Capitulo 24
Ocho escoltas uniformados, montados en sendos corceles, partieron haciendo cabriolas, transportando los granates pendones con la insignia del duque de Grandchester, delante de una procesión en la que participaba el espléndido coche de Terry y otros tres con el equipaje personal de la pareja, unos cuantos sirvientes personales, tras los cuales otros ocho escoltas cerraban la comitiva.
Durante todo el día, mientras recorrieron villas y aldeas así como el exuberante paisaje, los campesinos se fueron congregando en los caminos para disfrutar del espectáculo de los ondeantes pendones, los repiqueteantes arneses de plata, los escoltas con librea granate y dorada, y el coche lacado en negro con el emblema dorado del duque de Grandchester grabado en sus puertas.
Dejaron atrás la avenida que llevaba a la casa de Tony, y Candy esperó con ilusión ver de nuevo a la madre de éste y a su hermano pequeño. Le parecían una familia muy agradable y encontraba su casa acogedora en comparación con la sobrecogedora magnificencia de Grandchester Hall.
Una leve y enigmática sonrisa se dibujó en las comisuras de sus labios cuando se acercaron a Winslow, cerca de Grandchester Hall. La comitiva creaba sensación en cada núcleo habitado por el que pasaba, pero nada tenía comparación con la que produjo en aquél, pensó Candy al ver al pueblo entero de Winslow formando una hilera a uno y otro lado de las calles y caminos, agitando vistosas bufandas y pañuelos para dar la bienvenida al duque que llegaba a su tierra. Sin duda, habían mandado a unos sirvientes a avisar al personal de Grandchester Hall de que iba a llegar el duque y se había corrido la voz por el pueblo.
Que diferente era aquella festiva y emocionada bienvenida de la que habían dedicado con tan poco entusiasmo los habitantes a Anthony el año anterior, cuando habían salido a saludar diligentemente a su nuevo duque.
—¿Hay algo que la complazca? —comentó Terry observándola.
Sin darse cuenta, Candy se volvió hacia él con la deslumbrante sonrisa que estaban dibujando sus labios.
—Me encantan los desfiles —admitió algo arrepentida de su expresión—. Supongo que es culpa de la niña que llevo dentro.
Terry, que unos momentos antes se había recreado con la idea de poner justamente en ella la semilla para una nueva vida, tal vez aquella misma noche, intentó contener la llama de pasión que acababan de despertar en él sus palabras.
Tras comprobar que había aceptado de mala gana el trato propuesto aquella mañana, creía que Candy pasaría el viaje enfurruñada, pero para acabar de confundirlo, desde que habían salido de Londres, le había tratado con educada cordialidad e incluso con cierta timidez. Tras intentar buscar la razón que explicara aquel agradable pero inexplicable cambio de humor, decidió abordar la cuestión directamente y hacerle un comentario sin rodeos.
Candy, sobresaltada, volvió la cabeza hacia él, se miró las manos algo cohibida y levantó luego sus magníficos ojos esmeralda hacia él.
—Después de reflexionar a fondo, milord —dijo con franqueza—, he decidido que su trato es más que justo. Fue tanto culpa suya como mía el hecho de haber tenido que casarnos, y nadie puede culpar a uno u otro si resulta imposible que congeniemos. Usted me ha ofrecido una salida a una situación insoportable, y considero que es mucho más de lo que haría probablemente cualquiera que se encontrara en su situación. Por ello, he decidido que sería una grosería por mi parte comportarme mal con usted durante los próximos tres meses.
Antes de que Terry consiguiera recuperarse de la sorpresa que le había producido constatar que ella creía a pies juntillas que iba a ganar la apuesta, Candy le tendía la mano:
—¿Amigos? —le propuso.
Terry tomó su mano y con el pulgar le acarició levemente la palma.
—Amigos —aceptó, y nada en su expresión reveló el menor resentimiento o admiración ante aquella actitud de juego limpio.
—Ya estamos en casa —dijo ella, sonriendo cuando la comitiva se detuvo frente al adornado portal de hierro forjado negro en el que destacaba el emblema de Grandchester.
—Pues sí —respondió él con indiferencia, mientras el guardián les saludaba y se disponía a abrir el amplio portal.
El desfile siguió describiendo una curva por la avenida y Terry echó un vistazo al esplendor de su «casa» sin experimentar ningún orgullo ante la palaciega magnificencia ni sensación alguna de calidez ante su hogar. Grandchester Hall le recordaba lo inhóspito que había sido el matrimonio de sus padres y su propia infancia.
—Después de todo lo que he visto en este último año sigo pensando que ésta es la propiedad más maravillosa de Inglaterra —dijo Candy suspirando, recorriendo con mirada cariñosa la inmensa y elegante mansión y fijando luego la vista en la bandera que ondeaba en lo alto indicando que el duque estaba ya en su residencia.
—Mis antepasados se habrían alegrado de oírla —comentó Terry secamente, echando una ojeada a la propiedad bajo la suave luz del crepúsculo—. Pretendían que Grandchester Hall compitiera con la residencia real. Fue construida para impresionar e intimidar.
—No... no le gusta a usted? —preguntó Candy a voz entrecortada.
—No especialmente. Me parece agobiante. Tengo otras residencias que me parecen infinitamente más agradables, aunque no queden tan cerca de la ciudad.
Candy le miró boquiabierta.
—¿Más bonitas que Grandchester Hall?
—Más acogedoras.
—Es cierto que Grandchester Hall impone —admitió Candy—. La mansión es tan... tan silenciosa...
Las doscientas personas que conformaban el personal, entre sirvientas, guardabosques, mozos de cuadra y lacayos, se encontraban en fila en la escalinata, con sus uniformes, una sonrisa en el rostro, cuando el coche se detuvo ante la mansión.
Los lacayos se precipitaron hacia ellos para desplegar el estribo, pero Terry insistió en ayudar personalmente a Candy a bajar, y una vez fuera del vehículo, mantuvo la mano en su cintura.
—Bienvenida a casa —dijo con una sonrisa cariñosa—. Han preparado ya nuestras habitaciones y nos espera una excelente cena.
—Estoy demasiado cansada para comer —dijo enseguida Candy, esperando disuadirle de intentar aquella misma noche hacer el amor con ella—. Preferiría tomar un baño y retirarme ahora mismo.
La estratagema era tan evidente como fútil.
—En este caso, los dos nos saltaremos la cena y nos iremos directamente a la cama — replicó Terry, paciente pero implacable.
—¡Había dado por supuesto que como mínimo me concedería una noche de descanso después del viaje!
—No se olvide que tenemos un pacto, querida mía.
—A mi no me llame así, milord —le advirtió ella.
—Terry —rectificó él.
—Ahí están —dijo Gibbons, riendo, a Smarts, mirando emocionado por encima del hombro del guardabosque que les impedía ver—. Qué ilusión me hace ver la cara que pone la señorita Candice ahora que ha vuelto el señor —dijo haciéndose eco de los pensamientos de casi todo el personal de Grandchester Hall, consciente de la inmensa devoción que sentía por Terry y lo que había sufrido creyendo que estaba muerto.
—Estará contenta como unas pascuas —admitió la señora Brimley, el ama de llaves, estirando el cuello.
—La veremos reluciente de dicha, brillante como... —la interrumpió Gibbons, asombrado al ver pasar ante él a Candy con una expresión que podría haberse calificado como airada—. Pues la verdad... —suspiró, volviéndose, desconcertado, primero hacia Smart y luego hacia la señora Brimley.
Candy cenó en un incómodo silencio sentada frente a Terry a la mesa iluminada por las velas.
—¿No le apetece tomar un poco de vino? —le preguntó él.
Candy se sobresaltó al oír aquella voz profunda y la cuchara chocó contra el frágil cuenco de porcelana de Sévres.
—No me gusta mucho el oporto, Excelencia.
—Terry—le recordó él.
Candy tragó saliva, incapaz de conseguir que sus labios articularan aquel nombre. Fijó la vista en las rojas fresas que tenía delante y dejó la cuchara, pues tenía el estómago revuelto por la tensión al pensar en lo que iba a ocurrir una hora más tarde.
—Apenas ha comido nada —comentó Terry, con una voz aún más profunda.
Medio asfixiada por lo que ella consideraba un esfuerzo deliberado e insólito por seducirla y desarmarla, Candy movió la cabeza con gesto de negación.
—Casi no tengo apetito.
—En ese caso —dijo él, dejando la servilleta sobre la mesa—¿nos retiramos, querida mía?
Un lacayo se acercó para apartar el asiento de él, pero Candy agarró el tenedor.
—Creo que voy a comer un poco de faisán —se apresuró a decir.
Terry colocó de nuevo la servilleta en su regazo con gesto educado, pero Candy habría jurado ver una divertida sonrisa en sus ojos.
Procurando entretenerse, Candy ejecutó una perfecta disección de la suculenta loncha de faisán convirtiéndola en precisos e idénticos rectángulos, que fue masticando hasta casi licuarlos. Cuando desapareció del plato la última forma geométrica y dejó el tenedor sobre el mantel, Terry enarcó una ceja mirándola, a modo de pregunta, para saber si había terminado.
La mirada aterrorizada de ella voló hacia el lacayo que tenía más cerca.
—Me... apetecería ahora tomar unos deliciosos espárragos de los que prepara el cocinero —comentó en plan desesperado, y en esta ocasión la sonrisa en los labios de Terry fue inconfundible.
Después de los espárragos le sirvieron guisantes en salsa, cerdo relleno con manzanas, langosta en hojaldre y luego arándanos.
Cuando pidió los arándanos, Terry ni siquiera se molestó en disimular que se estaba divirtiendo. Se arrellanó en el asiento contemplando el titánico esfuerzo que hacía ella por tragar hasta la última pieza con una sonrisa en sus sensuales labios.
Evitando con cuidado su mirada, Candy terminó el plato, pero el estómago se le rebelaba ante tanta comida.
—¿Algo más para tonificar el cuerpo, querida mía? —sugirió Terry con amabilidad—. ¿Pastel de chocolate tal vez?
La idea del postre la hizo estremecer y se apresuró a negar con la cabeza.
—¿Buey con salsa de vino?
Candy tragó saliva antes de murmurar:
—No, gracias.
—¿Una litera quizá? —apuntó con una maliciosa sonrisa—¿Para trasladarla arriba?
Sin darle tiempo a responder, Terry dejó la servilleta, se levantó y rodeó la mesa para ayudarla.
—Si sigue comiendo así —comentó socarronamente mientras subían la larga y curvada escalinata—dentro de poco será incapaz de subir esos peldaños. Tendré que mandar instalar un cabrestante y una malla para carga para subirla hasta la primera planta.
En otras circunstancias, Candy le habría reído la broma, pero aquella noche, la tensión y la timidez le habían robado el sentido del humor. Comprendía que Terry intentaba que se sintiera tranquila pero ni siquiera podía experimentar agradecimiento al pensar que era culpa de él que se sintiera tan incómoda. Por otro lado, tampoco comprendía cómo podía abordar él con tanta tranquilidad lo que iban a hacer. Luego recordó su fama de mujeriego y pensó que no podía avergonzarle o intranquilizarle algo que había hecho cientos de veces con un montón de mujeres.
Una hora más tarde, Terry abrió la puerta que comunicaba los dos dormitorios y entró en el de ella, pero se detuvo en el acto y observó, irritado, sin dar crédito a lo que veía en la cama. Las cortinas estaban corridas, el cobertor de satén azul celeste estaba abierto a modo de invitación, dejando al descubierto las sábanas de seda de color crema, pero entre éstas no se veía rastro de Candy.
Se volvió totalmente decidido a buscar hasta en el último rincón de Grandchester Hall, pero un instante después la vio, de pie en el otro extremo del inmenso dormitorio, mirando a través de la ventana con parteluz hacia la oscuridad del exterior con los brazos doblados como si tuviera frío. O miedo. La expresión de alivio sustituyó a la de enojo al acercarse a ella, con los pasos apagados por la mullida alfombra Aubusson y los ojos posados en la tentadora imagen que le ofrecía Candy. A la luz de las velas, brillaba tanto su cabello, que caía hasta los hombros formando maravillosas ondas como la piel que dejaba al descubierto el generoso escote del camisón de satén blanco.
Candy se volvió al ver que él se acercaba y vio su reflejo en el cristal de la ventana. Terry le acarició el pelo y el enojo apareció en sus ojos aunque no se movió. A Terry aquel tacto del cabello le recordaba el del satén.
—De modo que —dijo él, expresando en voz alta sus pensamientos y sonriendo ante la furiosa mirada de Candy— mi gorrioncito se ha convertido en un bellísimo cisne.
—Deje los cumplidos para...
—Con dientes —añadió Terry riendo.
Sin darle tiempo para reaccionar, se inclinó y la cogió en brazos.
—¿Adónde me lleva? —preguntó ella al ver que pasaba de largo de su cama.
—A mi cama —susurró él junto a su cuello—. Es más grande.
Una serie de velas se quemaban en la repisa de la chimenea al fondo de la habitación y proyectaban un suave resplandor entre las sombras. Terry subió a la enorme tarima que servía de base del dosel de la cama y lentamente dejó a Candy en el suelo, disfrutando de la exquisita sensación que le producían las piernas de ella al deslizarse sobre las suyas. Pero cuando levantó la cabeza y la miró a los ojos, algo en aquellos inmensos y verdes luceros o tal vez en su forma de respirar, le comunicó que Candy no estaba enojada. Estaba asustada.
—¿Candy? —preguntó suavemente, advirtiendo su temblor al acariciarle los brazos por debajo de las mangas de satén y encaje del salto de cama—. Está temblando. ¿Tiene miedo?
Incapaz de articular palabra alguna, Candy se volvió hacia el sobrecogedor y viril hombre dispuesto a llevar a cabo todo tipo de intimidades con su desnudo cuerpo. Asintió.
Con una tierna sonrisa, Terry le apartó el cabello de la pálida mejilla.
—Esta vez no le haré daño, se lo prometo.
—¡No es eso! —exclamó Candy mientras las manos de Terry descendían hasta la cinta que llevaba a la altura de los senos. Le cogió los dedos con su mano y su voz tradujo la tensión que sentía mientras procuraba suplicar calma—¡Usted no lo entiende! Ni siquiera le conozco.
—Me «conoce» usted en el sentido más bíblico del término, amor mío —dijo Terrh en tono provocador.
—Ha... ha pasado tanto tiempo...
Levantando la cabeza, Terry la miró a los ojos, intrigado.
—¿De veras? —preguntó con suavidad mientras una sorprendente oleada de alivio iba apoderándose de él. Teniendo en cuenta lo que había llegado a sus oídos sobre la conducta de Candy en los últimos tres meses y su propia experiencia sobre la relajada moral de las mujeres casadas de su categoría, le había asustado pensar que había conocido a otro y no se había mostrado dispuesto a enfrentarse con el hecho de que su esposa hubiera sucumbido también. Pero la inocencia y la timidez de sus ojos no ofrecían lugar a dudas, de modo que Terry se emocionó ante la seguridad de que su adorable y embriagadora esposa seguía siendo única y exclusivamente suya.
—Ha pasado tanto tiempo para los dos —murmuró, besándole con ternura la oreja.
—Basta, por favor! —exclamó y Terry tuvo que levantar la cabeza al notar auténtico pánico en su tono—. Tengo... tengo miedo —admitió, y Terry comprendió en el acto lo que le habría costado admitir aquello a la valiente muchacha que llevaba tres días enfrentada con él.
La sensatez le impidió sonreír ante aquel temor, pero intentó que ella se riera de éste.
—Yo también tengo un poco de miedo —admitió sonriéndole con ternura.
—¿Usted... usted, miedo? ¿Por que?
Le habló con voz tranquilizadora mientras desataba una cinta del canesú y dejaba al descubierto la satinada piel de su seno.
—Como ha dicho usted, ha pasado mucho tiempo. —Apartó la mirada del cuerpo y, mirándola a los ojos, hizo deslizar el salto de cama de sus hombros—. Imagínese por un momento que he olvidado como se hace —dijo simulando estar horrorizado—. Una vez en la cama, ya es tarde para preguntar a alguien como proceder, ¿verdad? Me refiero que podría llamar a su amigo Flanagan para pedirle consejo, pero tendría que exponerle el problema a gritos para que me oyera, y con ello despertaría a todo el servicio, que aparecería aquí a toda prisa para comprobar qué es lo que provocaba tanto escándalo...
A pesar del suplicio que estaba viviendo, Candy no pudo reprimir una risita, y apenas se dio cuenta de que Terry acababa de hacer deslizar el salto de cama de su cuerpo y se había convertido en un montón de satén a sus pies.
—Así está mejor —dijo él con voz ronca, sin apartar sus ojos de los de ella para ver aquel espléndido cuerpo que tomaba entre sus brazos—. Me gusta cuando ríe, ¿sabe por qué?—siguió, intentando vencer su timidez mientras desabrochaba el camisón de brocado granate—. Sus ojos brillan cuando sonríe —dijo y, con gesto tierno pero firme, la fue inclinando hacia la cama siguiéndola en su movimiento.
Candy miró aquellos fascinantes ojos azules mientras Terry se apoyaba en un codo y hacía deslizar suavemente la mano por su estómago y llegaba al pecho mientras sus labios se juntaban con los de ella en un interminable y embriagador beso que casi le hizo perder el sentido.
Siguió besándola una vez y otra mientras la acariciaba, la atormentaba y la seducía hasta que Candy perdió el control. Gimiendo desesperada, le devolvió el beso con el ansia contenida durante todo un año. Sus labios abiertos aplastaron los de él, la lengua se introdujo en su boca y los dedos empezaron a acariciar el espeso cabello de la nuca mientras seguía el beso. Y en su entrega, ella venció, pues en esta ocasión fue Terry quien emitió el gemido y se perdió totalmente en la boca de ella.
Abrazándola con fuerza, Terry se colocó boca arriba, con las manos expresó el apremio, sus piernas se juntaron a las de ella y poco a poco fue empujando contra las caderas, comunicándole qué quería de ella.
En algún punto de su desbocada cabeza, Terry tenía en cuenta que debía frenar el impulso, pero su cuerpo, que había estado más de un año en ayunas de ella, no se atenía a razones, en especial al comprobar que le estaba besando la oreja de la misma forma que había hecho él con la suya, haciendo deslizar la lengua por la sensible piel del lóbulo... Estremeciéndose con una urgencia que ya no podía negar por más tiempo, consiguió que ella se colocara boca arriba y fue deslizando la mano entre sus muslos, hacia la humedad y la calidez que le confirmaron que el cuerpo estaba dispuesto a admitirlo.
—Lo siento, cariño —murmuró con pasión, empujando suavemente su trasero y levantándole las caderas para facilitar la recepción—. No... puedo... esperar.
Quedó sin respiración al penetrar en aquel punto tan cálido y acogedor, con el máximo cuidado de no hacerle daño, y seguidamente tuvo la inmensa sorpresa de ver que ella volvía la cara y dos lágrimas brotaban de sus largas y rizadas pestañas.
—¿Candy? —murmuró él con los brazos y los hombros doloridos por el esfuerzo de controlar la urgente necesidad de vaciarse en su interior. Apoyó el brazo en la sábana, sujetó la barbilla de ella entre sus dedos y le hizo volver el rostro sobre la almohada—. Abre los ojos y mírame —dijo despacio.
Pestañeó y dirigió hacia él sus ojos inundados de lágrimas.
—¿Te hago daño? —preguntó Terry intrigado.
Candy movió la cabeza en señal de negación, luchando contra la imperiosa necesidad que sentía de suplicarle que la tomara, de implorarle que la amara con el corazón y el cuerpo, como había deseado hacer desde el instante en que él la había abrazado. Aquélla era la razón que explicaba sus lágrimas. En unos minutos, el acto amoroso había derribado todas las barreras que ella levantó contra Terry, había echado abajo sus defensas, dejándola débil e impaciente por colmar su ansia como en la época en la que era una cándida niña.
—¿Qué ocurre, cariño? —preguntó él, acercándose a su rostro para besar la lágrima que bajaba—. ¿No me deseas?
Su perdición fue aquella humilde e infantil inocencia con la que había planteado la pregunta así como su tierna expresión.
—Si —susurró ella, mirándole a los ojos y viendo en ellos la pasión que pretendía contener.
—¿A qué vienen, pues, las lágrimas? —dijo en un murmullo.
—Porque —admitió ella con una vocecita ahogada pero implacable— no quiero deseárle.
De la garganta de Terry salió un sonido mezcla de gruñido y risa mientras hundía sus dedos en la espléndida cabellera de Candy, sujetándole la cabeza al tiempo que se introducía del todo en lo más profundo de su cuerpo. Ella arqueó las caderas con un movimiento espasmódico bajo el empuje y Terry perdió el control.
—Te deseo —exclamó con voz ronca, retirándose un instante para sumergirse de nuevo, más al fondo en cada embestida, con el corazón henchido de alegría al notar que ella le abrazaba con fuerza y cedía del todo al tempestuoso deseo—. Te deseo tanto... —siguió en tono ahogado— que no puedo esperar...
Las uñas de ella se clavaron en los sólidos músculos de su espalda, las caderas siguieron su movimiento y Terry alcanzó el clímax en su interior con tal fuerza que su garganta apenas pudo articular su nombre en un agónico jadeo.
Cuando Terry se puso de costado, la rodeó con sus brazos y la meció junto a su cuerpo a la espera de recuperar el ritmo de la respiración. Fijó la mirada en la penumbra, más allá del dosel, y notó cómo poco a poco recuperaba la cordura y con ella comprendía dos detalles sorprendentes: en primer lugar, que en realidad había preguntado a su propia esposa si le deseaba, como un niño suplicando un favor.
En toda su vida jamás había preguntado a una mujer si le deseaba. En realidad, jamás había tenido prisa por meterse en la cama con alguien como le había ocurrido esta noche con Candy, de la misma forma que nunca había sucumbido tan rápido. Su orgullo se rebelaba contra su comportamiento en la cama esa noche y su falta de control en general.
Entre sus brazos, Candy levantó la cabeza para poder verle el rostro a la luz de la vela y al hacerlo se fijó en la tensa mandíbula y en la mirada perdida de él.
—¿Enojado? —murmuró, intrigada y asustada.
Terry le sonrió con franqueza.
—Conmigo mismo, no contigo.
—¿Por qué? —preguntó ella, inocente, escrutando su mirada.
—Porque... —Agitó la cabeza y cerró la boca—. Porque te deseo tanto —admitió enojado para sus adentros— y porque esta noche he perdido el control. Porque el simple tacto de tus manos me hace enloquecer de pasión. Porque tú puedes hacerme enojar más que nadie en el mundo y porque, en plena furia, tú puedes hacerme reír. Porque ante ti me siento desprotegido. Blando...
La voz de su padre resonaba cáustica en su cabeza: «Uno no puede ser blando, sé hombre, Terry... Un hombre es duro, severo, invulnerable... Un hombre no tiene que confiar más que en él... Utilizamos a las mujeres por placer pero no las necesitamos... Un hombre no necesita a nadie».
Terry apartó los recuerdos de su cabeza pensando en la payasada que había sido el matrimonio de su padre. Deseaba con todas sus fuerzas no haber llevado a Candy allí, Grandchester Hall y los recuerdos que encerraba el lugar le ponían los nervios de punta.
Las dulces y tímidas palabras de Cabdy le sacaron de su ensimismamiento.
—¿Puedo irme a mi habitación ahora? Veo que le he molestado en algo.
De forma inesperada se le encogió el corazón al pensar que ella podía creer aquello.
—Al contrario —dijo, riendo para disimular la terrible verdad que había tras aquellas palabras—. Me complace mucho estar contigo.
Candy le miró con tal escepticismo que le obligó a reír.
—Me complaces en la cama —le aclaró en tono burlón, sonriendo— Fuera de ella, me pones furioso. Me imagino que solo hay una solución —añadió notando el deseo que volvía a apoderarse de él—, y ésa es la de mantenerte en la cama conmigo.
Inclinó la cabeza y besó sus dulces labios aliviando su pasión. Había puesto demasiadas esperanzas en el acto amoroso de aquella noche, pensó. Al fin y al cabo, desde sus catorce años era la primera vez que había pasado más de un mes, y no digamos ya un año, sin una mujer. No era extraño, pues, que se hubiera mostrado más impulsivo y emotivo de lo normal.
Y en esta ocasión, al hacer el amor, Terry se entretuvo horas y horas, reteniéndose una y otra vez mientras llevaba a Candy de cima en cima en el éxtasis y juntándose a ella luego.
El alba pintaba ya con pinceladas de un rosa encendido el cielo púrpura cuando Terry hizo el amor por última vez con ella y sucumbió a un profundo sueño.
Deshaciéndose con cuidado del brazo que rodeaba su cintura, Candy se apartó un poco bajo las sábanas. Notaba el cuerpo débil, el movimiento poco ágil y un cansancio de lo más agradable después de haber hecho el amor con tanto ímpetu. Dio la vuelta a la cama y recogió su bata de satén.
Se la puso y vaciló un momento mientras contemplaba a su esposo. El castaño cabello se veía muy oscuro en contraste con el blanco brillante de la almohada, y el sueño dulcificaba sus duras facciones y le daba un aspecto infantil. La sábana se había deslizado sobre su cuerpo y dejaba al descubierto su ancho y musculoso pecho así como los brazos. Le sorprendió comprobar que aquella piel también era bronceada. Era la primera vez que se daba cuenta: sin duda había hecho el trayecto hasta Inglaterra sin camisa. Se le veía también más delgado, a raíz de su estancia en la cárcel. Mucho más delgado.
Fue paseando la mirada por todo el cuerpo de él, deleitándose con la libertad de poder hacerlo. Lo encontró espléndido, realmente espléndido, decidió con nostálgica imparcialidad. En efecto, no había sido tan ingenua ni tonta un año antes al haberlo comparado con el David de Miguel Angel.
Inconsciente de la ternura que implicaba el gesto, Candy se inclinó hacia él y con gran cuidado colocó la sábana sobre su hombro, luego se incorporó, pero no se marchó. Se frotó los brazos con aire distraído al recordar que al haberle preguntado él, «¿No me deseas?», se había estremecido.
Pensó en cómo habían hecho el amor la primera vez esta noche, en la perentoriedad y la necesidad que él se había visto incapaz de ocultar, a pesar de su experiencia en el amor. Aquella primera vez para ella había sido la mejor, precisamente porque le había parecido que él perdía el control. La emocionó recordar la disculpa... «Lo siento, cariño, no puedo esperar.» ¡Qué feliz se había sentido con aquello! Qué felicidad saber que mientras él encendía su cuerpo, ella ponía también el suyo en llamas.
Después de aquello habían hecho el amor toda la noche, pero cada vez él había ejercido un rígido control, acariciándola y besándola con la técnica y la pericia de un virtuoso tocando el violin. Sabía que había disfrutado con ella, pero en ninguna ocasión con el dulce abandono de la primera vez.
Y por el contrario, Terry había hecho lo indecible por conseguir que fuera ella la que perdiera el control. Pero Candy ya no era la niña que entregaba su amor eterno tras un beso o toda una noche de tempestuoso amor. Ya no era la muchacha temeraria, ingenua y soñadora. Ahora era prudente, sensata.
Y le fascinaba también de forma peligrosa aquel lado inesperado y vulnerable que había descubierto en su enigmático esposo, pensó apartando la vista de aquel perfil dormido. Volvió a su dormitorio y cerró la puerta con cuidado.
Continuara...? ゚フᄋ?
