Por fin se ha podido publicar la parte final de este especial! pedimos en verdad disculpas por todo este tiempo que los hemos hecho esperar, yo tuve muchos problemas con mi computadora, perdí datos, entré a la universidad, tuve problemas en casa, y todo eso junto me impidió actualizar en todo este tiempo, dejo a Marie fuera de esto porque era yo la que estuvo deteniendo la publicación del fic por las cuestiones antes mencionadas, ella me tuvo que esperar a que las solucionara y tuviera tiempo, así que les pido disculpas a todos ustedes por el tiempo que les hice esperar, pero daré lo mejor para que no vuelva a suceder, aunque tenga menos tiempo por la universidad buscaré tener el tiempo para que podamos continuar el fanfic! Les dejaré el capitulo final de este especial, y espero les guste n.n!

Especial: Laberintos de falacias 2º parte.

Al día siguiente había salido con el forastero a trabajar como era de costumbre, más ahora mis pies eran muchos más pesados que el cemento, y mis hombros dolían por la carga que tenían sobre ellos.

– No comprendo porque las personas tienen que caminar por las calles con tanta prisa como si de eso su vida dependiese. – Comentó el forastero viendo con indiferencia como la gente caminaba rápidamente por las calles. – Si viven tan preocupados por el tiempo la vida se les será arrebatada sin siquiera darse cuenta. – Reflexionó.

– ¡…! – Me alteré al instante por el tema de "arrebatar vidas" ¿Por qué tienes que hablar de eso ahora que he decidido hacer algo semejante? ¿Es que acaso sabes mis intenciones y piensas atacar antes?

¡NO! Eso no es verdad… Estoy nervioso y por eso no estoy pensando con claridad. No he cometido ningún crimen y ya me siento como toda una basura.

– Oye Kazuo, ese de allá… –

Puso una de sus manos en mi hombro para señalar algo, pero yo reaccioné al instante ante su tacto, puesto que eché a correr lo más rápido que pude lejos de él.

– ¡Hey, Kazuo! –

Lo escuché llamarme desde la lejanía, pero yo ya me había perdido entre la muchedumbre.

No soporté más la carga de mi conciencia, la culpa, la tristeza y… La decepción… Es verdad… Estaba decepcionado, y la desilusión bañaba mi alma al ser consciente de que él era una mentira. Sus palabras, sueños, ideales… Todo aquello que incluso me había contagiado con su entusiasmo, era mentira… Y yo lo había creído, me había convertido también en una… Sólo hasta ahora me di cuenta de que hubiese preferido que nada de esto fuese así… Yo me negaba a creerle, pero ahora que sabía que todo había sido un engaño no podía evitar percatarme que yo en verdad… Quería creerle… Pensaba que si me arriesgaba a emprender el camino junto a él podría encontrar esa misma pasión que creía haber visto refulgir en su mirar. Quería tener sueños, ilusiones… Quería tener… Un futuro… Yo al igual que mis hermanos también… También quería ser alguien… Fallé al pensar que esa persona podría abrirnos la puerta para iniciar el camino hacia nuestro sueño. ¿Merece morir por haber sembrado una falsa ilusión? Quizás la respuesta sea…

–…–

Había estado caminando por largos minutos sin saber a donde realmente iría, cuando me percaté que había llegado a unos de los barrios más pobres de la ciudad. Aunque también pasaban personas de estabilidad económica media, abundaban los mendigos en las banquetas. Olvidaba que odiaba pasar por lugares como estos… Ver la situación de las personas más pobres siempre era doloroso y más cuando se compartía el sentimiento. Miraba con ira como las personas pasaban a su alrededor ignorando sus suplicas y sufrimiento por el hambre, pero después el sentimiento de la vergüenza me invadía, yo también prefería hacer lo mismo… Desviar la mirada del dolor de los demás me haría menos infeliz, si no puedo hacer nada por ellos, ¿Por qué sufrir en vano? Sin embargo estas personas no lo sienten en absoluto, para ellas, ellos sólo son un estorbo en la sociedad, al igual que nosotros los huérfanos.

De pronto recordé las palabras que una vez me había dicho el forastero en una de nuestras pláticas acostados en la azotea.

"– Antes de llegar aquí vagué solo entre las frías calles de cemento. Observaba como pasaba desapercibido por la muchedumbre a mi alrededor, y llegó a mí la idea de ser tal vez invisible para ellos, o simplemente alguien merecedor de su indiferencia, no obstante cuando me hacía presente, fui capaz de ver la frivolidad de su corazón deseando esfumarme de su camino, y como el rechazo endurecía los gestos de personas que viven felices portando la falsedad en sus mascaras. Es por eso mismo que he aprendido a mantenerme en calma, preparado para cuando ellos deseen mirarme, para no permitir que mis ojos reflejen en los suyos el dolor y el miedo que fluye en mi interior. –"

Así que eso era, ¿No? Tienes miedo, sientes temor y dolor como todos los demás, pero eres orgulloso y no te puedes permitir el demostrarlo, por eso… Por esa razón deseas el poder, ¿No es así? Si tuvieras poder y dinero no tendrías que fingir el estar sumido en el miedo…

De pronto una pequeña figura captó mi atención, sus negros cabellos relucían por la luz del sol.

Ese forastero… Quiero huir de él y me lo encuentro aquí, aunque ahora que lo veo de lejos puedo darme cuenta que a pesar de su complexión desgarbada su andar es más elegante de lo que debería…Quizás y si viene de una buena familia, y por eso le hace tanta falta el dinero y el poder.

Delante de él iba caminando una señora de mediana edad. Acababa de salir de una panadería cercana y traía consigo además del pan, muchas más bolsas de cosas compradas en el mercado. Me percaté entonces que a la hora de querer guardar su monedero las bolsas impidieron que este entrara en su bolso y cayera al suelo sin siquiera percatarse de ello.

Increíble, inclusive el forastero tenía buena suerte para conseguir el dinero sin siquiera tener que robarlo directamente. Pero…

–¡…! – Me sorprendí grandemente cuando observé casi atónito como el forastero recogía el monedero y llamaba a la señora, quien sorprendida por su descuido tomaba su monedero y como agradecimiento le había regalado la bolsa de pan que había comprado.

¡Qué estúpido eres forastero, te hubieras quedado con el monedero!

Pero… ¿No sé suponía que le gustaba el dinero? Entonces, ¿Por qué? ¡No! Seguro todo eso fue planeado por él. Sabía muy bien que si se comportaba como una persona honesta se le sería recompensado, esta vez con la bolsa de pan. Así que eso no lo hizo porque así lo deseara ¡Lo hizo para obtener algo a cambio!

Uff… Estuve a punto de caer engañado de nuevo por él… ¿Es que acaso nunca aprendo? Aun así, todavía no quiero unirme a él. Aunque me gustaría un pedazo de aquel pan… Esa tienda es reconocida por vender pan casero recién hecho.

Debatiéndome sobre qué hacer, me vi en la necesidad de seguirlo sin que se diese cuenta. Mientras estaba en una gran e importante encrucijada entre comer pan o no, me percaté que el forastero se había detenido al instante, desconocía el motivo, pero me obligó a esconderme detrás de una de las paredes que daban justo en un callejón.

Me arriesgué y saqué un poco la cabeza para ver que le detenía, fue entonces cuando noté como cerca de nosotros estaba una pobre mujer acurrucando en su delgado cuerpo a sus dos hijos para resguardarlos del frío. Ambos estaban comiendo con esmero de unos onigiris.

– Mamá, ¿Ya no hay más? – Preguntó con tristeza uno de los pequeños.

– Aún tengo hambre. – Se lamentó su hermano en un susurro.

Se me achicó el corazón al ver de lejos la escena. Me recordaba bastante a mis hermanos cuando sufrían hambre antes de que Niimura-San nos ayudara. Era difícil conseguir comida, y las sobras que tiraban a la basura, pocas veces eran comibles, por lo que el hambre era algo que nos pegaba con fuerza.

– Tengan. Aquí hay más. – La madre con una cálida sonrisa les dio su parte de la comida. Me di cuenta que ella previendo que eso pasaría, guardo su parte en caso de que sus hijos siguieran sufriendo hambre.

– ¿Tienen hambre? –

Y de nuevo me vi impactado por lo que mis ojos miraban, cuando el forastero quien había visto de cerca la escena, se arrodillaba en el suelo para quedar a la altura de la pequeña familia.

– Pueden comerlo si quieren. Hay suficiente para los tres. – Le ofreció a la madre la bolsa de pan que le habían regalado.

¡Espera, ese era el pan que se supone que ibas a compartir conmigo!

– Pero… – La mujer miró avergonzada al forastero.

– Está bien… No hay nada de malo en esto, robar sí lo es. – Una punzada de culpa me atravesó el cuerpo. – Acéptelo, por favor. – Al contrario de cómo siempre se comportaba, esta vez estaba siendo educado y suave al hablar. Él en verdad quería que aceptaran la comida.

La mujer bajó la mirada por largos segundos, y tomó con manos temblorosas la bolsa de pan.

– Gracias. – Levantó la mirada para recibirlo con la dulzura y agradecimiento sincero de su sonrisa. El rostro de ambos niños se iluminó al instante, y no tardaron en tomar un poco del pan para comenzar a comer con entusiasmo. – Niños… ¿Cómo se dice? – Los miró a ambos para llamarles la atención. Estaban tan hambrientos que no pudieron contenerse y esperar un poco más para comer. Ambos niños se dieron cuenta de esto y se sonrojaron apenados por ello.

– ¡Gracias Onni-Chan! – Le agradecieron con una jovial y alegre sonrisa llena de energía y felicidad. Hace unos instantes sus rostros eran opacados por la tristeza y por algo tan simple para quienes todo lo tienen ellos ahora se sentían más dichosos que cualquiera.

El forastero se quedó en silencio por largos segundos, su expresión era quizás la que yo había hecho cuando vi que devolvió el monedero y regaló el pan. Fue como si el agradecimiento que había recibido hubiese sido algo inesperado para él, por lo que no sabía exactamente cómo reaccionar. Me recordaba bastante cuando mis hermanos le regalaron precisamente un pedazo de pan.

– No es nada. Sólo, sean buenos niños con su madre, ¿Sí? – Y al igual que la última vez, me vi capturado por la forma en que sus labios se curvaban en una suave sonrisa. Había olvidado que cuando sonreía era capaz de emanar una calidez y tranquilidad que jamás había visto antes, ni siquiera en… Las sonrisas de Niimura-San…

– ¡Sí! – Ambos niños asintieron con firmeza.

El forastero les regaló una última mirada, y se levantó con la intención de continuar caminando.

– ¡Espera! – La mujer le había detenido antes de que emprendiera marcha. – ¿Tienes padres? – Preguntó preocupada. Al parecer se había dado cuenta que era un niño de la calle.

– Tengo un camino, y con eso me basta. – Contestó sin voltear atrás, y sin decir nada más se alejó de la pequeña familia a la que había hecho feliz por un día, pues al siguiente… Deberían luchar contra el hambre un día más…

– ¡Hey! – Me decidí alcanzarlo por fin, para enfrentarlo. – ¡Más te vale que robes dinero pronto porque yo quería un pedazo de ese pan! – Exigí.

Aunque no tengo porqué exigirle nada. Sólo estoy un poco molesto por el hecho de que regalara el pan como si nada, aunque hizo algo bueno, ¡La comida es comida!

Me dedicó una genuina mirada inundada de hastío. Lanzó un gran suspiro al aire y metió una de sus manos en sus bolsillos, para luego depositar en mi mano una billetera.

– ¿Contento? –

No… ¡No estoy para nada contento!

– Sabes… Está bien ayudar a las personas que lo necesitan, pero deberías recordar que tú estás primero. Seguramente tienes hambre, difícilmente pruebas bocado. – Regañé con desaprobación. El forastero tenía la costumbre de practicar ayuno diario a causa de que la mayor de sus ganancias se las entregaba a Niimura-San. Antes me hacía pensar que lo hacía con la esperanza de morir de hambruna, ahora… Sólo pienso que lo hizo para hacer creíble su actuación.

– Hambre física no es lo único que tengo… ¿De qué sirve tener el estomago lleno si el corazón está vacío? – Reflexionó para sus adentros, excluyendo mi presencia de su marco de atención.

Habían pasado algunos segundos que parecieron una eternidad debido al increíble esfuerzo que me estaba llevando encontrar una lógica a su razonamiento, más él fue mucho más rápido en darse cuenta de mi confusión que continuó hablando.

– Las personas son como… Pequeñas cajas, algunas con rústicos ornamentos, otras con incrustaciones de gemas relucientes y muchas otras, tan normales y aburridas que no seducen la mirada de un sólo ser. Muchas de ellas nos venden una imagen, y cuando la compramos, su contenido decepciona a todo público por ser algo completamente diferente. Las personas necesitan vestiduras de oro para despistar a los ojos y esconder la inmundicia de su interior. Yo, quien había aprendido a odiar la hipocresía y egoísmo de las personas, había perdido la esperanza que mis mundos de luz y bondad crearon en mi mente, pero… Personas como esa mujer me hacen recordar en lo que siempre he querido aferrarme con desesperación. – Me congelé sobre mis pies cuando él dirigió por primera vez sus ojos hacía mi. Había tanta firmeza, tanta emoción, tanto… Dolor. – Tú no viste esa mirada cansada, consumida en sombras de tristeza por no poder alimentar a sus hijos. Pero tampoco fuiste capaz de deslumbrarte por la luz de dicha y alivio que emanaron al ver la alegría de sus hijos al comer. Ese amor que le carcomía el alma en sufrimiento pero que a la vez la llenaba de felicidad y esperanza. Un amor desinteresado, puro y sincero, capaz de dar la vida propia por sus seres queridos… Son personas como ella, las que me dan las fuerzas para luchar ante la adversidad al saber que la humanidad aún yace en los corazones de sus portadores. – Su voz era un suave susurro incapaz de alterar el más tranquilo de los silencios. Cada palabra que salía de sus labios, era brotada desde lo más profundo de su corazón, llegando inclusive a conmocionar mi indiferencia y turbar las dudas que se arremolinaban, emergiendo de los rincones censurados de mi interior.

Cuando menos me había dado cuenta, el forastero había avanzado algunos pasos, dejando caer su silueta bajo los potentes rayos del sol. Me estremecí ante el peligro en que me había puesto. Bajar la guardia y ser proclive a su ataque, convertirme en su presa perfecta… Deshacerse de un error… Terminar el trabajo… Terminar… Mi trabajo…

– Es más satisfactorio llenar el hambre del corazón… Yo, quien jamás he sentido el calor del sol aunque sus rayos cayeran directo en mi desnuda piel, he encontrado una fuente capaz de hacer arder mi alma en el sentido más sublime y perfecto que nadie jamás pudiese sentir… Una calidez tan dulce y amable, pero a la vez tan apasionada e intensa que me han hecho recordar que aún sigo vivo, y que inclusive yo, puedo ser merecedor de esperanza… Un obsequio entregado por el amor devoto de una madre, capaz de sanar cualquier herida del alma. Un amor como ese que ha regalado un rayo de luz entre la única oscuridad que conozco. Una nueva vida… Que ha comenzado otra vez para mí… –

Mi mano se movió instintivamente hacía el objeto cortante que mantenía escondido bajo mi ropa. El cuerpo entero temblaba en incesante excitación. La emoción que evocaba en mí la inminente caída de mi enemigo. El alivio por mantener seguros a los míos, el orgullo que sentiría el hombre al que todo le debía, y la culpa… La culpa por arrebatar un latido ajeno… Una nueva oportunidad, un comienzo que… Cualquiera se merece…

– No todas las madres son buenas, forastero. – Deseché por la borda todo intento por consumir mi voluntad, cuando ésta se encontraba más inclinada a desobedecer al deber. – Recuerda… Mi madre, las de mis hermanos… Todas ellas nos han rebajado a algo menos que basura al deshacerse de una carga que no deseaban. – Apunté ese hecho, para recordar la realidad en la que vivíamos. Aun si sus palabras me contagiaban de esperanza y anhelo por sentir un amor así, debía recordar lo que la vida me había negado y que jamás me daría a disfrutar.

– Madre no es la que concibe, Kazuo. – Me encaró de frente, con la seriedad brillando en sus celestes ojos. – Madre es la que quiere y protege, la que lucha día con día por sus hijos, la que llora cuando ellos están tristes pero que también sonríe cuando ellos sonríen… Ellas son las únicas capaces de perdonar hasta el peor de los pecados cometidos… Las únicas capaces… De entregar la vida por su hijo… – La supurante aflicción que era palpable en su voz era como un látigo que se impactaba en húmeda piel y arrancaba frescos pedazos de carne.

– Qué… ¿Qué le pasó a tu madre, forastero? – Desvié la mirada al hacer tal pregunta. Esperaba tantas cosas, pero sabía que ninguna era buena.

– Yo jamás podría reclamarle nada a ella, sabes… Después de todo estoy maldito. – Explicó con una aceptación tan devastadora en la voz que tuve que controlar mis impulsos por tomar su frágil cuerpo entre mis brazos y consolarlo tal y como lo hacía con mis pequeños hermanos.

Si él en verdad está maldito debo terminar un día con la maldición antes de que caiga sobre nosotros, pero, ese día… No será hoy.

-0-0-0-0-0-0-

A pesar de la firmeza que revestía a mi voluntad al principio, debía de admitir que las paredes que había levantado contra toda duda e inseguridad, era golpeada constantemente por los pequeños atisbos de bondad que lograba contemplar en el forastero. Él no había estado en lo correcto, yo también era capaz de ver la luz de alegría que inundaba los infantiles rostros de los míos cada que él los maravillaba con fantásticos relatos de una vivida imaginación. Sus alegres risas llenaban los vacios y carencias de mi corazón, y la esperanza hacia un futuro mejor que se adueñaba de su mirada, me contagiaba en un enfermizo deseo por ser partícipe de dicha esperanza. Él era nuestro pequeño rayo de luz en la oscuridad, nuestra oscuridad… Y yo debía de apagar esa luz para volver a reintegrarnos a las sombras de la realidad.

No quiero apagar esa luz, no quiero, pero… Esa misma luz podría destruirnos… Era tan irónico, el mismo tipo de ironías que le daban placer al mismo diablo.

– Eso que hiciste fue muy arriesgado forastero, y por una cosa realmente inútil. – Le regañé mientras íbamos caminando entre las calles rumbo a casa.

En medio de nuestro trabajo, habíamos visitado el área más concurrida de ventas en la ciudad, donde muchos dueños de tiendas ponían sus puestos afuera en las calles para promocionar sus productos. Por lo general íbamos allí a robar un poco de comida, fruta usualmente, que eran pequeñas para poder hurtarlas de forma más rápida y sencilla. Así, podríamos robar varias sin ser vistos y después compartirlas con los nuestros. Todo iba bien hasta que al forastero le llamó la atención un puesto de libros usados, y cuando menos lo había pensado él ya había hurtado no sólo uno ¡sino 3! Y de esos gruesos capaces de matar a cualquiera.

– Un libro jamás será inútil, Kazuo. Más bien es inútil quien no logra comprender algo tan simple como eso. – Sentí el flechazo directo que lanzó en mi dirección mediante ese mordaz comentario.

– Para empezar los libros no pueden… – Estuve a punto de objetar cuando me detuve en secó. La calle donde ahora transitábamos era una de las más peligrosas y olvidadas por la mano de dios, o por el gobierno, como diría el forastero quien solía soltar todo tipo de comentarios. Hablaba pocas veces, pero cuando hablaba lo aprovechaba al máximo. – Olvidemos lo de los libros, será mejor que nos apresuremos en llegar. – Señalé con preocupación. Los rumores que circulaban sobre esta área no eran nada agradables.

– ¿Por qué? Pensé que aún teníamos tiempo antes de que se enojara nuestro carcelero, digo… "Salvador" –

Entorné los ojos con cansancio debido a su sarcasmo. Sí, hablaba poco, pero a veces cuando hablaba, me daban ganas de que volviera a callarse, o callarlo… lo que fuera más rápido.

– No sé si te has dado cuenta, pero este lugar es… –

– ¡AAAHHH! –

Un grito tan desgarrador como para helar la sangre nos dejó pasmados en el pavimento donde estábamos parados. El instinto de supervivencia no tardó en llegar cuando tomé la mano del forastero para echar a correr lejos de ahí, claro que no contaba con no encontrarme con dicha mano, porque su dueño, sí… Había echado a correr ¡Pero directamente hacía donde provenía tan espantoso ruido!

– ¡¿Qué demonios estás haciendo?! – Pregunté lo más bajo posible, al haber corrido hacía donde se encontraba. Ambos estábamos escondidos detrás de una pared que constituía un estrecho y oscuro callejón.

Sabía que la escena podría ser peor que el escenario, pero aun así tuve el valor para asomarme y comprobar la situación.

– ¡Noooo, suéltame, suéltame, no quiero…! –

El aliento se me fue arrebatado al divisar una pequeña y femenina figura siendo acechada por una más grande y corpulenta la cual detenía los vanos intentos de la chica por zafarse de su firme jaula que era un rollizo pero fuerte cuerpo. Ambos forcejeaban, cada uno con una intención diferente. Ella, escapar de su cazador, y él destrozar sus… Oh Dios, esto no es nada bueno.

– Bien, ya sabes de donde vino el grito ¡Ahora debemos de irnos! – Retomé, y esta vez encontré la mano que había estado ausente antes, sólo que esa mano forcejeó hasta soltar mi agarre.

– ¿No estás viendo? Debemos de ayudarla. – La incredulidad se postró en mi rostro al observar la propia que se proyectaba en los ojos del forastero ante mis intenciones de huída. ¿Cree que esto es lo más obvio que debemos de hacer?

– Mira, este lugar es muy peligroso. Es culpa de ella por haber pasado por aquí, no es nuestro problema, pero también será nuestro si no nos vamos pronto de aquí, ¿Entendiste? – Mi voz salió en un desesperado jadeo por el miedo que me provocaba la posibilidad de que fuésemos captados por tal animal. ¡Está ocupado con una presa ya, no necesita más!

– ¡No, tú eres el que no entiende! – Estremecimientos adueñaron mi piel por la fiereza puesta en su voz. – ¡Estás haciendo lo mismo que hacen las personas que nos ignoran! – La furia emergente en su mirada me calcinó en profunda vergüenza.

Pero aun así…

– Y estos libros no son inútiles. –

Miré perplejo y horrorizado como el forastero sacaba uno de sus libros mata personas y con una malditamente buena puntería lo lanzaba directamente hacía la cabeza del corpulento hombre, hecho que logró despistarlo lo suficiente como para suavizar el agarre en la chica y que ésta saliera corriendo en su huida.

Era el momento perfecto para que el forastero también emprendiera la suya, pero en vez de eso se mantuvo parado a escasos pasos del temible hombre que lo miraba con desorbitados ojos coléricos al conocer el nuevo objetivo de su ira.

¡Le estaba dando tiempo a la chica para huir, y ella ni siquiera se había preocupado por ayudarlo!

– ¡Por tu culpa mocoso se ha escapado esa mujer! ¡¿Qué harás al respecto?! – Vociferó en un rabioso gruñido que el forastero no tuvo siquiera la oportunidad de responder, pues al instante su cuerpo fue derrumbado bajo el peso de uno mucho más grande y fuerte. – ¡DIME! ¡¿QUÉ HARÁS?! ¡ANDA, DIMELO! – Sus manos se cerraron violentamente alrededor de su cuello, presionando sin compasión alguna la fragilidad de su garganta, con el motivo de llegar a destrozarla de la forma más dolorosa posible.

¡Lo van a matar! ¡Lo van a matar y yo sólo estoy aquí parado viendo como lo hacen! Pero… Esto era lo que quería, ¿No? Ni siquiera lo tendría que matar yo. Iba a terminar siendo un accidente meramente fortuito y desafortunado. Una verdadera pena que al fin y al cabo debía de suceder, pero entonces ¿Por qué demonios no podía irme de allí? Si no me apresuro el próximo en morir seré yo, pero aun así, ¡¿Por qué no me voy?!

– ¡AAAHHHHHHHHHHH! –

Un desgarrador alarido de dolor rompió el ruido de mis dudas internas y me obligó a volver a enfocar los ojos en la espantosa y cruda escena en que se había convertido todo en menos de unos segundos.

El pesado hombre aún mantenía un fuerte agarre alrededor del cuello del forastero, pero de sus ojos brotaban incesantes ríos de sangre que terminaban desembocando en el rostro de su víctima, pintando de rojo la palidez de su piel. Al principio me encontré confundido por no procesar del todo la causa de tal derrame de sangre, hasta que miré atónito como los finos dedos del forastero encajaban perfectamente dentro de las cuencas de los ojos del hombre que gritaba de crudo dolor, pero que sin embargo aún tenía la fuerza suficiente para apretar su garganta aunque no lo suficiente para matarlo al instante.

Miré con pavor como los dedos del forastero comenzaron a curvarse por detrás y alrededor de sus ojos al ver la insistencia de su captor. No, no, no, eso es demasiado, él va a…

– ¡NO HAGAS ESO! – Grité lo más que pudo mi voz y mi pecho, pero no fue suficiente para evitar que el forastero diera el último movimiento y así arrancara de una vez los ojos de sus cuencas, logrando que por fin el hombre lo liberara de su agarre.

– ¡Vámonos! – El forastero tomó mi mano, y prácticamente tuvo que jalarme para que comenzáramos a correr lo más rápido que pudieran nuestros pies para así alejarnos de esa terrible escena.

Después de correr algunos minutos, el forastero se detuvo en una calle no muy transitada pero menos peligrosa que en la que estábamos.

– Eso fue… Fue… ¡Increíble! – Observe atónito la expresión de emoción y alegría que se extendía por completo en su rostro. Sus ojos brillaban de excitación, y sus labios se curvaban en una resplandeciente sonrisa, era la expresión que encajaba con la de un pequeño niño que disfrutaba de un emocionante juego, no algo como…

– No… No… Eso no fue increíble, fue… Fue… – Llevé mi mano hacía mi boca para controlar mis emociones pero al notar la sangre que la manchaba hizo que a mi mente regresaran las sangrientas y crudas imágenes del momento exacto en que…

Mi estomago se revolvió al instante y sin ser capaz de evitarlo tiré todo su contenido el cual chocó abruptamente en el sucio suelo.

– Hey, Kazuo, ¿Estás bien? – El forastero se había agachado para quedar a mi altura, y mostrar una genuina expresión de confusión, y hasta… ¿Preocupación?

– ¡Por supuesto que no estoy bien! ¡Acabas de sacarle los ojos a un hombre! ¡LOS OJOS! – Exclamé con fuerza a pesar del peligro de volver a vomitar.

– No entiendo el problema. – Ladeó un poco la cabeza, podría parecer un pequeño cachorrito, pero los cachorritos no le sacan los ojos a las personas. – Es decir… Gracias a lo que hice la chica fue salvada, y si yo no hubiese hecho lo que hice, él me hubiera matado. Él me atacó, yo me defendí, ¿Es eso malo? – Preguntó, como si fuese lo más obvio que hizo lo correcto, aunque…

Se defendió, sí, lo hizo para defenderse, iban a matarlo, es lo correcto, pero…

– Lo sé, lo sé… Debiste hacerlo, pero… – Despeiné mi pelo con mi mano limpia para reacomodar mis pensamientos. – ¿Qué niño es capaz de hacer algo tan violento y macabro y no estar asustado o arrepentido por eso? Al contrario, pareciera que lo disfrutaste, no es normal, no lo entiendo… Es… Es… – Sacudí la cabeza varias veces para intentar olvidar todos esos pensamientos que no me llevaban a ningún lado.

Miré de reojo al forastero, para percatarme que él me observaba en silencio. Su rostro había vuelto a ser la misma mueca en blanco, donde no era capaz de leer nada más que el vacío.

Dios… Hasta ahora me he percatado que está lleno de sangre, ¿No le da asco?

Recordé al instante que no era la primera vez que miraba tal imagen, cuando se nos fue presentado él de igual forma estaba manchado en sangre.

– Ahora vengo. Espera aquí. –

Lancé un pequeño suspiro de resignación, antes de ir en busca del combini más cercano. Después de algunos minutos regresé a su lado, con una bolsa que contenía una botella de agua y un paño de tela.

– Será mejor que quitemos esto antes de que se seque. – Indiqué, y utilicé la botella de agua para humedecer el paño y comenzar a limpiar la sangre de su rostro. – Bien, creo que está listo. – Sonreí al observar el resultado de mi trabajo. Había removido cada rastro de sangre. – Aunque será mejor que cuando lleguemos evites a los demás y te cambies. No sería bueno que te vieran con la ropa manchada. – Miré con preocupación las manchas oscurecidas de la camisa que llevaba puesta.

– Kazuo… Yo… –

La confusión se alojó en mi mente cuando observé el semblante cabizbajo del forastero, donde sus ojos estaban clavados firmemente al suelo sin permitirme ver que secreto me escondían y que jamás descubriría a no ser que él me lo enseñara.

– Kazuo, yo… ¿Soy una mala persona? –

Al parecer aquel secreto me sería revelado, pero no estaba seguro si sería capaz de soportarlo, pues cuando él levantó la mirada, me encontré con dos profundos lagos inundados de triste agua celeste que lloraba con congoja.

– Yo… No entiendo muchas cosas de las personas, ni porque se manejan de esta forma. A veces siento que no encajo con los demás. Sus ideas, mis ideas, no son compatibles… – Continuó hablando al saber que yo aún me encontraba tan atónito por la fragilidad que mostraba ante mí. – No comprendo cómo pueden ser tan crueles por las causas equivocadas y sin embargo reprobar esa misma crueldad por las causas justas, ¿Por qué, Kazuo? ¿Por qué todo está al revés? ¿Quién está bien, ellos o yo? ¿Quién es el malo, y quien es el bueno? Explícamelo. He leído tantos libros, pero ninguno me ha dado las respuestas a mis preguntas, ¿Las encontraré algún día? O más bien… ¿Logrará importarme? –

Su voz temblaba en un desesperado jadeo, ya que luchaba por no dejar liberado su dolor en forma de cristalinas y saladas lagrimas. La fuerza con la que peleaba por controlarse y no derrumbarse frente a mí me estaba apretando el corazón causando un insistente dolor que al igual que sus lágrimas, no quería desaparecer.

– Sé que lo normal es que me sienta mal, que esté aterrado por haber hecho algo tan horrible. Sé que a pesar de todo, para los demás, para ti, para… – Se detuvo abruptamente para acallar un gemido que anunciaba la pronta caída de su resistencia. – Lo peor de todo, ¿Sabes qué es? Yo… No siento ningún remordimiento… – La más pura de las agonías era reflejada en sus ojos. Un sufrir que jamás había presenciado en alguna otra persona, una aflicción tan apasionada que inclusive a mí me lastimaba. – Me sentí liberado, tan vivo y lleno de fuerzas al hacerlo y defenderme… Me gustó, Kazuo… ¡Me gustó mucho! – Cayó de rodillas al suelo, y las fuerzas se desvanecieron al instante dando libre paso al dolor y la desesperación que caía desbordada en su rostro, recorriendo sus mejillas, y terminando en gotas de pena que impactaban contra el frío pavimento. – No me importa que me odien, que se alejen de mí… No me importan las personas, no me importan sus malditas reglas, pero… Esa persona… Esa persona vive bajo las normas de una sociedad en la cual no encajo ni pertenezco. Me odiará, repudiará mi presencia, lo que soy y lo que represento… Lo ensuciaré, estoy sucio, pero… Quiero seguir sucio, Kazuo, no quiero negarme a mí mismo, no quiero… Odiarme más de lo que ya lo hago ¡No quiero, no quiero, no quiero! – Comenzó a decir entre desesperados sollozos al tiempo en que empezaba a aruñar sus brazos con aire compulsivo

– ¡Hey, no hagas eso! – Me acerqué al instante a él para así tomar sus manos y no permitir que siguiera haciéndose daño.

– ¡¿Por qué no hacerlo?! ¡¿Por qué me detienes?! ¡Tú me odias, lo sé muy bien! Y lo entiendo ¡No te puedo culpar! –

Quedé boquiabierto por la impresión que él tenía sobre mí, que aunque no pensé que fuera tan obvio, él se había dado cuenta, pero… Si lo odiara no me importaría que se lastimara él mismo, ni tampoco me dolería el verlo despojado de su altiva y arrogante personalidad.

De pronto me di cuenta. Él también se estaba contando en las personas que usaban una fachada para desviar la atención de lo que en verdad había en su interior. Aquel chico sarcástico, de actitud altanera y arrogante no es más que el cascaron que protege y esconde a este pequeño niño que es tan frágil como para romperse con el más suave soplo del viento. El niño que tengo frente a mí y no para de sollozar y derramar lagrimas de dolor y desconsuelo. Alguien que sufre y que también necesita desahogar sus penas de vez en cuando, un niño como mis hermanos que también necesitaron de alguien para apoyarse y llorar sin miedo a ser regañados. Alguien a quien… Yo debo proteger.

– Está bien… Todo está bien… – Lo acurruqué entre mis brazos, dejando que encontrara su refugio y apoyo en la calidez de mi cuerpo. – Yo pensaba que te odiaba, pero he comprendido que no es así… No te odio para nada… Todo estará bien, lo prometo… – No sabía a qué me estaba refiriendo precisamente, pero la tranquilidad de mi voz y el suave movimiento de mi mano acariciando su espalda estaba logrando calmar los temblores de su cuerpo, aun si sus sollozos seguían llenando el silencio y sus lágrimas humedecían mis ropas. – No sé si eres bueno o malo, pero lo que sí sé es lo qué has logrado en mis hermanos. Ellos han sido cautivados por tus historias, la pasión que empleas al contarlas, esa imaginación que plantaste en ellos y les ha dado la esperanza de un futuro, inclusive a mí… Dijiste que personas como esa mujer te daba la esperanza de otra oportunidad, pues para nosotros personas como tú, son las que iluminan nuestra oscuridad con su luz. No eres solamente oscuridad, ni siquiera creo que haya alguien que sea completamente luz. Sólo somos personas, y aunque quisiera que todo fuese blanco y negro, me has hecho ver que también existen tonos grises. Puedes tener oscuridad en ti, pero nunca dejes que te devore por completo. No creo que ocurra, porque yo… Pienso que eres muy fuerte, no el chico que es arrogante, sino el niño que puede llorar en este momento y más tarde animar a otros a pesar de estar sufriendo por dentro, eso también es una ironía, pero… Creo que después de tanto tiempo, he aprendido a verlas como algo hermoso y preciado, porque es como la vida misma, la cual nos da tristezas pero también felicidades, lo importante siempre será disfrutar lo que venga a pesar de no saber si es bueno o malo. – Alcé su rostro para verlo a los ojos, los cuales todavía dejaban escapar algunas lágrimas aunque ya no tantas como antes. – No eres bueno o malo, eres humano. – Limpié con mis dedos las lágrimas qué humedecían su rostro. – Y para nosotros, la pasión de tus ideales y sueños han abierto la puerta a un mundo totalmente nuevo y brillante. Enséñale a esa persona lo que nos has enseñado a nosotros, y podrás estar seguro de que te aceptará en su corazón. – Una cálida sonrisa nació desde las profundidades de mi corazón para entregar al niño que necesitaba de una con tanta desesperación. Yo y mis hermanos jamás hemos tenido el amor de una madre, y puede que este chico jamás haya recibido una sonrisa. Tal vez la vida nunca nos haga sentir un amor como ese, pero a él, puedo darle algo como esto.

– Creo… Creo que no eres inútil como dije hace poco. Lo que has dicho no te lo enseñó ningún libro. – Declaró en susurrante voz. Su mirada estaba clavada de nuevo al suelo, pero ya no era por dolor, más bien algún tipo de vergüenza.

– Eso me lo enseñaste tú, forastero. – Aclaré, y revolví su cabello para que se encontrara con la sonrisa de afecto dirigida sólo para él.

Antes pensaba que la vida era caracterizada por diversos episodios de pena y desventuras. No habíamos probado otra cosa que no fuera la tristeza y el desconsuelo, pero desde que él llegó a nuestras vidas, un nuevo horizonte se nos fue abierto para descubrir las tonalidades alegres de la vida.

Creo en él. La pureza que he visto reflejada en sus ojos al mirar con ternura a mis hermanos es mucho más sincera que el orgullo que alguna vez podría obtener de aquel hombre. La pasión que evocan sus ideales y sueños, es tan genuina como el sol que se levanta cada amanecer. Y el dolor que guarda receloso en su interior, es mucho más filoso que la hoja del cuchillo que ya nunca utilizaré.

Todo ha sido tan claro desde siempre, he sido yo quien ciego no he podido ver la realidad que me rodeaba. Ya no volverán esas sombras que me impedían distinguir entre la verdad y la mentira, por fin he podido salir de aquel laberinto que yo mismo construí.

– Ahora será mejor que regresemos. – Lo ayudé a levantarse del suelo. – Nuestro carcelero podría enojarse. – Bromeé por primera vez con el apodo que el forastero le había dado a Niimura-San. Ese era otro problema que debía solucionar. – Es verdad… – Pensé para mí mismo al recordar el peso que aún cargaba sobre mis hombros. – Lo que ahora sucedió fue muy peligroso, y como por lo que puedo ver a ti te gusta meterte en cosas peligrosas, sería mejor que tengas algo con que protegerte. – Saqué el objeto cortante que había sido principalmente destinado a un fin mucho más oscuro. – Quiero que la tengas, y la uses de la forma más correcta que creas. – Entregué la pequeña daga en una de sus manos.

Si el karma que menciona este chico es verdadero… Estoy seguro que con esto el mío, ha quedado en limpio.

– Tú… Tenías algo como esto… – Miró fijamente la daga por largos segundos en los que fui capaz de captar la sorpresa en su semblante.

La culpa se hizo dueño de mí al darme cuenta del porque su sorpresa. Tenía la fuerte sospecha de que él sabía precisamente el porque yo tenía algo como esto, pero el poder comprobarlo era algo que me sumía en vergüenza.

– Kazuo, no lo dudes más… ¡Huyamos de aquí! – Tomó fuertemente mis manos junto con las suyas. – Vayámonos todos, juntos. Seremos libres por fin, no estaremos bajo el yugo de nadie ni estaremos sujetos a ninguna ley impuesta ¡Podremos ir y venir a nuestro antojo, conocer tantos lugares como queramos, aventurarnos y experimentar emociones nunca antes conocidas! – El brillo de emoción y anhelo en sus ojos caló profundo en mi interior, haciendo que mi cuerpo temblara con esa misma emoción que seguro recorría cada rincón desconocido de un nuevo camino, pero…

– N-No… No podemos hacer eso, forastero. – Me deshice de su agarre de mala gana. Pocas veces lo miraba expresarse tan honestamente, y yo no podía más que rechazarlo.

Observé como la confusión iba matando poco a poco el apasionado brillo que iluminaba sus ojos, para dejar a su paso una descontrolada marea de aguas cristalinas que no encontraban una misma tranquilidad.

– No… No lo entiendo, Kazuo. – Habló en tono tan bajo que me fue difícil escucharlo. Temía que fuera causa de estar controlando sus emociones. – Tú… Tú ibas a matarme, lo sé… Siempre lo supe. Y sé también quien seguramente te ha dado esta daga para consumarlo, pero… Pero me la has entregado a mí, significa que me crees ¡Por fin me crees! – Elevó su voz considerablemente, muestra de que perdía la tranquilidad en su mente. – Seguro sabes que ese hombre es el único que los ha engañado, que no es más que un buen jugador que los ha utilizado para sacar provecho, y que no dudaría ni un segundo en deshacerse de ustedes igual y como ya lo han hecho los demás, entonces… ¡¿Por qué?! Dime Kazuo, ¡¿Por qué sigues empeñado en mantenerte a ti y a los tuyos en ese infierno?! ¡¿Por qué no quieres probar la libertad?! ¡La verdadera libertad! – Me sacudió fuertemente de los hombros, exigiendo una rápida respuesta.

– ¡No lo entiendes! Somos unos simples niños, forastero, no somos ningún personaje de tus historias que sea capaz de hacer cualquier cosa que se proponga. Esta es la realidad, nuestra realidad. ¿A dónde iremos? ¿Bajo qué techo dormiremos? ¿Cómo viviremos? No podemos ser unos ladrones toda nuestra vida, algún día podrían descubrirnos, y todos volveríamos a un orfanato, y te aseguro que ni mis hermanos ni yo queremos volver allá, no… Primero… Primero preferiríamos encontrar nuestro final aquí, en un lugar seguro, donde… Donde sabemos lo que pasara, pero que podemos aceptarlo. – Quise explicar de la forma más calmada posible, pero la ferocidad con que él me miraba, me estaba descontrolando por hacerle entender la difícil situación.

– Claro que entiendo eso, Kazuo… Pero ¿Acaso no vale la pena probar aunque sea por un instante lo que en verdad es la vida aun si después termina al instante? Tú lo que quieres es mantenerte en el mismo estado deprimente al que te has acostumbrado. Tienes miedo de explorar las posibilidades y alejarte de tu puerto seguro. Prefieres una vida monótona y segura, que al fin y al cabo terminara por matarte y sin siquiera tener contigo un poco de dignidad. Yo… He tenido tantas oportunidades para escapar de aquí y continuar mi camino, pero me he abstenido por mi deseo de liberarlos de las cadenas invisibles que los mantienen atados. Quiero que sean dueños de sus vidas, de sus decisiones, que sean capaces de luchar por hacerse valer como personas y lograr cumplir los sueños y metas que se propongan. Deseo que se superen a ustedes mismos, y descubran que fuera de sus seguras paredes hay un mundo salvaje pero fascinante dispuesto a darles las herramientas para hacer su vida tanto un paraíso como un infierno. Pero… Reconozco que mis deseos son egoístas… No puedo obligarte, no… No puedo destruir el miedo que te controla porque el único que puede hacerlo eres tú, pero… Tú también eres egoísta. –

– ¿De qué hablas? Yo no he hecho nada. – Exclamé indignado. Me molestaban sus palabras, era tan fácil decirlo, pero hacerlo era tan distinto. Pero en el fondo me molestaban porque sabía que… Eran ciertas.

– Por eso mismo. Decides por tus hermanos, sin si quiera pedirles su opinión, tú eres tú, y ellos son ellos. No tienes derecho a decidir qué harán ni que no harán, y por eso mismo… Si ellos quieren irse conmigo, yo los llevaré. Vengas tú o no. Porque quizás tú no tienes el valor para dar un paso tan grande, pero yo sí. Y no permitiré que si alguno de ellos quiere intentarlo, se le sea negada la oportunidad. – Declaró con una firmeza que me hizo estremecer. Él hablaba en serio, y temía que tuviera la razón…

Comenzaba a arrepentirme de mi decisión por creerle. Pero aún lo hacía, sabía que quería lo mejor para nosotros, tan sólo temía que… Estuviera equivocado.

– Ellos no se irían sin mí, forastero. – Aclaré, pero sentí que fue un patético intento por hacérmelo creer a mí. Ellos lo amaban, y me aterraba pensar que ese amor hubiese sobrepasado el que me tuvieron en él pasado.

– Eso es algo que ambos sabremos definitivamente. – Me miró por largos segundos. Sus ojos directos en los míos, con la solidez casi indestructible, pero que a momentos flaqueaba y mostraba el dolor y la tristeza con la que luchaba para no dejar en libertad y derrumbarse.

Él en verdad esperaba que yo cambiara de opinión, deseaba que lo acompañara en ese arriesgado viaje, pero yo jamás… Jamás pude abrir mi boca y responder lo que mis arraigados miedos me impedían, aun si mi corazón estuviese llorando por no poder unirme a él.

Nunca me había sentido tan patético como en aquel momento.

-0-0-0-0-0-0-

El camino de regreso a casa fue una incómoda mezcla entre silencio y tensión acumulada. Él ya había dicho todo lo que tenía que decir, y yo aún tenía atoradas en mi garganta las palabras que arrancarían esa dura mueca de piedra en su rostro y me mostrarían de nuevo a ese niño con ojos brillantes de anhelo, y sonrisa de júbilo.

Quizás hubiese sido mejor jamás haberlo conocido. Es mucho más doloroso haber conocido la pasión y no poder ser uno con ella, que sólo haber conocido el vacío mismo y estar condenado para siempre en él.

– Oye, espera… – Quise detenerlo al haber llegado a "casa", si es que aún podía llamarla así.

Él me ignoró por completo, y entró en silencio al lugar. No deseaba que me afectara, pero su indiferencia me lastimaba. Era hasta ahora cuando me daba cuenta lo cercano que me había vuelto a él.

No sabía ni porque lo había llamado, no tenía nada que decir, y si lo tuviera, tampoco era lo que él quería oír.

Levanté la vista hacia el cielo nocturno, mirando a las estrellas y esperando que ellas respondieran a mis dudas, pero su brillo era algo qué, aunque hermoso, no me decían nada más que me guiara o me diera algún consuelo.

Me atreví a dirigir mi vista al único lugar en que mis ojos querían estar. Él como siempre, ya se encontraba allí sentado, al filo del alto precipicio pero sin miedo reflejado en su mirada, tan sólo un profundo vacío que aunque a veces era llenado, pronto se drenaba de sus ojos y volvía a ser hogar de la nada indiferente.

Miré su pequeña silueta por largos minutos, fascinado, y a la vez cautivado por el negro profundo de la noche reflejado en su cabello, y la blanca piel que hacía hermoso contraste con sus naturales colores.

Mi corazón dio un vuelco de dolor al notar la desolada expresión de su rostro, no la seca indiferencia que lo caracterizaba, sino una pena y tristeza tangible. Era algo hermoso de mirar… Hermoso y a la vez hiriente. Un ser que me lastimaba contemplar pero que a la vez me capturaba para no dejar que mis ojos vagaran lejos de él

Si anhelaba la compañía y calidez del sol, él debía de ser la luna: Hermosa, pálida y melancólica.

– ¿Sucedió algo, Kazuo? Llegaron algo tarde. – Quedé petrificado sobre mis pies al escuchar la voz de Niimura-San justo detrás de mí.

Me obligué a quitar mis ojos de la imagen que me había capturado, para ver algo que en lugar de fascinante, me resultaba desagradable. El hombre que había sido nuestro salvador, no era más que el diablo mismo. Y yo había adorado al diablo por largo tiempo.

– N-No, no para nada. Tuvimos un pequeño problema en el distrito de ventas, pero nada de qué preocuparse. – Intenté con todas mis fuerzas que mi voz no se rompiera y demostrara lo mucho que deseaba escupir todo mi enojo sobre él. Un hombre tan ruin como para no importarle manipular a un niño y hacerlo matar a otro. Había estado tan ciego y tan cerca de cometer un error irremediable. – Niimura-San, yo… No puedo terminar con lo que me pidió que hiciera. No quiero hacer algo como eso… Es un peso que jamás podría quitar de mi consciencia, no importa qué. – Fingí un tono de pena al hablar. Debía dejar en claro que si él quería matarlo, no iba a poder utilizarme a mí.

– Oh, no te preocupes Kazuo, siento mucho haberte metido tal idea a la cabeza. En verdad estaba tan preocupado por ustedes que no logré razonar bien. Yo jamás querría poner en ti un peso tan grande y mucho menos una culpa que nunca podrías quitar. Me perdonarás, ¿Cierto? – Los vellos de mi nuca se erizaron al instante en que posó su mano sobre mi cabeza. Tuve que luchar contra el impulso de golpear su mano lejos de mí.

– No hay nada que perdonar. – Me arrepentí justo al momento en que escuché mis propias palabras, ni siquiera yo me escuchaba a mi mismo sincero.

– Me alegra escuchar eso. – Parecía que él lo había pasado por alto. – Además, ya he encontrado la solución perfecta para todos, inclusive para el chico. Todo tendrá un final feliz, ¿No es genial? – Guiñó uno de sus envejecidos ojos y mandó directo a mi espina un escalofrío.

– A… ¿A qué se refiere, Niimura-San? – Pregunté, temiendo lo peor. ¿Inclusive para él? ¿No va a matarlo?

– Bueno, eso… –

– Más te vale que el chico esté Niimura. No sabes los problemas que le ha causado a nuestro cliente este cambio tan abrupto en la cita. – Al escuchar la brusca y malhumorada voz de Fukao-San me volví al instante hacia él, quien estaba acompañado de un sofisticado hombre que vestía un elegante y posiblemente muy caro traje de negocios. Un desconocido hombre que jamás había visto, y el cual miraba a sus alrededores con una desagradable mirada de asco.

– No es costumbre tampoco que quieran venir directamente aquí. – Espetó con aspereza a Fukao-San, pero rápidamente le dedicó una gran sonrisa al otro hombre. – Pero por tratarse de alguien como usted, es más que comprensible. – Reparó con un tono zalamero.

– Y no tengo todo el tiempo del mundo ¿Dónde está? – Exigió con impaciencia, seguramente por el deseo de salir lo más pronto posible de aquí.

Esperen, ¿Están hablando de…?

Dirigí rápidamente la vista hacia arriba y me encontré con un par de glaciares ojos, que sin embargo no estaban fijos en mí, sino en el trío de hombres al lado mío, sobre todo en el extraño hombre, a quien con su mirada le lanzaba frías llamas de fuego azul.

– Tiene su carácter para ser un niño, ¿No? – Emitió una risa desagradable que me heló la sangre.

– ¡Se portará bien! – Agregó Niimura-San rápidamente.

– No, está bien así. Me gusta. – Los ojos de aquel hombre brillaron en una emoción que no logré clasificar pero que no me gustó para nada.

– Entonces, ¿Es un trato? – Esta vez fueron los ojos de Niimura-San los que brillaron, en algo que pude fácilmente etiquetar como interés.

– Por supuesto. – De su chaleco sacó un sobre en blanco. – El resto será cuando la transacción termine. – Entregó el sobre a Niimura-San que prácticamente se relamía los labios.

– Es un trato entonces. – Sonrió de oreja a oreja antes de despedir a Fukao-San y al desagradable hombre.

– Niimura-San, ¿Qué fue eso? – Pregunté en cuanto se fueron.

– Eso… Es la solución de la que te hablé. – Me sonrió. – Te contaré, pero no le podrás decir nada. Quiero que sea… Sorpresa. – Aclaró. – A ese hombre le encantaría adoptar al muchacho. Su esposa perdió a su hijo que era casi de su edad, y él piensa que esta es la solución perfecta. Yo también pienso que lo es para nosotros, así que no hay ningún problema, ¿Verdad? –

Lo miré confundido por algunos segundos, ¿Alguien que quisiera adoptarlo? Sonaba como algún drama que solían mirar las mujeres que "cuidaban" de nosotros en el orfanato, pero algo en la naturaleza de ese desconocido hombre no encajaba con la explicación de Niimura-San. No tenía por qué ser mentira, ¿Verdad? Un niño no tiene mucho valor para un adulto a no ser que sea ladrón, o alguien como un hijo que llene el vacio de otro.

Quizás… Sería mejor que él se fuera con una familia que lo quiera, antes de que se vaya con la mía lejos de aquí. Y tan sólo quizás… Yo no tendría que arrepentirme de mi decisión, entonces… ¿Por qué me siento como si lo estuviera traicionando?

-0-0-0-0-0-

– Onni-Chan, despierta… Despierta, Onii-Chan… –

– No tenemos tiempo, Onii-Chan… –

– Umn… –

Unas voces lejanas comenzaron a colarse en mis sueños, provocando que poco a poco me arrancaran de ellos y me regresaran a la realidad.

– Hotaru, Shiin… – Miré sus rostros algo borrosos por el sueño y la oscuridad pero pude saber quiénes eran. – ¿Qué pasa? – Pregunté más somnoliento que confundido. Sólo quería volver a retomar mi sueño.

– Debemos de irnos. No hay tiempo, los demás ya se fueron, sólo quedamos nosotros. – Explicó Hotaru, en voz baja pero apresurada.

– ¡¿Qué?! – Me levanté bruscamente, con el sueño completamente olvidado. – ¿Donde están? ¡¿Qué sucedió?! – Exigí.

– Shh… – Ambos me pidieron bajar la voz al poner sus dedos sobre sus labios.

– Nii-San nos preguntó si queríamos irnos con él lejos de aquí y conocer muchas cosas nuevas. – Los ojos de Shiin deslumbraron de emoción.

– Le dijimos que íbamos a despertarte para que fueras con nosotros. Pero él dijo que mejor nos quedáramos aquí nosotros mientras los demás se iban, y te despertáramos para reunirnos nuevamente. – Explicó Hotaru, quien al parecer se sentía como en una misión secreta.

Ese forastero… ¡¿Iba a ignorar mi decisión de quedarme aquí y obligarme a ir con él?! Porque aunque es cierto que mis hermanos querían que yo viniera, sería un problema que yo lo supiera porque podría frustrar sus planes, pero aun así el forastero se arriesgó a que me enterara. Él… Quiere que me vaya con todos sin importar qué.

– ¡Vamos entonces! –

No me importan cuáles fueron sus intenciones. En el fondo tenía la esperanza de que nunca llevara nada acabo, y sin embargo lo hizo, y… ¡Eso apenas lo dijo hoy!

Tiene bastante prisa por irse, pero yo también tengo bastante prisa en que se vaya, pero solo, sin mis hermanos, y sin mí.

Aunque eso no sea lo que en verdad quiera…

-0-0-0-0-0-

Caminamos por tanto tiempo que me pareció una eternidad. Había sido tan fácil salir de allí sin que Niimura-San se diese cuenta, que casi me parecía demasiado bueno para ser verdad. Sin embargo, ya había pasado bastante tiempo y no había señal de que alguien nos siguiera. No sabía si estar aliviado o decepcionado.

Por fin llegamos a lo que parecía el punto de reunión. Un viejo y olvidado almacén el cual reconocía de mis rondas junto con el forastero. Debía aceptar que era un buen escondite, el lugar mismo se encontraba en un área difícil de encontrar.

– Por fin llegas, Kazuo. Pensé que algo les había sucedido. – La ira que venía conteniendo salió disparada al ver como el objeto de mi enojo se acercaba a mí, y me dirigía la palabra como si nada.

– ¡Tú! –

Arremetí contra él, tirándolo al suelo, y plantando en su rostro el golpe que había querido darle desde el momento en que lo conocí. Debía de ser un deseo bastante fuerte dado que había logrado partir uno de sus labios, pero el contemplar la herida que había infringido no hacía más que hacerme sentir peor.

– ¡No, Onni-Chan, detente! – Pronto se hizo un tumulto de gente alrededor de nosotros. Mis hermanos intentaban detener el próximo golpe que iba dirigido al niño que estaba debajo de mí. Quería casi con desesperación volver a golpearlo sólo para saber si me sentiría mal o por fin obtendría la satisfacción que quería.

– Así que aquí estaban… – Una ronca voz logró desvanecer todo deseo de seguir golpeando al forastero, cuando supe quien era su dueño.

Volteé rápidamente para encontrarme con la furia en los ojos de Niimura-San, siendo secundado por el semblante encolerizado de Fukao-San.

– Estoy realmente decepcionado de ustedes. Yo que los acogí como si fueran mis propios hijos. Les di cobijo y comida y les enseñe un humilde oficio para vivir, ¡¿Y es así como me pagan?! ¡¿Traicionándome?! – Su rostro se descompuso en una expresión iracunda y rabiosa, utilizando una violenta voz que jamás había utilizado en nuestra presencia.

Estaba congelado y muerto del miedo. Niimura-San nos había descubierto intentando huir, y desde este momento las cosas ya nunca podrían volver a ser iguales.

Miré abajó de mí en busca del culpable de todo esto para exigirle que lo solucionara pero me encontré tan sólo con el suelo. Busqué nervioso su figura, hasta que mis ojos lo captaron justo al lado de una gran pila de cajas viejas y vacías, las cuales empujó con la espalda, ocasionando que cayeran y en consecuencia el lugar se llenara de sucio polvo.

Comencé a toser sin desenfreno por la suciedad que respiraba, pero alguien tomó mi mano jalándome hacia la salida y obligando a mis pies a correr lo más rápido posible.

No entendía muy bien lo que sucedía, pero seguí corriendo lo más que pude, hasta que mi vista regresó y pude ver que era el forastero quien me había sacado de allí junto con los demás, pero antes de que pudiera preguntarle algo, ambos caímos al chocar contra una fuerte pared.

– Lo tengo, Niimura. – Pared que resultó ser Fukao-San, y quien tenía aprisionado entre un fuerte agarre al forastero que luchaba por huir de su prisión.

Mis hermanos y yo no teníamos quien nos mantuviera sujetos. Habían tomado a la persona que era nuestra única esperanza y todos estábamos afrontando la derrota. Sí, yo inclusive en algún momento pensé que no sería tan malo huir, claro, antes de que nos atraparan.

– ¡Suélteme, suélteme maldito hombre! – Forcejeaba inútilmente contra el gran hombre que lo mantenía preso.

– ¡Será mejor que te calles, mocoso! – Le propinó una fuerte bofetada que resonó en la profundidad del silencio.

Los intentos por escapar cesaron al instante, pero no fue causa de aquel golpe recibido, sino por la expresión de terror que observaba en cada uno de mis hermanos, quizás… También en mí

Lo mejor era cooperar.

-0-0-0-0-0-0-

– ¡Te dije que era mejor tenerlo vigilado, viejo imbécil! –

Al llegar a nuestra prisión, Fukao-San, retomó sus quejas hacía Niimura-San. Por lo que había podido escuchar, un contacto del primero, le avisó de un avistamiento de niños por las calles lo cual los puso sobre alerta. Supongo que el forastero no se lo esperaba.

– Ya, ya, no pasa nada. Lo bueno es que ya están todos seguros. Quien sabe que les hubiera pasado a mis niños. –

Mi sangré hirvió al escuchar el tono fingido de preocupación de Niimura-San. Después de haber visto su verdadera cara, ninguno de nosotros volvería a creerse su actuación.

– A mí no me importa, pero si este mocoso se pierde vamos a estar en problemas, así que si tienes que encadenarlo, o encerrarlo, lo haces. No volveré a ayudarte de nuevo. – Liberó de su agarre al forastero, dejándolo caer en el suelo. Aunque desde ese golpe, él se había mantenido en calma. – ¡Tenlo en cuenta, viejo! – Y con un portazo salió del lugar.

– Bien, bien… – Niimura-San tomó una silla cercana, y nos miró a cada uno por largos segundos, para terminar su mirada en el forastero, quien de igual forma lo miraba con odio contenido. Jamás había demostrado frente a él, lo mucho que lo aborrecía, pero ahora que las mascaras habían caído, el forastero no dudaba en dejarle en claro sus sentimientos. – Estoy muy decepcionado de ustedes, niños. Pensé que éramos algo más que amigos, una familia. Ustedes que habían sido abandonados y a quienes yo les di una segunda oportunidad para volver a empezar. ¿Pero que me regresan a cambio? Me abandonan sin importarles lo mucho que les di, y muestran lo ingratos que son. ¡¿No les da vergüenza?! – Se levantó abruptamente, dejando caer la silla de forma violenta, y logrando que todos retrocediéramos algunos pasos hacia atrás, menos el forastero.

Claro… A él le encantaban las emociones fuertes que sólo se encontraban en situaciones peligrosas.

– Pero los perdono, niños míos. – De nuevo retomó un suave tono de voz, que ya nadie volvía creer. – Entiendo que fueron engañados por alguien mucho más astuto. Alguien que ha logrado ponerlos en mi contra poco a poco. La manzana podrida entre todas las demás. – Caminó hacia el forastero, hasta ponerse a su misma altura, encarándolo. – Dime, chico… ¿Qué te ha hecho un viejo como yo como para querer arrebatarle lo único que tiene y le da felicidad? ¿Querías irte? Podrías haberlo hecho en cualquier momento. Oportunidades tuviste muchas, pero sin embargo, preferiste robarme la poca felicidad que tenía. Pero también comprendo lo mucho que odias a los demás simplemente por ser felices. No quieres que nadie lo sea, ¿Cierto? Por eso también pretendías llevar a mis niños rumbo a la perdición. Tus padres estarían muy decepcionados de ti, sobre todo tu madre, aunque no podríamos saberlo… También fuiste abandonado igual que todos, poco le importabas. –

Fue como si en ese momento un nervio sensible dentro de él fuese tocado y destrozado toda serenidad que mantenía presente, ya que al instante arremetió contra Niimura-San en un ataque de violenta ira que pudo ser rápidamente detenida por el viejo hombre, pero mucho más grande y fuerte que él.

– Usted aquí es el único que no quiere que los demás sean felices. No duda en pregonar bondad y humildad, cuando en verdad oculta la sucia índole de su ambición. Con mentiras vanas jamás podrá manipular mi realidad ni la de nadie más ¡Lo destruiré, me escucha! ¡Incluso si yo mismo debo llevarlo directo hacia el averno, voy a ver como agoniza entre las llamas y disfrutaré de cada momento en que su voluntad ya no sean más que marchitas hojas que cualquiera pueda pisar! – Quedé pasmado por la rabia que como salvaje fuego se extendía por su mirar, devorando a su paso el claro azul de sus ojos, y convirtiéndolo en una hoguera de ira hirviente.

– Para ser un niño sin educación alguna, hablas con bastante soltura, es una lástima que eso aquí no te sirva, pero estoy seguro que a las ratas les encantará la forma en que te expresas, ¿Así que porque no pasas un rato con ellas mientras piensas un poco en tu mala actitud? – Lo llevó forcejeando todo el camino hasta… Oh no…

– ¡Niimura-San no lo lleve al sótano! ¡Él lo siente, no lo volverá a hacer! – Me atreví a pedir compasión para el forastero.

– ¿El sótano? – El forastero dejó de forcejear al instante en que escuchó esa palabra, y todo el color de su rostro se desvaneció en su totalidad hasta dejarlo tan blanco como la cal. – ¡NO, SUELTEME! ¡DEJEME IR! – Se retorció violentamente entre los brazos de Niimura-San, su voz había cambiado de encolerizada a una totalmente aterrorizada y llena de desesperación.

– Sí, ahí mismo pasarás la noche para que aprendas a no desobedecer las reglas. ¡Será mejor que pienses mejor antes de hacer algo estúpido! – Lo dejó caer sin ninguna delicadeza en la profunda y silenciosa oscuridad de aquella habitación que nunca nadie se había atrevido a traspasar. Nos recordaba tanto a los oscuros armarios en que nos encerraban, que lo evitábamos lo más que podíamos.

Al instante en que cerró la puerta e impuso una llave que nadie podría abrir más que él, se comenzaron a escuchar potentes golpes de unas manos que inútilmente chocaban con una barrera que jamás cedería a sus arrebatadas suplicas.

– ¡Abran, abran la puerta! ¡Déjenme salir, rápido!… ¡POR FAVOR, SAQUENME DE AQUÍ! – El edificio entero fue llenado con los angustiosos gritos de un alma atormentada que era consumida en la absoluta oscuridad. El terror y el pánico que suscitaban sus desesperadas suplicas hizo que el tiempo se detuviera y el latir de nuestros corazones se congelara en un sólo segundo. Jamás había escuchado una voz tan sumida en el horror que provocara múltiples temblores en mi cuerpo.

– Ninguno de ustedes tiene permitido el acercarse a esa puerta. Si veo a alguno vagando por aquí, le harán compañía al chico, ¿Entendido? – Nos miró con la dureza que siempre mantuvo escondida bajo una falsa fachada de amabilidad.

Todos, tanto mis hermanos, como yo, asentimos al mismo tiempo, aunque los desgarradores gritos que provenían de esa puerta nos martillaran la conciencia. Aquella noche nadie podría dormir… Ni por la voz de nuestra conciencia, mucho menos por los gritos que tuvimos que ignorar y los desesperados golpes a una puerta que jamás se abriría en lo que durara la noche.

-0-0-0-0-0-

– Kazuo… – Por fin había escuchado la voz que irónicamente anhelaba escuchar. Eso tan sólo significaba que pronto dejaría de oír aquella que nos atormentó de culpa en toda la noche. – Ábrele esa puerta. Estoy cansado de escucharlo. – Dijo, hastiado, al darme la llave tan ansiada por todos. – Y… – Me tomó del brazo, deteniendo mi apresurada marcha. – Me decepcionaste Kazuo, pero quiero pensar que no sabías nada de esto. No lo hagas de nuevo, eres el mayor, da el ejemplo a tus hermanos… Por su bien. – Mi piel se erizó ante la amenaza implícita en su "consejo" más me valía mantener todo en orden si deseaba que mis hermanos estuviesen bien.

– Lo haré… – Afirmé en un susurro, antes de irme rápidamente al lugar que anhelaba llegar para comprobar el estado en el que estaba el forastero.

Llegué pronto a la puerta del sótano. Los golpes en la puerta eran constantes pero no tan firmes ni fuertes como lo fueron al principio, sabía que seguro estaba cansado de esperar, pero jamás dejó de intentar escapar, aun si sabía que era en vano.

– ¡…! – En cuanto abrí la puerta unos frágiles brazos se aferraron a mí, y un tembloroso cuerpo se apegaba con desesperación al mío en busca de refugio.

– Hey, calma… Ya está todo bien. Tranquilo. – Lo abracé de regreso, acunando su pequeño cuerpo contra el mío, con el deseo de protegerlo y que supiese que lo peor ya había pasado.

– Oscuro… T-Todo… Todo está oscuro… N-No, no quiero estar más ahí, no quiero… No quiero… – Su voz era un débil sonido ronco y destrozado por haber gritado toda la noche y ahora sollozar sin cohibición alguna. Mi pecho rápidamente fue humedecido por las desbordantes lágrimas que rodaban de sus mejillas.

De pronto todo color bajó de mi rostro al subir la mirada y observar casi anonadado las profundas marcas en la madera astillada prueba de que había sido arañada con una fuerza y desesperación que sólo podía ser provocada por el horror mismo.

Alejé lo más suave posible al niño que aferrado a mí estaba, y tomé una de sus manos para notar la masa sanguinolenta en que se habían vuelto sus uñas, rastros de sangre seca y pedazos de cutícula destrozada era lo único que mis ojos podía ver. Había luchado hasta el punto de dañarse de una forma que con sólo verlo me hacía sentir dolor.

Intenté levantarlo junto conmigo, pero él se negó con firmeza al volver a pegarse a mi cuerpo tal y como si fuese una balsa de salvación. Frente a mí estaba el mismo niño aterrado e indefenso que había visto apenas ayer, pero ahora había algo tan diferente en él, que lo hacía mucho más vulnerable y fácil de romper. Aquella oscuridad había consumido su alma en tinieblas de miedo y horror, y aunque la luz de nuevo había iluminado su vista, él aún seguiría hundido en las sombras.

-0-0-0-0-0-

Los días pasaron después de aquella fatídica noche, pero no importaba cuanto tiempo pasara, los desgarradores gritos que escuché adueñándose del silencio y los golpes desesperados contra esa dura puerta jamás abandonaron ni un sólo momento los rincones de mí atormentada mente. La culpa caía sobre mí, y lamentaba cada segundo el error de haber dudado en tomar la mano del forastero y huir lejos. Ahora ese chico orgulloso y arrogante se había recluido en la soledad de su propio encierro mental. Las paredes que imaginarias eran antes y que me impedían acercarme, ahora se habían vuelto realidad, formando una firme fortaleza que nadie podría destruir más que el niño que se había convertido en silencio y vacío existencial.

El castigo a la oscuridad impuesto por Niimura-San había quebrado la resistencia y fuerza que caracterizaba una voluntad que todos habíamos admirado alguna vez y que ahora sólo nos quedaba añorar del pasado. Ya no quedaba rastro alguno del chico altanero y apasionado que había encendido la luz de nuestras ilusiones y regalado una esperanza entre el infierno que ignorábamos era nuestro hogar. Yo al final de todo, había sido el causante de asesinar esa luz y hacerla sucumbir dentro de la oscuridad que terminó por devorarla y dejarla moribunda.

No sólo el forastero había caído víctima de una profunda depresión, mis hermanos cada día, perdían la esperanza en que él se recuperaría y volvería a ser el mismo de antes, la persona que me molestaba con sus comentarios mordaces, pero que también nos hacía felices con sus relatos llenos de vida e imaginación. Esa persona que era nuestro pequeño rayo de luz ya no estaba más, sólo había quedado el cascaron vacio de lo que una vez fue y tal vez… Nunca volvería a ser…

– Hoy hace un bonito día, ¿No dijiste una vez que te gustaban los días claros llenos de sol? – Pregunté prácticamente a la nada, pues, la persona a la que iba dirigido tenía la vista perdida en el suelo donde le gustaba permanecer sentado durante horas.

Desde esa noche, el forastero se había recluido permanentemente en el techo, donde era su único lugar de estar. No importaba si en algunas noches helaba y podría pescar un resfriado, él permanecía firme y sin inmutarle nada a su alrededor.

– Me gustaría que volvieras a hablar, forastero. No sólo mis hermanos lo extrañan, yo también. Aunque seguro no me creerás. – Susurré con tristeza, y tuve que obligarme a mirar a otro lado para retener el agua que deseaba salir de mis ojos. Me lastimaba verlo en ese estado tan lamentable y no poder hacer nada por él.

– O-Onni-Chan… – La voz de uno de mis hermanos, logró sacarme de aquel estado melancólico, y así dirigir la vista hacia el rostro lloroso de Asahi.

Por favor, que no sea lo que estoy pensando…

– Qué… ¿Qué sucede? – Pregunté con el temor tomando poder en mí.

– Etsu… Etsu va a… – No logró terminar la frase ya que un sollozo rompió su voz.

– ¡Pero estaba bien en la mañana! – Exclamé anonadado.

Después del accidente de aquella noche, mis hermanos también decayeron de ánimos. Quizás, esa había sido la razón por la cual Etsu había comenzado a sufrir de fuertes y prolongadas fiebres. Esta mañana habíamos logrado mantenerla bajo control, por tal razón me sorprendía el cambio tan inesperado en su salud.

– ¿Dónde está? – La voz de un tercero se sumó a mi estupor al ser la persona a la que no había escuchado hablar ni una sola palabra en mucho tiempo.

Me volteé rápidamente para confirmar que aquella persona se había levantado de su lugar y caminado hasta llegar a mi lado.

– Forastero… – Susurré, aún absorbido por mi propio desconcierto. – A-Aquí, vamos, vamos… – No quise desaprovechar la oportunidad en confusiones. El forastero por fin había reaccionado a algo a su alrededor, y Etsu estaba a punto de…

No quise pensar más en eso, y juntos fuimos hacia donde Etsu se encontraba. Lo hallé en la misma situación en que lo había dejado, pero a diferencia de antes su semblante había empeorado dando la imagen de un enfermo que sufría en los últimos momentos de una enfermedad cruel y sin compasión.

– Nii-San… – Etsu llamó débilmente al forastero al verlo acercarse a su lado. – Estás aquí, significa que… ¿Voy a morir? – Tragué con fuerza al escuchar la forma en que lo preguntaba, casi como si ya estuviese resignado a la idea.

Observé a mi lado, como el forastero apretaba con fuerza la quijada y desviaba la mirada del lecho donde descansaba Etsu. Sabía desde lo más sincero de mi corazón, que a él también le dolía el estado de Etsu, si no fuese así, él jamás habría reaccionado después de tanto tiempo.

– ¿Quieres que te cuente una historia? – Volvió a dirigir su vista hacía él, mientras se acercaba a su cama improvisada, y se sentaba a su lado, ofreciéndole su regazo como almohada. Era el mismo ritual que había hecho con mis hermanos fallecidos al inicio de su llegada, un hecho que no traía buenos recuerdos para mí.

– ¿Por qué te alejaste de nosotros? – Etsu contestó con una pregunta que desorientó por completo al forastero. – Ya… ¿Ya no nos quieres? Es porqué… ¿Porqué no pudimos hacer nada para evitar que te encerraran? ¿Nos… Nos odias? – Vi la aflicción torturando su mirada y el miedo de estar en lo correcto.

Jamás… Jamás había pensado en la posibilidad de que él nos odiara, pero ahora me daba cuenta lo egoísta e insensible que había sido con él al restarle importancia a nuestra reacción de pasividad y miedo. Él no lo hubiera pensado dos veces para ayudarnos, inclusive si supiera que era un caso perdido, él hubiera intentado no importa qué, pero nosotros… Nosotros lo abandonamos…

– No los odio Etsu… –Aclaró con apacible voz, mientras acariciaba suavemente sus cabellos. Logré notar como fugazmente una mueca de preocupación se posaba en su rostro al tocar su frente. Seguramente Etsu estaba ardiendo en fiebre. – Hicieron lo correcto. Y estoy feliz de que no hayan actuado de forma imprudente por mi causa, eso… Me hubiera destrozado. – Su voz se tensó al concluir en un susurro. Sabía que en su corazón rondaban sombras hambrientas por devorar su luz, más desconocía el porqué.

– ¿E-Entonces por qué te apartaste?… ¿Por qué? – Etsu tuvo el intento de querer levantarse para exigir una respuesta, pero el forastero puso sus manos sobre sus hombros para mantenerlo recostado en su regazo.

– Porqué no importa lo que haga, Etsu… El pasado no se borra ni se olvida, y a veces… Se convierte en nuestra condena. – Sus palabras hablaban de amargura y tristeza pero la voz que utilizaba expresaba paciencia y amabilidad. – Ustedes no han tenido la culpa de nada. La culpa tan sólo recae sobre mis hombros, porque yo mismo soy el único con el poder de destruirme, de hacer caer mis ilusiones y de permitir que la oscuridad me abrace en su lecho. – Explicó con la misma tranquilidad que lo caracterizaba. Parecía de nuevo el mismo de siempre.

– No lo entiendo, Nii-San… – Observé la confusión en su rostro. Posiblemente la misma confusión que le he mostrado a él varias veces.

– Verás, la persona que ves aquí no siempre fue así… Hubo un tiempo en que la oscuridad fue la única compañía en mi vida. No había disfrutado de la belleza de un día soleado ni de la brisa del viento, pero no me importaba. Mi vida era una monótona rutina donde mi corazón latía por mera inercia y mi alma era un vacío espacio que no lograba llenar siendo mi naturaleza la de alguien hueco en sentimientos y emociones. No sentía nada, inclusive ahora… Me es difícil encontrar la emoción y evocar sentimientos que llenen de júbilo mi corazón, por eso prefiero vivir en mis libros, y aguardar con esperanza a ese tiempo donde mi ideal sea una realidad. Pero inclusive en ese tiempo, aunque leyera una y otra vez, no lograba hacer crecer dentro de mí algo diferente a la nada misma, simplemente lo hacía para llenar las horas de soledad y no volverme loco, si es que eso también se me hubiese permitido. Sin embargo yo también pude ser acariciado por la esperanza y aunque fuese un poco, la luz me acogió por un breve instante… – Las facciones de su rostro se suavizaron con una calma que era naciente de un recuerdo nostálgico. – Hubo una persona que logró despertar la pasión dormida en mí. Su existencia en mi vida me hizo darme cuenta de la mía propia. Me hizo… Olvidar mi deseo de morir para liberarme de lo ridícula que era mi existencia. – Hizo una pequeña pausa, sospeché, fue para recordar que debía controlar la emoción que le producían sus recuerdos. – Aquella persona logró que yo comenzara a desarrollar emociones que nunca creí capaz de sentir. Poco a poco me fui convirtiendo más en una persona que en el muñeco que solía ser… Me regaló un corazón capaz de ser feliz y también capaz de llorar. Un corazón que fue lastimado por el dolor, la soledad y el rechazo en el que vivía, pero sabes… A pesar de todo eso, lo que aquella persona me había dado fue un precioso regalo que le agradezco y que sé jamás podré pagarle por completo, porqué el tener un corazón hambriento de anhelos e ilusiones me dio las fuerzas para continuar y soportar toda tristeza y golpe que recibiera directo a mis esperanzas. –

Escuché con atención cada una de sus palabras. Jamás había imaginado que aquella fuese su realidad en el pasado, mucho menos conocer que había tenido la ayuda de otra persona para crecer como ser humano. El forastero estaba haciendo con nosotros, lo que esa persona hizo con él en el pasado. La luz se le fue entregada y él sin dudarlo ahora nos la entregaba a nosotros.

– Me enseñó lo bella que puede ser una ironía, que aun sufriendo día a día el instinto por vivir es lo suficiente fuerte para darnos el valor de continuar, siempre y cuando se tenga un sueño que cumplir. No importa que tan ardientes sean las llamas del infierno que cruzamos, nos mantenemos de pie orgullosos de nuestras yagas porque sabemos que son la muestra viviente de nuestra fuerza interior, de la valía que guardamos en el corazón. Yo que desconocía lo que el cielo era, necesité que tan sólo una persona me lo mostrara un poco para descubrir que también tenía un deseo por vivir, un motivo que me alienta en el camino y un sueño que ahuyenta las tinieblas que por muchos años fueron mi hogar. Porqué el paraíso no es el que se vive después de la muerte, sino el que en vida construimos con nuestro esfuerzo y perseverancia, sus cimientos son las dichas y el dolor por el que pasamos para llegar a disfrutarlo. –

El forastero miró a Etsu con una luz en sus ojos que jamás había visto, era diferente a la emoción que demostraba en sus historias, y también diferente a la furia que le mostró a Niimura-San. Era una luz de… Esperanza.

– Me preguntas si vas a morir, yo te respondo que no lo sé. Eso sólo lo puedes saber tú, porque sé muy bien que tú y todos los tuyos sólo han probado el infierno y se han mantenido allí por no saber a dónde ir. Pero debes saber que cada uno debe de buscar su propio paraíso y nuestra responsabilidad es luchar hasta encontrarlo. ¿Sabes ya cuál es tu paraíso? – Le preguntó a Etsu, quien rápidamente pensaba en ello como algo sumamente importante, aunque sabía que lo era. Me encontré yo mismo pensando en ello.

– He escuchado en muchas de tus historias como son injustos con quien no lo merece… Me gustaría defenderlos para que se haga justicia…– Explicó Etsu, quien en ese fugaz instante había perdido la imagen de un niño enfermo por la de uno lleno de vida e ilusión.

– Eso lo hace un abogado, bueno… A veces… – Masculló por lo bajo eso último.

Entorné los ojos en silencio por su comentario. Las costumbres jamás se olvidan, ni siquiera en momentos como estos.

– ¿Podría convertirme en uno? ¡Yo sí lo haría siempre, siempre! – Tuve que sonreír ante la emoción que había en su voz por la posibilidad de llegar a cumplir su sueño.

– Si te esfuerzas y nunca cedes ante las adversidades seguramente lo serás. – Inclusive el forastero no pudo evitar sonreír ligeramente por el buen ánimo que había adquirido Etsu a pesar de su estado de salud. – Y he ahí una razón más que suficiente para retar a la muerte y demostrarle que no perderás ante ella. Haz que tus deseos por vivir y crear tu paraíso la ahuyenten y la hagan firmar la derrota contra tu voluntad de continuar y no aceptar su frío abrazo. Si luchas contra ella te prometo que yo me haré cargo de todo lo demás para no permitir que te acaricie… Mantén tu corazón latiendo hasta el amanecer con el calor y el impulso de tu sueño y yo te mostraré el camino que deberás transitar por ti solo. – Declaró con una firmeza intachable.

– Quiero que me lo muestres… Voy a vivir, Nii-San… Viviré. – Afirmó Etsu con una seguridad tan devastadora que inclusive yo pude mantener viva la esperanza de que la misma historia tendría un diferente final. – Umm Nii-San… – De pronto Etsu pareció algo apenado y tímido ante el forastero.

– Dime. – Lo miró con una ternura que comprendí era la misma con que yo los miraba. Mis hermanos, eran ahora también los suyos.

– ¿Cuál es tu paraíso? – Preguntó con la curiosidad iluminando sus infantiles ojos.

– Mi paraíso… – El forastero pensó en ello por largos segundos y continuó. – Bueno… Eso te lo diré mañana, podría ser una razón más para continuar, ¿No crees? –

– Umm… – Fue adorable verlo hacer un pequeño mohín en forma de berrinche, hacia tanto tiempo que no podían darse el lujo de comportarse como simples niños. – Está bien… Pero sólo porque Nii-San ha sido muy bueno con nosotros. – Cedió a tener que esperar.

Observé como la sorpresa asaltaba los ojos del forastero ante las palabras de Etsu. Posiblemente no las veía venir o…

– Etsu, tú… ¿No crees que sea mala persona? – Me congelé al escuchar la misma pregunta que él me había hecho antes en un estado de completa fragilidad.

– Nop, no lo eres. – Negó con la cabeza y expreso una infantil risa, quizás pensando que el forastero había hecho una pregunta tonta. – Al principio estábamos un poco asustados. No eras muy hablador como Onii-Chan, ni nos sonreías tanto como él suele hacerlo, pero… No necesitamos ver la sonrisa de tu rostro si ya hemos visto la de tu corazón. – Declaró Etsu con una cariñosa mirada en sus ojos, y una suave sonrisa en sus labios.

El asombró me acogió totalmente desprevenido, pues no esperaba ver como cristalinas gotas en forma de lágrimas caían desbordantes de los ojos del forastero y comenzaban a iluminar un camino a través de su rostro. Había bajado toda barrera de indiferencia y control para permitirnos el ver la fragilidad de un corazón que había sido conmovido y acariciado por las sinceras palabras de Etsu.

– Vas a vivir Etsu… Todos… Todos viviremos, te lo prometo. – Sus lágrimas no se detuvieron pero sus labios se curvaron en una radiante sonrisa que emanaba la esperanza que en aquel momento nos abrigaba a todos.

Aunque estuviésemos en el infierno, todavía éramos capaces de guardar en nuestros corazones algo que nunca nadie podría arrebatarnos… Nuestras ganas de vivir.

-0-0-0-0-0-

Desperté con los primeros rayos de luz que iluminaron mi rostro. Me había recostado a un lado de ellos por cualquier eventualidad, pero la tranquilidad que caracterizó la noche era buena señal.

– Etsu ha luchado toda la noche, pero libró la batalla. – La suave voz del forastero me hizo fijar la vista a donde ellos estaban, en la misma posición en que los había visto antes.

– Él… Él está… – Me acerqué a Etsu para notar como respiraba por el suave movimiento de su pecho. Toqué con una de mis manos su frente y me sorprendí al notar que la fiebre había bajado considerablemente. – ¿Pero cómo? – Dije más para mí mismo, asombrado por el cambio en su salud.

– ¿Tienes el sueño muy pesado verdad? No te das cuenta de nada. – Comentó el forastero, sin prestar mucha atención a mi confusión.

– ¿A qué te refieres? –

– Kazuo… Tenemos que irnos lo más pronto posible… – Ignoró mí pregunta, y no hizo más que engrandecer mi estado atónito. – Si no lo hacemos puede ocurrir algo realmente malo… – Por primera vez noté preocupación en él. No me agradaba en nada ese tipo de emoción en alguien tan apacible y sólido como él.

– ¿Por qué dices eso forastero? – Pregunté con temor a la respuesta.

– Le prometí a Etsu que iba a ayudarlo a vivir si él soportaba toda la noche… – Aquello lo sentí más como una justificación que como una respuesta.

– Algo hiciste… Algo malo… – Comprendí con horror a lo que se refería con irnos. – Dios… ¿Qué fue lo que hiciste? – Exigí, y deseé que fuese algo no muy malo.

– Hice lo necesario para que Etsu siquiera con vida. Lo necesario para sobrevivir. Y no me voy a arrepentir. – Explicó seriamente. – Pero eso no dice que no tengamos que huir. Es peligroso mantenernos aquí, lo mejor sería irnos hoy mismo… – Aclaró el punto de la inminente huída.

– ¿Tienes un plan? – Me resigné a la idea. Si algo había aprendido es en confiar en el forastero cuando tomaba este tipo de actitud.

– No… No lo tengo… – Desvió la mirada de la mía y aquello me indicó que mentía.

– Tienes uno, ¿Verdad? – Insistí.

– No es uno que te guste. Pero es… Efectivo y rápido, claro… Siempre que se tomen las medidas necesarias. – Sus palabras sólo alentaron mi curiosidad y la forma en que se expresaba me daban la seguridad de que en verdad deseaba llevarlo a cabo. Pero el que diga que no me gustaría me daba muy mala espina.

– Dilo, si nos puede funcionar y es seguro que así sea, debemos de llevarlo a cabo. No tenemos muchas opciones, ¿O sí? – Lo alenté a contarme lo que había en su cabeza.

El brillo del metal haciendo contacto con los rayos de sol encegueció por segundos mis ojos recién abiertos. Oh no, no me gusta el plan.

– Si no queremos que nos descubran como la última vez, lo mejor es deshacernos del problema de raíz. – Explicó, como si no fuese suficiente el haber mostrado la daga que le había regalado.

– ¡¿Estás loco?! No podemos hacer eso. – Exclamé lo más bajo que pude para no despertar a Etsu. – Además de que está mal, es demasiado peligroso… ¿Qué tal si fallamos? – Me estremecí al imaginar el ser capaz de apuñalar a alguien como eso.

– Ese viejo tiene un sueño muy pesado. Además, seguro no lo vendrá venir. Ha pasado tanto tiempo y yo jamás he mostrado intenciones de… Bueno, eso. – Fue amable conmigo al no decir por su nombre lo que deseaba llevar a cabo. – Puedo ser muy rápido Kazuo, pero ese otro hombre también representaría un problema del que hacernos cargo. – Dijo como dándose cuenta de su punto flojo en el plan. ¡No sólo uno, quiere ir por los dos!

– Forastero, escúchame bien… Mientras yo esté aquí, tú no harás nada como eso. Puede que… Tengas razón y sea mucho más fácil y efectivo, pero no es lo correcto, está mal, entiéndelo. –

– No Kazuo, yo no lo entiendo. Creo que eso ya había quedado claro, e inclusive pensé que eso estaba bien para ti. Pero creo que me equivoqué. Jamás vas a entender que el fin justifica los medios, y que esas cosas que para ti son "malas" pueden darles la oportunidad a tus hermanos para ser felices. No es más que tomar lo que les han quitado, pero… No lo entiendes, no entiendes eso, y tampoco me entiendes a mí. Quizás jamás nadie lo haga, y tendré que vivir con la carga de la verdad yo solo. – Se separó de Etsu, y dejó que su cabeza descansara en la pequeña almohada que tenía a un lado. – Lo único bueno de todo esto es que solo siempre he estado, y así seguiré… – Se marchó del lugar, con aquella increíble habilidad que tenía para hacerme sentir como el culpable de todo, cuando era su razonamiento el errado.

Quizás sus acciones podrían traer buenos resultados, pero sé que hay otro camino para llegar a ellos, siempre lo hay… Estoy seguro.

-0-0-0-0-0-

El día había transcurrido con tanta normalidad que por un momento quise tener la esperanza de que el forastero tan sólo exageraba las cosas al decir que era peligroso quedarnos. Etsu se había mostrado mucho mejor conforme pasaban las horas y ya no parecía al borde de la muerte como la noche anterior. Agradecía en silencio lo que sea que hubiese hecho el forastero para ayudarlo en su mejoría, aunque desconocía lo que había hecho para conseguirlo. Esa frase de "El fin justifica los medios" podía ser bastante peligrosa si se tomaba como filosofía de vida.

Inclusive mantuve mi mente ocupada intentando formular algún plan maestro para ayudarnos a escapar, pero carecía de la imaginación para idear algo que no terminara en fracaso. Tenía la esperanza de que el forastero volviera a crear esta vez un plan mucho mejor, pero el silencio proveniente de la azotea no era para nada alentador.

Quizás hubiese llegado a crear el plan perfecto si los gritos iracundos de Niimura-San llamándonos, no me hubieran indicado la antesala del desastre.

– ¡Todos, los quiero ahora pegados a esa pared! – La cólera que destrozaba sus envejecidas facciones me enviaba espasmos de terror por lo que sucedía.

Al habernos reunido todos, e inclusive el forastero y Etsu, hicimos caso silencioso de su orden.

– Jamás pensé que esto podría sucederme a mí de entre todas las personas… Mi confianza en ustedes era bastante, pero tenía que haberlo visto venir desde la última traición que me hicieron. – Empezó a decir, con su voz siendo atacada por el enojo y la estupefacción.

Miré desde lejos donde se encontraba el forastero, y quise que mi mirada le preguntara qué demonios ocurría. La dura mueca en su rostro me respondió que nada bueno ocurriría.

– Uno de ustedes… De mis niños. A quienes tanto he amado y cuidado. El día de hoy, me han clavado la puñalada más profunda que pudieron haberme dado. Irónicamente he sido víctima de robo en mi propia casa, y por mis propios niños a los cuales les he enseñado a robar, pero jamás pensé que tuvieran el descaro de robarme a mí. –

Oh no… ¡Le robó a Niimura-San de su escondite secreto! Con razón había dicho con tanta seguridad que él tenía el sueño pesado. Pero, el dinero, ¿Para que lo ha robado? Él… De pronto recordé la notable mejoría en Etsu y como el forastero decía con tanta preocupación que sería peligroso quedarnos aquí.

Él había robado aquel dinero para comprar medicamento… Todo por el hecho de él no tener dinero por dárselo todo a Niimura-San, y no ser capaz de salir sin ser vigilado como para robar por él mismo. Seguramente no quiso poner en peligro a ninguno de los niños al robar por ellos mismos, y sólo les pidió que salieran a comprar el medicamente… Eso fue un acto valiente… Valiente y muy arriesgado.

– Pero no pediré respuesta de ninguno de ustedes… Mi confianza ya no es digna de ustedes. El único que aún es digno de esta es quien sé será sincero conmigo y me dirá quien ha robado este dinero, porque seguro que lo sabe… – Sentí como todo se derrumbaba en mí al ser el objetivo que apuntaban los ojos de Niimura-San.

Él me había contado que el forastero sabía donde guardaba su dinero, y que inclusive si se llegaba a perder, debía saber con exactitud que él era el ladrón. Niimura-San se acuerda de esto perfectamente y ahora, ahora… Está poniendo a prueba mi lealtad… Si cubro al forastero diciendo que no sé nada, será obvia mi mentira y en donde yace mi lealtad, pero si le digo la verdad estaría traicionándolo, y lo entregaría en bandeja de plata a la furia de Niimura-San, la cual me ha demostrado ser capaz de cualquier cosa.

Si le digo la verdad podría irle muy mal al forastero, pero si miento… Si miento, mis hermanos…

– F-Fue el forastero, Niimura-San… Lo vi está mañana saliendo de su habitación. – Tuve que mirar al suelo para no observar el asqueroso triunfo que seguro brillaba en sus viejos ojos.

– Así que de nuevo la manzana podrida… –

Fue enseguida a donde él se encontraba y lo tomó fuertemente del brazo para jalarlo lejos de mis hermanos quienes tenían en su rostro una expresión de genuino terror.

– ¡No tuviste suficiente con intentar alejar a mis niños de mí, también tenías que robarme! – Le gritó con una furia casi animal, y tuve la impresión de que esto le enojaba mucho más que el hecho de haber intentado huir.

No obstante el forastero no parecía inmutarse por la rabia con la que era asaltado. Se mantenía tan tranquilo como siempre con aquella mirada vacía y carente de emoción. Quisiera saber… ¿En realidad no le importa o sólo está manteniendo el control?

– Di algo ¡Maldito mocoso! – El sonido de una fuerte bofetada llenó el silencio de la habitación, había sido una tan llena de ira que observé cómo sus piernas desearon flaquear, más no cayó al suelo gracias al violento agarre en su brazo.

– No sé qué quiere que diga… Si usted cría ratas, es normal esperar que ellas terminen comiéndolo. – Explicó con aquella preocupante calma, aun si su boca y nariz sangraban causa del golpe recibido.

– ¡Pídeme disculpas! ¡Exijo que te disculpes ahora DE RODILLAS! – Vociferó, seguramente en los límites de su ya consumida paciencia después de que él tocara un nervio sensible.

– Pff… – Maldije al inservible instinto de supervivencia del forastero al escucharlo reír por su demanda. ¡Harás que te maten imbécil! – ¿Podría decirme desde cuando las ratas se arrodillan ante los insectos? – El crudo sonido de otro duro golpe resonó en la habitación. Había sonado tan fuerte que todos tuvimos el impulso de cerrar los ojos para no ver.

– ¡Asahi! – Llamó a uno de mis hermanos el cual comenzó a temblar al instante. – ¡Trae agua, rápido! – Lo señaló con un huesudo dedo y Asahi salió a tropezones en busca de lo pedido.

¿Agua? ¿Para qué quiere algo como eso?

– Haré lo que tus padres nunca pudieron hacer por ti. Te voy a enseñar una lección que nunca vas a olvidar. – Lo soltó de su fiero agarre y comenzó a usar sus manos para quitarse el cinturón de su pantalón y…

– Niimura-San… No es necesario llegar tan lejos. Él lo entiende, se disculpará, ¿Verdad? – Miré con desesperación al forastero, esperando que tuviera algo de razón en su mente y pidiera disculpas.

– No pediré disculpas a alguien tan bajo como este hombre. Si él me enseñará una lección, yo le enseñaré otra… – Miró a Niimura-San con ardiente odio. – Quiero que vea donde están los límites de su patético poder. – Le retó sin duda ni miedo a lo que podría sucederlo.

– Si ese es tu deseo… Estaré más que complacido a golpearte hasta que arranque una disculpa de tu carne. – Observé con pánico el demente brillo de emoción iluminando su mirada. Asahi se había tardado todo lo que tenía permitido para llegar con un cuenco lleno de agua. – Me muero por ver que tanto aguantarás hasta que comiences a llorar y suplicarme perdón. – Sacó una pequeña navaja de su bolsillo y rasgo su camisa hasta dejar su tórax desnudo.

– ¡Pide disculpas, por favor… Aún estás a tiempo! – Grité en una súplica al forastero, al tiempo que Niimura-San lo ataba al respaldo de una silla, y lo mantenía en una posición erguida. Seguramente leyendo su deseo de no arrodillarse de ninguna forma, y eso a su vez alimentando el deseo de Niimura-San de golpearlo hasta hacerlo caer de rodillas.

– Kazuo… A nadie debemos de suplicar ni mucho menos arrodillarnos. Estás pueden ser las yagas de las que hablé, y no tengo miedo de cargarlas si eso significa mantener mi dignidad intacta. – La firmeza y convicción que refulgía en sus ojos era tal que me hacía darme cuenta de la fuerza tan apasionada que ardía en su corazón. Cómo… ¿Cómo pudo decir que fue alguien vacío cuando lo veo tan radiante de vida?

– Hablas mucho, mocoso… – Se quejó Niimura-San y procedió a mojar la espalda desnuda del forastero con el agua que Asahi había traído. – Mejor empecemos… –

– ¡Nooo! – Mi grito desesperado fue rápidamente consumido por el sonido del cinturón impactándose en la blanca y suave piel del forastero, la cual fue crudamente tatuada en una roja y prolongada marca.

Niimura-San no esperó que el forastero se acostumbrara al primer golpe, pues al instante dejó caer sobre su espalda una lluvia de frenéticos y violentos golpes, donde el cuero lamía sin compasión la piel con la cual chocaba y poco a poco los marcados patrones que dibujaban comenzaban a romper el lienzo que utilizaban, haciendo que las marcas fueran remarcadas con el rojo de su sangre.

– Onni-Chan… Haz algo… –

Me pidió entre sollozos Hotaru, quien se encontraba aferrado a mi cuerpo junto con sus demás hermanos, que no se atrevían a moverse por miedo a las acciones de Niimura-San y en cierto modo para ser un apoyo para el forastero, quien aunque sus piernas comenzaban a temblar con el deseo de derrumbarse en el suelo, su rostro era una fría e impecable mascara que no dejaba salir ni siquiera un poco del dolor que seguramente se estaba volviendo insoportable.

– N-No puedo hacer nada… Nada… Yo… Yo… – No fui capaz de tener el mismo temple de piedra que el forastero y tuve que dejarme vencer por mis propias lágrimas de impotencia al darme cuenta lo inútil que era.

Había prometido que también lo protegería a él como uno más de mis hermanos, y sin embargo lo tenía aquí frente a mí siendo cruelmente azotado sin clemencia alguna. Ni siquiera a nosotros nos habían golpeado de esta forma tan brutal, pero yo nunca… Nunca pude protegerlos, ni antes, ni ahora…

– ¡Vamos maldito mocoso! ¡¿Te quedarás callado aún?! ¡¿Es que tengo que golpearte más fuerte para que aprendas?! – La paciencia de Niimura-San se estaba agotando peligrosamente al ver que el forastero no mostraba ni un solo indició de querer suplicar por un poco de compasión. Aunque a estas alturas dudaba que él mostrara algo de ella, inclusive después de suplicar de rodillas.

– ¿Ya… Se le cansó la mano… Anciano? – Su voz fue un deteriorado y áspero sonido pero aun así fui capaz de escuchar la burla en su voz.

– ¡Tú… Maldito…! – Niimura-San se puso rojo de la ira, y observé con horror como tomaba de la mesa la navaja que había utilizado con la intención de…

– ¡¿Qué mierdas está pasando aquí?! – Jamás pensé que agradecería tanto la interrupción de Fukao-San en la escena. – N-Niimura… – Un estupefacto shock se adueñó de sus ojos al ver el resultado de los golpes en la espalda del forastero. – ¡¿Es que estás demente, estúpido viejo?! – Fue rápidamente hacía Niimura-San y le arrebató la navaja y al instante cortó el nudo que mantenía al forastero atado en la silla. – ¡Mira lo que le hiciste! ¡¿Tienes idea de lo que nos podría costar esto?! – Le reclamó rabiosamente.

¿Costar?

– No pude evitarlo. Este mocoso me ha robado, y además de eso se ha negado a pedirme una disculpa. – Él aún seguía rojo de la ira, pero su voz ya había perdido parte de su arrebato colérico, quizás él si había entendido las palabras de Fukao-San.

– ¿Y tenías que golpearlo para obligarlo a eso? – Lo fulminó con la mirada. – ¡Mira lo que le has hecho! Eres un viejo y a pesar de eso no entendiste que si llegaste a este punto de herirlo jamás ibas a obtener lo que querías. Este mocoso es un hueso duro de roer. – Miró por algunos segundos al forastero, y al instante posó su vista en nosotros. Al parecer se acababa de percatar de nuestra presencia. – En realidad… El tipo de personas como él tienen… Otra clase de puntos débiles… – Nos señaló con la navaja en su mano.

No… Por favor dime que no se refiere a…

– N-No… – El jadeo entrecortado del forastero me indicó que el ya había comprendido a donde pretendían llegar.

– Cállate mocoso. – Fukao-San puso su gran mano sobre la boca del forastero para mantenerlo callado. – Ahora hazte cargo y termina con todo esto. Te puedes dar el gusto, pero tú te harás cargo de explicar este "incidente" al cliente. – Le entregó la navaja a Niimura-San, quien nos miraba atentamente, posiblemente deliberando quien sería bueno para la tarea. – No tengo nada contra ustedes, mis niños. Pero deben comprender a lo que este niño malcriado me ha orillado. Uno de ustedes le ayudara a enseñarle una buena lección para que esto no se repita, ¿Está bien? – Comenzó a acercarse a nosotros con una falsa sonrisa de disculpa.

– ¡No! ¡No voy a dejar que los toque! – Me interpuse entre ellos, para que él no los tocará con sus garras.

– Kazuo, tú eres mi favorito, no me hagas hacer algo que no quiero. – Me asqueó el darme cuenta que había cierta honestidad en sus palabras.

– ¡Puede usarme a mí, pero no toque a mis hermanos! – Exclamé con firmeza, y me sentí orgulloso de mi mismo al saber que en mis ojos ardía la misma pasión que había admirado en el forastero antes de recibir los azotes.

Yo también puedo estar tan rebosante de vida como él, inclusive si es sólo un momento y después todo acabe, esto es… A lo que él se refería todo este tiempo.

– Niimura, apresúrate, este mocoso se está volviendo muy molesto. – Exclamó Fukao-San quien se estaba comenzando a cansar de los inútiles forcejeos del forastero.

Niimura-San no contestó y en su lugar alargó su mano con la intención de tomarme, pero…

– ¡Yo tuve la culpa! ¡Fui yo! – Casi caí de rodillas al escuchar la voz de Etsu y encontrarlo al instante a un lado mío.

– ¡Callate Etsu! – Regañé con mi voz sonando más aterrada que molesta.

– Nii-San robó el dinero para comprar medicina para mí. Onii-Chan no tiene la culpa de nada… Fue por mí, sólo por mí. – Explicó Etsu, en un desesperado intento por desviar la atención de mí, y que en mi lugar lo usaran a él.

– Me sorprende que la manzana podrida haya robado por alguien más. Pero si ese era el caso sólo debió haberlo pedido y le hubiera dado el dinero, más… No lo hizo, así que… – Tomó del brazo a Etsu y rápidamente lo mantuvo cautivo en una cárcel de brazos. – Suéltalo Fukao. – Esté dejó liberado al forastero, y comenzó a caminar hacia su dirección pero se detuvo en cuanto vio como Niimura-San ponía la navaja justo en el cuello de Etsu. – Ahora, de rodillas. – Le exigió mientras sus ojos eran devorados por un brillo que se regocijaba en éxtasis de triunfo.

El forastero no dudó en echar por la borda su autoproclamado orgullo y al instante y sin queja alguna se puso de rodillas. Era doloroso ver algo parecido. Como un animal fuerte y orgulloso después de haber sido lastimado hasta despojarle de toda dignidad.

– Ahora pídeme disculpas, y… Suplica por mi perdón. – Podía ver como se relamía en éxtasis los labios. Ya saboreaba las palabras que con golpes a su carne no fue capaz de arrancarle, pero que con la navaja en el cuello de un inocente le daba un poder infinito sobre él.

– Le pido disculpas por haberle robado. Perdóneme… Por favor… – Bajó su cabeza hasta que su frente tocará el suelo en lo que era la más alta suplica de perdón que se podía hacer. – Le ruego me perdone, por favor… – Me dolía verlo humillado de esa manera tan baja, pero me dolería mucho más lo que podría sucederle a Etsu si no fuese lo suficientemente convincente.

– Umm… Me has convencido. Levanta la cabeza. –

El forastero hizo lo que se le pidió, pero la navaja aún seguía en el cuello de Etsu.

– Te daré mi perdón, pero me temo que tendré que hacer esto para que no olvides la lección. –

– ¡Noooo! –

Jamás pude saber quien más me había acompañado en aquel desgarrador grito. El rojo que llenó mis pupilas y salpicó mi rostro pintó una horrible y cruda imagen que quedaría grabada para siempre en mi memoria para que así recordara a lo largo de mi vida la culpa que siempre llevaría cargando sobre mis hombros.

– U-Usted… – En medio de mi propio espanto y agonía por haber presenciado el asesinato de uno de los míos, fui capaz de escuchar un susurro impregnado en el más profundo y puro odio.

En cuanto Niimura-San se alejó de Etsu, fui enseguida a su lado para acunar su frío cuerpo entre mis brazos y que las lágrimas que caían de mis ojos, limpiaran la sangre que manchaba su rostro.

Lo siento tanto, Etsu… Tú ibas a vivir, le habías ganado la pelea a la muerte. El forastero no tiene la culpa de nada, él cumplió su promesa de mantenerte con vida, yo debí haber hecho lo necesario para protegerlos a los dos, y el día de hoy he fallado como su hermano, jamás… Jamás podré perdonarme el haber dejado que te lastimaran y apagaran la luz de tu vida. Yo en verdad lo intenté… Juro que lo intenté, perdóname… Perdóname por ser tan inútil… Por favor…

Recordé por un segundo la presencia de los demás y miré con pavor como el forastero tenía intenciones de tomar la daga que guardaba en sus ropas, seguramente para vengar la sangre que ahora manchaba de rojo al sucio suelo.

Estuve a punto de llamar su atención para hacerlo reaccionar, pero una escalofriante y baja risa logró descolocar mis pensamientos y mirar atónito quien era el dueño de tales sonidos que enviaban temblores a mi espina dorsal.

El forastero… Se está riendo, ¿Qué le sucede? ¿Por qué se ríe?

Seguí con la mirada cada uno de sus movimientos al levantarse del suelo y caminar lejos del lugar con algo de torpeza debido a los golpes. Mis ojos no lo abandonaron hasta que su silueta cayó en medio del camino, seguramente rendido por lo que su cuerpo y mente habían tenido que soportar.

– Ese mocoso en verdad me da miedo, Niimura. – Comentó Fukao-San, más afectado por la reacción sin sentido del forastero que del hecho de que se asesinó a alguien frente a sus ojos.

– Ese ya no será nuestro problema. – Se volteó para verme a mí, abrazando el cuerpo de mi hermano. Mis demás hermanos se habían unido a mí, y sollozos de dolor y tristeza era lo único que llenaban mis oídos, porque en mi mente aún seguía aquella risa emitida por el extraño forastero.

– N-No se acerque… – Mi voz tembló fruto del miedo que me era imposible evitar al mirar como Niimura-San se acercaba a nosotros, pero sabía que en mis ojos se reflejaba el ardiente odio que por fin había sido liberado para expresarse honestamente en mí.

– Kazuo, debes entender el porqué lo hice. No quisiera que tú o tus hermanos me odiaran, eso sería un gran problema… Para mí, que los quiero tanto. –

No lo dijo, pero comprendí lo que sus palabras significaban. No teníamos el derecho de revelarnos contra él pues tendría que deshacerse de nosotros igual y como hizo con la vida de Etsu.

Tuve que apretar con fuerza mis dientes para que no salieran liberadas las tantas maldiciones que tenía acumuladas en mi garganta y quemaban mi interior por ser incapaz de sacarlas. No es lo más inteligente, no si queremos sobrevivir… Es cierto que el forastero dijo que el instinto de supervivencia es fuerte, pero… Jamás pensé que fuese tan amargo.

– Anda, tenemos que llevárnoslo. – Hizo un ademán de querer tomar el cuerpo de Etsu, dudé por largos segundos el permitirlo, pero la mirada que me dirigió me recordó de nuevo la posición en la que estaba por lo que tuve que resignarme a entregar a mi hermano a los brazos de su asesino.

– Es una molestia tener que hacerse cargo de esto de nuevo. – Gruñó Fukao-San, quien tomaba de Niimura-San el cuerpo de Etsu. Su mal humor era obvio en su rostro.

– Le darán un entierro, ¿Verdad? – La desesperación y angustia me fue imposible esconder en mi rasgada voz.

Niimura-San me miró por largos segundos que me parecieron años. En aquel instante me sorprendí al notar en sus ojos algo que jamás me había expresado… Lástima.

– Fukao… – Le dirigió una mirada al aludido y observé una mueca de disgusto en su rostro, pero no hubo replica alguna. – Bien… Pero hazte cargo de ese mocoso. Ahora necesitará cuidados por tu culpa Niimura. – Y con esas palabras salió por la puerta con un hermano en brazos que nunca jamás volvería a ver sonreír…

-0-0-0-0-0-

Después de lo ocurrido nadie fue capaz de profesar alguna palabra o inclusive emitir algún sonido. Habíamos llorado tanto hasta el punto de secar nuestros ojos y drenar todas nuestras fuerzas para dejarnos cansados y ceder ante el sueño.

Tenía la ilusa esperanza de que al despertar todo hubiese sido una terrible y mala pesadilla, pero los rayos del sol y la tristeza en los rostros de los míos me despertaron de mi estúpido sueño lleno de esperanzas huecas.

– Kazuo… – Apenas había abierto los ojos, Niimura-San vino a mí. – Necesito que me ayudes con el muchacho. Se tiene que tratar pero no quiere que me le acerque. – Soltó un suspiro cansado y yo tuve que tragar mis palabras llenas de odio. Obvio que él no quiere que te le acerques, yo tampoco quisiera que me hablaras siquiera pero me obligas a pesar de todo.

– Yo lo haré. – Me levanté y dejé que me guiará a donde el forastero se encontraba.

Para mi sorpresa me encontré con que Niimura-San lo tenía en una de las habitaciones que casi no se utilizaban pero que estaba en mejor estado que las demás. El forastero estaba hecho un ovillo sobre la improvisada cama. Ni siquiera hizo movimiento alguno al percatarse de nuestra entrada.

Niimura-San me explicó rápidamente lo que debía hacer para tratarlo, y me entregó un frasco de medicina en crema y un conjunto de gasas para utilizar al final. Después de terminar, él se fue ya que sabía que su presencia era un gran impedimento para la cooperación del forastero.

Me acerqué a su pequeño cuerpo de la forma más sigilosa posible para no asustarlo. Puse mi mano en su hombro para que se acostara boca abajo y poder aplicar el ungüento, pero él se mantenía tan rígido como una piedra.

– Ey forastero, ayúdame un poco. – Quise llamar su atención, pero ni siquiera me dejaba ver su rostro al tenerlo enterrado entre sus brazos. – Vamos… – Intenté mover sus brazos, pero él forcejeaba por mantenerlos formando una jaula a su alrededor.

– No quiero… – Mis intentos se detuvieron en cuanto escuché lo rota que estaba su voz. – Kazuo, seguro tú ahora… Me odias. – Una dolorosa punzada atravesó mi corazón al saber la razón por la cual no quería que lo viera.

– No te odio… – Susurré, cautivó aún del dolor en mi interior. – No te odio forastero, así que… Déjame ver tu rostro, por favor… – Esta vez hablé con más firmeza, lo cual tuvo resultado al notar como sus brazos cedían y me dejaban ver sus enrojecidos ojos, los cuales me dijeron que él también había compartido nuestro dolor y tristeza.

– Deberías hacerlo, yo… Si te hubiese escuchado en ese momento nada de esto habría pasado… Etsu… Etsu aún seguiría vivo, pero por mi culpa él… – Me resultaba doloroso escuchar como él se castigaba a sí mismo con cada una de sus palabras, y aunque su voz denotara la agonía que sufría no se permitía el descansar de su castigo. – Si hubiera olvidado por un momento mi orgullo, yo… –

– Tú hubieras dejado de ser tú mismo. – Lo interrumpí antes de que continuara con su auto castigo. – Está bien… Tenías razón cuando dijiste que nadie debería de arrodillarse ni suplicar, nos enseñaste eso de una manera que nunca podremos olvidar, pero… También nos enseñaste a como dejar el orgullo de lado por el amor hacia alguien más. Tú hiciste lo que se te pidió para salvarlo, pero no fue culpa tuya que los demás sean tan crueles…– Expliqué la resolución a la que había llegado en el largo tiempo de silencio que tuve esa noche.

– Pero le fallé, Kazuo… Le fallé a Etsu, no pude cumplir mi promesa… Jamás podré hacerlo… – Noté como sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas que deseaban salir libres, pero él pronto las retenía con una fuerza que de sólo verla me hería el corazón y llenaba mi interior con deseos de consolar su pena.

– Cumpliste tu promesa… Le ayudaste a que continuara con vida, y le regalaste esperanza para ello. Hiciste todo lo que estaba en tus manos, y sé que sea donde sea que Etsu esté, él sabe que cumpliste tu promesa. – Musité con una suave voz para tranquilizarlo mientras una de mis manos acariciaba su cabello, en un acto que siempre usaba para calmar a mis hermanos.

El forastero se mantuvo callado, pero observé en silencio como rompía las paredes de su interior y permitía a su dolor salir liberado en forma de incontables y amargas lágrimas.

– Sabes… Ayer que mencionaste sobre el paraíso personal de cada uno, creía que… Que yo no tenía uno, pero descubrí que lo tengo en verdad. – Afirmé con calma en la voz. Deseaba dirigir sus pensamientos a otro lado que le impidiera seguir hiriéndose por lo ocurrido.

– ¿Cuál es? – Su voz afectada por las lágrimas y sus ahogados sollozos hizo acto de presencia.

– Mi paraíso es… Ver como mis hermanos alcanzan el suyo propio y se dedican a ser felices todo lo que reste de su vida. Poder admirar el resultado de sus esfuerzos me llenaría más que cualquier otra cosa en el mundo. – Expliqué con una sonrisa en el rostro.

– Es… Un buen paraíso. – Lo escuché susurrar y observé en aquel instante como esbozaba una pequeña sonrisa.

– ¿Cuál es el tuyo, forastero? Nunca lo dijiste. – Esperé que mi pregunta no removiera oscuros recuerdos que lo retornaran al estado en que lo había sacado recién.

– Mi paraíso… – Tomó su tiempo para pensar, quizás él no lo tenía muy claro aún. – Que la persona a la que tanto quiero y le debo sea capaz de… Aceptarme tal y como soy. Ese sería mi paraíso, pero… No sé si sea posible… – Escuché la desolación en su voz al igual que vi el dolor regresar a él para atacar la calma en sus ojos, y me arrepentí de haber hecho una pregunta tan íntima y sensible para él.

– Ven, tenemos que curarte. – Me senté a un lado suyo y palmeé mi regazo para indicarle que recostara su cabeza allí. Noté la confusión en su mirada y continué para explicar. – Tú siempre le prestas tu regazo a mis hermanos, pero estoy seguro que nunca nadie te ha prestado el suyo, así que ven antes de que me arrepienta. – Bromeé con eso último al sorprenderme de encontrar fuerzas de algún rincón dentro de mí y dedicarle una suave sonrisa para darle confianza.

El forastero pareció también sorprendido de mi gesto, y en silencio dejó que su cabeza descansara en mi regazo, mientras dejaba al descubierto su espalda para que la tratara.

Tuve que reprimir un jadeo al observar el estado actual de sus heridas. Aunque éstas ya no sangraban como al principio, seguían igual de rojas y ahora se habían vuelto más prominentes al estar inflamadas. Le iban a quedar marcas, ese era un hecho.

Dentro en mi mente me tuve que preguntar si esas yagas serían un recuerdo para sentirse orgulloso de su fuerte voluntad, o quizás serían un recuerdo que jamás le dejaría olvidar la culpa que aún creía que era suya.

No tuve el valor para preguntarle algo tan íntimo y delicado por lo que me dediqué a tratar las heridas de su espalda al aplicar el ungüento que tenía.

– Sabes… – Me sorprendí al escuchar su voz pues pensaba que la conversación jamás volvería a ser empezada por él. – Tú tenías razón, Kazuo… Los dragones, los seres mágicos y todo eso en que creía no son reales… – Indicó con una total resignación que me hizo entristecer aun si sabía que eso era lo mejor, el que dejara esas ideas infantiles y reconociera su realidad, y aun así me resultaba un poco… Triste. – Pero los monstruos… Ellos en verdad existen y lo peor de todo es que portan mascaras humanas… Se alimentan del dolor ajeno y aun satisfecha su hambre no dudan en causar sufrimiento por el mero placer de hacerlo… – Esperaba escuchar alguna nota de odio y repudio en su voz, pero lo único que logré descifrar fue una infinita aflicción. – No lo entiendo Kazuo… ¿Por qué existen ese tipo de personas? ¿No se sienten mal al herir a quien no lo merece? Por qué… ¿Por qué nadie los detiene? – La angustia e inquietud de su voz logró sembrar dichas preguntas en lo más profundo de mi mente. Jamás me había puesto a pensar en ellas, y ahora que buscaba la respuesta no me encontraba más que con la confusión misma.

– Todos obtienen al final su merecido… O cuando menos eso es lo que todos dicen. – Dije al no saber que más responder a sus preguntas, y me dediqué a cubrir sus heridas con las gasas que tenía a mi disposición.

– ¿Quién se los da? – Preguntó al instante y supe que esperaba seriamente una respuesta de mi parte. Yo no era precisamente el mejor para esa tarea.

– No lo sé… Dios, supongo. – Contesté lo más obvio a responder.

– ¿Y si no existe? – Preguntó de nuevo. – Si él no fuese real, ¿Entonces qué sucede con ellos? ¿Se quedan sin pagar sus pecados? – Cada pregunta nueva que hacía me enredaba mucho más al querer responder, pero me preocupaba el notar lo mortificado que lo ponían tales cuestiones.

– Ayer… Antes de que cayeras desmayado… – Quise salir por la tangente, al cambiar el tema e irme a otro que en lo personal me preocupaba y llenaba de curiosidad. – Por un momento pensé que sacarías la daga que te di e irías contra Niimura-San para atacarlo, pero te detuviste, e inclusive… Comenzaste a reír… – Tuve que retener un escalofrió al recordar aquel sonido. – ¿Por qué te estabas riendo? – Pregunté confundido.

– No… No te gustaría saberlo. – Escondió su rostro en mi regazo.

– Es algo malo, ¿No? –

– Para ti. – Aclaró en voz baja. – Pero a mí me ayudó mucho para mantener la calma y no empeorar las cosas… –

– ¿Qué fue? Dímelo forastero. Te prometo que sea lo que sea no te diré nada, ni permitiré que eso cambie lo que pienso de ti. – Intenté sonar lo más convincente posible pues ni yo mismo estaba seguro de eso último. Yo aún tenía mis reservas de su forma de pensar, pero debía aprender a separar lo bueno y lo malo que había en él.

– Me reí porqué… Comencé a planear las cosas que podría hacerles para vengarme de lo que le hicieron a Etsu. El sólo imaginar mi venganza consumida me ayudó para calmar mi enojo y también mi dolor. Me ayudó a… Ser paciente para obtener éxito… – Explicó en un muy bajo susurro, y aunque notaba algo de vergüenza en su voz, sabía que era porque yo lo miraba como algo malo, pero no porque el pensamiento en si fuese malo.

– Ellos obtendrán su merecido… –

El forastero se levantó abruptamente de mi regazo para verme con sorpresa a los ojos por lo que había dicho.

– Pero de la forma correcta. – Aclaré.

– No me queda tiempo, Kazuo… – Afirmó, haciendo referencia a que él ya sabía que lo llevarían a otro lugar.

– Lo sé. – Puse mis dos manos en su rostro para que sus ojos se posaran fijos en los míos. – Pero te prometo que pensaré en un plan para que huyamos de aquí. Por favor, déjamelo a mí, confía en mí. – Mis ojos le suplicaban una oportunidad para demostrar que podía hacerme cargo de las cosas y sacarlos a todos adelante.

– Bien… Confiaré en ti Kazuo. – Su mirada me respondió con la seriedad y firmeza de su honestidad.

Ahora me había tomado una responsabilidad muy grande y el deber de idear un plan en un tiempo muy corto. Debía volver a ese sueño lleno de esperanzas si deseaba tener éxito.

-0-0-0-0-0-

Habían pasado dos semanas desde que hice aquella promesa con el forastero. Me había hecho cargo de sus heridas por ese tiempo, y me alegraba el ver que poco a poco comenzaban a sanar hasta el punto que él podía volver a recluirse a la azotea. Aunque era una actitud de aislamiento, me preocuparía mucho más si él comenzase a comportarse diferente de lo usual. Tenía la esperanza de que además de las heridas de su cuerpo, las de su corazón y mente también sanaran.

No obstante tenía preocupaciones mucho más grandes en este momento. Había prometido que tendría un firme plan para huir por fin del lugar, pero debía aceptar que no había llegado a idear algún plan que no tuviera algún punto ciego o debilidad. El tiempo se estaba acabando, aunque desconocía cuando eso sucedería. Mientras más tiempo pasaba mis esperanzas se iban desvaneciendo, hecho que ocultaba del forastero a quien le había hecho tal promesa.

Jamás llegué a pensar que el forastero tuviera sus propios planes, pero…

– ¿Qué estás haciendo? – Pregunté claramente confundido e inclusive anonadado por lo que miraba.

Era una de esas noches en las que no podía dormir y tenía que levantarme a recorrer los alrededores del lugar hasta conciliar de nuevo el sueño. Había pasado por la habitación inhabilitada que utilizaba antes el forastero, y mi sorpresa fue cuando logré captar su figura entre las sombras, manipulando ciertos polvos blancos que hacia tanto tiempo mis ojos no miraban.

– Kazuo. – Lo había descubierto haciendo algo muy malo pues escondió detrás suyo lo que tenía en sus manos, junto con una pequeña botella que era…

– Esa botella… Le pertenece a Niimura-San. Suele tomar de ahí, ¿Qué haces con ella? Y esos sobres blancos… ¿Qué significa todo esto forastero? – Me acerqué a él, y exigí una pronta respuesta. No me gustaban como pintaban las cosas.

– Es… Parte de mi plan… – Contestó, aunque huyendo de mi fija y atónita mirada.

– ¿Cómo que tu plan? No entiendo nada, ¡Explícate! – Elevé más de lo debido mi voz, y aquello en verdad que afectó al forastero pues dejó caer lo que escondían sus manos para ver de nuevo que no había ninguna duda en lo que vieron mis ojos. – Tú… Se supone que toda la que te daba Niimura-San la tirabas, o cuando menos eso me hiciste creer. ¿Por qué aún tienes? – Levanté las pequeñas bolsas, que en conjunto formaban una buena cantidad.

– La tiré, eso es cierto, pero… No toda. – Me arrebató las bolsas de las manos, al parecer había retomado el control después de haber sido sorprendido por mí. – Siempre se tiene que estar preparado, y por eso guardé parte de estas bolsas porque una gran cantidad es como veneno mortal que podría… Serme de utilidad. – Explicó.

– No… Tú… – No podía creer lo que me estaba imaginando. – ¿Pretendes matarte porque aún no tengo algún plan? ¡¿Llegarías tan lejos?! – Reclamé con el enojo y el odio que comenzaba a crecer hacia mí mismo por pensar que mi inutilidad podría orillarle a tales extremos.

– ¿Qué? – Sin embargo la expresión tan confundida en su rostro me hizo dudar de seguir alimentando mis sentimientos. – Kazuo, yo… No te voy a mentir y decir que jamás ha pasado por mi cabeza, pero eso sería en un caso totalmente extremo donde nada haya funcionado, pero esto no es para… –Ahora se notaba incomodo por explicar el verdadero significado de sus acciones. – Kazuo… Han pasado dos semanas y no has tenido ningún plan… Ni siquiera me has dicho algo sobre eso, y yo… No puedo mantenerme sin hacer nada. Esto es… Mi plan… Y creo que no necesito decirte que no es para nada lo que tú harías… – Me habló como si fuese cualquier chiquillo de cinco años.

– ¿Qué pretendes hacer? – Pregunté, controlando mis ganas que tenía de volver a arrebatarle los sobres y tirarlas por la ventana como debió haber hecho desde el principio.

– Lo leí en un libro… – Entorné mis ojos, ¿Dónde más si no ahí? Quizás esos libros son los culpables de las ideas tan locas que tiene. – Explicaban que una sobredosis de esta droga era tan mortal como para causar la muerte, pero tendría que hacer que la consumiera sin darse cuenta… Es por eso que pretendo juntarla con el contenido de su botella, que a juzgar por su olor se trata de alcohol, y si las juntas… Es mucho más efectivo el resultado. – Explicó, tal y como si explicara porque el sol entraba y salía todos los días.

– Pretendes… ¿Pretendes deshacerte de Niimura-San mediante una sobredosis? – Quise que lo reafirmara pues aún no encontraba posible que él tomara en serio la posibilidad de llevarlo a cabo, es decir… Está hablando de… Matar…

– Es la mejor forma… Aunque bastante gentil… – Masculló para sí mismo.

– ¿Y qué me dices de Fukao-San? ¿Cómo te harás cargo de él? – Le seguí la corriente tan sólo para saber que había planeado para él.

– Después de que ese anciano tomé eso, no tardará mucho en dejar de ser un problema. Lo siguiente será algo cansado, pero es seguro que no fallara. Será cuestión de esperar justo detrás de la puerta la llegada de ese hombre y en cuanto ponga un pie en la entrada debemos de rasgar sus tobillos, eso hará que caiga y no pueda levantarse, y en esa situación será mucho más fácil regresarle la lección que hace poco nos enseñó. – Concluyó con una precisión y seguridad en su plan que me hizo estremecer.

Debía de aceptar que su plan no sonaba ni complicado ni tampoco parecía tener algún punto débil pero… ¿A qué precio?

– Bien suficiente de eso. – Le arrebaté los sobres que tenía en sus manos y antes de que pudiera quitármelos, los tiré por la ventana más cercana. – Mucho mejor, deberías de recordar que eres un niño y no un… –

Fui interrumpido al instante pues un cuerpo chocó contra el mío y terminó por derrumbarme en el suelo.

– Tú eres el que debería de recordar la situación en la que estamos. – Me sorprendió escuchar el enojo contenido que había tanto en su voz como en sus ojos, una ira que sentía rozar las debilidades de mi ser, y que jamás espere ser objetivo de ella. – Esto no es un juego Kazuo… Muchas cosas están en juego ¡Maldición, nuestra propia vida lo está! – Exclamó lo más alto que pudo para no despertar a nadie. – Todo este tiempo he soportado tus malditos juicios de estúpida moral. He querido hacer las cosas a tu gusto, pero el tiempo me ha demostrado que lo único que obtendré de ello es un final que yo no he decidido para mí. – Lo observé con los ojos muy abiertos por lo anonadado que me había dejado tales confesiones.

– No debes desesperarte. Pensaré en algo… Siempre habrá más caminos, yo…–

– ¡Mentira! ¡Ya deja de mentirme y de mentirte a ti mismo Kazuo! ¿Quieres más tiempo? ¿Quieres más tiempo del que ya no tenemos para poder satisfacer a tu consciencia? ¡Porque no lo tenemos! Y yo no me voy a arriesgar para darte el gusto. Por qué… ¡¿Por qué no aceptas tu inutilidad?! ¿Por qué no aceptas que yo he venido a marcar el cambio que tanto necesitaban? ¡¿Por qué no aceptas que tengo la razón?! ¡¿Por qué, Kazuo?! ¡¿Por qué sigues estorbándome en el camino?! – Comenzó a lanzar pregunta tras preguntas al parecer con toda la razón perdida mientras me tomaba de los hombros para zarandearme a su gusto.

– Eso es lo que quieres, ¿No? Quieres deshacerte de mí al igual que con Niimura-San y Fukao-San… Me he convertido en un problema más para tus planes, y por eso también debo ser eliminado, ¿No es así? Entonces… ¡Hazlo! ¡Hazlo si piensas que lo haces por el bien de todos…! – Llegué a mi límite y me encontré alentándolo a quitarme del camino.

– Quizás debí de hacer eso desde el inicio… – No sabía ni a qué emoción darle lugar al observar atónito como él sacaba la daga que le había dado y ponía su fría y filosa cuchilla contra mi cuello. – No juegues conmigo Kazuo… Tú no me conoces, nadie lo hace. – Su voz era tan gélida y sin sentimiento alguno que supe en mi interior que él era capaz de deslizar esa hoja en mi cuello sin duda alguna.

– Entonces hazlo… ¡Vamos! – No sé en que estaba pensando, pero un extraño sentimiento me gritaba que lo retara y buscara apretar la sensibilidad de sus nervios. – Dices que el fin justifica a los medios sin importar qué… Desliza esa daga y sacrifica mi vida en nombre de la de mis hermanos… Comete este pecado por las causas correctas y no dudes que lo haces por el bien mayor… ¡Conviértete en lo más bajo de un ser humano…! ¡Sé lo que nunca he querido para ti… Un asesino! – Al instante en que dije esa palabra, sentí como la daga temblaba y una pequeña punzada de dolor me obligaba a cerrar los ojos preparado de lo que vendría, pero jamás esperé que le siguieran frías gotas que caían en cascada sobre mi rostro y el metálico sonido de la daga cayendo al suelo.

– N-No puedo… No puedo hacerlo… – Abrí lentamente mis ojos, para así ver su rostro lloroso, afectado por la congoja del sentimiento que mis palabras habían despertado en él. – ¿Por qué no puedo? No lo entiendo… Eres un obstáculo para mí, pero… No puedo… ¡No puedo! – Sus pequeños puños comenzaron a golpear mi pecho, pero sus golpes eran tan torpes y guiados por sus emociones que no causaban gran daño. Yo permití que siguiera descargando su frustración en mí, o si no temía que algo en él se rompiera para siempre.

Los golpes no duraron mucho, pero los sollozos desconsolados y sus lágrimas no se detenían ni parecían querer hacerlo, ahora que él había olvidado todo rastro de ira y se encontraba llorando en mi pecho.

– ¿Por qué no puedo Kazuo? No lo entiendo… ¿Por qué no eres como esos monstruos para poder deshacerme de ti sin culpa alguna? ¡¿Por qué me tiene que importar?! – Escuche cada una de sus sollozantes preguntas tan llenas de angustias y dudas, y me dediqué a abrazarlo contra mí mientras mi mano acariciaba con suavidad su espalda en un intento por consolarle.

– Es porque eres humano tú también… – Contesté con la simple respuesta a la que mi corazón había llegado. – Porque aunque quieras pensar que no tienes sentimientos y por eso puedes hacer lo que quieras, nunca podrás negar que sientes culpa y tienes una consciencia que también te atormenta como a todos… Porque tú no eres como esos monstruos contra los que estamos luchando. – Lo tomé de la barbilla para que me viera a los ojos directamente. – Tú eres nuestro rayo de luz en la oscuridad, forastero. Nunca lo olvides. – Le sonreí cálidamente.

– P-Pero intenté matarte… – Susurró, avergonzado de sí mismo.

– Sí… Y me pegaste un buen susto, pero… No lo hiciste. – Expliqué con calma, para que él comprendiera que no había rencores de mi parte.

– No sé si después de esto puedas confiar en mí… – Comentó, con su voz más baja de lo usual y desviando su mirada de la mía.

Bueno, en eso tenía que darle la razón. Y aunque sabía que él comprendía lo malo de lo que estuvo a punto de hacer, yo no tenía la seguridad de salir vivo la próxima vez que tuviera un ataque de desesperación. Sabía que esa había sido la razón de su actitud, se había cansado de esperarme, y quizás hasta pensó que… Yo lo dejaría abandonado. Tengo parte de culpa por ni siquiera darle la cara y decirle lo que sucedía, él no dijo ninguna mentira al decir que era un inútil. Yo lo sabía, pero que me lo dijeran era mucho más doloroso.

Estaba tan ensimismado en mis pensamientos que ni siquiera noté cuando él se bajó de mi cuerpo y volvía a tomar la daga en su mano.

– O-Oye ¿Qué estás haciendo? – Pregunté atónito al observar casi sin creerlo como él usaba la daga para abrirse una herida en una de sus palmas, la cual comenzó a sangrar sin detenerse.

Hice ademán de levantarme para buscar algo con que parar el sangrado pero su voz me detuvo al instante.

– Esto es parte de uno de los más sinceros e irrompibles juramentos. Un lazo de sangre que nos unirá como hermanos verdaderos. Al entrelazar nuestra sangre entregamos nuestra lealtad e incondicional apoyo al otro. – Explicó palabra por palabra para que comprendiera la intensidad del juramento.

– ¿Y si alguien lo rompiera? – Pregunté. Aunque esperaba que eso jamás fuese necesario, aunque no había dicho que lo haría.

– Al romper un juramento tan intimo como el mismo lazo que forma, el pago es la sangre misma del que lo rompe. Al hacerlo, le da total derecho al otro para quitarle la vida por su traición. – Lo dijo con una seriedad que dejó congelado por segundos los latidos de mi corazón. – No estás obligado a aceptar. Es la única forma que veo para que tú puedas confiar en mí y… Yo en ti. – Sentí una punzada en mi interior por la herida que me causaba el que él reconociera que había dudado de mí.

– Lo haré… – Tomé la daga de su mano, y reprimí un quejido de dolor cuando comencé a deslizar la hoja por mi palma de la misma forma en que él lo había hecho.

El forastero me dirigió una honesta mirada de agradecimiento y me ofreció su mano herida la cual estreché con la mía que ahora también sangraba.

– Desde hoy y hasta el día de nuestra muerte somos hermanos de sangre. Juro por este nuevo lazo que nos une que me convertiré en la voz de tus deseos. Haré realidad los sueños que de tu corazón nacieron. Mi palpitar se unirá al tuyo para acariciar las heridas de tu alma. Y tu voluntad… Se volverá la mía. – Sus palabras me robaron el aliento por la intensidad y la pasión que había en su voz al hablar.

Me había quedado atrapado en el sonido de su voz, que olvidé por completo que debía decir algo yo también para completar el juramento.

– Juro por este lazo que ahora nos une que… Te protegeré. –Dije con una firme voluntad y el calor que me llenaba por satisfacer ese anhelo que estuve ignorando por tanto tiempo, pero que ahora la encadenaba en un lazo irrompible. – Juro que veré por el mejor porvenir para ti. Mi compañía y apoyo será algo que nunca te faltará y no existirá miedo que me haga huir de la adversidad siempre que se trate de ti. – Mi voz vibraba de una emoción desconocida al saber que desde ese momento y hasta mi muerte, siempre compartiría un fuerte lazo con alguien más.

– Desde este momento estamos juntos en esto Kazuo. – Afirmó, aún sin soltar mi mano, pero era un contacto tan cálido que ninguno deseaba darlo por terminado.

– Juntos… Idearemos el plan perfecto para huir y comenzar una nueva vida. – Sonreí con la ilusión y la esperanza renovada por un buen futuro tocando a nuestras puertas.

La sonrisa que él me regresó me indicó que no estaba solo en el mismo sentimiento. Nosotros… Saldríamos adelante.

-0-0-0-0-0-

Después de limpiarnos la herida en nuestras manos, dejamos que el cansancio de lo sucedido nos tomara para caer rendidos en el sueño. El forastero había cambiado de actitud y sabía que ahora confiaba en mí, parte de ello lo demostraba el hecho de que decidió dormir junto a todos en vez de recluirse en su cómoda y triste soledad.

Al día siguiente despertamos y todo marchó sin ninguna eventualidad, ya eran las 12 del día y estaba a punto de irme a trabajar junto con mis hermanos, cuando Niimura-San dejó que ellos se fueran sin mí, pues necesitaba hablar conmigo.

Por experiencia propia sabía que no era un buen indicio para nada, y me temí lo peor… Que el tiempo que el forastero dijo que se nos estaba terminando, en verdad se hubiese acabado hoy, apenas un día después de haber arreglado nuestras diferencias.

– ¿Sucede algo, Niimura-San? – Obviamente sucedía algo, por algo me había llamado, pero debía fingir ingenuidad y eso me era ya muy cansado.

– Necesito de tu ayuda, Kazuo. – Comenzó a decir, y como siempre, él también fingió preocupación. Me preguntaba si también para él ya era cansado. – El día de hoy se llevaran al muchacho. –

Fue como si un cubo de fría agua hubiese sido vertido sobre mi cabeza con aquella noticia. Era el peor de los escenarios posibles.

– Verás… Tengo miedo de que él no se muestre muy cooperativo y le de algún problema a Fukao en el trayecto hacia su nuevo hogar. Comprenderás que es un gran problema, ¿No? –

– ¿Quiere que lo tranquilice y le diga que se porte bien? – Pregunté con incredulidad. Dudaba que en una situación normal él me escuchara y se lo tomara con calma.

– Por supuesto que no. – Al parecer él sabía lo mismo pues se echo a reír. – Sólo quiero que le hagas tomar esto. – Me ofreció una bandeja con su respectiva taza con té caliente. – Tiene un efecto… Calmante. – Sí… Claro… – Se un buen chico y haz que se lo tome, ¿Sí? – Me guiñó uno de sus envejecidos ojos y me reprimí una mueca de disgusto.

– Haré lo mejor que pueda. Ya sabe como es. – Tomé la bandeja con su contenido y me fui de la habitación.

A pesar de que la situación no era la mejor, debía ver el lado bueno al saber que Niimura-San no sospechaba de mí uniendo fuerzas con el forastero. Era claro que él pensaba que aún estaba siendo sumiso por el miedo a sus acciones. Lo mejor era que pensara que así seguía, pero mucho más importante era formar un plan de emergencia junto con el forastero.

– ¡Tenemos muy malas noticias! – Llegué rápidamente a la habitación donde él estaba, ya que desde el incidente del intento de huida ya no se le permitía salir como a los demás.

– ¿Me vas a drogar con eso? – Señaló con bastante calma la taza de té.

– Se supone, pero no lo haré. – Vertí su contenido por una de las ventanas. – Pretenden llevarte hoy quien sabe a dónde. Seguro Fukao-San no tardará en venir por ti. ¿Qué haremos? – Pregunté, claramente nervioso.

– Tenemos una suerte terrible… O más bien un karma muy sucio. – Reflexionó para sí mismo con una tranquilidad que sólo hizo que me pusiera más ansioso.

– ¿Cómo puedes estar tan tranquilo? ¡Te van a llevar hoy! ¡Y no tenemos un plan! – Exclamé con una voz más alta de lo esperado y el forastero al instante puso su mano sobre mi boca para mantenerme callado.

– Kazuo, mantén la calma. Nada bueno se puede obtener de estar tan nervioso. – Me habló con seriedad. – Y yo tengo que mantenerme así de tranquilo porque si no lo hago me dan ataques como el que me dio ayer que estaba igual de desesperado que tú ahora. Y no queremos eso, ¿Verdad? – Negué con la cabeza al no poder hablar. Él se dio cuenta y alejó su mano de mi boca.

– Me imagino que ya tienes un plan entonces… – Quise tener la esperanza, pero…

– No… No tengo nada. – Aunque dijo sobre mantenerse calmado, pude escuchar cierta frustración en su voz. – Pero algo se me ocurrirá Kazuo… Siempre sucede. A veces sólo se necesita de presiones como estás para idear un buen plan. – Comentó con seguridad.

– ¿Y si no se te ocurre nada? – Me sentí terrible al quitarme yo mismo la tarea de pensar en algo. Quizás para el forastero servía, pero yo bajo presión no puedo pensar claro. – ¿Y si no funciona? – Proseguí con mis miedos.

– Si no funciona, entonces… Yo en verdad te voy a odiar por haber tirado por la ventana mi única salvación. – Quise pensar que se refería al té, pero sabía muy bien que se refería a los sobres de los que me deshice ayer. – Oh, pero aun tengo la daga que me diste. – Exclamó con visible alivio.

– Tú no puedes… – De pronto fui callado por su mano en mi boca.

– Ya lo sé… – La tranquilidad y calidez que se mecía en el azul de sus ojos me transmitió esa misma paz que tanto necesitaba. – Por eso daremos todo de nosotros para que todo sea un éxito y yo no tenga que llegar tan lejos. – Aseguró y bajó la mano con que tapaba mi boca. – Pero para eso necesito tu ayuda Kazuo. –

– Sabes que la tienes. – Le mostré la herida que había en mi mano para recordar nuestro juramento.

– También necesitaré de tu comprensión… Yo aún no sé qué tan lejos deberé de llegar. Pero en esta situación no podemos quejarnos… Mucho menos elegir. – Tragué saliva ante lo que eso significaba.

– Haz lo que tengas que hacer, pero… No hagas nada innecesario. – Le pedí seriamente.

– Te lo prometo. – Estrechó su mano con la mía para que supiese lo dispuesto que estaba a respetar su promesa. – Pero tú prométeme algo a cambio… Prométeme, que aún si yo… Si no volvemos a vernos… Prométeme que en cuanto tengan la oportunidad trataran de huir. No dejen de luchar, no importa qué. – La mano que sostenía la mía temblaba, aún si ni sus ojos ni la expresión en su rostro reflejaran el miedo que viajaba en su interior.

– Es una promesa… – Y desde el fondo de mi corazón, la había dejado grabada.

-0-0-0-0-0-

– Viejo, espero que tengas a ese mocoso listo y que no de problemas. – Exclamé en voz alta en cuanto entré al chiquero en que vivía el viejo y todos sus mocosos.

No entendía como un hombre con tantas posibilidades económicas prefería vivir entre la suciedad, pero sabía que su avaricia y apego al dinero era tan grande hasta el punto de no poder despegarse de él.

Bueno, no me importa mientras me pueda seguir siendo de utilidad.

– Fukao, necesitas un respiro. Siempre llegas gritando y de mal humor. – El viejo apareció ante mí y a su lado se encontraba el extraño mocoso. – Y no te preocupes, el muchacho se portará bien, ¿No? – Se dirigió a él con una de sus desagradables sonrisas y puso una de sus huesudas manos en su hombro. Me sorprendí al notar como el mocoso no reaccionaba ante el contacto, cuando antes hubiese pensado que sería incluso capaz de cortar su mano si tuviese la oportunidad.

¿En verdad lo drogó? ¿Cómo hizo para que esa pequeña bestia se lo tomara?

– Umm… – Me era imposible no tener dudas sobre el estado "inofensivo" del mocoso y me arriesgué al agacharme hacia él para que sus ojos se encontraran con los míos.

Esperaba encontrar unos ojos enardecidos en furia tal y como los había visto anteriormente, pero en su lugar sólo pude observar unos vacios ojos con la mirada perdida como si estuviese en la nada misma. Tanta pasividad viniendo de un chiquillo tan revoltoso me ponía nervioso en vez de darme tranquilidad, pero… Trabajo es trabajo, y uno muy bueno.

– Bien… Me lo llevaré entonces. – Quise probarlo por última vez al decir esas palabras y mantener mi vista fija en sus ojos, pero no vi cambio alguno en su mirada.

– Si dudas de… Su buen comportamiento, quizás deberías de atar sus manos, Fukao. – Escuché la sorna en su rasposa voz y fruncí el ceño por la burla a mi comportamiento precavido.

– No cabe duda que eres un viejo tonto, Niimura. – Le miré con dureza. – Si lo ato le quedarán más marcas de las que ya tiene. – Me encargué de poner claro la acusación a sus estúpidas acciones pasadas. – Recuerda que es posible que te llame si me piden explicaciones, y te saldrá muy caro si terminas ignorándolo. – Le advertí con seriedad. Ese hombre era como un viejo y astuto zorro.

– No te preocupes, lo haré. Pero será mejor que ya se vayan, podría nuestro querido cliente enojarse. – Sus ojos sonrieron, posiblemente ya saboreando la última parte del dinero que se había acordado. Si yo tuviese mejor paciencia con los niños, o más bien… Si fuera capaz de soportarlos más de 10 minutos, nunca hubiese necesitado de este maldito viejo para este negocio.

– Recuerda lo que te dije. – Dije por último, y volví a probar mis dudas al tomar de la mano al mocoso y jalarlo con brusquedad para que comenzara a caminar rumbo a la salida. Al tenerlo agarrado de la mano y obtener ninguna reacción violenta de su parte, era algo tan extraño que resultaba perturbador y poco agradable para mis sentidos.

Llegamos sin ninguna dificultad hasta mi auto e hice que se sentará en el asiento del copiloto sin problema alguno.

En cuanto comencé a conducir y pasaba por las diversas calles me fui sintiendo más tranquilo, después de todo… Ese mocoso estaba tan calmado con su vista perdida en la ventana, ni siquiera podía captar ningún movimiento de él. Me daba cuenta que había sido bastante precavido con respecto a él y sus posibles acciones, pero debía aceptar que algo en la forma con que ardía su mirada hacía que de mi interior brotaran emociones capaces de hacer temblar mi duro temple. Me hacia rabiar que un simple y pequeño mocoso lograra algo como eso en mí, pero me alegraba al saber que desde el día de hoy ese ya no sería mi problema.

Le di una breve mirada al mocoso y me encontré pensando como un hombre podría querer un niño para satisfacerse, y peor aún, un varón. Aunque de cualquier forma me resultaba desagradable, habiendo tantas mujeres hermosas que ellos podrían pagar con sus millones, eran mocosos los que en verdad buscaban comprar. Cosas como esas me hacían darme cuenta que entre la escoria que todos éramos había niveles y clasificaciones.

– Sabes… Siento un poco de lástima por ti mocoso. – No sé porque comencé a hablarle, pero me mantuve bloqueando la idea de hacerlo para ver si obtenía respuesta de él y asegurarme si era una amenaza o no. – Hubieras tenido un mejor final si te hubieras quedado con el viejo a morirte de hambre o hasta que él se cansara de ti. – Me mantuve hablando con la vista fija en el camino. – Pero tuviste la mala suerte de ser del agrado de un retorcido hombre. Seguramente terminarás siendo un juguete que siempre estará drogado en vista de que no podrá mantenerte sumiso. – Concluí mi predicción a lo que claramente sería su futuro.

Dirigí mi vista hacia él para ver si mis palabras lo habían hecho reaccionar, pero el mocoso continuaba con la vista perdida en las calles que transitábamos.

¿Qué esperaba? ¿Por qué sigo intranquilo por culpa de ese chico? Está más que claro que Niimura se hizo cargo de drogarlo lo suficiente, pero yo aún así continúo probándolo, cuando en realidad, yo…

– Soy un tonto. – Solté un largo suspiro mientras ponía ambos brazos sobre el volante y dejaba que mi cabeza descansara allí.

– En verdad lo eres. –

Mis sentidos salieron disparados al escuchar la gélida voz a mi lado. No fui capaz de procesar lo sucedido cuando un agudo dolor se posó en mi muslo izquierdo y mi estupefacta mirada veía como una daga rasgaba mi piel y se clavaba en lo profundo de mi carne causando una herida que comenzaba a sangrar cuantiosamente y un insano dolor profanaba mi cuerpo impidiendo que pudiese mover mi pierna y me hiciese frenar bruscamente el auto.

Ese mocoso… ¡Acaba de apuñalarme!

Estaba tan pasmado en mi propia sorpresa y estupidez por haberme confiado que de pronto me vi aullando de dolor cuando la daga desapareció de mi carne, y al igual que ella, el mocoso también quiso hacerlo al abrir la puerta disponiéndose a huir.

– ¡No… Ni pienses que te dejaré huir maldito mocoso! – Exclamé con furia al tiempo que frustraba sus intentos y pisaba hasta el fondo el acelerador para poner en marcha el auto y que le fuese imposible salir.

El mocoso se detuvo en su intención de salir, y volteó a verme con esa mirada consumida en el fuego del odio y la ira misma. Unos ojos llameantes en rabia que me hacía estremecer por dentro en una emoción que rechazaba fuertemente… Ese chico… No es normal…

– Puede hacerlo mejor… – Observé el reto centellear en sus ojos y enseguida, sin importarle que el auto estuviese en movimiento saltó hasta el exterior, donde sólo pude ver por el espejo retrovisor como su cuerpo rodaba violentamente por el pavimento. Al instante detuve el auto, agradeciendo que esas calles no fuesen muy transitadas.

No podía controlar las emociones que se conglomeraban en mi interior, las cuales me hacían sentirme enfermo al mezclarse con el punzante dolor proveniente de mi pierna.

– ¡N-No te saldrás con la tuya mocoso! – Grité con todas las fuerzas que la furia por haber sido engañado me había dado, y con esas mismas energías fui capaz de salir del auto y emprender la persecución en busca de una rata callejera.

Aunque la adrenalina estaba comenzando a bajar y de nuevo el dolor de mi pierna se presentara con mayor intensidad continué corriendo por el camino por el que había visto al mocoso huir ya que al parecer no estaba tan lejos como pensaba. Seguramente él se había herido al haber saltado del auto, y eso me alentaba mucho más a continuar con la cacería.

Sabía que había tomado la decisión correcta cuando entre los rayos del sol pude ver un negro cabello relucir y supe que mi presa también había perdido fuerzas y se encontraba a punto de ser cazada. Observé como dio la vuelta y sonreí con triunfo en cuanto note que se trataba de un callejón.

Quizás no habría nada de malo en darle una pequeña lección antes de entregarlo, él ya viene defectuoso de todas formas, un poco más no hará la diferencia.

– Vamos mocoso, acepta que estás perdido… – Exclamé en todo lo alto y pude saborear pronto la forma en que descargaría toda mi rabia en él al haber llegado a una cerca de alambre y tomar entre mis manos un pedazo de la ropa que traía puesta.

Si él pensaba que por haberme herido me detendría a trepar la cerca que nos separaba estaba muy equivocado.

– Ya verás mocoso…– Aunque mi voz era jadeante por el esfuerzo sobre humano de subir por la cerca con la herida en mi pierna, no pude refrenar mis deseos por expresar la excitación de la caza. – Haré que te arrepientas por haberme apuñado y por haber intentado huir. –

Quise hablar y que él supiese de mi presencia pues al pasar aquella cerca no habría ningún lugar hacia el cual huir. Me era mucho más emocionante infringir miedo y hacerlos esperar que solamente llegar y culminar con el trabajo.

– ¡Ngh! – Acallé un gemido de dolor al saltar hacia el otro lado de la cerca ya que la profunda herida en mi pierna no dejaba de palpitar y quejarse por lo mucho que le exigía, pero… – Ya estoy aquí mocoso. Ahora en verdad conocerás lo que es el miedo… – Comencé a caminar mientras rebuscaba entre las cajas y botes de basura que había alrededor. – Dime mocoso, ¿Quieres ser valiente y salir de tu escondite, o prefieres que sea yo el que te encuentre? – Mi cuerpo vibraba en una poderosa emoción que guiaba mis pasos cada vez más cerca de la culminación de mis recién descubiertos deseos por descargar las oscuras emociones que me motivaban a seguir en pie.

– Quizás podría tardar con esa última opción. – Mis pasos se congelaron y un frío sudor comenzó a bajar por mis sienes al captar mi oído una voz proveniente justo detrás de mí.

– ¿Qué? – Me di la vuelta al instante, pasmado en mi propia sorpresa e incredulidad al ser llenadas mis pupilas con la imagen del mocoso parado justo del otro lado de la cerca.

– ¡Tú! ¡Maldito mocoso te…! – Iba a emprender marcha de regreso hacia el otro lado cuando mi pierna por fin me abandonó, perdió toda fortaleza y provocó que mi cuerpo cayera de rodillas y mi rostro se impactara en el sucio suelo.

– Más bien… – El mocoso comenzó a hablar con la indiferencia reflejada en su voz y la carencia de emoción expresada en su rostro. – El que en verdad conocerá lo que es el miedo… Es usted. – Sus ojos se endurecieron al volverse hielo puro y en lo que antes nada había se vio desbordado en aguas congeladas iluminadas por el brillo del triunfo.

– De que… – Salvajes gruñidos animales mantuvieron atoradas mis palabras en la garganta, y mis oídos anunciaron lo cercanos que a mí se encontraban.

Volteé mi vista y mi aliento fue capturado en un jadeo de terror al captar las figuras de feroces bestias que mostraban sus brutales fauces armadas con filosos colmillos que listos se encontraban para saciar la sanguinaria sed que irradiaban de sus salvajes ojos.

La adrenalina volvió a hacer acto de presencia al ver el inminente peligro en el que estaba, y me dio las fuerzas suficientes para levantarme del suelo y correr lo suficiente hasta llegar frente a la cerca, más fui derribado al instante por los pesados cuerpos de esos perros que como bestias hambrientas me atacaban sin piedad clavando sus colmillos en cada parte de mi cuerpo y arrancando cada pedazo de piel y carne del que pudiesen prontamente disfrutar.

– ¡No, suéltenme! ¡Malditos perros! – Me encontré rápidamente gritando con el terror y el insano calvario al que me condenaba el terrible dolor de mis múltiples heridas. – ¡Ayúdame…! ¡Llama a alguien, rápido! – Le rogué entre mis tortuosos alaridos de dolor y el pánico de seguir sintiendo como esas crueles bestias continuaban desmembrando mi cuerpo sin sentirse satisfechas por la sangre que supuraba de mis graves heridas.

El silencio fue lo único expresado por él, y aunque mi mano se tomara el esfuerzo por aferrarse a los alambres de la cerca en busca de alguna muestra de humanidad dentro de un acto de compasión él aún seguía mirándome con esos gélidos ojos que eran la ventana hacia el interior de un alma inalterable y un endurecido y frío corazón incapaz de encontrar su humanidad misma y compadecerse por la agonía en que me encontraba sufriendo en carne viva.

Un niño normal se hubiese horrorizado al ver tal masacre suceder ante sus ojos, más él mantenía su rostro imperturbable sin rasgo alguno de sorpresa o terror, mientras sus ojos eran la imagen misma de una cruel indiferencia cubierta por un hielo incapaz de ser derretido por mis angustiosas suplicas envueltas en desenfrenada congoja.

Por fin entendía el porqué ese mocoso causaba una gran agitación en mis instintos y conmocionaba la calma de mis emociones, destruyendo las fuertes barreras de mi control y dejando mi valor embarrado en los suelos.

Este niño no era como los demás, su mente se había torcido tempranamente y sus ojos no tenían aquella inocencia infantil que lo hiciera un ser frágil ante cualquier acto de crueldad, él jamás podría ser la presa de nadie porqué el mismo…

– E-Eres… Un monstruo. – Escupí tales palabras junto con la sangre que se había atiborrado en mi boca. Tan ensimismado estaba en esa clara resolución que no me había dado cuenta que mi ser ya no era objeto de interés para las bestias, y que ahora ellas se habían alejado de mí aburridas por mis continuos gemidos de dolor. Pero las heridas de mi cuerpo aún palpitaban inclementes como si sus colmillos siguiesen enterrados en mi carne.

– A veces para ganarle a un monstruo… Tienes que convertirte en uno. – Se arrodilló justo frente a mí donde lo único que nos separaba era una cerca, la cual, se había convertido en mi perdición.

Pero yo aún… Aún podría…

Mi temblorosa mano fue hacia el bolsillo de mi pantalón para sacar mi celular.

– ¡Aaah! – Solté un prolongado alarido de dolor al ser mi mano clavada al suelo mediante la daga que la atravesaba sin piedad alguna.

– No piense que lo dejaré tan fácilmente. – El mocoso sin ninguna duda alguna en sus acciones cometía crueles actos sin muestra de interés u emoción en su faz. – Si quiere llamar a una ambulancia primero hará lo que yo le ordene. – Sus ojos se ensombrecieron en una calculadora mirada.

– N-Ni pienses que… ¡Aahhh! – Deslizó un poco la daga clavada en mi mano para recordarme el lugar en el que estaba. – B-Bien, bien… Dime… Dime qué quieres, lo haré… – Exclamé consumido en el sufrimiento al que mis heridas me tenían encadenado al deseo del maldito mocoso.

– Llamé a ese viejo. – Me confundí al escuchar que quería que llamara a Niimura. – Dígale que las negociaciones están teniendo problemas por… Mercancía defectuosa. – Noté cierto tono de sorna en su voz. – Y que por tal necesita que vaya al punto de encuentro para dar sus debidas explicaciones. –

Tomé con mi mano sana el celular dispuesto a terminar rápido con el asunto. Imaginé que al igual que sus acciones premeditadas para cazarme en mi propio juego, lo que ahora me pedía que hiciera también era parte de algún plan previamente calculado. Pero a mí ya no me importaba darle una lección a ese chico, tan sólo quería ya nunca ver su rostro en lo que restara de mi vida, aún si eso me costaba grandes cantidades de dinero… Pagaría lo que fuese con tal de nunca más ser objeto de esa gélida mirada que llenaba cada sitio de mi corazón con un miedo nunca jamás sentido en mi vida.

– ¡Ngh…! – Gemí de nuevo al ser mis acciones detenidas por el movimiento de su daga al ser colocada su fría y filosa hoja en la debilidad de mi cuello.

– Más le vale hacerlo sonar convincente y cerciorarse que el anciano se presente. – Aclaró por si había la necesidad. – Si trata de hacer algo diferente a eso no dudaré en cortar con todo gusto su asqueroso cuello. – Sus ojos brillaban en algo que supe era… Emoción. La misma emoción que yo sentí vibrar en mi cuerpo ante la estúpida idea de capturar a mi presa. Sin saberlo yo me había convertido en ella, y ahora él era el cazador que no dudaría en asesinarme y que inclusive… Lo disfrutaría.

Marqué con dificultad el número del viejo y esperé que el tiempo fuese bondadoso para dejarme vivir hasta que llegara una ambulancia.

– Fukao, ¿Qué sucede? – Escuché del otro lado la voz del viejo.

– Lo que obviamente iba a suceder… – Intenté que mi voz sonara normal y no convaleciente por la sangre que había perdido. – El cliente está enojado. Quiere explicaciones. Deberás venir y explicar lo sucedido y si se puede convencerlo para que acepte la mercancía. – Expliqué, y deseé en el fondo que el maldito viejo no me diera problemas.

– Fukao, ese es un problema. – Un frío sudor comenzó a mezclarse con mis lágrimas secas, y la sangre que me empapaba. – ¿No podrías hacerte cargo tú? –

– ¡No! – Exclamé con fuerzas y la desesperación se filtró en mi voz. – El cliente sabe la situación, y quiere una disculpa personal… Si no te presentas él se encargará de derribar por completo nuestro negocio. – Sentí como el mocoso oprimía con más fuerza la daga contra mi cuello, para exigirme un mayor esfuerzo. – Mejor perder este negocio que quedarnos fuera del mercado. Sabes las grandes cantidades de dinero que eso nos da, y si ese hombre nos derrumba el negocio el flujo de dinero se cortará por completo. – Utilicé la mejor arma que podía… La importancia que el viejo le daba al dinero.

– ¡Dile que iré enseguida! – Cortó al instante la llamada.

– Niimura está en camino, mocoso. – Pude respirar por fin tranquilo al haber concluido con sus peticiones y poder terminar con todo.

– No… – De mi mano me fue arrebatado el celular y por un instante las ansias de saciar mi ira en él regresaron. ¡¿Qué más quería el mocoso?! – Yo mismo llamaré a la ambulancia, pero antes quiero que me conteste una pregunta. – Había alejado por fin la daga de mi cuello y me creí con la vida a salvo pero la forma en que sus ojos se clavaban en los míos me dijo que no me confiara.

– ¿Qué es maldito mocoso? Me estoy desangrando. – Reclamé con la tolerancia a cero pues comenzaba a ver borroso y los mareos se volvían más intensos.

– Los cuerpos… Todos los niños que han muerto desde el inicio de su "Negocio"… – Comencé a temerme la pregunta que pensaba me haría. – Usted se los llevaba, pero… ¿A dónde? ¿Qué hacía con ellos? – La seriedad que había en su voz me dijo lo importante que era para él la respuesta, y por la forma en que me observaba me hacía pensar que él ya tenía sospechas.

– Son sólo los cuerpos de niños muertos, ¿Qué importan? – Solté para quitarle importancia.

– Responda. – Y de nuevo la hoja de su daga volvió justo a mi cuello para exigir mi cooperación.

– Era demasiado trabajo enterrarlos a todos, y tirarlos al río o la basura podría traer problemas con la policía. – Dije sin realmente contestar a su pregunta.

– Responda o tendrá que llevarse la respuesta al infierno. – Rasgó superficialmente mi piel donde sabía había abierto una pequeña herida para demostrar que lo decía enserio.

– Bien, ¿Quieres que te lo diga? ¡Lo diré! ¡Pero no me haré cargo de lo que te pueda causar saberlo, aunque dudo que sea capaz de afectar a un monstruo como tú! – Exclamé rabioso.

Me sentía tan humillado por haber sido orillado de esa forma por un mocoso que en aquel momento resolví que poco me importaba lo que me haría. No mostraría debilidad ni mucho menos miedo ante él, no en este momento cuando ya mi cuerpo está destrozado y a punto de morir. Había perdido las esperanzas de que él mostrará compasión o tan siquiera tuviera el honor de respetar su palabra por lo que no le daría el gusto de que me viera ahogado en un estado mucho más miserable.

– ¡Todos los asquerosos cuerpos de esos mocosos me los llevé a un rastro clandestino y como aún quedaban los vivos y ese viejo era tan avaro como para gastar un poco en comida para sus mocosos, ellos terminaron por ser alimentados con parte de la carne que ahí me entregaban! – Confesé sin ápice de duda ni arrepentimiento que me hiciera temblar por decir la verdad. – ¡Lo he dicho! ¡¿Estás contento mocoso?! ¡Ya sabes por fin la verdad! ¡Sin saberlo todos esos mocosos se han alimentado de los cuerpos de sus amigos muertos y ni siquiera lo saben! ¿No es algo terrible? ¿He logrado conmocionar algo en tu deshumanizado corazón? – Sonreí al notar como la respuesta la obtenía mediante su rostro que se había llenado de sorpresa y sus ojos habían dejado de ser tranquilos para desatar toda una tormenta en su interior. Una tormenta la cual indicaba el grado de agitación que había logrado en la carencia de sus emociones.

– ¿C-Como pudieron? – Lo escuché preguntar al tropezar sus palabras debido al estupor e incredulidad que lo dominaban.

– ¿Por qué no hacerlo? Era fácil deshacerme de la basura, aunque el basurero en sí fuese realmente desagradable, valía la pena al ver los rostros alegres de esos mocosos al comer. Después de todo… ¿No era mejor que los muertos alimentaran a los vivos en vez de a los gusanos? – Denoté el sarcasmo y mi falta de interés en el asunto. – Sacrificamos a unos cuantos por el bien mayor, es que acaso tú siendo tan inteligente y carente de corazón… ¿No hubieras hecho lo mismo? –

Lo último que recuerdo después de haber dicho eso fue como la oscuridad que se apoderó de sus ojos hizo que un miedo inconcebible emergiera de mi interior y me envolviera entre sus garras no sólo desgarrando mi cuello y la vida de mi cuerpo sino también privándome de toda luz posible para dejarme en una oscura y silenciosa pesadilla de la cual… Nunca despertaré.

-0-0-0-0-0-

Observé en silencio como un cuerpo sin vida era capaz de derramar cálida sangre que no hacia unos segundos corría con intensidad por las venas de alguien más.

Miré como la roja sangre pintaba de vida arrebatada mis manos y de pronto la realidad de lo que había hecho me golpeó tan fuerte como el impacto que la verdad antes escuchada me había conmocionado en el alma.

– Lo maté… – Dije en un susurro que fue elevado por el sepulcral silencio que hacía gala de presencia a mi alrededor, un silencio que cruel buscaba hacer resonar mucho más alto los pensamientos y recuerdos que comenzaron a carcomer la razón que mantenía protegida en mi mente como lo más preciado que había en mí.

Estas manos han arrancado la vida de un ser humano. Mi existencia ha extinguido la de alguien más… Mi oscuridad sobrepaso la de mi oponente y he reclamado mi premio con su sangre, yo he… Asesinado.

Pero… No hay rastro de arrepentimiento que haga agonizar mi consciencia… Me he convertido en el héroe de mis historias al matar al monstruo del cuento. No he extinguido una vida… He salvado muchas gracias a esta sangre que ahora mancha mis manos. He sacrificado un alma llena de crueldad y maldad por el bien de aquellos que son iluminados por la luz de pureza e inocencia. No importa que tan cruel haya sido mí proceder, lo he hecho por cuidar esa luz y no permitir que su perversa oscuridad la hiciera extinguir. He sacrificado una maligna existencia por el bien mayor, yo…

"Sacrificamos a unos cuantos por el bien mayor, es que acaso tú siendo tan inteligente y carente de corazón… ¿No hubieras hecho lo mismo?"

– ¡No, no, no…! ¡Soy diferente…! – La fortaleza de mi mente flaqueó por un solo segundo que fue suficiente para quebrar la cerradura de mi cárcel y dejar liberados sin fin de sentimientos discordantes que hacían choque unos contra otros y causaban un desastre en la falsa tranquilidad de mi mente.

¿Me he equivocado? ¿Es que todo este tiempo he navegado en un mar lleno de falacias listas para enredarme en el placer de su engaño?

"Puedes tener oscuridad en ti, pero nunca dejes que te devore por completo. No creo que ocurra, porque yo… Pienso que eres muy fuerte"

Pero Kazuo… Yo no creo ser tan fuerte como tú lo piensas. Ni siquiera he podido respetar la promesa que hice contigo, me he dejado seducir por la oscuridad en mi interior al dejarme guiar por la ira en mis emociones.

Si la luz de mi alma se ve opacada por la oscuridad de mis deseos prohibidos entonces… ¿Quién querría iluminar las tinieblas que gobiernan los designios de mi corazón? ¿Quién querría acariciar con dulzura la crueldad que recubre cada espacio dentro de mi alma? ¿Quién querría… Ensuciarse con el barro de mis inmundas ambiciones saciadas solamente mediante actos inhumanos? ¿Quién aceptaría la oscuridad a la que terminaré por entregarme?

Nadie… Nadie querría aceptar esta oscuridad contra la que lucho tan fuertemente aunque sepa que ella al final terminará devorando lo poco bueno de mí. Yo debo… Debo separar lo bueno de lo malo. La luz de la oscuridad… Mi deber es rechazar esta oscuridad desde el día de hoy para mantener segura e intacta esta luz que sufre moribunda por pelear para que su fulgor no sea extinguido, yo… Sellaré la oscuridad que busca adueñarse de mi corazón, olvidaré la emoción que al entregarme a ella lograba hacerme sentir vivo al arder en pasión… Rechazaré y arrancaré de mi memoria todo aquello que podría alejarme del único y verdadero deseo en mi corazón, pues si se tratara de esa persona…

¿Él sería capaz de abrazar con su calidez un alma manchada con la sangre de alguien más? ¿Sangraría su amable corazón por uno incapaz de no juzgar el de los demás para mostrar un acto de piedad?

No… Porque yo en realidad… Jamás seré merecedor de esas cálidas caricias que mi sucio corazón anhela…

-0-0-0-0-0-

Corría con todas mis fuerzas hacia el lugar que deseaba con desesperación llegar y poder ver a la persona que arrancaba la calma en mí y me hacía imaginar horribles escenarios dentro de mi imaginación.

Antes de irse el forastero me había dado claras indicaciones en cualquiera de los posibles escenarios que nos traería el futuro. Me había dicho que intentaría escapar de Fukao-San de cualquier forma posible y que se mantendría escondido y fuera de vista hasta que nosotros pudiéramos escapar o algún plan se le ocurriera para ayudarnos a huir.

Y sin embargo eso no había sido nada difícil al ser llamado Niimura-San y al instante salir disparado por la puerta. No desaproveché la oportunidad y me llevé a mis hermanos lejos, lo más lejos posible para que se escondieran en un edificio abandonado que el forastero me había sugerido era bueno para mantenerse oculto mientras deliberáramos que hacer después. Pero la verdadera angustia que me dominaba en ese momento no era la del incierto futuro, sino la del presente que estaba viviendo el forastero. Había escuchado la voz de Fukao-San gritando del otro lado de la línea y supe enseguida que algo malo había pasado. Lo peor es que eso mismo me indicaba que el forastero no había sido capaz de escapar y que posiblemente regresaría sólo a nuestro infierno del cual pudo haber escapado desde hacía mucho tiempo, pero jamás lo hizo por querer salvarnos de él.

No sabía entonces porque ahora corría al punto de encuentro con él, pero yo no era capaz de aceptar esa realidad que indicaban los hechos. Él debe de estar bien… Puedo ser iluso y querer tener esa esperanza, yo debo tenerla o si no me volveré loco, yo…

– Te tardaste bastante, Kazuo. – Ante mí estaba sentado la persona que mi corazón más anhelaba ver, y agradecí por primera vez en mi vida el ser un iluso que mantuviera viva la esperanza.

– ¡Forastero! – Mis ojos se llenaron de lágrimas de alivio y corrí hasta él para caer ambos en el suelo al haberlo derribado en un desesperado abrazo.

– Ngh… – Escuché un suave quejido de dolor, y al instante me levanté un poco para así horrorizarme por lo que mis ojos veían.

– ¡Estás sangrando! – Mis manos fueron rápidamente a su cabeza para ubicar la herida que se había hecho en el cuero cabelludo cerca de su frente. – ¡¿Cómo te hiciste eso?! – Exigí y lo liberé del peso de mi cuerpo. Me recriminé el haberlo tirado al suelo de esa forma tan brusca cuando se encontraba herido.

– Salté de un auto en movimiento. – Contestó con calma. – No lo hagas nunca Kazuo, duele más que lo que los libros lo describen. – Por un momento tuve la impresión de que recriminaba a sus libros, los cuales quizás le dieron valor para hacer tal cosa.

– ¡¿Por qué hiciste eso?! ¡¿Qué sucedió?! ¡¿Dónde está Fukao-San?! ¿Por qué Niimura-San se fue como si algo hubiese salido mal con ustedes? – Una pregunta salía disparada tras otra por la confusión y el desespero de no saber nada.

– Te dije que sólo necesitaba un poco de presión para que algo se me ocurriera. Pero la verdad es que tuve mucha suerte… – Él se detuvo al ver la mirada que le dedicaba la cual le exigía que se dejará de preámbulos y fuera directo al asunto. – Umm… Pude haber hecho una o dos cosas que no te gustaran Kazuo, pero si no lo hubiera hecho seguramente no estaríamos hablando ahora. – La seriedad que adoptó su voz y expresión me hizo prepararme para lo que viniese.

– Dime. – Tomé una firme postura para que no dudara.

– Aproveché un momento en que ese hombre bajó la guardia y lo apuñalé en el muslo con la daga que tenía. – Contuve el aliento al ser capaz de imaginarme tal escenario. – Él había parado el auto y estuve a punto de salir, pero se dio cuenta y lo puso en marcha con toda intención de acorralarme, pero yo no podía dudar en ese momento y decidí saltar de todas formas. Supongo que la herida en mi cabeza fue al momento de caer en el pavimento. –

– Entonces huiste de Fukao-San y viniste hasta acá. Por eso es que él le llamó a Niimura-San para decirle que tenían problemas… – Dije más para mi mismo al juntar las piezas del rompecabezas.

– ¿Trajiste mi mochila? – El forastero cambió de tema fácilmente y supe que no había errado en nada.

– Ah, sí. Aquí tienes. – Le entregué la mochila con la cual lo había encontrado la primera vez y la cual cuidaba como algo muy preciado para él.

Él me la había dejado como prueba de que no importaba el tiempo ni la dificultad, nosotros sin lugar a dudas volveríamos a reencontrarnos, pues nos unía un fuerte lazo y en mi posesión tenía algo importante para él.

Yo jamás le confesaría que la curiosidad pudo más que otra cosa y terminé husmeando dentro, pero lo único que encontré fueron montones de cartas, libros e inclusive para mi sorpresa, algunos tomos de manga.

Pero lo que más había llamado mi atención era la fotografía que aunque parecía era vieja, él mantenía en muy buenas condiciones por el cuidado que le había dado. Me había quedado prendado de la imagen de aquella hermosa joven del retrato y como la dulce sonrisa en sus labios y la cálida mirada en sus ojos celestes era algo que antes había visto por igual en el forastero. Esa mujer seguramente era su madre, y él seguramente… Había sido conocido y amado por ella como toda madre a su hijo.

Me fue imposible no sentir un poco de envidia, pero al instante me había deshecho de esos egoístas sentimientos para que entonces fuese cambiada por la tristeza de saber que ese amor posiblemente él ya nunca volvería a sentir.

– Kazuo… Debemos movernos rápido. – La voz del niño al lado mío me regresó al presente. – Sé que no te gustará lo que voy a decirte, pero… Tenemos que pedir ayuda… Ayuda a la policía. – Mi quijada casi cayó al suelo al escuchar esa última palabra.

– ¡¿Estás loco?! ¡¿Para qué necesitamos a los policías?! Además sabes cómo son los de esta área. Seguramente ni siquiera querrán ponernos atención al ser unos sin techo, y además… Además… – Mi hablar era frenético y descontrolado por el miedo que tenía tan sólo de pensar en la posibilidad. – Si ellos se dignaran a ponernos atención seguramente terminaremos refundidos en otro orfanato, y yo… ¡No quiero salir de un infierno para entrar a otro! – Exclamé al límite mismo de mis emociones.

– Kazuo, entiende, es lo mejor que podemos hacer, no… Tenemos que hacerlo, si no… –

– ¡Ahora eres tú el que está mintiendo! – Lo interrumpí. – ¡Dijiste que si huíamos seríamos libres! ¡Que nadie nos ordenaría nada, que podríamos conocer muchos lugares juntos y experimentar nuevas emociones! ¡¿Dónde quedó todo eso?! ¡¿Era una mentira?! – Mi propia cabeza dolió por el alto volumen de mis desesperados gritos y supe por el dolor en mis ojos que ahora me encontraba llorando sin control.

– ¡Kazuo, por favor escúchame! – Tomó mi rostro entre sus manos y me obligó a posar mi mirada en la suya para que viera la firmeza y la decisión quemar en sus ojos. – Es cierto que dije todo eso pero… Debemos hacer lo que digo, no podemos hacer lo que queremos porque si hacemos eso… El infierno del que huimos se convertirá en el de alguien más. – Noté la agitación en su voz y como anhelaba que escuchara lo que tenía que decir. – Kazuo, esos hombres… Esos hombres han estado traficando con menores durante mucho tiempo. Lo hicieron con todas las niñas que se llevaron mientras ustedes estuvieron allí y quien sabe cuantas más antes de eso. Pretendían hacer lo mismo conmigo… Tú no te imaginas las cosas horribles que ellas seguro están pasando en este momento, puede que… Sean tan terribles hasta el punto de preferir la muerte. Un infierno… Mucho peor que el que hemos sufrido hasta ahora. –

Sus palabras me dejaron congelado sin poder responder a ellas. Dentro de mi mente sólo podía recordar el rostro de las pequeñas niñas que también eran mis hermanas y que yo ilusamente había pensado que tuvieron un futuro mejor cuando…

– Necesitamos llevarlos ante la ley, Kazuo. Debemos de sacar a la luz toda la suciedad que ellos han mantenido oculta. Tenemos que acabar con ese infierno, y con ello también a sus demonios. Y en esta situación, la única forma de hacerlo es llamando la atención de la policía. ¿Crees que no nos buscarán cuando regresen a ese lugar y lo encuentren vacío? Si queremos huir debemos hacerlo ya, pero si lo hacemos le estaríamos dándole la espalda a personas que necesitan ayuda, nuestra ayuda. Somos los únicos que lo saben, y los únicos capaces de contar la verdad. –

Cada palabra que escuchaba se clavaba en mi mente y corazón para ayudarme a vencer mis miedos y por primera vez pensar en alguien que no fueran mis hermanos o yo mismo. Quizás si alguien más hubiera tenido esta oportunidad a nosotros nunca nos hubiera pasado nada, mis hermanas seguirían con nosotros y no sufriendo aún un infierno, pero si nadie jamás hubiese dicho algo sería como condenar el futuro a un ciclo sin fin de tortura, y yo no…

– ¿C-Cómo haremos para llamar su atención? Recuerda que sólo somos lastre para ellos. No nos aporrean solamente porque nos mantenemos en las calles donde a nadie le importa que den mala imagen. ¿Cómo podremos hacer que nos escuchen cuando no somos nadie? – Pregunté frustrado por lo limitado que era el ser unos simples niños.

– En eso te equivocas Kazuo, si somos alguien, y eso puede ser la solución al problema. – Afirmó bastante seguro. – ¿Después de todo, que crees que somos además de niños, Kazuo? –

– Emm… ¿Huerfanos? – Sugerí.

El forastero no pudo evitar poner los ojos en blanco ante lo que obviamente no era la respuesta.

– Además de huérfanos, ¿Qué más crees que seamos? – Quiso darme otra oportunidad.

– Umm… Pues… – Pensé con todas mis fuerzas pero nada venía a mi cabeza. Escuché un suspiro cansado de él y supe que se había por vencido conmigo.

– Ladrones, Kazuo, somos ladrones. – Declaró por fin, por la obviedad del asunto.

– Aja, ladrones, y eso que… – La revelación de sus intenciones me iluminó al instante. – No… ¡Estás loco! ¡No lo haré! – Reclamé con firmeza en rechazar sus dementes intenciones.

– Es arriesgado, pero es un riesgo que debemos de tomar… Entiende, Kazuo, después de todo somos huérfanos, tú mismo has dicho que no nos prestarán atención, pero pese a todo, ellos siguen siendo policías y su deber "se supone" es hacer que la ley se cumpla. Si ven un crimen suceder ante sus ojos y con público que lo vea, les será imposible ignorarnos, tendrán que escucharnos, ya sea en la cárcel o ahí mismo, pero tendrán que escuchar lo que tenemos que decir. – Explicó rápidamente y fue imposible que no notara la desesperación en él para que comprendiera y aceptará el plan.

– No lo sé forastero, es muy arriesgado… – Dudé que nuestra suerte siguiera siendo tan buena con nosotros. ¿Qué tal si a los policías les daba por no creer en nuestras palabras? ¿Qué tal si todos terminábamos en algún tutelar o algo peor que un orfanato por haber cometido un crimen?

– Yo entiendo, tienes miedo. – El forastero resolvió al instante. – Sé que puede fallar el plan, esta vez es sólo un plan desesperado por el poco tiempo que nos queda, pero… No por eso todos deben de correr el mismo peligro, para llevarlo a cabo sólo se necesita de uno que cometa el robo frente a sus ojos. –

– No sé lo que estás pensando pero… –

– ¡Yo puedo hacerlo! – Interrumpió. – Kazuo, tú puedes mantenerte escondido observando cómo se desarrollan las cosas y si ves que no van bien, entonces corre hacia donde están los demás y huye, huye lejos pero muy lejos de aquí pero… Jamás olvides el ser feliz… – Su mirada se suavizo al concluir con esas palabras.

– ¡No hables como si fuese una despedida! – Le reclamé enseguida. – No voy a dejar que te sacrifiques por nosotros. Entonces lo haré yo. Soy el mayor, yo soy… Soy tu hermano mayor y te juré que te protegería. No permitiré que te pongas en peligro más de lo que te has puesto hoy, además, si las cosas no salieran bien, sé que… – Me detuve antes de decir algo que no quería aceptar.

– ¿Qué es Kazuo? Dímelo. – Me pidió con seriedad.

– Sé que si algo malo pasara… Mis hermanos estarían mucho mejor contigo que conmigo, después de todo… Tenías razón al decir que era un inútil. Si tú nunca hubieras llegado nosotros aún seguiríamos con una venda en los ojos, y sin embargo tú nos la has quitado y en su lugar nos has dado esperanza y has hecho que tuviéramos sueños que nos dieran fuerzas para seguir, yo… Yo no hice nada de eso, por tal… Es mejor si se quedan contigo. – Confesé lo que en mi interior sabía muy bien aunque me dolía el aceptar lo poco útil que había sido para mis hermanos.

– Kazuo, tú… ¿No dijiste que tu paraíso era ver que tus hermanos alcanzaban el suyo propio? –

– Pero tú también eres mi hermano y prefiero pensar que algo que yo haría les ayudaría a lograrlo que verlo por mi mismo pero saber que tú… –

– Kazuo, mi paraíso… Mi paraíso está más que fuera de mi alcance, yo jamás… Jamás podré siquiera poner un pie en él. – Me afligí por la voz tan desconsolada que dejaba salir al hablar. – Pero tú, tú aún puedes llegar a vivir tu paraíso, y para eso necesitas de tus hermanos, tú… –

– ¡No digas más! – Exclamé con fuerza mientras me ponía de pie y lo miraba con molestia.

¿Por qué? ¿Por qué tienes que desvalorarte de esa forma? ¿Por qué siendo en realidad tan fuerte y lleno de valor no quieres darte cuenta de ello? Por qué… ¿Por qué te das por vencido sin si quiera intentarlo?

– ¿No querías conocer a esa persona y apoyarlo tanto como te apoyó a ti? ¿No era esa tu única motivación para continuar viviendo? Si ahora me dices que tu paraíso ya no es posible, entonces, ¡¿Eso significa que dejarás tu vida a la deriva sin importar si quiera el morir?! – Comencé a gritar cada una de mis palabras de modo que estas resonaban en el vacío del lugar. – ¿Dónde ha quedado esa fuerza y voluntad que tanto hemos llegado a admirar de ti? ¿Por qué después de luchar con tanta fiereza ahora te das por vencido? ¿Por qué la persona en la cual creemos ahora se está convirtiendo en un simple cobarde que prefiere darse por vencido sin haberlo intentado? Dime… ¡¿Por qué?! – Mi respiración era frenética y la fuerza con la que había estado gritándole había hecho que tanto mi pecho como garganta dolieran, pero nunca tanto como dolía mi corazón al ver como la valía de su alma estaba siendo asesinada por él mismo.

– N-No lo sé, Kazuo… – Detuve el desenfreno de mis emociones al observar la expresión llena de angustia y frustración en su rostro. – Simplemente… Hay algo en mí que me lo dice, pero, no sé qué es… No lo sé… – Me arrepentí de haberlo arrinconado de esa forma y exigir las respuesta que obviamente él no tenía pero que le llenaba de ansiedad el no poder hallarlas.

– Lo siento, lo siento… No debí gritar así. – Me arrodillé para quedar frente a él y tomarlo entre mis brazos en un intento por no dejar que la fuente de lágrimas se desatara de sus ojos. – Entonces… Tú aún tienes algo que hacer… Debes descubrir que es lo qué te está deteniendo, y cuando lo sepas luchar al igual que lo has estado haciendo hasta ahora para poder llegar a tu paraíso. Porque tú también debes de ser feliz forastero, quiero que lo seas… Puede que no lo sientas por las inseguridades en ti, pero me quitaste la venda de los ojos, y con ellos puedo ver que tú en verdad mereces serlo. Por eso… Por eso yo lo haré… Yo llamaré la atención de los policías, y sí… Sí las cosas no funcionan debes huir con los demás y ser su hermano mayor, los cuidarás y apoyarás, pero jamás… Jamás olvides que siempre tendrás un hermano mayor esperando por volver a encontrarse contigo. Porque no importa qué, si nos separamos yo siempre buscaré la forma de volver a unir nuestros caminos. Te prometo que si algo me sucede y nos alejan, haré todo lo posible por encontrarlos, pero tú… Tú tienes que prometerme que guiarás a mis hermanos y nunca te darás por vencido para que cuando estemos juntos de nuevo pueda ver como ustedes han cumplido sus sueños y al hacerlo yo mismo cumpliré el mío. – Buscaba detener las lágrimas de él, pero en su lugar fueron las mías las que comenzaron a caer desbocadas por mis ojos y los sentimientos que tanto atesoraba cuidar se reflejaban en el brillo de mi mirada y la sonrisa que expresaba la felicidad que eso me daría en el alma.

– Kazuo… – Él se alejó un poco de mí para ver como las emociones me habían sobrepasado al punto de ser incapaz de controlarlas. – Yo… Te juré que haría realidad tus sueños y que tu voluntad se volvería la misma, por eso… Te lo prometo… Te prometo que cuidaré de ellos, los guiaré y seré un apoyo en su camino, y yo… No me daré por vencido, nunca… Porque no eres el único al que se lo he prometido, y yo… Lucharé hasta que las fuerzas abandonen mi cuerpo. Eso es un hecho, mi hermano. – Mi corazón se hinchó de alegría al escucharlo referirse a mí como su hermano, y la delicadeza con que limpiaba mis lágrimas me demostraban la sinceridad que había colocado en cada una de sus palabras.

Mis hermanos, él… Todos ellos serían felices y con eso… Yo también lo seré.

-0-0-0-0-0-

– ¿Puedes repetir el plan de nuevo? – Nos encontrábamos en una de las calles más transitadas de la ciudad donde por ese mismo hecho los policías abundaban en su tarea de mantener el orden.

Debíamos llevar a cabo el plan en un sitio con bastante público para crear una gran conmoción digna de ser vista por todos los ojos que pasaban alrededor.

– Debes robar una bolsa o cartera de alguna de estas personas, pero debes de hacerlo de la forma más obvia para que se den cuenta y llevarlo a cabo lo más cerca posible de un policía para que te atrape y… –

– Jamás pensé que en mi vida dejaría que un policía me atrapara. Si me lo hubieran dicho antes que haría algo como esto, hubiera dicho que estaba loco. – Expresé sin poder mantener en mi mente ese pensamiento.

– Allí. – El forastero me ignoró y señaló a lo lejos un policía que se encontraba patrullando como era lo normal. – Debes mezclarte entre la gente hasta acercarte a él y llevar a cabo el robo. En cuanto te atrape tienes que decirle sobre el crimen de esos hombres, exigir que también le pongan atención a ese delito, que lo investiguen, pero… Si no quiere escucharte e insiste en llevarte con él deberás intentar huir pero tendremos que volver a intentarlo con otro. –

No me gustaba para nada el plan, me parecía tan arriesgado y con tan pocas posibilidades de funcionar. ¿Por qué iban a creernos a nosotros unos simples niños? Peor aún, si lograra huir, tendríamos que repetir este plan hasta que funcionara o hasta que…

– Kazuo, sí intentan llevarte iré a ayudarte para que puedas huir, no voy a dejarte solo en esto, yo… –

¿Y si lo que hace no funciona? ¿Qué si no logro huir? ¿A dónde podrían llevarme? Sé que le dije al forastero que yo lo haría pero este plan es tan demente casi tanto como el pensar que los adultos nos escucharían. ¿No podríamos esperar un poco más y pensar en algo mejor? No podríamos… ¿Simplemente irnos de aquí?

– Kazuo… – Escuché la voz de fondo del forastero pero mis pensamientos sofocaban cualquier cosa que no fuera los gritos de mis miedos e inseguridades. – Estás temblando… – Sentí la mano de alguien más en mi hombro, pero los escalofríos en mí no se detenían. – Tenía razón… Será mejor que yo lo haga. – La mano que descansaba en mi hombro de pronto desapareció.

– ¡N-No…! – Había reaccionado demasiado tarde pues no importaba que tanto mi mano buscara a la suya, él había salido disparado hacía un encuentro que no era el destinado para él. Una tarea que no le pertenecía… Un trabajo que yo… Dudé en hacer.

Me mantuve observando con angustia acumulada en mi interior como los cuerpos de la muchedumbre se movían con rapidez y me impedían ver donde se encontraba el forastero. Deseaba haber salido corriendo detrás de él pero me era imposible seguirle, no sabía dónde estaba, no sabía… Que tan seguro era hacerlo. Y la verdad de reconocer mi cobardía fue una daga envenenada directo a mi corazón.

– ¡Ladrón! ¡Deténganlo! – El odio creciente hacia mí fue interrumpido por el lejano grito de alguien anunciando que él ya había comenzado con el plan.

Mis ojos por fin pudieron captar su pequeña figura corriendo entre la multitud con toda la intención de entregarse a las garras del policía que me había señalado antes. Noté con horror como aquel policía no había tenido problemas para capturarle y aunque la lejanía que nos separaba era bastante para impedirme el escuchar sus palabras, supe por la expresión llena de fiereza en su rostro que el plan no había marchado bien y que el policía le había negado su oído para escuchar todo lo que tuviera que decir. Había hecho todo un espectáculo pues las personas que pasaban por ahí comenzaron a amontonarse para saciar su curiosidad morbosa en la escena de un policía que forcejeaba ahora con un niño que intentaba huir de su agarre.

– D-Debo ir a ayudarlo… Debo hacerlo… Debo… –

Comencé a tartamudear sin sentido alguno lo que debía de hacer en ese momento para ayudarlo pero mis piernas eran como dos pesados bloques de cemento que me impedían dar un paso hacia lo desconocido y acudir en la ayuda que él necesitaba, más mis miedos eran fuertes cadenas que me encadenaban al suelo y a la inutilidad que tanto odiaba en mí, una inutilidad que me limitaba al querer ser valiente y saltar al vacío de la incerteza del futuro.

– N-No… N-No puedo hacerlo… Podrían… Atraparme también, yo… – Lágrimas de frustración se acumularon en mis ojos y me impidieron ver la escena a la cual cobardemente huía al no querer ser parte de ella.

El odio, la rabia, y el dolor que se mezclaban en mi interior por saberme un cobarde capaz de quedarse de brazos cruzados por la persona que había jurado proteger me dieron la fuerza para mover mis pies y correr, correr lejos de ese lugar, lo más lejos posible de mi vergüenza, de todos mis miedos, del gran error que había cometido por no probar mi valía y haber roto el juramento de sangre pactado con él aquella noche.

Corrí y corrí lo más rápido que podía como si con eso también pudiera dejar atrás todos esos sentimientos que destrozaban mi corazón y llenaban a mi consciencia con un pecado que por siempre llevaría sobre mis hombros inclusive después de la muerte.

– O-Onni-Chan… – Mis frenéticos pasos me llevaron hacia el único lugar al que podía huir, el lugar donde se encontraban las personas más importantes de mi vida, a las cuales nunca podría ver a los ojos sin sentir a la vergüenza destruirme por aquel a quien también había jurado proteger y que en su lugar yo…

– Lo abandoné… Lo dejé atrás… Lo… Traicioné… – Sollocé mi dolor lo más alto que pudiera como si fuese posible hacer llegar mi arrepentimiento al cielo y así rogar por un perdón que sabía jamás obtendría, pues la única persona que podía dármelo era aquella a la que había herido con mis miedos y dudas.

Jamás pude apuñalarlo con la daga de Niimura-San, pero lo he hecho con la daga de mi traición. Lo he… Apuñalado por la espalda…

-0-0-0-0-0-

Habían pasado tres días y aún era lo suficiente estúpido para tener la esperanza que vería llegar en cualquier momento a la persona a la que le había fallado, pero a pesar de que nunca nos movimos del sitio que ahora nuestro escondite él jamás llegó… Yo nunca volví a ver esos ojos que mirando a la luna me habían cautivado en el alma y capturado mi aliento en un sólo latido por el que hubiera dado mi vida tan sólo para seguir prisionero de la hermosa luz que se reflejaba tranquila pero triste en el celeste de sus ojos.

Pero era un mentiroso al decir que hubiera dado mi vida por ello, si yo mismo… Había sido incapaz de hacerlo en el momento más importante.

– Onni-Chan… ¿Cuándo podremos salir? – La voz de Shin me sacó de mis pensamientos.

Es cierto, desde que había llegado aquí hace tres días no había permitido que ninguno saliera. Se suponía que debíamos de huir cuanto antes pero me era imposible hacerlo al tener la esperanza de que el forastero regresaría a nosotros. Era un estúpido, el que hizo la promesa de regresar fui yo, no él, y aún si él pudiese, sé que… No lo haría, pues seguramente él ahora… Me desprecia.

Ahora era tarde para huir. Los hombres que habían sido nuestros demonios seguro ahora se encontraban buscando por todas partes y las calles de esta ciudad ya no volverían a ser seguras como en ese momento que yo desperdicié por la culpa y pena que llevaba dentro. Ahora yo me había convertido en el demonio que habría de condenar a mis hermanos al hambre que con el tiempo los haría morir. Estábamos perdidos, y ya no había ningún camino que nos llevara al punto de retorno para volver a empezar.

– Todo… Ha terminado… – Susurré con la congoja torturando mi corazón y la vista clavada a un suelo al que sólo cobardes como yo pertenecíamos.

– Podría volver a empezar… Si así lo deseas. – Me sorprendí al escuchar una suave y melódica voz que transmitía tranquilidad y calidez al escucharla. Sólo había sentido algo parecido con el forastero, pero esta voz no es…

– ¿Quién eres? – Levanté el rostro para que mis pupilas fuesen llenadas con la imagen de un joven hombre arrodillado frente a mí. La pureza reflejada en sus diferentes ojos y la calma que reinaba en ellos fueron como una suave brisa que sacudía mis miedos y los ahuyentaba para irse lejos junto con las tinieblas que me acechaban.

Quedé cautivado por la naturaleza en su mirada, tan diferente a la del forastero pero igual en las sensaciones que hacía renacer en mí.

– Soy quien puede guiarlos de regreso al camino de la vida. Puedo ser quien les otorgue la oportunidad de volver a empezar y cumplir sus sueños, o puedo ser un simple joven que ha irrumpido en su escondite para molestar su tranquilidad… Eso sólo ustedes lo deciden. – La serenidad que había en su voz era como una dulce caricia que aliviaba mis penas. No había engaño o falsedad en su rostro, sólo una amabilidad tan desinteresada pero que a la vez mostraba la fuerte voluntad de su corazón para entregarse a las nobles causas.

Ese joven hombre tenía esa misma mirada que pensaba sólo una persona poseía. La misma mirada capaz de hacerme estremecer, no de miedo ni ansiedad, sino de una renaciente esperanza que iluminaba mi oscuridad y otorgaba la fuerza necesaria para seguir luchando en busca de nuestros sueños. Sólo una vez confié en esa mirada y terminé traicionándolo, pero ahora, ahora yo…

– Lo siento… Lo siento tanto… – Me lancé a sus brazos buscando el consuelo que tanto anhelaba mi alma, y disculpándome por los pecados a los que mis miedos me habían orillado a cometer. Sabía que ese hombre no era el forastero, pero ambos compartían la misma esencia en el alma y supe que lo más cerca que estaría de obtener su perdón sería mediante la persona que correspondía a mi abrazo en el más cálido que nunca antes había sentido desde ese niño, mi hermano al que le di la espalda.

– Está bien… Todo estará bien. Ya no tendrás que cargar con todo sobre tus hombros, lo que has podido hacer es más que apreciado por los tuyos y el infierno que vivieron hasta el día de hoy no será más que recuerdos que les ayudaran a siempre luchar contra la adversidad. Desde este momento en adelante… Una nueva vida empieza para ustedes. –

La suave sonrisa con que calmaba mi dolor y el brillo que refulgía en su mirada me hizo revivir las memorias de un pasado no tan lejano en el que alguien más también había sembrado la esperanza en mi corazón, pero esta vez yo… No defraudaré a nadie.

Quizás él forastero no lo dijo pero… Se puede tener más de un paraíso, y desde este día hasta el último no habrá momento en el que no luche por conseguir llegar a él… Mi paraíso de ver de nuevo a mi hermano con ese mismo brillo en sus ojos y la sonrisa sincera en su rostro calentando mi corazón.

****Años después****

– Debo dejar de hacer esto. – Me recriminé una vez más mientras salía a hurtadillas de la elegante residencia de una de mis muchas amigas.

Si me gustaba tener en mis contactos a las más bellas y delicadas chicas para pasar un buen rato los dos, era joven, ¿Qué podía hacer?

El problema era que por lo general las chicas que eran de mi gusto resultaban ser hijas de adineradas familias y por consiguiente yo terminaba entrando a sus habitaciones como todo un polizonte y a altas horas de la madrugada debía huir de ahí sin que nadie me viera para que la decencia de ellas no se pusiese en duda.

Lo malo… Es que uno de los trabajadores encargados de cuidar la residencia me vio bajando de la habitación de la señorita de la casa y ahora mismo me encontraba corriendo por las diversas calles aledañas en busca de perderlo de vista. En momentos como estos agradecía los dones y experiencias del pasado. No había duda de que lo que bien se aprendía nunca se olvidaba.

Pensaba que ya había perdido al gorila que me perseguía pero sus fuertes pisadas me dijeron que aún me seguía los pasos y tuve que doblar en una de las calles para volver a perder mi rastro y…

– ¡Auch! – Me quejé de dolor al haberme tropezado con algo y por ello haber caído estrepitosamente en el suelo. – Maldición, qué… –

Me detuve al instante en que me di la vuelta y en la oscuridad de la noche pude distinguir la forma de un cuerpo sentado y apoyando la espalda en la pared. Sus ojos se mantenían cerrados y el movimiento que distinguiera una respiración era casi escaso.

– O-Oye… ¿Estás bien? – Me arrodillé a su lado y al sentir mis rodillas haciendo contacto con algo húmedo y espeso bajé la mirada para mirar horrorizado el charco de sangre que había a su alrededor. – Hey, responde… Qué fue lo que… – El joven frente a mí abrió los ojos y un jadeo lleno de sorpresa escapó de mi garganta, haciendo que contuviera el aliento y sintiese como si mi corazón fuese capaz de detenerse en cualquier momento, estos ojos, son… Sin duda son… – Eres tú… En verdad eres tú, después de tantos años… – Acaricié su rostro con una de mis manos recordando las infantiles facciones de aquel niño que jamás había salido de mi mente ni de mi corazón. Ahora él había crecido y convertido en un hombre, pero aún podía ver en él al niño que mis memorias recordaban y esos ojos que jamás me abandonaron en sueños y hasta en pesadillas.

– No te conozco. – Su débil y rota voz me dijo que estaba convaleciente y a punto de extinguirse su vida. Había dicho que no me conocía pero el reconocimiento en sus ojos y el haber desviado su mirada de la mía me dijo que mentía.

– Deja ya eso, forastero. Sabes quién soy… ¿Qué te pasó? – Analicé con rapidez su cuerpo con la poca luz que tenía pero la gran mancha de sangre en su costado me había dicho de donde provenía tanta sangre, alguien lo había apuñalado. – ¿Quién te hizo esto? ¿Por qué? –

No podía comprender nada, todo había sido tan abrupto, sorpresivo. Fueron años los que lo había estado buscando que todo era en vano al no tener ni siquiera un nombre por el cual buscar, y ahora él estaba allí, frente a mí. Nuestro reencuentro había sido el mismo que la forma en que nos conocimos, inclusive traía consigo la misma vieja mochila de siempre y en su mano estaba…

– Déjame aquí, Kazuo. – Por fin decidió reconocerme. – Vete y déjame estar tranquilo… No… No necesito el pasado en este momento. – Su tono de voz era el mismo de antes, pero había algo diferente en él, algo muy oscuro y melancólico en la forma en la que hablaba… Era como si su alma estuviese rota.

– No te voy a dejar. Estas herido, debo llevarte a un hospital y… – Intenté ayudarlo a levantarse pero sus piernas le fallaron, y fue cuando noté una gran mancha oscura en su pierna derecha. También lo habían herido allí.

– ¡Por favor déjame ya! – Elevó la voz en lo que se convirtió al instante en un sollozo afligido. – Quiero morir ahora mismo, por favor… No me niegues ese deseo. Necesito… Necesito un perdón… Necesito descansar de todo esto… – Me pidió en una desesperada suplica con los ojos llenos de amargas lágrimas y una mirada que me rogaba… Compasión.

¿Qué le ha sucedido? ¿Qué cosas han pasado desde que yo…?

– No lo haré… Tú debes de vivir. Tienes que contarme todo lo que te ha sucedido, y tienes que… Perdonarme por lo que te hice, yo… –

– No lo entiendes, Kazuo… No entiendes nada… – Su mano buscó la mía y me entregó el objeto que jamás pensé llegar a volver a ver. – Ese hombre tenía razón, pero yo… Aunque no pueda ser el héroe de mi historia… Tampoco quiero ser el villano… – Y con esas palabras me negó el seguir viendo el apagado celeste de sus ojos al haber caído en la inconsciencia provocada por el dolor y la pérdida de sangre.

No sabía a qué infierno se había tenido que enfrentar, lo único que sabía es que sus llamas fueron lo suficientemente ardientes como para calcinar la voluntad y la fuerza que jamás creí podría ver hecha pedazos. Él estaba destrozado por dentro, sus ojos eran los de alguien con el alma rasgada y el corazón profanado, eran los ojos de quien que se había dado por vencido en la vida y entregado a la comodidad de la muerte, pero…

No importaba qué, yo no dejaría que muriera, y cuando él volviera a abrir sus ojos, en mi corazón me había grabado la tarea y voluntad de descubrir que oscuridad había sido capaz de arrancar esa luz con la que tanto soñaba volver a ser cautivado.

No descansaría hasta volver a ver esa luz refulgir en el celeste de sus ojos… No importaba qué, yo… La volvería a ver.


Y de ahí le seguían más cosas, pero he decidido mejor ponerlo dentro de algún capitulo más adelante. La continuación del fic ya está lista, sólo necesita editar unas cuantas cosas así que en esta semana será publicado :D espero que les haya gustado este especial que en realidad sólo es una parte del pasado de Shizuku, pero más adelante se irán descubriendo cosas, y en el próximo capitulo será uno de mis favoritos porque entrará un personaje que me gusta mucho pero no tanto a Marie, ya verán porque XD Mañana le daré contestación a sus comentarios, disculpen también por no haberlo hecho antes el tiempo no me lo permitía, pero estoy en vacaciones así que les contestaré a todos n.n Cualquier duda, sugerencia lo que sea déjenlo en comentario, gracias por leer.

Saludos!