¡Yo de nuevo! Este capítulo se hizo rogar, pero ya verán que valió la pena... creo.
Escribo sin fines de lucro sobre unos personajes que no me pertenecen y todo eso que ya sabemos.
Quiero compartir esta obra de arte que KISSandLOVE Girl realizó. Sólo quítenle los espacios:
ht tp: / www. youtube. com/watch ?v= tBoP 271g YNo
Les aseguro que vale la pena.
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Capítulo Veinticuatro: Revelaciones
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Decir que Edward estaba de los nervios cuando llegó a casa después del ensayo sería como decir que el sol es tibio: una infravaloración galopante. Edward estaba al borde del ataque de nervios con la noticia de la llamada de la amiga de Renana, aunque había estado conteniéndose delante de ella para no alarmarla.
Si había estado nervioso antes, ni que hablar cuando Alice tuvo que confesar que no había visto nada y que de momento seguía sin ver nada. Los dos tuvieron una pelea fea de verdad, aunque parte del peso de la discusión quedaba perdido cuando Edward le gritaba a una pantalla en lugar de a la cara de su hermana.
La noticia de que alguien estaba creando vampiros en Seattle, y creándolos en cierta cantidad, según lo que había dicho esta chica Bree, nos había puesto nerviosos a todos. Ninguno de los Cullen conocía a un vampiro llamado Riley, pero eso en sí solo no era contundente. De momento la mayor preocupación era acerca de la seguridad de Edward. Por muy preocupada que yo estuviese por él, no pude evitar sentir la pequeña perversa satisfacción que por una vez no sería yo el eslabón débil de la cadena.
Esme, mamá gallina como era, estaba preocupadísima por su pobrecito pollito débil y humano. Antes de que nadie tuviese tiempo a abrir la boca, le recomendó a Edward que dejara la orquesta y que no regresara a Seattle nunca. Carlisle intercedió de inmediato, diciendo que no podíamos perder contacto con la amiga de Edward ahora, y que mientras adoptáramos ciertas medidas de seguridad no habría peligro. Edward, a todo esto, aún estaba bullendo a fuego bajo su irritación con Alice por no ver todo, su desconcierto con la situación en general y su preocupación por Renana en particular, y no tuvo mejor idea que explotar su tensión y malhumor justo entonces, diciendo que ya que todos los demás sabían mejor que él qué hacer, él se iba a dormir.
—Tengo algo que te mejorará un poco el humor —suspiró Carlisle mientras Edward subía a zancadas las escaleras—. Llegó una carta de Tanya.
Edward se detuvo en seco y se giró lentamente.
—¿Cuándo llegó?
—Esta mañana —Carlisle agitó en su dirección el sobre cerrado—. Está dirigida a Edward Cullen, asique no la abrí. Fuiste de la escuela directo al ensayo, no tuve oportunidad de dártela antes.
Edward bajó nuevamente la escalera y tomó la carta.
—Gracias.
—De nada.
—¿Qué quieres comer esta noche? —preguntó Esme, solícita.
—Nada —respondió Edward secamente, tratando de abrir el sobre.
Emmett le arrojó desde el otro lado de la habitación un abrecartas como si fuese un lanzador de cuchillos; por suerte Carlisle lo interceptó y tras lanzarle una mirada dura a Emmett se lo tendió a Edward.
—¿Nada? —repitió Esme, afligida—. No podrás dormirte a la noche del hambre…
—Estoy nervioso y no tengo hambre, gracias —respondió Edward, luchando por abrir el sobre sin romperlo más de lo necesario.
—Pero…
—Si me da hambre más tarde puedo bajar y prepararme un sándwich o algo. Gracias.
Esme se quedó ahí, titubeante. Su respuesta a cualquier problema que Edward tuviese últimamente consistía en ofrecerle comida. Si Edward volvía cansado de las clases y los ensayos, le preparaba algo sabroso y caliente. Si estaba irritado, Esme le preparaba algo exótico que lo distrajera. Si Edward estaba contento, aprovechaba a engordarlo como a un pavo. Si estaba triste o melancólico, la respuesta de Esme era siempre a base de chocolate: budín de chocolate, pastel de chocolate, chocolate caliente, helado de chocolate. En esa situación, cuando Edward rehusaba la comida, Esme estaba perdida respecto a qué hacer.
Edward terminó de abrir el sobre, desdobló la carta y empezó a leerla. Apenas unas líneas más adelante, sonrió.
—Kate está tomando clases de computación. Va por el tercer profesor.
—¿Qué le pasó a los anteriores? —quiso saber Emmett con una ancha sonrisa.
—Estaban tan ocupados comiéndosela con los ojos que no le enseñaban lo suficiente para el gusto de Kate —sonrió Edward, sacudiendo ligeramente la cabeza, sin levantar la mirada de la carta—. Ah… y ahora Kate insiste en que deben poner Internet en su casa.
—Esta gente se está modernizando a pasos agigantados, ¡hace apenas diez años por fin instalaron un teléfono en la casa y ahora ya pasaron al Internet! —comentó Emmett.
Edward asintió ausentemente, y de pronto frunció el entrecejo. Vi que releía una línea antes de levantar la vista.
—¿Alguien vio a Laurent por acá últimamente?
Los demás cruzamos miradas de desconcierto antes de negar uno a uno con la cabeza. En lo que a mí respecta, yo no había vuelto a ver a Laurent desde la noche en que él había abandonado a James y Victoria, la noche en que James inició mi caza.
—Hace casi un mes que no lo ven por Alaska —explicó Edward—. Tanya cree que otra vez mató a alguien y no regresa porque sabe que sus ojos lo delatarán, pero Irina está nerviosa y pide que si lo vemos le avisemos de inmediato. No es la primera vez que desaparece, pero Irina se está volviendo más y más ansiosa cada vez.
—No veo qué razones podría tener Laurent para dejarse caer por aquí, pero si aparece, claro que le avisaremos a Irina —prometió Carlisle; los demás asentimos.
Edward siguió leyendo el resto de la carta en silencio, aunque hacía muecas de vez en cuando. Finalmente la dobló y volvió a meter en el sobre.
—Todos están bien. Tanya sedujo a diez hombres en siete días paseando en el Bugatti Veyron, con lo que le ganó a Kate, que "sólo" —Edward marcó las comillas con los dedos— sedujo a ocho en diez días. Carmen y Eleazar están planificando un viaje por España, una especie de nueva luna de miel. Irina se la pasa, en cariñosas palabras de Tanya, "lloriqueando por los rincones por ese patán que no vale el tiempo de nadie", en referencia a Laurent. Todos mandan saludos.
—Me alegro, envíales los nuestros cuando le respondas —indicó Carlisle, sonriendo levemente.
—¿Quieres comer ahora? —preguntó Esme, esperanzada.
—No, gracias, mamá.
—Oh… avísame cuando tengas hambre, ¿sí?
—Está bien —suspiró Edward con resignación.
Esme lo siguió mirando con una mezcla de esperanza y preocupación hasta que Edward desapareció escaleras arriba. En cuanto oímos la puerta de su dormitorio cerrarse, Esme se volvió hacia Carlisle con gesto de extrema preocupación.
—No está enfermo. Algunos humanos no tienen apetito cuando están nerviosos, eso es todo —explicó Carlisle desde su lugar junto a la ventana, sin levantar la vista del teléfono, antes de que Esme pudiese decir nada.
—¿Pero no es malo para su salud si no se alimenta bien? —preguntó Esme, inquieta.
—No conozco a nadie que haga una dieta tan variada y completa como la de Edward. Comer más tarde un día, o saltarse una comida en una situación de tensión nerviosa, no va a desnutrirlo —aseguró Carlisle con un encogimiento de hombros.
—Pero podría debilitarlo y disminuir sus defensas… —arguyó Esme.
—Si lo obligas a comer cuando no tiene apetito y además está nervioso, podría acabar vomitando —respondió Carlisle—. Que coma cuando tenga hambre es lo mejor en este caso.
Esme no estaba nada convencida, pero se retiró a la cocina. Yo dudé un momento, pero calculé que ya le había dado suficiente tiempo a Edward como para calmarse y posiblemente cambiarse de ropa, de manera que subí las escaleras hasta su habitación.
La puerta de la habitación de Edward estaba entreabierta. Él estaba tumbado en su cama con el ceño fruncido y mirando sin ver un libro. Al menos lo sostenía del derecho y no del revés, pero su mirada estaba fija y sin deslizarse por la página. A mis ojos vampíricos estaba claro que él no leía.
Me senté a los pies de su cama en silencio. Yo había aprendido que, si era paciente y le daba tiempo, Edward eventualmente me diría qué estaba pasando por su cabeza, más tarde o más temprano.
—No tiene sentido —refunfuñó Edward por fin, bajando el libro—. ¿Quién crea un grupo de seis o siete vampiros para encerrarlos?
Yo tampoco tenía las respuestas, de manera que me limité a guardar silencio y dejarlo hablar.
—No tiene sentido —repitió Edward con el ceño fruncido—, y eso es lo que más me preocupa. Parece obra de un loco. Este Riley… podría ser un psicópata, haber sido un asesino serial mientras era humano, un esquizofrénico, o cualquier otra cosa. Quién sabe quién y cuándo lo convirtió… está claro que ese Riley, sea quien fuere, no es un neófito, si puede convertir gente, detenerse antes de drenarlos… es algo que a los vampiros de cierta antigüedad le lleva esfuerzo, un neófito sería incapaz de hacer algo parecido.
—¿No parece mucha coincidencia que un vampiro loco empiece a crear otros vampiros tan relativamente cerca de donde viven los Cullen? —señalé, no del todo segura de si era algo de lo que preocuparse. No era por volverme paranoica, pero…
—No veo cómo podría tener que ver con nosotros —dijo Edward en voz baja, aunque su tono era de preocupación—. Seattle tiene una cantidad importante de días nublados por año, no tantos como Forks, pero anda cerca. Que un vampiro elija establecerse en esa ciudad en realidad tiene sentido.
—No me imagino a nadie de tu familia teniendo un enemigo lo suficientemente rencoroso como para instalarse en la ciudad vecina sólo para fastidiar —intenté bromear.
—Yo no consideraría que tenemos enemigos —dijo Edward, serio—. Para tener enemigos hay que tener o mucho poder, o un complejo de creerse más importante de lo que realmente se es. Ninguno de nosotros tiene poder… y hay algunos vampiros con los que simpatizamos más que con otros, pero eso no convierte automáticamente a nadie en nuestros enemigos.
—¿Tu familia tuvo algún enfrentamiento con otros vampiros… alguna vez, con alguien que sí se cree importante, lo suficiente como para considerarlos sus enemigos? —pregunté cautelosamente.
—No —dijo Edward lentamente, en tono pensativo, sacudiendo la cabeza—. Nos consideramos familia con el clan de Denali, Jasper tiene sus amigos nómadas Peter y Charlotte, Carlisle tiene algunos amigos en Irlanda e Inglaterra… Estamos en bastante buenas relaciones con los Vulturi, o al menos nos mantenemos fuera de su radar y procuramos no darles razones para acusarnos de nada. En realidad, excepto por James, Victoria y Laurent, nunca mantuvimos un enfrentamiento abierto con nadie.
—Pero James está muerto… Victoria huyó, y Laurent anda por Alaska, o quizás Canadá —apunté—. Ninguno de ellos tuvo nada que ver con Seattle.
—Lo sé, y eso es lo que me irrita —admitió Edward, frustrado, pasándose las manos por el pelo y desordenándolo por completo—. James está muerto. Laurent abandonó con facilidad el grupo, no tiene sentido que organice una venganza ahora. Victoria huyó, y de todos modos es un hombre llamado Riley quien está detrás de esto… si hubiese una mujer con él, estoy seguro que Brianna, o Bree o como sea, lo hubiese mencionado.
—¿En qué consistiría la venganza, suponiendo que haya una? —pregunté con curiosidad.
—¿Poner a Seattle en el ojo de la tormenta, llamar la atención de los Vulturi sobre la ciudad para que vengan… y destruyan a mi familia por creerlos culpables? —preguntó Edward, sin creerlo realmente—. Es un plan demasiado chapucero, y corre demasiado peligro de que los Vulturi detecten a los auténticos culpables y los destruyan.
—¿O pretenden obligar a tu familia a mudarse? —sugerí.
—¿Y qué ganarían con eso? —preguntó Edward, escéptico.
—No sé —tuve que admitir—, quizás realmente sólo quieren fastidiar. Suponiendo que esté acá por tu familia y que no sea una simple coincidencia.
Pensar en círculos no estaba logrando nada excepto ponernos más nerviosos que antes. Mientras Alice seguía sin ver nada, dependíamos por completo de un nuevo llamado de Bree, la amiga de Renana.
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Dos semanas más tarde, Bree no había vuelto a llamar. Mientras tanto, la lista de muertes y desapariciones producidas en Seattle aumentaba día a día. No eran muchos los cadáveres recuperados, y cuando se encontraba alguno, estaba en un estado tan lamentable que en más de una ocasión hicieron falta marcas dentales para identificar los restos. No había rastros de ningún tipo en las escenas del crimen que llevaran al asesino: ni un cabello, una pisada, restos de piel bajo las uñas de las víctimas, nada.
Edward estaba nervioso, pero Renana estaba tan consumida de culpa y angustia que casi no la reconocí cuando volví a verla, una tarde en que acompañé a Edward al ensayo. La orquesta estaba ensayando una versión para orquesta mi nana, y varios integrantes de la orquesta, que no había estado presentes en la fiesta de Lily y Lucas o no me habían visto, estaban curiosos por conocer a la persona que había inspirado a Edward a componer la pieza. Acepté acompañarlo cuando me lo pidió, ansiosa por escuchar mi nana interpretada por toda una orquesta… además que quería ver a Renana de nuevo. Con lo que Edward me contaba de ella, la chica me tenía un poco preocupada.
Tras varios fallos y errores importantes de Renana, el director Harry Birdbaum la había sacado del puesto de pianista por un tiempo y sólo la aceptó de nuevo cuando quedó en claro que Boris, el pianista regular, seguía enfermo y que Edward estaría dirigiendo la orquesta. Edward había estado yendo más temprano al teatro para practicar con Renana antes de que empezaran los ensayos oficiales, así ella era lo bastante buena como para que el estricto director Birdbaum le permitiese quedarse.
El ensayo trascurrió sin sobresaltos, sólo un par de ajustes aquí y allá. Una chica llamada Jeannette recibió un llamado de atención del director haber por estado mandando mensajes de texto en lugar de prestar atención a la partitura, ante lo que Edward disimuló lo mejor posible una sonrisa socarrona. Renana lo hizo "bien", en palabras del director; tanto ella como Edward suspiraron aliviados. Por fin, tras un par de ensayos parciales de cada instrumento o grupo de instrumentos en particular, la orquesta completa arrancó la interpretación de mi nana.
Si al escucharla tocada por Edward mi nana era maravillosa, tener a un grupo de gente tan diversa, todos muy serios y concentrados, tocando cada nota a la perfección, era… aturdidor, tan fantástico sonaba. Edward había escrito parte de los arreglos para los demás instrumentos y el señor Birdbaum se había ocupado del resto: estaba claro que los dos trabajaban muy bien en equipo, porque el resultado final era sublime.
Cuando el ensayo terminó, fui presentada a varias personas que estaban curiosas por ver en vivo y en directo a quien había inspirado la canción, pero todos se dieron por satisfechos rápidamente una vez que me vieron y boquearon sorprendidos un par de veces. Yo los intimidaba y asustaba un poco, aunque conscientemente no se diesen cuenta. Escuché a uno de los chicos preguntarle en voz baja a Edward "¿tiene una hermana? ¿Me la presentarías?" a lo que Edward tuvo que informarle en voz igualmente baja que yo no tenía hermanas. Jeannette me miró de arriba abajo con expresión desdeñosa, pero una simple sonrisa mía con bastantes dientes expuestos bastó para que ella decidiera que tenía que irse urgentemente porque tenía un compromiso.
Al final del ensayo Edward nos invitó a Renana y a mí a un helado. Yo inventé que tenía una carie a medio arreglar y que no podía comer ni beber nada muy frío ni muy caliente, pero que quería acompañarlos. Renana llamó a su madre, y tras una negociación de un par de minutos sobre quiénes iban a estar con ella, a dónde iríamos y cuándo Renana estaría de regreso en su casa, tuvo permiso de ir con nosotros.
—Mamá jamás me hubiese dejado ir a solas con Edward, ni con ningún chico, ni a la esquina —explicó Renana, resignada—. Gracias por estar hoy, Bella.
—Es un placer —le aseguré.
Lloviznaba ligeramente y no era el tipo de tiempo para comer helados en realidad, pero Edward era muy goloso cuando de dulces se trataba y Renana opinaba que la mejor forma de entrar en calor era comiendo algo bien frío, de modo que pronto estuvimos los tres bajo el toldo delantero de una heladería, Edward y Renana dando enérgicos lengüetazos a unos grandes conos de helado con baño de chocolate.
Mantuvimos la charla ligera mientras duró el postre, y sólo cuando los dos humanos estaban satisfechos y con la cara y los dedos nuevamente limpios, abordamos el tema más serio: Bree y el llamado que no llegaba.
—En realidad, Bree nunca dijo que me llamaría —tuvo que admitir Renana, preocupada—. Dijo que intentaría llamarme, pero que no era seguro.
—Necesitamos que nos llame, no tenemos manera de contactarla a menos que ella nos llame primero —expuso Edward lo que los tres ya sabíamos.
—Para ella debe ser arriesgado llamarte, me temo que no lo haría a menos que hubiese una muy buena razón —señalé yo—. Entonces, si no hay una buena razón, tenemos que crearla.
—¿Cómo? —preguntó Renana, esperanzada y preocupada a la vez.
—Necesitamos algo que llame la atención de Bree y que haga que ella quiera llamarte. La conoces mejor que nosotros, ¿qué impulsaría a Bree a llamarte?
—No sé… ¿saber que yo estoy en peligro? —sugirió Renana, dudosa.
—No vamos a ponerte en peligro —se negó Edward rotundamente.
—Hhmm… ¿cuándo es tu cumpleaños? —pregunté.
—El 31 de julio —respondió Renana.
—Falta demasiado tiempo, no podemos esperar hasta julio en la esperanza que te llame para tu cumpleaños. ¿Cuándo cumple años Bree? —quiso saber Edward.
—El 28 de febrero —contentó Renana.
—Ya pasó. Necesitamos otra cosa —suspiró Edward.
Dejé mis ojos vagar, buscando una forma de contactar a Bree sin llamar la atención sobre Renana y sin poner en peligro a Bree. La lluvia caía suavemente… una mujer vestida con un impermeable paseaba un perro… un hombre calvo trató de parar un taxi haciendo grandes aspavientos, aparentemente sin darse cuenta que el taxi ya llevaba un pasajero… una mujer y una niña que podría ser su hija entraron a la heladería, la chiquita iba dando saltos de alegría y anunciando a viva voz que quería helado de vainilla y chocolate… en la vidriera de la heladería había un cartel escrito en computadora que decía "Se busca empleada con experiencia para atención al público, 18 a 25 años, con amplia disposición horaria. Presentar curriculum"…
—¡Eso es! —exclamé, contenta—. ¡Carteles!
Edward y Renana me miraron sin comprender.
—¡Tenemos que hacer carteles pidiéndole a Bree que te llame, y pegarlos por toda la ciudad! —expliqué, entusiasmada—. En algún momento ella va a verlos, y sabrá que necesitas comunicarte urgentemente con ella.
—¿Y qué ponemos en los carteles? —preguntó Renana, dudosa—. ¿"Bree, soy Renana, por favor llamame"?
—No, eso da demasiada información —descartó Edward—. Podría meterte en problemas, y a Bree también. ¿Qué tal solamente "llamame"?
—¿Y cómo va a saber Bree que el cartel es para ella o que se lo escribí yo? —preguntó Renana, escéptica.
—Podrías escribirlo a mano, Bree reconocería tu caligrafía, ¿no? —replicó Edward.
—Creo que podría dar lugar a malentendidos si aparecen carteles escritos con la caligrafía de Renana pidiéndole a nadie en particular que la llame —señalé yo. Aún con lo poco que yo conocía a la señora Amir, la madre de Renana, me dio la impresión que ella creería lo peor de su hija si llegaba a ver un cartel como ése—. Y otro tanto pasaría si llevan tu firma… y podríamos poner en peligro la seguridad de Bree si los carteles dijeran "Bree, llamame"…
—¿Y qué tal una foto? —propuso Renana de pronto.
—¿Qué tipo de foto?
—Si el cartel tuviese una foto de Bree y de mí juntas y el texto fuese "llamame", nadie sabría si yo le estoy pidiendo a Bree que me llame o si Bree quiere que yo la llame —propuso Renana, entusiasmada—. Tengo una foto así. Es bastante vieja, pero estoy segura de que Bree va a reconocernos.
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Los carteles estuvieron listos esa misma noche. El original consistía simplemente en el texto "LLAMAME" en grandes letras mayúsculas debajo de la foto de Renana y Bree, mucho más niñas que ahora, al menos tomando a Renana como punto de referencia. En la foto las dos salían con anchas sonrisas, rodeando los hombros de su amiga con un brazo. Renana llevaba su cabello peinado en dos firmes trenzas, mientras que Bree lo usaba atado de cualquier manera en un coleta desordenada. A juzgar por sus rostros aniñados y la ortodoncia que brillaba en los dientes de Renana, al momento de ser tomada la foto las amigas no tendrían más de diez u once años.
De ese cartel original nos habíamos ocupado de hacer quinientas fotocopias. A mí la cantidad me había parecido exagerada, pero Edward había argumentado que la lluvia constante arruinaría algunas copias, y además, cuantas más había mayores serían las posibilidades de que Bree lo viese lo antes posible. Emmett y Jasper estaban pegando estos carteles por toda la zona más pobre de la ciudad, pero prudentemente lejos de la casa de Renana, por si acaso.
A medida que se acercaba el anochecer, aumentaba nuestra ansiedad. Ahora, sólo nos quedaba esperar… en cualquier momento podía sonar el teléfono de Renana.
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Tardó dos largos días, pero el llamado finalmente llegó. El problema, en realidad, fue el modo en que llegó la información hasta nosotros.
Era miércoles y se esperaba que yo estuviese en la tienda de los Newton esa tarde, pero a la salida de clases un automóvil había pasado a toda velocidad justo por el medio de un charco de agua barrosa a centímetros de donde yo estaba, y me había salpicado por completo el pantalón de agua sucia. Le avisé a Mike, que ya se iba, que llegaría un poco más tarde porque tenía que ir a casa a cambiarme. Él prometió decírselo a su mamá.
Edward me llevó hasta casa y se quedó esperando en el auto. Yo tenía pensado ir a mi dormitorio, ponerme un pantalón limpio y bajar, lo que no debería llevarme más de veinte segundos dado que no había testigos. Aún me quedaba un margen de tiempo para pasar con Edward mientras dejábamos pasar el tiempo suficiente antes de ir a lo de los Newton sin levantar sospechas.
Sin embargo, cuando pasé por la sala rumbo a las escaleras, percibí un movimiento en la cocina. Me llevó un momento reconocer que era Charlie, y que estaba hablando por teléfono. Yo estaba tan poco acostumbrada a encontrármelo a esa hora en casa que ni había notado los latidos de su corazón ni el ligero ruido de su respiración.
—Hum, eso no suena bien… ¿te dijo qué hacen con los cuerpos? —preguntaba Charlie, serio, totalmente en modo Jefe de Policía Swan.
—No, señor. Yo tampoco pensé en ese momento en preguntárselo… lo lamento —respondió una voz al otro lado de la línea que sonaba extrañamente infantil, pero al mismo tiempo, conocida.
Charlie estaba de espaldas a mí, con el auricular sujeto con la mano izquierda mientras tomaba notas con la derecha en el block que solía estar junto al teléfono y en el que anotábamos los mensajes.
—No te culpo, es un montón lo que te contó, y cosas preocupantes, además —dijo Charlie, serio—. ¿Algo más?
—La última pregunta era si podía contarnos algo más, algo útil, algo que le hubiese llamado la atención… y me contó que ya los trasladaron varias veces de lugar, pero que siempre están en casas o cabañas en los alrededores de Seattle, pero alejados, sin vecinos cerca y sin forma de contactar a nadie —expuso con seriedad la voz, que me sonaba tan conocida, pero yo no acertaba a identificarla…
—Es mucho lo que conseguiste averiguar, esto le dará un avance importante a la causa —aseguró Charlie—. Te felicito por tu valentía, muchos otros no se hubiesen atrevido a ir tan lejos.
—Oh, bueno, no podía quedarme con los brazos cruzados —respondió la voz juvenil, casi infantil, al otro lado de la línea.
Yo no acababa de comprender qué pasaba, ¿Charlie se estaba trayendo el trabajo a casa? Tuve cuidado de hacer un poco de ruido al acercarme a la cocina, de manera de no sobresaltarlo. Él giró la cabeza y me sonrió.
—Muchas gracias por tu llamado, Renana —dijo Charlie al teléfono. A mí se me cayó el alma a los pies—. Voy a ponerme a trabajar ya mismo en esto. Y no te preocupes, me encargaré de que todo sea hecho con la mayor reserva, como ya le prometí a Bella.
—Muchas gracias a usted por su ayuda, señor Swan —respondió la voz de Renana, que sonaba distorsionada y extrañamente infantil a través del teléfono—. Por favor, dele saludos a Bella y a Edward, ¿sí? Lamento haberlo molestado, creí que ellos terminaban las clases más temprano…
—No es molestia, fue un placer hablar contigo —aseguró Charlie con su mejor tono de policía bueno—. Es mejor que hayas hablado directamente conmigo, eso acelerará las cosas. Lo lamento, pero tengo que dejarte, me esperan de regreso en la estación de policía. Cuídate y no salgas sola de noche, al menos no hasta que tengamos a estos delincuentes seguros tras las rejas.
—Prometido, señor Swan —el tono de Renana era obediente—. Muchas gracias por todo. Adiós.
—Adiós —se despidió Charlie.
Volvió a colocar el auricular en su sitio, y sin dejar la sonrisa amistosa, hizo un gesto hacia las sillas de la cocina.
—¿Por qué no te sientas? Tenemos un par de cosas de que hablar —me invitó.
Honestamente, yo hubiese preferido por lejos que me gritara, que hiciera una escena, que me reprochara no haberle dicho, hasta que me prohibiera salir. Esta especie de calma sonriente me estaba poniendo nerviosa. Tratando de no parecer demasiado culpable, me senté. Charlie se sentó enfrente de mí, releyendo sus apuntes con expresión de sorpresa tan inocente que no podía sino ser fingida.
—Llegaste más temprano hoy —dije por hacer un comentario—. Y no vi el móvil patrulla delante de casa…
—Cambié el turno con Mark. Él tenía que ir a la entrega del boletín de calificaciones de su hijo —explicó Charlie—. Me dejó en casa y se llevó la patrulla para dejarlo en lo del mecánico, está perdiendo aceite.
Rayos, Charlie nunca estaba en casa cuando yo salía de clases, ¿justo hoy tenía que cambiar el turno con Mark? ¿No podía la escuela haber entregado las calificaciones un día antes o después? ¿O al menos no podía haber estado funcionando correctamente el móvil patrulla, de modo que yo supiera que él estaba en casa?
—Según parece, hablaste con Renana —dije por fin. No tenía sentido dale más vueltas, y por lo visto Charlie no me iba a hacer las cosas fáciles.
—Sí, hablé con Renana —dijo Charlie lentamente, su sonrisa era un poco más tensa que antes—. Sucede que estoy dirigiendo una operación muy privada y discreta para buscar a una chica llamada Bree Tanner, que fue secuestrada hace algo menos de dos meses y recientemente contactó a Renana. Ya me explicaste la cuestión y accedí a ayudarles por canales no del todo reglamentarios, porque en el caso de esta organización sería el mejor modo de actuar. Hasta acepté mirar hacia otro lado mientras 'alguien' empapelaba medio Seattle con unas pegatinas con la foto de Bree y Renana y la inscripción "llamame", porque eso no es muy acorde al procedimiento pero sí necesario para encontrar a la joven Bree lo antes posible. Sólo hay algo sobre lo cual no sé muy bien qué pensar… —Charlie hizo una pausa teatral antes de preguntarme, completamente serio y sin un ápice de sonrisa—. ¿Por qué yo no sabía nada de eso y tuve que sonsacárselo a esta chica Renana mientras fingía estar al tanto de todo?
Tragué en seco. No es como si a los vampiros nos quedara la boca seca en una situación que no sea de sed, pero los nervios me estaban haciendo volver a mis comportamientos más humanos.
—Honestamente, Bells, ¿creíste que mi placa de policía era de adorno? —me preguntó Charlie, un tanto herido—. Sé que algo está sucediendo en Seattle, y que probablemente involucre una banda. Qué hay detrás de los asesinatos, si tráfico de drogas, de armas, prostitución, tráfico de órganos o algún tipo de dementes que creen pertenecer a una secta o algo parecido, no lo sé, pero la situación es realmente grave y todos los policías de Seattle y alrededores estamos puestos sobre aviso de prestar la mayor atención. El que haya secuestrados vivos es un dato muy importante, y más aún si uno de ellos consiguió contactar a alguien de afuera. ¿Desde cuándo sabías de esto y por qué no me dijiste nada, sobre todo teniendo en cuenta que le prometiste a la señorita Amir que yo estaría encargándome de esto? —preguntó, severo.
—Renana llegó hace unos días con la noticia que su amiga la había llamado —opté por hacer una mezcla de medias verdades y mentiras que no sonara demasiado descabellada—. Al principio Edward creyó que alguien la había estado asustando con cuentos de fantasmas, por eso decidimos esperar a tener más datos, algo un poco más concreto, antes de decirte nada.
Charlie no parecía nada convencido con mi excusa.
—Cada segundo es tiempo vital para esta gente. ¿No te parece que cuanto antes yo o cualquier otro policía supiera algo de esto, antes hubiésemos podido ayudarles, intentar encontrar al tal Riley, a Bree y a los demás secuestrados? —preguntó Charlie retóricamente—. Bree dice que hay dieciocho secuestrados. No son por lejos tantos como personas desaparecidas hay, pero sí significa buenas noticias para dieciocho familias que están buscando con desesperación a sus hijos, sus hermanos…
—Papá, Renana no nos dijo nada hasta hace unos días, y parecía tan increíble que un secuestrado pudiese escaparse el tiempo suficiente para robar un teléfono, llamar a una amiga, advertirle y luego volver a su lugar de encierro… quisimos estar seguros de que no se tratara de una broma macabra o de alguien que intentaría secuestrar a Renana con la excusa de permitirle ver a su amiga —me justifiqué.
Aunque seguía sin gustarle la dilación, Charlie al menos pareció aceptar mi razonamiento en ese punto.
—Aún así, tendrías que habérmelo dicho —refunfuñó—. Si alguien quería aprovecharse de la preocupación de esta jovencita por su amiga, me hubiese gustado ponerle las manos encima a ese malnacido.
Yo estaba asintiendo con mi mejor cara de culpa, mientras internamente intentaba encontrar un modo de alejar a Charlie de este embrollo, cuando sonó el timbre. De repente, recordé que Edward aún debía estar en el automóvil, esperándome.
—Es Edward, le dije que sólo iba a cambiarme —expliqué, señalando mi pantalón manchado—. Debe estar preguntándose por qué tardo tanto…
—¿Bella? —escuché la voz preocupada de Edward—. ¿Estás bien?
—Dile que pase —indicó Charlie en el tipo de tono que alguien más usaría para anunciar la condena a muerte de un asesino serial confeso—. También quiero hablar con él al respecto de Seattle y el caso de Bree Tanner.
—¡Pasa, Edward! —llamé en una especie de chillido estrangulado de nervios—. ¡Estamos en la cocina!
Edward abrió la puerta principal de casa de un tirón y entró corriendo. Al llegar al marco de la puerta que separaba a la cocina del living–comedor, Edward se tropezó, no sé si con sus propios pies, con el cordón desatado de uno de sus zapatos o si se resbaló al tratar de frenar de golpe. En realidad, tampoco importa.
Vampiro como soy, yo lo vi a la velocidad que para un humano hubiese sido cámara lenta, y por supuesto no iba a dejarlo caerse. Me levanté de un salto y menos de un segundo más tarde estaba sujetándolo, sosteniéndolo de un modo no distinto a como él tantas veces me había protegido a mí de adornarme el cuerpo de moretones.
En realidad, sí de un modo distinto, porque yo no tenía tanto dominio de mi fuerza ni control de mi velocidad como él. Si bien tuve el suficiente cuidado de sujetarlo lo bastante fuerte como para que no se cayera, pero lo bastante flojo como para no romperle un par de huesos por accidente, no tuve en cuenta el ángulo de impacto de su cuerpo con el mío. La cara de Edward iba directo hacia mi pecho; intenté girarlo, pero todo lo que conseguí fue que su cara impactara en mi hombro en lugar de en mi tórax.
Edward soltó un pequeño grito, mezcla de sorpresa y dolor, en el momento en que el aroma más delicioso inundó mis fosas nasales. Yo había cazado ciervos sólo dos días antes, pero al oler esa fragancia mi garganta quedó seca al instante. Delicioso, suave, cálido, dulce y apetitoso… a centímetros de mi boca…
Creo que Edward dijo algo, o al menos percibí algún tipo de sonido viniendo de su boca, pero en todo lo que mi mente podía concentrarse en ese momento era el perfecto olor de su sangre. Lo sostuve frente a mí, tomándolo por los hombros, sólo para ver que de su nariz salía un hilo de sangre que fluía hacia sus labios.
Los ojos de Edward eran enormes, estaban muy abiertos de miedo… pero él estaba inmóvil, como hipnotizado, mirándome a la cara, con la boca entreabierta… el olor a sangre, que en mis lejanas memorias humanas me hacía sentir enferma, ahora también me mareaba, pero de un modo completamente distinto, era como embriagador, no me dejaba pensar…
Lo acerqué lentamente hacia mí, disfrutando el momento, disfrutando su asombro, su estupor, su olor a miel y sol… dulce, juvenil, vigoroso, perfecto. Completamente Edward.
Lamí sus labios en el beso más sexy y más delicioso que recordara haberle dado nunca. Él jadeó y su corazón latió más fuerte, el olor a sangre saturaba la habitación… cubrí sus labios inmóviles con los míos, lamí cada gota de su piel… demasiado pronto, la sangre sobre su piel se acabó, ¡eso me enojó tanto!, pero había más debajo de esa delgada y frágil membrana…
Un tirón repentino arrancó a Edward de mis brazos. Furiosa, me puse automáticamente en posición defensiva, encorvada, lista pasar saltar y mostrando los dientes… vi por un segundo a Charlie sujetando del hombro a Edward, que había puesto el puño del abrigo bajo su nariz sangrante, ambos con expresiones de terror y confusión…
Pero antes de que pudiese hacer nada más, un brazo musculoso rodeó mi cuello desde atrás, levantándome del suelo, y una mano cubrió mi nariz, apretando dolorosamente juntas mis fosas nasales. De manera instintiva gruñí, traté de morder, de patalear, de defenderme contra mi atacante.
—Quieta. No respires. Charlie, Edward, salgan ahora mismo —ordenó mi captor con voz grave, que en medio de mis intentos por librarme de él no reconocí del todo, aunque sonaba familiar—. ¡Salgan ahora!
Vi con furia e impotencia como la fuente de la deliciosa sangre se alejaba, salía por la puerta trasera de casa. Me debatí con más fuerza, gruñendo, pero era como si me quedara sin fuerzas, como si un cansancio, un sopor me invadiera.
—No respires. Vamos a salir, necesitas aire fresco —anunció la voz grave.
Sosteniéndome por el cuello, el de la voz grave me sacó al patio y colocó contra el viento. Sólo entonces liberó mi nariz.
—Ahora sí, respira profundamente —me ordenó en tono más calmo, tranquilizador—. Inhala por la nariz, exhala por la boca… respira profundo… otra vez… eso es…
Mi raciocinio regresaba lentamente, a medida que el olor de la sangre se desvanecía de mi nariz. Respiré profundamente, una y otra vez, hasta que mi cuerpo estuve relajado y flojo en brazos de quien me sostenía. El brazo que rodeaba mi cuello se aflojó poco a poco y me bajó al suelo, hasta dejarme de pie delante de él.
—¿Te sientes mejor, Bella?
—Sí —mi voz era áspera a causa de la sequedad de mi garganta, pero al menos yo ya no estaba desesperada por desagarrar y desangrar—. Gracias.
Una pequeña risa sonó a mis espaldas.
—Te diría que fue un placer, pero sólo por cortesía. Eso sí, me alegra poder ayudarte a que no te comieras a mi hermano.
Mi mente estaba lo bastante despejada como para reconocer, ahora sí, al dueño de la voz.
—Gracias por tu ayuda, Jasper… ¿Alice te envió?
—Sí. Vio lo que pasaría en el momento en que Edward se tropezaba —explicó él, colocándose a mi lado—. Él está bien, Carlisle llegó hace un minuto y lo está examinando. No es más que una minúscula herida superficial.
—Suficiente como para que yo quisiera matarlo —musité, horrorizada de mí misma.
—Nunca había estado expuesta a la sangre humana —observó Jasper—. El olor de los humanos es manejable, dentro de todo, pero una herida abierta… Es más, me sorprende que yo haya podido resistirme —dijo en tono asombrado—. En una ocasión… tuvimos que mudarnos por mi culpa, y el corte de la mujer no era mucho más grande que ése.
—No sólo no te abalanzaste sobre Edward, además me retuviste a mí —le señalé con amargura—. Yo estuve a punto de matarlo…
—Llevas sólo siete meses de esta vida. En cierto modo, aunque tu autocontrol fue siempre excelente, eres una neófita —explicó Jasper.
—¿Qué tal están mis ojos? —pregunté asustada.
Yo era lo bastante cobarde como para no mirarme al espejo por los próximos meses si resultaba tener los ojos rojos a causa de la sangre de Edward…
—Tienes dos minúsculas pintitas rojas cerca de la pupila derecha, y una cerca de la pupila izquierda —anunció Jasper tras mirarme con atención—. Si cazas esta noche, habrán desaparecido para mañana. No bebiste suficiente sangre como para que duren nada. A mi me preocupa otra cosa… ¿Qué le decimos a Charlie?
