HOLLYWOOD
SOLO ME ADJUDICO LA TRADUCCION. ARIANA MENDOZA ME AYUDO CON LOS ERRORES
"Cariño, ¿qué quieres que yo haga?". -The Everly Brothers
CAPÍTULO VEINTICINCO
–No quiero crecer –me cuenta Edward una noche mientras los dos permanecemos sobre la cama. Él juega con las hebras de mi cabello en vez de mirarme a los ojos–. Envejecer. Casarme y tener una familia y todo eso me asusta como la mierda, y no sé por qué.
–No deberías –digo, trazando las líneas de su abdomen con mis dedos–. Tú serias grandioso en lo que sea. Y ya has tenido mucho estrés, y un trabajo que te exige demasiado. Lo haces bien con eso. Eso es muy adulto de tu parte.
-No lo sé –contesta, exhalando las palabras de forma pesada. Él deja caer su cabeza sobre las almohadas y observa el techo–. Ni siquiera debería estar diciéndote esto.
–¿Por qué no?
–No es realmente algo que a las chicas les gusta oír, ¿no es así? Cuánto me asusta asentar cabeza. –Edward tira juguetonamente de mi cabello.
Sonrío y lo miro, mi barbilla descansando en su pecho.
–Edward, las cosas no son nada normales entre nosotros. Yo no espero que te me arrodilles algún día cercano. No quiero eso, de todas formas.
–¿Qué es lo que tú quieres, Bella Swan? –me pregunta Edward, la esquina izquierda de su boca se levanta en una hermosa y engreída sonrisa.
–A ti –contesto, encogiéndome–. Es todo lo que quiero.
–Me tienes.
Inhalo y me inclino hacia arriba, besándolo brevemente. Mi sonrisa es contenida y un poco desahuciada.
–No, no lo hago. No realmente.
–Ahí. Hecho. –Edward señala al pequeño árbol de Navidad con orgullo.
Me rio, levantando mis rodillas a mi pecho mientras me siento en el sofá.
Solo estoy usando una camiseta de Edward. Tengo un desordenado tomate sobre mi cabeza y mi cara está impecablemente limpia, y uso un muy barato esmalte de uñas. Soy absoluta exuberancia mientras observo nuestro pequeño árbol con sus luces parpadeantes y su mínima decoración.
–¿Qué opinas? –él me pregunta, dejándose caer a mi lado.
–Es perfecto –susurro.
–Se parece un poco al árbol de Navidad de Charlie Brown.
–No, no es así.
–Sí lo es. Mira. Está inclinado hacia un lado. Lamentable.
–Cállate, Edward. Es hermoso. No digas cosas horribles sobre él. –Lo miro rápidamente–. Deberíamos dormir en el sofá esta noche y dejar solo las luces del árbol encendidas. Ya que es Nochebuena…
–Claro –él contesta, besándome la frente. Pero mira de nuevo al arbolito, y ladea su cabeza–. Okay, la estrella está torcida. Tengo que arreglarla.
Él se levanta de un salto del sofá y empieza a mecer el árbol otra vez, de manera obsesiva, porque es un poco perfeccionista.
Lo observo luchar contra el árbol, murmurando entre dientes como un completo lunático cuando algo no coopera para él. Sonrío.
Y de repente, me siento abrumada y aturdida.
Me siento completa por esto, pero también aplastada.
Estoy sin aliento.
No soy otra cosa que latidos cardiacos intensos y una calidez desbordante.
Me siento inquieta y el pecho me duele.
Empiezo a llorar, solo un poco; calientes lágrimas se derraman sobre mis mejillas.
Edward me echa un vistazo y frunce el ceño. Él de inmediato abandona sus esfuerzos con el árbol y se arrodilla enfrente de mí.
–Eh, ¿Qué pasa?
–Nada –digo. Pero la respuesta parece estar fuera de lugar. Así que se lo cuento–. Solo estoy feliz.
–Uno no llora cuando está feliz –me acusa, entrecerrando sus ojos.
Me limpio los ojos rápidamente y asiento con la cabeza.
–Solo estoy abrumadoramente feliz. Es todo.
Edward se debate entre creerme o no por unos segundos. Pero luego solo sonríe. Él se sienta a mi lado, colocándome cerca de su pecho, rodeándome con sus brazos. Lo abrazo también con fuerza. Y lloro un poco más, porque se siente tan bien que me abracen.
–Así que… –comienza Edward, sonriéndome. Él mece nuestras manos entrelazadas salvajemente mientras caminamos por la playa. Hoy, él está usando una gorra de beisbol hacia atrás con unas bermudas caqui rosadas y una camiseta blanca. Él es tan lindo como un chico universitario y tan guapo como una estrella de cine.
–¿Cómo estuvo tu Navidad?
–Maravillosa –digo con sinceridad, sin siquiera molestarme en una respuesta ingeniosa–. No nos vayamos nunca. Quedémonos aquí para siempre.
-Okay –Edward se inclina hacia mí, besando mi sien mientras caminamos a tropezones por la orilla de la playa.
Sonrío y observo a lo lejos, hacia la ardiente puesta de sol y el dorado océano líquido.
–Desearía que fuese así de fácil.
–Yo también. –Edward suspira y coloca su brazo alrededor de mi con cuidado–. No pienses en ello ahora. Piensa en ello mañana, ¿no es lo que me dijiste una vez?
Me río.
–Sí, Creo que sí. Fue un consejo sobre eso de dejar de fumar.
–Un muy buen consejo. ¿Qué haría yo sin ti?
–No lo sé. Yo no lo intentaría –contesto, encogiéndome de hombros.
Edward sonríe a medio lado y me besa una vez más.
–No planeo hacerlo.
La humedad es pesada, y por poco dejo caer la botella de mi acondicionador cuando siento a Edward besar la parte de atrás de mi cuello. Él corre sus manos lentamente, deliberadamente y a propósito por mis brazos, erizándome la piel en la ducha caliente.
-No –le advierto con una risita, alejándome de él–. Tengo que ponerme acondicionador en mi cabello primero.
–¿Por qué? –murmura contra mi hombro.
–¿Por qué crees? –digo, exprimiendo la botella de acondicionador.
–¿Para qué tu cabello se acondicione mientras cogemos?
–Muy astuta observación –digo, sonriendo mientras el calor me estremece por la columna vertebral. Me unto el acondicionador lentamente–. ¿Sabes? Para ser hombre y haber pasado el examen de actitud de la universidad y haberte convertido en el asistente más joven del fiscal de Nueva York, tus conocimientos básicos sobre belleza son increíblemente vagos.
–No uso acondicionador –dice Edward–. Mi cabello es naturalmente lacio.
Él me da una nalgada.
Yo golpeo su estómago con mi codo.
Mi piel se siente fresca y limpia, y hago una enorme sonrisa mientras observo a Edward salir de la ducha detrás de mí, con una toalla ajustada en su cintura.
–¿Qué? –pregunta, sonriéndome de vuelta.
Le regalo una sonrisa de medio lado al tiempo que me siento sobre el borde del lavamanos mientras lo veo secarse el cabello con otra toalla.
–¿Por qué estás sonriendo? –demanda, golpeándome con la toalla.
–Por lo que me hiciste en la ducha.
Mis mejillas se sonrojan y me siento acalorada.
Edward camina hacia mí y descansa sus manos sobre el lavabo, a cada lado de mis caderas. Se inclina, jugando conmigo; sus maliciosos ojos bailan y su sonrisa torcida aparece, y su toalla cuelga peligrosamente sobre su cadera–. ¿Ah, sí?
–Sí –contesto, inclinándome hacia él, casi tocando nuestros labios de forma tentadora.
Edward sumerge su cabeza en mi cuello, y sus labios se burlan de mi acelerado ritmo cardiaco.
–¿Te gusto?
Mi estómago se remueve y le regalo una sonrisa tonta. Siempre me comporto de esta forma cuando estoy con Edward.
–Obviamente –digo.
Sus manos están de repente sobre mis rodillas. Él las aparta un poco, jugando conmigo.
–¿Quieres que lo haga otra vez?
Logro colocar mi pierna entre los dos, y uso mi pie para empujarlo en el estómago.
–No –contesto–. No quiero verme tan fácil.
–Demasiado tarde.
Lo pateo un poco.
–Creo que te estás volviendo un poquito atrevido para mi gusto.
Me bajo del lavabo y lo empujo lejos de mi camino para poder verme en el espejo.
–Ahora ves cómo me siento cuando estoy contigo –murmura, tomándome en sus brazos desde atrás. El beso que planta en mi cuello inmediatamente se convierte en pequeños mordiscos y luego en la más suave succión.
Me recuesto en él, cerrando mis ojos de mi reflejo libre de maquillaje. Siento sus manos sobre mis caderas, tirando suavemente de la tela de mi toalla.
–Te deseo otra vez –dice en voz baja contra mi cuello después de dejar una marca sobre mi piel–. Te deseo todo el maldito tiempo.
Sonrío gentilmente bajo la oscuridad de mis párpados.
–También te deseo.
Sus brazos me sostienen ahora por mi cadera, y paseo mis dedos por sus músculos, sobre las venas de sus manos, sobre cada centímetro de piel que ahora conozco
–No quiero irme, Edward. No quiero que todo esto termine. Solo quiero que huyamos lejos los dos.
Él permanece en silencio mientras sus labios dejan suaves besos sobre mi sien y luego sobre mi barbilla, pero es todo instintivo y sin sentido, como si se encontrara en otro lugar.
–Quizá podamos.
Abro mis ojos rápidamente y encuentro su reflejo en el espejo. Pero su mirada está fija en la distancia, a propósito y sin vacilaciones.
–Podríamos huir –dice, y es un susurro, como si se tratara de un peligroso secreto–. Podríamos mudarnos a cualquier otro lugar. Quizá California. Tú podrías elegir cualquier escuela que quieras. Y yo podría tal vez hacer algún curso de leyes o algo. Todo privado. Quiero decir, no tengo dinero, pero sé que mamá y papá podrían…
Me alejo de él bruscamente.
–Cállate, Edward –digo en voz baja, negando con mi cabeza. Me quito la toalla de mi cabeza y empiezo a secar mi cabello con ella–. No digas estupideces como esa.
–¿Cómo cuáles? –demanda–. Pensé que querías que esto durara para siempre. ¿Realmente crees que eso pasará si no nos vamos?
–¿Te estás escuchando? –reclamo, girándome para verlo. Él está desconcertado y lastimado, y por poco dejo ir mi tono enfurecido. Pero no puedo controlarlo–. ¿Vas a renunciar a todo por lo que has trabajado en Nueva York? ¿Vas a alejarte de tu familia, de tus amigos? ¿Por mí? Es una locura.
La boca de Edward se abre una vez, dos veces. Pero él nunca consigue decir algo, así que finalmente baja su mirada y la concentra en el suelo, pensando en algo.
–Bueno, ciertamente, pensé que tu reacción al plan sería diferente a esta.
Dejo escapar un suspiro y camino hacia él, colocando mis manos sobre sus mejillas, forzándolo a mirarme.
–No es como si la idea no sonara perfecta para mí, Edward. Pero no quiero que renuncies a todo por mí. Me odiarías después de unos años. Quizá, en unos meses. Te resentirías conmigo.
–No me habría ofrecido a huir a menos de que lo hubiera querido –dice, frunciendo el ceño.
–Estás tomando una decisión apresurada.
–No, no lo estoy haciendo. Dame un poco de crédito, Bella. Lo he estado pensando por…
–¿Por cuántas semanas, Edward? –demando, alejándome de él una vez más–. ¿Dos? Dos semanas, las cuales, precisamente, han sido las mismas semanas que hemos estado juntos aquí.
Él camina hacia adelante, sujetándome contra la pared del baño; su rostro se retuerce en una muy poco controlada ira.
–¿Qué? ¿Crees que porque hemos estado cogiendo al menos una vez al día ya no puedo pensar con lógica? ¿Que se me ha nublado el juicio?
–Creo que he nublado tu juicio por completo –contesto sin pensarlo.
Eso lo desconcierta casi de inmediato. La culpa, el dolor, la indecisión cruza su rostro, incendiando sus ojos. Él se desploma, recostándose pesadamente contra la pared, y veo cómo las ganas de luchar lo abandonan.
–Bueno, ¿qué es lo que tú quieres hacer, Bella? Ya que eres tú la que siempre toma las malditas decisiones.
Lo empujo con rudeza en el pecho, alejándolo de mí. El calor asciende por mi columna vertebral, haciendo sonrojar mi rostro, mi cuello.
–No actúes como un bebé. Uno de los dos tiene que actuar como el adulto aquí.
Pero entonces mis oídos retumban con el sonido de un vidrio quebrándose.
Me toma un momento darme cuenta de que Edward acaba de golpear el espejo.
–¿Qué demonios quieres de mí? –demanda–. Quieres que te folle, quieres que esté contigo, quieres que rompa todas las reglas como un maldito adolescente enamorado, y luego, cuando ya tienes todo lo que puedo darte, ¿me acusas de ser un inmaduro? ¡Eres tú la que modelabas con tus benditos trajes de baño, eras tú la que coqueteabas, la que me guiñaba el ojo, y la que suplicaba como la adolescente que eres! ¡Y ahora que me he rendido… Que me he rendido por completo, me acusas de no querer perderte!
Sus palabras se hacen más fuertes y profundas en mis oídos que las del espejo rompiéndose, y siento cómo mi visión se nubla y contengo por poco las lágrimas.
–Lo siento –susurro con voz temblorosa.
Mi voz no suele temblar, ni mi corazón suele agitarse de esta forma, no cuando se trata de esto.
Se supone que no soy un montón de cosas.
Pero Edward también nubla mi juicio.
–Lo siento. Yo nunca debí… –Me ahogo en una respiración profunda y levanto mi mano para limpiar mis ojos. Espabilo con furia y alejo mi mirada de él, porque verlo adolorido y triste hace que la opresión en mi pecho sea más dolorosa–. Nunca debí haberte puesto en esa posición, Edward.
–Lo que está hecho, está jodidamente hecho, Bella. –Lo escucho suspirar, duro y pesadamente. Desde la esquina de mi ojo, puedo verlo pasar sus manos por su cabello mojado–. Mira, esto no solo es culpa tuya. Yo soy más culpable que tú por esto. Tienes razón. Soy un inmaduro. Si tuviera algo de bendito sentido, habría corrido tan pronto como te hubiera conocido. Pero no lo hice. Y ahora las cosas son como son. Pero ¡Dios, Bella! ¿Qué vamos a hacer?
Estoy llorando mucho más ahora; pequeñas lágrimas rápidas y calientes caen sin esfuerzo y sonido.
–No lo sé –murmuro.
–Quiero decir, ¿qué podemos hacer? ¿Regresar a Nueva York? Rezar por que tu madre te deje ir a una escuela en la ciudad y no a Harvard? ¿Y luego qué? ¿Cogemos a la hora del almuerzo en los armarios de los conserjes y te llevo fuera de la ciudad en vacaciones de modo que nadie nos reconozca? ¿Realmente se supone que haremos eso por cuatro o seis años o el tiempo que sea que sigas en la escuela? –Edward gruñe irritado–. Los secretos siempre salen a la luz, Bella. Es algo que he aprendido en esta profesión. Estos siempre vuelven para morderte el trasero. Pero incluso si por alguna clase de milagro no nos atrapan, ¿luego qué? ¿Ocultamos nuestra relación por años? ¿Qué tal si conoces chicos en la universidad? Ya sabes, chicos que de verdad te inviten a salir, chicos que puedas llevar a casa con tu madre.
Niego con la cabeza.
–Eso no va a pasar.
–Pero ¿qué tal que sí? –pregunta, de forma muy suave, lo cual me hace llorar más–. Entonces pienso que no sería malditamente justo pedirte esperarme. Tú deberías poder salir en citas con quien quieras en la universidad. Estar atada a mí no es algo que deberías vivir esos años.
–Edward, no quiero a nadie más que no seas tú –digo bruscamente, mirándolo finalmente, encontrando sus ojos con los míos–. ¡Ese ha sido todo el maldito problema desde el principio!, ¿no lo entiendes?
Él deja escapar otro suspiro, y pasa sus manos por su rostro. Está negando con su cabeza, y esto me resulta tan familiar.
–Bella, apenas y has vivido. Quizá te gusto porque no podías tenerme o algo.
–Te tengo ahora, y lo que siento por ti no ha cambiado.
–Entonces escapa conmigo.
–¡Dios, Edward! –Sollozo, dejando caer mis manos–. No me pidas eso, mierda. No me pidas hacerte miserable. No coloques eso sobre mis hombros. Y de todas formas es imposible.
–¿Por qué? ¿Por qué es imposible? –cuestiona.
–Por un montón de razones. ¡Solo piénsalas! –contesto, mirándolo incrédula, con ojos llorosos.
–No quieres dejar a tu madre.
–Estás obviando la gran parte de todo. La estás obviando por completo. –Me lamento y, de repente, estoy a punto de decírselo todo.
–¡Entonces explícamelo, maldita sea!
Y estoy a punto de contárselo todo.
Esas palabras que tanto me aterrorizan están en la punta de mi lengua, esperando por ser reveladas, esperando escapar de años y años de secretos.
Pero entonces el timbre suena.
Hace eco por toda la casa, congelándonos a los dos.
Por un momento, el único sonido es el de nuestros corazones retumbando.
Miro a Edward.
–¿Estas esperando a alguien…?
–No –dice, su expresión es completamente sombría y desconcertada–. Quédate aquí.
Y entonces, desaparece.
.
.
Nos quedan 6 capítulos mas, ¿como le harán? Empiecen a dejar sus preguntas y a comentar que les parecio el capitulo. Agradezco el apoyo que le dan a esta historia, espero estar haciendo un buen trabajo.
