Desde el día en el que había matado a aquel Yakuza, Viktor se sentía aterrado. La pureza de Yuuri había hecho que el ruso olvidara por completo el frío mundo del que este provenía.
Sin darse cuenta, Viktor se había dejado envolver por aquella fresca y brillante burbuja, la cual siempre estaba colmada de aquel maravilloso amor que solo la familia podía brindar.
Familia, qué hermosa y maravillosa palabra. Era irrisorio pensar o analizar el hecho de que, antes de conocer a Yuuri, esa misma palabra no le provocara nada más aparte de un enorme rechazo gracias a lo que había vivido en su infancia. Aunque no era de extrañarse que un muchacho, que se vio en la obligación de bañar sus manos con la sangre de su progenitor a los nueve años de edad para poder salvar a su madre, la cual intentó huir de él, encontrando así la muerte, terminara siendo un hombre con el corazón de piedra. Sin embargo, desde el día en que aquel tímido, aunque sorprendente, japonés, en compañía de sus hijos, se instalaron en su vida, la palabra "familia" era la más importante y valiosa del diccionario para él.
Otro de los miedos de Viktor era el de volver a sentir diversión, satisfacción y deseo de sangre, ante la posibilidad de quitarle la vida a una persona. Algunos meses atrás Viktor gozaba con aquel poder. No se molestaba en ocultar el orgullo que sentía cada vez que lograba acabar con una misión de forma exitosa, sumando así un nuevo nombre a su registro personal de defunciones, sino todo lo contrario, le encantaba vanagloriarse con su impresionante récord. Ser un asesino a sueldo era una profesión que le quedaba como anillo al dedo. Después de todo, ¿cómo iba a sentir culpa, arrepentimiento o cargo de conciencia una persona que no tenía sentimiento alguno en su interior?
Por años el corazón del ruso había permanecido inerte y carente de cualquier tipo de emoción o sentimiento. La muerte de su madre había sido el detonante de esa actitud. Era la única forma de protegerse para no terminar destrozado. Aun así, Viktor se había acostumbrado a ese estilo de vida; a permanecer completamente entumecido e inmune a las emociones humanas.
Si alguien le hubiera dicho que un adorable muchacho dos años menor que él, y padre de un niño, le iba a robar la razón y el corazón haciéndolo renunciar a su vida y a todo lo que había conocido, incluso haciéndolo arriesgar su existencia para permanecer al lado de aquel precioso pelinegro, Viktor se hubiera reído en su cara mientras le rellenaba el cerebro de plomo por hablar tantas ridiculeces juntas. Sin embargo, y en contra de todo pronóstico o loca suposición, allí estaba él, más enamorado de lo que alguna vez había llegado a imaginar.
En ese momento el pasado ya no le importaba, lo único que realmente tenía importancia para Viktor era su familia. Ese adorado pelinegro, a quien amaba cada día un poco más. Y aquel par de traviesos que, si bien aún le jugaban bromas o fingían inocencia absoluta en presencia de Yuuri para lograr que el japonés se pusiera de su lado, con cada abrazo y cada sonrisa que le dedicaban, lograban llenar de felicidad el alma del ruso.
Toda esa atmósfera de paz se vio cruelmente interrumpida, para luego ser destrozada, con la aparición de aquel mafioso japonés. Para ser honestos, no era que aquel sujeto fuera peligroso en sí (de hecho, matarlo había sido extremadamente fácil para Viktor, sino porque su aparición solo podía significar una cosa; sí, los yakuzas estaban cansados de esperar. Si no veían resultados pronto, serían ellos mismos los que atacarían a Yuuri y a los niños sin piedad alguna.
La solución a dicha situación estaba en la mente del ruso desde hacía bastante tiempo, el problema radicaba en la forma para llevarla a cabo. Era bastante obvio que no sería algo sencillo acabar con un grupo de asesinos expertos. Él sabía lo difícil que era matar a uno solo. Hacerlo en grupo sería casi imposible sin la planificación adecuada.
Viktor tenía más que claro que para apagar un incendio no se debía apuntar hacía las llamas. El extintor debía ser disparado con mira a la base del fuego. Si el ruso quería proteger a Yuuri tendría que deshacerse del peligro desde las raíces de este. Viktor tendría que matar al grupo Yakuza de esa región, quienes eran los que querían muerto a su amado y a sus hijos.
A pesar de estar completamente decidido a llevar a cabo aquella meta, no era tan iluso como para creer que podría con toda aquella organización por sí solo. Eliminar a una rama regional perteneciente a una de las mafias más peligrosas del mundo no era trabajo para un solo hombre. Para variar, necesitaría ayuda de su amigo suizo. Pero, aun con la ayuda y el apoyo de Chris, este trabajo necesitaría a una tercera persona. Quizás no fuese necesaria su participación directamente, solo necesitaban que se les apoyara desde las sombras entregándole cualquier información que fueran requiriendo en el momento. Además, matar a esos malditos mafiosos no era lo único que quería.
Una sonrisa llena de anhelo apareció en el rostro de Viktor mientras metía la mano en el bolsillo de su pantalón para palpar la suave caja de terciopelo que mantenía consigo todo el tiempo. Jamás en su vida había deseado oír con tanto fervor la palabra "Sí". Era por eso que, para poder hacer realidad aquel sueño, debía poner a salvo a su familia a como diera lugar y sin importar las consecuencias. Para ello, actuaría de la única forma que conocía.
Esa entereza que sentía por proteger a sus seres amados le era un poco extraña. En ese momento ya no quería matar por placer como lo hacía antes. Incluso sentía miedo al pensar en lo que podría llegar a pasar si Yuuri se enteraba de todos los cadáveres que habitaban en su consciencia. Viktor no estaba preparado para asumir las consecuencias de esos actos. Si pudiera cambiar su pasado, lo hubiera hecho desde el momento en el que se dio cuenta que estaba completamente enamorado del ser más bueno y dulce que alguna vez hubiera pisado la tierra. No importaba lo que hiciera, no había desinfectante en el mundo que lograra eliminar el rastro de la sangre que había manchado sus manos y su rostro durante todos sus años como sicario. El solo imaginar los ojos de Yuuri mirándolo con odio, con rechazo, o peor aún, con miedo, lograba que sintiera asco por sí mismo. ¿Un ángel podría acoger a un demonio que lo había engañado hasta en su nombre?
Viktor estaba decidido, esta sería la última vez que permitiría que sus demonios tomaran control de él y guiaran sus acciones. Una vez que, al fin, acabara con todos los yakuzas de la región, convencería a Yuuri de irse y comenzar una nueva vida lejos de sus países natales. Sin importar los sacrificios que tendría que hacer o cuánto tiempo le tomara, Viktor encontraría la forma de bloquear y despistar a Yakov y a sus hombres para poder vivir una vida normal y en paz con Yuuri y sus hijos, protegiéndolos de cualquier riesgo o peligro que pudiera amenazarles.
Sin más preámbulos, el ruso sacó el celular de la organización, que solía traer en el bolsillo interno que poseía cada uno de sus pantalones, buscó el número de su camarada en la agenda de contactos y lo llamó. Al menos, esta vez no necesitaba la autorización de Yuuri o tener que pedirle a este uno de los aviones de la empresa. Él poseía la autoridad y el poder para agendar y programar cualquier vuelo que necesitara o estimara conveniente.
El pelinegro le había dado el poder para hacer y deshacer en la compañía como el gerente general.
Después del tercer tono de marcado, la voz de Chris sonó al otro lado de la línea.
—¿Viktor?
—Sí, soy yo.
—Esto es divertido. Antes no me llamabas para nada, aparte de salir por cervezas una que otra vez y conversar sobre las víctimas futuras. Al parecer el amor te ha hecho más sociable.
—Si piensas eso es porque no me conoces.
—Cierto. ¿Debería preguntar cómo estás o pregunto directamente qué es lo que necesitas esta vez y que, obviamente, me incluye a mí?
—Es más que lógico que si te llamo es porque necesito tu ayuda. —Al ruso le alegraba que su amigo entendiera cómo funcionaba su mente. Eso ahorraba mucho tiempo.
—Lo sé, capitán de la obviedad. Mi pregunta es: ¿qué tipo de ayuda necesitas esta vez?
—¿Seung-Gil Lee aún está en la organización trabajando para Yakov? En este jodido negocio es mejor preguntar antes de que te informen que alguno de tus colegas está muerto o "desaparecido"
—¿El nerd hacker surcoreano? ¿Para qué necesitas a mister computín? Nunca le agradaste mucho, por si no lo recuerdas.
—Necesito hablar con él. Hay algo que quiero confirmar con el cerebrito ese. —A decir verdad, Seung-Gil no solo era un genio de las computadoras, el sujeto era más inteligente que Einstein. No había nada que él no supiera.
—Hombre, te deseo suerte. Llámalo y ve que tal te resulta la conversación con él. Después me llamas y me cuentas cómo tendré que arriesgar, esta vez, mi vida por ti y tu amado japonés.
—El papel de víctima no te queda. Permanece como victimario.
Sin decir una sola palabra más, Viktor cortó la llamada y, sin perder tiempo, buscó el nombre del chico surcoreano para llamarlo. El genio computacional contestó al primer tono.
—Seung-Gil al habla. Buen día, Nikiforov.
—Hola Seung-Gil.
—¿Qué es lo que quieres? —El tono de voz que usualmente usaba el surcoreano era igual para cualquier situación y cualquier persona; sin emoción alguna. Sonaba igual que un robot.
—Necesito tu ayuda. Quiero saber si es verdad el caso de intoxicación en Taiwán. Ese que se hizo viral en internet. Y de no ser real, debo saber qué tanta verdad hay detrás de la historia.
El chico supo de inmediato a qué caso se refería el hijo de su jefe. Esa historia estaba tomando mucha fuerza y a muchos incrédulos creyentes tras su publicación.
—El caso, como tal, es falso. Las dosis mencionadas, los síntomas de la víctima y los ingredientes no encajan del todo. Sin embargo, si sumas a la dosis que planeas, o cambias el "tú sabes qué" de orgánico a inorgánico, el resultado podría variar y ser el que tú esperas. Sería mortal. No se ha confirmado al cien por ciento si la "C" afectó realmente en algo. Pero, yo creo que sí. Te recomiendo aumentar esa dosis también. A mi parecer, eso causaría justamente el final que deseas y de forma rápida. Ahora me pregunto, ¿a quién quieres matar?
—A un grupo regional de Yakuzas. —De nada servía engañar a un tipo que podía averiguar lo que quisiera en segundos.
—¿Los que pagaron por la muerte de tu objetivo?
—Sí.
—No lo matarás, ¿verdad?
—No.
—Ya veo.
—¿No me preguntarás más? ¿Vas a delatarme? —Viktor estaba asombrado y desconfiado.
—No, lo que hagas no me interesa. Además, si te enamoras vas a irte con tu víctima. Si renuncias, irán tras de ti y mueres o logras escapar. De una u otra forma, te irás de aquí.
Cierto. Sin importar como acabara todo, Seung-Gil quedaría conforme.
—Entonces, ¿cuento con tu ayuda en el futuro?
—Claro, no voy a delatarte. Pero tampoco arriesgaré mi vida por ti. Simplemente, te ayudaré a desaparecer.
—Hecho. Gracias.
Al momento de colgar, llamó nuevamente al suizo para contarle las buenas nuevas.
—Listo. Necesito que vengas a Japón. Mandaré al avión privado a buscarte.
—No sé si lo sepas, pero yo tengo una vida y una misión aquí.
—Yuuri preparará Katsudon para ti si le digo que vendrás.
Chris no tuvo más opción que considerar la idea en silencio por unos segundos.
—Te odio, bastardo. Manda al maldito avión temprano. Y más te vale que pueda comer mucho Katsudon.
—Hecho.
—Por cierto, no me dijiste el plan.
Viktor suspiró al pensar en los que vendría ahora. Iba a deshacerse de un grupo completo de personas. Solo rogaba que, tras esa última acción atentando contra otras vidas, Yuuri pudiera exorcizar a los demonios que vivían en su interior.
—Haremos una gran cena para nuestros invitados.
—¿Cena? ¿Qué prepararás?
—El platillo principal ya está decidido... Muerte al dente.
Hola.
Espero que les guste este nuevo capítulo.
