Era la tercera copa de mulsum que le servía al dómine Vero y la quinta vez que notaba su mano acariciarla indecorosamente por debajo de la espalda al pasar junto a su litera.
La segunda vez que pensaba en atravesarle la garganta con la bandeja dorada donde la jarra se sostenía y la cuarta en la que se imaginaba rajándole de la cosa asquerosa y pútrida que le colgaba bajo la toga hasta la boca, aún así se separó llevándose algo de ese fermentado elixir a los labios y se dirigió a su lado sentándose junto a él para ofrecérsela.
—La escita ha luchado bien, ¿no crees? —le preguntó Vero a Ontari con una arrogante sonrisa antes de beber un buen trago semi recostado en el divan—. No tenía mucha fe en que fuese a salir victoriosa sabiendo que esa sucia arpía de Nia Albino había hecho traer a "La Morta" para luchar contra ella.
Ontari que no dijo nada, sintió una silenciosa punzada en el vientre al recordar como la temible mujer Nubia había herido a Lexa en la pierna de un espadazo y de como el pueblo había rugido pidiendo más sangre para su diversión.
—No pareces complacida con su victoria, ¿qué perturba tu paz? —preguntó Marcus alargando la mano hasta colocarla sobre su rodilla.
Ontari que se tensó simplemente dirigió su mirada hacia él al volver la cabeza.
—Creía que significaba mucho más para ti de lo que me has demostrado hoy —dijo con naturalidad apartando después sus ojos.
Tensándose rápidamente, Marcus Vero se incorporó con la preocupación latente en el rostro y en la voz.
—Pero creía que permitirte verla luchar, te complacería. No la he tocado, lo juro por los dioses —repuso precipitadamente el romano con gesto solicito—. Mis afectos y atenciones han sido solo para ti...
"Pobre idiota infeliz", pensó Ontari con sorna, "¿pensaba que eran celos lo que denotaba su voz?..."
Y si era así, ¿por qué no aprovecharlo?
—Ontari, por favor —pidió el dómine solicito alargando la mano para posarla en su rostro y obligarla a mirarle—. ¿Qué puedo hacer para sacar de tu mente esa absurda idea? ¿qué necesitas?
—Querría poder hablar con ella —pidió Ontari de repente posando sus ojos sobre los suyos—. Querría que le permitieses disponer de un lugar aquí, que pudiese servir a Clarke como te sirvo yo a ti y que de su generosa mano aprendiese cuan valioso es el lugar privilegiado que tu, oh amo y señor de todo esto tan gentilmente nos ofreces...
Las dudas planearon en el rostro de Marcus Vero pero Ontari alargó la mano y acariciando su rostro deleitosamente atrapando sus labios con apasionado anhelo, consiguió sustituirlas por deseo y pasión.
—¿Acaso no es eso lo que tu corazón también anhela? —susurro ella rozando sus labios con los suyos sin apartar sus ojos de los de él—. Que tu pequeña Clarke, ¿te enorgullezca como la leal romana que es?...
Marcus que parecía completamente embelesado asintió pegando su cuerpo instintivamente al suyo.
—Si puede domar a una escita, podrá dominar el mundo entero y enaltecer tu apellido allá donde vaya, sabes que es cierto, que la razón acompaña mi ser...—volvió a besarle ella hasta hacerle gemir de placer—. Unos aposentos dignos, una compañía adecuada, una buena instrucción... y Lexa paseará tu nombre por la arena convirtiéndote en el lanista más prestigioso de esta república, ni el mismísimo Calígula resistirá el hacerte su invitado de honor... Clarke se sentirá orgullosa y por fin entenderá el lugar que quieres que ocupe con razón como toda una Vero... y algún día, quizás con el tiempo un te obsequie con un heredero... o un digno sucesor...
—Un sucesor... —murmuró casi para si admirado Marcus Vero deleitándose en sus labios—. Siempre quise uno... un varón..
Ontari apretó su cuerpo contra el suyo y lo deslizó despertando aún más su deseo haciendo ascender la temperatura por toda la habitación.
—Si me demuestras tu valía, si me demuestras que eres merecedor... —murmuró Ontari en sus labios volviendo a besarle lentamente con pasión—. Te daré uno... con mi sangre y tu porte, te enorgullecerá con fiereza y honor como solo un romano merece ser honrado...
Aquella idea planeo súbitamente en la mente de Marcus Vero, un niño de ojos claros y cabello oscuro, un niño vestido con túnica que le acompañase lícitamente a cualquier lugar como su sucesor, un joven jinete romano con porte de regio guerrero y...
Jadeó...
Jadeó al sentir como la mano de Ontari se perdía bajo su túnica apelando al poder del erotismo y el amor.
Quería ese niño, quería aquello, quería sentirse orgulloso de Clarke y pasear junto a ella y un heredero de sangre noble. Lo quería todo...
Aquella escita le enardecía hasta la sin razón, pero merecía todos y cada uno de sus elogios, de sus atenciones y de sus agasajos.
Si él le daba todo cuanto ella quería, Ontari se encargaría de que él conquistase el mundo al igual que él había hecho con su corazón.
La impresionante ciudad parecía rendida a los pies de la ludus de los Albino. Tras los juegos, habían acompañado a Nia de vuelta al ludus donde residía su hogar y donde está había descargado toda su furia y rabia no solo a golpes y a gritos, desquitándose con todos cuanto estuviesen cerca incluido sus hijos.
Luna le había pedido a Halena que aguardase en aquella habitación para no ser participe ni testigos de los desvaríos de su vieja y amargada madre... madrastra, creía haber oído al recordar.
La jovencita parecía aburrida, reacia a tocar nada de tanta ostentosidad que imprimía la habitación. Los cortinajes transparentes de negras y purpuras sedas, los dorados y bronceados candiles que adornaban cada lugar de la habitación.
Incluso los esclavos iban mejor vestidos de lo que había visto hasta ahora en cualquier parte. No porque ella les tratase bien, sino porque pretendía hacer gala de su riqueza desde cualquier posición y lugar.
Apostada en una de las terrazas, Halena contemplaba fijamente la arena y la muralla que la rodeaba.
"Jaula de oro, pero al fin y al cabo jaula", pensó con cierta tristeza.
¿Ontari estaría bien? ¿Bien de verdad? Parecía estar bien cuando la vio, ¿no?
No lo podía recordar, quería hacerlo, quería rememorar su imagen pero toda aquella gente bramando, toda aquella sangre, todo aquel horror era algo que nublaba sus recuerdos.
Habían visto tanto sus ojos en tan pocos días, tanto que su mente trastocaba aquellos recuerdos jugando con su razón.
Halena cerro sus ojos llevándose las manos al rostro, tomando aire suavemente para luego expulsarlo.
Necesitaba tranquilizarse, calmarse de alguna manera o no solo perdería la serenidad, perdería la cabeza.
Ver a Ontari había sido una inyección de vitalidad para ella, una inyección de alivio y alegría, pero no poder estar a su lado había dejado un regusto tan doloroso como amargo en sus labios salados de lágrimas.
Se acabó, lo había decidido.
Aquello debía terminar ya. No podía seguir de aquella manera, no podía seguir derramando más lágrimas ni mostrar debilidad.
El sonido de unos fuertes pasos la alertó haciendo que volviese la cabeza hacia la estancia interior. Ilian que entraba en ese mismo instante parecía arder en cólera y en furor.
—Presuntuoso necio hijo de...
Halena que se asomó justo cuando escuchaba a Ilian farfullar esas palabras por lo bajo comenzando a caminar de un lado a otro de la habitación lanzando contra la pared un jarrón, se sobresaltó ligeramente viendo los pedazos de cerámica volar por todos lados.
Ilian volvió la cabeza al verla allí y endureció la mirada.
—¿Qué haces tú aquí?
Halena que tan solo apartó la mirada se dispuso a pasar por su lado para marcharse pero él la agarro del brazo con fuerza.
—Te he hecho una pregunta —la importuno exigente.
Roan, que entraba en ese mismo momento en la habitación vio aquel gesto y cambiando la expresión de su cara acortó la distancia con él colocando su fuerte mano sobre su muñeca.
—Yo en tu lugar la soltaría, hermano —amenazó él con gesto fiero pero sereno—. Dudo mucho que Luna aprobase tal daño.
Halena que miró a uno y a otro, jaló de su brazo con fuerza soltándose bruscamente de su agarre antes de dedicar una mirada de odio a Ilian.
—No vuelvas a tocarme o perderás esa mano que tanto aprecia Luna —le espetó con dureza y desprecio.
Luna la había tratado bien, la había tratado como a una persona y no como a una esclava por ahora pero eso podía cambiar a una palabra suya, y a riesgo de que lo sabía no iba a permitir de ningún modo que él la tratase así.
Ilian que la miro con osada afrenta elevó la mano en el aire a punto de dejarla caer sobre su rostro pero fue la mano de Halena la que salió disparada hacia su cara con tanta fuerza que Ilian trastabilló con sus propios pies ante el inesperado gesto y cayó hacia atrás golpeándose fuertemente en el trasero.
Los ojos del chico se abrieron de golpe al tiempo que su mano iba a parar a su nariz cuyas gotas de sangre ya comenzaban a manchar su túnica, y sus ojos la fulminaron al tiempo que Roan la apartaba con la mano para frenar el impulso que en ella nacía.
—No tienes dotes para tratar con las mujeres, hermanito —se mofó Roan con tono burlesco y una pequeña sonrisa en el rostro.
—Se lo contaré a Luna, se lo contaré todo —la amenazó Ilian levantándose de mala manera del suelo.
La expresión de Halena vaciló un poco pero pareció palidecer cuando Roan respondió por ella.
—Y yo le diré que he sido yo, ¿a quién crees que creera?
Ilian que apretó los dientes con fuerza cerro sus puños y dándoles una última mirada de recelo e indignación, salió precipitada y ofendidamente de la habitación.
—Disculpas —murmuró Roan sin apartar la vista de la espalda de su hermano que se alejaba por el pasillo mientras un esclavo se le unía al paso—. Me temo que Ilian carece de nobleza y honor, rasgo que por desgracia le dista de su hermana.
Halena que estaba temblando por la situación también le contempló alejarse a sabiendas de que el orgulloso romano no iba a dejar pasar sin más tal acción.
—Vendrá a por mi...
—Vendrá si —repuso Roan antes de dirigir sus ojos hacia ella—. Y en el momento en que lo haga, deberás estar lista para lo peor.
Halena asintió al escucharle tragando lentamente.
—Si eso ocurre, no acudas a Luna —le pidió él posando la mano sobre su suave hombro viendola a los ojos—. Acude a mi y yo detendré esta situación.
Halena que desvió la mirada odiando sentirse así de débil frente a un romano, le sintió insistir.
—Por favor... —le escuchó insistir ella con generoso gesto al cual finalmente, despacio asintió.
Aquello iba a ser muy difícil sin duda, pero matar a Ilian no sería ni de lejos una opción.
No por el aprecio que había empezado a cogerle a Luna, no si quería que le devolviese a Ontari o al menos un encuentro con su visión.
Continuara...
