AMBIVALENCIA
Por Roquel

Dedicatoria: Para todas las lindas personas que me acompañaron este año al leer esta historia. MIL GRACIAS.

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Ariana92
Navleu
Funeral of the Humanity
Darklolita666
M-Spots
Shia azakami
Nekot
Alexa Hiwatari
Ansiosa
Shingryu Inazuma

Notas: El blini es un tipo de panqueque hecho con harina, mantequilla, aceite vegetal y huevos, (como un hotcake o una crepa). Se cocina por los dos lados en una sartén y se sirven dulces (con mantequilla, nata, mermelada, miel, frutas) o salados (carne, pollo, jamón, queso, patatas, caviar). He leído por ahí que es un desayuno muy típico en Rusia, ¿será?

Ambivalencia: Estado de ánimo en que coexisten dos emociones o sentimientos opuestos.

YYY

CAPITULO 25

EMANCIPACIÓN

Emancipación: Significa el fin, la dimisión o la abdicación de la tutela sobre una persona menor de edad. Acción que permite a una persona acceder a un estado de independencia. Acto que confiere a un menor poder sobre su persona y la capacidad para cumplir su voluntad. Liberación.

El deslumbrante amanecer despierta a Hitoshi. La claridad del mundo le resulta ofensiva. Se maldice por olvidar cerrar las cortinas la noche anterior; pese a ello su mal humor no dura demasiado. Bosteza, se estira y se levanta de un salto. Se siente lleno de energía, relajado y hasta cierto punto satisfecho. Se descubre canturreando mientras se baña.

Cuando se viste y termina por empacar su maleta, se da cuenta que es demasiado temprano para salir rumbo al aeropuerto. Le sorprende ver que aún falta un rato hasta la hora en la que usualmente se levanta. Se deja caer en el sillón mientras medita sus opciones. Quedarse en el cuarto a matar el tiempo le resulta una perspectiva deprimente, no hay tiempo suficiente para hacer turisteo, y supone que sería inútil hacer una visita a su hermano siendo que Takao no suele levantarse temprano. Al final se decide por ver si Kai recibió su invitación y de paso saber su respuesta.

Procura ignorar la repentina sacudida emocional que surge al instante en que considera la posibilidad de encontrarse con la belleza pelirroja. Se deleita con la imagen que su mente conjura pero su sentido práctico se impone y desecha el recuerdo con un ligero pesar.

Se decide a caminar pues el hotel de Kai y su equipo queda a menos de tres calles de distancia. Es sábado y a esa hora de la mañana no hay mucha gente paseando por la zona hotelera, la mayoría de los turistas salen hasta que el sol está en lo alto. La calle está vacía y es por ello que le resulta fácil distinguir la silueta que está junto al teléfono público que hay cerca de la esquina.

La silueta está sobre el suelo, así que es difícil identificar si la persona en cuestión está durmiendo sobre la acera o está sentada en ella. Conforme Hitoshi se va acercando se da cuenta que la persona está en el suelo con los brazos alrededor de las piernas y su rostro oculto bajo decenas de mechones pelirrojos.

El color del pelo lo hace parar en seco. Sólo conoce a una persona con el cabello de ese color. Para confirmar sus sospechas se arrodilla junto a él. Su presencia pasa desapercibida porque en ningún momento la silueta hace ademán alguno de girarse hacia él. Hitoshi le habla pero no hay reacción en el chico. Con suma cautela, como si estuviera tratando con un animalito herido, el japonés extiende una mano hasta el flequillo pelirrojo. Antes de que consiga tocarlo, repara en la mano que tiene a la vista.

Los nudillos de esa mano están hechos trizas. Lo toca con cautela, no queriendo hacerle daño y examina las heridas con cuidado; además de los evidentes rasguños, moretones y desolladuras, Hitoshi podría asegurar que han comenzado a hincharse. Echa una mirada a poste de teléfono y la conclusión a la que llega es simple. Con suma cautela le retira suavemente el pelo de la cara y le gira el rostro hasta que consigue que sus ojos se enfoquen en él.

Hay lágrimas en ese bello rostro. Y los ojos azules, que ayer mismo brillaban como zafiros reales ahora parecen lagos vacíos.

Pese a ser alto, el pelirrojo es bastante liviano cuando Hitoshi lo levanta en brazos. El muchacho no pone resistencia, demasiado exhausto emocionalmente para protestar, pero en cuanto se da cuenta de que caminan en dirección a su hotel la ira revive en él. Batalla con una fuerza desmedida para bajarse de los brazos del japonés. La única palabra que pronuncia cuando Hitoshi intenta explicarle la situación es:

—¡NO!

La sentencia es corta, pero llena de ira, de una angustia lacerante. Hitoshi retrocede sobre sus pasos, inestable por culpa de la fuerza que Yuriy usa para intentar escapar.

—¡Esta bien! ¡Está bien! —intenta hacerse oír sobre los gruñidos del pelirrojo, pero nada funciona hasta que Hitoshi recula sobre sus pasos y regresa por donde venía, solo entonces el pelirrojo deja de luchar con él.

Con un Yuriy jadeante y listo para otra lucha, Hitoshi duda pero al final opta por volver sobre sus pasos de regreso a su hotel.

YYY

Todo sucede tan rápido que Rei no consigue reaccionar a tiempo. En un momento Boris está teniendo lo que a todas luces parece un ataque de pánico, cuando de pronto lo mira sin verlo realmente y cuando estira la mano para tocarlo, el ruso lo aparta con tal expresión de susto que Rei retrocede sintiéndose de pronto culpable del dolor que se plasma en ese rostro. Para cuando consigue reaccionar Boris se ha marchado.

Está listo para salir tras de él cuando recuerda que el chico se ha marchado sin la sudadera. Vuelve por ella pero en cuanto sale no encuentra el rastro del ruso por ninguna parte. Baja corriendo al lobby y se detiene a preguntar si alguien lo ha visto pasar, pero el único encargado de recepción está demasiado ocupado atendiendo una llamada y no sabe responderle.

Rei aprieta los dientes y sale. La calle está silenciosa y oscura aunque el amanecer no debe tardar en llegar. Se pregunta si debe volver al cuarto, preparar su maleta y dejar que el asunto termine de una vez, pero entonces recuerda el rostro dolido y se maldice por no preguntarle a Kai el nombre del hotel donde se hospedan.

El moreno rechina los dientes, aprieta los puños y se interna en la oscura calle buscando a Boris.

YYY

Kai vuelve a su hotel y deja instrucciones en recepción para ser notificado en caso de que su compañero de equipo aparezca por ahí. Les deja una breve descripción y el número de su habitación, después de eso sube a su cuarto para descansar.

Tiene ganas de echarse a dormir, pero en lugar de la cama prefiere sentarse en el silloncito que hay junto al buro de la entrada. Estira las piernas y se frota la cara con la sensación de tener bloques de cemento en los pies. La tensión que tiene en los hombros lo obliga a echar la cabeza hacia tras, usando el respaldo como almohada improvisada.

Se concede cinco minutos de inmovilidad obligada mientras descansa los ojos. Solo cinco minutos.

Despierta por culpa del teléfono que vibra en su bolsillo. Se masajea la frente y observa con sorpresa el reloj. Han pasado más que solo cinco minutos, pero su cuerpo protesta por el cansancio acumulado. Contesta el teléfono que no deja de sonar acuchillando su pobre cerebro.

—Ahora qué.

—¿Y Yuriy?—la voz de Iliá, la tensión en ella, consigue despertarlo por completo.

—En su cuarto, durmiendo.

—No está ahí.

—Por supuesto que está.

—Acabo de hablar con él y no suena muy coherente. Necesito que vayas y revises que todo esté en orden.

Kai se levanta y sale. El cuarto de Yuriy está cerrado pero no tiene llave, así que Kai entra sin pedir permiso. Una de las camas está desecha, las sábanas y almohadas están en el suelo pero no hay rastro alguno del pelirrojo. Para cerciorarse revisa el baño donde hay una tina a medio llenar y tollas húmedas regadas por el suelo.

—¿Kai?

Aún tiene el teléfono en la mano y la voz de Iliá pronunciado su nombre con urgencia lo hace despertar de su letargo.

—Sus cosas aún están aquí—responde Kai mientras abre cajones y ubica las maletas de ambos. —¿A dónde diablos fue?

—Recibí una llamada de un número desconocido. Necesito que lo encuentres. Temo que está teniendo una regresión.

Kai maldice en silencio pero le dice a Iliá que lo hará. En cuanto cuelga el teléfono se pasa una mano por el pelo y lucha contra la sensación de que ese día está a punto de llenarse con la mierda del día anterior: La derrota contra Takao, la desaparición de Boris, la amenaza contra Rei y ahora la regresión de Yuriy, ¿qué más puede salir mal?

YYY

El pelirrojo permanece inmóvil cuando Hitoshi lo sienta sobre el sofá de su cuarto y no se mueve ni siquiera cuando lo deja solo. El japonés vuelve veinte minutos después llevando dos paquetes de vendas, una botella de alcohol, algodón y gasa. Se sienta a su lado con precaución y toma con suma delicadeza una de las manos lastimadas.

El pelirrojo se tensa al sentir dedos ajenos tocándolo.

—Tranquilo. —se detiene para mirarlo, pero el ruso tiene los ojos fijos en el suelo así que Hitoshi se inclina para buscar su mirada. Los ojos azules lo enfocan pero su expresión sigue distante. —No te hare daño. —Hitoshi le habla con suavidad sin apartar los ojos de él—Voy a limpiar tus heridas, ¿de acuerdo?

Yuriy parpadea hacia él y es todo lo que Hitoshi necesita para poner manos a la obra.

Palpa con suma gentileza los nudillos, uno por uno hasta verificar que ninguno este roto. La mano está hinchada, llena de raspaduras y varias heridas abiertas, así que Hitoshi la limpia con cautela atento a cada respingo que el pelirrojo hace cuando el alcohol entra en contacto con su piel. Termina por colocar una gasa sobre cada mano para después cubrirlas con las vendas.

Al terminar se apoya en el respaldo del sillón mientras el pelirrojo permanece impasible.

—¿Tienes hambre?

Yuriy aprieta los dientes y dirige su mirada hacia el suelo.

—¿No?... bueno, ¿quieres contarme qué fue lo que hizo la caseta de teléfono para recibir semejante paliza?

Yuriy se tensa pero no responde.

—¿Tampoco?... Bueno si no quieres hablar del asunto, ¿hay alguien a quien quieras llamar?

Silencio total.

—Ayer me dijiste que había alguien que cuidaba de ti… Banse, Bonsel, ¿Bensel?, ¿era Bensel, cierto?, ¿quieres que lo llame a él o al otro?, no recuerdo su nombre.

—…no.

La palabra es corta y el tono de la misma es bajo pero Hitoshi detecta en ella ira y desconsuelo.

—Muy bien, a ninguno de ellos. ¿Qué tal tus amigos?

—No tengo amigos.

—¿Y Bryan?

—Se ha ido.

—Oh. Pues entonces Sergei o Kai.

El pelirrojo sacude la cabeza con fuerza aún sin mirarle.

—¿Algún pariente?

El pelirrojo frunce la boca sin responder. Hitoshi reconoce la expresión de un niño harto de las preguntas paternalistas.

—Bien, como quieras. Dejemos el interrogatorio un rato, ¿te parece?... Si no te importa pediré algo para desayunar. Tengo que entregar la habitación antes de la una así que será mejor pedir antes de que se haga más tarde.

Hitoshi se levanta por el teléfono, pierde veinte minutos en pedir un desayuno y después se escabulle hacia el baño para escapar del aire opresivo que el pelirrojo está esparciendo por toda la habitación. El Yuriy que está en la sala es completamente distinto al de ayer por la tarde. El de ayer era seguro de sí mismo, tenaz, feroz y aunque había algo inestable en él su fuerza resplandecía como el sol. El de hoy parece roto y vulnerable, y lo hace sentir culpable.

¿Qué diablos pasó para tener un cambio tan abrupto?

La comida llega y Hitoshi se asegura de impedir que la camarera espíe dentro de la habitación. La despide con cortesía y lleva todas las bandejas de comida hacia el interior.

—No sé qué prefieres—comenta Hitoshi cuando está destapando las bandejas de comida.—Pedí fruta, huevos y tocino. Hay omlette de carne pero ordene blini de jamón por si quieres. Hay pan tostado y jugo. Pedí café para mí pero hay una taza extra por si quieres servirte. Aquí está la leche. Hay gelatina, y pedí una rebanada de pastel de chocolate. Escoge lo que gustes.

El pelirrojo no se mueve de su lugar, pero le habla, aún sin mirarle.

—…no tienes que ser amable conmigo.

—Está bien, de todos modos tengo hambre.

—¡No seas amable conmigo!

El violento arranque sorprende a Hitoshi que se gira para mirar al pelirrojo con expresión cauta. El chico mira la comida con una expresión tan desdichada que el japonés se siente culpable.

—¿Por qué no?—le pregunta con voz suave.

—No lo merezco.

—¿Por qué?

—…yo la mate

—¿Qué?

Al principio Hitoshi cree haber escuchado mal. El pelirrojo mira la comida como si no la viera en realidad. Su expresión ha pasado de ser un muro inaccesible a convertirse en un pozo de agonía.

—¿Qué has dicho?

—Yo la maté.

—¿a quién?, ¿de quién estás hablando?

El pelirrojo se ríe. No es un gesto amable, divertido o festivo. La mueca rebosa impotencia y terror.

—Ni siquiera sé su nombre.

Hay lágrimas bordeando sus ojos, pero más que tristeza reflejan desesperación. Antes de pensar siquiera en una respuesta Hitoshi se endereza y ocupa el lugar junto al chico.

—Creo que me he perdido parte de la conversación aquí. —está junto a él pero mantiene un mínima distancia para evitar que el otro sienta una invasión a su espacio. Su postura es calmada y firme, con el torso vuelto hacia él en una clara invitación para charlar. — ¿De qué estás hablando?

—Se murió.

—¿Quién?

—Se desangró.

—¿Quién?, ¿quién se desangra?, ¿alguien resulto herido?

—No hoy.

—¿Ayer?

—¡No!

El pelirrojo se endereza furioso, pero Hitoshi reacciona rápidamente y consigue sujetarlo a tiempo. Lo aferra de un brazo y lo jala hacia atrás hasta que el trasero del pelirrojo vuelve a caer sobre el sillón.

—Lo siento—murmura Hitoshi aún sin soltarlo—Pero esta conversación no tiene sentido para mí.

—¡Yo la maté!—el pelirrojo se gira para enfrentarlo. La ira refulge en sus ojos zafiro pero junto a ella se vislumbra dolor. Su mirada grita desesperanza y cólera, tiene el pánico pintado en cada uno de sus rasgos y su sola presencia emana agonía.

Hitoshi hace lo único que se le ocurre para consolar a un niño desamparado. Le pasa la mano por el pelo con una suavidad lacerante, le toca el rostro con ambos pulgares y delinea el contorno de su frente y orejas. Limpia las lágrimas que se asoman en la esquina de sus ojos. Suavidad, gentileza y cariño. Todo ello sin dejar de mirarle.

Una expresión tan afable y dulce que provoca en Yuriy agonía porque lo mira sin juzgarlo, lo mira como alguien que busca hacerlo sentir mejor. La preocupación que irradia es tan sincera y real que lo hace sentir a salvo. Lo hace sentir culpable. No puede ahogar las lágrimas que amenazan con escapar contra su voluntad.

—Fue mi culpa. —la temblorosa admisión está acompañada de un espasmo involuntario.

—Ya pasó. —le acaricia la mejilla con deliberada lentitud.

—Fue mi culpa.

Suena tan pequeño y frágil que Hitoshi no lo piensa dos veces antes de atraerlo hacia él y abrazarlo.

Yuriy se deja hacer porque el gesto le resulta extraño e inesperado. No hay nadie que suela abrazarlo sin intenciones sexuales. Benzel e Iliá acostumbran frotarle el cabello o la espalda, con Boris hay un acuerdo implícito sobre cero contacto físico a menos que impliquen golpes o pellizcos, el resto de sus compañeros de cama suelen ser más bruscos en sus afectos. Así que descontando el abrazo de ayer, está vez es la primera vez que se deja tocar en su estado más vulnerable. El abrazo le transmite seguridad y confort. Le ofrece consuelo. Hay una mano frotando con gentileza su cabeza, el otro brazo lo envuelve con suavidad y lo mantiene cerca del cálido cuerpo que huele a jabón y a colonia. El cuerpo en el que se apoya trasmite consuelo y resulta tan firme y confiable que Yuriy descansa la cara en su cuello y llora. Llora por la muerte de la mujer cuyo nombre no recuerda, llora por la culpa que siente, llora por la verdad que se esconde detrás, y llora por la gentileza que el chico le muestra cada vez que frota su espalda y le susurra palabras amables.

YYY

Aceptar su responsabilidad en la muerte del hombre llamado Krause es más de lo que Boris se cree capaz de hacer. El miedo se dispara dentro de él, la sensación de irrealidad lo persigue sin descanso. De pronto siente que no importa a donde vaya, las pesadillas irán con él, la sangre seguirá tiñendo sus manos. Su primera reacción es descargar su violencia y golpear lo que tenga a mano, por suerte para él no hay nadie en la calle.

Camina sin rumbo, con la imagen del hombre muerto en sus manos. La revive una y otra vez, como si su cerebro estuviera atascado en un bucle sin fin. Si pudiera se arrancaría el recuerdo como quien extirpa un tumor. Pero no importa el esfuerzo que haga, la imagen sigue ahí, ve sus ojos acusadores, su expresión de terror, y las manos que luchan contra él, que arañan su cuello.

Una de esas manos lo sujeta, el recuerdo es vívido, recuerda la fuerza del hombre cuando intenta liberarse, pero su ímpetu es aún mayor. Su ira es inmensa. Puede evocar la furia que burbujeaba dentro de él. Una ira caliente y espesa, como lava que fluye atreves de sus venas envenenando su cerebro. Recuerda la rabia como un manto rojo que cubre el mundo y entre más piensa en ello, más vuelve a él. Intenta mantenerla a raya. Lucha por apartarla pero es difícil. Tan difícil que llega a considerar el dejarse consumir por ella. Cualquier cosa con tal de sacudirse esa sensación de angustia que no lo deja en paz.

Pese a tener la mente llena de imágenes con el rostro de Krause agonizando entre sus manos, su periferia capta el súbito movimiento de una sombra que surge repentinamente a su izquierda. Su primera reacción es alistarse para el combate, eso hasta que vislumbra la coleta de cabello negro que se agita en el aire.

Boris se detiene al reconocerlo y sólo entonces se da cuenta que sus pies lo han llevado de vuelta.

—¿Dónde diablos te metes?

Pese a las bruscas palabras, en la voz de Rei no se transluce molestia. El chico luce compuesto y firme, agitado sin duda, pero nada en su expresión indica que esté enfadado con él. Hay un leve fruncimiento de cejas, una expresión de incertidumbre y preocupación que lo hacen sentir mal.

Boris no soporta la honesta mirada del chico, no se siente digno.

—¿Qué pasó contigo?

El ruso retrocede incapaz de mantener la compostura. Se da la vuelta, listo para huir.

—Eh, ¿a dónde vas?

Rei intenta sujetarle pero el ruso se lo sacude con pánico. El moreno retira la mano, sorprendido por el manotazo; su expresión de sorpresa se desvanece en cuanto repara en el alterado rostro de Boris.

—¿Qué es lo que pasa?— Se acerca con más cautela, interponiéndose en el camino que Boris intenta tomar.

—Vete.

Cuando intenta marcharse el moreno se aparece frente a él.

—¿A dónde vas?

—Vete.

—¿Boris?.

—¡Solo vete!

Hay ira en su voz, pero Rei distingue los destellos de la locura que se asoman debajo y escucha el dolor que no se pronuncia. Es un dolor que se oculta detrás de la ira, que la alienta y la alimenta. Es como un animal que muerde cuando tiene miedo. Pura angustia y desesperación.

El moreno se aproxima con cautela, sin dejar de mirarle a los ojos.

—Está bien, Boris. No te haré daño.

El ruso se ríe con una carcajada maníaca, ¿daño?, ¿a él? Es más probable que yo te haga daño a ti. Quiere decírselo. Quiere explicarle lo que ha hecho, quiere decirle la verdad y ver como ese bello rostro que habla de honestidad y preocupación se tuerce con una expresión de asco y repulsión. Quiere ver su furia, su miedo y confirmar así la idea que tiene de sí mismo.

Quiere que lo odie, como él mismo se odia.

—Lo maté.—la confesión escapa en un murmullo tenso, el ruso aprieta los puños sin apartar la vista del bello rostro que lo mira— No pude parar. No quería parar. Quería verlo muerto Y lo sujete hasta que se murió.

Es casi reconfortante ver el pánico en esos preciosos ojos ambarinos. Boris experimenta un súbito golpe de adrenalina, nota la satisfacción de anticipar el resultado y al mismo tiempo no se espera la amargura que repentinamente lo abruma.

—¿De qué hablas?

Hay sorpresa en su voz, incredulidad y aprensión a partes iguales. Boris está esperando que el moreno retroceda. Está listo para ser repudiado y abandonado. Lo sorprendente es que Rei no huye. Da dos pasos en su dirección mientras extiende una mano que coloca suavemente sobre su brazo.

—¿Estás bien?,—su tacto es firme y amable, la expresión de aprensión sigue ahí pero Boris descubre que no está dirigida contra él— ¿te atacó?, ¿dónde está?, ¿estás seguro de que estaba muerto?, ¿le tomaste el pulso? Tenemos que llamar a emergencias.

Durante todo un minuto Boris permanece mudo, demasiado atónito por esa reacción inesperada. Rei parece genuinamente preocupado, tiene la expresión de alguien que intenta comprender. Boris quiere reírse de la situación porque en lugar de abandonarlo pareciera que Rei está intentando ayudar. Lo cual no tiene sentido. ¿Quién ayudaría a un asesino?

—Está muerto—Boris retira su brazo y retrocede—Yo lo hice.

—No. Llamaremos a emergencias, sólo dime dónde está.

—Ya no importa. Murió hace años. ¡No lo sé!

Rei balbucea un qué incompleto y se interpone de nuevo cuando Boris intenta escabullirse otra vez.

—No te entiendo, ¿quién murió?

—¡Nadie que conozcas! —hace ademán dar media vuelta pero Rei es más rápido y se aparece frente a él.

—No huyas.

—Déjame en paz.

Da la vuelta y ahí está. Tuerce a la izquierda y el moreno se interpone de nuevo. No lo deja marchar. No se aparta. Boris siente pánico.

—¡VETE!

—¡No!

La resolución de Rei es firme, su postura es completamente estable, su expresión desborda resolución. No tiene miedo, no huye, y el pensamiento provoca ansiedad en el ruso. Siente que se queda sin aire; la sangre fluye demasiado rápido, la oye bombear en sus oídos.

—¡¿Por qué sigues aquí?! ¡¿Por qué no me dejas en paz?!

—Boris…

—¡No! —está gritando en medio de la calle sin dejar de mirar a Rei—¿no entiendes lo que te estoy diciendo? ASESINE A UN HOMBRE. ¡Lo maté con mis propias manos!

Se aparta del moreno con brusquedad y durante un momento se queda quieto mientras lucha por recuperar el aire.

—Boris…—el murmullo rebosa compasión, su tono intenta ser la lluvia que apague la ira.

—¡Vete!

Boris avanza con paso resuelto dispuesto a quitar cualquier obstáculo que se interponga en su camino, pero cuando intenta alejarlo Rei sujeta su brazo con decisión y no se aparta. Permanece ahí: Impasible, inamovible como un pilar de entereza. Sus dedos se cierran en torno a su muñeca, suave pero con firmeza.

—Todo está bien.

¿Bien?—el rugido que se escucha está teñido de pánico y miedo—¡¿No escuchas lo que te digo?! ¡He matado a un hombre!

—Te oigo— el susurro es calmado y claro. Cuando lo tiene cerca envuelve su mano entre las suyas y lo obliga a centrar su mirada en él—pero también te veo. Estás sufriendo.

Un breve espasmo agita la cabeza del ruso. La idea es inconcebible. ¿A quién le importa si él sufre? Mató a un hombre. Lo hizo con sus propias manos. Merece sufrir. Es su castigo. Es su culpa. ¿Por qué Rei no lo entiende?

—No tienes qué huir. —es el tono: suave, mesurado, preocupado, el que consigue que el corazón de Boris tiemble. No hay miedo en él, no hay rechazo, no se aleja ni lo desprecia. Preciosos ojos ambarinos que centellean con inquietud.

Debe marcharse. No se cree capaz de controlar la ansiedad que crece dentro de él. Puede sentir que la oscuridad vuelve. Sabe que es cuestión de tiempo antes de que lo cubra por completo y entonces lo hará de nuevo. Le hará daño, no podrá evitarlo.

—Fui yo. —su respiración es irregular. —Es quién soy.

—No eres un asesino. —honestidad, consistencia, estabilidad. No tiembla, no retrocede, no aparta sus ojos de él. Lo mira como si pudiera ver algo más que oscuridad, como si fuera capaz de apartar la ira y vislumbrar algo más que sólo desesperación.

—¡No sabes nada de mí!

¿Cómo puede no verlo?, ¿por qué no huye?, ¿por qué sigue aquí?

—Sé mirar a la gente, Boris. Sé escuchar lo que no dicen. No sé qué paso, no sé qué te hizo llegar a este punto, pero cuando te miro, veo a alguien que está sufriendo con la sola idea de haberle hecho daño a alguien.

¿Cómo puede mirarlo con semejante simpatía sabiendo lo que ha hecho? Tal vez no entendió la verdad, tal vez no escuchó sus palabras.

Tal vez…

Tal vez esté intentando ayudar.

El pensamiento aplaca la chispa de violencia que amenaza con estallar y destrozar el mundo. La solidez de ese chico consigue que Boris pierda sus intenciones bélicas.

—Pero lo maté.

El murmullo es frágil y trémulo. La ira está desapareciendo, el fuego de la desesperación se ve ahogada por la serenidad de Rei, y sin ellos Boris siente que el miedo se expande hasta desbordar su cuerpo por completo. El terror paraliza su sistema, su corazón se sumerge en un frenético repiqueteo. El mundo se tambalea como si de pronto se hallará en medio del océano, las olas de pánico lo mecen queriendo arrastrarlo hacia la oscuridad, quieren succionarlo hacia el fondo del abismo donde la locura espera.

—Está bien. —un suave apretón en su mano, un gesto de apoyo y simpatía, una caricia que lo hace sentir como si alguien acabará de ofrecerle una cuerda de salvación mientras yace a la deriva. —Estoy aquí.—su presencia es firme y estable.

Y sus ojos… sus ojos lo miran sin miedo.

El chico es más pequeño que él pero en ese momento tiene la altura de un árbol inmenso, tan completo y seguro que parece infinito. El mundo se desdobla pero la presencia del chico se mantiene estable: No se agita, no se dobla. Es una roca en el mar negro. Colocar una mano sobre el brazo de Rei le confiere estabilidad al mundo. Como si fuera la boya que lo mantendrá a flote.

Boris cae contra él. Hay un súbito tambaleo en el que Rei trastabilla por culpa del repentino peso que debe sujetar, pero se repone de inmediato y consigue evitar que ambos terminen en el suelo. Las piernas de Boris se doblan y termina con las rodillas en el suelo pero no importa mientras pueda sujetarse de Rei, quien permanece firme como el pilar que es. Boris cierra los ojos y lo abraza, ignora al mundo que se desdobla y se concentra en el aroma del chico. Lo aspira hasta empaparse en él, hasta que el mundo deja de girar. Boris le da la espalda a la locura, cierra los ojos ante el miedo y solamente se concentra en la sensación de ese solido cuerpo que se mantiene inmóvil.

Aún si la locura devora el mundo, ella no podrá derribar el pilar del que se sujeta.

YYY

Se calma eventualmente. El llanto disminuye en intensidad y los sollozos se sosiegan. Es consciente de su cara sucia pero no le importa, como tampoco hace caso de la picazón en sus ojos. Frota su cara contra la camisa que tiene frente a él, como un gato que está demasiado exhausto para moverse demasiado. Es el único movimiento que se permite, por lo demás permanece inmóvil, cobijado y seguro en ese apretado abrazo que huele a jabón y colonia.

El japonés lo sostiene con delicadeza, su abrazo es firme pero no asfixiante. Su presencia transmite calidez y simpatía, emociones que consiguen mantener a raya su agitación. Hay una mano frotando su espalda con afecto acompañada de ocasionales mimos en su cabello. El gesto es natural y afable, despierta en él una emoción fresca y dulce. Se siente a salvo. Tiene la tentación de abandonarse, cerrar los ojos y olvidar el mundo, pero no hay oportunidad porque Hitoshi escoge ese momento para hablar.

—¿Mejor?

Hitoshi inclina la cabeza para mirar su rostro pero el pelirrojo esconde la cara en su cuello, no queriendo ver a nadie, escucha que el japonés se ríe e inmediatamente después nota la mano que acaricia su nunca con gentileza. Lo trata como niño pequeño, pero el gesto en lugar de ser chocante consiguen calmar su miedo.

—Eh…—un sonido suave que busca atraer su atención pero Yuriy responde hundiendo la cabeza en los hombros sin despegar la cara de su refugio.

Hitoshi no se rinde, estrecha su abrazo, lo llena de zalamerías, le habla con dulzura y afecto, le frota el cabello e incluso se atreve a besarle la cabeza. Besos cortos sobre su pelo, su sien e incluso su oreja. El gesto le provoca cosquillas y sin poder evitarlo se ríe.

No es una risa estridente, solo una risilla de sorpresa y encanto. El sonido es tan inusual que Yuriy lo corta de forma abrupta, pero le da la fuerza suficiente para salir de su escondite. Eleva el rostro con cautela hasta que sus ojos se encuentran con los de Hitoshi.

Ojos de color avellana, ojos brillantes y afectuosos. El gesto que muestra es amable, lleno de una calidez que hace chispear algo dentro de él. Lo mira con una clase de ternura a la que no está acostumbrado y que no alcanza a comprender. La emoción se extiende por su pecho y por un segundo siente que el pánico lucha por volver. No se siente digno de esa sonrisa. No se siente cómodo con toda esa gentileza y cuidado. Y tal vez esa certeza se muestre en su rostro porque el japonés se inclina y deposita un beso suave en su frente.

—Está bien.—el murmullo es firme y confiado. Como un adulto cuando intenta consolar a un niño pequeño.

Yuriy quiere creerle. Realmente quiere hacerlo, pero ¿cómo podría estar bien cuando el mundo en el que vive resulta ser mentira?

—¿Quieres hablar de ello?

¿Hablarlo? Yuriy se estremece ante la idea. ¿Cómo poner en palabras la emoción negra que intenta ahogar su cerebro? Simplemente no puede…

—…no ahora.

—Bien, ¿estás seguro de que no quieres llamar a alguien?

Benzel. Iliá. Ambos serían su primera opción, pero no se siente con fuerzas para enfrentarlos. No puede sentarse y escuchar lo que tengan que decir porque en el fondo sabe sin importar lo que ellos digan no hay forma de que él pueda creerles.

Se pregunta si alguna vez podrá hablar con ellos sin sentir que mienten.

—No.

—…¿qué te parece si comemos algo?

Yuriy mira la comida y no siente la mejor tentación por ella. Tiene un nudo en el estómago y la sensación de que cualquier cosa que trague terminará siendo devuelta de inmediato.

—No tengo hambre.

Hitoshi le sonríe con un gesto cómplice y de alguna forma se las arregla para levantarse con el chico a cuestas. El movimiento es tan repentino que Yuriy se sujeta de él, listo para enderezar las piernas en caso de que el japonés lo suelte; pero eso no sucede porque Hitoshi los lleva cerca de la mesa de centro y se sienta en el suelo con el pelirrojo en su regazo.

—Probemos con algo ligero.

El japonés estira el brazo y alcanza el plato de fruta. Todo eso sin que su otro brazo se aparte del pelirrojo. Se las ingenia para apoyar el plato de comida en las manos renuentes del ruso mientras su mano libre se estira por un tenedor. El primer bocado es para él y hace todo un alboroto por el sabor y la textura.

Yuriy se pregunta a qué viene tanto bullicio hasta que el japonés le extiende el siguiente bocado. Se siente enrojecer por alguna razón.

—N-no.

Por supuesto que Hitoshi no insiste, le sonríe y se lleva el pedazo de fruta a la boca. Deja escapar un suspiro de satisfacción y remarca una vez más lo maravillosa que es la fruta de temporada. Habla con tanto entusiasmo sobre algo tan simple que Yuriy se deja llevar. Lo escucha parlotear sobre sus frutas favoritas, sobre el exquisito sabor de una sandía en pleno verano o el de las fresas con nata, y se sorprende de escuchar en su voz semejante emoción.

Cuando Hitoshi le ofrece otro bocado Yuriy duda, pero termina aceptando. Lo mastica con calma, deleitándose por primera vez en lo dulce del sabor…

—Delicioso, ¿no?

Hitoshi sonríe. Lo mira como si realmente quisiera convencerlo de que no le hará daño. Hay algo en él –una seguridad, una vibración– que provoca confiar y dejarse llevar.

El pensamiento lo hace temblar.

Yuriy traga y el sabor de la fruta que permanece en su paladar lo hace sentir vulnerable.

—Debo irme. —murmura el pelirrojo en voz baja mientras aparta sus ojos del japonés y suspira con cansancio.

—¿A dónde?

La pregunta lo hace recordar que no tiene a dónde ir. No hay hogar al cuál volver. No tiene la fuerza para enfrentar las mentiras. No se siente capaz. Y es probable que Hiro distinga su incertidumbre y el abandono que siente, porque lo besa en los labios con una sonrisa en el rostro.

Un beso dulce, sin ninguna intención malvada.

—Tengo un lugar en mi equipo de entrenamiento, ¿por qué no vienes a Japón?

YYY

Lo más difícil es conseguir que Boris se ponga de pie. El ruso se aferra a su cuerpo como temiera verlo desaparecer. Hay dolor en él, miedo en gran medida, pero también puede percibir confusión y paranoia. Como si acaba de levantarse en un lugar desconocido.

Rei se toma un momento para pensar con calma. Tiene muchas piezas del rompecabezas que es Boris, pero lo cierto es que no las tiene todas, y lo que es peor las que conoce no encajan entre sí. Hay un gran hoy negro en todo lo que ha sucedido en esa noche y le frustra no entender lo que está pasando; pese a todo, Rei aparta su indecisión. No es el momento para entrar en pánico. Se concentra en el ahora, reúne toda su entereza y se arma de paciencia para hacer que Boris consiga recuperar un poco de estabilidad.

—Boris… Boris, mírame.

No es una orden, no suena tajante ni enfadado, pero su tono es lo suficientemente firme para traspasar la capa de confusión que asola la mente del ruso. Al oírlo Boris cierra los ojos, el sonido de esa voz es bálsamo para sus oídos, es cálida y estable, y consigue centrarlo en el mundo.

Esa voz lo llama, su nombre suena mil veces mejor cuando él lo pronuncia, como si no estuviera asociado con un asesino.

Es imposible resistir el llamado.

Rei se siente listo para enfrentarse a cualquier cosa, pero la mirada de angustia que ve en Boris, cuando éste eleva el rostro para mirarlo, basta para que su corazón se contraiga.

La expresión que ve está tan llena de dolor, miedo y confusión que la naturaleza empática del moreno despierta de forma inmediata. Le sorprende la repentina ternura que lo embarga. Es feroz, inexplicable y abrumadora. Se siente impelido a murmurar palabras de aliento, a tratarle con el máximo cuidado y esmero. Vagamente se pregunta quién ha sido capaz de hacer semejante daño en alguien que parece tan firme y seguro de sí mismo.

—Estoy aquí. —las palabras brotan de su boca mucho antes de que pueda procesarlas. —Estoy aquí, Boris. Nadie te hará daño.

Palabras que derrochan empatía y confianza.

YYY

Hitoshi tiene algo, una especie de encanto que Yuriy no alcanza a comprender. Habla sobre cosas insignificantes con un entusiasmo infantil, hace preguntas discretas y carentes de toda malicia. Le acaricia el mentón con una gentileza rarísima y no busca tocarlo con intenciones sexuales.

Los hombres con los que Krasiv se acostaban eran posesivos y bruscos, pero éste muchacho es todo lo contario. Posee una clase de amabilidad a la que Yuriy nunca ha sido expuesto y es gracias a ella, que el pelirrojo se acaba un plato de fruta, un vaso de jugo, una gelatina y un panecillo, todo ello entre anécdotas inverosímiles que consiguen relajarlo; y antes de darse cuenta está compartiendo sus opiniones sobre el clima, los equipos del torneo y su rutina en Rusia.

En algún momento el teléfono suena y Hitoshi se levanta para responder. Yuriy lo observa desde lejos intentando desentrañar el misterio que representa, pero es inútil porque cuando lo ve recuerda la sensación de seguridad y conforte que siente cuando lo sostiene con una ternura inexplicable.

Es la forma cómo se ríe, la forma como habla, la forma como se mueve. Es todo el conjunto de vibrante seguridad que pulsa a su alrededor. Tiene la misma serenidad que Benzel, es cálido y amable como Iliá, pero no lo mira con incertidumbre, no lo toca con miedo. Lo toca con una extraña familiaridad. Habla con encanto y persuasión, es pura sonrisa, dulzura y encanto.

Y su sonrisa.

Su sonrisa es deslumbrante, consoladora. El gesto provoca que Yuriy quiera sonreírle de vuelta y hundirse en sus brazos para oler el suavizante de su ropa. Basta mirar ese encantador gesto para que todo el mundo se suavice. Y es por ella que va a ir a Japón. Su decisión está hecha y es sólida como un muro de ladrillos pero tan inesperada como una tormenta en pleno verano. Quiere ir con él porque el dolor se aparta cuando Hitoshi lo sostiene como si fuera algo bonito, su tristeza se esconde cuando lo miran como si valiera más de lo que en realidad vale.

Quiero ir.

Se pone en marcha antes de que pueda arrepentirse. Hitoshi lo ve ponerse de pie y aparta el auricular un momento para preguntarle.

—¿Te marchas?

—Voy por mis cosas. —Titubea, indeciso — ¿Tu oferta sigue en pie?

Hitoshi le sonríe y es todo lo que el pelirrojo necesita para salir por esa puerta e ir por sus pertenencias. Tiene que hacerlo solo, tiene que ser rápido y tiene que asegurarse de que su habitación esté vacía; para ello utiliza el teléfono público que hay en el vestíbulo del hotel.

Iliá contesta al primer timbrazo.

—¿Yuriy?

Su voz suena tensa e inquieta, es extrañísimo escuchar semejante ansiedad en el siempre firme Iliá. Yuriy se siente culpable pero aprieta los dientes y se arma de valor.

—Nos vamos.

—¿Boris está contigo?

—A él tampoco le gustaron los secretos.

—Tenemos que hablar con calma, ¿dónde están?

—No quiero hablar contigo y creo que Boris tampoco querrá hacerlo.

Iliá apela a toda su lógica para convencerlo de hablar. Suena genuinamente preocupado, tal vez un poco aterrado y Yuriy se siente culpable.

—Yuriy, por favor, dime dónde están.

—En la estación de autobuses.

Y cuelga antes de que pueda arrepentirse. Toma aire y lo libera con lentitud en un intento por calmar a su apresurado corazón.

Le toma veinte minutos salir al exterior y volver a su hotel, para entonces está seguro de que Iliá y los otros se habrán ido aunque procura mantenerse alerta por si alguien pronuncia su nombre. Sus cosas están apiladas en su cama, así que mete todo en la única maleta que tiene. Su pasaporte lo tiene Kai así que fuerza la cerradura de su habitación y hurga entre sus cajones hasta que los encuentra.

Su pasaporte, el de Boris, el de Kai y una foto.

Examina la foto con atención, está maltratada señal de que Kai suele mirarla con frecuencia, está doblada por la mitad dejando a dos personajes a la derecha y dos a la izquierda y al ruidoso rival de Kai justo a la mitad. Los dos personajes de la derecha son Kai y él.

La obsesión de Boris.

Al verlo Yuriy recuerda a su compañero y casi sin pensarlo toma su pasaporte del cajón, junto con los billetes sueltos que encuentra entre los calcetines del ruso.

Se marcha sin mirar atrás y sin dejar ninguna nota.

YYY

De alguna forma consiguen volver al hotel.

Una vez ahí el ruso se deja caer en el colchón como si fuera un saco de arena. Rei se las ingenia para llamar a su equipo convencerlos que se adelanten sin él y recoger sus cosas antes de darse cuenta de que tiene un cuerpo inmóvil en la cama que no tiene intenciones de moverse pronto.

Por suerte para él en ese momento suena el teléfono.

—Tiene una llamada, joven Kon, del señor Hiwatari —le informa con pomposa formalidad el recepcionista de turno. —¿Lo comunico?

Un repentino rubor le brota desde el fondo del estómago cuando mira a Boris acostado en su cama. Cierra los ojos y se concentra en la voz de Kai.

—¿Kai?

—Lo siento, pero no.

En efecto, no es Kai, tiene el mismo acento pero su voz es más sedosa, en un tono más profundo.

—¿Quién es?

—Quiero hablar con Boris.

Rei se tensa, el calor que siente en la base de su estómago se esparce por su cuerpo como fuego sin control.

—¿Por qué crees que está aquí?

—Porque en este momento eres la única persona que no le ha mentido.

—¿De qué estás hablando?, ¿sabes qué le paso?

—Supongo que fue mi culpa.

—No entiendo…

—Sólo pon el maldito teléfono en su oreja, ¿quieres?

Rei duda pero al final obedece porque percibe que la ansiedad de la persona que se encuentra al otro lado de la línea está en su punto máximo. Le toma un rato conseguir que Boris vuelva del país de los sueños y antes de que pueda apartarse le pega el auricular a su oído.

—Me voy. —son las palabras de Yuriy apenas identifica la voz del ruso.

—¿Yuriy?

—Benzel e Iliá están aquí. Nos buscan en la estación de autobuses así que si no quieres verlos no te aparezcas por ahí.

—¿Por qué la estación?

—Alguien les dijo que estábamos ahí.

—¿Dónde estás?

—En el aeropuerto.

—¿A dónde vas a ir sin tu pasaporte?

—Tengo mi pasaporte y tengo mi maleta. Fui por ella al hotel cuando ellos salieron.

—Vaya, ¿cuándo empezaste a tomar decisiones por ti mismo?

—No lo sé…

—…¿a dónde piensas ir?

—¿Importa?

—No.

El silencio se prolonga del otro lado de la línea, un silencio cargado de tensión y duda.

—¿Por qué no vienes? —balbucea Yuriy de pronto con un ligero toque de pánico en su voz.

—¿A dónde?

—A Japón.

—¿Para qué?

Yuriy no tiene respuesta, de hecho ni siquiera sabe por qué ha hecho la pregunta en primer lugar. Ha brotado de su boca sin querer, pero lo cierto es que en el fondo no desea ir solo. Boris ha sido su apoyo en los días negros y ha sido una presencia constante durante toda su recuperación, le resulta extraño irse sin él.

—¿Qué razón tienes para quedarte? —pregunta a su a vez intentando ocultarla agitación de su voz.

—No me quedaré.

—¿Planeas irte con el chino?

—…

—¿Es en serio?

—No iré a ningún lado, no tengo pasaporte.

—Yo sí.

—¿Qué?

—Estaba junto al mío, así que lo tome.

—Vaya.

—…¿aún tienes ganas de acostarte con el chino?

Boris guarda silencio y dirige su atención hacia el muchacho moreno que finge guardar cosas en su maleta ya llena. El silencio atrae la atención de Rei que se gira para mirarlo.

El moreno le dedica una sonrisa, cálida y reconfortante, como si intentara asegurarle de que está ahí.

Boris nota que su corazón se sacude.

—No iré contigo.

Es todo lo que consigue balbucear sin entender la emoción que siente cuando esos ojos ambarinos lo miran con simpatía.

—…dejaré tu pasaporte en la oficina de objetos perdidos para que pases a recogerlo.

—¿De verdad te vas?

—Adiós Boris.

Continuará.

n/a

Hola!

Me he escapado para terminar de escribir la última escena y poder publicar esto antes de que se acabe el año.

Este año tuvo un muy buen inicio y muchísimo trabajo para el final. Espero que hayan pasado buenos momentos y estén listas (os) para iniciar el que sigue. Y en caso de que este año no fuera bueno deseo de todo corazón que el próximo lo compense con creces.

Mucho ánimo, mucho éxito para todos.

¡Feliz año nuevo!

No se cómo será el próximo año pero mi propósito es retomar la misma asiduidad que tuve en este, esperemos que así sea. Sin más me despido con algunos comentarios sobre el capítulo.

Yuriy necesita que alguien lo quiera, que alguien se preocupe por él, que alguien lo abrace y que sepa tratar con sus incontrolables estados de ánimo. Necesita de alguien que sepa cuidarlo, incluso en sus peores estados, pero principalmente necesita de alguien que le enseñe que querer está bien, que preocuparse por alguien está bien. Debe aprender a ser abierto, a ser cariñoso a saber que existe algo más que solo sexo.

Así como Boris necesita estabilidad, necesita un que alguien le plante cara y le haga pensar en las cosas antes de hacer nada, Yuriy necesita de alguien que le enseñe como querer, como ser libre, como abrirse y tomar sus decisiones. Y creo que Hitoshi podrá hacerlo. Será un buen entrenamiento para cuando tenga que cuidar de Brooklyn, no?.

En cuanto a Boris, ya veremos cómo le va.

Nos vemos hasta el que sigue!

PD. Disculpen las faltas ortográficas lo he terminado de escribir y está sin betear (mi beta también tendrá su sorpresa en cuanto vea el capítulo), en cuanto lo revisen subiere el corregido.