Esta historia contiene elementos del nazismo y del Holocausto Judío. Para nada apoya ningún tipo de movimiento ultra-derechista, neonazi ect… Si eres sensible a este tipo de fanfics, te aconsejo que no lo leas.
No había nada más especial que dormir con mi hermana. Todos las mañanas, yo abría los ojos y entonces yo percibía el olor de ella y sentía como su pelo se enredaba entre mis dedos. Aquello era único y, a veces, era como si yo hubiese vuelto a nuestra vieja casa en Cracovia donde todos vivíamos juntos. A veces, yo me despertaba y pensaba que todas las cosas horribles que yo había vivido eran un sueño y que estábamos, otra vez, todos juntos en casa, yo, mama, papa y ella pero siempre yo terminaba recordando donde me encontraba.
Aquel barracón era para las prisioneras que trabajaban en la fábrica de Bosch pero ningún kapo se dio cuenta de que yo no pertenecía a ese grupo y las prisioneras me hicieron el favor de no decirle nada a nadie. Yo jamás quería separarme de mi hermana por las mañanas pero ella era más activa y, en cuanto ella abría los ojos o se oían las voces amenazantes y lejanas de los kapos, ella se levantaba, se desperezaba como un gato y saltaba de la cama. A esas horas, ni siquiera había amanecido. Después, ella marchaba con los demás prisioneros de la fábrica de Bosch y yo también me dirigía rápidamente a la villa para preparar el desayuno lo antes posible.
Mi hermana siempre había sido introvertida pero la guerra la había vuelto huraña y desconfiada. A mí me dolió ver como había nacido, en su dulce carácter, esa actitud. Al principio, ella estaba siempre taciturna y no era tan cariñosa con migo como yo lo era con ella. Eso me dolía y me costaba reconocer en ella la niña que era. Sin embargo, cuando pasaron algunos días, ella volvió a mostrarse más habladora y empezó a mantener conversaciones conmigo menos taciturnas. A ella, tenerme cerca le ayudó a volverse más optimista pero, a mí, tenerla cerca, me ayudo muchísimo más.
Yo había sido un desastre como superviviente en el campo de Plaszow un año atras. El día, que el Herr Kommandant me eligió para ser su sirvienta, yo estaba mucho más débil que el resto de las prisioneras y yo sabía que si yo seguía mucho tiempo en aquellas circunstancias, yo moriría. Sin embargo, mi hermana se había adaptado bien a aquellas crueles condiciones. Y no solo eso, ella sabía muchos trucos que yo desconocía que te ofrecían ventajas en el campo.
Ella sabía con que kapos, ella se debía relacionar para obtener más comida. También sabía de qué prisioneras alejarse porque solían robar comida a las otras. Cuando ella, se movía por el campo, era sigilosa como una sombra y ella sabía muy bien porque zonas solían pasear los miembros de las SS más crueles, aquellos a los que más les gustaba torturarnos o castigarnos.
Una vez, estábamos sentadas juntas hablando en la partera trasera del barracón donde dormíamos, cuando mi hermana se sobresaltó al ver una mujer que se acercaba al lugar donde nos encontrábamos nosotras. Era una mujer muy fornida y ancha de hombros que correspondía a la típica constitución a alemana. Ella tenía el pelo oscuro y los ojos penetrantes. En el cinturón, ella llevaba un largo látigo. Yo pude leer la crueldad y el crimen en sus ojos.
Mi hermana dio un salto sobre sus pies y después me agarró del brazo disimuladamente.
-Vámonos de aquí,-
Yo le obedecí y me desplacé con ella rápidamente rodeando el barracón. Ella me advirtió que no corriese. Después de que nosotras nos hubiésemos alejado de aquella mujer, yo le pregunté quién era.
-Es la SS-Kommandoführerin Alice Orlowski. Ella castiga a las prisioneras pegándoles con el látigo que lleva en el cinturón. Ella es muy cruel y siempre es conveniente mantenerse apartada de ella. Es uno de los peores alemanes con el que te puedes encontrar aquí pero ella no es la peor.
Aquello último, ella lo dijo con aire sombrío y entre dientes. Yo no pude evitar preguntarle.
-¿Quién es el peor alemán con el que te puedes encontrar?- formulé con curiosidad.
Mi hermana se quedó callada durante varios segundos y su frente se arrugó ligeramente.
-Tú sabes muy bien quien es el peor.-
A mí, me recorrió un temblor por la espalda y, entonces, me di cuenta de lo afortunada que era estando en el campo con mi hermana.
-Yo no fui tan valiente ni tan inteligente como tu cuando estaba en Plaszow, Rachel.-
-Cállate,- dijo, para mi sorpresa, mi hermana enfadada. –No vuelvas a decir nunca que no eres valiente. Has sobrevivido aquí tanto tiempo como yo. Todos los que dicen que son cobardes o que son débiles, mueren al poco tiempo de haberlo dicho. No puedes deprimirte.-
Después de aquellas palabras, yo me sentí como si yo fuese la hermana menor y ella fuese la hermana mayor y yo decidí reforzar mi ánimo y mi valentía.
Días más tarde, yo fui testigo ocular de la crueldad de la SS-Kommandoführerin Alice Orlowski cuando ella nos levantó a todas las prisioneras a las cuatro de la mañana para presenciar un castigo que ella le quería propinar a una prisionera.
Ella se situaba a la luz de uno de los focos encendidos. Ella llevaba la típica la gorra acabada en punta de las mujeres de las SS, una falda gris por debajo de las rodillas y, encima, la chaqueta negra de las SS femeninas. Sus ojos resplandecían despiadadamente y su látigo estaba enredado en su mano derecha. Ella le había atado a la prisionera desnuda las manos a un poste con ayuda de dos compañeras.
-A esta prisionera se le ha descubierto fuera de la cama y merodeando por el campo sin permiso. Todas seréis testigos de cuál es el castigo por este crimen,- dijo ella con voz dura y su aliento formó nubes en la noche oscura y fría.
Después, llegó el horror. Ella blandió su látigo y lo descargó treinta veces contra la espalda de aquella pobre muchacha. La primera vez, ella gritó, pero, después, ya no pronunció ningún sonido. Su cuerpo quedó colgado inerte mientras la sangre le manaba a chorros por las piernas. Yo dudé que ella aun siguiese viva. Las lágrimas se me agolparon y le dije a mi hermana que teníamos que irnos porque yo no quería que ella viese algo así pero ella me mandó callar y me dijo que no me moviese. Ella me dijo que aquella SS-Kommandoführerin haría lo mismo conmigo si ella descubría que yo había huido para no presenciar la escena, así que yo me quedé allí quieta y hundí mi mirada en el suelo.
Varias de aquellas escenas, me hicieron comprobar que el campo se había vuelto aun más cruel de lo que era cuando yo lo abandoné. Yo parecía que había obedecido el consejo de mi hermana y me había vuelto más valiente. Ahora, que yo ya no pasaba tanto tiempo encerrada en la casa del Herr Kommandant, yo era capaz de recordar, con más detalle, alguna de las muchas veces que él había intentado hacerme daño. Cuando yo pasaba encerrada, en aquella casa, todo el día, siempre, yo estaba bloqueada psicológicamente porque yo sabía que podía encontrarme con él en cualquier momento. Así que, todo el rato, yo procuraba no pensar en todas las cosas horribles que él me había hecho. Ahora, que yo pasaba más tiempo en el campo, lejos de sus fríos y penetrantes ojos azules, yo podía recordar con exactitud y con tristeza todo lo que yo había sufrido. Cuando pensaba en las palizas, sentía escalofríos y cuando pensaba en los varios intentos de asaltarme sexualmente, además, yo sentía un miedo que me paralizaba y se me revolvía el estomago. Sin embargo, aunque aquello fomentaba aun más mis pesadillas, yo era capaz de afrontar lo que me había ocurrido y aquello ya era una prueba de que mi valentía se había reforzado.
El tiempo que pasaba en la villa, para hacer las comidas, era tan siniestro como siempre. La puerta de la cocina ahora estaba siempre cerrada con llave. El soldado ucraniano Petr me había dicho que era para prevenir que yo accediese a las otras partes de la casa porque el Herr Kommandant estaba cansado de tener siempre demasiados prisioneros merodeando por su casa. Cuando él me lo dijo, yo asentí como dándole la razón pero, dentro de mí, yo sabía que aquello no era completamente cierto y que, lo que había ocurrido aquella célebre noche, había contribuido a aquella restricción. Yo estaba muy feliz con aquella norma porque yo sabía que aquello quizás disminuyese las probabilidades de un encuentro con él y yo, después de lo último que había ocurrido, temía aquel encuentro más que cualquier otra cosa.
Anya era la que se encargaba ahora de servirle las comidas al Herr Kommandant y ella no parecía muy feliz con su nuevo cometido. Ella estaba más nerviosa y más insegura. Yo le pregunté, en varias ocasiones, que le ocurría pero ella se negaba a contarme nada y siempre me decía que le dejase en paz. Yo también había notado que, cuando estaba en la cocina, en el aire siempre había una tensión y un ambiente extraño y era como si, en cualquier momento, yo esperase que el Herr Kommandant abriese la puerta de la cocina bruscamente y nosotros nos volviésemos a reencontrar. En esos momentos, siempre se me erizaban los pelos de la nuca.
"El regalo", que él me había hecho aquella horrible noche, seguía en el mismo mueble de la cocina donde él lo había arrojado. Un paquete de chocolate austriaco. Yo era capaz de recordar bastante sobre aquel día aunque me aterrorizase. Sin duda, yo podía aun recordar el pánico y la desesperación que yo había experimentado cuando él había tenido aquellas palabras tan obscenas y aquellos acercamientos tan bruscos hacía mí. Aquellos recuerdos nutrían mis pesadillas.
Desde que el Herr Kommandant había decidido inculcar aquellas nuevas normas, por alguna razón, él comía con menos frecuencia en la villa y yo tenía días completamente libres. Por ejemplo, aquel domingo, Petr me había informado de que el Herr Kommandant no comería en su casa y los domingos eran días libres también para los demás prisioneros del campo de Plaszow en los que se aprovechaba para limpiar un poco los barracones. Yo estaba dispuesta a pasar, todo el tiempo posible, con mi hermana aquel domingo. Para demostrarle mi valentía, yo había decidido coger aquel paquete de chocolate que llevaba varios días en el mueble de la cocina intacto y me lo había escondido entre la ropa. Yo jamás lo habría hecho por mí misma y yo sabía que si algún kapo o alemán me sorprendía con aquella mercancía debajo de mi ropa, nadie me salvaría pero las ganas de darle una sorpresa a mi hermana, que estaba tan delgada que se podían contar todas sus costillas, y las ganas de demostrarle, a ella y a mí misma, que era una persona valiente, me llevaron a hacer, de nuevo, aquel peligroso gesto. De camino de vuelta a Plaszow, como todos los días, ningún soldado me registró. Aquello era predecible pero yo sentí mucha satisfacción. El hurto del chocolate, para mí, también era, realmente, un gesto de desafío hacia el Herr Kommandant. Yo no quería aquel chocolate para nada. Comerlo me causaría asco y yo tenía claro que sería todo para mi hermana. Yo no quería nada que proviniese de la mano de aquel hombre. Aun así, yo estaba segura de que aquel chocolate no estaba envenenado porque él ya había planeado matarme de otra forma. Yo, aun recordaba, las crueles y vanidosas palabras de él: "Vas a tener lo que quieres, zorra. Yo voy a hacerte sentir como si fueras una mujer aria." Yo había tenido varias pesadillas horribles sobre aquel ataque. Yo me despertaba entre jadeos y mi hermana siempre me preguntaba que me ocurría. Yo le respondía que nada pero, en el fondo, yo sabía que ella no se creía aquella mentira aunque se volviese a dormir. Yo estaba llena de rabia hacia él y siempre me preguntaba porque yo no me había defendido, en ninguna de las ocasiones, en las que él me había hecho daño. Aquellos pensamientos, aunque provenían de la impotencia que yo había sentido cuando él me maltrataba, no eran lógicos, porque, en el fondo, yo sabía que si yo hubiese decidido defenderme, aunque eso hubiese sido un gesto valiente, él me habría hecho aun más daño. Pero, aun así, yo no me arrepentía de haberle recordado como él había asesinado a Lisiek. Lisiek había sido mi mejor amigo en el campo.
El domingo me desperté temprano, como siempre, yo pensaba, al sentir el cuerpo de mi hermana sobre el mío, que yo estaba, de nuevo, en casa y que todo aquello había sido una horrible, extraña y demente pesadilla pero, en seguida, yo me daba cuenta de mi error. Aquella mañana, yo pude disfrutar del placer de estar cerca de ella sin que ella se levantase bruscamente para ir a trabajar. Cuando ella abrió los ojos, yo le canté una canción en hebreo y otra en Yiddish que nos cantaba nuestra madre. Ella me miró y me sonrió. Aquella sonrisa era lo que más feliz me hacía.
Después de levantarnos, nosotras fuimos al centro de los barracones de las mujeres porque allí era donde repartían sopa y pan a las prisioneras. Yo quise ponerme enseguida en la cola pero mi hermana, que sabía muy bien cómo funcionaba la dinámica del campo, me aconsejo no ponerme tan pronto.
-Si nos ponemos en la cola más tarde,- ella me explicó,- quizás recibimos en el plato alguna de las verduras que están al fondo de la olla donde se hierve la sopa pero tampoco conviene ponerse muy tarde tampoco porque si no, existe la posibilidad de que no quede más sopa.-
Mi hermana parecía tener cronometrado el mejor momento para ponerse a la cola porque, tanto ella como yo, recibimos verdura en nuestros platos. Nos sentamos en unos grandes ladrillos de hormigón al lado de uno de los barracones para empezar a comer. Mi hermana jugueteaba con una de las zanahorias que flotaban en su caldo, cuando una mujer, quizás de la edad mi madre, se acercó para pedir su ración. Los kapos le informaron de que no quedaba más sopa y ella, entonces, pidió solo su ración de pan. Pero, entonces, dos soldados de las SS se entrometieron en la conversación.
-Lárgate, mujer judía,- dijo uno de ellos que no debía de tener más que unos pocos años más que mi hermana. Yo había aprendido a desconfiar también de los soldados jóvenes porque, en ocasiones, incluso eran los más crueles. –Por haber llegado tarde a la comida, no tendrás ni pan ni sopa.-
El otro se rió cruelmente.
La mujer no dijo nada más y se dio medio vuelta. Los soldados la miraron durante unos segundos y yo temí que aun quisieran pegarle pero, si ellos estaban pensando aquello, lo olvidaron cuando otro de sus camaradas se acercó a ellos con noticias de la guerra.
-Ein deutscher Soldat hat 560 russiche Soldaten im Rotfront getötet. Er hat das Eiserne Kreuz bekommen.-
-560 russiche Soldaten? Was hatte er für Waffen?-gruñó uno de ellos.
La mujer se sentó muy cerca de donde estábamos Rachel y yo. Ella miraba el suelo con ojos hambrientos. Yo dejé de sorber la sopa y me desplacé hacia ella un poco.
-¿Quiere usted la mitad de mi pan?- le dije yo partiendo la pequeña hogaza en dos y ofreciéndole la mitad.
Ella no dijo nada y siguió mirando el suelo. Sus ojos eran pardos y no brillaban. Era como si estuvieran muertos. Yo sentí un escalofrío.
-No tiene sentido que yo siga comiendo. Pronto, los soldados me enviaran a Auschwitz. Yo estoy muy delgada y yo no podré pasar la Selektion. Yo esperaba poder pasarla hasta el invierno. En invierno, la muerte es dulce. Los hombres se quedan durmiendo en la nieve y, después, mueren congelados. Nadie sufre pero Auschwitz… Auschwitz es el infierno. Todos mueren encerrados, gaseados y envenados. Ellos intentan salir y arañan las paredes pero no hay salida. La única salida es recitar el Kaddish.-
Ella empezó a recitar el Kaddish, el rezo de la muerte en hebreo.
"Yisgadal, veyiskadash, shmey raba..."
Yo tuve que apartar la mirada de aquella mujer tan siniestra porque, por alguna razón, yo no paraba de temblar de miedo. Ella no volvió a hablar y yo estuve a punto de acercarme, de nuevo, a mi hermana pero algo, dentro de mí, me detuvo. Entonces, yo me metí la mano en el bolsillo y toqué la envoltura del chocolate austriaco. Rompí el papel con las uñas y partí un trozo pequeño. Después, yo comprobé, mirando, a un lado y a otro, que los alemanes no me miraban. Los soldados seguían enfrascados en aquella conversación de guerra. Así que, me fue fácil, meter con disimulo, el trozo de chocolate en la mitad de una de las hogazas de pan. Después, se lo ofrecí, de nuevo, a aquella mujer.
-Tome, esto es para usted,- yo dije y, esta vez, yo puse el pan delante de su mirada.
La mujer lo miró durante unos segundos paralizada como si no fuese comida y fuese algo inerte pero, después, lo cogió y lo mordió. Al sentir el sabor dulce, ella miró, dentro del pan, y descubrió el chocolate. Después, ella me observó de una manera siniestra como si yo fuese un ángel o algo parecido. Yo me aparté de ella y volví a sentarme cerca de mi hermana para no levantar sospechas.
A Rachel mi gesto no le había pasado desapercibido.
-¿Le has dado pan a esa mujer?- preguntó.
Yo no respondí.
-Recuerda donde estas, Helen,- dijo ella con voz firme. –Aquí, tú debes preocuparte de sobrevivir tú. Cada uno se ocupa de sobrevivir él mismo y tú no puedes ayudar a otra gente dándoles comida porque la necesitas para ti, para sobrevivir…-
La reprimenda de mi hermana fue interrumpida por el sonido de los altavoces que ordenaban a todos los prisioneros ir a la Appellplatz. Yo me bebí la sopa rápidamente de un trago, me metí las verduras en la boca y el pan en uno de los bolsillos de mi abrigo. Las mujeres empezaron a marchar en fila a través de la puerta metálica hacia la Appellplatz y mi hermana y yo, masticando las verduras, nos unimos.
Cuando nos hacían juntarnos a todos los prisioneros en la Appellplatz. Las mujeres, cuyos maridos estaban en los barracones de hombres, silbaban canciones para que sus cónyuges las reconocieran y los hombres, a la vez, silbaban también la misma canción que sus mujeres. Así que, aquellos encuentros en la Appellplatz siempre iban acompañados de un mar de silbidos. Sin embargo, aquella vez, cuando todas las prisioneras llegaron a la enorme extensión en el centro del campo, no se oía ningún sonido. De repente, todos los prisioneros, tanto hombres a la izquierda como mujeres a la derecha, empezaron a cuchichear. Yo no sabía que ocurría porque estaba al final de todo el grupo de mujeres y no conseguía ver la Appellplatz. Entonces, yo escuché alguno de los cuchicheos.
-Son los Chilowicz… Toda la familia ahorcada… Chilowicz era el jefe de la policía judía del campo. Si a él lo ahorcan. ¿Qué harán con nosotros?-
-Dicen que los mató... ese hombre. Dicen que los mato a todos con su pistola, como un carnicero. A los niños también los mató él. Ese hombre tan cruel… Yo no quiero decir su nombre,- dijo otra voz.
Yo me separé de mi hermana e intenté abrirme paso entre todas las mujeres que observaban el espectáculo. Por fin, yo conseguí llegar a la primera fila y ver la escena. Al fondo de la plaza, había una tarima y, encima, estaban colgados y exhibidos los cadáveres de toda la familia. Los niños pesaban poco. Los habían atados con una soga al cuello como si hubiesen sido ahorcados pero a la niña la sangre seca le caía por el cuello empapando el vestido de rojo.
"Los Chilowicz"- pensé yo.
A mí, los ojos se me llenaron de lágrimas. No entendía porque lloraba porque no conocía a aquella familia de nada pero era como si yo los hubiera conocido porque yo sabía que iban a morir, antes, incluso, de que ellos lo supieran. Aun así, yo sabía que no era mi culpa. Yo no podía haber hecho nada para detener aquella ejecución. Sin embargo, yo sentía mucha rabia.
Mis ojos dejaron escapar varias lágrimas más y yo oí cuchicheos que, cada vez, se hacían más agresivos.
-"Die Häftlinge, die die Gesetze brechen, können den gleichen Tod erwarten",- leyó una de las prisioneras con burla. Aquellas eran las leyendas que la familia exhibía en el pecho. –Desde luego, yo no extraeré la misma moraleja.-
-El Herr Kommandant los traicionó,- dije yo en voz no muy alta pero firme. –Él los quería muertos. Ese hombre no tiene piedad.-
Yo pensé que lo que yo había dicho era muy grave y que me podían ejecutar por ello pero, cuando yo escuché a mi alrededor, me di cuenta que todos los prisioneros decían cosas similares
-Él los asesinó,- dije yo y yo sentí una enorme satisfacción al poder decirlo. Me sentí liberada. Yo había pasado demasiado tiempo encerrada en aquella horrible casa donde, por supuesto, yo estaba lo suficiente acobardada para decir algo así.
Todos los prisioneros protestaban y varios soldados con metralletas se acercaron con paso amenazante hacia nosotros para moderar el levantantamiento. Los susurros y los comentarios se fueron apagando ante aquella amenaza. En ese momento, varios oficiales, de rangos altos, se acercaron en grupo. Yo distinguí, entre todos aquellos hombres, la cara de Hujar y yo sentí una punzada de miedo. Quizás el Herr Kommandant estuviese entre ellos. Sin ni siquiera comprobarlo, yo me escondí entre la marea de mujeres, de nuevo, para poder refugiarme de que alguien me reconociese. Yo intenté buscar a mi hermana, mirando hacia el lugar donde yo la había visto por última vez, pero ella se había esfumado. Yo sospeché que ella no debía estar muy lejos y me olvidé de ella.
Un soldado empezó a leer, con voz nasal, los delitos, de los que se les acusaba a los Chilowicz. Cuando él terminó de leer cosas que contenían las palabras "traición" e "intento de fuga", cuchicheos, murmullos y negaciones de cabeza se extendieron entre los prisioneros.
-Nadie le tenía cariño a Chilowicz. Él actuaba casi como un nazi pero nadie se cree que haya muerto por eso,- dijo una prisionera que estaba muy cerca de mí.
Yo, a pesar de que me había adentrado un poco más en la multitud, aun podía ver con claridad a los oficiales de alto rango que estaban en la Appellplatz. Afortunadamente, entre ellos, no estaba el Herr Kommandant porque los observé detenidamente a todos. Al lado de los oficiales había varios soldados. Uno de ellos, era muy rubio y muy joven. Su pelo era como la paja. Él miraba detenidamente al suelo. Yo no sé porque me fijé en él. En un momento, aquel soldado levantó la mirada hacia la niña que había colgada. Después, incluso desde la distancia, yo pude ver como los ojos se le llenaban lágrimas. Yo no había visto, antes, a un soldado alemán llorar y me quedé asombrada. Yo pensé que, quizás, debía haber conocido a la familia puesto que los Chilowicz eran gente importante en Plaszow y como Chilowicz era el jefe de la policía y tenía que llevar asuntos de seguridad, ellos debían de estar en continuo contacto con los alemanes.
Finalmente, los altavoces nos informaron de que podíamos volver a los barracones. La multitud de mujeres me arrastró de nuevo y yo buscaba a mi hermana mirando de un lado hacia otro. Entonces, una voz, dijo mi nombre pero no era la de mi hermana.
-Helen Hirsch,-
Yo me volví y vi a una mujer morena con ojos grandes e inteligentes. Ella me agarró el brazo y empezamos a caminar juntas cogidas. Ella me hablaba en susurros mirando a un lado y a otro para comprobar que nadie nos escuchaba.
-Yo soy Mila Pfefferberg. Tanto mi marido como yo estamos en la lista de Schindler. Él es nuestro amigo y Stern también.- Yo me sentí más aliviada al oír esas palabras y me agarré a su brazo considerándole ya casi como una amiga.
-Stern me ha dicho que quiere hablar con usted. Me ha dicho que le espera en la alambrada del sur para que ustedes puedan hablar a las nueve. Me ha dicho que se sitúe usted detrás de los montones de carbón, los soldados no podrán verla a usted. Y, aun así, apenas pasan soldados por esa zona,- dijo ella con voz suave.
Yo asentí.
-Gracias,- le dije yo con voz amable.
Ella me miró detenidamente y me sonrió con aquellos ojos grandes, amables e inteligentes. Ya dentro del cercado donde se encontraban los barracones de mujeres, yo me solté de su brazo. Yo me despedí de ella dándole las gracias por haberme traído el mensaje de Stern. Después, le conté a ella que tenía una hermana y que yo debía reunirme pronto con ella. Ella me escuchó pacientemente y me pareció una mujer agradable. Yo me alejé dispuesta a volver a reencontrarme con ella, en otra ocasión, y mantener otra conversación.
Yo no encontré a mi hermana en el camino hacia nuestro barracón y, por un momento, me asusté pero, cuando llegué a mi destino, ella estaba tumbada en la cama mirando el techo de la litera. Yo la abracé y ella me acarició el pelo. Ya se parecía más a la niña cariñosa que había sido antes de la guerra. Nosotras nos quedamos tumbadas un rato y, después, yo me metí la mano en el bolsillo y saqué el chocolate. A mi hermana, las pupilas se le dilataron al verlo y, ni siquiera, me pregunto de donde yo lo había sacado antes de llenarse la boca. Yo le mentí diciendo que me lo había dado Herr Schindler. Le conté que Herr Schindler era un alemán bueno y que ella estaba incluida en su lista. Le conté que nos iríamos a Checoslovaquia con él para trabajar en su fábrica y que, a partir de entonces, las cosas mejorarían. Mi hermana había oído hablar de Herr Schindler y sus ojos brillaban, más incluso, que cuando yo le había dado el chocolate.
Yo no entendí porque yo le mentía. La persona que estaba en aquella lista de Schindler era yo y no ella pero yo había decidido, interiormente, que mi hermana también fuese incluida en aquella lista costase lo que costase. Yo recordé las siniestras palabras que aquella mujer había dicho en el desayuno sobre Auschwitz y me recorrió un escalofrió. Yo no quería que mi hermana fuese a Auschwitz. En ese momento, ella me dio un beso y yo le abracé.
Fuimos interrumpidas por una mujer que entró en el barracón. Sus botas enormes golpearon el suelo de madera. Yo escondí, rápidamente, el chocolate que le sobraba a mi hermana entre las mantas.
-Tenéis que limpiar esta pocilga. No es momento de estar en la cama. Demostrad que sois personas y no animales, zorras judías,- dijo su voz grave que parecía más de hombre que de mujer.
Tanto mi hermana como yo saltamos de la cama. Aquella mujer era muy alta y rubia. Ella podía haber sido una mujer guapa pero la expresión de crueldad en su rostro le desfiguraba la cara. Yo la había visto, la noche en que nos habían hecho levantarnos a todos para que viésemos como le pegaban latigazos a aquella pobre mujer, junto a Alice Orlowski.
Ella nos dirigió una mirada amenazante y, después, desapareció. Mi hermana y yo nos pusimos a limpiar un poco junto a todas las demás prisioneras el barracón pero, también nos quedó algo más de tiempo, para estar juntas.
A las ocho y media, yo me despedí de Rachel y caminé hacia la alambrada del sur. La noche era muy oscura porque no había luna y el farol más cercano estaba considerablemente lejos. Yo me escondía entre las sombras que proyectaban varios montones de carbón. Yo pasé mucho tiempo esperando y, casi, yo pensé que Stern no iba a venir pero, entonces, yo oí unos pasos y vi su figura pequeña acercarse.
Aquella alambrada no era doble, así que, nosotros pudimos hablar utilizando susurros.
-Hola, señorita Hirsch,- dijo Stern aunque su tono era familiar.- Perdóneme usted que haya llegado tarde pero ya sabe usted que yo debo trabajar de noche. El Herr Direktor me mandó a ver si usted estaba bien. Él está muy contento con que este usted en el campo.-
Yo le sonreí y, enseguida, yo le pregunté por si tenía noticias sobre la lista de prisioneros que serían incluidos en la fábrica de Herr Schindler en Checoslovaquia. Yo esperaba, con todo mi corazón, que Herr Schindler hubiese incluido a mi hermana en la lista y que eso fuese lo que había venido a decirme Stern.
-Dime… ¿Qué noticias hay para mí?- le dije ansiosa.
Stern se ajustó las gafas redondas.
-¿Noticias?- preguntó él. –El Herr Direktor solo quería saber si usted estaba bien. Me ha dicho que si usted necesita algo, tanto comida como cualquier otra cosa, que no dude usted en pedirle ayuda a él. El Herr Direktor tiene una amplia red de contactos en el campo y él podría proporcionarle a usted lo que quisiera. Él se preocupa mucho por usted.-
-Lo sé, lo sé y yo se lo agradezco a él una y mil veces,- dije de corazón. –Yo no necesito nada, no necesito nada material.-
El me sonrió con amabilidad y después, hubo una pausa y, a mí, se me encogió el corazón al recordar a mi hermana.
-Stern,- dije yo con voz suave y preocupada. -¿Qué pasa con mi hermana? ¿Habló usted con el Herr Direktor sobre ella?-
-Sí,-
Stern hizo un gesto nervioso y, después, se agarró ambas manos en un gesto que indicaba que el tema que iba a tocar era comprometido.
-Vera usted, señorita Hirsch. Como yo a usted ya le dije antes, Herr Bosch es un hombre complicado y de creencias muy férreas. Sin embargo, aunque él es el dueño de la fábrica, no es el dueño de los prisioneros que trabajan en ella. Él se puede negar a hacer tratos con Herr Schindler pero los prisioneros pertenecen al campo de Plaszow. Su hermana podrá entrar en la lista de Schindler. No es una lista cerrada. De hecho, Goldberg, que es el encargado de llevar estas listas de transporte, está intentando sacar provecho de la situación. Todos saben que entrar en esa lista es una cuestión de vida o muerte, así que, sobornan a Goldberg para que él intente incluir más nombres y Goldberg, por supuesto, acepta los sobornos…-
Stern dio un suspiro de amargura.
-Ya sabe usted, la gente lo ofrece todo. Oro y diamantes para entrar en un tren.-
Yo asentí.
-Pero…- dijo Stern que se había desviado completamente del tema y que se ajustaba, de nuevo, sus gafas redondas como para volver a la realidad. -¿De qué hablábamos?-
-De mi hermana,- contesté yo enseguida.
-La hermana de usted… Sí, claro. Como ya le estoy diciendo, Goldberg está recibiendo sobornos de oro y diamantes. La hermana de usted trabaja en la fábrica de Herr Bosch y Herr Bosch se niega a hacer tratos para liberar judíos porque él es un hombre férreo y él le pediría al Herr Direktor una gran suma de dinero. Sin embargo, Herr Bosch no tiene ninguna autoridad sobre su hermana. Su hermana pertenece al campo de concentración de Plaszow y, por lo tanto, el Herr Kommandant es quien decide si ella puede entrar en la lista. El Herr Kommandant no se negara a incluir a más prisioneros en la lista ya que él está recibiendo dinero por cada uno de ellos y, además, hay que tener en cuenta que se está moviendo mucho mercado negro en Plaszow para entrar en esa lista. El Herr Kommandant estará abierto a modificaciones y es, ahí, donde el Herr Direktor, pretende incluir a la hermana de usted.-
A mí me dio un vuelco el corazón.
-¿Eso significara que el Herr Direktor necesita la aprobación del Herr Kommandant para incluir a mi hermana en su lista?-
-Sí,- Stern sonrió al ver mi cara de preocupación. –No se preocupe, señorita Hirsch. El Herr Direktor sabe muy bien cómo manejar a ese hombre. Ellos son… amigos.-
A Stern le costó, un poco, decir aquella última palabra.
Yo intenté convencerme pero, la verdad, es que tenía un mal presentimiento y no conseguí alegrarme.
-¿Le pasa a usted algo?- preguntó él, después de medio minuto, al verme tan abstraída y taciturna.
-No, es solo que…- empecé yo y me decidí a decir, exactamente, lo que pensaba.- Yo quiero que mi hermana se salve. Yo estaría dispuesta, incluso, a cambiarme por ella. Si ella se sube en un tren a Auschwitz, yo me subiría detrás de ella aunque yo estuviera en esa lista. Yo no podría dejarla sola…-
Stern dejó escapar un suspiro de incredulidad.
-Parece usted que no sabe, realmente, lo que esa lista significa. Esa lista es la salvación, señorita Hirsch. Puede ser que todos los demás, en este campo, mueran y que solo nos salvemos nosotros,- dijo tristemente Stern.
-No debería usted hablar así,- dijo Stern, un poco, reprendiéndome. –Muchos soñarían con estar en su lugar. El Herr Direktor es bondadoso y hace un gran sacrificio por nosotros. Él no quiere que usted vaya a Auschwitz y no lo permitirá. Yo le conozco. Él, realmente, le aprecia mucho a usted y él sabe todo lo que usted ha sufrido.-
-Lo sé. El Herr Direktor tiene un gran corazón,- dije yo dándole la razón a Stern y reconociendo mi error.- Él siempre fue amable conmigo cuando yo estaba en la villa y…,- Yo dejé la frase a medias porque yo no quería hablar de todo lo que yo había sufrido en la villa.- Es solo… que yo quiero a mi hermana. Yo siento impotencia, cada vez, que la veo y yo creo que haría cualquier cosa por ella. Sin embargo, le estoy muy agradecida al Herr Direktor… tanto que yo jamás le podre pagar lo que él ha hecho por mí.-
Yo miraba, fijamente, el suelo que había debajo de mis viejos zapatos.
-No sé qué decir, señorita Hirsch,- comentó él que, a pesar, de ser un hombre muy inteligente parecía haberse quedado sin palabras.- Usted debe confiar en el Herr Direktor. Todos, aquí, estamos al borde del abismo. Aun así, yo entiendo lo que sufre usted por su hermana.-
-El Herr Direktor me ha dicho que, si usted necesita algo material, usted puede pedirlo,- me recordó de nuevo Stern.
-No, gracias por escucharme, Stern. Eso vale más que ninguna otra cosa.-
Stern sonrió.
-Siempre es un placer hablar con usted. El Herr Direktor dice que usted es muy buena y noble y él no se equivoca.-
Yo me sentí satisfecha y un poco más contenta al saber que Herr Schindler tenía tan buena opinión de mí. Después, de aquella afirmación, Stern y yo no tuvimos nada más que decirnos y nos despedimos.
En el camino de vuelta al barracón, yo me quedé repasando todo lo que Stern me había dicho. La incorporación de mi hermana en la lista seguía preocupándome. Yo sabía que Herr Schindler era un hombre, que siempre cumplía sus promesas, pero me preocupaba que él necesitase la autorización del Herr Kommandant. Aquello me producía un mal presentimiento y pequeños calambres en el estomago. Yo me sentía segura estando lejos de él pero yo no había olvidado, para nada, el miedo.
Yo pensé que, al llegar al barracón, todas las demás mujeres, ya estarían dormidas porque, al día siguiente, debían trabajar pero todas estaban hablando en susurros entre ellas. Yo no presté atención a la conversación que ellas mantenían porque yo seguía pensando en la que yo había mantenido con Stern. Sin embargo, un nombre hizo que yo, inmediatamente, me olvidase de lo que pensaba.
-Goeth,- susurró una de ellas.
Algunas mujeres, que estaban en el barracón conmigo, emitieron gemidos y suspiros.
-Eso no es cierto,- dijo una de ellas que tenía el pelo castaño recogido en una trenza.
-Sí, es cierto,- corroboró la que había dicho el nombre del Herr Kommandant. –Él estaba aquí ayer por la noche. Yo no sé que hacía él aquí pero varias mujeres lo vieron. Él estaba apoyado en un barracón cerca de las letrinas. Cada vez, que una mujer iba a las letrinas, él la miraba fijamente. Muchas mujeres lo vieron, ellas dijeron que él tenía las pupilas dilatadas y que parecían más los ojos de un depredador que una persona.-
-Eso no es cierto,- dijo una voz de una mujer desde las literas de arriba. –Tú solo intentas asustarnos.-
-Si fuese cierto que Amon Goeth estaba aquí, ayer por la noche, todas esas mujeres que dices que lo han visto estarían muertas,- dijo de nuevo la mujer de la trenza que apoyaba las manos al borde de su litera. –Porque dicen que él es tan cruel que no le perdona la vida a ningún prisionero.-
-Callad todas,- dijo una mujer en voz más alta que las demás. –Yo fui ayer por la noche a las letrinas y yo lo vi. Al principio, yo vi a un hombre muy alto y fornido con un abrigo negro de cuero. Yo sospeché que debía ser alguien de alto rango de las SS pero yo jamás sospeché que fuese él. Cuando me acerqué a las letrinas, él me miró fijamente como si él esperase que yo fuese otra persona. Él tenía toda la cara amarilla y llena de sudor como si él estuviese enfermo y eso le daba un aspecto aterrador. Después, su rostro cambió. Se lleno de odio y de rabia y yo pensé que iba a atacarme o que iba a matarme. Yo estaba aterrorizada y me quedé paralizada por el miedo pero, aun así, yo conseguí entrar en las letrinas. Yo me quedé allí dentro un buen rato esperando que, cuando yo saliese, él ya se hubiese ido porque era una noche muy fría. Pero… cuando yo salí, él seguía allí, en la misma posición que antes. Su cuerpo seguía apoyado contra el barracón y su mirada se escondía entre las sombras. Vosotras no os lo podéis imaginar… yo no podía parar de temblar pero él no me mató y, ni siquiera, se movió. Todas las mujeres que fueron a las letrinas, a media noche, lo vieron a él y todas dicen que él se les quedó mirando. La última mujer que fue a las letrinas, antes de que amaneciera, dijo que él tenía el pelo lleno de escarcha y que él no se había movido de allí en toda la noche.-
Todas las mujeres habían oído, claramente, el relato y algunas dejaron escapar gritos y exclamaciones de pánico.
-Dios mío, ¿Qué estaba haciendo él aquí?- preguntó una muchacha, asustada, con un hilo de voz, que dormía en la letrina enfrente de la mía.- ¿Habrá venido a matar a alguien o a hacer alguna de sus famosas crueldades?-
-Todos dicen que él es más cruel que nunca, que no mata porque le han prohibido matar pero que él siempre esta deseándolo. Todos dicen que disparó a los Chilowicz como un carnicero y que él les tendió una trampa. Todos dicen que él disparó a un pobre hombre que escondía unos diamantes. John y Hujar sabían que él escondía algo. Después, llamaron a Goeth. Ese maldito asesino le prometió a ese pobre hombre que le daría la salvación si él le decía donde escondía los diamantes. Después, cuando él les mostró el escondite. Goeth le disparó y John, Hujar y él se rieron de aquel pobre hombre hasta que se desangró. Aún, yo no consigo olvidar la manera en que él mato a ese pobre niño en la Appellplatz que se agarraba a sus piernas pidiendo piedad.-
-Por favor,- suplicó la muchacha de antes.- No cuentes más horribles historias sobre lo que ese hombre ha hecho. No podre dormir por en toda la noche.-
-Vamos… dormiros todas. Mañana hay que trabajar.-
-Yo, a partir de ahora, prefiero orinarme encima que ir a las letrinas por la noche,- dijo otra con un hilo de voz.
-Tranquila, Shprintza. Eso no es cierto, ellas solo intentan asustarte. Las mujeres, que vieron a Goeth, solo estaban soñando. Esos no son más que cuentos. ¿Qué haría Goeth, en los barracones de las mujeres, en mitad de la noche?-
La muchacha se tapó el cuerpo con la raída manta de la litera pero, aun así, yo la podía ver temblar debajo de la manta. Yo me miré mis manos y yo vi que también estaban temblando. Mi hermana se acurrucó en mi pecho y yo la acaricié como todas las noches yo hacía aunque, mi mente era como un motor y estaba intentando procesar toda la información. Me pregunté lo mismo que todas se estaban preguntando.
"¿Qué haría aquí el Herr Kommandant? ¿Es verdad lo que esa mujer ha contado?"
Yo tuve un mal presentimiento y yo sentí que el vello de todo el cuerpo se me erizaba.
"¿Tendría todo aquello algo que ver conmigo?"
-Helen,- susurró mi hermana interrumpiendo mis pensamientos.- ¿Qué te pasa? Tú estás temblando.-
Mi hermana estaba tumbada sobre mí y ella notaba mi nerviosismo.
-No pasa nada,- dije yo con un suspiro.
Ella se quedó en silencio y yo pensé que ella me creía pero después habló.
-¿Por qué me mientes? Yo sé que te pasa. Tú le tienes miedo a Goeth. ¿Verdad? No es nada malo. Todos sabemos lo cruel que él es y…-
Mi hermana hizo una pausa pero, después, continuó.
-Y él te golpeaba. Tú me lo reconociste. Yo odio a ese hombre.-
-Helen…- dijo mi hermana con voz pensativa.- ¿Qué pasó el día en que él fue a por mí a la fábrica de Bosch? ¿Él quería utilizarme para amenazarte o algo? ¿Verdad? ¿Él quería hacerte daño? Muchos me dijeron que él disfrutaba haciéndote a ti pasar miedo o humillándote.-
Yo me quedé en silencio. Yo estaba paralizada porque yo, ni siquiera, quería enfrentarme a esas preguntas. A pesa,r de que mi hermana y yo nos habíamos reunido, nosotras no habíamos hablado de aquel horrible día en que él la había traído a la villa.
-No pasa nada, Helen,- me susurró Rachel un poco contrariada. –Yo sé que no quieres hablar de eso.-
Yo la abracé.
-Escucha… - le dije yo suavemente.- Yo solo quiero que tú sepas que eso no volverá a pasar. Nadie volverá a venir a por ti, ni nadie te volverá a pegar por mi culpa. Lo siento por lo que paso, Rachel.-
Yo siempre había evitado hablar pero, ahora que yo lo había hecho, yo me sentía mejor.
-No es tu culpa, Helen. Amon Goeth es un sádico y Grün es su perro,- dijo ella con rabia. –Ese maldito Grün… Él es un animal. Él fue quien me pegó.-
-Lo siento tanto, Rachel. Eso ocurrió por mi culpa,- susurré yo triste.
-No… Deja de disculparte,- dijo ella enfadada. –Eso no fue tu culpa pero tú no quieres reconocer que Goeth te hacía daño. Casi parece que tú no confías en mí.-
Ella se dio la vuelta en la cama y me dio la espalda. Yo me había sentido bien al hablar de aquel día, así que, yo tomé la decisión de hablar de que el Herr Kommandant me había hecho daño para que ella no siguiese enfadada. Yo le puse la mano sobre el hombro.
-Es cierto que el Herr Kommandant me golpeaba. Él siempre bajaba, en medio de la noche, al sótano y, entonces, él lo hacía.- Yo empecé a temblar y yo, entonces, me di cuenta, que, en ese momento, que yo estaba muy lejos de la villa, era capaz de recordar más detalles sobre los golpes que antes. Estar en la villa era como estar bloqueada psicológicamente y yo siempre evitaba pensar en lo que él me estaba haciendo y en lo que, a mí, me estaba pasando. –Yo también recuerdo que, a veces, él me pegaba delante de otras mujeres en la cocina.- Yo me estremecí al recordarlo porque yo recordé que el Herr Kommandant me había hablado de eso la última noche que yo lo vi.-… Y también me pegaba delante de la gente que iba a la villa. Eso era muy humillante y, también, era humillante cuando yo tenía siempre la cara marcada… Todos siempre me miraban y muchos soldados sonreían como si aquello les pareciese divertido. Rachel, yo no te quería contarte estas cosas porque yo quería protegerte. Yo no te lo contaba porque yo no quería hacerte daño, no tiene nada que ver con la confianza.
Ella se volvió hacia mí.
-No me haces daño. Es bueno que hablemos, Helen. Tú dijiste que nosotras somos hermanas y que tenemos que ayudarnos, así que, nosotras también tenemos que hablar sobre nuestros problemas.-
A mi hermana le brillaban los ojos en la oscuridad.
-Es cierto,- dije yo. –Las personas que más sobreviven en este infierno son las que tienen familia o alguien por quien luchar y yo te tengo a ti, Rachel.-
Yo me relajé pero mi corazón aun latía muy deprisa y mis manos, aun, temblaban. Ahora que yo había recordado todo lo que él me había hecho era incapaz de olvidarlo. Las palabras, que yo había oído, de que, a él, lo habían visto, la noche anterior, fuera, también seguían inquietándome.
-Hay algo que no entiendo,- susurró mi hermana despacio que seguía pensativa.- Cuando ese maldito perro de Grün me arrastró hasta la casa de Goeth, él dijo que Goeth estaba obsesionado contigo. ¿Qué pudo querer decir con aquello?-
-No lo sé,- dije yo con voz muy seria.
-Casi parecía como si Grün estuviese celoso de ti,- comentó mi hermana en voz baja.
Yo no dije nada y fingí no haberla escuchado.
-Ese maldito perro está loco y Goeth es un cerdo y un carnicero,- dijo mi hermana zanjando el tema.
Ella había tomado por costumbre, hablar con insultos, sobre todo, cuando ella hablaba sobre los alemanes y yo no tenía valor para corregirla. Quizás, aquella era una forma de que ella liberase toda la rabia.
Mi hermana se quedó dormida, encima de mí, como todas las noches. Yo le acariciaba el pelo pero aquello no me tranquilizaba. Yo seguía muy inquieta y mi mente seguía dándole vueltas a lo que las mujeres del barracón habían hablado. Cualquier pequeño ruido que venía de fuera del barracón, me hacía estremecer y ponerme alerta.
JennaLe: Bueno… ya te dije en privado que podías traducir mi historia al ingles y que, cualquiera, que quiera traducirla, puede traducirla y pasármela a mí para que la cuelga o, incluso, colgarla por libre. Muchas gracias por el review.
Meave: Hi Meave! I don't know enough English to translate my story to English. Even though, you can't copy and paste the chapters, you can use the Google translator in fanfiction with Google chrome. You can also use the fanfiction's translator. You can click with the mouse in the world icon next to the fanfiction's title up and I think it's a translator.
I know that's unexpected but I think I'm going to update this weekend too. I have the next chapter half written. Next chapter is Amon and Helen's reencounter. I think the chapters are going to be more interesting from now. It's going to be more interaction between Helen and Amon but I don't want to ruin the plot.
I'm reading Anne Frank's diary in German! I got in a library in Stuttgart and there was a really huge bookcase with a lot of WWII books. I saw it and I was so fascinated. I saw the Anne Frank's diary but I was embarrassed about buying a Holocaust book in Germany. Next to that bookcase, there were a lot of cookbooks and I pretended to be interested in that. Meanwhile, I looked at all the WWII books and, finally, I did it. I approached to the bookcase, I picked up the book and I bought it. Now, I have it. Anne Frank's diary in German! My favorite book! Das Tagebuch der Anne Frank!
Merry Xmas!
