XXV. Me gustaría que lo intentaras.
«Hay que tener el valor de decir la verdad, sobre todo cuando se habla de la verdad.»
Platón.
Diciembre de 2024.
El trayecto a la avenida Gabriel fue lento.
Gracias a Claude Sangbleu, se pudo llevar con suma facilidad a los dos indispuestos, ya que el líder parisino de los vampiros solicitó la ayuda de algunos de sus hombres de confianza. Sin embargo, los recién llegados miraron con recelo a los cazadores de sombras presentes hasta que Claude les dirigió una mirada fulminante y los presentó. Si bien quedaron levemente sorprendidos al enterarse que uno de ellos era un director de Instituto, quien causó más revuelo fue Alphonse: uno de esos vampiros, de piel tan oscura como el ébano y con el aspecto de haber sido convertido en sus treintas, mostró sus blancos dientes en una sonrisa inesperadamente sincera.
—¡Quién lo hubiera dicho de Jérôme! —exclamó, echándose a reír al segundo siguiente, aunque no con crueldad o burla, sino genuinamente divertido—. ¿Con cuántos años te tuvo, muchacho? ¿Quince? ¿Dieciséis?
—Eh… Iba a cumplir veinte, creo.
Solo esa escueta respuesta, dicha en tono muy avergonzado, consiguió calmar los ánimos para enseguida, emprender la marcha.
Fue al estar delante del edificio de departamentos que todos se tensaron.
—¿Qué diablos…? —dejó escapar Rafael en español.
Del balcón correspondiente al departamento de Magnus Bane, salían volando las cortinas de las puertas de vidrio… puertas que por cierto, estaban rotas.
—¡Eh, muchacho, alto!
El grito de Claude sobresaltó a Rafael, que apenas fue capaz de distinguir una mancha verde y negra pasar a su lado antes de darse cuenta de lo que sucedía.
—¡No, Al!
Kit y Tiberius, tomados por sorpresa, únicamente pudieron mirar con horror cómo Alphonse había echado a correr al interior del edificio, vislumbrando algo metálico empuñado en su mano, que brilló cuando fue agitado.
—¡Tenemos qué…!
—¡Lo sabemos, Rafael! —Kit, ceñudo, sacó un cuchillo serafín por segunda vez esa noche.
—Sangbleu, ¿podemos encomendarle a los heridos? —inquirió Tiberius, quien ya llevaba una daga en cada mano.
—Sí, sí. ¡Vayan! ¡No duden en gritar si necesitan ayuda!
Los tres cazadores de sombras, por un breve instante, pensaron exactamente lo mismo: que era muy raro oír a un subterráneo ofrecerles algo así por voluntad propia.
Igualmente, sabían que quien les consiguió semejante privilegio había sido Alphonse.
—&—
El elevador no servía, por supuesto.
Bufando de frustración, Alphonse corrió hacia las escaleras, apretando tanto la empuñadura de su espada que los nudillos se le ponían blancos.
Su madre… Getty… Tenían que estar bien…
La visión de las puertas rotas le causó terror, mucho más que cualquier otra cosa que pudiera recordar. Nunca se perdonaría si no había podido estar con ellas para protegerlas. ¿Por qué habían sido todos tan ingenuos como para pensar que estarían a salvo? Supusieron que el peligro estaba en quien fuera que persiguiera a Étienne Poquelin, ¿qué había salido mal?
Al llegar a la primera planta, escuchó muchos pasos, por lo cual debió envainar su arma. Siguió subiendo y esquivó cuidadosamente a la primera de varias personas que, de forma desordenada y asustada, comenzaba a bajar.
En ninguno de esos rostros vio a Getty o a su madre, por lo que no dejó de caminar.
Hasta ese momento, fue consciente de la irritante y ensordecedora alarma de incendios. En cualquier otra situación, se habría preguntado cómo no notó antes semejante escándalo, pero en cierta forma, no estaba completamente allí. Mientras su mente estuviera enfocada en una cosa, el cuerpo lo llevaría hacia ese objetivo, sin importar nada más.
Cuando se ponía así, nunca le importaba nada más.
En cuanto dejó a la gente atrás, su primer pensamiento fue desenvainar la espada otra vez, pero lo hizo a un lado. No sabía qué iba a encontrarse y ciertamente, necesitaría toda la movilidad posible. Así, sacó la estela para dibujarse apresuradamente tres runas en un antebrazo, después de lo cual, de una bolsa atada al cinturón extrajo unas láminas metálicas en forma de estrella, afiladas y con runas grabadas.
Acomodó los shuriken entre los dedos con desenvoltura cuando finalmente, llegó a la planta del departamento Bane. Respiró hondo y se aventuró al pasillo, que no lucía nada acogedor estando a oscuras y sin ruido de los vecinos.
Alphonse aguzó el oído. Cualquier cosa, por mínima que fuera, debía darle una pista de lo que podría seguir ocurriendo. Además, ¿dónde estaban su madre y Getty? ¿Dónde?
Como dando una extraña respuesta a su duda, hubo un estallido y una puerta salió volando, para estrellarse contra la pared opuesta.
—¡Diablos!
Había oído la exclamación tantas veces, que ya no era raro que se le escapara.
Sin embargo, no era el mejor momento para imitar a su parabatai. Aferró con un poco más de fuerza los shuriken, antes de avanzar un par de zancadas sin quitarle la vista de encima al hueco dejado por la puerta faltante… la puerta del departamento donde había estado viviendo las últimas semanas.
—¡No pudieron desaparecer así nada más!
La voz era potente pero increíblemente, no sonaba brusca, solo muy sorprendida. Alphonse no la reconoció, por lo que enseguida se puso en guardia y se llevó la mano libre a un bolsillo, listo para sacar otra arma si acaso los shuriken se le terminaban antes de lo esperado.
—¡Registren todo! ¡Hay que asegurarnos!
Antes de asomarse por el hueco sin puerta, el muchacho respiró hondo, para luego dejar escapar el aire lentamente. No sabía lo que se iba a encontrar, así que más valía estar preparado.
Tras contar mentalmente hasta tres, se asomó y como la primera figura que vio moverse delante de él era alta y gruesa, lanzó un shuriken sin titubear.
Un gruñido le indicó que había dado en el blanco… y que no tenía mucho tiempo. Entró al departamento, que lucía como si un huracán se hubiera desatado allí, antes de que otra figura se le echara encima. Considerando las circunstancias, no fue de extrañar que lanzara el resto de los shuriken a donde, calculaba, había puntos que sangrarían de forma escandalosa, pero sin ser realmente vitales. Eso los desconcertaría tanto que ganaría algo de tiempo.
—¡Eh, alto, los dos! ¿Quién eres tú, muchacho?
Alphonse giró levemente la cabeza, sin descuidar a los atacantes enfrente de él. Parecía que quien hablaba no era tan corpulento como sus cómplices, pero el tono de su voz no dejaba lugar a dudas de que era quien mandaba.
—Si atacaron este lugar, deben saberlo —dijo el muchacho con frialdad, viendo de reojo que uno de los sujetos hacía ademán de querer quitarse un shuriken de encima, pero retiraba sus dedos a los pocos segundos—, y sé que él es hombre lobo por su reacción ante mi arma. Esta agresión va contra los Acuerdos, así que más vale que tengan una buena explicación.
—Momento, ¿nos estás dejando defendernos? —soltó atónito el que parecía el líder.
Alphonse, por primera vez, se detuvo a observar a ese hombre. Era alto, esbelto, vestía completamente de negro como los otros dos, pero algo en su actitud lo hacía ver más digno y menos arisco que sus compañeros. Su rostro era ovalado, casi demasiado perfecto…
Definitivamente ese no era un hombre lobo, pensó.
—Lo hago porque respeto los Acuerdos —respondió con seriedad.
—Muchos de los tuyos dicen eso y no es verdad —dijo detrás de Alphonse una voz grave y salvaje: el muchacho pensó que se trataba del que creía que era licántropo.
—Eh, ¿no les recuerda el chico a alguien?
La tercera voz, muy grave y con cierto deje de elegancia, venía de otro de los individuos heridos. Girando poco a poco, de tal forma que pudo tener a los tres en su campo de visión al mismo tiempo, fue sacando un cuchillo serafín, mostrándolo con un ademán que significaba «nada de movimientos en falso, o…»
—Eso no importa. Muchacho, quien quiera que seas, nosotros no hicimos este desastre.
—Entonces, ¿por qué estaban adentro?
—Nos pidieron que viniéramos a echar un vistazo, pero cuando llegamos, las puertas del balcón ya estaban rotas. Subimos, averiguamos a dónde ir, llamamos a la puerta y yo ya no supe más. Lo siguiente que recuerdo es que desperté cuando la puerta salió volando.
—¿Averiguaron…?
—¡Al! ¡Diablos! ¿Qué pasó aquí?
En ese instante, entraron corriendo Rafael, Kit y Tiberius, con diversas armas en mano, listas para ser usadas. El verlo hablar con aquellos tres sujetos que, en apariencia, eran los intrusos, los dejó atónitos el tiempo suficiente como para que uno de los corpulentos pudiera quejarse.
—Muchacho, admiro tu puntería, pero quítame la maldita plata de encima.
—¡No vamos a hacerles un favor cuando destrozaron la casa de mi padre! —espetó Rafael.
Alphonse dio un respingo. Era muy raro oír a Rafael tan enfadado.
—Me daban su versión de los hechos —indicó, con lo cual se ganó miradas extrañadas de los recién llegados—. Pero antes de seguir, ¿quiénes son ustedes? ¿Saben que este sitio es de un Gran Brujo y lo ocupamos actualmente cazadores de sombras?
A juzgar por el gesto de asombro de los tres desconocidos, la respuesta era un rotundo no.
—La única Gran Bruja que conocemos es Soleil Glace —indicó el hombre esbelto, sacudiendo la cabeza de tal forma, que su cabello lacio y castaño dorado le cubrió parte del rostro.
—Sí, es culpa suya que nos pasara esto, para empezar —soltó con enfado el grueso hombre que había pedido que le quitaran el shuriken de plata del cuerpo.
—Te dijimos que era una tontería, Alwyn —indicó el otro corpulento, conciliador.
—Pero Soleil nunca nos pide un favor sin una razón.
—¿A esto le llamas «favor»? ¿A que alguien nos endilgara un ataque contra los nefilim? ¡Y todo porque te nombró a…!
—¡Por el Ángel! —exclamó Kit, perdiendo la paciencia—. ¡No tenemos tiempo! Si ellos —señaló a los desconocidos—, dicen la verdad, alguien más estuvo aquí primero y pudo hacerles algo a Getty y a Amélie Poquelin.
—Primero lo de la torre Eiffel y ahora esto —masculló Rafael, frustrado.
—Lo lamento, pero sin pruebas de su historia, tendrán que venir con nosotros —Tiberius habló por primera vez desde que entrara al departamento, en un tono que no admitía réplica—. Son nuestros únicos testigos. Dejamos aquí a dos personas, una niña cazadora de sombras y una mundana, y si ya no están, deberán ayudarnos a buscarlas como muestra de buena voluntad. Y por cierto, no han respondido a la pregunta sobre sus identidades.
—Émile Bigeon —gruñó el presunto licántropo, haciendo una mueca de dolor.
—Yves Roux —dijo el hombre de voz grave y conciliadora.
—Alwyn. Y yo no puedo ir con ustedes.
—¿Acaso te lo estamos preguntando? —soltó Kit con impaciencia.
—No, pero no puedo. No si nos piensan llevar al Instituto.
—Si eres vampiro, hay un Santuario…
Alwyn negó con la cabeza, lo que causó otra vez que se le agitara el cabello. Aquel detalle era extraño, pensó Alphonse, porque normalmente no se acordaba de una ondulante y suave cortina cuando veía el cabello de alguien moverse así. Y ese rostro demasiado agraciado…
Un ruido a espaldas de Alphonse lo tensó enseguida, haciéndolo girar en redondo con el cuchillo serafín en alto. No fue el único: todos a su alrededor se dispusieron a atacar, ya fuera que tuvieran arma o no. El sonido provenía del pasillo por el cual se iba a la biblioteca y…
—El cuarto de música —musitó Alphonse, teniendo una idea—. ¿Getty? ¿Madre?
—¿Al?
A la vez, los cazadores de sombras presentes se relajaron, aunque solo un poco.
—Getty, ¿están bien? —quiso saber Rafael, adelantándose unos pasos para quedar junto a Alphonse. En la mano llevaba una espada corta, de hoja muy estilizada.
—¿Rafael? ¿Están todos allí?
—Sí. Tiberius, Kit, Al y yo.
Una puerta se abrió al fondo, para cerrarse a los pocos segundos. Enseguida, se oyeron pasos cada vez más cerca, lo mismo que el vago rumor de metal entrechocando.
—¿Traes tus favoritos, Getty? —se interesó de pronto Kit, con una inverosímil sonrisa.
—Algunos.
Alphonse frunció el ceño, ligeramente confundido al principio, hasta que Getty Lovelace salió del pasillo hacia la escasa luz de la sala, con lo cual pudo verla ataviada con el traje de combate y del cinturón de armas, como unos muy extravagantes adornos, le colgaban algunos cuchillos y varios discos metálicos; éstos eran los que tintineaban cuando Getty se movía, produciendo un sonido inesperadamente musical en aquella escena tan tensa.
—¡Por el Ángel! Eso es estar preparada, amiga mía —alabó Rafael, sonriendo de lado.
—¡Alphonse!
Getty apenas se hizo a un lado a tiempo, notó Alphonse vagamente, antes que Amélie Poquelin dejara su modesta posición, detrás de la rubia, y se adelantara para ponerle las manos en los hombros, inspeccionándolo detenidamente con la frente arrugada.
—Negro, ¡odio esa ropa suya! —masculló Amélie por lo bajo, antes de alzar la cabeza—. Así no se nota las heridas. ¿Estás bien? Ustedes pueden hacerse eso de las runas, pero…
—Yo… Sí, estoy bien.
—El chico no nos dejó acercarnos ni un paso, es malditamente bueno —aseguró el que se presentara como Émile Bigeon, quien al no recibir ayuda con el shuriken de plata, se enredó una mano en parte de su chaqueta para poder hacerlo él mismo—. ¿Qué decías de él, Yves?
—Me recuerda a alguien —respondió el tal Yves, que apenas notaba Alphonse, era de tez clara, cabello rubio y ojos azules; en resumen, físicamente resultaba el opuesto de Émile Bigeon.
—¿Amélie?
La nombrada giró la cabeza, desconcertada, antes de fijarse en Alwyn con expresión fría.
—Pensé que no te metías en problemas —dijo ella con rudeza.
—Normalmente no, pero Soleil me llamó y…
—Ah, claro. Soleil. Cuando le dije que vendría aquí, no pensé que fuera a mandarme niñera.
—Getty, ¿qué pasó aquí exactamente? —inquirió Tiberius, hablando por segunda vez en tono autoritario y consiguiendo con ello que todos le prestaran atención.
Alphonse pensó que Tiberius pidió a Getty que explicara todo porque sabía lo observadora que podía ser. Eso y que seguramente Amélie, aunque fuera una testigo de fiar, no habría entendido todos los detalles, por más que se relacionara con el Mundo de las Sombras.
—¿Dónde está mi hermano? —preguntó Amélie de pronto, dando un apretón a los hombros de Alphonse que éste interpretó como signo de su angustia—. ¿Encontraron a Étienne?
—Sí, y también… Kit, ¿por qué no invitas a los otros a que suban?
—¿Es broma? ¿Vamos a meter a unos vampiros en este lugar donde ya tenemos a un par de licántropos y…? Espera, ¿tú eres un hada, no?
—Mitad hada —Alwyn dejó ver una leve mueca e hizo un vago gesto de asentimiento.
Alphonse finalmente comprendió por qué le parecía exageradamente perfecta la fisonomía de ese sujeto. Sin embargo, pese a ese llamativo rasgo, Alwyn parecía más humano que ser mágico, lo que hizo que se preguntara si no mintió antes sobre no haber causado aquel estropicio.
—¿Vampiros? —se quejó Émile Bigeon, torciendo la boca.
—Pueden invitarlos, si quieren —intervino Yves Roux, afirmando con la cabeza.
—¡Yves, eso no…!
—Anda, ve, Kit —pidió Tiberius en voz baja.
El aludido, tras un breve titubeo, asintió y salió a toda velocidad.
—Si no les importa, arreglemos un poco este sitio —pidió Tiberius a continuación, dejando escapar un suspiro de cansancio mientras guardaba las dagas que empuñaba. Solo eso convenció a Alphonse y Rafael de bajar sus respectivas armas—. Creo que debemos recibir con cierto decoro a los visitantes, sobre todo si uno es un líder en esta ciudad.
—¿Sangbleu vino con ustedes? —Émile Bigeon olvidó finalmente el reciente altercado y sonrió con sorna—. Sí que tienen suerte. Estamos aquí el líder de la manada de París —señaló a Yves—, y su segundo al mando —se indicó a sí mismo.
—¿Qué hemos hecho para rodearnos de tanta gente importante? —dejó escapar Rafael.
—A mí no me mires —intentó zafarse Alphonse enseguida.
Pero a juzgar por cómo lo veía su parabatai, Alphonse temía ser, sin quererlo, la conexión entre algunos de los personajes sobrenaturales más influyentes de la ciudad.
