Aclaración: Nada es mio todo pertence a la Gran Meyer y Anne Stuart .!

Aqui tienen un capitulito, despues de varios dias sin subir nada.. En la noche dejo otro

Disfruten xD

Klaudiaa: Graciaas por leeer, y por dejar tu comentarioo ..!


—Mi señor, ha surgido un problema.

El príncipe James se volvió lentamente mientras cubría su piel llena de cicatrices. Winstom era su segundo al mando, y a pesar de que carecía de la fuerza bruta de Rufus, era mucho más astuto.

—¿Dónde está Rufus?

—Ha muerto, mi señor. Sir Jasper y la mujer han logrado llegar al convento, y lo han contado todo.

—¿Alguien les ha creído? —le preguntó James, cada vez más furioso.

—El abad Martin ha solicitado vuestra presencia de inmediato. Le he dicho que estaríais durmiendo, pero me ha ordenado que os despertara.

—¿Cómo se atreve? Ya he perdido bastante tiempo con estos jueguecitos absurdos, me da igual que anule mi absolución. Nos marchamos de inmediato.

—¿Mi señor?

—No osarán detenerme. Dile al abad que une reuniré con él dentro de una hora, pero encárgate de que los hombres se alisten y ensillen a los caballos. Y avisa a lady Isabella de que los planes han cambiado.

—No querrá venir, mi señor. La madre abadesa une ha pedido que os diga que la dama ha cambiado de opinión, y que desea permanecer en el convento.

—La dama no puede cambiar de opinión, así que haz lo que sea necesario. Partiremos de inmediato, y ella vendrá con nosotros. Puedes silenciarla si hace falta, pero asegúrate de no matarla, ¿está claro? Vas a tener que ocupar el puesto de Rufus, y sabes que no me gusta que se contravengan mis órdenes.

—Nos encontraremos en la puerta oeste, mi señor. Es la menos custodiada, y el camino nos llevará hacia el sur. Les tomará por sorpresa que nos marchemos por allí.

—Buena idea, Winston. Me parece que te va a ir bien en tu nuevo puesto.

Bella había conseguido adormilarse, aunque no sabía cómo. Tenía la cabeza hecha un lío, y no podía dejar de preguntarse por qué había respondido a su beso… y por qué la había besado. Edward volvía a estar en la vida que había elegido, una vida en la que no tenía cabida una mujer a pesar de que pudiera desearla, pero aun así había ido a verla y la había besado. No quería ni imaginarse lo que habría llegado a pasar si la madre Esme no los hubiera interrumpido.

Le gustaría creer que habría sido lo bastante sensata para detenerlo y contenerse, pero no estaba segura de ello.

Se volvió hasta quedar de espaldas en la cama, y soltó un profundo suspiro de frustración. Aunque todo parecía haber quedado en calma, se oían voces masculinas y sonidos que indicaban que alguien estaba ensillando a algunos caballos, y se preguntó quién iba a marcharse a aquellas horas. Con un poco de suerte, se trataba de Edward, que quería alejarse de la tentación.

Cerró los ojos, consciente de que no iba a lograr conciliar el sueño. Tenía la impresión de que una espada se cernía sobre ella, y que le atravesaría el cerebro y el corazón si no se mantenía alerta.

Aunque a lo mejor ya lo había hecho, porque ninguno de los dos órganos parecía funcionar con normalidad. El cerebro se le había derretido en el mismo instante en que Edward la había tocado, y el corazón se le había roto al descubrir su verdadera identidad… no, cuando se había dado cuenta de que lo amaba, porque ya entonces había sabido que sus sentimientos sólo iban a acarrearle dolor y angustia.

Se colocó boca abajo. La cama era austera y carecía de almohada y de sábanas de lino, pero acabaría acostumbrándose a dormir así; al fin y al cabo, era mejor que hacerlo en el suelo.

Aunque la última vez que había dormido en el suelo estaba en brazos de Edward, y no le habría importado estar sobre brasas ardientes. Tenía que dejar de pensar en él, en cómo la había traicionado. Sólo iba a poder pegar ojo si conseguía dejar la mente en blanco, y para eso iba a tener que rezar.

Su pecado era tan grave y su carencia de arrepentimiento tan patente, que sólo pudo murmurar:

—Por favor, Señor, dame una señal. Sálvame.

No se dio cuenta de que se abría la puerta, y como tenía los ojos cerrados, no vio la sombra que se le acercó con sigilo. Sólo fue consciente del capuchón que le cubrió la cabeza de repente.

Intentó gritar y defenderse con patadas, pero la burda tela se le metió en la boca. Sabía que el golpe era inmediato, pero no sintió nada. Tuvo tiempo de pensar que aquélla no era la señal que quería, y entonces se hundió en una profunda oscuridad.

Estaba vivo. Alice estuvo a punto de desplomarse de alivio cuando le dijeron que Jasper estaba vivo.

—Podéis quedaros con nosotras si queréis, dama Alice —le dijo la madre Esme.

—Soy una gran pecadora, madre. Si tuviera otro sitio al que ir…

—Ninguna de nosotras está libre de culpa, y serán Dios y vuestro confesor quienes decidan si merecéis que os concedan el título de gran pecadora. Se os asignará una habitación de momento, porque sin duda querréis descansar después de todo lo sucedido. Mañana ya tendremos tiempo de hablar de pecados.

—Jasper…

—Está vivo, y es de esperar que siga así durante muchos años más. Ese joven es más resistente que el más duro de los soldados, ¿queréis ir a verlo?

—¡No! —Alice se dijo que era mejor alejarse de él lo antes posible, pero no pudo evitar una última pregunta—. Entonces, ¿no es un monje?

—¿Sir Jasper? ¡No, claro que no! No puedo imaginarme a un hombre menos adecuado para la vida monástica, estoy segura de que su esposa me daría la razón.

A pesar de que había sido una estocada mortal, Alice ni siquiera parpadeó; al fin y al cabo, había sobrevivido a golpes peores… ¿no?

—¿Está casado? —le preguntó a la monja, con un tono engañosamente suave.

—Como si lo estuviera. Lleva tres años comprometido con la hija del barón Leffert, creo que están esperando a que termine de servir al rey para casarse. Aunque supongo que, después de lo que ha sucedido esta noche, no lo recibirán en la corte —la madre Esme la observó con atención, y al final le dijo—: No hubo nada entre vosotros dos ninguna promesa, ¿verdad?

No, no había habido ninguna promesa.

Alice rogó para que aquel bendito entumecimiento durase todo lo posible. Se sentía encerrada en un bloque de hielo, y no quería volver a sentir ninguna calidez en toda su vida.

—No hubo nada en absoluto. Él es un hombre joven y yo una mujer de mundo, así que tenemos muy poco en común.

—En cualquier caso, supongo que querréis verlo y darle las gracias después de descansar un poco. Os salvó la vida al rescataron del terrible ataque.

Alice recordó las largas horas que había pasado llevándolo a rastras sobre la capa, y estuvo a punto de conseguir esbozar una sonrisa.

—Por supuesto, pero creo que quizá me resultará más beneficioso un período de soledad y oración.

—Sois tan imposible como el hermano Edward. He descubierto que los que están más ansiosos por expiar sus culpas son aquellos cuyos pecados son meramente humanos. Los verdaderos monstruos no suelen arrepentirse de nada.

—¿Os referís al príncipe James?

—Jamás me atrevería a criticar al hijo de mi rey. Sólo digo que los que parecen pecar a menudo no son tan malos como creen, y los que parecen inofensivos pueden ser verdaderos instrumentos de Satanás. La hermana Agnes os conducirá a vuestra habitación, estaréis en la zona reservada a los huéspedes… espero que el ruido no os impida descansar.

—¿No hay sitio en el convento para mí?

—¿Acaso queréis tomar el velo, muchacha?

—No me creo merecedora de hacerlo.

—Lo único que pide nuestro Señor es un corazón dispuesto. Quedaos con nosotras una temporada para ver si ésta es la vida que queréis, y si decidís que es así, os acogeremos con los brazos abiertos.

Si aquello hubiera sucedido hacía una semana, o incluso dos días, no habría dudado ni por un instante. La cruda realidad había eliminado de un plumazo los sueños de adolescente que había recuperado momentáneamente, y sabía que tendría que optar por la opción más sensata y segura… porque no iba a permitir que ningún otro hombre la tocara en su vida.

Se preguntó si necesitaría a una amante. Muchos hombres casados las tenían, pero ella no pensaba ocupar ese lugar en su vida ni aunque se lo pidiera. El papel de esposa era bastante duro, aunque una pudiera librarse de la obligación de fornicar; sin embargo, perder la oportunidad de llevar a cabo las obligaciones conyugales con Jasper sería un gran sacrificio para una mujer.

La llevaron a una habitación pequeña y pulcra situada al final de un pasillo, y después de bañarse y de ponerse la sencilla camisola que le habían dado, se metió en la cama dispuesta a llorar hasta quedarse dormida.

Se levantó al cabo de un momento, se cubrió los hombros con la sábana, y salió al pasillo desierto descalza, a pesar de lo frío que estaba el suelo de piedra. No tenía ni idea de quién ocupaba cada habitación, pero estaba dispuesta a despertar a medio convento si era necesario.

Encontró a Jasper en la tercera habitación. Estaba profundamente dormido, y tenía nuevos vendajes en el hombro y en el vientre; al parecer, le habían dado un golpe en la cabeza, porque tenía un ojo oscurecido por un hematoma, y se preguntó qué pasaría si le amorataba el otro. Aunque siempre había sido bastante pasiva, en ese momento se sentía extrañamente violenta, y su furia se centraba en el apuesto hombre que dormía tan tranquilo mientras ella estaba tan agitada.

Aunque al parecer no estaba dormido, porque abrió los ojos y la miró con una sonrisa que habría derretido un corazón más endurecido que el suyo.

—Me dijeron que estabas a salvo, pero sabía que no estaría tranquilo hasta que lo comprobara con mis propios ojos.

Alice se acercó a la cama con expresión pétrea, y le dijo con frialdad:

—Parece que has sobrevivido a la pelea en buenas condiciones, creía que aquel hombre iba a hacerte picadillo.

—Da la impresión de que desearías que hubiera sido así —Jasper había dejado de sonreír al notar su actitud—. ¿He hecho algo que te ofendiera, Alice?

—¿Aparte de mentirme sobre tu identidad, zafarte de… de aprovecharte de mí en el carro? —hacía mucho que había perdido la habilidad para sonrojarse, así que se dijo que la calidez que sentía en el rostro se debía a otra cosa.

Al ver que él hacía una mueca de dolor al sentarse en la cama, tuvo que contener el impulso de acercarse a ayudarlo. Se recordó que quería que sufriera, que el cuerpo le doliera tanto como a ella le dolía el corazón.

—No sé si recibí demasiado beneficio de lo que pasó en el carro, sólo sirvió para dificultarme aún más las cosas.

—En ese caso, tendrías que haber mantenido las manos apartadas de mí.

—No alcanzaste el clímax gracias a mis manos.

—Soy una zorra, es fácil conseguirlo —le dijo ella sin inmutarse.

—Maté a la última persona que te llamó así, y no voy a permitir que ni siquiera tú lo hagas. Además, me dio la impresión de que no tenías ni idea de lo que estaba pasándote… si no fuera algo absurdo, creería que jamás habías experimentado placer con un hombre.

Alice apartó la mirada. Jasper era demasiado sagaz, y siempre había sido una pésima mentirosa.

—Sí, es del todo absurdo. La madre Esme me ha dicho que vas a casarte en cuanto regreses a tu casa, espero que tu esposa sepa lo mentiroso que eres.

Él dejó de mirarla con confusión, y sonrió de oreja a oreja.

—¡De eso se trata! Me preguntaba por qué te habías convertido en una bruja gélida.

—Sólo he venido a darte las gracias por salvarme la vida y por traerme hasta aquí sana y salva, pero como antes fui yo la que te salvó a ti, supongo que estamos en paz. Adiós, sir Jasper.

—No tan rápido, Alice. Ven aquí.

Ella ya había llegado a la puerta, pero sus palabras la detuvieron. Tenía los ojos llenos de lágrimas contenidas… hacía mucho que había aprendido que no le servían de nada contra los puños de los hombres, pero parecía incapaz de controlarse.

—Voy a volver a mi habitación…

—Da media vuelta y vuelve aquí, Alice. Tengo que decirte algo.

Se dijo que tendría que salir huyendo, que cualquier cosa que él pudiera decirle sólo serviría para empeorar aún más la situación, pero aun así se volvió mientras parpadeaba para intentar ver a través de las lágrimas. Tenía la mano alargada hacia ella, como si esperara que se la tomara.

Cruzó la habitación con las manos a ambos lados del cuerpo, pero Jasper se limitó a agarrarle una en cuanto se le acercó lo suficiente, y se la llevó a su propio pecho.

—No vas a ingresar en el convento, porque vas a venir a casa conmigo —le dijo, con voz serena y firme.

Alice intentó liberar su mano, pero él se negó a soltarla.

—¡No!, ¡no pienso hacerle algo así a otra mujer!

—No quiero que le hagas nada a otra mujer, sólo a mí.

—No pienso ser tu ramera mientras tu esposa permanece sola.

—Te diría que soy lo bastante hombre para las dos, pero dudo que la broma te pareciera divertida. No tengo ninguna esposa, porque la muchacha a la que estaba prometido enfermó y murió hace dos años. Como apenas la conocía, no sentí demasiado la pérdida, pero ahora tú eres la única mujer con la que pienso casarme.

—No seas cruel conmigo —le dijo ella con voz queda.

—¿Te parezco cruel por querer casarme contigo?, te prometo que no seré un marido tan horrible.

Alice se dio cuenta de que estaba hablando en serio, por lo que el golpe que le habían dado en la cabeza debía de ser más grave de lo que creía. Le puso la mano en la frente para ver si tenía fiebre, pero tenía la piel seca y sin rastro de calentura.

—Estás loco. Debo de tener unos diez años más que tú, soy estéril, y ni siquiera me gusta el sexo.

Él la miró con una sonrisa llena de ternura, y le dijo:

—Tienes cinco años más que yo como mucho, y soy muy maduro para mi edad. Pienso darte más placer del que puedas llegar a imaginarte, y tendremos unos hijos preciosos. Venga, acuéstate a mi lado.

—Estás herido…

—No voy a darte ese placer ahora, esperaré hasta recuperarme y a que estemos casados. Sólo quiero estar junto a ti, he descubierto que así duermo mejor y me curo más deprisa.

Estaba completamente desquiciado, pero no era sensato llevarle la contraria a los locos; además, estaba ansiosa por tumbarse a su lado en aquella estrecha cama y sentir el contacto de su cuerpo. Sin decir ni una palabra, se metió en la cama mientras él le dejaba un poco de espacio.

Jasper colocó sobre los dos la sábana con la que ella había llegado, y sus cuerpos se amoldaron a la perfección.

—Tienes los pies fríos, Alice.

—Sí.

—Crees que estoy loco —le dijo, antes de darle un pequeño beso en la nariz.

—Sí.

—Pero vas a casarte conmigo de todas formas.

—Sí —le dijo ella—, sí.

Edward yacía boca abajo en el frío y duro suelo de la capilla. Llevaba horas sin moverse, porque estaba decidido a mantenerse insensible y con la mente en blanco. Oyó el alboroto de forma distante, el griterío y el jaleo, pero no le prestó ninguna atención. Estaba demasiado ocupado intentando oír una respuesta.

Había pasado siete años expiando un pecado imperdonable. En aquel fuego habían muerto cientos de inocentes, tanto mujeres copio niños, y había sido él quien había ordenado que lo encendieran. El único superviviente había sido James, que había acabado con el cuerpo quemado y destrozado. El príncipe tendría que haber muerto en aquel fuego… y él también.

Pero los dos habían sobrevivido, y desde aquel momento él había estado haciendo penitencia por su crimen atroz. James le había dicho que en el edificio sólo quedaban unos cuantos soldados, de modo que había ordenado que lo incendiaran, pero daba igual que el príncipe le hubiera mentido. Había sitio él quien había dado la orden, quien había tirado a James del tejarlo adyacente y lo había arrojado al fuego para que sufriera, pero Dios había decidido que ambos siguieran con vida.

Se preguntó por primera vez en su vida si el Señor sabía lo que estaba haciendo, pero se dijo de inmediato que era un blasfemo y golpeó la cabeza contra el suelo en un gesto de frustración.

El sonido de las voces era un zumbido insistente en el fondo de su mente, y de repente las puertas de la capilla se abrieron con estruendo. Las velas parpadearon bajo la brisa súbita que entró, pero cerró los ojos y no reaccionó al oír que alguien que llevaba botas se le acercaba. Si se trataba de James o de uno de sus hombres que iba con intención de matarlo, mucho mejor. Así estaría un paso más cerca del perdón.

—Hermano Edward.

Permaneció en donde estaba al oír la voz de Jasper. Su primo no ponía decir nada que cambiara las cosas.

—Dejadlo tranquilo, sir Jasper —dijo el hermano Jerome, con obvia reprobación—. El obispo Martin ha ordenado que lo dejáramos orar en paz, y no hace falta que lo importunemos. Todo saldrá bien.

Jasper no prestó ninguna atención al monje. Posó una mano en el hombro de Edward, y se agachó a su lado.

—Levántate, Edward. Ha surgido un problema grave.

—No hay ningún problema —le espetó el hermano Jerome con sequedad—. Y aunque lo hubiera, el hermano Edward no tiene por qué involucrarse. Necesita soledad y reflexión después de pasar tanto tiempo en el mundo exterior, sería una locura que fuera en busca de una mujer que no necesita que la salven. El príncipe se ha arrepentido de sus pecados y ha prometido vivir con castidad, y aunque no fuera así, ¿creéis que perdería el tiempo con una larguirucha con el pelo de ese color? Es un hombre que puede tener a las bellezas más deslumbrantes del reino. Hermano Edward…

Edward se había levantado de golpe, y no le hizo ni caso al monje.

—¿Se ha ido con él a pesar de todo?

—Creemos que se la han llevado en contra de su voluntad —le dijo Jasper—. Nadie los vio marcharse, porque el príncipe decidió escabullirse en medio de la noche en vez de enfrentarse al obispo Martin. Pero está claro que hubo un forcejeo, porque la habitación era un caos.

—¿Cuándo se marcharon?

—Hace un par de horas como mucho, pero no sabemos hacia dónde se dirigen…

—Yo sí —le dijo Edward con gravedad.

—Hermano Edward, me niego a permitir que os marchéis. Si lady Isabella corre peligro, el obispo Martin enviará a un grupo de hombres para traerla de regreso. Estoy seguro de que incluso dejará que sir Jasper los acompañe, si está tan preocupado por la muchacha, pero vos lleváis demasiado tiempo entre las tentaciones mundanas. Vais a permanecer aquí, y rezaréis por la seguridad y el bien de vuestra alma.

Edward ni siquiera pareció oírlo.

—¿Has conseguido caballos, Jasper?

—Están esperándonos. ¿Cuántos hombres vamos a llevar?

—Masacrarían a un regimiento, así que vamos a ir los dos solos —sin más, pasó junto al hermano Jerome como si el monje no fuera más que un fantasma.

—No habrá lugar para vos en la orden si os marcháis, hermano Edward. Estaréis condenado a arder en el infierno por toda la eternidad. ¿Qué mujer merece un precio tan alto?

—¿Quieres que le pegue un puñetazo? —le preguntó Jasper con calma.

Edward negó con la cabeza mientras abría la puerta de la capilla, y contestó:

—No tenemos tiempo.

Ya era de día… la última vez que había visto a Bella, aún no era medianoche.

—Tengo ropa esperándote…

—Este hábito de monje es lo que debo llevar, al margen de lo que pueda opinar el hermano Jerome.

—¿Vas a poder luchar vestido así?

—Sí, puedo hasta matar si hace falta, pero el hábito me recordará que no debo hacerlo si puedo evitarlo.

—¿No vas a matar a James?

—Te dejaré a ti ese placer,Jasper.

—¡Quedaréis condenado por esto! —le gritó el hermano Jerome—. Vuestra miserable alma no tendrá esperanza posible.

Edward se detuvo durante un largo momento en la puerta de la capilla, y finalmente le dijo:

—Merece la pena pagar ese precio.

Y sin más, cerró la puerta tras de sí.