Hola, lo prometido es deuda, así que les traigo el ¿epilogo? de esta historia, espero que les guste, el titulo dice mucho...

ojalá lo disfruten


Capitulo veinticinco: Beth and company

Tres años después

Se supone que no tenía que estar pasando en ese minuto, no, faltaban ocho semanas más para que naciera. Era demasiado pronto, pero el dolor en el vientre se estaba haciendo más agudo con cada segundo que pasaba y estaba segura que lo que estaba teniendo eran contracciones.

-San, ¡ya estoy en casa!-gritó Brittany abriendo la puerta con un muy buen ánimo después de la clase que había dado en su academia-.

Santana quiso correr pero tenía miedo de hasta moverse demasiado rápido.

-San…-repitió la rubia ahora mucho más cerca de su esposa y su cara se lo dijo todo-.

Dos segundos más tarde y Santana sintió como un líquido se deslizaba entre sus piernas.

-He roto fuente-Susurró la latina con la su voz cargada de preocupación, en sus ojos ya caían lágrimas-.

Brittany no sabía qué hacer, sabía que ese momento llegaría pero aún no era tiempo, Santana tenía recién siete meses de gestación.

-Tranquila, vamos, te llevaré al hospital…-Expresó la rubia tomando con extremo cuidado a su mujer para subirla al auto-.

La rubia bailarina no supo cómo tuvo la cabeza fría para manejar por las calles de Nueva York a toda velocidad, saltándose leyes del tránsito y gritándole de vuelta a quienes la insultaba un "mi mujer va a dar a luz", como si esa valida explicación sirviera para calmar a los enardecidos conductores neoyorquinos.

-Ya estamos por llegar, aguanta un poco más, cielo…-Susurró la rubia con su mano en la barriga de su esposa con la intención de que aquella frase sirviera para mantener a su bebé en el vientre de Santana hasta llegar al hospital-.

Los gritos de dolor de Santana la estaban poniendo aún más nerviosa, sabía que su latina era valiente pero estaba segura que aquella pequeña que quería salir antes de tiempo le estaba dando pelea. Brittany llamó a Kayle para que fuera al Hospital y le avisara a Sophie que iban de camino, confiaba en ambas doctoras y en ese momento más que cualquier cosa necesitaba sentirse en confianza.

Mal estacionó su auto en las afueras del hospital de Columbia, a los minutos sus gritos habían surtido efecto y tenía a varias enfermeras con Santana, la llevaban en una silla de ruedas y la morena se negaba a soltarle la mano.

-¡Brittany!-Gritó Kayle corriendo con su bebé en los brazos-.

-Kayle…lo siento pero necesito que tú y Sophie estén con nosotras, confió en ustedes, Santana rompió la fuente…es muy pronto, Kay, nuestra bebé es muy pequeña para nacer…-explicaba la rubia dejando por primera vez que su angustia la superara-.

Santana había sido trasladada a una habitación y Britt con Kay se habían quedado en la puerta donde entraban y salían enfermeras, ese día Kayle no tenía turno en el hospital. Por casualidad había salido a comprar un par de cosas acompañada de su pequeña Charlotte y estaba más o menos cerca del hospital cuando recibió la llamada de la rubia, por lo que en vez de ir a casa donde la esperaban Francis con su hijo James, se fue directo al hospital.

-Sophie, viene de camino, yo estaba cerca por eso llegue antes…tengo que dejar a Charly con alguna enfermera, vuelvo de inmediato y tranquila sí, todo saldrá bien, muchos bebés nacen antes de tiempo…-Expresó la doctora Carpentier poniendo una mano en su hombro-.

-¡Britt!-Gritó de manera desgarradora con el dolor marcado en su tono-.

-Aquí estoy, San, aquí estoy…-Dijo la rubia, volviendo a tomar su mano-Todo saldrá bien, Sophie viene en camino, ella no dejará que nada le pasé a nuestro bebé-.

La ginecóloga que había llevado el embarazo de Santana entraba a la sala, se puso sus guantes y comenzó a examinarla de inmediato-.

-Doctora, ¿Qué pasó? Faltan dos meses aún-preguntó una angustiada rubia-.

La doctora Davis, se quedó en silencio unos segundos que a la pareja le parecieron eternos, tocaba para ver la dilatación y miraba el monitor para ver cada cuando Santana tenía contracciones.

-Tenemos dos opciones, que pujes o ir de inmediato al quirófano porque este bebé va a nacer ahora…-expresó la doctora-.

Santana sintió la más fuerte de las contracciones hasta ahora y pujó, pujó con toda la fuerza que le quedaba, haciendo a Brittany morderse el labio para ahogar el dolor que le había producido el fuerte agarre su esposa en su mano.

-¿Qué es lo menos riesgoso para el bebé?-preguntó la latina con un hilo de voz-.

-Te recomendaría que siguieras pujando ahora, porque estoy sintiendo su cabeza…-dijo la ginecóloga-.

Un segundo, uno en que todo el dolor desapareció y Santana sólo vio directamente a esos ojos celestes de su esposa, tres años de matrimonio, tres años donde habían aprendido a amarse más, tanto que sin pensarlo demasiado hace unos meses habían decidido que era el momento de que su amor fuera compartido con alguien más, como Brittany estaba con su academia, Santana había decidido embarazarse primero, ella no trabajaba con su cuerpo como su esposa y estaba feliz de poder hacer eso por ambas, primero. Eso lo había dejado claro, querían más y la próxima vez le tocaría a Britt.

Sophie hacía una gran entrada dirigiendo a su equipo, le hizo un par de preguntas a la doctora Davis y mandó de inmediato a pedir una incubadora.

-Tú hazla nacer y yo me ocuparé del resto…-Dijo con autoridad la inglesa-.

-Puja, San, puja…sólo un poco más…-le pedía Britt acercándose aún más si era posible, besando su mano, secándole el sudor de su frente-.

Lo estaba intentando, joder que lo estaba intentando fuerte pero parecía que ninguna epidural estaba teniendo efecto porque le dolía hasta respirar. Una pujada más, dos…tres…quizás cinco, porque contarlas se le estaba haciendo imposible.

-La última, Santana, ya casi la tengo…la última…-Dijo la doctora-.

Un gritó que estremeció aquella sala seguido por un tímido llanto, uno que produjo que ambas madres también derramaran lágrimas.

-La quiero ver, por favor…necesito verla…-Suplicó Santana-.

-Sólo un momento, necesito examinarla y ponerla en la incubadora, es muy pequeña, Santana…-Expresó Sophie-.

Ambas madre afirmaron con la cabeza, Brittany cortó el cordón umbilical y fue la encargada de llevarla hasta Santana, era pequeña, demasiado pequeña y liviana pero era una López y se sobrepondría, de eso Santana estaba segura. La latina vio en su pequeña cabecita alguna pelusas rubias, no podría llamarse cabello aún, pero crecería, sus ojos aún estaban cerrados, y sus deditos parecían querer acariciarla, reconociéndola.

-Hola…Celeste…-Susurró Santana cuando Britt acercó su bebé hasta ella-.

-Así que así se llamará…Celeste…me gusta…-Dijo Brittany con su voz entre cortada por la emoción-.

Santana sólo le había dicho que ya sabía su nombre, pero se lo diría el día en que naciera y Brittany no había insistido, aunque se había apropiado de su segundo nombre.

-Bienvenida al mundo Celeste Simone López-Pierce…-Susurró la rubia-.

Sophie tuvo que llevársela, Santana necesitaba descansar y la pequeña claramente necesitaría más cuidados que si hubiese nacido a los nueve meses. De hecho tendría una estancia más larga en el Hospital que su propia madre.

Sus amigas comenzaron a llegar una tras otra, cada una había interrumpido su rutina ante el llamado de Kayle, que había sido la encargada de darles la noticia, la preocupación inicial se fue disipando a medida que tuvieron más información.

Francis había llegado al hospital con su pequeño, dándole a un beso a su esposa que sin poder hacer mucho como médico se había encargado de contener a Brittany. A Santana le habían dado algunos calmantes para durmiera un poco, Celeste aún estaba siendo examinada por Sophie.

-¿Cómo está, Celeste?-preguntó Brittany cuando vio aparecer a la doctora Clayton-.

-Va a tener que pasar unas semanas aquí, los bebés prematuros necesitan que sobretodo su sistema respiratorio termine de desarrollarse, pero está bien, pesa casi dos kilos y mide 30 centímetros…felicitaciones, mamá…-expresó dándole una sonrisa tranquilizadora-.

Brittany la abrazó con fuerza, "mamá", esa palabra se hacía realidad antes de lo pensando pero era igual de gratificante escucharla.

-¿Cuándo podremos ver a tía San?-preguntó una madura Beth de trece años que había sido sacada de su escuela, por lo que aún llevaba el uniforme de la escuela privada a donde había trasladada-.

-Le han puesto calmantes, seguro podremos entrar cuando despierte en un par de horas-respondió Kayle-.

- Celeste es definitivamente es toda una López, se le dio la gana nacer antes y simplemente lo hizo-Dijo Quinn para distender un poco al ambiente-.

Brittany sonrió ya más calmada al saber que sus dos personas favoritas en el mundo estaban bien. La había tenido en sus brazos, había podido ver lo hermosa que era, una sonrisa aún más grande se alojó en su cara al recordar esas pelusitas rubias, Santana se lo había dicho, que sería rubia, ella no lo había querido creer, pero claramente existía la posibilidad porque el donante anónimo que habían elegido había sido seleccionado según sus características físicas, muy rubio de ascendencia holandesa.

La próxima vez será una morena, pensó Brittany.

Se comenzaron a acomodar en la sala de espera, nadie se iría hasta que Santana despertara.

-Mamá... ¿podemos ver a la bebé?-preguntó Charlotte casi en un susurró a Kayle que estaba sentada con ella en sus brazos-.

-Charly…la bebé está en una sala con otros bebés que son muy pequeños y no te puedo llevar ahí…-intentó explicarle la doctora Carpentier-.

-Mamá por favor…quiero verla… No se lo diré a nadie, será un secreto entre tú y yo…-insistió negociando-.

Si, tenía sólo dos años y unos meses pero era una niña muy obstinada, Francis solía compararla con Kayle todo el tiempo, porque su pequeña no sólo tenía sus ojos verdes sino que también el carácter de una Carpentier.

Kayle la miró y recordó cuando habían nacido, recordaba ese día como uno de los más maravillosos y estresantes de su vida, porque si bien ambos habían nacido casi sin complicaciones, un embarazo múltiple siempre era de cuidado y hacerle entender eso a su inquieta esposa las había llevado a tener más de una discusión. El primero en nacer había sido el varón a quien Francis llamó, James Edward, su abuelo no había podido evitar las lágrimas cuando escuchó de labios de su esposa el nombre elegido, tampoco ella que no se esperaba que Francis quisiera que su hijo tuviese ese nombre tan importante para su familia. Tres minutos y veinte segundos después, había nacido la niña, Kayle le había puesto Charlotte y su mujer al ver que sus ojos habían sido heredados, eligió el Alessia, para que tuviese el mismo segundo nombre que ella.

No había sido fácil criar dos bebés, porque si uno lloraba el otro comenzaba a hacerlo, si uno quería leche, el otro también y así, pero no habría cambiado esa experiencia por nada, los mellizos y su mujer eran su vida entera.

Y quizás era por el momento que estaban viviendo, ver nacer a otro bebé en esa maravillosa familia que habían construido entre todas o ese brillo de súplica en los ojos de Charly, pero Kay cedió y en silencio se levantó, balbuceando alguna mentira blanca cuando le preguntaron a donde iba.

-Es un secreto entre tú y yo, y tendré que ponerte lo que usa mamá para cuando va a operar ¿tenemos un trato?-expresó la doctora hablándole a su hija como si fuera grande y no fuera recién para los tres años-.

-Trato-respondió con una gran sonrisa-.

Kayle adecuo un pijama de cirugía para su hija o lo intentó por lo menos, le puso una mascarilla y luego repitió el proceso con sí misma.

-Sólo un minuto, porque si me ven aquí contigo me despedirán…-.

Entró a la sala con Charly en los brazos y caminaron hasta la incubadora donde estaba la bebé.

-Ella es la hija de tía San y tía Britt, se llama Celeste y como tú eres más grande tendrás que cuidar de ella…- .

Charly puso su mano en la incubadora y la miró con total adoración, ciertamente no sabía mucho de bebés, pero estaba segura que ella en particular era la más hermosa que vería alguna vez.

-La cuidaré mamá, lo prometo-.

Kayle sonrió sin saber que esa promesa que estaba haciendo, Charly la recordaría por el resto de su vida.


Siete años después.

Valle de Napa, vísperas de navidad.

Se había transformado en una tradición familiar, sin importar sus agentas de trabajo, todas cada año iban a pasar la navidad y año nuevo a la casa del matrimonio Carpentier en California. Aquél lugar tenía todo lo necesario para relajarse, rodeada de viñedos, tenía piscina y era lo suficientemente grande para todas. El clima era totalmente agradable, lejos del frío diciembre de Nueva York.

Beth había sido la última en llegar a California contra el deseo de su madre que le había dicho que prefería que viajara con ellas y su pequeño hermano. No, con el pasar de los años no se había puesto menos sobreprotectora ni decir de Santana, ambas había hecho un lobby importante cuando llegó el momento donde tuvo que elegir universidad, habían insistido hasta convencerla de que fuera a Columbia, en Nueva York y aunque le gustaba estudiar ahí ya iba sintiendo esa necesidad de tener más independencia, de que era tiempo de dejar la seguridad de la casa que materna.

La Beth de veinte años había cumplido casi cada ritual Fabray, fue porrista, la capitana de ellas, se mantuvo en el cuadro de honor durante toda la secundaría y para pesar de Santana, también había salido un tiempo con el estúpido quarterback del equipo de football de la escuela. Aunque hubo algo que cambio, porque cuando llegó el momento de elegir qué carrera seguir, se alejó completamente de las luces que había tenido sobre ella mientras crecía por todas las celebridades que había a su alrededor. Contra todo pronóstico artístico sobre su futuro, había decidido seguir la carrera de derecho, tenía claro que quería hacer algo importante con su vida, había elegido querer ser abogada por su alto sentido sobre lo justo y sabía perfectamente a donde tenía que ir si realmente quería lograr algún tipo de cambio.

-Hasta que por fin llegas-Expresó Santana entrando a la habitación donde estaba dejando su equipaje-.

-Tía San-dijo Beth en tono de reproche- Estoy grande y no es un problema que viaje sola-.

Santana frunció el ceño.

-¿Te quedaste más días en Nueva York, para pasarlos con ese niñato?-inquirió la latina con su mano en la cadera-.

Beth revoloteo los ojos y se giró para verla a los ojos, dándole un beso en la mejilla como saludo.

-Ya no salgo con Joe-respondió-.

-Me alegra, dentro de sus escasas cualidades la inteligencia no era una de ellas…-expresó con voz de suficiencia-.

Beth, pensó que era difícil decir algo inteligente o terminar una frase siquiera cuando te sentías intimidado la mayor parte de tiempo. Y no quería culparlas sobre lo desastrosa que era su vida amorosa, no quería, pero Santana y Quinn se lo estaban haciendo muy difícil. Recordaba la frase que le había dicho Joe –la última víctima- sobre las "altas expectativas" que tenía su familia sobre la persona que saliera con ella y que él no las cumplía, por lo que era mejor que dejaran de salir.

Para cualquier persona esas palabras habría sabido a excusas, pero Beth sabía que el pobre chico lo había intentado.

-¿No se supone que tienes unos bebés que de verdad lo son de los que preocuparte?-inquirió la rubia-.

-Britt está supervisándolas en la piscina-respondió la latina alzando los hombros-.

Beth se puso un bikini blanco y un pequeño short de mezclilla para ir junto a Santana a donde estaban todas disfrutando de una barbacoa y día de piscina. Se dio el tiempo de ir una a una saludándolas, luego tomó una cerveza y se acomodó en una de las sillas de playa para descansar, estaba agotada después de sus exámenes en la universidad.

-Aún no me acostumbro a verla beber alcohol-Le dijo Santana a Quinn-.

-Ni yo-.

-Tiene veinte años, ya déjenla en paz-expresó Rachel-.

Rachel había sido una brisa de aire fresco en la vida de Beth, era quien solía interceder desde su adolescencia para lograr los permisos para ir a alguna fiesta o salir con un chico, era su cómplice.

-Voy a decirte lo mismo cuando Dylan cumpla veinte y el príncipe de mamá tenga novia y beba cerveza-expresó la latina cruzándose de brazos-.

-Lo aceptaré mejor que tú-Se defendió la actriz-.

-Seguro-ironizó Quinn que veía día a día como era Rachel con su hijo menor-.

Dylan Oliver Fabray-Berry, tenía cuatro años, casi cinco, el cabello castaño oscuro y sus ojos mutaban de café a verde oscuro, Rachel se había embazado de él, pasados dos años de matrimonio con Quinn.

-¿Han visto a James?-preguntó Francis acercándose a ellas-.

-Y hablando de príncipes de mamá-expresó la latina ganándose una mirada algo ofendida de la rubia que aunque quisiera no podía negar que así era-.

-Lo vi entrar a la casa hace unos minutos- contestó Rachel-.

Francis entró a la casa en búsqueda de su pequeño de ya diez años, comenzó por la cocina pensando que podía haber entrado a buscar alguna gaseosa pero no estaba, tampoco en el salón.

-¡James!-exclamó-.

Y al no recibir una respuesta subió la escalera gritando su nombre un par de veces más, hasta que lo vio salir desde uno de los baños del segundo piso.

-James Edward Carpentier III- dijo la rubia con sus manos en la cadera- ¿Que te he dicho de no contestarle a mamá cuando te llama?- Le dijo cuándo el pequeño salió muy bien arreglado del baño, tanto que la hizo fruncir el ceño- ¿Qué le has hecho a tu cabello? -.

James se volvió a mirar al espejo y vio cómo su cabello castaño claro estaba perfectamente peinado, con la partidura definida y sin rastro de esas rebeldes ondulaciones que había ordenado con gel, sonrió grande y sus ojos azulados brillaron. El último paso era tomar las flores que él mismo había cortado del jardín, eligiéndolas una por una.

-¿Y esas flores?-pregunto Francis totalmente impresionada porque parecería que su pequeño de diez años iba a una cita-¿Son para mí?-preguntó-.

-No, son para Beth…-respondió-¿Ya llegó?-.

-Sí, está cerca la piscina tomando sol-respondió-.

James se pasó la mano por el cabello por última vez y comenzó a bajar las escaleras seguido muy de cerca por su madre.

-¿Encontraste a tu príncipe?-preguntó Santana cuando la rubia volvió donde estaban-.

-Si-Respondió escuetamente la rubia prestando atención a su hijo que ya estaba pronto a llegar donde estaba Beth-.

-¿Qué te sucede?-Preguntó Rachel-.

Y todas miraron en dirección hacia donde lo hacía Francis. Beth tenía sus ojos verdes cerrados protegidos por unos los lentes de sol estilo aviador, se había puesto los audífonos para escuchar algo de música y relajarse, casi se estaba durmiendo cuando sintió un pequeño toque en su hombro.

Al abrir los ojos lo primero que vio fue unas bonitas flores, se sentó en la silla y movió sus lentes de sol hacia su cabeza.

-¿Para mí?-preguntó divertida al ver a James particularmente arreglado con su cabello muy engominado-.

-Sí, para ti, las elegí yo mismo del jardín-explicó bajando la cabeza sonrojándose-.

Sonrojo que aumentó cuando Beth le dejó un beso en la mejilla.

-Muchas gracias, James, están muy bonitas…-.

-Yo quería preguntarte algo…-comenzó el pequeño colocando sus manos entrelazadas detrás de su espalda, balanceándose con nerviosismo, lo había ensayado mucho no podía acobardarse ahora-.

-Dime…-.

-¿Tendrías una cita conmigo?-preguntó-.

Beth abrió los ojos y se aguantó la risa porque no quería avergonzarlo, se veía que había puesto mucho esfuerzo en su apariencia y se preocupó del detalle de llevarle flores.

-¿No estoy un algo grande para ti?-.

-Claro que no, yo seguiré creciendo…o eso dice mamá Francis cuando me obliga a comer mis verduras, que son para que crezca, así que en unos años seré más alto que tú-explicó con total suficiencia-.

La rubia pensó unos segundos que decirle.

-Tendré una cita contigo cuando cumplas veinte, a esa edad ya serás más alto que yo y nos veremos muy bien juntos…-Expresó con tacto para no romper sus ilusiones-.

James estaba un tanto decepcionado, pero al pensarlo un poco más sonrió, Beth por lo menos no lo había rechazado y aunque faltaran algunos años para que cumpliera veinte, sería paciente y esperaría, Beth eres lejos la chica más hermosa que había conocido y saldría con él, sólo faltaban unos años.

-¿Es una promesa?-preguntó estirando su mano para sellar el trato-.

-Es una promesa- Aseguró Beth dándole la mano-.

James como el caballero que era, acercó la mano de la rubia a sus labios y la besó, Beth pensó que cuando él tuviese veinte tendría mujeres por montones y se olvidaría de aquella promesa, pero estaba totalmente equivocada.

Luego de unos minutos decidió ir hasta donde estaban sus tías.

-¿Qué tanto hablabas con James?-preguntó Francis con total curiosidad-.

-Tu hijo me pidió una cita-respondió sonriendo y tomó una hamburguesa de la parrilla de la barbacoa-.

-¿Una cita?- Inquirió divertida la latina-.

-Sí, una cita, me dio flores y todo antes de preguntármelo-.

-¿Y qué le dijiste?- preguntó Quinn-.

-Que saldría con él cuando cumpliera veinte…-.

-No te sorprendas si lo recuerda en diez años más- Dijo Kayle, quien estaba encargada de la barbacoa-.

Beth rió divertida.

-Claro, seguro lo va a recordar, cuando tenga veinte y esté en Yale como todo un Carpentier, las mujeres harán fila para salir con él…lo olvidará…-Expresó alzando sus hombros y se fue con su Hamburguesa a su silla otra vez-.

Francis estaba particularmente silenciosa.

-¿Qué pasa? ¿Celosa de que tu príncipe prefiera a otra rubia?-Esa fue Santana a la que le encantaba meterse con Francis-.

-López, no es un buen momento para tus bromas…-le advirtió cruzándose de brazos-.

-Vamos, no te pongas sensible, además tu hijo tendría suerte si Beth salé con él-Siguió la latina pese a las advertencias-.

Francis meditó sus próximas palabras.

-¿Suerte? ¿Cómo la suerte que tendrá tu hija cuando comience a salir con Charly?-inquirió de vuelta, todas las demás las miraban en silencio acostumbradas a esas pequeñas batallas-.

-Mi Celeste no saldrá con tu hija…-.

-Míralas y luego sigue pensando que eso no pasará-continuó con suficiencia la rubia-.

Santana giró su mirada, a un costado de la piscina, bajo la sombra de un árbol estaba su Celeste, parecía concentrada pintando algo, algo que seguramente había dibujado Charlotte para ella. Se pequeña se apoyaba en el cuerpo de Charly, su cabeza llegaba justo a su pecho, mientras ocasionalmente podía una de sus manos apoyada en las piernas que rodeaban.

Charly miraba con atención el dibujo que Celeste había terminado de pintar, ya estaba acostumbrada que no importara lo que dibujara, ella siempre lo pintaba como quería, o sea de manera muy abstracta, ese por ejemplo, tenía un conejo celeste y un sol verde. Y no es que no se supiera los colores, ella ya tenía siete años, era simplemente porque lo prefería así, le gustaba innovar.

-Es del color de tus ojos-dijo Celeste apuntado el sol-.

-Sí, está muy bonito, me gusta dibujar para ti, siempre sabes que colores usar para pintarlos-expresó la menor de los Carpentier-.

-¡Gracias!-exclamó apreciando su obra de arte y luego dejando un beso en la mejilla de Charly-.

Charlotte Carpentier se había tomado muy en serio la promesa que le había hecho a su madre el día que Celeste nació. La cuidaba, los mejores días eran cuando podían verse y su cosa favorita en el mundo era verla sonreír, así que aunque ahora tuviese algo de calor y deseaba sólo un poco meterse a la piscina prefería estar ahí con ella, haciéndole dibujos para que pintara, porque a sus cortos diez años de vida sabía que haría cualquier cosa si la recompensa era ese beso en la mejilla y ver sus ojos cafés muy claros brillando.

-¡Bomba!-gritaron una rubia bailarina y una morena antes de saltar a la piscina salpicando a todos a su alrededor-.

La morena, que lucía dos flotadores azules eléctricos en sus brazos, tenía cuatro años y su nombre era Niza Constance López-Pierce, la menor de su familia había nacido del vientre de su mamá Britt pero tenía una personalidad explosiva muy acorde con el apellido López.

-¡Niza!-exclamó en tono de reclamo Celeste que vio cómo su creación ser había mojado-.

Ambas hermanas que se llevaban por tres años no sólo se veían diferentes, sino que Celestes tenía una personalidad mucho más introvertida que su pequeña hermana.

-No hay problema, podemos hacer otro ¿quieres?-preguntó Charly-.

-Sí, pero quiero una hamburguesa primero-.

-También yo-.

Charly se levantó primero y le ofreció su mano para ayudarla a levantarse, Celeste la tomó con confianza y entrelazaron sus dedos para ir hasta la parrilla por sus hamburguesas, al llegar Kayle le pasó una a su hija, quien le puso un circulo grande de mayonesa, luego uno más pequeño de kétchup, luego otro de mayonesa nuevamente y un toque de mostaza, puso el pan encima y se la dio a Celeste, si, ella sabía hasta el más particular de sus gustos, que solían ser bastante particulares, luego recibió una para ella y en silencio fueron por un par de sodas.

-¿Qué decías, López?-Expresó Francis sonriendo triunfante ante la escena que todas habían visto-.

-Kayle dile a tu esposa que se calle porque estoy a dos segundos de patearle el culo-.

La doctora Carpentier le dio una cerveza a la latina, estaba acostumbrada a esas cosas y sabía que lo más sabio era no interferir, luego comenzó a caminar hacia donde estaban Alison y Sophie, dándose mimos, un poco alejadas de las demás.

-Les traje hamburguesas, me quedaron increíbles-Dijo Kayle alabándose así misma-.

Y es que le había costado un poco, sólo un poco, tomarle el punto a la parrilla, sus amigas habían tenido que comer más de una vez hamburguesas o carne quemada, pero la doctora había insistido hasta que lo logró, era algo que disfrutaba mucho de hacer para su familia.

-Gracias, Kay, esta mujer no me quería dejar ir por algo para comer…-Bromeo Sophie-.

-Esta mujer, es tú mujer…firmaste para estar conmigo toda tu vida así que sin reclamos ahora- le contestó Alison-.

Sophie sonrió y le robó un beso.

-¿Y? ¿Con tantos niños a su alrededor no les dan ganas?-preguntó haciendo presión la doctora Carpentier-.

-Creo que con Al ya tenemos muchos niños de los que preocuparnos-respondió Sophie-.

Alison y Sophie habían optado por una vida nómade, habían comenzado con una fundación para operar a niños de países subdesarrollados que las llevaban a viajar con frecuencia a otros continentes, por lo que cuando decía que tenían muchos niños de los que preocuparse hablaba totalmente en serio. También estaban las giras de Alison de las que Sophie disfrutaba acompañarla.

-Quizás en un tiempo más, que ustedes se hayan apurado tanto por reproducirse no es nuestro problema, así que dejá de decirnos siempre lo mismo-expresó Sophie-.

Alison no agregó nada a lo que había dicho su mujer, llevaban cinco años de matrimonio y lo estaban disfrutando a concho, por lo que aún no había planes de agrandar la familia.

Aún.

Y realmente esperaba que ese aún, no se alargara demasiado.


Diez años después.

Charlotte Carpentier, no le había avisado a sus madres que había decido viajar, quería sorprenderlas. Llevaba un poco más de un año viviendo en Europa, en Berlín más específicamente y aunque la distancia se le había hecho difícil en un comienzo, una parte de ella lo disfrutaba, estar lejos era tomar aire de todo lo que significaba ser una Carpentier.

Sabía que no recaía sobre sus hombros la Compañía, eso era cosa de su hermano, que ya llevaba dos años en Yale, preparándose para seguir la senda empresarial familiar, ella nunca se había interesado, era una artista y en Europa estaba tomando clases de pintura y fotografía.

No sabía cuánto más estaría allá, su mamá Francis era la que se había mostrado más reacia a que se fuera, Kayle lo había entendido mejor, pero su gran dilema al irse no pasó por sus madres, pasó por ella.

No sabía cuánto tiempo más estaría en Berlín sobre todo por ella.

Si, la que seguía siendo la chica más linda que había visto, la que justo ahora veía sosteniendo un cartel.

"Bienvenida a casa, Charly", decía el cartel que sostenía Celeste.

Charly apresuró su paso, la extrañaba tanto, hablaban a diario pero no era suficiente, no lo era y sólo ahora que la sostenía entre sus brazos levantándola unos centímetros del suelo se sentía en casa. No por la ciudad, por ella.

-Pensé que no vendrías-dijo Charly sin soltarla del todo-.

-Llegue a un acuerdo con mamá para que me dejara faltar a la escuela-respondió y la volvió a abrazar, el extrañarse era totalmente mutuo-.

Charlotte sabía que ese "mamá" se refería a Santana, la madre de Celeste a la que nunca le había gustado del todo esa relación tan cercana que tenían. Ninguna contó los minutos que habían estado abrazadas, lo necesitaban, sentirse cerca otra vez, después de casi cuatro meses sin verse.

Luego, con toda la calma caminaron hasta el auto de Celeste, uno deportivo rojo demasiado llamativo para el gusto de la mayor de las López. Su mamá se lo había regalado cuando cumplió dieciséis, el mismo año que se había hecho capitana de las porristas.

-¿Cuántos vestidos vas a tener que modelar, a cambio de este permiso?-preguntó Charly con una media sonrisa, ubicándose en el asiento del copiloto-.

-Tres-respondió secamente poniéndose el cinturón-.

-No sé si valgo tanto esfuerzo-.

La Celeste López-Pierce de diecisiete años, era muy diferente a lo que se podía esperar de una López, había mantenido su personalidad más bien introvertida y eso de las porristas y desfilar lo hacía sólo para complacer a Santana, tener toda esa atención puesta en ella no era algo que realmente disfrutara.

-Tía Francis está a dos segundos de un ataque pensando que no vas a venir a pasar tu cumpleaños aquí-habló la rubia-.

-Lo importante es que esté James, yo soy un agregado-bromeo la morena-.

-Para mí no lo eres-Susurró no lo suficientemente bajo Celeste-.

-Te he extrañado mucho…-.

Celeste quitó un segundo su vista de la calle para verla, no había cambiado mucho desde que se fue, llevaba un jeans oscuro totalmente desgastado por el uso, rasgado cerca de las rodillas y una remera blanca con escote en v que dejaba a la vista algunos de sus tatuajes, estaba segura que su chaqueta de cuero debía venir en esa mochila de lona azul manchada con pintura que tanto le gustaba, Charly nunca dejaba su chaqueta atrás, era su favorita, la que había sido hace años de su mamá Kayle.

Las demás personas al verla como vestía jamás pensarían que esa chica era la heredera de una de las fortunas más grandes del país.

-¿Puedes bajar el techo? Necesito sol, el clima de Berlín es una mierda-.

La rubia apretó el botón para bajar el techo y ambas se pusieron sus lentes de sol para disfrutar del sol primaveral.

-Si el clima es una mierda deberías volver ¿no?-Lanzó Celeste casi logrando fingir un tono desinteresado-.

Porque aún no lo aceptaba, aún parecía que fuera el día siguiente del que Charly se fue, no se acostumbraba a la distancia, a conformarse con verla a través de una pantalla cuando hablaban sagradamente cada día, pese a la diferencia de horario.

-Cielo, ya lo hemos hablado…-Le dijo Charly tomándole la mano-.

-Lo sé y mantengo mi opinión, odio que estés lejos, realmente lo odio-Expresó entrelazando sus dedos-.

Charly se acercó un poco más y le dejó un sonoro beso en la mejilla.

-Ya estoy aquí, contigo…-.

Si, ya estaba ahí, con ella y estaba dispuesta a disfrutar cada segundo a su lado.

Llegaron a la residencia Carpentier en los suburbios de Nueva York. Charly sacó su bolso de la maletera y se puso su mochila, levantó la vista para apreciar esa gigantesca casa –mansión- en la que había crecido.

-¿Tus madres no deberían estar en la Compañía a esta hora?-preguntó Celeste-.

-Mamá Francis no va todos los días-respondió- Quizás esté aquí-.

Francis hace muchos años que había dejado Vogue, era un trabajo muy demandante y aunque le gustaba mucho y se veía en un futuro siendo la reemplazante de Christine, había pesado más su familia, quería criar a sus mellizos, verlos crecer. Así que renunció y tomo un lugar en Carpentier Company, junto a su esposa, ambas era la cara visible de la Compañía, sobre todo después de que falleció James y se leyó su sorprendente testamento.

Abrieron la puerta y fueron recibidas por el servicio doméstico, Susana, era su ama de llaves y quien los había visto crecer así que la abrazó fuertemente, contenta de verla llegar, Charly le devolvió el abrazo.

-¿Mamá está en casa?-.

Y no alcanzó a responder cuando una ya mujer madura Francis Carpentier salía de la oficina que tenía en casa hablando por teléfono, se quedó helada al ver a su hija.

-Hola-Dijo Charly con esa media sonrisa Carpentier, esa que cuando la usaba era imposible enojarse con ella-.

-¡No sé si abrazarte o darte una palmada en el trasero!-Exclamó la rubia con una mano en su cadera-.

Pero la felicidad que le produjo de verla en casa ganaron y la estrechó fuerte entre sus brazos.

-¿Cariño?-inquirió Kayle al otro lado del teléfono-.

-Lo siento, es que TÚ HIJA-dijo haciendo énfasis-Acaba de llegar-agregó-.

Kayle sonrió al escuchar que su hija ya estaba en casa.

-Dile que llegaré temprano para que cenemos juntas, ya tenemos a una de dos en casa, cariño-.

-No le perdonaré tan fácil el mal rato que me hizo pasar al decirnos que no viajaba-Dijo fingiendo seriedad- Te esperó para cenar, cariño-.

-Te amo-.

-Tu madre llegará temprano para cenar-.

-Subiré a mi habitación, necesito una ducha-expresó Charly-

-¿Te quedas a cenar?-Le preguntó Francis a Celeste-.

-Claro que se queda, no pienso dejarla ir en por lo menos unos días-expresó la morena-

Francis sonrió al ver el gesto posesivo de su hija, rodeándole la cadera a Celeste con su mano.

-Sólo llama a tu madre, no quiero que Santana mande a la policía y acuse a mi hija de secuestro-medio bromeo Francis-.

Celeste sonrió y bajó la cabeza un tanto avergonzada, luego subió hasta esa habitación que conocía tan bien, seguía habiendo fotos de ambas por todos lados, desde que eran niñas hasta ahora. Mientras Charly se daba una ducha, ella se recostó en su cama, en esa que había dormido tantas veces, aspiró el aroma que aún guardaba la almohada. Y se dijo que más tarde llamaría a su madre, no tenía ganas de escuchar ese tono que usaba cada vez que era algo relacionado con Charly, no lo entendía. O si, sabía que el miedo de Santana era que traspasaran esa delgada línea que las unía para comenzar una relación, ella misma lo había pensado muchas veces, porque era innegable que Charlotte Carpentier le atraía de todas las maneras posibles, nadie la conocía como ella, nadie la hacía sentir esa plenitud con su sola presencia, nadie la calmaba con sólo abrazarla, la amaba, siempre lo había hecho.

Y quizás su miedo más grande era que Charly no la amara de "esa manera".

-Un dólar por tus pensamientos-expresó Charly saliendo de la ducha, para luego lanzarle a su lado-.

-Nada importante-respondió evasiva-.

-¿Sabes que me puedes decir cualquier cosa? ¿Es la escuela? Es tu último año y esos suele ser complicado…-.

-La escuela está bien…-.

-¿Entonces?-.

-No quiero que te vuelvas a ir…-susurró mirándola fijamente a los ojos, colisionando sus orbes café claro con destellos dorados con los verde de Charly-.

Charlotte le dio una sonrisa y la atrajo para abrazarla, para cobijarla en su pecho, pasando su nariz por su cabello rubio.

-Cuando estoy así contigo no quiero ir a ningún otro lugar…-.

Celeste sonrió entre sus brazos, esa frase decía tanto y tan poco a la vez, justo como Charly era, siempre diciéndole lo que quería escuchar, pero nunca tanto como para comprometerse.

Los compromisos y la estabilidad nunca habían sido lo suyo, levantó levemente la mirada para volver a verla a los ojos, recordó las veces que se colaban en el gran clóset de su mamá Santana para besarse, eran unas niñas y habían sido su primer beso mutuo, pero hace un tiempo que ya no lo hacían, de adolescentes las cosas habían cambiado y al parecer Charly la había puesto en su lugar de "mejor amiga" a tiempo completo, si ser mejores amigas alcanzaba para describir lo que eran, siempre lo pensaba y nunca podía encontrar lo que las definiera.

Quizás no lo había, quizás llegaría el momento donde se volvieran a encontrar de esa otra manera, quizás debía arriesgarse y decirle sus sentimientos.

Quizás.


Se podría decir que Dylan Fabray-Berry, era mucho más su segundo que su primer apellido, él que ya estaba por cumplir los quince años y estaba en su primer año de secundaria, al contrario de su hermana mayor que había cumplido con los rangos de popularidad, él pasaba totalmente desapercibido o por lo menos lo intentaba, porque sus gusto de "nerd" lo hacían un imán para los bravucones de la escuela privada a la que iba, a la que todos habían ido en esa familia que conformaba con sus madres y todas sus tías.

Estaba en su casillero, buscando uno de sus preciados libros de comic para luego ir a la cafetería en busca de su almuerzo, encontraría un lugar alejado de todos y disfrutaría de su lectura en soledad, como cada día.

Sólo sintió como su cuerpo se iba hacia adelante y chocaba fuerte contra la puerta recién cerrada de su casillero, produciendo que se golpeara la frente.

-Cuidado por donde caminas nerd- le dijo burlándose su más constante brabucón-.

El menor de los Fabray levantó la cabeza y se quedó en silencio, ese tipo no valía su tiempo, era sólo un idiota que si no fuera por el dinero de sus padres seguro no sería capaz de hacer nada de su vida.

-Permiso-le pidió para irse a la cafetería-.

-¿Qué? ¿No te disculparas por haberte cruzado en mi camino?-inquirió en todo de burla Jackson dándole otro empujón, haciendo reír a sus amigos jugadores de Lacrosse-.

-Sólo déjame ir-le pidió un poco más alto-.

-¿Y si no quiero? ¿Qué vas a hacer? ¿Golpearme con uno de esos libritos estúpidos que lees? –Y ahí iba el tercer empujón, luego le quitó el libro-.

-Dámelo-Le exigió-.

Jackson comenzó a arrugarle algunas hojas al libro, riéndose muy fuerte.

-¡Hey idiota! ¡Que lo dejes en paz joder!-exclamó y le dio un empujón muy fuerte que no condecía con su pequeño y delgado cuerpo-.

Niza le quitó el libro y se puso entre el jugador y Dylan.

-Si no quieres que te patee el culo y no vuelvas a jugar en tu jodida vida, sal de aquí, te doy ¡tres segundos!-le gritó amenazante acercándose a su cara-.

El jugador se lo pensó sólo un segundo y salió de ahí, Niza se veía bastante segura de poder patearle el culo y no le haría bien a su reputación que lo derribara una porrista.

-¿Estás bien?-preguntó Niza con una sonrisa y le dio su libro-.

-Sí, gracias…-respondió bajando la cabeza un tanto avergonzado, no era primera vez que Niza llegaba a su rescate-.

La porrista le arregló un poco el cabello y lo miró con cariño.

-¿Quieres que almorcemos juntos?-preguntó la morena-.

-Pero tú almuerzas con el equipo de porristas…-.

-Ya, pero quiero almorzar contigo ¿o no quieres?-.

-Si quiero-.

Niza le volvió a sonreír y se le marcó su hoyuelo, se acomodó su melena oscura y comenzó a caminar junto a él, pasando por su almuerzo antes de ubicarse en una mesa.

-¿Y Celeste? No la he visto hoy en la escuela-preguntó Dylan-.

-Hoy llegaba Charly, fue por ella al aeropuerto-respondió-.

-Ahhh-.

Se miraron cómplices, todos sabían lo muy muy unidas que eran Celeste y Charlotte.

-Hablaré seriamente con Nick, para que ninguno de sus estúpidos compañeros de equipo vuelva a meterse contigo-aseguró Niza-.

-No es necesario, yo puedo manejarlo-le dijo con su ego herido-¿sigues saliendo con Nick?-.

-Más o menos, nada oficial, ya sabes cómo es mamá, dice que puedo empezar a salir con chicos a los 18 o por ella a los 30-expresó haciendo un gesto que hizo reír a Dylan-.

-Tía San le dijo lo mismo a Beth-.

-Sí, pero mami Britt es más comprensiva, ella sabe que salgo con Nick a veces…-.

Dylan le dio una media sonrisa y bajó su mirada para concentrarse en su comida, claro que tenía que ser el futuro capitán del equipo de Lacrosse quien saliera con la futura capitana de las porristas, así de predecible era la escuela, así de lejos estaba Niza de él.

Niza estaba esperando que su mamá fuera por ella a la escuela, generalmente se iba con su hermana a casa pero como ese día no había ido, Santana la llamó para decirle que pasaría por ella.

-Hola mami-saludó subiéndose al jeep cherokee de Santana-.

-Hola pequeña ¿Qué tal la escuela?-preguntó saliendo del estacionamiento de la escuela-.

-Como siempre, clases aburridas, entrenamiento duro…-dijo alzando los hombros-.

-¿Qué dijo la entrenadora por la ausencia de tu hermana?-preguntó-.

Ahí estaba, pensó Niza, su madre buscando algo que decirle a su hermana cuando llegara esa noche a casa.

-Nada, le dije que tenía un virus estomacal-contesto la menor de las López-.

-Siempre tapando a tu hermana-.

-Mamá-dijo en tono de advertencia-.

-¿Qué?-.

-Hace cuatro meses que Charly no venía, es sólo un día, Cel no bajará sus calificaciones o dejará de ser la capitana del equipo porque falte un jodido día-.

-Niza el lenguaje, soy tú madre-aclaró Santana-.

-Sólo decía, tienes que bajar la presión sobre ella…-.

Santana giró la cabeza en negación, no iba a seguir esa discusión, sus hijas siempre se apoyaban una a la otra, siempre y no había quien las pusiera en contra ni en la mínima cosa.

Niza se dio una ducha e hizo sus deberes antes de bajar para ayudar a su mamá San a preparar la cena.

-¿Mami Britt a qué hora llega?-preguntó-.

-Ya salió de su última clase así que no debe tardar-.

Con los años la academia de Brittany no hizo más que consolidarse y aunque ya no daba tantas clases como al principio seguía manteniendo algunas, bailar era algo que amaba hacer y hasta que su cuerpo no dijera lo contrario lo seguiría haciendo.

-¿Y la colección cómo va?-.

-En marcha, quizás en dos meses más ya pueda presentarla-dijo Santana-.

-¿Podre desfilar?-preguntó animada Niza-.

-Claro pequeña, tú y tú hermana son mis modelos preferidas-.

Niza dejó un sonoro beso en la mejilla de su madre. Terminaron la cena y pusieron cuatro puestos para la cena, en eso llegó Britt.

-¡Hola familia!-exclamó la rubia con mucha energía como siempre-.

-Hola, cariño-respondió Santana recibiendo el beso de su mujer en los labios, que siempre, siempre se extendía un poco.

Niza tosió divertida.

-Estoy aquí y no quiero ver cómo me hacen otro hermanito…-bromeó-.

-Ya está lista la cena, sólo falta que llegue Celeste-dijo Santana-.

-Me llamó, cenará en casa de Charly y se irá de ahí mañana a la escuela-explicó Brittany-.

Santana se puso frente a su mujer con su mano en la cadera.

-¿Y porque no me llamó a mí?-preguntó frunciendo el ceño-.

-Porque habrían discutido-Dijo Niza metiéndose en la conversación, mientras llevaba los platos a la cena-.

-Me llamó a mí, es igual, nada de qué preocuparse-Expresó Britt-.

-Llega Charly y nada más le importa a Celeste, eso no está bien-balbuceo la morena-.

-Mamá-.

-San-.

Dijeron al mismo tiempo Britt y Niza.

-¿Qué?-.

-Sabes que siempre pasan sus cumpleaños una con la otra desde que son niñas-le recordó Britt con paciencia-.

-Sí, mamá, además Celeste sólo sale de casa en las noches cuando está Charly aquí, déjala en paz-.

Santana bufó sonoramente e hizo un gesto de rendición, eran dos contra una, nada que hacer.


Rachel aunque su hijo ya tuviese quince años no abandonada la costumbre de ir cada noche después de su ritual nocturno a su habitación, darle un beso en la frente y desearle buenas noches.

Le movió un par de mechones de ese cabello castaño para darle el beso en la frente cuando notó el moretón.

-¿Dylan cómo te hiciste eso?-preguntó pasando su dedo que produjo un pequeño quejido-

-Fui torpe y me golpee con el casillero-respondió evasivo-.

Rachel le miró dudando.

-¿Te siguen molestando, cierto?-.

-Mamá, no fue nada…-.

-Voy a ir a la escuela a hablar con la directora-expresó fuertemente-.

-No, mamá por favor…sólo son un par de chicos estúpidos, me da igual-.

-Alguien tiene que hacer algo Dylan…-.

-Niza los amenazó, seguro no me vuelven a molestar en un tiempo-.

Rachel se volvió a sentar a un costado de la cama y le acarició el cabello otra vez, intentando ser comprensiva con su hijo y no dejarse llevar por su instinto de sobreprotección.

-Buenas noches, cariño-.

-Buenas noches mamá-.

La actriz fue hasta el dormitorio y escuchó como Quinn hablaba con Beth por teléfono, lo hacían cada noche, su mujer no parecía aceptar que su pequeña ya tenía treinta años, menos aceptaba el hecho que se haya mudado a Washington.

-¿Beth está bien?-preguntó acostándose en su lado de la cama-.

-Lo está, con mucho trabajo eso sí, esa congresista la explota-refunfuñó antes de acostarse a su lado-.

-Pero ella ama lo que hace y es momento de que lo vayas entendiendo-.

Quinn levantó su ceja Fabray.

-Lo sé-reconoció y darle la razón a su mujer sobre Beth le dejó un sabor amargo en el paladar-.

-Se volvieron a meter con Dylan en la escuela, tiene un moretón en la frente, debería ir a hablar con la directora-le contó la actriz-.

-Rach-.

-¿Qué? Esos bravucones disfrutan metiéndose con mi hijo y nadie hace nada, por lo que vale la matricula en esa escuela mínimo tendrían que mantener a los chicos seguros-.

Quinn le tomó la mano intentando que se tranquilizara.

-Deja que él lo solucione, que tú hables con la directora podría empeorar las cosas para Dylan en la escuela, ya sabes cómo es la secundaria-.

-Se cómo es, lo recuerdo perfectamente, tú no lo sabes porque siempre fuiste la chica popular, pero el bullying que le hacen puede afectar seriamente su autoestima-.

-¿Qué te dijo Dylan?-.

-Que no lo hiciera, que Niza que había amenazado a los chicos que lo molestaban y que no lo harían de nuevo-.

Quinn sonrió pensando en la pequeña López, que era tan igual a su madre, la fotografía de la Santana de la secundaria.

-Su Superheroína personal…-expresó la rubia-.

Rachel la miró de vuelta entendiendo lo que dijo su mujer, luego se acomodó en sus brazos para dormir, como cada noche en los más de veinte años que llevaban juntas.


Celeste llevaba cerca de media hora observando a Charly dormir, se supone que después de cenar iban a ver una película pero la morena no había durado ni media hora y se durmió. Lo entendía, sabía que había tenido que estar muchas horas en un avión y ella odiaba volar, no era capaz de pegar un ojo, fueran las horas que fueran.

Le acarició el rostro con completa adoración, no perdiendo atención de su teléfono en la otra mano, la despertaría justo a las doce, para ser como siempre la primera en saludarla por su cumpleaños.

Se levantó con cuidado, aun sabiendo que podía pasar un tren a toda velocidad por su costado y Charly no despertaría, fue hasta su bolso y sacó una pequeña cajita que llevaba guardando por semanas, su contenido había sido mandado a hacer con meses de anticipación.

-Charly…-susurró volviendo a acariciarla-Cariño, despierta, tengo algo para ti…-.

Miró de reojo la hora faltaba un minuto para las doce de la noche.

-Charly…-repitió y se acercó, acompasando sus respiraciones, quedando demasiado cerca de sus labios, demasiado tentador-.

-Mmm… ¿Qué pasa?...-susurró con la voz ronca la menor de los Carpentier-.

-Ya es tu cumpleaños…-dijo con una media sonrisa-.

Sonrisa que copio Charlotte aun con los ojos cerrados, Celeste predió la lámpara, no quería perderse su reacción cuando abriera su regalo.

-Tengo algo para ti, así que abre los ojos…-.

-Sólo porque nunca me niego a abrir un regalo-bromeo abriendo sus ojos-.

Sus maravillosos ojos verdes chispeantes.

-Felices veinte años…-Le dijo arrodillándose en la cama y le dio la cajita, Charly apoyó su espalda en el respaldo, quedando frente a frente.

-Gracias cielo…-aceptó tomándolo-.

Charly se acercó para besarla en la mejilla, Celeste la presionó contra si misma enredando sus dedos en su cabello desordenado.

-Te amo…-susurró la rubia-.

-También yo…desde siempre y para siempre…-.

Celeste cerró los ojos ante eso y luego la dejó alejarse para que lo abriera.

-¿Con que me vas a sorprender esta vez, cielo?-.

Amaba escucharla decirle "cielo", todo partió cuando eran niñas, Charly le preguntó que significaba Celeste y ella le explicó que era un color, el color del cielo, de ahí Charlotte la comenzó a llamar así.

La menor de los Carpentier abrió la pequeña cajita y sonrió al tomar lo que había ahí dentro entre sus dedos, era un relicario de plata circular con la letra "C" grabada, era su inicial, también la de Celeste, al abrirlo se encontró con dos fotos de ambas, una de niñas y otra actual.

-Para que nunca te olvides de nosotras y nos lleves donde vayas…-susurró la rubia-.

-Yo siempre te llevo conmigo, cielo…aquí…-respondió también en un susurró con la mano en su corazón-.

-Lo sé, pero como eres realmente despistada pensé que así tendrías un recordatorio a diario…-medió bromeo para quitarle intensidad a ese momento que estaba haciendo estragos en su corazón-.

-No me lo quitaré jamás…-prometió-.

Charly se lo puso en el momento, Celeste apagó la luz y se acomodó en sus brazos para volver a dormir, esperando que esos días que tenía a Charly de vuelta no terminaran jamás.


Beth se despertaba a las seis y media de la mañana como cada día, salía a correr por media hora, se daba una ducha y desayunaba con la calma que le daba siempre estar con el tiempo a su favor. Salía de su departamento en Washington, con tiempo para pasar por otro café al Starbucks que estaba cerca del Congreso, el que se llevaba consigo y duraba caliente lo necesario para que ella viera los primeros pendientes. Llevaba poco más de cinco años viviendo en esa ciudad, el mismo tiempo que llevaba trabajando para la congresista Williams, era su jefa de gabinete y cada ley que impulsaba pasaba antes por sus eficientes manos, le encantaba lo que hacía, sentía que ahí realmente estaba logrando cambios.

Su trabajo era su vida, casi literalmente, porque aunque no ocupada el cien por ciento de su tiempo, ella solía dedicárselo a falta de algo más. Si, su vida amorosa seguía siendo una mierda, tenía treinta años y su relación más larga había durado año y medio. Solía pensar que tener alguien que la amara y a quien amar no era tan fácil como sus madres y sus tías lo hacían ver, había crecido rodeada de tantas parejas que se amaban profundamente que apuntar a eso quizás había sido uno de los factores de porque sus relaciones no funcionaban, no se quería conformar con algo mediocre cuando ella sabía que era posible lograr lo excepcional.

O quizás era porque solía fijarse en puros idiotas, tanto que su tía San, solía enumerarlos.

Aunque estaba a algunos años de rendirse y sólo conformarse con algún abogado aburrido o político, quien lo sabía, por el momento mejor seguía trabajando porque ese último día de la semana siempre era el más pesado.

-Beth, alguien te busca…-expresó su asistente-.

-¿Quién?-preguntó sacando su vista de su computador-.

Su asistente volvió a ver un pequeño papel que tenía en su mano donde había anotado el nombre del visitante.

-James Carpentier-respondió-.

Beth frunció el ceño, ¿Qué hacía James ahí?, era día de semana por lo que debería estar aún en New Haven, ¿quizás había pasado algo?, pero si algo malo hubiese ocurrido su madre la habría llamado.

-Dile que pase-expresó con preocupación en su voz-.

James había manejado muchas horas para poder estar en Washington, le había mentido a sus madres sobre que no podría estar ese día junto a ellas por un examen en la Universidad, había hecho muchas cosas por poder estar ahí, justo frente a Beth. Esperaba que no notara sus ojeras, vestía un pantalón gris y una camisa azul perlado que resaltaban sus ojos, con el tiempo se había rendido con su pelo ondulado, así que sólo lo mantenía más o menos corto para que se viera ordenado. Puso su atención en Beth, en su perfecta Beth, con su falta entubada negra, usaba un blazer del mismo color y una blusa blanca, clásica, elegante.

-James, que sorpresa… ¿Qué haces aquí? ¿Pasó algo?-preguntó acercándose para darle un beso en la mejilla-.

Beth podía reconocer que James había crecido bien, muy bien de hecho, medía mínimo un metro ochenta, su anatomía bien definida con esos hombros anchos, esa insipiente barba que se estaba dejando le darían unos años más si no fuera porque aún tenía algunos rasgos aniñados.

-No pasa nada malo…yo…-Comenzó James medio tartamudeando-.

Beth lo miraba con mucha curiosidad, se notaba que estaba nervioso, aunque no podía asegurarlo del todo, lo cierto era que hace años que no los veía a todos constantemente, la universidad, su postgrado en el extranjero, su cambio de ciudad, había estado lejos y quizás ahora se daba cuenta al verlo, al darse cuenta que ya no era un niño, cuanto tiempo realmente había pasado.

-Hoy es mi cumpleaños-soltó de una vez James-.

-Oh-dijo Beth sin caer aún-.

-Cumplo veinte-expresó-.

James le mantuvo la mirada con la ilusión de que lo recordara pero parecía que esa promesa que le había hecho Beth había sido olvidada con los años.

-Felicidades…-expresó en insegura y se acercó para darle un abrazo- Si es tu cumpleaños ¿no deberías estar en Nueva York?-.

Esa frase le dio la seguridad que era cierto, lo había olvidado.

-¿No lo recuerdas, cierto?-preguntó casi retóricamente-.

Beth se apoyó en su escritorio y le mantuvo la mirada ¿Qué tenía que recordar?

-Me dijiste que cuando cumpliera veinte, saldrías conmigo…hoy cumplo veinte…-dijo James con toda la valentía que le quedaba, dejando que Beth se quedara con el poco orgullo que le quedaba desde que había entrado a esa oficina-.

-Oh-.

Beth no podía creerlo, no podía, James tenía tan sólo diez años, diez ¿Quién recordaba una promesa hecha hace tanto?, al parecer sólo él, ese chico que la miraba con sus ojos heridos por haber esperado tanto para que ella lo olvidara.


Me gustaría mucho saber que les pareció este capitulo, nunca he escrito un epilogo así que espero que les haya gustado.

Saludos!