-•=»‡«=•-( Capitulo 24 )-•=»‡«=•-

No me llevó mucho tiempo comprender lo que me pasaría si no conseguía escapar. Una reputación arruinada por suposición era algo tan devastador como una reputación arruinada de verdad. Nadie me querría si pasaba la noche con el señor Beaufort, aun cuando no sucediera nada. Ante esa idea el miedo se alojó en mi pecho. Intenté romper la ventana con los puños, con las botas, pero el cristal no cedió.

Al cabo de un rato, me dejé caer sobre el asiento exhausta. Nadie me rescataría, ni tampoco conseguiría escapar. Traté de no llorar mientras veía cómo mis esperanzas se alejaban a toda velocidad.

Me dediqué a mirar por la ventanilla intentando adivinar adónde nos dirigíamos, aunque como no estaba familiarizada con la zona, los caminos no me decían nada.

Viajamos durante lo que me parecieron horas. Me mareé en dos ocasiones y vomité el desayuno sobre el suelo del carruaje. Después de eso, me sentía tan mal que me tumbé sobre el asiento y me concentré en no respirar por la nariz.

Cuando al fin nos detuvimos, el cielo era de un gris anodino. Al parecer, habíamos estado viajando durante todo el día. Al abrir la puerta del carruaje, el señor Beaufort dio un paso atrás y se cubrió con la mano la nariz y la boca. Su reacción me provocó una ligera satisfacción.

Me puse en pie y pasé por encima del desayuno sujetándome la falda para no mancharla. El señor Beaufort me agarró del brazo y me ayudó a bajar. Me sentía demasiado débil y enferma como para intentar huir, aparte de que no sabía dónde estaba. A pesar de todo, el aire fresco y salado que me dio la bienvenida fue un gran alivio.

—¿Qué ha pasado ahí dentro?

—Me mareo en los carruajes.

Parecía contrariado.

—¿Y en los barcos? —preguntó entonces con el ceño fruncido.

—Nunca he puesto los pies en uno, pero supongo que también me marearé.

Su expresión casi me arranca una sonrisa. Murmuró algo entre dientes y luego me guió hacia una posada.

—Tomaremos aquí la cena. No quiero involucrar a nadie más y estoy seguro de que usted tampoco. Como recordará, no tengo problemas en disparar a cualquiera que se interponga en mi camino.

Lo entendí a la perfección. Cualquier persona en esa posada en posición de ayudarme estaría arriesgando su vida al hacerlo. Igual que James. Alcé la vista y vi un cartel de madera que rezaba: «The Rose & Crown». Tuve la extraña sensación de haber vivido ese momento antes. La última posada en la que me había detenido, precisamente la noche que habían disparado a James, también se llamaba «The Rose & Crown». A decir verdad, era un nombre muy común para una posada, pero aun así me pareció extrañamente significativo.

En el interior, el señor Beaufort pidió que nos sirvieran la cena en un comedor privado. Había varias personas en el bar, pero la presión sobre mi brazo mantenía viva su amenaza, así que no dije nada. Además me sentía demasiado débil y mareada aún para hacerle frente.

Nos condujeron a un pequeño comedor que ofrecía un llamativo contraste a cómo me sentía. El fuego crepitaba en un rincón, la mesa estaba puesta y los muebles eran bonitos y además estaban limpios.

El señor Beaufort señaló una silla.

—Tome asiento, por favor.

Hubiese preferido que no se comportara como un caballero, pues eso hacía que sus acciones parecieran aún más atroces. Consideré la opción de no hacer lo que me pedía, pero deseché la idea de inmediato. Lo mejor sería intentar apaciguarlo, por lo que tomé asiento y le observé detenidamente. Él se sentó en la silla que estaba más cerca de la puerta, se recostó sobre el respaldo y cruzó las piernas.

—¿No pensará en serio que puede salirse con la suya? —le espeté—. Mi padre nunca accederá a este matrimonio.

Abrió su caja de rapé y tomó un poco. Cuando acabó, me contempló lánguidamente.

—A su padre le preocupa más bien poco lo que le ocurra—alegó con monotonía—. ¿Por qué si no la dejaría a cargo de una débil anciana que ni siquiera puede cuidar de sí misma? No hay ningún otro hombre en su familia. Nadie que la proteja, nadie que luche por usted. —Sus labios se curvaron en una sonrisa—. Usted, querida, es la víctima ideal. Y puesto que nos dirigimos a Francia, creo que pasará bastante tiempo hasta que su padre dé con usted.

—¿Francia? —repetí sorprendida.

—Sí, Francia. Partiremos en cuanto cambie la marea.—Esbozó una sonrisa calculadora—. Como comprenderá, no podía dejar que nadie nos encontrara hasta asegurarme de que sea mía.

¿Sabría el señor Beaufort que mi padre se hallaba en Francia? Lo dudaba, sobre todo teniendo en cuenta que pensaba que yendo allí estaríamos fuera de su alcance.

Solté una sonora carcajada.

—Nunca seré suya.

Recorrió mi cuerpo con la mirada.

—Lo será y es probable que antes de lo que cree.

Un escalofrío de repulsión me recorrió la espalda y el miedo hizo que se me acelerara el pulso.

—Soy una dama —exclamé levantando la barbilla—. Puede que acceda a casarme con usted si me obliga, pero no puede tocarme. —La voz solo me tembló un poco.

—¿Y qué hará si lo intento? —preguntó esbozando una sonrisa—. ¿Hacerme frente?

—Sí —respondí desafiándolo con la mirada.

Soltó una risilla. Incluso yo me di cuenta de lo cómica que había sonado mi respuesta. Medía la mitad que él y seguramente tenía menos de la mitad de su fuerza. Además de eso, él tenía un arma en su poder. Bien, entonces mi superioridad tendría que provenir de mi ingenio.

El posadero trajo una bandeja con comida y una botella de vino y los dejó sobre la mesa. El señor Beaufort apiló un montón de comida en su plato y se sirvió un buen vaso de vino.

—Por favor, coma si le apetece.

No podía comer nada. Me resultaba imposible. La mera visión de la comida me bastaba para que regresaran las arcadas. Sin embargo, no quería levantar sus sospechas, prefería que creyera que me comportaría de forma sumisa. Me serví lo que me pareció menos repulsivo y me lo llevé a la boca metódicamente sin perder de vista al señor Beaufort. Él no me prestaba atención y se limitaba a comer y a beber como si estuviera cenando solo. Era una buena señal. Me daba la oportunidad de examinar la sala.

No vi nada que pudiera servir como arma. Aparte de la mesa, las sillas y la chimenea, el único mobiliario que había era un banco no muy alto junto a la ventana y un escritorio en un rincón. Nada de lo que había pesaba lo suficiente como para usarlo para golpear al señor Beaufort. A excepción quizá de las sillas, que desgraciadamente eran demasiado grandes; yo no podría levantarlas. Las perspectivas eran desalentadoras. Ni siquiera el cuchillo que estaba utilizando para comer me serviría de nada, pues no tenía punta ni estaba afilado.

Tendría que ser más creativa. Eché otro vistazo al mobiliario del comedor y mis ojos se detuvieron en el escritorio. Sobre él vi una pluma, un tintero y un montoncito de papel. Supuse que en algún rincón habría una navaja para afilar la pluma y un plan empezó a tomar cuerpo en mi mente. Consideré mis otras opciones, aunque pronto me di cuenta de que en realidad no tenía ninguna aparte de echar a correr hacia la puerta o dejar que el señor Beaufort hiciera conmigo lo que él quisiera.

Al pensar en esto último, me puse muy nerviosa, empezó a temblarme la mano y tuve que soltar el tenedor. De pronto recordé mi primera noche en Graham House. ¿Qué me había dicho Terry cuando me dirigía hacia el comedor de su brazo? «Pruebe a respirar hondo. Le ayudará a relajarse».

Aquel recuerdo infundió ánimos a mi corazón. Inspiré hondo para aplacar los nervios y observé al señor Beaufort.

No dejaba de beber, aunque apenas comía. Se sirvió tres vasos de vino seguidos y cuando se acabó el tercero, lo dejó sobre la mesa con torpeza. Había llegado el momento de probar mi plan.

—No me había dado cuenta del hambre que tenía—comencé sonriéndole con timidez—. Es difícil pensar con claridad cuando se tiene hambre, ¿no cree?

Enarcó una ceja.

—Nunca lo había pensado.

—Bueno, eso es lo que me pasa a mí. —Bajé los ojos con sumisión—. No podía pensar en… lo maravilloso que sería estar casada con un hombre como usted.

Le miré de forma coqueta a través de las pestañas y pude comprobar que su rostro adquiría una expresión de satisfacción.

—Parece ser que está entrando en razón. —Se echó a reír—Nunca tardan mucho.

—Oh, no me cuesta creerlo al verle a la luz de las velas…

Dejé que mi voz se fuera apagando al mismo ritmo que crecía el interés en sus ojos.

—Prosiga.

—Solo estaba admirando la forma en que la luz resalta sus bellas facciones, su mandíbula prominente, la forma en que sus ojos…

Bajé la vista y me obligué a sonrojarme. Noté cómo mis mejillas se encendían. Al menos, siempre podía contar con esa habilidad.

—No se interrumpa ahora.

—Soy muy tímida —susurré.

—No necesita serlo —intentó engatusarme—. Muy pronto no habrá motivos para la timidez. Lo sabremos todo el uno del otro.

Hice una mueca de asco interiormente y continué con la cabeza agachada para que no pudiera verme el rostro.

—Quizá podría escribírselo. Como si fuera una carta de amor.

Se arrellanó en la silla.

—Bueno, eso sí que sería algo nuevo. —Me estudió durante unos minutos y aguardé en tensión—. ¿Por qué no?

Tenemos toda la noche por delante —concluyó señalándome el escritorio.

El señor Beaufort se sirvió otro vaso de vino mientras yo me dirigía hacia mi objetivo con paso vacilante a causa de los nervios. Me senté con cuidado y coloqué el cuerpo de forma que ocultara lo que hacía. Busqué por el escritorio y no me defraudó. La navaja se encontraba al lado de la pluma. La hoja era pequeña, no mayor que una uña, pero estaba bien afilada. Tendría que servir.

Tomé una hoja de papel del montoncito y mojé la pluma en el tintero. Escribí una carta sin dilación.

Querido Terry:

Seguramente nunca llegue a leer esta carta. Si lo hace, significará que me ha ocurrido algo terrible, pues me encuentro en manos de un hombre peligroso. Estoy decidida a hacerle frente, pero antes, mi corazón me exige que le escriba esta carta para confesarle que le amo. Le envío mi corazón con estas palabras para que esté a salvo pase lo que pase esta noche. No sé si lo desea o no, pero siempre ha sido suyo.

Con todo mi amor:

Candy:

Una o dos lágrimas cayeron sobre el papel y emborronaron mis palabras. El señor Beaufort carraspeó. Me apresuré a doblar la hoja en un cuadrado pequeño y escribí en el exterior: «Sir Terrence Grandchester, Graham House, Kent».

¿Dónde podía esconderla? ¿En el canesú? No, ese sería el primer lugar en el que el señor Beaufort la encontraría.

El estómago me dio un vuelco y por un segundo temí que volvería a vomitar. Inspiré hondo de nuevo. Tenía que reflexionar. Me agaché un poco y me escondí la carta en la bota. No me produjo demasiado consuelo, a tenor de lo que me esperaría si mi plan no tenía éxito, pero me había parecido imperioso escribirla.

Tomé otra hoja de papel y rememoré rápidamente la clase que me había dado Terry. Tenía que hacer que pareciera auténtica.

A mi intrépido amor:

Sus ojos chispeantes esconden secretos que me tientan. Puedo ver en ellos un poder y una fuerza que le diferencian del resto de los hombres. Cuando me mira, el corazón se me acelera ante la perspectiva de que pronto le perteneceré. No es capaz de imaginar cuánto anhelo compartir mi vida con un hombre así.

—¿No ha acabado aún? —preguntó el señor Beaufort.

—Casi. Por favor, comprenda que es la primera vez que hago esto. —La voz me tembló un poco, pero acabé la carta.

Espero ser capaz de darle todo cuanto merece.

Con cariño:

Candice.

Tendría que bastar con eso. Al menos, tendría contento a su ego. Me puse en pie y sonreí con timidez. Él alzó la vista.

—¿Y bien?

Escondí la navaja entre los pliegues de la falda y con la otra mano le tendí la carta. Él se puso en pie y se hizo con ella.

—Oh, no. No puedo mirarle mientras la lee. Sería demasiado vergonzoso —me excusé—. Tendrá que darse la vuelta.

—¡Hay que ver hasta qué punto llega su modestia!—exclamó con una sonrisa lasciva.

Crucé la estancia mientras él seguía con la cabeza inclinada sobre la carta. Me detuve cerca de la puerta, no demasiado, para no levantar sus sospechas, pero sí lo suficiente por si mi plan funcionaba.

El señor Beaufort se dio la vuelta con un brillo de satisfacción en los ojos.

—Es usted una caja de sorpresas —me dijo mientras avanzaba hacia mí.

Me rodeó la cintura con las manos y tuve que hacer un gran esfuerzo para no apartarme. Me atufó con su aliento y me di cuenta entonces de que no había estado bebiendo vino como yo había creído, sino brandy. No dejaba de tambalearse. No estaba segura de cómo influiría su estado de embriaguez en lo que planeaba hacer, pero esperaba que me diera ventaja.

Apoyé una mano en su mejilla y con la otra aferré el cuchillo con más fuerza.

—Cierre los ojos —susurré.

Esbozó una sonrisa y los cerró.

—Otro juego más. Nunca lo habría imaginado de usted.

Me mentalicé para lo que iba a hacer, acerqué la navaja a su cuello e hice acopio de coraje. Desgraciadamente descubrí que este había desaparecido. No podía hacerlo. No podía apuñalarle.

Su mano descendió desde mi cintura hasta la cadera y me estremecí.

—Si se mueve, le corto el pescuezo —siseé.

Abrió los ojos de golpe y me miró sorprendido. Le devolví la mirada con todo el odio que guardaba en mi interior. Movió la mano y apreté el cuchillo hasta que empezó a sangrar.

—Lo haré —mascullé.

Apartó la mano de mi cuerpo y me contempló con una expresión siniestra.

Registré el bolsillo de su abrigo hasta dar con la pistola. Di un paso atrás y le apunté con ella. La mano me temblaba.

—Ahora vamos a entendernos… Yo voy a marcharme y usted va a desaparecer. Si sabe lo que le conviene, abandonará el país como había planeado y no regresará jamás. ¿Me ha entendido?

—Perfectamente —respondió con desdén.

De un solo movimiento, me arrancó el arma de la mano, que fue a parar debajo de la mesa. Un instante después, sus manos me agarraban por los hombros y me acercaban hacia él.

—¿Piensa que soy fuerte? —susurró—. ¿Piensa que soy poderoso? Ahora verá lo que es la fuerza. Voy a mostrarle cuáles son las consecuencias de tratarme como si fuera tonto.

El pánico me paralizó y olvidé por completo mi plan. Me revolví tratando de liberarme, pero él me sujetó con más fuerza y plantó sus repugnantes labios sobre los míos. Volví hacia un lado la cabeza y escupí el sabor de su beso.

Él soltó una carcajada que retumbó en la estancia y volvió a abalanzarse sobre mí.

El sonido de su risa derribó el pánico que sentía y pude pensar con la suficiente lucidez. Recordé el cuchillo que seguía en mi poder y se lo clavé en las manos sin mirar. El señor Beaufort renegó y aflojó su presión sobre mí. Doblé las rodillas de golpe y mi propio peso le obligó a soltarme. Una vez en el suelo, le golpeé las rodillas con los pies con la suficiente fuerza como para que perdiera el equilibrio y fuera tambaleándose de espaldas hasta chocar con la puerta. Aproveché para huir gateando y esconderme debajo de la mesa.

Me topé con algo sólido. La pistola. Salí por el otro lado de la mesa, me puse en pie y le apunté con el arma.

—¡Acabemos con esto!

Vino hacia mí rodeando la mesa con parsimonia. Di marcha atrás sin dejar de apuntarle. Me empezaban a temblar las manos traicionando el miedo que iba ganándome. Apreté el arma con más fuerza.

—Deténgase o dispararé.

—No se atreverá —me soltó sonriendo satisfecho.

Me creí sus palabras y dudé unos instantes. ¿De verdad me atrevería? Fijé la vista en sus manos y me percaté de la sangre que emanaba de donde le había clavado el cuchillo. Era muy roja. Se me nubló la vista durante un instante, pero parpadeé rápidamente. Y entonces el señor Beaufort se abalanzó sobre mí.

En el mismo instante me pareció oír a Terry gritando mi nombre y me puse tan nerviosa que apreté el gatillo. En aquel espacio tan pequeño, el sonido fue ensordecedor. Me fui hacia atrás por la fuerza del disparo.

El señor Beaufort se asustó y se tiró al suelo, luego volvió a ponerse en pie y me sonrió con más suficiencia que nunca.

Había fallado.

Alargó la mano y me arrebató la pistola. Me agaché y volví a meterme a gatas debajo de la mesa tan rápido como un cangrejo. Me agarró por el pie y solté un chillido mientras pataleaba sin parar. Conseguí liberarme y salí de debajo de la mesa por el lado de la puerta. La abrí de un tirón, pero una fuerza descomunal me tiró al suelo.

Me golpeé la cabeza con algo duro al caer. Solté un gemido de dolor, me puse de lado y me aovillé por instinto mientras todo se volvía oscuro. Estaba tan aturdida que lo único que podía hacer era cubrirme la cabeza con las manos mientras el estruendo me envolvía.

Cuando una mano me agarró por la muñeca, me revolví a ciegas, pues estaba demasiado asustada para abrir los ojos y mirar a mi atacante.

—¡Candice! ¡Abre los ojos! —gritó una voz que venció al pánico.

El miedo que me paralizaba desapareció al instante, pues se trataba de una voz que conocía tan bien como la mía propia.

Abrí los ojos sorprendida y vi el rostro del hombre al que tanto quería. Su semblante estaba dominado por el dolor, la angustia y la pena. Al verlo mi corazón se abrió de golpe y me eché a llorar como si nunca fuera a ser capaz de parar.

Me abrazó como si siguiera siendo una niña y me acunó contra su pecho.

—Ya estás a salvo, cariño. Te tengo.

Lloré sobre el cuello de mi padre mientras me sacaba en brazos de allí.

-•=»‡«=•-( Continuara )-•=»‡«=•-