Tal como informé en el grupo de Facebook, esta historia comienza su cuenta regresiva, y por los 12 spoilers que publiqué, ya tienen una idea de cómo estarán las cosas a partir de este punto.
"CHAPITRE VINGT QUATRE"
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Samuel Evans nunca fue la clase de persona que le echaba en cara a alguien sus buenas acciones.
Había sido educado para agradecer a aquellos que lo ayudaban y para mostrar siempre gratitud. Tal vez por eso era tan difícil para él irse.
Él amaba a Kurt.
Era lo más parecido que había tenido a un amigo o a un familiar. Este siempre lo había defendido, se había ocupado de él, y cuando estuvo atorado en un trabajo que no podía soportar, lo había salvado. Siempre había estado allí para él, animándolo a seguir adelante y hacer lo que quisiera con su vida.
Pero si eso era lo que su amigo quería, si era por eso que le había dado la opción de dejar su trabajo… entonces seguramente rechazar la oferta de vivir con el amor de su vida era simplemente tirarle todo su sacrificio en la cara.
Sacudió la cabeza. Estaba tratando de justificar sus propios deseos egoístas. Si se marchaba, especialmente en esos momentos en que el castaño necesitaba más ayuda, nunca podría perdonarse a sí mismo.
- Ugh, ¿qué estoy haciendo? – Gimió, enterrando la cara en sus manos y cerrando los ojos mientras las lágrimas brotaban. Estaba tan desgarrado.
David, el amor bondadoso de su vida quería que viviera con él. El hombre que lo hacía más feliz de lo que había sido en toda su existencia. El que lo amaba por lo que era. Su alma gemela. Quería estar con él para siempre.
Pero entonces, estaba Kurt…
Su mejor amigo, su cómplice. Habían estado juntos desde que ambos llegaron a París.
Se encontraba sentado en el sofá de su apartamento bastante corriente, tosiendo con voz ronca. El clima estaba bastante tranquilo, pero él había desarrollado una terrible tos. Culpaba al estrés, el cual se seguía acumulando cada vez más. Había pasado una semana de que David le pidiera que se mudara, y no estaba más cerca de tomar una decisión.
Por supuesto, el resfriado que estaba desarrollando no ayudaba tampoco. El día anterior lo había pasado en cama, lo cual no era una buena idea teniendo en cuenta que había empezado un nuevo trabajo hacía cuatro días atrás.
Trabajaba en una fábrica como curtidor, haciendo cuero. Era un trabajo duro, y los productos químicos eran fuertes, pero el salario era bueno. Quería ayudar más, aunque la mayor parte de su dinero se destinaba al alquiler. Desde que Simone se había ido, Kurt no estaba haciendo dinero, y él estaba pagando la cantidad total del arriendo.
David afirmaba que eso era injusto, pero no le importaba. Durante los casi dos últimos años, el ojiazul había pagado todo, y ahora él sentía que estaba devolviéndole el favor. He ahí otra razón por la que no podía irse.
David parecía culpar a su trabajo por la horrible tos que había desarrollado. Trabajaba tan duro en una fábrica infestada de químicos y terriblemente ventilada, pero él no le daba importancia.
Últimamente se estresaba mucho. Su novio no le había pedido que volviera a escoger, pero la pregunta se le pasaba por la cabeza todos los días, siendo más pesada por las noches, especialmente cuando llevaba a Kurt a casa o estaba acostado temblando en los brazos de su pareja, tratando de mantener la tos bajo control.
- Hola, Kurt. – Dijo, tosiendo, consciente de que su amigo estaba detrás de él, pero sin mirarlo. No había oído pisadas y Kurt ciertamente ni siquiera había dicho nada, ni siquiera un saludo. Lo que lo delató fue el sonido de las botellas que se golpearon entre sí cuando fueron sacadas del gabinete de alcohol.
El castaño alzó la mirada con sus ojos inyectados de sangre, centrándose en su amigo. Suspiró, esperando que este no lo oyese. Maldijo en voz baja, pero se alejó cuando el rubio se acercó tosiendo.
- Hola Sam. – Dijo zambulléndose junto a él, apretando la botella contra su pecho. Lucía pálido, enfermo, y también había perdido peso, aunque no tan rápidamente como Evans, que era una sombra de su antiguo ser.
Se quedaron sentados en silencio durante algún tiempo, aparte del whisky de whisky en la botella y de los resoplidos ocasionales de Samuel.
- Tienes que hacerte examinar el pecho. – Dijo Kurt, destapando la botella y tomando otro trago mientras el rubio lo miraba de soslayo.
- Y tú debes dejar de beber.
Kurt se burló, apoyando los pies en la destartalada mesa. – No eres mi madre. – Gruñó.
El chico frunció el ceño, mordiéndose el labio que estaba rojo y magullado de tanto roerlo. Hummel no era un borracho alegre. Había sido bastante divertido, pero ahora estaba enfadado todo el tiempo o sollozaba por su miseria. Los dos nunca habían discutido antes, pero las cosas eran diferentes ahora, y no era la primera vez que deseaba poder volver a cómo estaba todo unos meses atrás.
Entonces pensó en David, el amor de su vida, y se mordió el labio. No lo abandonaría por nada el mundo. Pero no podía darle la espalda a su amigo.
- No, no soy tu madre, Kurt. – Dijo en un susurro ronco y tenso. – Pero me preocupo por ti, soy tu amigo. – Se estiró, tocándole la rodilla. – Tu mejor amigo.
- Sólo cállate, Samuel. – Dijo tomando otro trago. – Realmente… no me interesa oír toda esta… esta basura sobre mejores amigos, y… – Soltó un gemido y su cabeza cayó hacia atrás. – Eres mi amigo… mi mejor amigo, pero eso no cambiará las cosas, no puedes decirme algo y esperar que yo lo haga. – Hizo una pausa, mirando el whisky dorado en la botella. – No eres Blaine.
Sam se sorprendió por eso y parpadeó varias veces. Durante la última semana había estado literalmente preocupándose por tener que elegir entre Kurt y David, pero su supuesto mejor amigo no lo escuchaba, ni siquiera le daba la hora del día porque él no era Blaine. Lo fulminó con los ojos llenos de lágrimas.
- Así que porque yo… no soy el hombre que te abandonó… esa es la razón por la que no me escuchas. Kurt, soy la persona que ha estado a tu lado todos los días desde que nos conocemos, ¿Crees que merezco al menos ser escuchado?
El castaño frunció el ceño y se apartó, tirando de la botella hacia su pecho, enrollando sus brazos alrededor de ella. Podía oler el alcohol por toda su ropa, su aliento, su piel. Era horrible, pero no le importaba, y sentía que necesitaba aún más, era lo único que borraba el dolor.
El rubio se puso un poco molesto cuando no recibió respuesta. Se levantó, conteniendo la tos y mirando a Kurt. Tenía los ojos calientes. Estaba decepcionado. Estaba tan increíblemente decepcionado con el joven que estaba delante de él. A este no le importaba nada, sólo él mismo.
- ¡David me pidió que me mudara con él! – Dejó escapar mientras miraba la espalda tensa del castaño. Hubo un silencio durante algunos momentos, y frunció el ceño. – ¡Y creo que voy a hacerlo! – Dijo enérgicamente y miró a su amigo. Kurt parecía tan pequeño, tan frágil, y sintió que las lágrimas se deslizaban por sus mejillas. ¿A quién estaba engañando? Ni siquiera se convencía a sí mismo. Pasó los dedos por su cabello y cerró los ojos. – Dios, Kurt… ¿a quién estoy engañando? ¡No puedo hacer esto!
Se produjo un estruendo cuando una botella de alcohol se estrelló contra el suelo y Hummel se levantó dándole una mirada a Samuel.
- No me eches la culpa. – Gritó, sabiendo lo que vendría después y cortándolo. – ¡No te atrevas… y ni siquiera pienses en quedarte aquí… y compadecerte de mí! – Sam miró con ojos muy abiertos e incrédulo hacia su amigo, sacudiendo confundido la cabeza.
- Ku…
- ¡Cállate! – Dijo acercándose aún más a él. – Escúchame… ni siquiera pienses en dejar pasar la oportunidad de estar con David. – Hubo un momento de silencio y Sam se mordió el labio, todavía tan desgarrado. Miró hacia abajo y de repente Kurt comenzó a sacudirlo. – ¡Idiota, estúpido! ¡Chico estúpido! – El rubio lo miró y notó que los ojos azules, normalmente cálidos, estaban fríos y serios.
- No puedo… – Susurró roncamente debido a su tos persistente.
- ¿Crees que me ayudarás quedándote? – Su voz se quebró de emoción. – ¿Piensas que ser miserable aquí conmigo de alguna manera hará que los dos nos sintamos mejor? Porque no lo hará, Samuel. El ojiverde sintió las manos del castaño caer de sus hombros mientras sacudía su cabeza, para acariciarle la nuca. Estaba intoxicado, pero lucía muy serio en ese momento. – ¿Crees que me ayudaría si renuncias a una vida con la persona que amas, si renuncias voluntariamente a lo que he perdido?
Sam se detuvo y miró con ojos grandes, sintiéndose tan tonto. ¿Por qué nunca había pensado en eso? Sabía que Kurt daría cualquier cosa por tener a Blaine de vuelta en su vida, y ahí estaba él rechazando una oportunidad de felicidad con la persona que amaba. Era como golpear a su amigo en la cara.
- Nunca he considerado eso. – Susurró, y Kurt rodó los ojos.
- Por supuesto que no. – Dijo con voz más tranquila y suave, aunque ligeramente arrastrada por el alcohol, y lo miró con ojos llorosos. – Te amo, Sam. Hemos pasado por mucho… pero hay algunas cosas que no podemos darnos el uno al otro, cosas que necesitamos. Lo que obtienes de David y lo que tuve con… con Blaine… – Bajó la cabeza, cerrando la mano en un puño y frotándose los ojos antes de caer en el sofá de cuero rasgado. Samuel se sentó a su lado, se estiró y tocó su pierna.
Inesperadamente el castaño se encogió sobre él y comenzó a sollozar suave y gimiendo como un pequeño gatito. Se acurrucó en el brazo de su amigo mientras el pecho de este se sacudía con una tos silenciosa.
- Lo siento. – Susurró el rubio, mirando al joven que negaba con la cabeza.
- No lo sientas. – Musitó con los ojos llenos de lágrimas. – No hiciste nada malo… pero por favor, Samuel… te lo suplico… dile a David que lo amas, múdate con él, quédate con él. Vive tu amor y aprecia cada segundo… No sabes cuándo terminará.
Sam lo miró y le acarició el cabello, con lágrimas en los ojos.
- Lo prometo. – Susurró, inclinándose y presionando sus labios en la sien de este, agradecido tenerlo como su amigo. – Estaré cerca, y seguiré ayudando con el alquiler.
- No harás tal cosa. – Musitó, mordiéndose el labio.
La idea de que Samuel se fuese, los pensamientos de estar solo… realmente lo sacudieron, pero nunca le diría a su mejor amigo eso.
Cuatro meses, pasaron cuatro meses desde que Blaine se fue, cuatro meses desde que su vida se fue por el desagüe. No iba a huir más, tenía que recuperar su vida. Sólo tenía que hacerlo.
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- ¿Blaine Anderson?
Blaine miró hacia arriba al hombre mayor que estaba a su alrededor. Él estaba sentado sobre sus talones en el suelo, sosteniendo una taza de té caliente en sus palmas.
- ¿Sí señor? – Dijo, tambaleándose. Su tío le sonreía, sentado al otro extremo de la mesa baja. Había pasado muchos años desde que había estado en un salón de té.
El bambú y las paredes de papel de arroz eran de un pálido calmante verde, y había algunas plantas bebé bonsái en la esquina de la habitación.
Un hombre anciano y encanecido acababa de entrar en la habitación, quitándose los zapatos en la puerta. Era calvo un poco más bajo que Blaine.
Por un momento el joven se preguntó si realmente era Nowaki Akita, el hombre más influyente en la moda en Japón. Él había ido a menudo a sus demostraciones en París, buscando la inspiración de su estilo japonés tradicional.
- Blaine, éste es Nowaki. – Dijo Seán, poniéndose de pie, señalando al hombre mayor. – Nowaki, este es mi sobrino, Blaine.
Anderson inclinó la cabeza hacia el hombre mayor, con las mejillas enrojecidas. Estaba un poco abrumado al encontrarse con el hombre que era la razón por la que se convirtió en diseñador, su ídolo, aparte del padre de Wesley.
Se mordió el labio, sus pensamientos fueron hacia París… hacia… él. Cerró los ojos y se quedó derecho, mirando al hombre mayor.
- Es un placer. – Le dijo en japonés, sentándose en su lugar y rodeando con las manos el té, viendo al hombre mayor sentarse entre él y su tío.
Blaine conocía lo suficiente la cultura como para saber que no debía hablar. Aunque era adulto, permitió que su tío hablase en su nombre. Seán conocía a ese hombre desde hacía años, y cuando descubrió que era capaz de volver a la pista de nuevo, volver a trabajar en la industria de la moda, no tuvieron que preguntarle dos veces.
El joven se sentó con la cabeza baja, entrando y saliendo de la conversación. Su tío y Nowaki hablaban en japonés rápido, así que no podía seguirlo por completo. Cuatro meses llevaba ahí y sin embargo no podía desenvolverse bien en el idioma que había estado tan interesado en estudiar. Silenciosamente maldijo haber vivido en París durante tanto tiempo, y luego se detuvo una vez más.
Maldición, ¿por qué sin importar qué, siempre pensaba en París… y en Kurt?
Podía oír a Seán y Nowaki riéndose de algo que su tío había dicho, pero todo lo que podía pensar era en París y en el castaño. Se preguntaba cómo estaba. Si incluso se había dado cuenta de que se había ido, si lo echaba de menos como él lo hacía.
¿Cómo era que posible que Kurt le hubiese mentido y traicionado, y sin embargo sólo pudiese pensar en él? ¿Por qué lo extrañaba? ¿Por qué anhelaba sus caricias, su mera presencia… sus besos?
Oh dios, los besos. Los recuerdos de ellos hicieron que sus labios cosquillearan. Estaba tan perdido en sus pensamientos que no se dio cuenta de que Nowaki había empezado a hablar con él. La tos seca de su tío fue lo que llamó su atención antes de levantar la vista.
- Lo siento. – Se disculpó, pero Nowaki sonrió suavemente y sacudió la cabeza.
- No hay necesidad de disculparse. – Dijo suavemente. Era un hombre agradable, a Blaine le gustaba, aunque en realidad no había estado escuchando nada de lo que se decía. – Tu tío me ha dicho que eras un gran talento en la moda… sin embargo, no había mencionado el hecho de que eres Blaine Anderson.
Las mejillas del joven ardieron repentinamente cuando su propio ídolo lo reconoció.
- S-sí, el mismo… L-lo soy. – Dijo, con las mejillas encendidas. No pudo evitar sonreír, y su tío sonrió, sintiéndose feliz de verlo finalmente así, ya que había pasado bastante tiempo de ello. Aunque sabía que Blaine nunca sería realmente feliz a menos que estuviera de vuelta en Francia. Sin embargo, era tan feliz como podía ser ahí.
Blaine había empezado a trabajar en un bar miserable de sushi tratando de distraerse mientras buscaba un lugar para vivir. Seán le había dicho que podía quedarse todo el tiempo que quisiera, pero el joven diseñador insistió en que quería encontrar su propio lugar.
- Bueno… – El anciano tenía una amplia sonrisa en su rostro mientras lo miraba. – Debo decir que he seguido tu carrera, Anderson, y aunque admiro tu estilo, debo admitir que nunca presté atención… hasta tu última colección.
El ojimiel no estaba seguro de si debía sentirse enfermo u orgulloso. Su ídolo había visto su colección, parecía gustarle, pero ¿iba a traer a colación lo que había sucedido? Nuevamente estaba pensando en Kurt. Dios, maldito el joven por infligir toda esa confusión sobre él.
¡Fue impresionante! – Continuó bastante entusiasmado en su manera de hablar. – Debo decir que cada prenda que diseñaste fue… tan inspiradora. – Las mejillas de Blaine ardían locamente, pero al mismo tiempo no podía apreciar plenamente el cumplido ya que todo lo que podía pensar era en su propia inspiración para la colección. – Debo decir, Blaine, que tu primera colección fue bastante hermosa, pero nunca había creído que la superarías, hasta tu última línea. Sería un privilegio tenerte trabajando para mí.
- ¿De Verdad? – Jadeó en inglés, tomándose un momento para darse cuenta de su error, pero por suerte el mayor entendía perfectamente el idioma. – Sería un honor para mí. – Dijo tranquilamente en la segunda lengua, inclinando la cabeza y poniéndose de pie después de haber terminado su té.
- Bueno, mi viejo amigo, – sonrió a Seán – debo marcharme, pero muchas gracias por presentarme a tu sobrino. – Se volvió hacia el joven de pie, y se inclinó ante él. – Espero trabajar contigo, Blaine. – Dijo en poco más que un susurro, y este se inclinó ante él, sonriendo ampliamente.
- Muchísimas gracias por esta oportunidad. – Respondió, manteniendo la cabeza baja hasta que el anciano salió de la habitación. El joven se enderezó y miró a su tío que sonreía con calma y alzaba su taza en felicitación.
Quizá ese sería un buen comienzo para Blaine. Seán todavía no tenía ni idea de lo que hizo que su sobrino dejara París, pero sabía que lo que necesitaba eran distracciones ya que se negaba a regresar.
Se sentía mal por él, huir nunca resolvía nada. Simplemente hacía que la persona fuese miserable a largo plazo. Aun así, no quería sacar el tema, así que se puso de pie, sonriéndole.
- Tal vez deberíamos irnos a casa. – Dijo suavemente, caminando y tocando el hombro de su sobrino. – Hoy es un buen día, tienes un trabajo, Blaine.
El joven sonrió y asintió. Era un buen día, iba a trabajar con su ídolo, debería estar feliz.
- Sí… hoy es un buen día. – Dijo con una sonrisa y siguió a su tío hacia la puerta, poniéndose los zapatos. Siguió avanzando y agradeció a las mujeres que pasaron a limpiar la habitación. Había dos chicas, ambas muy hermosas con cabello negro atado en un apretado moño, y los más elegantes kimonos crema y rosa. Una de ellas lo miró y rió antes de sonrojarse y bajar la cabeza, pasando a su lado. Su tío sonrió a sabiendas, pero actuó como si no lo hubiera notado.
Desde luego, Blaine no estaba interesado en ninguna relación en ese momento… particularmente no con una mujer.
Caminaron fuera de las hermosas salas de té en un fabuloso jardín que estaba lleno de vida a pesar de que estaba llegando el invierno. Contempló el magnífico lago enorme y brillante, imaginando los ríos de París con parejas en pequeños botes de remos, riendo y robándose besos.
Podía recordar a Simone riendo y sonriendo, protegiéndolos a los dos con su sombrilla de las miradas indiscretas mientras se inclinaba y lo besaba. Su mente cambió la imagen a Kurt, y su estómago burbujeó y se calentó en un sentimiento feliz que fue rápidamente reemplazado por la sensación de frío y hundimiento de la tristeza.
Seán vio cómo la sonrisa de su sobrino se desvanecía mientras miraba hacia el agua, y se estiró hacia atrás, tocando su hombro.
- Vamos. – Dijo con una sonrisa suave, tratando de mantener feliz al joven preocupado. – Tu tía está preparando la cena, sería grosero que llegásemos tarde. – El diseñador asintió con la cabeza, aceptando que de hecho sería grosero, lo siguió, mordiéndose el labio inferior regordete mientras caminaba.
Blaine no podía andar tan rápido como su tío ya que todavía no estaba acostumbrado a los kimonos tradicionales. Se preguntaba si iba a empezar a trabajar para Nowaki Akita, ¿tendría éxito en llevar la cultura occidental a Japón? ¿Llevaría las prendas de vestir como lo había hecho con la moda oriental en París? Ciertamente lo esperaba. Extrañaba la seguridad de sus pantalones y camisa.
- ¿Blaine? – Su tío dijo cuando este una vez más se fue a la deriva. – ¿Estás bien? ¿Necesitas que te lleve a un médico?
- Estoy bien, gracias. – Respondió lentamente.
Eso sucedía cada vez más seguido, y preocupaba a Seán. Blaine se quedaba mirando fijamente, perdido en su propio mundo, a menudo con una sonrisa pequeña, casi invisible. Se mordió el labio inferior pero asintió, alejándose de su sobrino y recordándole que tenían que darse prisa y contar las noticias a su esposa. Todos amaban al joven y esperaban lo mejor para él, y sabía que en casa estarían muriendo por saber si había conseguido el trabajo.
Anderson siguió a su tío por todo el camino hasta su casa. Parecía hermosa en la tenue luz de invierno. Era la hora de la tarde y el sol se estaba poniendo con brillos de magenta a través del cielo azul oscuro y negro. El huerto parecía casi obsesionado con las hojas que caían de los árboles, las flores de cerezo despojadas de sus capullos y pétalos rosados. Caminaba bajo las largas ramas, cruzando por el sendero de grava hasta la hermosa casa. Era hermoso ahí, le encantaría haberle mostrado el lugar a Kurt.
¡Maldita sea! Allí estaba pensando en él una vez más. No era justo estar constantemente pensando en el chico americano. Cuatro meses, cuatro meses y no podía superar lo que tuvieron.
¿Pero qué fue lo que tuvieron? Mentiras y engaños. Su relación no era más que una farsa, y sin embargo, todo lo que podía recordar era el toque de su mano, la sensación de sus labios, el sabor de su piel. Estaba yendo lentamente hacia la locura, y sus pasos habían disminuido considerablemente mientras paseaba detrás de su tío.
Seán miró por encima del hombro a su sobrino. Este estaba completamente separado de la realidad, en un mundo propio… una vez más. Eso lo estaba cansando un poco, pero al mismo tiempo lo preocupaba. Se preguntaba qué diablos había sucedido en París para hacerlo huir. Era obvio que lo que fuese todavía estaba en su mente, y si algo lo molestaba tanto, quería oírlo.
Él era un buen hombre, muy orientado a la familia, y haría lo que sea por cualquiera conectado a él sanguíneamente. Sin embargo, había intentado innumerables veces conseguir que el joven se abriera, pero todo había sido en vano. Simplemente no iba a suceder por desgracia.
Estuvo a punto de llamarlo pero observó cómo su sobrino se detenía junto a uno de los árboles, apoyando una palma contra la madera áspera. Bajó la cabeza y suspiró, solo dándole la espalda y caminando hasta su casa mientras este descansaba contra el árbol, perdido en sí mismo.
Blaine no estaba seguro de por qué, pero cuando entró en el huerto y caminó por el lugar, causó que sus emociones se elevaran dentro de él a un nivel insoportable. No era el tipo que se inclinaba y lloraba, tirando sus piernas contra el pecho mientras sollozaba. Por mucho que quisiera, simplemente se negaba a hacerlo. Se quedó de pie mirando hacia la casa. Era hermosa, ese lugar era hermoso.
Siempre recordaba cuánto amaba estar ahí, cómo quería mudarse allí cuando fuese mayor y se retirase. Quería ir a su tierra natal, tener su propia casa con un hermoso jardín, una magnífica familia. Y ahí estaba, logrando algunos de los sueños.
Tenía más que suficiente para vivir cómodamente durante el resto de sus días, pero no estaba satisfecho con eso. Sería más que fácil para él comprar una hermosa casa fuera de Osaka, para tener todo lo que deseaba. Pero no, se negaba a conseguir su propio lugar hasta habérselo ganado con mucho trabajo en Japón. Afirmaba que era sólo su propia naturaleza obstinada, pero en verdad necesitaba un objetivo, necesitaba una distracción.
Sabía profundamente en su corazón que nunca sería feliz ahí, y no lo entendía.
No podía ser feliz ahí, no podía ser feliz en París. ¿Por qué la idea de todo lo que solía desear ahora sólo lo hacía sentir triste, miserable incluso? Sólo sabía que no podía ser feliz… sin él.
- ¡AAG! – Gritó, golpeando un puño contra el árbol, sintiendo que la corteza puntiaguda del arce japonés cavaba en su piel. Hizo una mueca y cerró los ojos, tirando de su mano y acunándola. "Esto es simplemente espantoso", pensó mientras bajaba la cabeza y cerraba los ojos. Estaba enfermo, miserable… y todo era culpa de Kurt.
