Ésta vez debo decir que me he sentido un poco mal al recibir tan pocos reviews, en realidad tan sólo uno, pero bueno… supongo que debéis estar colapsados de trabajo o bien demasiado entretenidos leyendo el libro oficial, así que…

Paty: bueno, aquí tienes la continuación! Gracias por haberme escrito, aunque sea por decir alguna que otra chorrada, pero la verdad es que ayuda, y mucho. Espero que el capi nuevo te guste, pues te lo dedico a ti. Nos vemos!

Es casi la una de la madrugada pero, teniendo en cuenta que recién he terminado de escribir el capítulo y que he tenido una semana de inspiración nocturna, he decidido colgarlo ahora mismo. ¿Por qué? Pues, básicamente, pq el finde no voy a poder, y tb pq quizá tarde un poco más a poder volver a subir el siguiente cap debido a que ahora me van a matar con trabajo. Además, voy a empezar el PFC (Proyecto de Fin de Carrera) ya, así que… en fin! Intentaré seguir cuanto antes, lo único que pido a cambio, y que me parece que no es mucho, es que me dejéis algún que otro review, aunque sea por decirme que no os gusta o que "hola, adiós". Ayuda ver que seguís aquí, o que os importa ni que sea un pokito, lo suficiente como para clicar en "go" y dejarme esas dos palabras.;)
Ale, nos vemos!

-Ithae-

PD: Por cierto, el sexto… realmente no puedo decir que me ha gustado mucho, ha sido uno que, bueno… no es el más largo, ni el de mejor contenido (por escoger me quedo con el 3 o el 5). El romance para mí sobraba, y se ha pasado con lo del pasado de Tod. Y, bueno, qué decir sobre el final… me ha parecido un poco rápido. Otro día seguiré hablándoos más, pq ahora tengo el cuello agarrotado (cómo no), aunque agradecería vuestra opinión al respecto. Aunque seguro k nadie me dice nada pues ya os pregunté lo de Salazar y aún estoy esperando…


Capítulo 25 – Traición

Los tres hombres anduvieron cautelosamente detrás del chico quien, a diferencia de ellos, se mostraba resuelto y altivo, sin ningún miedo aparente al lugar. Pero no podía engañarse. Aún cuando no sentía temor, algo de lo que incluso se sorprendió a sí mismo, podía notar la humedad calándose en su cuerpo a pesar de la magia que obligaba a protegerle con un cálido manto. Tuvo que cerrar con fuerza sus puños para evitar temblar por aquella saturación del ambiente, odiaba pensar que los demás pudieran verle en un acto de semejante debilidad por más natural que pareciera. Pero aquello no era lo único que podía sentir en el aire.

Una fuerte presión les dificultaba el paso e impedía que respiraran con normalidad, como si hubieran subido a más de tres mil metros de altitud, donde el corazón late más deprisa para llevar el vital aire a todas las partes del cuerpo en un afán de supervivencia.

Se encontraban en un recodo medio escondido tras un par de columnas que llevaban directas hacia la gran estatua del oscuro fundador. Y, aunque sólo fueran capaces de entrever sus pies al completo, la escultura en piedra conseguía infundirles un respeto y temor reverencial que les obligaba a ser cautos con todos y cada uno de sus movimientos. Ninguno de ellos había entrado antes allí, se podían considerar afortunados de ver la obra de su ídolo más preciado.

Harry se adelantó a los demás andando por el pasillo dando la espalda a la gran figura eterna. Intentaron seguirle, pero una fuerza más allá de su poder les retuvo. El chico no le hizo falta sentir su exclamación de sorpresa y frustración para comprender que acababan de topar con la barrera que antaño invocó en un deseo de protección. Ningún mortífago u mago del mal podría traspasar nunca su muro, aunque él era una clara excepción. Él y Malfoy. No había pensado mucho en la causa de que su hermano pudiera eludir aquél poderoso hechizo capaz de detener al mismísimo Lord Oscuro, pero supuso que si él era su creador, cualquier afín sería capaz de cruzar la barrera. ¿O era por qué él había dado su aceptación? No importaba, fuera como fuere, ahora debería eliminarla.

Había algo distinto ésta vez. Mientras que antes le había recibido con calidez y reconocimiento, ahora todos aquellos sentimientos no aparecieron. En vez de todo esto, un malestar permaneció en él, como si su nueva posición junto a las tinieblas hubiera hecho que apareciera una duda y desconfianza en la magia que rodeaba la zona, como si fuera un individuo con una inteligencia y moral, como si se debatiera entre su razón de existencia y su lealtad al creador.

Sin poderlo evitar, pensando en aquella última posibilidad y apartando de él las sensaciones molestas que invadían su cuerpo, Harry sonrió con amargor.

- Bien pequeña…- murmuró con suavidad, lejos de los demás que le miraban inquisidoramente.- …nos volvemos a encontrar. ¿Qué tal si me ayudas un poco?

Extendió las manos enfrente y cerró los ojos alejando de él toda imagen, todo pensamiento. No quería crear oscuridad a aquellos que pudieran estar viendo lo que él mismo veía, pero no tenía otra opción, le resultaba imposible concentrarse en lo que debía hacer sin provocar aquella pequeña interrupción, sólo esperaba que no durase mucho. Se centró en la imagen que deseaba y pronto captó aquella conocida energía rodeando sus dedos extendidos en reconocimiento. Le agradó su contacto.

Al igual que si estuviera con los ojos completamente abiertos, Harry podía verse dentro de una enorme burbuja dorada que iba más allá de aquellos muros fríos y sucios de piedra, cubriendo al completo el espacio, tanto en el aire como bajo tierra. Se sintió orgulloso de su creación por su efectividad y belleza, aún recordaba como había alejado al maestro en el verano anterior, hacía ya mucho, mucho tiempo. Tener que destruirla le entristeció. Sin saber si aquella sensación de curiosidad que de pronto emanaba hacia él era o no de la magia, empezó a hacer planes con frenesí, buscando una salida a todo aquello capaz de ayudarlo a solucionar el embrollo en el que andaba metido. Era verdad que habían entrado en aquella aventura alocadamente, sin tomar ningún seguro o nada que les asegurara una salida medianamente aceptable, al igual que también era cierto que no tenían ningún plan previsto o una visualización de cómo terminaría toda aquella misión, pero… si al menos pudiera encontrar algo que asegurara que todos sus intentos no terminarían por ser inútiles… si consiguiera algo, lo que fuera, que le asegurara que su riesgo había valido para algo…

"Pequeña… necesito tu ayuda." se dijo esperando que su plan funcionara.

Volcando sus deseos y pensamientos, se dispuso a trabajar con la magia que componía aquella fortificación. Sin embargo, impresionado se dio cuenta de que nada podía modificar con su fuerza pues, mientras que la energía que le rodeaba despedía una confortante luz entre dorado y mil colores, su magia era negra. Estilizados y harmoniosos hilos oscuros salían de él y enseguida desaparecían entre todo aquel ambiente de pureza y resplandor. Temió que al final lo único que pudiera hacer fuera destruirlo, le dolería obligarse a hacerlo además de agotarlo expulsando casi todas sus fuerzas.

Por unos instantes se quedó estático, sin saber qué hacer o como seguir.

"Vamos… ayúdame un poco…" imploró deseando que sus pensamientos pudieran ser escuchados. Y, al parecer, así fue.

Al principio parecía que dudaba pero, tras una corta indecisión, aquella energía que antaño le había rodeado formando parte de su propio cuerpo ahora empezó a modificarse frente al agradecido chico siguiendo todas sus órdenes.

La hasta ahora visible esfera dorada empezó a perder consistencia, como si alguien hubiera disminuido su fuente energética. Pero a Harry no le pasó por alto comprobar, dentro de aquél estado de percepción, como las capas superiores ganaban dureza al concentrar toda su fuerza en ellas.

"Gracias, princesa."

Suspiró agradecido al abrir de nuevo los ojos. La sensación de incomodidad desapareció por completo, aligerándole también de la presión que había estado comprimiéndole hasta entonces.

Sin dirigir ninguna palabra a los demás, volvió a reemprender la marcha.

Recordaba todo el camino como si fuese ayer la última vez que había pasado por allí. Era una sensación extraña. Las puertas se iban abriendo a sus órdenes dando lugar a un nuevo espacio, cada uno distinto y similar a la vez del anterior. Pronto, mucho más rápido de lo que le parecía recordar, llegaron a la tubería que llevaba hacia los lavabos donde residía Myrtle. Se detuvo.

- ¿Es ésta la entrada?- preguntó Rookwood al llegar junto a él, quien afirmó con un cortante gesto de cabeza.- Colagusano, te toca.- dijo al hombre más rezagado de todos.

Con un sonido similar a un latigazo en el aire, el encorvado hombre desapareció bajo los ropajes negros saliendo de bajo ellos en forma de rata con una de las patas plateadas. Harry le miró con clara repugnancia y se apresuró a apartar la mirada a con miedo de que su odio pudiera ser percibido por los demás creando una oleada de desconfianza y duda.

- ¡Serpensortia!- murmuró moviendo la varita. De la punta, una preciosa y estilizada serpiente negra se deslizó hasta el suelo, donde quedó estática de frente a él.- Vigílale. Y si hace algo extraño, mátale.

De un salto, la rata se apartó del silencioso reptil.

- Te ayudará si ocurriera algo.- dijo cortante en modo de explicación.

Tras un chillido leve que mostraba su miedo al animal sin patas, la rata emprendió su frenética carrera hacia la gran tubería por donde ambos terminaron desapareciendo.

Los restantes, sacaron sus varitas y apuntaron a sus manos. Harry les imitó. Exclamaron al unísono el hechizo que les transformaría los dedos en acochadas almohadillas capaces de pegarse sobre cualquier superficie. Y, uno tras otro, empezaron a escalar por el interior del canal donde segundos antes habían desaparecido los dos animales. Debían hacer un gran esfuerzo por levantar todo el peso del cuerpo con sólo sus brazos, hasta que no decidió ayudarse impulsándose con las piernas extendidas a los lados haciendo de tope, Harry tuvo que rebufar un par de veces lamentándose su baja fuerza física.

- ¿Potter, ves algo ya?- dijo Lynch debajo de él, y aunque apenas fue un susurro, Harry pudo sentirlo con perfecta claridad.

- No aún.- remugó haciendo fuerza hacia arriba.

Le temblaban los brazos por el esfuerzo, estuvo tentado de quitarse la máscara de encima pues no hacía sino que empeorar elevando el calor que sentía, pero se abstuvo sabiendo que aquello era lo que menos podía hacer. ¿Dónde estaba la maldita salida?

Diez, quince… hasta que no llevaban cerca de veinte minutos escalando, no consiguió ver lo que tanto ansiaba. Una nueva cañería se abría a su derecha, apartándose de la ramificación principal.

Con un último esfuerzo, se introdujo por ella lanzándose en un agradable ascenso. Habría gritado de alegría al sentir el aire frío, sin importar el olor a cerrado, que removía sus ropas enfriándole el cuerpo mientras intentaba recuperar el ritmo de su corazón. En poco menos de un minuto llegaron al final, donde volvía con un nuevo ascenso, ésta vez mucho menos pronunciado.

La subida terminó en una gruesa tapa metálica que cubría la salida. Harry volvió a ordenar su abertura, y, como un reloj al que dan cuerda tras siglos sin usar, los engranajes empezaron a rodar apartando la pesada losa de encima de sus cabezas. Al otro lado, un enorme espacio oscuro se mostró frente a ellos. El suelo, húmedo y lleno de hojas caídas, y los enormes y tortuosos troncos, les presentaron un bosque en tinieblas.

- Dónde coño…- gruñó Rookwood levantando su varita.

El ruido del viento moviendo tétricamente las hojas de los traicioneros arbustos y las ramas de los altos árboles, proporcionó a Harry su oportunidad. Se agachó con rapidez y, antes de que fueran capaces de reaccionar, les dejó a ambos inconscientes sin que llegaran a percatarse de lo que había sucedido. Sus cuerpos se desplomaron al suelo dejando caer la oscuridad con su derrumbamiento.

Sin moverse, intentando escuchar los ruidos del bosque, el chico se mantuvo estático buscando sus respiraciones, constantes y lentas.

Invocó un par de cuerdas y se aseguró de que quedaran bien maniatados. Así, tras guardar sus varitas bajo la túnica, removió la magia que impregnaba el lugar deshaciendo la ilusión que permanecía a su alrededor. Lo que antes era un gran y tenebroso bosque, ahora se mostraba como una gran pradera de hierba. Detrás mismo, la muralla del castillo se levantaba con majestuosidad. Tuvo que lanzarles un hechizo de camuflaje para que nadie pudiera ver los dos cuerpos atados e inconscientes junto a la fachada de piedra.

No esperó ni un segundo. No tenía ningún remordimiento por aquellos dos hombres, ningún sentimiento que le hiciera vacilar, nada que entrometiera sus pensamientos que le llevaban a una acción inminente. No había tiempo que perder.

Sigilosamente, dejando sólo una brisa tras su veloz paso, fue acelerando sus movimientos por el cómodo terreno. El césped amortizaba sus pasos confundiéndole con un susurro del viento. Como un felino negro de ojos verdes acechando en la oscuridad, Harry consiguió llegar hasta la gran puerta que daba la entrada al castillo. Estaba abierta, como ya suponía. Podía incluso sentir unas explosiones en su interior y, encima de todos aquellos torreones, bailando más reluciente incluso que las estrellas, la estremecedora Marca Oscura danzaba con sorna y conquista, alegre de por fin poder brillar sobre Hogwarts, su más preciada presa.

Se detuvo.

Lentamente, cuidando cada uno de sus pasos, Harry se introdujo en la gran entrada, donde un aire de destrucción rodeaba la gran puerta que daba al interior del comedor. Por el estado, supuso que la lucha se había iniciado al interior de la sala, donde los intrusos habían irrumpido la tranquilidad del lugar. Sintió un par de maldiciones seguidas por unos gritos y, de nuevo, silencio.

Conservando la calma en la fría lógica, se detuvo a analizar la situación.

Sabía que dentro del Gran Comedor había gran parte de los hombres además de su señor. Además, según el movimiento y las secuelas que habían dejado en la estructura del castillo, supuso que las fuerzas de contraataque y defensa de la escuela se encontraban también en aquella estancia. ¿Suponía eso que Dumbledore, principal opositor, estaría también allí? Por el silencio y el poco movimiento que de pronto inundaba el ambiente, podía ser que estuviera en lo cierto. Sin embargo, no podía actuar con suposiciones si quería evitar el fracaso, o al menos, la muerte. Conocía parte de los planos del Maestro… habrían también otros hombres repartidos por el castillo, guardando a los alumnos en sus casas… no podía hacer nada por ellos. Si realmente habían captado algo de lo que les había mostrado, deberían también haber puesto buenas defensas en los puntos más débiles, los alumnos.

Tomando la decisión con un suspiro de relajación y aplomo, decidió salir de entre las sombras para dejarse iluminar por el interior de la sala.

Creía que cualquier cosa que viera le iba a dejar indiferente, se había asegurado de que así fuera. Pero, con sólo entrever levemente el escenario antes de que nadie pudiera percatarse de su presencia, se sobresaltó al ver el nuevo aspecto del comedor.

Las mesas habían sido destruidas casi al completo, las paredes presentaban grietas y golpes por doquier, víctimas de violentas explosiones y ataques. Incluso el gran techo siempre reflejo del cielo exterior, ahora se mostraba como un grupo de arcadas de piedra algunas de ellas medio derruidas. Bloques de roca que antes vivían en las alturas reposaban ahora encima de bancos troceados y partidos. Y, al centro de toda aquella destrucción, un grupo de víctimas yacían inertes al suelo, esparcidas por la sala.

Harry se dio un par de segundos para recuperarse antes de entrar finalmente, haciendo que numerosas miradas se clavaran en él. Algunas aterrorizadas y otras indiferentes, sólo un par de ojos rojos sonrieron al reconocer su presencia.

Andaba con paso resuelto, sin vacilar. Y aún la aparente concentración hacia el hombre que gobernaba al grupo, analizó todos los elementos que participaban en aquella partida por el momento tan desigual. Un grupo de chicos estaban atados y arrinconados a un lado del comedor, mientras sus guardianes vigilaban, entre risas y golpes, que allí seguirían sin causar ningún otro problema. Evitó detenerse en identificar cada uno de los individuos, pero no le pasó por alto autentificar a Draco entre aquellos cuyas máscaras les cubrían el rostro.

Llegó junto a su señor, quien sonreía abiertamente al chico con creciente diversión mientras seguía apuntando a alguien a quien Harry no miró aún saber su nombre.

- Señor…- dijo inclinado con una reverencia. Sabía que no iba a preguntarle por sus otros compañeros pues tenían órdenes directas de dedicarse a guardar el castillo de posibles refuerzos.

- Has abandonado tu puesto.- dijo en un susurro.- ¿Ocurre algo?

- No, mi señor.- su voz, sumisa y serena, carecía de sentimientos, perfectamente modelada y controlada.- Sólo deseaba estar presente en la afrenta.

El Lord hizo el gesto de levantar una ceja con incredulidad, aunque en sus facciones blancas no había ningún rastro de pelo. Sabía que, a pesar de que estaba eufórico por el momento y la ocasión que se le presentaba ante él, debía ir con extremo cuidado con sus palabras y movimientos para evitar levantar la menor duda.

- En éste caso… ¿por qué no te quitas la máscara… Harry?

Sintió un vuelco en el corazón al sentir su nombre.

Por un momento dudó. Había visto un temblor en la mano del hombre que permanecía en silencio bajo la magia de Voldemort, como si al sentir el nombre del muchacho hubiera hecho desfallecer su fuerza y voluntad. Observar aquello le estremeció. Sabía que, tan pronto como hiciera lo que le había ordenado, la fuerza que hasta ahora mantenía firme al hombre se desvanecería al verle, como si el sólo hecho de confirmar de primera mano lo que ya sabía tuviera que llevarle a su propia muerte.

Exclamaciones, lloriqueos, susurros y maldiciones se oyeron desde aquellos que permanecían cautivos, seguidos por carcajadas y ataques de sus agresores. Una oleada de cólera y tristeza se expandió por sus caras, haciendo que, mientras en unos crecía fuerza, en otros naciera la desesperación.

- Como habrá visto, mi querido Dumbledore, su fiel Harry Potter ha dejado de servirle para unirse a mí. Seguro que ya lo sabía pero… ahora que lo ha visto con sus propios ojos dígame… ¿qué se siente al saber que será tu fiel subordinado quien acabe contigo?

Después de lo que le parecían años, Harry volvió a mirar a aquellos ojos azules que brillaban tras las gafas de media luna. A diferencia de antaño, carecían de aquella vida y alegría que tanto le habían sorprendido, ahora eran tristes, cansados, apagados y con un sentimiento de súplica que impregnaba su mirada.

Harry no estaba preparado. Lo comprendió al sentir como su respiración se aceleraba, como sus nervios se tensaban y su aplomo y decisión se venía abajo. ¿Qué debía hacer? Aunque su plan original era llegar hasta Dumbledore para poder crear una buena defensa y regresar junto a las filas de la hermandad para atacar desde el interior, haber retardado tanto su ascenso le había llevado a una demora que le obligaba a replantear sus movimientos. Pero… ¿es que habían llegado a tener algún plan? Si hubieran conseguido llegar junto al profesor, convencerlo hubiera sido un reto, y más sin llegar a ser descubiertos. Y en caso de no lograrlo, sólo su propia rebelión habría conseguido desequilibrar las fuerzas permitiendo que la entrada de los defensores fuera efectiva.

Pero ahora no estaban en ninguna de las dos situaciones. ¿Qué iba a hacer? Si atacaba a Dumbledore iba a terminar con la única esperanza de victoria para Hogwarts, y si no lo hacía, todos ellos iban a morir. Así pues, hiciera lo que hiciera, no lograría nada…

- Adelante, Harry… mátalo.- el chico levantó la varita apuntando al viejo hombre.- Mátalo para sobrevivir…- susurró a su oído.

El silencio era asfixiante.

"Ya no puedo sobrevivir… no hay marcha atrás. He atacado a dos hombres, he planeado el fracaso de ésta misión dando información al enemigo… he traicionado al maestro…" Mirara como lo mirara, la muerte se había vuelto de nuevo su compañera. Pero… ¿iba a verla tan pronto?

- ¿A qué esperas?- siseó con impaciencia entrecerrando los ojos.- ¡Mátalo!

Peligro. Todos sus músculos se tensaron al reconocer el peligro que aquella mirada roja le advertía. Ya no importaba lo que hiciera, sino que se apresurara.

¿Qué hacer?

Un fuerte ruido proveniente del exterior detuvo cualquier pensamiento de los que residían en la sala, mirando alrededor tras un leve temblor de las paredes y el mismo suelo. Nadie movió ni un músculo. Pero, de nuevo, el trueno retumbó ésta vez con más violencia, haciendo desprender alguno que otro pequeño pedrusco de la estructura rota.

- ¿Pero qué…?- exclamó uno de los hombres.

El estallido de rocas saltando por los aires al explotar la pared que daba al exterior les obligó a reaccionar cubriéndose la cabeza con las manos como medianamente pudieron. Harry no tuvo tiempo para intentar ver entre la nube de polvo cuando un poderoso bramido retronó en sus oídos taladrando los sensibles tímpanos hasta el punto de que pensó que iban a desgarrarse de dolor.

Un resplandor creció entre la espesa niebla abrasando el aire que le rodeaba, un poderoso rayo de fuego nacido de las fauces mismas de un ardiente volcán, un proyectil mágico letal cuya velocidad daba poco margen al razonamiento. Así, en un instinto natural perfeccionado con los años de continua lucha y entrenamiento, los dos hombres que permanecían silenciosos aunque estupefactos a su lado se apresuraron a invocar sus propias defensas: uno desapareció del lugar que antes ocupaba por algunos metros más allá mientras que el otro se protegía tras una burbuja blanca. Harry no hizo nada de aquello. Como si ya fuera algo ensayado, se lanzó hacia un lado esquivando el candente ataque por los pelos, cayendo con la varita enfocando justo de donde provenía aquella fuerza destructiva, y se mantuvo medio agachado preparado para levantarse y correr.

El rugido que respondió a la explosión tras su espalda que abrió un nuevo hueco en la sala, le ensombreció sus facciones.

Una criatura feroz y salvaje se lanzó directa hacia el chico sin importar las miradas incrédulas y horrorizadas de la mayoría de los que aún permanecían en una estúpida pose de protección. Como si se hubiera vuelto loca, empezó a lanzar coletazos y potentes zarpazos sin tregua alguna, haciendo que los movimientos del muchacho se volvieran frenéticos y casi imperceptibles, parecía mentira que fuera capaz de esquivarlos todos. Pero así era. Al igual que un experto espadachín frente un combate, Harry se movía con concentración y precisión alrededor del animal, saltando, esquivando, defendiendo y, en el menor de las veces, atacando sin muchos resultados. Las ruinas le proporcionaban valiosos escondites, pero también le dificultaban sus movimientos haciendo que algunas veces se convirtieran en esquivos fallidos, recibiendo algún que otro arañazo cuyo escozor le hacía castañear los dientes con dolor.

- ¡Detente¡Detente, maldita lagartija!- exclamó en aquella lengua reptiliana que sólo él y su maestro pudieron comprender.

Pero el enorme dragón siguió atacando alocadamente, sin prestar el menor caso a sus palabras. Ni siquiera estaba seguro que fuera capaz de escuchar o razonar, parecía que una ciega locura le hubiera poseído alejándole de él cualquier razón. Y lo peor de todo era que, si seguía así, terminaría por derrumbar al completo el gran comedor, enterrando bajo su destrucción a todos aquellos que aún permanecían cautivos bajo sus captores. Así pues, dejando por un momento sus objetivos, no vio otra salida que apartar aquella gran bestia del castillo, alejándola de nuevo al exterior. El cómo conseguiría reducirla, tarea nada fácil pues hasta entonces nunca había logrado más que algún que otro rasguño en sus lustrosas escamas, era cosa de otro cantar.

Dispuesto a apartarla de allí, se lanzó al suelo esquivando unos afilados colmillos que frisaban por arrancarle la cabeza con un solo mordisco, y apuntó al vientre del animal a sabiendas que, aún cuando su dureza era la misma, sus reacciones eran inferiores provocándole un punto ciego en su defensa.

- ¡Levitae Ascend!- dijo recordando la variable de aquél hechizo.

Bramando, el animal se levantó al movimiento de la varita del chico quien, entre jadeos, terminó por lanzarla lejos de allí. Se dio un par de segundos de respiro e intentó volverse a poner en pie a pesar de su agotamiento que ahora empezaba a hacerse cada vez más y más tangible.

- ¡Harry!- exclamó alguien no muy lejos.

Giró la mirada con dificultad y de pronto todo el aire escapó de su alrededor.

Un grupo de ruinas caía impune hacia el suelo amenazando en aplastar a un aterrorizado grupo de alumnos atados y heridos. No iba a estar a tiempo de detener aquellas pesadas rocas para salvarlos… Pero un par de hechizos se materializaron al aire creando un disco de luz que detuvo y desvió los peñascos que se precipitaban desde las alturas salvando a unos incrédulos jóvenes. Miró hacia uno de los mortífagos que mantenía levantada su varita apuntándoles y quien no tardó en deshacerse de la máscara que cubría sus facciones revelando a un serio Draco Malfoy quien mantenía alerta sus sentidos a sabiendas del ataque inminente que iba a recibir por aquél acto.

- ¡Traidor!- exclamó uno de los enmascarados al ver como desataba a algunos de los rehenes. Éste, junto con todos los demás, se lanzaron furiosos contra el joven quien cruzó una rápida mirada a su hermano antes de entablarse en una desigual lucha.

Ninguno de ellos tenía su varita, pero aún así se lanzaron ferozmente contra sus enemigos arremetiendo con puños y dientes, adueñándose de sus varitas con cada victoria. Sabía que aquella batalla no podía ser ganada si no iba en su ayuda, pero no lanzarse hacia la lucha que le pertenecía podía provocar la muerte de todos.

No se detuvo a observar como Dumbledore, quien había reaccionado junto a Draco, y su maestro regresaban de nuevo a su escaramuza mágica, sino que en vez de esto se lanzó por el agujero hacia los oscuros terrenos de Hogwarts donde el poderoso dragón se reincorporaba con lentitud atento a todos y cada uno de sus movimientos.

- Nos volvemos a ver… Shelyak.- dijo con calma.- ¿No vas a saludarme? Tu recibimiento no ha sido muy cortés…

Una bola de fuego fue la respuesta que recibió. La hubiera esquivado de encontrarse en otro lugar, pero hacerlo habría sido exponer de nuevo la muralla del castillo lo que habría terminado por terminar con la ahora peligrosa existencia del comedor. Así pues, haciendo un gran esfuerzo, concentró su energía para desviar la trayectoria del diminuto sol hacia el cielo nocturno.

- Has mejorado.- gruñó al fin.

- Así es.

- Pero no has escogido bien tu camino.

- No, quizá no.- murmuró a media voz.

- ¿Y ahora pretendes volver?

Harry no respondió. Por unos instantes se mantuvo en silencio, medio cabizbajo pero sin desviar la atención del dragón.

- No.- dijo al fin.- No pretendo volver.

- Entonces, no hay más que decir.

El dragón entrecerró los ojos, agachando levemente la cabeza mientras todo su cuerpo se flexionaba al igual que un felino preparándose para saltar.

- ¿Vas a matarme, Shelyak?- preguntó serenamente.

- Has decidido.

- Sí, lo he hecho. Todo el mundo tiene derecho a decidir.

- Tú no.

Con un salto, desplegó sus enormes alas y se lanzó en picado hacia el chico quien no se entretuvo a pensar, transportándose justo donde segundos antes había permanecido increíble animal.

- ¿Yo no, dices? Menuda excusa más ignorante.

Extendió los dedos, y expulsó una poderosa onda mágica que retuvo el avance del dragón lanzándole hacia atrás.

- ¡Deja de usar ésa maldita magia!- bramó con furia volviendo hacia él.

De nuevo, Harry lo volvió a repeler. Sin embargo el rugido de volvió cada vez más fuerte y feroz, arremetiendo con una locura salvaje, irracional, contra el sorprendido chico. No lo comprendía, de pronto, el animal parecía fuera de control y empeoraba con cada nueva embestida.

Harry sentía como sus fuerzas iban menguando, al igual que Shelyak. Aquello no era ya una batalla, sino una estúpida lucha sin ningún sentido, con el último objetivo de vivir antes que el otro. ¿Por qué¿Por qué debía terminar así? Él no quería dañarlo, aunque no quisiera admitirlo, debía reconocer que se sentía apegado a aquél animal. Quizá por sus enseñanzas, quizá por el tiempo que estuvieron juntos, o podía ser por el pacto mágico que los unía. No lo sabía, pero no deseaba su muerte, ni tampoco enfrentarse a él…

Una gota cayó en su mejilla. Apartó por enésima vez al dragón de él, y tomó un breve respiro antes de volver a protegerse. Sus movimientos habían perdido aquella vigorosidad volviéndose más cansados y pesados, dejándose caer casi por el mismo peso. Con un rápido movimiento, se quitó la pizca de agua que aún se mantenía en su cara, y le extrañó que no resbalara por su piel. Intrigado por el tacto del líquido que ahora tenía entre los dedos, Harry desvió su atención por primera vez.

Era sangre.

Alarmado, levantó la vista hacia el dragón que volvía a atacar desde las alturas, ésta vez casi en caída libre, como si hubiera dejado de controlar su vuelo. Tuvo que poner toda su voluntad para obligar a la magia a maniobrar, exigiéndole una vez más aquella infalible protección.

El dragón impactó otra vez, pero ahora soltando un gruñido con el golpe y cayendo inerte al llegar al suelo.

- ¡Shelyak… estás herido!- exclamó acercándose a él.

- ¡Vete!

- Pero… es sangre, estás sangrando… Déjame verte…

- ¡VETE!- su rugido, a pesar de impactar contra sus tímpanos con dolor, no le hizo recular.

- ¡No! Antes pienso echar un vistazo a la herida, con o sin tu consentimiento.- gruñó con furia.

Durante unos instantes, ambos se quedaron estáticos, mirándose. No le importaban los ruidos que aún resonaban en la noche, restos de un combate que seguía desarrollándose detrás de las ruinosas murallas, en aquél momento, lo único que le parecía de más atención era el estado del dragón. Así pues, resuelto a mirar el tamaño de sus heridas, se acercó a él andando con resolución a pesar de encontrarse exhausto y casi ni fuerzas siquiera para andar.

Coletazos y gruñidos intentaron persuadirle de su retiro, pero no se dejó intimidar. Sabía que el animal estaba agotado e incapaz de golpear como poco antes había hecho.

Lo rodeó con cuidado a esquivar los débiles intentos de alejarlo, y se acercó junto a la ala derecha, cuyo ángulo al cerrarse no era normal. Tuvo que obligarle a extender mínimamente la extremidad para poder comprobar el estado de la herida. La membrana estaba desgarrada como si fuera una costura mal cortada. Pero no era lo único. Una fea y horrorosa mancha negra se extendía por su cuerpo como si fuera una gangrena que hubiera empezado por alguna pequeña herida sin curar.

- Shelyak…- susurró aterrado ante aquello.

Sus escamas, antes rojas y doradas, brillantes, enlustradas, pequeños espejos hechos con espejos de la luna, estaban ahora oscurecidas por aquella extensión de obsidiana negra robándoles toda su belleza. Toda su pata trasera, parte del vientre y del muslo superior estaban en el mismo estado, como una enfermedad en medio de su extensión por el cuerpo.

- ¿Qué… qué ha pasado?

El dragón no respondió. Ya no ofrecía ninguna fuerza, al igual que tampoco parecía importarle oponer resistencia, demasiado exhausto para seguir con la lucha. Iba a poner la palma de la mano encima aquella extrañilla superficie cuando el ruido de los combates le recordó que había algo más que debía hacer.

- Ahora vuelvo.- dio una ligera palmadita en la pata delantera que aún se mantenía en buenas condiciones y, haciendo un gran esfuerzo por continuar, se encaminó renqueante hacia el agujero que adornaba al comedor.

Gritos y explosiones seguían teniendo lugar, aunque ahora en menos cantidad pues muchos de los luchadores se encontraban inconscientes o demasiado exhaustos para seguir, a pesar de haber quien seguía mostrando combate con menguadas fuerzas físicas. Y, tal y como entrevió al salir, los dos magos seguían con su legendaria lucha, mostrando pequeños pero efectivos hechizos los cuales, utilizando poco poder mágico, conseguían resultados realmente increíbles.

El Lord, al igual que su rival, enseguida captaron su presencia. No les hizo falta las exclamaciones ni maldiciones que pudieran intentar lanzarle, su áurea era suficiente para delatarse con su propia percepción.

Harry levantó la varita hacia ambos y dejó que la energía fluyera interponiéndose entre los dos hombres. Dumbledore no respondió a la magia, cosa que permitió al Señor Oscuro una oportunidad para atacarle a traición, lanzándolo violentamente contra una de las paredes, donde resbaló hasta quedar medio tendido al suelo. Aquella acción permitió unos momentos de distracción para los demás quien, mediante hechizos ruines, consiguieron reducir a sus contrincantes.

- ¿Ya has terminado con el dragón?- susurró complacido aunque con un deje de sorna hacia el chico quien, sin inmutarse ante aquella victoria tan inesperada, se inclinó frente a su señor.

- No, maestro. Aún sigue vivo, pero su estado es lamentable.

- Entonces, termina con él.

- ¿Es necesario, mi señor?- preguntó con una penetrante mirada.- Hacerlo supondría mi propia muerte, si no me equivoco.

- Vamos, Harry, sabes que esto no son más que conjeturas.

- Al igual que vos, señor…- señaló con una leve inclinación de cabeza.- Yo también tengo un pacto que me une a ésa criatura. Matarla, al igual que matar a su serpiente, significa nuestra propia destrucción. No es ninguna conjetura, mi señor.

- No…- rectificó el Lord con una amplia sonrisa.- Ya veo que no lo es…

Abrió los brazos abarcando a todo el castillo con ellos en unas garras violentas, sangrantes.

- Míranos, Harry. Hogwarts… ¡Hogwarts! Al fin nuestra, después de tanto tiempo… Y Dumbledore derrotado, gracias a ti.- sus ojos, rojos y brillantes, le miraban con euforia y maldad, esperando el momento que al fin se presentaba ante él.- Celebraremos ésta magnífica y dulce victoria, pero antes… antes…- se giró hacia el viejo hombre quien empezaba a despertar, y rió con una risa estridente, fría e inhumana.- Vamos a darle una merecida despedida.

Apuntó la varita hacia el malherido profesor, haciendo caso omiso a las exclamaciones de los pocos que aún restaban conscientes, a la desesperación de sus miradas, a sus súplicas. Aquél era el momento que tanto había codiciado, por el que tanto había arriesgado.

- Avada… ¡Kedavra!

Conocía aquella luz verde, aquella presencia letal, maligna, aterradora. La conocía desde que tenía un solo año, desde que su madre, al igual que su padre, había caído bajo aquella maldición de la muerte.

- ¡No!

Extendió el brazo lanzando todo cuanto tenía, toda la energía que aún conservaba, lo poco que era capaz de utilizar. Sabía que su agotamiento podía ponerlo en peligro, apenas era capaz de dominar aquella magia que le ayudaba a mantenerse. Pero era la única esperanza, la única salida, lo único que podía hacer.

Sintió como todas sus energías escapaban de él y se lanzaban directas contra aquella luz, compitiendo en una frenética carrera por el aire. Sus fuerzas quedaron reducidas a nada, podía entender el sentimiento que experimentaba, como si alguien estuviera succionando su alma, toda su esencia hasta el punto que apenas quedaba más que la materia física, su cuerpo de huesos y carne. Pero, aún así, siguió expandiendo aquella energía lanzándola con urgencia hacia el punto de encuentro.

Ambas magias se encontraron. Por unos instantes, no supo muy bien como pues todo se confundía en un mar de color, le pareció ver como, en un poco distancia de fuerza, su ataque conseguía arrancar la trayectoria del hechizo letal haciéndole impactar contra la pared, destruyendo, así el último muro de piedra que aún se mantenía en pie.

"Ahora."

De pronto, todo se volvió oscuridad.