se hizo la interesante, sabiendo perfectamente que se refería a ella.

― ¿Crees que querrá?

―Estoy segura que sí, le dejas, seguro que sí―susurró, sintiendo como la mano de Marta se posaba sobre la suya, disfrutando que sus dedos se entrelazasen con cuidado.

―Eso es lo que me gustaría, la verdad…

― ¿Y David? ―Marta sonrió, divertida, procurando evitar soltar una carcajada.

―Bien. No ha encontrado a ninguna chica…No a la adecuada, al menos.

― ¿Tengo que ponerme en alerta?

― ¿Quizás? ―Una carcajada se apoderó de la castaña, aunque enseguida se puso en guardia―. No…No, ¿verdad?

― ¿De verdad me lo estás preguntando? Pensé que… ¿En cuántos años? En muchos―se burló un poco ella de mientras―, se había aclarado que para mí David era como un hermano y que para él lo soy ahora.

―Te seguía queriendo, y estoy por apostar que el muy idiota te quiere ahora. Maldito…

―No tendría la culpa.

―No es por eso.

― ¿Entonces?

―Que el muy maldito tiene un gusto… ¡Mierda!

Y de repente, la mujer se ocultó debajo de la mesa, llamando la atención de Marta, la que se quedó sin saber qué responder. ¿Sería que había visto a alguien? ¿Se estaría avergonzando de ella? La ilusión se perdió en tan solo un segundo, dejando la servilleta con brusquedad sobre la mesa. Y cuando estaba a punto de levantarse, se percató de la razón por la que la chica se había escondido debajo de la mesa. Y no se lo podía creer, pero era verdad.

Roberto.

El chico que se iba a casar con Anastasia. Tragó saliva sin saber qué decir, sintiendo como el nerviosismo se apoderaba de ella. Sin lugar a dudas, no se esperaba encontrarse con el chico, y suponía que Anastasia tampoco creía que se lo encontrarían allí. El joven, pese a todas las ideas que rondaban por la mente de la morena, se acercó a ella con una suave sonrisa en su rostro.

― ¿Marta? ―Preguntó sin poder sentirse algo nervioso―. ¿Eres tú? ―La morena sonrió forzadamente, levantándose para facilitar el gesto al muchacho― ¡El mundo es un pañuelo!

―Y que lo digas… ¿Qué haces en Ohio?

―Unos asuntos familiares con mi primo…Se va a casar. ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?

―He venido con una amiga…Vive aquí, en Ohio―señaló un poco nerviosa, dispuesta a despedirse de él, pero el muchacho no parecía querer ponérselo fácil.

―Debo confesarte que aún no me creo que estés aquí…No te veo desde hace diez años―el ambiente se tensó notablemente―. Desde días antes de la boda.

―Ya―logró responder algo incómoda, rememorando el dolor que sintió en sus momentos.

―No…No sabrás nada de Anastasia, supongo―estuvo a punto de responder que sí, pero se lo replanteó cuando sintió el pellizco debajo de la mesa.

―No sé nada de lo que sucedió por aquel entonces―contestó al fin. Y tampoco le estaba mintiendo. Eso era verdad. No sabía que fue lo que sucedió días después de que ella se marchase.

― ¿Sabes? Creo que por un momento te odié.

― ¿A mí? ―Inquirió, sorprendida.

― ¿No lo sabes? Creía que Jacob te lo habría contado. Como siempre le llamabas para preguntar por ella…―y se vio completamente descubierta. Anastasia se quedó escuchando atentamente. ¿Marta había mantenido contacto con su hermano? Y lo mejor de todo… ¿Había estado pendiente de ella?

―Bueno…Siempre me he preocupado por ella. Es normal que si me comunicaba con su hermano, preguntase. Pero nunca lo hice sobre la boda. Supuse que se casó contigo―y en eso tampoco estaba mintiendo.

―Pues…No―se encogió de hombros―. Y por eso te odié.

―Sigo sin entender la razón―señaló ella un poco molesta, sin comprender el por qué se veía envuelta en una conversación con tan poco sentido como aquella.

―Me dejó plantado en el altar―Marta le miró sorprendida. Eso sí que no se lo esperaba―, delante de todos los invitados; de sus padres, de los míos, de la gente que nos quería…Delante hasta del mismo cura.

―Yo…

― ¿Y sabes que es lo que dijo cuando salía corriendo del altar?

―Pues…Sorpréndeme―le instó ella a continuar, sintiendo como su corazón se aceleraba sin tan siquiera ella poder evitarlo.

―Soltó a pleno pulmón un lo siento, pero que estaba enamorada de Marta…Los padres de ella ni siquiera se molestaron en preguntar quién eras. Y Jacob creo que se quedó con la misma cara que se me quedó a mí cuando llegué a escuchar…Y odiándote porque en vez de decir que me quería a mí, solamente le escuchaba gritar que eras el amor de su vida.


Quinn reía por las palabras de su hermana, al igual que Emma mientras que Rachel se mantenía un poco alejada, observando atentamente como Quinn no paraba de reírse por los comentarios de Emma. Sentía como el dolor y el ardor, ambos a la vez, podían con ella por completo. Le dolía encontrarse con que la chica parecía sumergida en la conversación con la otra. Y si encima añadía que Frannie adoraba a la pelirroja, creía que estaba a punto de morirse.

―Voy a por el pastel que he preparado…

La menor de las Fabray se levantó, yendo a por el pastel mientras que las dos seguían hablando sumergidas en recuerdos inocentes de cómo se conocieron. Les gustaba rememorar lo que fue que Quinn se cayese en la piscina de la fiesta de unos conocidos comunes de las dos, tanto de Emma como de la rubia. Y pese a todo lo vivido, ambas no eran capaces de ocultar sus sentimientos de aprecio mutuo, algo que hacía que Rachel enloqueciese por completo. ¿Cómo poder soportar esa complicidad entre ellas dos? No lo soportaba más. Y el calor, encima, provocaba un vahído y un mareo que estaba pudiendo con ella.

―Creo que me voy a ir…Estoy algo cansada.

Las palabras resultaron monótonas, y antes de que pudiesen hacer las otras dos nada, Rachel había recogido sus cosas y salía por la puerta acelerada. Fabray se quedó desconcertada. Había notado como toda la tarde la diva le había estado esquivando, y era algo que le dolía mucho, y más en su orgullo de Fabray. Emma giró sus ojos, posándolos en el rostro de la rubia. Sabía que se iba a arrepentir, pero era lo que tenía que hacer. Por ella. Porque la quería.

―Deberías ir a por ella. No creo que esté cansada.

―Pero…―dudó, a sabiendas de que a Emma le debía de estar costando mucho decirle que fuese a por ella. No le debía de gustar nada.

―Ey, tranquila. Creo que deberías ser ya sincera con ella. Creo que te quiere, Quinn. Deberíais dejar de ser unas estúpidas las dos y demostrar de una vez que os queréis. No sé. Yo no perdería esa oportunidad por nada del mundo.

― ¿Por qué eres tan sumamente maravillosa? ―Inquirió, tomando el rostro de la pelirroja y besando su mejilla con necesidad.

―Suéltame―pidió con tono suave―, y ve a por ella, anda.

La rubia asintió enérgicamente, levantándose con una rapidez que Frannie no fue capaz de entender. Y en unos segundos, todo sucedió muy rápido. Frannie tropezando. Quinn otro tanto de lo mismo. Resultado total: Un pastel de chocolate y nata en el rostro de la rubia.

― ¡Mi pastel! ―Se lamentó Frannie, sin poder contener la risa al ver el rostro de su hermana cubierto de nata, y le quitó un poco― ¡Estaba buenísimo!

― ¡Mi cara! ¡Frannie! ―Se quejó, aunque tampoco se detuvo a limpiarse.

Salió corriendo del apartamento escuchando la risa de Frannie a lo lejos. La rubia se giró, sin ocultar su sonrisa, aunque esta desapareció al encontrarse con una Emma derrumbada, ocultando su rostro lloroso. La menor se compadeció, sentándose a su lado y estrechándola hacia ella. Emma solamente se dejó abrazar, soltando de nuevo un sollozo, procurando no manchar mucho la camisa de la hermana del amor de su vida. Pero a Frannie eso no le importaba. Solo quería hacer entender que era lo mejor. Y que lo acabaría superando.

―Todo va a ir a mejor…Tranquila…―pidió ella besando el pelo de la otra.

―Lo sé, pero…Duele tanto…―se lamentó, dejando escapar de nuevo un sollozo profundo.

Quinn se encontraba totalmente avergonzada. Por el camino, que eran las diez de la noche, se encontró con una niña pequeña en el ascensor. La pequeña se había quedado mirándola, y finalmente, le preguntó si era la bruja de Blancanieves. No sabía cómo tomarse esa comparación, aunque quiso tomar el pelo a la niña. Y allí estaba, en medio de una calle buscando a la pequeña diva con toso su rostro cubierto de pastel. Si alguien la viese en esa situación, sabía que acabaría riéndose de ella. Pero a ella le merecía la pena. Y en el fondo, así fue.

Rachel Berry se encontraba sentada en una acera de la calle, pensando detenidamente. No logró escuchar unos pasos que se deslizaban hacia ella. Unos pasos que se acercaban a su figura. Y cuando sintió una presencia sobre ella, dio un respingo, girándose para encontrarse con el rostro de Quinn Fabray cubierto de pastel, no pudiendo evitar reírse.

― ¿Qué te ha pasado, Quinn?

―Nada…Que me ha manchado la graciosa de mi hermana con uno de los pasteles―señaló, sentándose al lado de la chica―. Me ha costado encontrarte. He recorrido gran parte de la ciudad con el pastel en la cara.

― ¿Y eso?

―Quería hablar contigo. Te has marchado del piso de repente, sin decir nada, y es algo que no he comprendido―la morena se mordió el labio―. Podemos ser sinceras entre nosotras, Rachel.

―Es solamente que…Estaba un poco agotada. Además, te veía tan bien con Emma que…

―Es porque estaba Frannie delante. No nos llevamos tan bien como aparentábamos.

―Os vi también en la comisaría―señaló con cierto reproche―. Ahí sí que parecía que os llevabais bien.

Quinn no pudo evitar esbozar una sonrisa en su rostro. ¿Estaba celosa? ¿Rachel Berry estaba celosa? Creía que se iba a morir del puro placer que era ver que Rachel estaba celosa de Emma. Era algo que le hacía sentir sumamente bien. Dejó escapar una pequeña risa que hizo que Rachel sonriese un poco después de todo.

―Nos estábamos como…Despidiendo.

― ¿Despidiendo?

―Se va a marchar de casa…Le he pedido que se quede, pero ella no quiere. Dice que aún me sigue queriendo y que no podría soportarlo.

Rachel ahora lo comprendía todo. Así que por eso se estaban abrazando. Se sintió un poco mal, sobre todo al pensar que la pelirroja no debía de estar pasándolo bien. Ella se imaginaba sin Quinn y se podía dejar morir. Y seguramente le sucedería algo parecido a la pelirroja. Sí. Se sentía sumamente mal, y más por haber estado tan seca con la rubia cuando no había hecho nada malo ni tenía el derecho de exigirle nada.

―Lo lamento…

―Va a venir a visitarnos, por Frannie, pero no mucho más. Por ahora no quiere ser mi amiga…

―Vaya―se vio solamente capaz de decir―. ¿Por qué?

―Porque me quiere, y sabe que yo…

― ¿Qué tú qué?

―Que me interesa otra persona―logró decir, sintiendo como su corazón se aceleraba con tan solo pensarlo―. Que quiero a otra persona. Y eso le duele.

―No es fácil asumir que la persona a la que quieres está enamorada de otra―acertó a comentar la otra, perdiéndose en la profunda mirada de Quinn―. Me pregunto cómo sucedió para que te manchases la cara.

―Dos hermanas patosas igual a un desastre asegurado―bromeó―. Tampoco estoy tan mal. El pastel no me queda nada mal.

―Lamento haberme comportado como lo he hecho. No tiene disculpa, Quinn.

―No pasa nada, Rach.

―Sí que pasa. Y yo lo lamento porque no he podido controlarlo, pero es algo que puede conmigo. Que me sobrepasa. No soy capaz de…

―Tranquila―pidió Quinn, posando su dedo índice en los labios de la morena para que ésta callase.

―Quinn…Yo…

―Rachel, sabes que no te tienes que preocupar. Sabes que…Nunca podría enfadarme contigo. Eres demasiado importante para mí, Rachel.

La morena asintió, embelesada por el gesto de la rubia. Esta sonrió un poco, prosiguiendo con su caricia de su mano en la mejilla de la morena, la que no podía controlar su respiración acelerada, En cualquier momento, sabía que no se podría controlar, pero tentar a la suerte con Quinn Fabray tampoco era algo de lo que se llegaría a arrepentir. Podía seguir sintiendo las descargas eléctricas que la muchacha le proporcionaba. Sin lugar a dudas.

―Rachel…No quiero que te enfades conmigo por nada. O que si lo haces, me lo cuentes.

―Yo…Es que…No es fácil admitir que…

― ¿Qué? ―Le instó, deseando escuchar esas palabras salir de los labios de la chica.

―Que estaba celosa―y esa confesión hizo que Quinn sonriese extensamente―. Sé que te debes de estar riendo de mí, y lo comprendo. Perfectamente. Yo también lo haría. He sido una estúpida.

―No me estoy riendo por eso…

Las dos se quedaron en silencio, mirándose la una a la otra sin atreverse a dar ningún paso. Pero a veces, incluso comentarios inocentes conseguían esas cosas que se asimilaban imposibles. Que parecían estar fuera de nuestro alcance. Y eso era lo que creía Rachel Berry.

―Una cosa…―rompió el silencio que se había instaurado entre las dos―. ¿Es el de nata y chocolate o el de vainilla y chocolate?

―Y… ¿Por qué no lo compruebas tú?

Y no le dio tiempo a más. Quinn Fabray se abalanzó sobre Rachel Berry, besando sus labios con una dulzura indescriptible. Y Rachel cerró los párpados disfrutando de esa caricia. Sin lugar a dudas, lo sabía: nata y chocolate.

Nota de la autora: La madre que os trajo. Lo siento, pero es que…Al final he decidido terminar el capítulo en un día, un día, para compensar un poco el que tarde tanto y… Aquí estoy, después de haber escrito ocho mil palabras…Puf xD Pues a ver…Creo que me falta perfilar cosas, pero en general no me ha quedado nada mal, ¿no? Y habéis tenido el principio del faberry, así que ya pueden lanzar cohetes o purpurinas o lo que sea :P El próximo será con Brittana incluido :P Ale, saboreen esa nata y chocolate :P ¡Ah! Y que os quedéis con las ganas de ver como sigue. Muahahahaha. Me siento mala :P

Monica13: Te contesto con una sola frase, más por cansancio, y por ser mala… ¿Era esto lo que querías? :P