El Señor Oscuro contemplaba a sus secuaces. Varios estaban ausentes terminando de rematar la delicada operación del Ministerio, otros habían partido a la caza de Harry Potter, y unos pocos habían permanecido con él en la Mansión de los Malfoy. La mayoría de los que habían partido a actuar en el Ministerio ya habían regresado. Sólo quedaban Yaxlev y algunos de los suyos terminando de dirigir a Thicknese y a los aurores cuyas mentes habían poseído. Seishiro Nara, Amon Yako y el resto habían vuelto.

-Me estáis diciendo que siendo veinte contra el Ministro, se os ha podido escapar una testigo –dijo Voldemort con voz peligrosamente suave. Los hombres le miraron, aterrados y expectantes-. Su descripción. La pondréis entre los más buscados, vivos o muertos –añadió con un sonido sibilante al aspirar entre afilados dientes.

-No era muy alta –empezó a decir Yako, que en cuestión de mujeres nunca perdía detalle-. Con cara de bruta, nariz rota. Muy musculosa. Pelo rubio corto, pecas, piel morena, ojos grises… parecía extranjera –añadió.

-¿Extranjera…? –desde su rincón, Elisabeth se irguió. Ya no vestía su discretamente elegante conjunto, que había transmutado en una destellante malla corporal hecha de hilos plateados entrecruzados como por obra de una araña enloquecida. Su nuevo traje, por llamarle de alguna forma, no dejaba nada a la imaginación, descubriendo la mayor parte de su piel blanca y perfecta-. ¿Pequeña, de frente alta y rasgos duros, con la mandíbula cuadrada…?

-Esa misma –exclamó Nara, entre asombrado y aliviado-. ¿Cómo ha…?

-Judith Kalazev –había algo obsceno en la forma en que la vampira pronunció aquel nombre, en un susurro enronquecido que combinaba ternura y anhelo-. Mi pequeña… ¡Cómo ha crecido!

Voldemort contempló a la mujer. Su expresión era indescifrable. Sus ojos rojos relucían con fuego helado de implacable intensidad.

-Parece que la conoce –murmuró Yako, algo resentido-. Quizás debería encargarse de esa mujer…

-¿Por qué, Amon Yako? –preguntó el Señor Oscuro con una sonrisa que tenía muy poco de agradable-. ¿No te sientes capaz de reducir tú sólo a esa bastarda sangre sucia?

-Judith no es sangre sucia –intervino Elisabeth de nuevo. Voldemort frunció el ceño ligeramente y su atención se distrajo del mortífago al que estaba mirando. Contempló a la mujer-. Sus padres eran magos. De hecho, los Kalazev son famosos en Rusia. Su madre era de origen muggle, pero por parte de padre procedía de un linaje prestigioso y antiguo –la sonrisa de la mujer era casi coqueta.

-¿Estás segura de eso? –murmuró Seishiro-. Esa mujer vestía de forma muy poco propia de una bruja respetable…

-Claro que estoy segura –aunque contestaba al mago, su mirada estaba fija en Voldemort, sonriéndole como si compartiese con él una broma particular y secreta-. Yo vampiricé a sus padres cuando ella era una niña. Su madre fue mi primer intento de poseer a una mujer… Además, mi señor… -casi ronroneó al hablar-, fue un Kalazev quien me invocó en este plano, hace ya muchos siglos –su gesto era coqueto, tierno y seductor, con un aire de inocencia que no engañó a nadie. Su pierna izquierda subió para frotarse contra la otra. Amon tragó saliva. Seishiro desvió la vista, incómodo. La risa argentina de la mujer dejó bien claro que había notado sus reacciones. El Señor Oscuro torció ligeramente el gesto, impaciente ante los modos infantiles de Elisabeth-. Ella es mía –musitó la vampira sonriendo a Voldemort-. Siempre lo ha sido, desde que era una pequeña niña adorable de cabellos rubios y boca en forma de corazón… -se relamió obscenamente. Seishiro notó un acceso de nauseas. Aquella criatura le revolvía el estómago.

Voldemort asintió levemente.

-Entonces, solicitaremos su captura viva, mujer –dijo con frialdad. Trataba a Elisabeth con una frialdad envidiable-. ¿Tienes alguna otra petición? Estamos contentos contigo.

-Oh, sí… Entre los aurores hay uno de los míos. Un pequeño salem descarriado, que con ayuda de pociones intenta contener al demonio que roe su alma… -sonrió muy ampliamente, y por un segundo el glamour que la cubría pareció debilitarse, dejando ver los rasgos reales, blancos como la tiza, y los agudísimos colmillos. Amon y Seishiro tuvieron que contenerse para no dar un paso atrás-. Quiero que prohibáis esa pócima, y que todos los viales que existan sean destruidos.

-¿También le quieres para ti? –preguntó el Señor Oscuro, con algo cercano a la curiosidad. Elisabeth se rió alegremente, como si le hubiese contado algo particularmente chistoso.

-¡Oh, no…! No le necesito para nada. Pero se me ha resistido –sonrió de nuevo, y el verde de sus ojos se volvió plata por un instante-. Quiero doblegarlo –sus delicados y largos dedos hicieron ademán de romper una existente ramita-. Quiero romperlo –susurró roncamente, con un acento tan sexual que Amon notó, horrorizado, cómo su virilidad se hinchaba. Seishiro tuvo que contenerse para no vomitar.

-Está bien, Elisabeth –respondió Voldemort-. Se tomarán las medidas adecuadas para atender tus peticiones, que son razonables y apropiadas. Ahora podéis retiraros –hizo un además con la mano indicándoles la puerta.

Los dos hombres se encogieron al pasar junto a la vampira para no tocarla. Voldemort les miró salir, satisfecho y secretamente divertido. Su miedo a la mujer era agradable: demostraba que él, como siempre, estaba por encima de todos ellos al ser capaz de manejar a aquella subcriatura sin un estremecimiento.

Le encantaba humillarles así.

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Judith, Nadja y Evan no habían perdido un momento tras salir del Ministerio. Habían aterrizado en la mansión Montcastillac para encontrarse ante un inmenso laberinto, el tipo de casa que hacía que uno se diese por perdido a los tres minutos de llegar. Por suerte, la administrativa poseía un sentido de la orientación a toda prueba y no tardaron en llegar a los dormitorios. Delante de una puerta, atravesándoles con la mirada como si no estuviesen allí, había una pequeña niña de negros rizos. Su rostro translucía la más absoluta indiferencia. Parecía una pequeña muñequita, cuyo único movimiento delator de la vida que le animaba era la respiración pausada y lenta.

Cuando trataron de llevársela fuera de la casa, sin embargo, la criatura empezó a gritar desaforadamente. No quería irse, y sus aullidos de animal herido hubiesen llamado la atención de un ejército. Judith, con los nervios destrozados y poca paciencia, la dejó inconsciente con un hechizo. Fue el tembloroso Evan quien tomó a la pequeña en brazos, toda rizos y lazos de satén. Un resplandor lejano provinente del salón les advirtió de que los mortífagos les seguían la pista, así que huyeron al jardín corriendo como locos. Desde allí se Aparecieron, dejándose guiar por la auror.

-¿Pero dónde…? –exclamó una atemorizada Nadja. Estaban en plena calle, rodeados de gente que iba y venía y les miraba con curiosidad: dos mujeres extrañamente vestidas y un joven rubio que parecía querer desaparecer de la vista, encogido y retraído, con una niña morena en brazos-. ¿¡Dónde nos has traído!? –gritó histérica la administrativa.

-¡No sé, es una foto que vi en casa del soplapollas! No se me ocurría otro sitio, nuestros hogares estarán acordonados a estas horas y… -la administrativa le clavó las uñas en el brazo a la auror, que tuvo que interrumpir su perorata. Judith abofeteó a Nadja-. ¡Cálmate, por Dios! No es el momento de tener un ataque.

Lentamente, la administrativa empezó a soltar el brazo de la otra mujer. Había dejado marcas en la piel morena de la auror. Nadja se inclinó y, como un robot, recogió las gafas que se le habían saltado por el golpe recibido. Luego respiró hondo.

-Lo siento –dijo mecánicamente-. Yo… No sé qué me ha ocurrido.

Judith asintió y luego se giró hacia Evan.

-Evan, ¿cómo lo ves? ¿Puedes cargar con la niña?

El chico asintió. Estaba demudado, pero mantenía la calma, excepto por el delator entrechocar de sus rodillas.

-Sólo necesito que la cojas un segundo, Jude. Tendría que realizar un glamour –habló con gran claridad, intentando que los dientes no le castañearan-. Llamamos más la atención que el Gran Circo de Moscú.

La rubia auror soltó una breve carcajada, que contuvo rápidamente para no derivar en la histeria propia del shock que todos habían sufrido.

-De acuerdo, dámela y haz lo que debas –tomó un segundo a la pequeña Leah en sus brazos, sorprendiéndose de lo poco que pesaba. Tenían que pensar rápido y moverse. Sabía que, en cuanto se le pasara la descarga de adrenalina que la mantenía en pie, se desplomaría agotada. Miró hacia la casa delante de la cual estaban. ¿Por qué su superior había tenido una foto de una casa muggle entre sus papeles…?

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-Tenemos que volver al Ministerio –declaró Algma con terquedad.

Albert alzó la vista al cielo. Desde que habían recibido la noticia llevaban discutiendo qué hacer, y no se habían puesto de acuerdo.

-Yo no puedo hacer eso –declaró Samuel con seriedad. Sus ojos castaños parecían más grandes por las ojeras, como si fuesen a salírsele en cualquier momento del rostro-. Si me ven, lo que lograré es que me intenten convertir en una criatura oscura. Y no pienso convertirme en un vampiro.

-Ya eres un vampiro –repuso la compañera de Algma con retintín. A la mujer no le gustaban nada las criaturas oscuras, incluso las rehabilitadas como Sam. El hombre moreno le dirigió una mirada venenosa.

-No quiero discutir eso ahora –declaró-. No pienso dejar que me conviertan en la mascota del Señor Oscuro, y se acabó.

-De acuerdo –intervino Ethan, conciliador-. Tú, Sam, no puedes volver, Algma y la dama –hizo una breve reverencia a la compañera del sangre limpia, que le sonrió encantada como olvidando por un segundo la tensión ambiente- tienen que hacerlo porque sienten que es su deber. Me parece correcto. Quizás debamos separarnos: los que deban ir al Ministerio e intentar minimizar daños, que vuelvan allí, y el resto intentemos hacer algo de por libre. ¿Quién va a regresar? –Algma, la mujer y Darío dieron un paso al frente-. De acuerdo. ¿Cómo entraremos en contacto? No podemos quedarnos incomunicados –los tres se miraron y luego observaron a Ethan, expectantes-. Os voy a proponer algo peligroso: los que volváis al Ministerio os vais a tener que quedar allí capeando el temporal. Va a ser una tarea de titanes, puesto que por ser aurores desconfiarán de vosotros, pero podemos intentar crear una red de información. Nosotros, desde fuera, podemos hacer guerra de guerrillas e intentar invertir la situación a la larga. Porque nadie piensa rendirse, ¿verdad? –nadie respondió, pero todos los presentes se irguieron, como insultados por el mero concepto. Todos eran luchadores natos, en mayor o menor medida. Ethan asintió, nada sorprendido-. Bien, los tres que regresáis, ¿sois sangre limpia y de familias conservadoras? –Algma y su compañera asintieron, y Darío esbozó una sonrisa torcida-. ¿Darío?

-Yo he llegado hace apenas un mes. Si declaro que vine con la esperanza de apoyar al Señor Oscuro, ¿quién dudará de la palabra de un italiano? Todos sabemos que de allí han surgido multitud de Magos Oscuros prestigiosos…

-Es cierto, esa es la idea que tenemos… usa ese cliché en tu favor –murmuró Ethan pensando a toda velocidad -. Debemos establecer una forma de comunicación que no ponga a nadie en peligro. Supondremos que durante el primer mes, al menos, estaréis estrictamente vigilados hasta que crean estar seguros de vuestra alineación.

-Tú también eres sangre limpia, Ethan, lo mismo que Albert –señaló Algma.

-Yo no pienso lamerle las botas al asesino de Scrimgeour –gruñó Albert-. Así que no voy a volver. Me revolvería el estómago.

-Es cierto, eres demasiado visceral –suspiró el rubio, sin atender a la mirada asesina del más mayor-. ¿Cuál es tu excusa, Ethan?

-Mi hermano fue asesinado por mortífagos –susurró el moreno-. Nunca aceptaría someterme a ellos. El peor legilimens del mundo vería eso en mi mente –sonrió un poco-. Me temo que si fuese con vosotros duraría lo que una rana de chocolate en una escalera de Hogwarts.

-Qué cojonudo –suspiró Sam-. Yo caí, pero la Résistance venció –canturreó. Todos le miraron como si se hubiese vuelto loco.

-¿Qué dices? –se extrañó Ethan. El vampiro agitó la cabeza.

-Nada, nada… los sangre limpia no sabéis lo que os perdéis al no ver la tele –se rió por lo bajo.

-Eres raro –comentó la mujer con aire de suficiencia.

-¿Por qué no quedamos en el Caldero, de aquí a un mes? –dijo Darío-. A esta misma hora, aprovechando que estamos de servicio. Si hay que anularlo, le diré a Ray…

-¿Ray? ¿Ray Singfield, la cantante? –intervino Samuel-. ¿La conoces?

-Es mi novia –explicó rápidamente el italiano. Albert torció el gesto, pero no dijo ni mú-. Le puedo pedir que introduzca palabras clave en sus canciones. Al fin y al cabo, no creo que siendo como es un icono en el mundo mágico vayan a por ella…

-Cierto –asintió Algma-. Los fans son criaturas imprevisibles y peligrosas. Imagínate a Quién-tú-ya-sabes perseguido por un montón de brujas quinceañeras histéricas…

Todos soltaron una nerviosa carcajada ante la imagen mental. Incluso Albert pareció relajarse un poco ante aquella muestra de humor. Discutieron durante cosa de un minuto sobre qué palabras se podían infiltrar en un código particular para que las canciones, sin ser sospechosas, pudiesen resultar significativas para ellos. Cuando se pusieron de acuerdo se separaron, Samuel, Ethan y Albert yendo en busca de Nadja y quien le acompañase –Samuel rezaba mentalmente a cualquiera que pudiese estarle oyendo porque Judith estuviera viva y bien-, y los otros tres se comprometieron a volver al Ministerio y tenerles al tanto en cuanto pudieran.

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-Creo que deberíamos llamar a la puerta –insistió Judith-. Si Galael tenía esa foto, debía ser por algo.

-Vale, lo que tú digas –dijo pacientemente Evan-. Pero, ¿y si quien vivía aquí cuando Galael consideró importante recordar el emplazamiento ya no lo hace? ¿Y si nos estamos equivocando? Además, si tú has visto esa foto, los mortífagos también pueden encontrarla.

-Motivo de más para comprobar si están relacionados con el soplapollas –repuso la rubia con terquedad-. Si son amigos suyos, querrán saber qué le ha pasado, ¿no crees? Y si se les van a tirar encima los mortífagos, mejor que estén sobre aviso y puedan mudarse…

-Uhm. De acuerdo, de acuerdo… ¿Tú qué opinas, Nadja?

La administrativa les miró, como si la conversación le hubiese sido ajena hasta el momento.

-Bueno… Me muero por descansar –confesó ajustándose las gafas-. Y necesito una taza de té. Opino que lo mejor que podemos hacer es probar. Si resulta que no son ellos… Al menos nos dejarán sentar medio minuto, y es medio minuto que habremos ganado de descanso –comentó en tono práctico. Estaba muy pálida, y en su mejilla se notaban unas rojizas marcas de dedos.

-Está bien –aceptó Evan, resignado-. Probemos suerte. Tú delante, Jude.

Judith avanzó sin dudar hasta llegar a la puerta y luego llamó a ella. Esperaron casi un minuto sin que nadie abriese, y luego volvió a llamar.

No se podía decir que hubiese tenido un día exento de ellas, pero cuando la puerta se abrió tuvo la mayor sorpresa del día.

-¿Señor Montcastillac…? –exclamó atónita.

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-¿Estás seguro de que es aquí? –preguntó Albert. Su humor no había mejorado en absoluto con todos los últimos acontecimientos.

-Eso ha dicho Nadja, que estarían en el número diecisiete. Ésta parece ser la casa –dijo Ethan contemplando la fachada. Era un pequeño chalet unifamiliar de dimensiones discretas, posiblemente con un minúsculo jardín en la parte trasera.

Samuel pasó el peso de un pie al otro, inquieto. Le había tranquilizado saber de boca de la administrativa que Evan y Judith estaban sanos y salvos, pero quería verles con sus propios ojos. No dijo nada, no obstante, preguntándose si la alegría que sentiría al verles sería mutua.

Ethan se adelantó con los otros dos tras él. Aún vestía las ropas del día anterior, las mismas con las que había ido a recoger a Peter a la estación, de estilo muggle pero ya tan sudadas por la acción y arrugadas de dormir con ellas que habían perdido toda elegancia. Sólo la capa y el talismán le delataban como mago. Por el contrario, Albert llevaba un conjunto gris muy propio de un sangre limpia cubierto por una capa parda. Sam, por último, vestía con tejanos y un jersey verde de cuello alto sin mangas, que hacía resaltar penosamente su palidez antinatural. Habría mucho que decir sobre su falta de gusto al vestir en aquellos momentos.

-¡Ya va! –dijo una voz juvenil desde el otro lado de la puerta. Sonaron pasos ágiles y rápidos, y las hojas se abrieron para dar paso a la criatura más bella que jamás hubiesen visto.

El cabello del ser era plateado como la luna, y sus ojos azules como el cielo en verano. La larga melena lisa enmarcaba un rostro del color del marfil viejo, en el que la nariz recta y menuda hacía juego con la graciosa boquita de labios llenos y sensuales, curvada en una "o" de sorpresa al verles. Las manos que emergían del albornoz que vestía eran pequeñas, de uñas como perlas, y estaba descalza. Aquella visión era hermosa de la cabeza erguida a los pies diminutos, como extraída de un sueño celestial. Sus perfectos labios se movieron para formar palabras en una voz que era como uno imaginaría que eran las voces de los querubines o las sirenas:

-¿De qué coño vais disfrazaos? –exclamó la aparición, destruyendo el encanto.

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NdA: por un momento pensé en seguir escribiendo, pero el capítulo se me alargaba una barbaridad y en algún momento había que cortar. De momento, aquí tenéis dos nuevos personajes, que en el próximo capítulo definiré mejor. No os asustéis… No voy a trufar esto de gente (de hecho, creo que ya he presentado a todos los personajes que tienen que salir… ¡ufff! ¡Lo logré!). Sólo me faltaba el dúo sacapuntas. Y este capítulo es algo más suave… pero ya empezamos a crear la Résistance XD. Que sí, que Harry venció a Voldie y que los gemelos montaron una radio. Pero alguien más movió el culo, digo yo… no todos estarían ocupados en rascarse los cojones y hacer oooohs y aaaahs mientras los adolescentes se dedicaban al camping. ¿No? Que parece que en HP los adultos lo único que hagan de utilidad es morirse… SIGH. Sospecho que a J.K.Rowling no le gustan mucho los adultos…

Elisabeth prepara sus planes, el bueno de Voldie maneja la situación como todos sabíamos que haría, y Judith tiene un busca y captura en su contra. Y ahora va a venir la parte realmente complicada: crear un movimiento de resistencia creíble. (Debar se cruje los nudillos). Dejadme reviews y animadme el día, que los voy a necesitar. Más vale que me relea "Ha llegado el águila" de mientras…

La canción que tararea Sam, por supuesto, es la de la película de South Park. El bueno de Sam es un friki, y yo también, por si lo dudabais :P

Ah, y más cosas: en mi perfil tenéis ya la cubierta "terminada" de Promesas, y un dibujo de Ray y Darío. El segundo va con censura, lo siento, porque era un desnudo, así que Deviantart exige que estéis registrados si queréis verlo. Aparte de eso… nada más. Tardaré un poco en volver a actualizar, me temo, así que paciencia y una caña ;)