*¡Bienvenidos a todos de nuevo! Esta vez nos encontramos ante un capítulo más corto pero que marca el principio de la recta final de esta parte del fic. Sólo quedan 5 capítulos más para terminarlo.

Espero que os guste. ¡Animaos a comentar lo que os parece!*

25

Viaje a lo desconocido

El último día del año se dejaba para la reflexión, el balance de lo bueno y lo malo que había pasado durante el año. Melinda, en el fondo, no podía quejarse de todo lo que había vivido durante los últimos doce meses, llenos de cosas buenas que desvanecían poco a poco a las malas. Seguía teniendo trabajo en uno de los periodos más duros de la economía, los padres seguían confiando en ella y viajaban a Chicago desde muchos puntos del país, había conocido a Cary, quien había despertado esa faceta suya de novia dormida por los acontecimientos del pasado, se había involucrado en un proyecto en el que tenía tanta ilusión como él, y eso que no tenía que ver profesionalmente con ella; y se había enfrentado a su padre, otra vez, sacando como lectura positiva que todavía podía hacerse valer ante cualquier persona. La otra cara de la moneda era que la relación se deterioraba más cada año que pasaba y que no había miras a que se solucionase. El dolor seguía ahí, nunca se iba, una especie de frustración continua, con una energía infinita, pero que decidía adormecer para seguir viviendo lo mejor posible.

Estaba mirando la ciudad, un no parar eterno y frenético, por la ventana, ensimismada en ese balance final, con una copa de vino en una mano y su brazo izquierdo por debajo del derecho cuando unos brazos alrededor de su cintura la sacaron de su particular instante de oración, un deseo de que el año siguiente, ese que estaba a punto de comenzar, fuese tan bueno como el que dejaba atrás. Más tarde, pasados los meses, vería que su deseo sólo se quedaría en eso, en una pequeña oración olvidada por Dios. Sus brazos eran firmes y cálidos, como siempre lo habían sido, un pequeño refugio ante los momentos de tormenta. Ella se dejó llevar, sintiendo como si una parte de ella se relajase por completo mientras la otra se mantenía en un estado de alerta permanente. Cary la besó el cuello y dejó reposar su barbilla en su hombro derecho.

- Estás muy callada – la trajo un poco más para sí. Ella tomó un sorbo de su copa.

- Es el último día del año. Es normal quedarse un poco callado – seguía mirando la ciudad tras el cristal, dejándose querer por el hombre que tenía detrás de sí.

- La verdad es que ha sido un buen año – aunque no lo vio, Melinda sabía que ese comentario iba acompañado por una ceja enarcada.

- ¿A pesar de lo que pasó en Lockhart & Gardner, los dos Judas que hemos tenido y los problemas financieros que hemos atravesado? – se giró hacia él mientras le preguntaba con un cierto tono travieso. Parecía que Cary la hacía bailar entre sus brazos. Se quedó un segundo pensativo para darle más énfasis a su respuesta.

- Sí, ha sido un buen año – su sonrisa de niño bueno volvía a aparecer y Melinda no se podía quedar más embobada viéndolo así, relajado después de mucho tiempo, hablando con su abuelo sobre todo un poco, sorteando algunos comentarios picarones de su abuela y teniendo a una cría casi constantemente agarrada a su pierna.

- Yo me lo he pasado bien, tengo que decirlo – le sonrío y él la besó, pausándolo por un instante para grabarlo en la memoria.

- Tú lo has hecho mejor de lo que me había imaginado – Melinda hizo un gesto extraño que se lo contagió.

- ¡Qué cosa más cursi acabas de soltar! – no podía evitar reírse –. ¿Lo has sacado de The Notebook? – Cary no sabía si seguirle el juego o no, pero hacía tiempo que no se había sentido tan a gusto con nadie –. ¿Qué te he dicho de ver películas románticas de Ryan Gosling sin mí? ¡Ya sabes lo que me gusta el muchacho! – sin duda, Cary adoraba a la Melinda alocada y fangirl que sacaba casi todos los días, sin venir a cuento, de la forma más espontánea posible.

Estaba todo preparado para las doce de la noche. Amelia se había quedado dormida en el sofá después de que le diese el típico bajón por los nervios y la ilusión que solía tener a esas alturas del año. Su padre la tenía entre sus brazos mientras Elia tenía su cabeza apoyada en uno de sus hombros. Sus abuelos estaban viendo la televisión, mientras que su madre terminaba de darle algunos toques finales a lo que quedaba de 31 de diciembre.

- ¿Me vas a contar para qué son las uvas? – le preguntó Cary. Melinda se rio tímidamente y le dio otro sorbo a su copa.

- En Madrid, hay una plaza muy grande llamada la Puerta del Sol, donde hay un reloj. Allí se concentra la gente y, justo antes de que den las doce de la noche, el reloj da doce campanadas. Y por cada una que da, te comes una uva. Es una tradición, tampoco le des muchas vueltas – le sonrió ante la cara de extrañeza que estaba poniendo su novio.

- Bueno, es una tradición curiosa. Aquí como mucho vemos la cuenta atrás en una pantalla gigante desde Times Square.

- También lo he hecho. Estuve ahí un par de veces pelándome de frío – tenía ese halo picarón, como si estuviese tramando algo, aunque sólo estuviese jugando con él.

- ¡Vamos, chicos, que esto empieza! – les dijo su madre desde el salón.

La cuenta atrás comenzaba y los nervios hacían acto de aparición. Por muy tonto que sonase, a Melinda le daba pena despedirse de aquel año, como siempre pasaba a últimos de diciembre. Se embarcaría en la incertidumbre, en lo desconocido, dejando lo bueno y malo atrás, las risas y los llantos. No siempre lo nuevo era mejor, ¿y quién le iba a decir que lo que estaba por venir en esa página en blanco iba a ser mínimamente bueno? Nadie. Pero tampoco había alguna manera de parar el tiempo, de quedarse detenido en un instante y no ir más hacia adelante. Era una sensación que le daba vértigo, casi nauseabunda. Los últimos minutos, los nervios se le crispaban todavía más. Todos estaban preparados, como si de una carrera se tratase. Hizo un último barrido a la habitación, a las caras de los que estaban con ella. ¿Podrían soportar lo que vendría en este nuevo año? ¿Lo podría soportar ella? Los últimos segundos. Todos empezaron a comer las uvas, dándose cierto esmero en el proceso. Melinda se puso de pie y levantó su pierna derecha. Sabía que Cary la iba a mirar extrañado, como así lo hizo, pero dejó que él mismo averiguara el porqué del gesto. La última uva, el último enlace con el año que dejaba atrás. Ya era uno de enero. Bajó la pierna para recibirlo con el pie derecho, entrando firmemente y despidiendo los pasados 365 días con unas lágrimas invisibles en sus ojos. Todos se abrazaron con todos, intercambiando felicitaciones sin formar mucho jaleo porque la pequeña de la casa estaba sumida en el sueño más profundo. Mientras terminaban, Melinda fue a echarle un vistazo a su habitación, donde la habían dejado minutos antes, y, al encontrarla tan tranquila, le dio una paz que no había sentido desde hacía tiempo.

- Feliz año nuevo, pequeña – le susurró al oído y la besó en la mejilla.

Al llegar de nuevo al salón, le esperaba Cary con una copa de champán en la mano para ella y otra para él, sonriendo como un niño.

- Por que este sea nuestro año – dijo mientras hacían chocar sus copas.

Melinda dio un sorbo a la suya y él, dejándolas en la mesa, la agarró y la besó apasionadamente delante de todo el mundo. Entonces fue cuando notó un flash por el rabillo del ojo entre los vítores que se habían formado en el salón. Una foto, la misma que sería testigo de sus lágrimas dentro de no mucho tiempo.