Ni los personajes ni la historia son míos, solo el tiempo para la adaptación.

Capítulo 25: Terrified.

Fate miró de reojo a Nanoha con una sonrisa involuntaria dibujada en los labios. La cobriza tenía contraída la cara en la mueca de concentración más graciosa que había visto en mucho tiempo. Se mordía el labio inferior, con el ceño fruncido, los hombros en tensión y las mejillas rosadas de la presión a la que estaba sometiendo su cuerpo. Incluso podía notar sus rodillas un poco levantadas mientras se revolvía incómoda, cruzada de piernas sobre la alfombra del salón. Si Fate hubiese podido hacerle una foto en aquel momento, habría empapelado su habitación entera de imágenes de su novia intentando ganarle a duras penas una carrera en el Mario Kart.

Pero Nanoha no podía ni superar el tercer puesto de la CPU. Y la rubia no tenía siquiera que mirar la pantalla para ir la primera. Era la tercera vuelta del circuito que había elegido la clara perdedora y llevaban cinco partidas repitiendo la misma jugada: empezaban disputándose la primera posición, Nanoha caía en algún lado del mapa y Fate se proclamaba finalmente campeona con una cobriza refunfuñando a su lado y pidiendo revancha.

El simple hecho de tener a una chica con quien jugar a Mario Kart era para ella un regalo caído del cielo. Nunca antes había imaginado poder estar sentada en el suelo de su salón, con unos pantalones de pijama y una camiseta ancha, el pelo recogido en un despeinado moño rubio y aguantando las quejas de su novia mientras reía.

Era la definición del paraíso.

Jauja.

Pasó por la línea de meta y se giró triunfante hacia una Nanoha enfadada que se cruzaba de brazos y desviaba la mirada hacia otro punto de la habitación, furiosa.

- Esto es una injusticia - soltó, sin querer volverse para mirar a Fate, que se acercaba a ella como un gato buscando mimos - ¡No! ¡Nada de amor ahora!

- Ooooh, venga - se quejó ella, agarrando a Nanoha de la cintura y acercándola a duras penas. Sabía que no iba a ceder rápido pero eso lo hacía aun más interesante - no te pongas así. Sabes que no controlo lo buena que soy en esto.

- ¡No vale ser buena en todo! - bufó la cobriza, estremeciéndose cuando notó la boca de Fate sobre su cuello haciendo un camino de besos continuos - No vale... No va... Oye eso tampoco... Tampoco vale... - sonrió inconscientemente, entrecerrando los ojos mientras notaba la respiración de la rubia haciéndose camino hasta su oreja.

- Sí que vale - susurró con el tono más sensual que consiguió sacar de sí misma, uno que había estado practicando esas últimas semanas como si fuese su vocación. Era incluso estimulante ver cómo Nanoha se deshacía entre sus caricias. Le valía lo mismo que recibirlas - ¿Me has perdonado ya...?

- No... - la respuesta también salió en forma de susurro, aunque esta vez la acompañaron un conjunto de respiraciones aceleradas que Fate recibió como un signo de vía libre - No voy a ponértelo tan fácil...

- Ah, ¿no? - sus dientes presionaron lentamente en la piel de Nanoha y ella jadeó con el pequeño mordisco - ¿Qué tengo que hacer para que me perdones?

La cobriza se volvió con ojos hambrientos hacia Fate y a partir de ahí ella permitió dejarse hacer por sus impulsos. Se miraron durante una fracción de segundo en lo que ella consideraba el intercambio de pensamientos más intenso del mundo y luego sus labios se encontraron como si fuesen un oasis en medio del desierto. La lengua de Nanoha se coló dentro de la boca de Fate y jugó con la suya con especial fuerza, sabiendo cómo tenía que besarla para que su novia sacase el instinto animal que llevaba dentro. La rubia tan solo gimió y entrelazó de nuevo sus labios sobre los de Nanoha con pasión, empujándola con la mayor delicadeza que pudo para que se reclinase sobre la alfombra.

No había nada más en ese instante.

De hecho, no había nada más en ningún instante.

Nanoha se había convertido en la luna, el sol y las estrellas. La única parte de su vida que podía hacerla brillar. La que le iluminaba, la que le apagaba, la que le mataba y revivía al mismo tiempo. La cabeza de Fate giraba entre millones de metáforas poéticas que al final desembocaba en el incansable pensamiento de que necesitaba desnudarla de nuevo. Había descubierto un universo en la piel de la cobriza e incluso sabía dónde localizar la mayoría de las pecas que recorrían el blanco cuerpo que ahora repasaba con firmes manos.

La temblorosa Fate había desaparecido. Para siempre.

Nanoha se dejó caer sobre el suelo y notó el tibio cuerpo de la rubia posicionarse sobre el suyo, encajando con ella como si fuesen una sola persona. Los dedos de Fate se colaron debajo de su camisa y empezaron a rememorar cada centímetro de piel que había estudiado numerosas veces. Ya no sabía detenerse en aquellos senderos: necesitaba más. Necesitaba mucho más. Sus manos subieron y buscaron a tientas el primer botón de la camisa de Nanoha. Tenía que deshacerse de ella. Tenía que abrirse paso.

La cobriza suspiró, jadeó, gimió con cada roce. Era como si nunca fuese a acostumbrarse a ese escalofrío constante que la recorría cuando Fate estaba ansiosa de ella. Enredó los dedos en su pelo oro, sin romper en ningún momento aquel beso que estaba gastándole los labios. Eso le daba igual. Sabía que luego solamente quedaría sabor a Fate, rojo fuerte que demostraba que había estado allí horas. Días. Semanas. Meses.

Las manos hambrientas que prácticamente rompieron los botones de su ropa le excitaron aun más. No quería ni imaginar con qué fuerza podrían trabajar otras cosas. El cosquilleo de su estómago no era capaz de desaparecer, sus ojos luchaban por abrirse lo suficiente para observar el rostro deseoso de Fate, sus piernas apretaban la cintura de su novia y la apretaban más contra su cuerpo.

Era una melodía indescifrable. La canción perfecta.

Nadie escuchó la puerta.

Estaban tan absortas devorándose la una a la otra que cualquier ruido externo era nulo. Fate solo oía los jadeos suplicantes de Nanoha y Nanoha solo podía pensar en los dedos de Fate subiendo por su abdomen como serpientes reptando por el tronco de un árbol. La televisión era la única luz que iluminaba sus siluetas en la oscuridad del salón.

Hasta que alguien encendió la lámpara de la habitación y toda la magia se rompió como si fuese un jarrón estrellándose contra el suelo. Fate pudo jurar que sintió algo resquebrajarse en su interior, la tierra abriéndose en dos partes en una enorme grieta que anunciaba la llegada de sus peores pesadillas. Aun después de que la luminosidad golpease su mente, sus manos seguían sobre la piel desnuda de Nanoha y su respiración estaba tan agitada que tuvo que tomar unos segundos para darse cuenta de lo que estaba sucediendo.

No era la primera vez que experimentaba esa rotura, pero nadie podría acostumbrarse. Su cabeza divagó medio sedada en las múltiples opciones que le habían llevado hasta ahí. No quería levantar los ojos aun. No quería confirmar nada sin que el tiempo pasase a cámara lenta durante unos segundos más, sin que aprovechase la imagen de la cobriza mirándole con las cejas alzadas en una expresión entre la sorpresa y el miedo, musitando su nombre entre los labios, con el pelo revuelto y posición vulnerable que en cualquier otra situación le habría resultado satisfactorio.

Tan solo no quería levantar la cabeza.

Bruno...

Meredith...

Bruno.

Meredith.

BRUNO.

MEREDITH.

Era lo único que su cerebro rogaba.

- Fate... - Nanoha estaba tan congelada de pronto, tan blanca, tan descompuesta - Fate... Levántate...

Pero ella no podía hacerlo. No podía levantar nada. Pasó de ser una negativa de su mente a una negativa de su cuerpo. Era como si hubiese quedado anclada a esa posición, como si sus pupilas solo quisiesen continuar mirando a Nanoha en vez de enfrentarse a la realidad.

¿No es eso lo que llevo haciendo tanto tiempo?

La ironía del momento no le hizo reír, le hizo querer llorar. El pánico empezó a extenderse desde su corazón hasta sus extremidades y la Fate temblorosa que tanto se había prometido que no volvería apareció. Los párpados cedieron, abrió los ojos, analizó con el pulso en crecendo el rostro de Nanoha y entonces...

Levantó la cabeza.

Justo en el momento en el que su padre la estaba cogiendo de la muñeca y la alzaba con tanta fuerza que creía que iba a rompérsela. Fue como si estuviese golpeándose varias veces contra una pared. El contraste más grande que había experimentado nunca. La sensación de vértigo más intensa y confusa que le había invadido el alma. Apretó los labios y contuvo las lágrimas antes de que algo en ella explotase.

Porque estaba pasando.

Estaba pasando de la peor manera en la que podía pasar de nuevo. Era su especialidad.

Se dio cuenta entonces de que Jail Testarossa le estaba gritando. Y llevaba gritándole un buen rato mientras había estado tan concentrada en no salir de su ensoñación, creyendo que el universo iba a pararse solamente porque ella lo quería. Que podía rebobinar y volver al segundo exacto en el que había decidido que era una buena opción tener sexo con Nanoha en medio del salón.

Dios mío. Por qué he hecho eso. Por qué me he dejado guiar por... Por qué.

Sus ojos se movieron de un lado para otro sin poder enfocar nada hasta que una mano ruda la cogió de la barbilla y giró su rostro para encontrarse con la cara del infierno mismo.

- ¿¡ME ESTÁS ESCUCHANDO!?

Ahora sí.

Ahora por fin le estaba escuchando.

Pero no era una pregunta a la que pudiese responder. Su padre le agarraba con tanta fuerza que por un segundo estuvo segura de que iba a golpearla hasta que quedase inconsciente. No le pareció algo rocambolesco, incluso pensó que se lo merecía. Había estado tan absorta en sus deseos carnales que se había olvidado de que su vida dependía de eso.

Y ahora ya no tenía vida.

Aparentemente.

Era como si estuviese viéndolo todo desde un punto de vista externo, una cuarta persona presente en el plano. No podía meterse dentro de su cuerpo de nuevo y gritarle de vuelta porque no tenía nada que decir. Finalmente, no tenía nada que explicar. Jail Testarossa lo había visto todo y ella ya volvía a no poseer ningún secreto.

Por desgracia, aquello no la consolaba en absoluto.

- ¿¡CUÁNTO TIEMPO LLEVA SUCEDIENDO ESTO!? - si Fate hubiese estado un poco más atenta a sus palabras, le hubiesen reventado los oídos. Parecía que la misión de su padre en aquel momento es que el mundo entero fuese consciente de que habían perdido la batalla.

- Desde siempre.

Su propia voz sonó extraña. Fuera de lugar. Desconocida. Apagada. Quebrada. Consciente. Muchísimos adjetivos que no encajaban con ninguna de las Fates que ella conocía y sabía que llevaba dentro. Jail le soltó la barbilla con un toque duro y dejado que hizo que casi se le rompiese el cuello. Y ella tan solo cayó sobre el sofá con un golpe sordo, esperando poder reaccionar al próximo ataque.

Nanoha estaba sentada en el suelo abrochando sus botones con una prisa que lo único que conseguía era que sus dedos chocasen y no consiguiese ningún resultado. Intercambiaron una mirada que apenas duró un instante pero que a Fate le resultó más apuñaladora que los gritos de su padre.

Era como si la cobriza estuviese despidiéndose de ella.

Y aquello era superior a lo que podía soportar.

Se llevó una mano al pecho, intentando tomar aire. Le resultaba incluso curioso que no pudiese decir ni hacer nada pero que un ataque de ansiedad se estuviese extendiendo por su cuerpo como si fuese la única salida posible a su ausencia.

- Y tú... - Jail Testarossa escupió las palabras con tanto asco que Fate tuvo que parar a escucharlas. Anduvo con pasos firmes hasta Nanoha y la tomó del brazo. La cara de su novia se contrajo en un gesto de dolor.

Pum.

- ¡Tú tienes la culpa de todo esto! - su padre estaba gritándole tan cerca que lo único que podía hacer la cobriza era cerrar los ojos, apretar los dientes y temblar. Fate estaba segura de que su orgullo era lo único que le prohibía llorar. Y tan solo miraba paralizada, tirada sobre el sofá, intentando respirar y observar al mismo tiempo.

Pum.

- ¿¡Quién te crees que eres!? - levantó un brazo.

Su mano chocó con un golpe sordo contra la mejilla de Nanoha.

Eso era suficiente.

La cuarta persona que observaba la escena volvió al cuerpo de Fate y la ira empezó a bullir. Aunque no podía recuperarse tan rápido del nerviosismo y el tembleque de sus brazos, el enfado pudo por encima del miedo y se levantó con un movimiento rápido para correr hasta su padre y concentrar todas sus fuerzas en sus dedos.

Nadie

Toca

A

Mi

Nanoha.

Su puño chocó contra la nariz de Jail Testarossa y lo hizo aullar del dolor y caer de espaldas en el suelo. Todo estaba pasando a cámara lenta y no era capaz de asimilar lo que percibía por los sentidos, como si estuviese oyendo, viendo y palpando a destiempo. Las manos de Nanoha agarraron su cintura con fuerza y sintió la frente de la cobriza contra su espalda, utilizándola de escudo.

Y, de pronto, era fuerte.

Estaba allí.

Todo se había rehecho, reunido, realzado.

Fate apretó los labios y aguantó las lágrimas en la cuenca de sus ojos.

- No vuelvas a tocar a mi novia en tu vida.

Esa sí era su voz. Era la versión más valiente de ella. Frunció el ceño con tanta fuerza que tuvo que aguantar una ola de mareo, y notó dolor en su mano derecha por haber chocado contra la dura nariz de su padre. Estaba empezando a recuperar los trozos de la realidad que se habían perdido con la sorpresa del momento.

Con un gruñido, Jail Testarossa se levantó del suelo.

- Fate... Cómo has podido...

Ella estaba preparada para iniciar cualquier pelea cuerpo a cuerpo con tal de que nadie más hiciese daño a Nanoha, pero él se debatía entre miles de posibilidades mucho más inteligentes que el impulso que acababa de llevar a cabo.

- Esto es incesto.

- Tú la has hecho mi hermana. Ella no es mi hermana. Ella es el amor de mi vida y tú no tienes nada que opinar sobre ello - las palabras salían solas de su garganta. Llevaba tanto tiempo reteniéndolas que el huracán interior le obligaba a continuar. A decirlo todo hasta que se quedase sin cuerdas vocales.

- ¡TÚ QUÉ SABRÁS DEL AMOR! - gritó su padre en respuesta - ¡NADIE NUNCA TE HA QUERIDO!

- ¡Yo la...! - Nanoha apretó sus brazos alrededor de Fate y levantó la cabeza para dejar ver sus ojos llorosos - ¡Yo la quiero!

- ¡NO QUIERO OÍR NADA MÁS DE ESTO! - Jail alargó el brazo y agarró a Fate del cuello de su camiseta, acercándola a él con un tirón - ¿Cómo tienes el coraje de hacer algo así de repugnante en mi salón? ¿En MI CASA? ¿Bajo el techo que YO TE OFREZCO?

- Cómo puedes hacer tú algo tan repugnante como existir en MI vida - bramó Fate, empujando a su padre hacia atrás para crear una distancia prudencial. Se giró hacia Nanoha y acarició la mejilla que él había golpeado con una mano temblorosa, sintiendo un enorme nudo en el estómago al toparse con las lágrimas de la cobriza.

- Fate...

- Todo va a estar bien - hasta a ella le parecía increíble que siguiese repitiendo esas palabras llegados a ese punto - vamos a irnos de aquí, vamos a...

- ¡No vas a ir a ninguna parte! - oyó gritar a su padre de fondo, pero lo ignoró por completo. Posó sus labios sobre la frente de Nanoha sin miedo a lo que él pudiese pensar, sin miedo a nada realmente. Ahora lo único que podía hacer era seguir adelante, continuar respirando, enfrentarse a lo que quedaba.

El final del camino siempre llega. Mejor, peor. Tarde, temprano. Hacerle frente era inevitable.

- No volváis a tocaros en mi presenci...

- ¿Qué está sucediendo?

Fate se giró con asco nada más percibir la dulce voz fingida de Meredith. Cuando sus ojos se chocaron, la guerra dio por comenzado. A pesar de que se llevó las manos a la boca como si de pronto hubiese caído en la cuenta de algo horrible y despiadado, pudo leer en sus pupilas la amenaza de muerte más clara que le había dirigido. Y eso era lo único que necesitaba para ponerse hecha un basilisco.

- Dios mío... No puede ser...

- ¡TÚ! - chilló Fate, levantando un brazo y señalándola. Sus piernas reaccionaron antes que su cerebro. Quiso andar hacia las escaleras y golpearla, quiso echarla de casa y no volverla a ver en lo que le quedaba de vida - ¡TÚ, MALDITA ZORRA DE MIERD...!

La mano firme de su padre agarró su muñeca y la frenó en seco.

- Ni se te ocurra tocar a Meredith o estás fuera de esta casa antes de que puedas pestañear.

Se miraron con fuerza durante unos segundos, Fate meditando sus opciones y juzgando si merecía la pena darle a aquella mujer el regalo que se merecía tras tanto tiempo en tensión. Jail estaba sangrando por la nariz del golpe y sus dedos se ceñían firmes, algo que le confirmó que estaba diciéndolo de verdad. Buscó en sus ojos algo que no quería encontrar.

Y finalmente decidió que no era suficiente. No podía poner la seguridad de Nanoha en peligro por darse el capricho de hacerle sentir dolor a Meredith. Incluso sabiendo que toda esa escena carecía de madurez, se obligó a tener alguna.

Respiró profundo y tiró de su mano para que su padre la soltase.

- Jail... - la arpía fingió que caía sobre sus rodillas y empezaba a llorar - No me lo puedo creer...

Fate apretó la mandíbula, aguantándose tantos comentarios como pudo.

- Vosotras dos - su padre señaló primero a Nanoha, encogida sobre su sitio, y luego la señaló a ella chocando su dedo índice contra su pecho - esto que tenéis se ha acabado. Se ha terminado ya. Y si vuelvo a ver una señal que indique que sigue ahí... las dos iréis a la calle.

Se hizo un silencio sostenido por los desafiantes ojos de Fate contra los de Jail Testarossa. La máquina que había creado era tan imperfecta como para anteponer el amor a sus intereses. Estaba tan decepcionado consigo mismo como con ella. Se giró hacia la cobriza y la miró con desprecio de arriba a abajo.

- Nanoha, sube al cuarto de Fate. A partir de ahora dormiréis separadas - de nuevo miró a su hija - tú hoy duermes en el sofá.

Nanoha dudó unos instantes. Cruzó una mirada con Fate como de auxilio pero la rubia no podía hacer nada. Sabía que ahora sí que empezaba todo a caer colina abajo y pendían del más fino de los hilos. Tenía que ser una malabarista para conseguir escapar indemne de esa, pero por ella lo sería. Por Nanoha sería cualquier cosa.

- ¿¡A qué esperas!? - gritó Jail - ¡SUBE!

Y con esto, la cobriza bajó los ojos al suelo y salió de la habitación para llegar a las escaleras y dirigirse al cuarto de Fate sin decir una sola palabra. Cuando pasó a su lado, ambas se tensaron levemente y aprovecharon el último momento de cercanía que iban a tener hasta que pudiesen solucionar lo que sucedía.

Meredith seguía interpretando su farsa.

Jail seguía gritándole.

Fate tan solo dejó su cuerpo caer contra el marco de la puerta y cerró los ojos con fuerza y abatimiento. Todo estaba superándole. Todo. Había estado tan segura de que el paraíso estaba entre sus manos hacía tan solo unos minutos... Y ahora el mundo se caía hacia los dos lados y la grieta que se había abierto en la tierra la tragaba con un abismo infernal y sin fondo.

Era como subir en una montaña rusa. Sin cosquilleo. Sin adrenalina. Tan solo miedo. Miedo y una extraña sensación de que la gravedad estaba buscando tirarla abajo.

Su padre se acabó esfumando tras una larga retahíla de frases que Fate ignoró porque de nuevo había dejado escapar su consciencia hacia otro lado. Su cabeza repasaba con insistencia cada momento mágico que había pasado al lado de Nanoha y se decía que se repetirían si tan solo soportaba los gritos que llegaban a sus oídos y las palabras hirientes que buscaban hacer un hueco en su corazón.

No quería más huecos.

Había conseguido llenar uno enorme en pocos meses y no podía permitir que nadie lo destruyese.

Finalmente se quedó sola en el salón y se acercó al sofá, tirándose sobre él como si por fin estuviese dispuesta a morir. El suelo a sus pies había desaparecido. El cielo estaba tan oscuro que nadie podría describirle con claridad la luz del sol. Sus manos se crispaban alrededor de los cojines y su cabeza le seguía gritando que soportase las lágrimas.

Que fuese fuerte por una vez.

Fue entonces cuando escuchó el móvil.

Estaba tirado sobre la alfombra del salón, justo donde Nanoha y ella habían estado compartiendo un intenso beso que se moría por volver a vivir por muy peligroso que fuese. Sin saber exactamente por qué, deslizó un brazo para atraparlo y desbloquear la pantalla sin apenas ganas.

Era de nuevo ese número.

Ese maldito número insistente y desconocido que la había llamado tres veces aquellas semanas.

Lo siguiente que hizo no tuvo una razón aparente para ella.

No quería hablar. No podía hablar. No estaba dentro de sus planes charlar con nadie y menos aun en el dolor sostenido de una mansión oscura donde solo acechaba la culpabilidad. Era el peor momento, el peor segundo en el que nadie podría haberla llamado.

Pero descolgó. Descolgó y se llevó el teléfono al oído.

- ¿Sí?

Silencio.

- ¿Fate?

La rubia abrió los ojos de par en par y se petrificó por completo. El abismo que se abría debajo de ella la atrajo aun más hacia su infinito inexorable y la profundidad de los miedos que llevaba tantos años reteniendo. Su vida se repitió en bucle una y otra vez, como si pudiese resumirse en tan solo unos minutos, como si fuese a encontrar alguna respuesta a la voz que acababa de oír tras el auricular y que se distribuía por cada esquina de su consciencia.

- ¿Mamá?