Azul para Siempre

Por

Fabiola Grandchester

Capítulo XXVIII

Candy abrió los ojos pesadamente; le tomó un par de segundos darse cuenta de que estaba recostada en la cama de un cuarto de hospital, de pronto no pudo entender lo que ocurría. Intentó levantarse pero un dolor la paralizó y lanzó un grito.

Annie salió por una puerta, del baño, dedujo Candy, y se paró junto a su cama.

- Candy – le dijo aliviada – has recobrado el sentido. Gracias al cielo!

- Me desmayé? – preguntó confundida.

- Sí – le explicó –, estuviste inconciente muy poco, sólo unos minutos.

Algo se iluminó dentro de ella y acarició su prominente vientre.

- Mi hijo, como está Annie?

- No te preocupes por eso – la tranquilizó –, el médico te hizo todo el chequeo, dice que el bebé está perfectamente, que ya quiere nacer.

Tomó con nerviosismo la sábana que la cubría en la cama, y su rostro expresó la confusión que le producían las palabras de Annie.

- Cómo dices? – le preguntó a su amiga.

Annie le acarició el brazo para darle algo de apoyo.

- Tu médico dice que el bebé está por nacer en cualquier momento, te hizo todos los chequeos y afortunadamente no vio inconveniente para que tuvieras un parto de forma natural, lo más probable es que en cualquier minuto. No sientes las contracciones ya?

Sacudió la cabeza confundida ante la pregunta, pero lo pensó un momento.

- Me duele la espalda – dijo con un gesto de incomodidad –; y tengo en la cadera y en las piernas un dolor muy agudo. Así se siente?

- Sí – Annie le acarició la frente –, entrarás en labor en cualquier minuto. Dijo el médico que de no hacerlo inmediatamente te induciría a ello. Monitorean al bebé y te están dando algo de tiempo para procurar un parto natural, pero si la labor no inicia pronto te practicarán una cesárea. Dijo que lo hubieran hecho igual en caso de que no despertaras.

- Por qué no habría de despertar? – preguntó confundida.

Se acomodó pesadamente en el respaldo de la cama y Annie le acarició el brazo con gesto cariñoso.

- Bueno… Candy – le dijo –, este no es un momento fácil para ti. Sabemos que estás más allá de tus fuerzas.

No hacía falta que la conversación se lo recordara, el rostro de Terry no abandonaba su mente ni un solo momento.

- Cómo está? – preguntó.

- Esta bien. Stear esta al pendiente.

- Llamaron a Eleanor?

- Archie le llamó pero no pudo encontrarla, dejó un mensaje con su asistente. También intentamos localizar a Rose, su prima, pero fue imposible. Esperemos que pronto se comuniquen. No es bueno que esté solo si tú vas a dar a luz.

Dar a luz sin Terry a su lado. La sola idea la llenaba de pesar. Sin embargo, él estaba estable y ella no creía que el parto estuviera tan cerca como Annie implicaba. Seguramente todo había sido una falsa alarma, los intensos dolores que sentía en ese momento y que casi le impedían moverse por completo debían ser sólo producto del estrés, ya se pasarían. El bebé no podía nacer antes de que Terry estuviera a salvo. Eso era algo imposible.

Ante los ojos sorprendidos de su amiga, Candy intentó levantarse de la cama.

- Candy, qué haces?

- No me voy a quedar aquí mientras Terry está solo en ese cuarto.

- Candy, pero no entiendes que tu bebé está por nacer en unos minutos?

- No nacerá todavía – negó con la cabeza –, no es tiempo, sólo tengo ocho meses.

- Candy, el médico dijo que casi tienes toda la dilatación necesaria y que de no alcanzarla en quince minutos te practicaría una cesárea. El bebé ya debe nacer; lo hará en cualquier momento.

La futura madre sentada en el borde de la cama se volvió a ver a su amiga con semblante decidido.

- Es que no me entiendes Annie – le dijo –, mi hijo no va a nacer hoy. No va a nacer hasta que su padre esté conmigo sano y salvo en el parto.

- Candy…

- Nada.

Se levantó de la cama y se encaminó a la puerta pero una fuerte contracción la detuvo. El dolor fue insoportable, como si algo dentro de ella se desgarrara. Se encogió de dolor y soltó un grito ahogado.

Annie se apresuró a su lado y la tomó del brazo.

- Regresa a la cama, Candy, por favor.

- No nacerá hoy. No sin él, no lo entiendes?

Annie ya no pudo responder. Otra contracción de inmediato se apoderó del cuerpo de Candy. Se estremeció de dolor y entendió que caminar en ese momento sería imposible; luego de dudar un momento regresó a la cama contra su voluntad.

- Me quedaré recostada solamente un rato, espero las contracciones pasen – explicó entre jadeos de dolor.

Un médico entró en ese momento a la habitación con el historial de Candy en sus manos. Era el ginecólogo que la había atendido durante todo el período de gestación. Se acercó a la cama donde estaba la joven cansada y adolorida.

- Cómo te sientes Candy?

Dio un rápido vistazo al historial que tenía entre sus manos y a los resultados del último chequeo que le habían realizado, mientras ella respondía con gesto cansado.

- Bien, estoy bien.

- Entonces, le informo Señora Grandchester – le dijo con una sonrisa – que el momento ha llegado. Candy, tu bebé nacerá hoy mismo y todo parece indicar que será un parto natural. Si todo sale como esperamos tendrás a tu saludable hijo en tus brazos muy pronto. Qué te parece?

- Que es imposible – respondió ella.

El médico la observó extrañado.

- Cómo dices Candy?

- Mi marido, Terry, está delicado de salud, hospitalizado aquí mismo.

- No estaba enterado. Es algo serio? – preguntó confundido.

- No – mintió más para ella que para él, mientras se acomodaba bajo la sábana –, pero necesita cirugía. Como se imaginará yo no puedo tener a mi bebé sola, menos aún estando él delicado. Así que reprogramaremos el parto.

El médico observó el semblante tranquilo de la joven quien se esforzaba por parecer natural, pero no podía fingir la intensidad de las contracciones en su cuerpo.

- Candy – le dijo – comprendo lo que estás pasando. Pero el parto no lo podemos reprogramar. Tu bebé ya está listo para nacer.

- No he llegado al término – refutó limpiándose la frente de sudor –, me faltan cuatro semanas.

- Eso no es inconveniente para que sea un bebé sano, cuidaremos bien de él; además los estudios muestran que todo está en orden.

- Ni siquiera estoy dilatada del todo – insistió tocando nerviosamente su vientre adolorido.

- Candy, tienes ocho centímetros de dilatación, y sólo necesitamos diez, recuerdas?

- Las contracciones son muy espaciadas – insistió de nuevo.

La observó con la comprensión en los ojos, pero le hizo ver la realidad.

- El monitor muestra que te ocurren cada siete minutos. Y cada vez son más cercanas una de otra. Eso anuncia el parto inmediato.

Se quedó en silencio hasta que ella lo miró al rostro desde la cama.

– De hecho, Candy – le dijo seriamente –, si no llevamos a cabo el parto en los próximos minutos puede ser peligroso para él, lo entiendes?

Las últimas palabras del médico removieron todo en su interior. El parto parecía inminente y ella no tuvo más que aceptar que lo viviría sin Terry. Le dolía hacerlo, pero tenía que pensar en su bebé también.

Debía sacar toda la fuerza que tuviera en su ser para enfocarse en traer al mundo a su hijo y luego ver cómo evolucionaba Terry, para que también él entrara a cirugía después.

- Esta bien, doctor – se rindió –, qué hago entonces?

- Sólo esperar – le sonrió junto a su cama – relájate y descansa. El bebé avisará cuando esté listo. Si la labor se interrumpe en los próximos minutos haremos una cesárea, pero por lo pronto todo va bien.

Candy se sentó en la cama acomodándose con dificultad y Annie se paró junto a ella cuando el médico abandonó el cuarto.

- No tengo miedo Annie – le dijo a su amiga, adivinando los pensamientos en sus ojos.

- Candy…

- No es miedo. Es sólo que no puedo concebir que… - la voz se le quebró de pronto y prefirió callar.

Debía frenar sus pensamientos y palabras en ese momento o la arrastrarían a pensar en la realidad de la situación que vivía.

Una cosa a la vez, se decía; esperar un rato, el bebé nace, de inmediato se iría al cuarto de Terry, él evoluciona bien, cuando esté estable lo operan, se recupera y en unos días ya estarán los tres como si nada en su casa. Felices y contentos. Todo quedaría atrás.

Qué importa si no puede estar con ella en el parto?, pensaba. No importa nada. Así son las cosas, así sucedieron y así hay que enfrentarlas, tal cual. De nada sirve quebrarse la cabeza pensando en lo que pasará. Una cosa a la vez, se decía, primero esperar al momento del parto. Esa es la primer meta, el parto. En lo demás pensaría después.

Respiró profundamente, intentó cerrar los ojos y relajar su mente. Debía estar tranquila para recibir a su hijo.

Stear entró de pronto a la habitación llamando la atención de Annie por su semblante serio y preocupado. Candy abrió los ojos y encontró a su amigo junto a su cama observándola con rostro inquieto.

- Dime como está – pidió ella intuyendo.

Stear exhaló fuertemente antes de contestar. Le acarició el brazo sobre la cama.

- Algo pasó. Tuvo un tipo de crisis. En este momento está en cirugía.

Aquellas tres frases cayeron sobre la joven como un chubasco violento.

- De qué hablas? – preguntó alarmándose lentamente –. Qué tipo de crisis? Se supone que esperarían a que estuviera estable. Si lo operan de emergencia es porque ocurrió algo grave. Qué ocurrió?

- No lo sé Candy, no lo sabemos. Todo fue muy rápido. Salí a tomar algo de café con los demás. Luego hubo gran confusión de enfermeras y médicos por todos lados. Vimos cómo lo sacaban rumbo al quirófano con el Dr. Franco tras él. Sólo alcanzó a decirnos que la cirugía se adelantaba, que te lo informáramos. Candy… qué haces?

- Qué parece que hago?

La joven se había levantado de la cama y buscaba sus zapatos con desesperación. Tenía que salir de ese cuarto a verlo de inmediato. Annie intentó hacerla comprender que aquello no era posible.

- Candy, por favor, no puedes ir. Debes permanecer aquí, el bebé esta por nacer – le dijo mientras intentaba tomarla del brazo y Stear hacía lo mismo.

Ella se soltó del agarre de sus dos amigos violentamente, perdiendo los estribos.

- Y acaso crees que no lo sé? – gritó totalmente fuera de sí.

- Candy… - la llamó Annie.

- Nada – respondió alterada –. Mi esposo está en cirugía. Solo. Tengo que ir con él.

Stear y Annie la observaban cómo con dificultad intentaba colocarse sus zapatos. Era muy difícil para ella moverse debido a los dolores intensos que sufría por todo el cuerpo, producto de las contracciones. Stear intentó razonar con ella.

- No podrás pasar Candy – le dijo –. Estarás en la sala esperando. Espera aquí, por favor, cálmate.

El último filamento que sostenía su autocontrol se rompió en ese momento ante los ojos preocupados de Stear y la mirada llorosa de Annie.

- Calmarme? – gritó y retumbó en todo el cuarto –. Pero no te das cuenta? No se dan cuenta los dos?

La realidad que había intentado eludir la golpeaba de frente haciéndola expresar su más grande angustia.

- Sólo dos de cada diez! Sólo dos!

- Sólo dos? De qué hablas Candy? – preguntó Annie.

- Sólo dos de cada diez sobreviven a esa cirugía! - alzó aun más la voz y las lágrimas se derramaban violentas de sus ojos –.Y si él no es uno de ellos? Díganme! Cómo puedo estar aquí tan tranquila mientras Terry está entre la vida y la muerte? Sólo dos! Comprenden? Sólo dos!

Se dirigió a la puerta, pero la paralizó un dolor más grande que los anteriores. Stear la auxilió para sostenerse sobre sus pies y Annie corrió a pedir ayuda a las enfermeras. Una de ellas entró y revisó a Candy aún de pie, pues se negaba a volver a la cama.

- Señora – le dijo – regrese a la cama, por favor.

- No – dijo Candy al tiempo que se retorcía por otra contracción. Estaban ya muy cerca una de la otra.

- Muy bien – le dijo – entonces tendrá a su hijo de pie aquí mismo.

- Cómo dice?

- La criatura ya coronó, señora. Nacerá en este momento.

No tuvo tiempo de responder nada. Otra contracción la hizo soltar un grito terrible de dolor. Stear la llevó en los brazos y la recostó en la cama.

Respirando entrecortadamente, encontró algo de calma para comprender lo que pasaba. Entendió que el parto ocurriría mientras Terry estaba en cirugía y no había nada que ella pudiera hacer para evitarlo. Por unos momentos debía enfocar su atención en el nacimiento de su hijo.

- Stear – le dijo tomando del brazo a su amigo junto a la cama – podrías tú… ayudarme? Terry iba a…

Su amigo entendió al instante su petición.

- No digas más. Por supuesto que te ayudaré – le dijo con seguridad.

A Candy se le llenaron los ojos de lágrimas al ver a su amigo quitarse el saco y aventarlo sobre el sofá descuidadamente. Luego se acomodó en la cama con ella, a su espalda, para ayudarla con los ejercicios de respiración.

- Qué hago? – le preguntó tomándole ambas manos.

- Sólo respira conmigo y no dejes que me desmaye.

- Eso puedo hacerlo – le dijo tomando su manos con más fuerza.

- Gracias Stear.

- Para algo soy tu hermano – respondió depositando un beso en su frente, mientras ella se retorcía de dolor con una nueva contracción.

El médico entró en ese momento. La enfermera ya había preparado todo. No había tiempo de llevar a Candy a la sala de partos, así que el niño nacería ahí mismo.

- Señora – dijo la enfermera – le pondremos un ligero sedante que la ayude.

- Me hará dormir cuando haya pasado el parto?

- Sí – le explicó –, descansará plácidamente unas horas.

Ella respondió con voz decidida.

- Entonces no lo quiero.

- Cómo? – pregunto la señorita volteando a ver al médico con rostro intrigado.

- Candy – le dijo él – lo necesitarás.

- No – negó ella –, no lo quiero. Tengo que estar lúcida después de esto, porque debo ir a ver a Terrence.

- Será más difícil el parto.

- No me importa.

- Candy, por favor – dijo Annie.

Con la respiración entrecortada, el cuerpo convulso de dolor y el rostro bañado en sudor, Candy negaba con la cabeza.

- Será más doloroso de lo necesario – le explicó el médico.

- No seré la primer mujer en la tierra que tenga un parto completamente natural.

- Candy… - intentó Stear, pero ella lo interrumpió.

- He dicho que no! – gritó y dirigiéndose al médico y la enfermera – y no se atrevan a ponerme nada sin mi consentimiento. No lo necesito. No lo quiero. Tengo que estar conciente y punto. Fin de la discusión.

Todos en la sala dejaron el tema de lado al ver la resolución en sus ojos verdes. El médico se colocó en su lugar para recibir a la criatura y entonces Candy experimentó el dolor físico más grande que hubiera sentido en su vida.

- Estas bien? – le preguntó Stear al ver el rostro pálido de su amiga que respiraba agitadamente.

- Sí… - respondió con dificultad.

- Muy bien, Candy. Una vez más – le dijo el médico.

El trabajo de parto duró más de una hora. Más de lo que se había previsto. Debido sobre todo al cansancio de la joven madre, su estado anímico nada favorable y los dolores insoportables que sufría y la hacían gritar sin control.

Pero entonces, luego de esos terribles y dolorosos momentos, Candy experimentó la más maravillosa sensación que había sentido jamás cuando sintió a su bebé nacer por fin.

- Candy… - la llamó el médico con la criatura en los brazos, a quien ella aún no veía.

La recorrió un escalofrío.

- Está sano? – preguntó temerosa.

- Sí – dudó un momento – recuerdas que en el ultrasonido para determinar el sexo del bebé les dije que era un varón, pero por la posición de la criatura no podía asegurarlo por completo?

- Sí.

- Me equivoqué Candy – dijo envolviendo a la criatura en una frazada.

- Cómo?

- Es una niña.

- Qué?

El médico colocó en el pecho de Candy a su hija. Habían pensado todo el tiempo que era un varón, pero no era así. Era una niña.

- Una niña? – preguntó despacio – es una niña…

Sus lágrimas se derramaron. Entonces todo tuvo sentido. Era una niña que se sentía maravillosamente delicada entre sus brazos. La sujetó contra sí misma y poco a poco la criatura se quedó tranquila. Mientras la abrazaba Candy empezó a llorar quedamente.

Entendió que la vida no volvería a ser la misma para ella nunca más. Se había convertido en madre. Abrazó a su pequeño tesoro que descansaba tranquila sobre su regazo, derramando sobre ella su alma entera en caricias y mimos delicados.

- Esta sana? Annie ayúdame a revisarla, cuenta sus dedos – le pidió a su amiga.

Su amiga le dio un beso en la mejilla mientras acariciaba a la bebé delicadamente.

- Esta sana… sana y muy bonita – dijo Annie con los ojos llenos de lágrimas.

- Verdad que sí es muy bonita? – sonrió –. Verdad que es igual a Terry?

Candy estaba agotada y adolorida, pero embelesada viendo a su hija entre sus brazos.

- Sí – dijo su amiga con voz llena de emoción – es idéntica. Es muy hermosa.

- Tiene su cabello, mira Annie.

Llorando acarició el pelo castaño de su hija. Del mismo color que el de su papá.

Luego delineó su rostro con dedos delicados.

- Annie, mira su frente, es como la de Terry… y sus cejas. Verdad que se parece mucho?

- Se parece mucho Candy – Annie se limpiaba las lágrimas emocionadas de los ojos –. Es lo más hermoso que he visto en mi vida.

- Verdad que sí Annie? – depositó un beso en el pequeño rostro de su nena.

- Sí, lo es. Es la niña más linda que haya yo visto. Puedo darle un beso?

Candy asintió entre sus lágrimas y Annie, que también lloraba de emoción, besó muy delicadamente la frente de la hija de su mejor amiga.

- Es perfecta Candy – le dijo.

- Lo es. Es perfecta.

Annie besó a Candy en la frente.

- Ya eres mamá, amiga.

- Soy mamá, Annie.

Aquella afirmación le llenó el pecho con una certeza nunca antes sentida. Una felicidad desbordante la embriagaba y una mezcla de sentimientos antes desconocidos la hacían sentirse ligada a esa pequeñita como a ningún otro ser sobre la tierra.

Con lágrimas corriendo por sus mejillas pero sonriente abrazó a su hija sobre su pecho.

No podía creer que todo ese tiempo pensaron que era un varón.

- Una niña – musitaba emocionada.

Entonces recordó algo.

"… te advierto que quiero muchos… muchos hijos, hijas también, al menos una igualita que tú, para jugar con ella y comprarle muchas cosas… una Candy chiquita para abrazarla y darle muchos besos…"

Las palabras de Terry en su contestadora meses atrás se clavaron en su corazón. Él había dejado ese mensaje para ella el día que le pidió que se casara con él la primera vez… en él le decía que quería tener una hija con ella, una nena igual a ella para que él pudiera abrazarla y darle muchos besos.

Candy empezó a llorar más abundantemente en silencio. Ahora él no estaba y ella no estaba segura de si podría cumplir ese deseo un día. Terry estaba en cirugía, en una muy delicada cirugía de la que muy posiblemente no saliera del todo bien.

La idea se le clavó hiriente y profunda y abrazó a su hija más fuertemente, imaginando al papá de esta en una fría mesa de quirófano luchando por su vida. Solo. Como ella.

Una enfermera se acercó a ella y tomó a la pequeña con cuidado.

- A dónde la llevan? – preguntó ansiosa.

La enfermera le informó que debían medirla, pesarla y hacer todos los análisis de rutina para llenar los registros necesarios.

- Es muy bonita, es perfecta – le dijo Stear aún a su espalda.

- Sí, lo es – dijo ella emocionada.

Luego agregó soltando un suspiro de relajación.

- Gracias Stear.

- Mi pequeña – le dijo dándole un beso en la frente –, no hay nada que agradecer. Esto es lo más hermoso que he vivido en mi vida. Es como un milagro.

El medico terminó de atender a Candy, que se encontraba en un sopor cansado, sin definir bien a bien ni sus pensamientos ni sus sensaciones.

Cuando él terminó su tarea, le dio las indicaciones correspondientes y tanto él como el demás personal médico salieron de la habitación.

Stear había intentado levantarse de su lado varias veces, pero ella no lo había dejado; lo intentó de nuevo.

- Espera, quédate conmigo un momento – le dijo con voz suplicante.

Stear se acomodó de nuevo y ella se refugió en sus brazos. Una emoción que había intentado evitar en las últimas horas salía ahora a la superficie mezclándose con la felicidad del momento.

De pronto empezó a llorar otra vez. Despacio primero y conforme las emociones la embargaban la necesidad por salir del llanto invadía más y más sus sentidos. Luego de un momento Candy lloraba sin pena ni freno, con las manos cubriéndose el rostro; mientras Stear, que la abrazaba, le acariciaba el cabello con dulzura y Annie estaba de pie junto a la cama, llorando despacio también.

Lágrimas continuas se apoderaron de sus mejillas, mojando la camisa de Stear en su caída. Un cúmulo de sentimientos invadió su corazón, estrujando sus sentidos, llenándola de emociones encontradas y confusas.

- Soy mamá, pensaba entre sollozos tocándose el rostro, soy mamá… y Terry es papá. Es papá y no lo sabe. Terry… Qué pasará si no te enteras nunca? Terry… además él cree que tendríamos un varón. Terry, amor, y si nunca te enteras de que fue una niña? Y si nunca puedes abrazarla como yo lo he hecho? Eres papá, mi corazón, y yo una mamá… y no lo sabes…

Sus lamentos llenaron la habitación donde se encontraban. Su alma angustiada y confundida intentaba asimilar todo aquello. Era demasiado. Infinidad de lágrimas y sollozos emitía su corazón.

Una dolorosa idea le hirió de pronto. No era posible para ella pensar que al mismo tiempo, en el mismo instante, en el que una vida llegaba al mundo, otra quizás estaba despidiéndose. Y más imposible aún era para ella pensar que era la vida de Terry la que se iba.

La marea de su dolor la inundaba poco a poco golpeándola con sus marejadas silentes pero violentas, lentas pero rotundas. Un torbellino de emociones la jalaba a lo profundo en ese mar de las aguas revueltas de su confusión y amargas tristezas.

No se sentía aún capaz de entender que la vida que llegaba era la de su amada bebita y la que se despedía era la de su esposo, la de Terry, la del amor de su vida. El único. Para siempre.

Un amargo llanto salió fuertemente como un huracán de su garganta. Stear y Annie en silencio le acompañaban, mientras ella tocaba insistentemente su rostro intentando limpiar las lágrimas que lo mojaban sin freno.

Lágrimas agridulces y profusas. Irrefrenables y poderosas. Lágrimas de felicidad mezcladas con lágrimas de angustia.


Continuará...


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