XXV. Sospechas

.

Como pude corrí la escoba para apegarme a Snape, en definitiva no era agradable estar dolorosamente separada de él por un incómodo trozo de madera. Enrosqué mis brazos temblorosos alrededor de su cuello, queriendo sentirlo más cerca de mí. Con cierta brusquedad puso las manos en la zona baja de mi espalda para apegarme a sus caderas. No puedo describir con exactitud lo que sentí. Fue algo similar a un enjambre de abejas, mariposas, polillas y todo tipo de insectos voladores recorriendo mi cuerpo, urgidos y ardientes, desde las puntas de mis pies hasta mi cabeza. Sentía su aliento cálido mezclándose con el mío, nuestras lenguas se entrelazaban con una fuerza e intensidad inimaginable. Mi cuello escocía del calor que me estaba dando. Si hubiese estado en cualquier otro lugar, ya me habría comenzado a deshacer de mi ropa, pero estaba plenamente consciente que nos hallábamos en un armario incómodo y la casa estaba llena de gente. Por un instante, la confusión y el disgusto se habían esfumado, sin embargo para luego volver con más fuerza.

Se nos acabó el aliento y separamos nuestros labios, pero no nuestras frentes.

—No te entiendo —farfullé con la quijada apretada. Sentía que estaba despidiendo vapor por todos lados.

—No hay nada que entender —expiró, sin poder esconder ni un ápice su excitación.

—¿Ah, no? —lo empujé, evitando distraerme con mi corazón acelerado — ¿Entonces, por qué…?

—¿Qué demonios? —dijo la voz de Sirius de pronto. El corazón se me desbocó, y antes que pudiera hacer demasiado, la puerta del armario que estaba en frente de mí, tembló. Era demasiado tarde para hacer algo. Mis ojos se desorbitaron. Sirius logró abrir la puerta y me miró con asombro —¿Qué estás haciendo aquí? —sus ojos se abrieron desmesuradamente. De reojo vi que Severus ya no estaba. De algún modo, había desaparecido, y la verdad es que en ese instante no me pregunté cómo lo había hecho.

—Yo…

—No me digas que fue ese desgraciado… —bufó con fuerza frunciendo el ceño — ¿Kreacher te encerró aquí?

—Sí. Él lo hizo —contesté con rotundidad. No tenía otra respuesta, a menos que hubiese inventado de inmediato que había sufrido un ataque de pánico por ver tanta gente. Pero todos sabían que yo no sufría de eso, salvo de un poco de torpeza.

—Voy a ir a buscar a esa alimaña… —gruñó Sirius —¡Kreacher!

Me asomé y lo vi desaparecer por un oscuro pasillo, despotricando contra el elfo.

Snape reapareció a mi lado. Se había desilusionado para ocultarse. Salí del armario y le hice un gesto para que me siguiera hasta el vestíbulo, sintiendo una gran descarga de adrenalina.

—Por poco —susurré enojada, sin aliento. Nos colocamos en un rincón, lo más lejos del retrato de la madre de Sirius —. ¿No podrías haberme invitado a una cita o algo? No es que no me guste el riesgo, pero pudiste ser más precavido.

—Pero, ya pasó. No te ahogues en un vaso de agua —replicó con petulancia.

—No me estoy ahogando, pero, para la próxima vez te pido que…

—¿"Próxima vez"? —arqueó una ceja y entrecerró los ojos — ¿Quién ha hablado acerca de una próxima vez?

El calor que había llenado mi cuerpo hace un par de minutos atrás, terminó de desaparecer con esa frase. Me dio un escalofrío. De pronto deseé que Sirius nos hubiese encontrado. Así hubiese podido decir que Snape estaba tratando de abusar de mí, y él podría haberle partido la cara.

—¿Qué… qué quieres decir? —balbuceé— ¿Qué vamos a comenzar igual que en mi séptimo año? ¿Me vas a usar de nuevo? ¿Te quieres burlar de mí?

—Jamás te he usado…

—¿Ah, no? ¿Me besas y me deshechas? ¿No se llama a eso "usar"? ¿Para qué me besaste? —chillé.

—¿Tengo que explicártelo todo con palabras? —gruñó — ¿No eres capaz de deducir las cosas por ti misma, Nymphadora?

—Perdóname, pero creo que jamás he podido deducir nada de lo que tú tratas de demostrar. Eres un imbécil.

—¿Tienes que insultarme?

Hasta el segundo habíamos estado susurrando como zumbido de moscas, pero no pude evitar subir el tono más de la cuenta.

—Tú eres el que me ha insultado primero.

—Yo no te he dicho nada. Tú tiendes a malinterpretar todo siempre, no te puedes conformar con dejar las cosas simples, tienes que intentar de encontrarle la quinta pata al gato…

—¿Qué sucede aquí?

Sirius otra vez. Bajó la escalera con rapidez.

—No hablen muy alto, no quiero tener que lidiar con el cuadro de ese buitre otra vez. ¿Dónde estabas? —interrogó a Snape con violencia.

—Estuve aquí, en el vestíbulo, Black. Pasaste por mi lado. Te has vuelto bastante miope con los años. Tal vez, el tiempo en Azkaban no te ha hecho bien para la salud.

Con una mirada de odio, Sirius avanzó hasta a mí y se colocó a mi lado. Pasó una mano por mi hombro y se enderezó.

—¿Le estabas gritando a mi prima pequeña, Snape?

—¿"Prima pequeña"? Tiene más de veinte años. De pequeña, no tiene nada. ¿Tienes un defensor, Nymphadora? ¿En eso te estás entreteniendo, Black? ¿En ser guardaespaldas de los indefensos que concurren esta casa?

—No te atrevas a hablarnos así…

Remus irrumpió en el lugar, saliendo de la cocina tranquilamente. Nos miró, desconcertado.

—¿Ocurre algo, Sirius?

—Bueno, sí, Quej…

—No, no pasa nada, sólo charlábamos amistosamente —contesté con rapidez —. ¿A dónde vas, Remus?

Frunció el ceño y avanzó hasta la escalera.

—Voy al baño… —nos dirigió una última mirada, alarmado, antes de desaparecer.

Por suerte, no tuve que ingeniármelas para hacer que esos dos no discutieran, porque la puerta principal se abrió otra vez para dar paso a tres magos: Dumbledore, Ojoloco y la profesora McGonagall.

—¡Profesora! —exclamé deshaciéndome del abrazo de Sirius y dando zancadas hasta ella para darle un abrazo. Se sorprendió, no creyó que la saludaría tan efusivamente. Yo tampoco esperaba hacerlo, pero no se me ocurrió otra cosa para ablandar el pesado ambiente.

—Estoy muy orgullosa de tu desempeño como Auror, Tonks —sonrió, soltándose discretamente de mi abrazo —, Dumbledore me ha contado las noticias. El Ministerio es muy afortunado de tener a alguien como tú.

—Gracias, pero no me diga esas cosas que me sonrojo…

Las miradas tampoco cesaron el resto de la reunión, pero esta vez sí había destellos de rabia de parte de los dos.

Cuando por fin terminó todo, Snape pasó de nuevo tras mi silla, pero esta vez sin tocarme.

Pero qué infantil, pensé inflando mi pecho de puro orgullo. Mi mano deseó estrellarse contra su mejilla.

Sirius me invitó a sentarme a su lado para la cena, lo que me habría encantado rechazar. Sirius era mi familia, y me agradaba, pero no me dio buena espina. Tomó un trozo de pollo, lo masticó y me miró con atención mientras yo bebía zumo de limón.

—¿Qué pasa? ¿Tengo duendecillos en la cara?

—Puede ser. Pero no, sólo me preguntaba si tienes problemas con Snape, porque si es así, no dudes en consultar conmigo. No voy a permitir que la hable mal a mi familia, más aún en mí casa —recalcó.

—No, no tengo problemas con él realmente.

—Entonces, ¿por qué peleaban?

—Fue una discusión. No me di cuenta que estaba a la vuelta de las escaleras y lo pisé. Me dijo que era tonta por no fijarme y yo le contesté que era un estúpido por dejarme pisarlo. Fue una idiotez. Nada con importancia.

Sí, sí. Nada con importancia soy yo para él.

—Pero… se hablaron como si se conocieran de toda la vida.

—Pues, Snape era mi profesor de Pociones y no solía ser muy bueno conmigo. Ahora, tú sabes que yo tomo confianza con quién sea, por eso le hablé de ese modo.

—Ya veo — comentó, pero creo que no pareció del todo convencido.

—¿Cuál es el motivo de que se odien tanto? —pregunté con curiosidad, tratando de distraerlo y hacerlo a él el punto de atención.

—Éramos enemigos desde el colegio. Era una bola de grasa molestosa y enfurruñada. Nos odiamos desde un inicio, pero su objetivo principal era James, el padre de Harry. Pero, más que el pasado, me molesta que él —bajó la voz —, un ex Mortífago, tenga que estar aquí con nosotros. Nunca confiaré en él. La mala hierba nunca muere.

—De eso, estoy de acuerdo — dijo Ojoloco, cojeando hasta la silla contigua a la de Sirius —. Opino que Dumbledore es demasiado ciego. Confía demasiado en la escoria y, yo que tú, Tonks, no estaría peleando con gente como Snape.

—Vamos, no tiene nada de malo. La apariencia engaña… digo, se hace el malvado y todo, pero no creo que sea… sea tan así —terminé, dubitativa, preguntándome por qué diablos lo estaba tratando de defender. Me sentí fatal apenas terminé la frase.

Ojoloco me taladró con su ojo bueno.

—Haz lo que te digo. Si no, más tarde podrás lamentarlo.

Rodé los ojos, pensando que mejor sería no discutir. Sirius sospechó un poco y no quería que Moody lo hiciera también.

.

Traté de llegar lo antes posible a la casa, al otro día le esperaba un ajetreado día al departamento de Aurors. Debíamos desmontar cien puertas de cámaras para revisar si, en los últimos diez años, habían quedado ladrones atrapados. Sería mi primera vez en eso, pero me habían comentado que se encontraba de todo, hasta monos amaestrados para robar. Esas puertas no perdonaban a nadie, era una magia muy poderosa y sólo eran capaces de controlarla los duendes. Probablemente, era uno de los pocos trucos que sabían realizar para proteger los tesoros. Eran unos malditos avaros.

—No me gusta esto de dejar el Ministerio desprotegido —me dijo Shacklebolt con voz de ultratumba esa mañana.

Íbamos en grupo en dirección a las chimeneas para aparecernos en el callejón Diagon.

—¿Crees que debamos quedarnos?

—No, no podemos, este día estaba fijado de hace meses, no podemos incumplir nuestra labor. Pero, creo que sea mejor que dirijas tú un momento al grupo, mientras yo envío un patronus a Arthur, Hestia, Emmeline y Sturgis para que vigilen más ampliamente el Ministerio. No podemos dejarlo desamparado.

—No te preocupes, ve mientras. Yo te relevo.

Suerte que nadie preguntó por la repentina partida de mi amigo, tampoco cuestionaron mis instrucciones. ¡Já! Como si realmente pudiera ser así. Lo primero que hicieron fue preguntarme dónde estaba Kingsley y por qué yo estaba dando órdenes.

—Tuvo una urgencia en el baño —respondí con seriedad —. Vendrá pronto. Y él me dejó a cargo, no me he tomado el poder a propósito.

La mayoría pareció conforme, pero una mujer, un par de años mayor que yo, me quedó mirando de manera despectiva.

—Divídanse en dos filas, una para cada chimenea. No lo olviden, el callejón Diagon.

Avanzaron rápido y, cuando ya no quedaba casi nadie, Kingsley apareció.

—Listo. Están advertidos. Arthur se paseará un poco de vez en cuando, y Sturgis se colará bajo la capa invisible.

Cuando estuvimos en el callejón, luego de ese desagradable viaje que me dejó las tripas revueltas, la ropa llena de cenizas y con una picazón de nariz desesperante, le di un codazo a Kingsley y le moví las cejas con picardía.

—¿Qué pasa?

—A ella —hice un movimiento con a cara apuntando a la mujer que me había hecho un desprecio —, creo que le gustas.

—¿Por qué dices eso? —frunció el ceño.

—Porque me miró feo hace un rato. Seguro cree que somos algo.

Sonrió.

—Eres ridícula.

—¿No me crees?

—Por supuesto que no.

Pasado las cinco de la tarde terminamos de revisar las puertas. No pillamos monos esta vez, pero sí varios enanos, varios magos e, incluso, animales ilegales pequeños, que seguro debieron de haber llevado en los bolsillos. Lo único que restaba casi, eran sus cráneos. El resto estaba hecho polvo. Había cáscaras de huevo de dragón también.

—No le veo sentido venir a robar, sabiendo que vas a morir. Pero creo que es un buen método de suicidio lento y sufrido —Kingsley me miró raro —. Sí, ya sé, a veces es mejor que no abra la boca.

El estómago me estaba rugiendo del hambre, gritando, llorando. Llegué al Ministerio y lo primero que hice, fue caminar hacia el casino y comprarme un sándwich de carne de pollo, con mucha verdura dentro y cebolla frita. Eso serviría para espantar a Eric si es que se me acercaba demasiado.

Justo cuando luchaba en si pensar o no pensar en Snape, alguien se acercó a mí.

—Oye, ¿puedo sentarme aquí?

Debí haberlo imaginado. La desconocida que me había despreciado, estaba pidiéndome atención.

Glaro —contesté con la boca llena de pan.

—Soy Harriet, ¿Tú eres la novia de Kingsley?

—¡Por supuesto que no! Es mi mejor amigo, y es el esposo de mi mejor amiga.

Abrió los ojos desmesuradamente. Definitivamente, no se esperaba eso.

—¿Está casado? Pero, ¿por qué jamás ha asistido a las cenas del Ministerio con ella?

¿Y a ti qué te importa?

—Pues, porque está muerta. Pero sigue siendo su esposa y mi mejor amiga —dejé en claro abriendo mucho los ojos.

Y si yo no puedo ser feliz, entonces, no quiero que nadie más lo sea…

No, eso no. Margaret, en serio sigues siendo mi mejor amiga.

Se paró indignada. Dio media vuelta y se fue con la frente en alto. ¿Qué? ¿Acaso quería que le dijera "seremos amigas y te presentaré a Kinglsey para que se casen después"? Claro que no. Margaret podía no estar viva, pero no significaba precisamente que no estuviera. Estaba en mi mente, insultándome cada vez que podía. O yo me imaginaba que lo hacía.

Volví a la oficina muy tranquilamente. Debí haber pensado que no todo podía estar bien, luego de mi mala actitud con esa tal Harriet. Me senté en la silla para empezar a escribir cartas sobre unos pedidos que debía hacer y justo, extrañamente JUSTO cuando mi trasero tocó el asiento, cayó algo pegajoso sobre mi cabeza desde el techo. Creo que era algún desecho de los animales del Departamento de Regulación de Criaturas.

Mis nuevos compañeros de trabajo no lo pasaron por alto y se largaron a reír, entre ellos, Harriet.

Tal vez me lo merezca, pensé con modestia. Más tarde, me desquité con Eric, haciéndole una zancadilla.