Capítulo 25: Heridas de plata

Afuera el Sol brillaba con todas sus fuerzas. La brisa era cálida y arrastraba el olor a salitre desde el mar. El cielo estaba despejado. No había una sola nube a la vista, solo el vasto azul que competía en belleza con el color aguamarina del mar.

El Coliseo, como en cada ocasión especial, borboteaba vida. Las gradas rugían y la arena brillaba bajo el Sol, como si de granos de oro se tratara. Una marejada de gente luchaba por encontrar un lugar en el graderío. Cómo en cada combate todos se habían dado cita ahí: santos, amazonas, aprendices, guardias y algunos pocos aldeanos curiosos; cada cual asombrado bajos sus propios términos. Había voces de júbilo y susurros de respeto. El pueblo clamaba por sangre y su diosa también. Esa mañana, Athena tomaría una vida, para que otra pudiera resplandecer con luz propia. Era un día perfecto para combatir.

Pero dentro del hipogeo, el Sol no calentaba, ni la brisa soplaba. No se apreciaba el aroma del mar, ni tampoco el azul infinito del cielo. En cambio, la piedra sudaba humedad y su olor rancio inundaba la pequeña galería. La única luz que se atrevía a retar a las sombras se filtraba través de los barrotes y por ratos era tan intensa, que cegaba a los ojos acostumbrados a la oscuridad. Los gritos de la audiencia sonaban como aullidos: imposibles de descifrar, pero capaces de erizar la piel. El pequeño túnel temblaba… y Deltha también.

Sentada sobre la arena, que ahí adentro lucía como ceniza, la Koree trataba de concentrarse en nada más que en su propia batalla. Tenía las manos entumidas y la boca seca.

Más temprano ese día, antes de abandonar la cabaña con rumbo hacia el Coliseo, se había despedido de Naia con un escueto "Que Athena te corone." La había abrazado lo más fuerte que le permitieron sus brazos y, en silencio, había suplicado a los dioses, propios y extraños, que la guardaran de cualquier peligro. Confiaba en que Naiara saldría adelante. Confiaba en que, al terminar el día, volvería a verla envuelta en el misticismo de Caelum.

Axelle volteó a verla en ese preciso instante, como si hubiera sido capaz de leer sus pensamientos. Incómoda, Deltha se revolvió en su lugar. Quería a Naia y quería a Axelle, por lo que decantarse por una de las dos era lo más difícil que había hecho jamás. Sentía que era incapaz de mirar a su maestra, de sostenerle la mirada, cuando en el fondo deseaba que Naia saliera victoriosa… a costa de su vida. A pesar de la máscara, la francesa parecía leerla como si de un libro abierto se tratase; y Deltha se sentía miserable de pedir a los dioses la victoria de una, cuando eso significaría la muerte de la otra.

Tiró de las vendas de su mano para apretarlas aún más. Después, movió los dedos repletos de diminutas cicatrices, para asegurarse que no estuvieran limitados de movimientos. Se esforzó todo lo que pudo por mantener la mirada gacha, fija en sus manos, a pesar de que sentía los ojos de Axelle sobre ella. No se sentía con valor para enfrentarla.

Pero entonces, escuchó el susurro de la arena y, antes de que se diera cuenta, la castaña estaba de pie a su lado. Axelle se agachó. Su larga melena, lisa y brillante, acarició el suelo ceniciento. Tomó, entre las suyas, las manos de Deltha y, tal como lo hiciera mil veces cuando era pequeña, escudriñó los vendajes de sus nudillos y dedos.

La revisión transcurrió en silencio, un silencio cómodo y lleno de melancolía.

El ligero temblor que aquejaba a la pelipúrpura cesó, pero fue sustituido rápidamente por un deseo irrefrenable de sollozar en el hombro de su maestra. No lo hizo.

Axelle la había entrenado para ser fuerte, osada y segura. Las amazonas eran así… o se suponía que lo fueran. Cualquier muestra de debilidad de su parte, le indicaría que había fallado; y lo último que Deltha quería era despedirse de Axelle sabiendo que la había defraudado. Por una vez tenía que ser valiente. Era el momento indicado para convertirse en un roble, de ser todo lo que no había sido hasta entonces.

-¿Recuerdas todo lo que dije? –Axelle rompió el silencio, sin despegar los ojos de sus manos.

-Cada palabra.

-Bien, y no las olvides, pequeña.

-No lo haré. –Axelle asintió.

Aprobó con un suave palmeo el vendado de su aprendiza y abandonó su lado para situarse cerca de las rejas que llevaban a la arena. Del lado opuesto al campo de batalla, se distinguía la otra entrada. Podía ver el bronce de los barrotes y, tras ellas, solo tinieblas. Naia estaba del otro lado, lo sabía.

Miró a Deltha de reojo y se aventuró a imaginarse lo que estaría cruzando por sus mentes en ese instante. Todavía recordaba la mañana de muchos años atrás, cuando ella misma se encontró en medio de aquella arena, reclamando su armadura y manchando sus manos con la sangre de su maestra. Recordaba aquel túmulo de sentimientos que le sobrevino y que, con seguridad, Naiara también estaría experimentando.

-No quiero que la culpes por esto. –susurró. Deltha levantó la cabeza y observó como se mantenía inmutable.- No importa lo que suceda hoy en el campo de batalla, no la culpes de nada.

-No… no pensaba hacer tal cosa. –la petición había pillado por sorpresa a la más joven.- Sé que ella nunca habría querido que esto sucediera. Si pudiera salvarte… -"lo haría," quiso decir, tal como Aioros con Orestes, pero la francesa se apresuró a interrumpirla.

-Pero no puede y no podrá. Resignaos, Deltha, y dejadlo pasar. Os necesitareis ahora más que nunca. No os atreváis a daros la espalda. Habéis tenido la bendición de encontrar una mano amiga en este lugar y eso es terriblemente difícil. Os lo ruego, no la desaprovechéis. –hizo una pausa que desató una punzada de dolor en el pecho de la pelipúrpura. Se estaba despidiendo… Axelle decía adiós.- Todo esto, por más doloroso que sea, debería uniros, no separaros. Sed fuertes, mis niñas.

Deltha asintió solamente. Si abría la boca, el temblor en su voz iba a delatarla. Sus lágrimas confirmarían que, cuando Axelle pedía fortaleza, ella se quebraba. Al ponerse de pie intentó respirar lentamente, rebuscando por un poco de calma.

El barullo de afuera se había vuelto mudo para sus oídos y el penetrante olor a humedad ya no le molestaba. Sentía que las manos se le congelaban mientras un sudor frío le recorría la espalda. Deltha se levantó. Esta vez fue ella quien caminó en dirección a su maestra, deteniéndose a su lado. Sus ojos se clavaron en el campo de batalla, aún desierto. La arena se levantaba con cada ráfaga de aire y las sombra que el Sol de la mañana reflejaba sobre ella, desaparecían conforme el astro rey avanzaba hacia su cenit.

-Gracias… –Deltha murmuró. Su voz se fundía con el eco de los gritos y las conversaciones de afuera.- Lo digo por ella y también por mi. –y aún así, pagaban todo lo que Axelle había hecho por ellas robándole su vida.

-No hay nada que agradecer. He hecho lo que me correspondía y ahora es vuestro turno. Demostradme que no he errado. Es todo lo que podéis hacer.

Ojala los dioses la escucharan y les ayudaran… ojala pudieran hacerla sentir orgullosa en su último respiro.

El combate por Apus sería el primero. Deltha sería la primera que pondría en juego su fortaleza. Era una sensación agridulce la que le infundía. Por un lado, moría de miedo. La ansiedad la devoraba por dentro, y el sentimiento solo arreciaba con el paso de los minutos. Pero, por otra parte, agradecía la oportunidad de que Axelle la observara pelear. Tendría su apoyo a pesar de la distancia e, incluso, con un poco de suerte y la bendición de la diosa, podría regalarle una última sonrisa, cuando la viera enfundarse en la armadura por la que había pasado tantas penurias.

A lo lejos, el palco del Gran Maestro aún estaba vacío; la batalla tardaría un poco más en comenzar. Así, Deltha regresó hacia el rincón oscuro del hipogeo, que en esos instantes, a pesar de ser tan lúgubre, le resultaba más acogedor el soleado centro de la arena.

Antes de retirarse, tocó suavemente el brazo de su maestra, en una caricia de despedida. Axelle volteó y los ojos vacíos de su máscara chocaron con los de Deltha. No había forma en que la chica lo supiera con certeza, pero quiso pensar que, en ese preciso momento, la amazona le sonrió. Extrañaba verla envuelta en la magia de Caelum. Extrañaba el suave y cálido cosmos que emanaba de la armadura plateada. No volvería a verla así jamás. Las historias de Caelum y de Axelle tomaban caminos distintos en ese día y nunca más volverían a encontrarse.

Se le hizo un nudo en la garganta y esta vez, por más que se esforzó, no pudo ahogar una lágrima que escapó de sus ojos. Iba a extrañarla… iba a extrañarla mucho.

Sentada en el rincón, se vio apabullada por preguntas sin respuesta. ¿Cuánto más tardaría en comenzar la pelea? ¿Qué estaría haciendo Naia? ¿Cómo se sentiría? ¿Asistirían los chicos a la batalla? ¿Quién sería su oponente? ¿Sería capaz de derrotarle? Solo el tiempo le daría las respuestas que necesitaba.

"Hace frío" pensó mientras se frotaba los brazos en busca de un poco de calor. Se dejó caer en el rincón para volver a perderse en sus dudas.

No entendía porque les hacían esperar, ni porque les sometían a semejantes tortura. Los minutos corrían los suficientemente lentos como para que, de encima, se sumaran más y más de ellos.

A su derecha estaba la puerta que llevaba a la salida. El portón de acero negro lucía como un muro infranqueable, cuyo color oscuro era igual al futuro de aquellos que se atrevían a cruzarlo en un arranque de cobardía o, quizás, de sentido común. Por un momento se le ocurrió que, incluso viendo para el otro extremo, el futuro era igual de negro. Se ganara o se perdiera, nada iba a ser sencillo a partir de ese momento… excepto si uno terminaba muerto.

Abrazó sus rodillas y se forzó a no pensar más en ello. Mientras más vueltas le daba, más aterrorizada se sentía; y lo que menos necesitaba era dejarse atrapar por el miedo.

-¿Cuánto más van a tardar? –preguntó entre susurros. Axelle no le respondió, pero su mirada fija en el palco del Patriarca le dejaba saber que aún no hacía acto de presencia. Se acurrucó todavía más. Estaba lista, ¿por qué la hacían esperar en medio de semejante agonía?- "Maldición."

Transcurrieron un par de minutos que se sintieron como mil. Las voces de afuera arreciaban y los latidos de su corazón lo hacían junto con ellas. ¿Las paredes de la habitación se le venían encima? Probablemente no, aunque eso parecía. De no tener la máscara se hubiera mordisqueado los dedos hasta acabar con ellos, pero no podía. Suspiró. Exhaló. Lo hizo de nuevo. Una vez más. "Calma" se dijo… "Calma."

El chirrido metálico de la puerta la hizo brincar de un susto. Por un momento llevó su mirada hacia la reja que las separaba del Coliseo, pero pronto descubrió que el ruido provenía de la otra. Oyó un par de voces masculinas que intercambiaban palabras afuera. No tardó en reconocer una de ellas. Como un resorte, se puso de pie y esperó por ver su rostro.

-Gracias. –escuchó que le dijo al guardia de la puerta antes de adentrarse a la pequeña celda.

Deltha sonrió; el Sol se había colado hasta las oscuras entrañas del hipogeo.

No recordaba haber visto a Sagitario refulgir tanto. En medio de los tonos grises y verdosos de la piedra vieja, el oro centellaba como el mismo astro rey. Las enormes alas parecían no darse cabida en la estrechez del cuarto, pero tampoco se recogían. Eran grandes, eran poderosas y estaban dispuestas a mostrarse en toda su gloria. El rostro de Aioros se encontró con el suyo y la miró con esos ojos azules, casi grises, que contrastaban de forma exquisita con el tono de su piel bronceada. Los rizos le habían crecido un poco y le acentuaban mejor los rasgos angulados. ¿Cuántos días habían transcurrido desde que obtuviese su armadura? Parecían tan pocos, sin embargo, le habían bastado para pasar de ser un niño, a ser todo un santo. Era tan diferente pero seguía siendo él.

Su mirada todavía destilaba calma, a la vez que infundía fuerzas; y sus gestos se habían agravado levemente, más conservaban ciertos rasgos aniñados. Y, por encima de todo, brillaba su sonrisa; refrescante y hermosa en medio de tanta sobriedad.

-¿Qué haces aquí? –fue lo primero que a Deltha se le ocurrió preguntar.

-¿Pensabas que no iba a venir a verte antes de la pelea? –el castaño negó.- Que mala impresión tienes de mi, Apus.

-Aún no soy…

-Tsh. –el dedo de Aioros se posó sobre los labios de la máscara plateada como si aquello fuera útil para hacerla callar. Curiosamente, funcionó.- Lo serás. Pronto.

Al fondo, Axelle observaba de soslayo. Su cuerpo, al igual que su máscara, mantenían sellados todos sus pensamientos. Lo que le cruzara por la cabeza era suyo y de nadie más.

-Axelle. –Aioros la saludó, inclinando levemente la cabeza. Con el mismo gesto, ella correspondió. Aioros la miró mientras medía cuidadosamente sus planes.

Después, recorrió la celda con sus ojos, recordando la última vez que había estado en un lugar así. No había sido exactamente esa misma celda, sino la de enfrente, donde Naiara esperaba, pero la sensación estaba seguro, era la misma. Ambas mazmorras eran iguales: estrechas, pequeñas y claustrofóbicas. El pánico a lo que seguía las hacía sentir peor. Sin embargo, ahora que había sobrevivido y dejado todo eso atrás, Aioros la veía de una manera diferente.

Aún apestaban a humedad y en la unión de las piedras que la conformaban se veía el moho que crecía por la falta de Sol. Pero el frío que emanaba de ellas ya no era tan intenso ni las sombras lucían tan oscuras. En general, se sentía menos aterrador… aunque igual de triste.

-El Maestro aún no llega. –la voz de Deltha le hizo mirarla.- ¿Se demorará mucho más?

-Está en camino ya.

-Bueno… -la pelipúrpura asintió mientras se frotaba los brazos con las manos, en busca de un poco de calor. ¿En qué momento había comenzado a sentir tanto frío?- ¿Has visto a Naia?

-No, pero Saga fue a verla. Estará bien, Del. Ahora preocúpate por ti misma y por tu combate, ¿vale? –detrás, vio a Axelle aprobar lo que decía.- Naia es fuerte. Estoy seguro de que podrá con esto. –posó sus manos sobre los hombros de la Koree y buscó la mirada de plata.

-Tienes razón.

-Claro que la tengo. –sus manos bajaron y subieron por los brazos de Deltha con suavidad, en una caricia que buscaba infundirle ánimos.- Así que, anda, tranquilízate un poco. Respira. -la chica se mordió el labio e hizo como Aioros le decía. Respiró, superficial y rápidamente. El gesto atrabancado robó una risa al arquero. Meneó la cabeza y dejó que sus manos se envolvieran en cosmos conforme la tocaban.- Eres un desastre.

-¡Oye! –el dedo de Deltha tocó la punta de la nariz de Aioros juguetonamente.

Por un momento, su voz sonó más jovial y eso agradó al arquero. Respondió con una risa, cuyo sonido suave y grave sonó demasiado bien para un sitio como aquel.

-Así está mejor. –dijo él. Sus ojos echaron una mirada fugaz a la amazona de Caelum. Ella, detrás del rostro de plata, lo miraba de la misma forma.

El santo de sagitario podía sentir su mirada sobre ellos a pesar de que sus ojos no eran más que el reflejo muerto de la máscara. Axelle no aprobaba su presencia ahí, ni le venía en gracia su visita. Pero eso ya lo sabía y realmente no le importaba. Había sentido la necesidad de ir y eso era lo que había hecho.

Axelle entendió la indirecta y les dio la espalda, fijando sus ojos de nueva cuenta en el Coliseo.

Aprovechando la oportunidad, Aioros tomó las manos de la koree entre las suyas y la guió un par de pasos más lejos de su maestra. Casi podía ver su rostro a través de la máscara. A esas alturas conocía sus gestos lo suficientemente bien como para dibujar aquel rostro curioso escondido tras la plata. Sonrió al pensar en ello: en sus cejas curveadas, sus grandes ojos marrones y su boca, que seguramente esbozaba una mueca de confusión.

-Vas a conseguirlo, bonita. –acercó su rostro y se aseguró de mirar directamente a los ojos de plata. Detrás de esa mirada hueca, estaba la de Deltha y quería que ella supiera que estaba seguro de cada palabra.- Entrarás siendo una koree y saldrás como la amazona plateada de Apus.

-Pero, y si…

-Nada. –negó con suavidad.- Vas a conseguir esa armadura y te verás preciosa con ella. -la escuchó ahogar una risita, entre resignada y divertida, y él también le sonrió.- Me gustas más cuando ríes. -Echó un último vistazo hacia detrás de la chica, ahí donde Axelle parecía interesarse solo en la arena del Coliseo. Decidió que era el momento, después no tendría otra oportunidad.- Para la suerte. –susurró a Deltha antes de tomar su máscara entre sus manos.

Apartó el rostro plateado de la piel de ella, solo lo suficiente para que sus labios quedaran a su alcance. La sintió sobresaltarse, pero nunca resistirse; y cuando su boca atrapó a la suya, ella respondió.

El beso duró menos de lo que Deltha hubiera deseado. Sin embargo, mientras sintió la caricia de sus labios sobre los suyos, todo lo demás desapareció de su cabeza. La calidez de su piel y la suavidad con que la besaba le obsequiaron un momento de tranquilidad entre tanto caos. Cuando Aioros se alejó y el frío del metal de su máscara volvió a tocarla, dejó escapar lentamente el aliento.

Sentía el corazón a punto de salirse de su pecho y las mejillas le ardían. Temblaba aún, pero era una sensación diferente. Instintivamente miró de soslayo hacia su maestra, rogando porque no les hubiera visto. Después hizo lo mismo hacia la puerta de salida, donde el guardia no se había dado por enterado de nada. Se aclaró la garganta y, mordiéndose los labios, volvió a levantar la mirada para mirar al Sagitario.

Aioros apartó un mechón púrpura que caía sobre su rostro. Le sonrió a sabiendas de que ella también le sonreía detrás de la máscara. Se le acercó una vez, y hablándola al oído susurró.

-Debo irme. Te veré después del combate, Apus. -Aioros se despidió. Caminó hasta detenerse bajo el marco de la puerta y miró atrás, de soslayo. Le obsequió una última sonrisa.- Por cierto, Saga también te desea suerte.-le dijo.

-Dile que se lo agradezco. –Deltha le sonrió.

"Voy a necesitar toda la suerte que sea posible," pensó mientras lo veía desaparecer y portón de metal oscuro se cerraba de nuevo.

-X-

Probablemente, aquella era la primera vez que pasaban más de un par de minutos sin pelear desde hacía meses. Saga le echó una mirada furtiva a su gemelo, como venía haciendo todo el camino, a la vez que la sombra de las galerías del coliseo se cernían sobre ellos. El trayecto había sido silencioso, tan inesperadamente tranquilo… que sus nervios estaban a flor de piel: esperando por el momento en que todo explotara. Estaba seguro de que el simple sonido de un guijarro al caer por las escaleras, sería capaz de pararle el corazón. Se sopló el flequillo y lo miró una vez más. Tenía la impresión de que Kanon no le estaba prestando ni la mitad de atención que él, y casi lo prefería. Lo que menos necesitaba era una discusión allí: no en público, no en aquel momento.

Sin embargo, desde algún recóndito lugar de su cabeza, una pequeña vocecilla le susurraba que debía relajarse. La actitud de Kanon aquella mañana había sido diferente. Para cuando Saga había amanecido, su hermano ya esperaba vestido, y con la taza de chocolate caliente en la mano. No mencionó palabra alguna, apenas lo miró fugazmente. Mas cuando el mayor se envistió con su armadura, las palabras mágicas abandonaron los labios de Kanon: "¿Vamos?" Saga sabía que lo había mirado perplejo, comprendiendo inmediatamente de que hablaba, y terminó asintiendo torpemente.

Y ahí estaban. La humedad de las galerías era palpable, no disminuía a pesar de que aún disfrutaban del asfixiante verano. Incluso, si uno afinaba el oído lo suficiente, podía escuchar el murmullo lejano de las olas golpeando las rocas. El Santuario era un entramado de pasajes subterráneos naturales, verdaderamente complicados.

Miró a los lados fugazmente, preguntándose cuantos cientos… miles, de aprendices y santos habían recorrido aquel mismo camino para nacer y morir. Parecía que había sido una eternidad desde la última vez que estuviera allí, cuando un Aioros que en sus recuerdos parecía mucho más niño, le suplicaba porque ganara su combate. Ahora habían dejado aquella parte de sus vidas atrás, o al menos, se esforzaban por hacerlo.

Había llegado el momento de Deltha y Naiara de brillar. Debía confesar que estaba sutilmente nervioso al respecto. Confiaba en ellas, las apreciaba… o quizá las quería; por nada del mundo deseaba que sufrieran su mismo destino. Sin embargo, antes de que sus pensamientos fueran más lejos, giraron el último recodo y la luz temprana de la mañana, deslumbró sus ojos. El enorme portón negro estaba abierto, sin rastro alguno de guardias por allí. Naia, que abrazaba sus rodillas sentada en uno de los bancos de piedra, se levantó como un resorte cuando les vio. Portaba su máscara, pero estaba seguro de cuál era su expresión.

-Habéis venido. –murmuró. Su voz temblaba, aunque se esforzaba por disimularlo. "Los dos." quiso decir.

-Vamos enana, no es como que haya muchos más sitios donde ir… -Kanon le quitó la máscara despreocupadamente.

La mandíbula de Naia se tensó y su exótica mirada se inundó de unas lágrimas que no quería derramar: menos aún, delante de ellos. Estaba nerviosa, tenía miedo. Deltha estaba a punto de empezar con el combate de su vida, y después le seguiría ella. Apenas hacía una hora, las tres estaban desayunando casi como cualquier otro día. La cabañita en la que habían crecido y compartido toda una vida, lucía triste: su maestra había recogido todas sus cosas. Naia había abrazado a Deltha con tanta fuerza cuando se despidieron, que había resultado doloroso. La había sentido temblar, o quizá era ella misma quien lo hacía, y había sentido sus lágrimas contenidas: habían quemado sus propias mejillas.

Agradeció a los dioses que aquella mañana les hubieran concedido una tregua. Se secó una enorme lágrima de un manotazo y tomó una gran bocanada de aire cuando sintió el tacto dorado de la mano de Saga sobre su melena. Volvió a ver de uno a otro, y por un momento río. Probablemente, aquel era el mejor regalo que podía recibir en un día como ese: verlos a los dos, juntos y tranquilos, como si nada hubiera pasado.

-Así esta mejor. Estaba a punto de salir corriendo si no te secabas esas lágrimas. –murmuró Kanon.

-No te sientan nada bien… -Saga continuó, mientras dejaba que la chiquilla tomara sus manos y los arrastrara hasta el banco con ella.

-No se lo contareis a nadie, ¿verdad?

-Depende… -Kanon sonrió con picardía y se encogió de hombros.- Uno siempre puede sacarle un buen partido a los detalles más pequeños. –La mano de Naia se estrelló sin piedad contra su nuca.

-Idiota.

No dijo nada más. Apoyó la cabeza sobre el hombro de Kanon, mientras estrechaba con suavidad la mano de Saga entre las suyas. El mayor no había dicho gran cosa, pero no importaba. Estaba ahí, mirándola con aquellos ojos que transmitían mucho más de lo que la mayoría podía comprender, y la bastaba. Había entrenado con ella cada día desde que se lo había pedido, al menos un ratito. La había hecho sentir especial, fuerte, valiente… merecedora de aquella armadura que iba a cambiar su vida. Y se lo agradecía enormemente, especialmente por no dejarla sola.

-Póntela. –Saga le tendió la máscara de pronto, tomándola por sorpresa.- Tenemos visita.

Miró sus ojos sin el obstáculo plateado por última vez, y rápida como un rayo, besó fugazmente su mejilla antes de colocársela. No sabía por qué lo había hecho, ninguno de ellos era dado a las muestras de cariño. Simplemente se había sentido bien. Saga se sobresaltó suavemente, pero después sonrió tímidamente a la vez que retiraba su mano.

Apenas un segundo después, Nikos y Keitaro doblaron la esquina.

Kanon, que no se había movido un solo milímetro, a pesar de haberlos sentido llegar tan bien como su gemelo, los miró con cierto aire desafiante. No solamente porque no había olvidado uno solo de los insultos o los golpes que habían recibido de ellos… sino porque sabía lo mucho que incomodaba a aquel par su cercanía con Naia.

-¡Nikos! –la morena se levantó, y lo estrechó en un abrazo.

El chico respondió, tan efusivamente como ella, acariciando su espalda con delicadeza. Saga y Kanon no habían dejado de mirarles un solo instante, preguntándose sin duda cómo era posible que aquellos dos fueran tan iguales y tan distintos cuando estaban separados. Pero era un hecho indudable que Nikos moriría por su hermana, y lo sabían. Aunque solo fuera por aquello…

Saga se sopló el flequillo una vez más mientras se ponía en pie. La mirada de Keitaro lo estaba taladrando desde que se percatara de su presencia, y comenzaba a sentirse ciertamente irritado. Vio fugazmente a su gemelo, que se había dado cuenta del detalle tan bien como él.

-¿Cómo te trata la vida, Cruz del Sur? –Había algo en la manera en que su hermano le hablaba a la gente, que le hacía lucir tan irreverente como impresionante.

-No me quejo. –Aunque el menor de los gemelos sabía que, de tener el valor suficiente, hubiera dicho "mejor que a ti".

-La vida sin Athan es mucho más agradable, supongo.

El chico no dijo nada. Se encogió de hombros e, inmediatamente, su mirada viajó hacia Saga una vez más. El geminiano procuraba, por todos los medios posibles, permanecer atento a otra cosa. Sin embargo, cuando Naia y Nikos rompieron su abrazo, los cinco se encontraron inmersos en un silencio del que ninguno sabía como salir elegantemente.

De pronto, como escuchando sus inquietudes, las campanas resonaron por todo el Santuario. Su eco resonó en las estancia, y desde donde estaba, pudo sentir el escalofrío que recorrió la espalda de la futura amazona, que se había vuelto a verle.

-Tengo que irme. –murmuró. Sabía que el repiqueteo de las campanas era la primera señal de que Shion no tardaría en llegar al palco, y Saga debía llegar antes que él. Naia asintió acercándose un par de pasos hasta él.- Esa armadura esta hecha para ti, pequeña.

-Gracias.

Saga sonrió suavemente y giró sobre sus talones. Deltha no tardaría demasiado en pisar la arena unos metros más allá: ojala ambas tuvieran suerte. Se alejó por el corredor, envuelto en oro y con la capa de seda blanca revoloteando a sus espaldas: sintiendo las miradas clavadas en él, y en su gemelo.

Kanon caminaba a su lado.

-X-

-¡Saga!

La mirada curiosa de Aioria lo recibió tan pronto pisó el palco del Gran Maestro. Le siguieron las de Gigas y algunos consejeros; y por último, la del mismo Aioros. Saga ignoró a los mayores y cruzó el lugar, para detenerse junto al arquero. Revolvió los cabellos castaños del pequeño león y después, tras obsequiar un gesto de saludo a su amigo, sus manos se posaron con suavidad sobre la baranda mientras su mirada se perdía en la marejada de gente debajo de ellos.

-¿Y bien? ¿Cómo la viste? –Aioros le imitó, instalándose a su lado.

-Es su batalla… contra Axelle. Hazte una idea. –dijo en apenas un susurro. Uno nunca sabía quién podía escucharles.

-Me la hago. –Aioros se sopló los flecos. ¡Vaya que si sabía él algo de eso!

-¿Cómo te fue con Deltha? ¿Cómo estaba?

-Entre preocupada y aterrada. Sinceramente, no sé cual de las dos cosas es peor.

-Las dos son pésimas. -Aioros subió las cejas y sopesó las palabras de su amigo. Le concedió la razón.- Kanon estaba ahí. –esa aseveración le sorprendió aún más.- Y Nikos también… además de Keitaro.

-El dúo del mal. –sonrió a medias. Todavía tenían cicatrices que siempre les recordarían a ese par.- ¡Vaya reunión que me he perdido! Casi te envidio… casi. –dejó escapar un risa nerviosa.

-Nikos es su hermano, es comprensible que estuviera presente. Pero, ¿Keitaro? ¿Qué demonios hacía ahí el muy idiota? –guardó silencio y arrugó la frente. El gesto no pasó desapercibido para el arquero.

-¿Dijo algo?

-Nada fuera de lugar. –respondió. "Pero juraría que en algún punto sus ojos veían cosas que no deberían" quiso mascullar, mas no lo hizo.- Pero es un imbécil. –agregó.

Aioros soltó una carcajada que atrajo las miradas hacia ellos. Vio el gesto desaprobatorio de Gigas y de Phaetom, pero les ignoró. A últimas fechas, las miradas desdeñosas por parte de esos dos eran más severas… aunque nunca había esperado nada diferente de ellos.

-Estoy de acuerdo en eso. –retomó su conversación con Saga, aunque esta vez con un poco más de seriedad. Se sopló el flequillo y miró sobre su hombro, hacia donde Shion aparecería en cualquier momento. A su lado, montado sobre la baranda, el pequeño Aioria intentaba seguir la conversación sin mucho éxito.- Joder, me siento nervioso. –admitió.

-Eso parece. –Saga le observó de soslayo. El constante tamborileo de sus dedos sobre la piedra del brocal lo delataba.- Estarán bien, Aioros.

-Lo mismo me digo, pero Apus me ha contagiado sus paranoias. –se cruzó de brazos y esbozó un falso mohín de indignación.

-Siempre fuiste tan impresionable. La otra Apus…

-No, la que no será Apus. –Aioros negó con la cabeza mientras le corregía. Saga entrecerró los ojos con fastidio.

-Ya va, ya va. La otra chica luce calmada. Sangre fría.

-Un punto a su favor. –musitó.

-Eso parece… o quizás podría ser exceso de confianza. En tal caso, no le iría la mitad de bien. –Saga trató de arreglar las cosas. Sin embargo, estaba de acuerdo con el santo de Sagitario.- Uno nunca sabe lo que puede suceder en un combate de sucesión.

-Cierto. –el otro tampoco era tonto y sabía lo que el peliazul intentaba.- De cualquier forma, estos combates nunca suelen ser fáciles.

-Dime que no vas a llorar. –trató de sacarle hierro al asunto.

-Idiota. –Aioros le golpeó el brazo a forma de juego y le devolvió una sonrisa.

-¿Por qué tanto drama? Son alumnas de Axelle; las entrenó para esto. A veces no lo parecen, pero si han llegado hasta aquí es porque tienen lo que se necesita para ser amazonas de plata. –Aioros aprobó, siempre con la mirada clavada en la arena.- En todo caso, si yo fuera tú, extrañaría más el hecho que pronto dejaremos de ver a Axelle meneándose por ahí. Eso vamos a echarlo de menos.

-Por los dioses, ¡qué cosas dices! –Aioros ahogó una risa que pugnaba por escapársele. Pero la cruel realidad acerca del destino de la francesa hizo que algo en su interior se retorciera.- Ellas van a extrañarla más. –acotó, como algo obvio pero que le resultaba sumamente triste.

-Más que nadie.-el gesto pícaro se esfumo.

Cuando el silencio se apoderó de la situación, lo complicado del momento saltó a la vista, más claro que nunca. En cualquier instante, tan pronto Shion arribara, las batallas habrían de comenzar y el derramamiento de sangre con ella. Después de eso, como ambos sabían, nada iba a ser sencillo.

Oyeron, de pronto, el repiqueteo de las sandalias y las armaduras, y voltearon. Shion apareció por las escalinatas, escoltado por Arles y su séquito. El Coliseo entero se sumió en un silencio solemne cuando su figura se vislumbró. Las cabezas se inclinaban a su paso y la gente en el palco le abría paso. Los dos jóvenes santos no fueron la excepción, y al igual que el resto, ofrecieron sus respetos al hombre más cercano a la diosa. Eran lo únicos envestidos en oro. Los demás se habían ido. Únicamente Aioria rompió el protocolo. Con el candor de su niñez, permaneció de pie y le saludó con una enorme sonrisa. El viejo le acarició la cabellera, igual que a Mu, agradeció los gestos de respeto y tomó su lugar en el trono.

Se sentó con cuidado, casi con trabajo. Arles, siempre atento y vigilante, se esforzó por facilitarle la tarea, pero su debilidad resultó visible para muchos.

Ni Saga, ni Aioros querían admitirlo; sin embargo, el tiempo robaba lentamente la salud del Patriarca. El Maestro era un hombre de muchos años, más que los de un par de siglos podían contar. Había visto decenas de generaciones nacer, vivir y morir. Pero el ocaso de su vida llegaba a pasos agigantados, y todo parecía indicar que sería la presente generación la que le vería partir.

La gruesa cadena, de eslabones gruesos e incrustaciones de piedras de colores, repicó cuando Shion se sentó en el trono. Su túnica, larga y blanca, acarició el piso; y sus largos dedos se aferraron a los brazos del asiento de piedra y oro. Arles se acercó para susurrarle algo al oído. El lemuriano aprobó mientras su máscara resguardaba cada gesto que delatara su pensar.

Shion suspiró profundamente. Lo notaron en el marcado movimiento de su pecho al subir y bajar.

En su mente, recitó su eterna plegaria, aquella en la que rogaba que la sabiduría de Athena coronara al vencedor y acogiera en su misericordia al vencido. La había repetido una y otra vez, antes de cada combate, y creía con todas sus fuerzas que nunca la había fallado. Su señora era bondadosa al escucharle y sabia al responderle.

Las puertas de la arena se abrieron lentamente. El metal rechinó y se quejó aún con más fuerza cuando alcanzó su límite. Poco a poco, las dos figuras de las contendientes se dejaron ver mientras el murmullo de la audiencia arreciaba a cada paso que daban,

-Adelante. –se escuchó la voz del Gran Maestro.

El resuello de ambas chicas se perdió en el rugido de la gente. Era el momento de comenzar la batalla.

-X-

La primera impresión que había tenido al ver a la otra chica en medio de la arena no le había servido para marcar una diferencia.

Loana era su nombre… o al menos eso era lo que Arles le había dicho. También le había dicho que era rumana y que tenía catorce años, uno más que Deltha. Aioros estaba seguro de que el santo de Altair le respondería todas sus preguntas con tal de que, eventualmente, sus dudas se ahuyentaran y su boca se callara. Estaba siendo fastidioso e insistente, lo comprendía; pero simplemente se sentía en la necesidad de preguntar.

Al principio sus cuestionamientos habían sido los obvios. ¿Cuál era su nombre? ¿Su edad? ¿De dónde provenía? ¿Quién era su maestro? ¿Cuál era su lugar de entrenamiento? Cosas básicas que Arles había respondido con simpleza. Sin embargo, mientras más información había exigido, menos cordialidad encontró en las palabras del rubio y más recelo en las miradas de sus acompañantes. Incluso Saga había rodado los ojos en un par de ocasiones, aunque Aioros se había esforzado por ignorarle. La verdad de las cosas era que estaba nervioso, y cuando se sentía así, siempre solía hablar de más.

La gota que había derramado el vaso fue cuando Aioria, con el ceño fruncido y la boca torcida, se volteó hacia él.

-Hermano, déjanos mirar. –demandó como el pequeño león que era.

Eso había bastado para que la lengua de Aioros se le congelara en la boca… eso, sumado al súbito atragantamiento de Saga, a la risilla tímida de Mu, al suave asentir de Arles y aquel leve movimiento de cabeza de Shion, que indicaba que estaba de acuerdo con el chiquillo castaño. Después de eso, se había callado y centrado su atención en nada más que la pelea.

Tal como había pensado al principio, Loana no era muy diferente a Deltha. Quizás era un poco más alta y un tanto menos desgarbada, pero no eran muy distintas en físico. Ambas se movían bien, aunque el recelo les exudaba en cada poro.

El principio del combate había sido lento, minucioso, de movimientos medidos y de muchas precauciones. Deltha, al igual que Loana, parecía mas preocupada en encontrar alguna grieta en la defensa de su contrincante que en atacar. Se habían esquivado la mayor parte del tiempo. Sus golpes había dejado marcas rojizas y arañazos en la piel de la contraria, pero ningún daño considerable.

"Rápidas. Son muy rápidas."

Aioros había entrenado en un par de ocasiones con Deltha y gratamente había descubierto que su velocidad era un tanto superior a la de cualquier santo de plata, aunque todavía muy distante de la de él. En aquel entonces pensó que, al final, sería una ventaja para ella, cuando llegara el momento de la pelea definitiva. Sin embargo, ahora, mientras más analizaba los movimientos de la rumana, más creía que tal ventaja no existía. Se sabía desde antes que Apus debía ser veloz, y ambas demostraban que cumplían con ese requisito.

Intercambiaron unos cuantos golpes y, con pesar, Aioros tenía que admitir que la ventaja era de la rumana en ese rubro. Deltha nunca había sido buena con los puños. No recordaba cuantas veces había intentado ayudarla a perfeccionar sus ataques físicos, pero a juzgar por lo que veía, no había servido de mucho.

Se sopló los flecos. Si la pelipúrpura quería ganar esa pelea, tendría que mantenerse alejada de los puños de su contrincante.

Pero Loana era insistente y, como el cazador que huele la sangre de su presa, no se quitaba de encima de Deltha. La atacaba todo lo que podía, hasta donde podía. La obligaba a perder terreno. A cada paso, la acorralaba, dejándole ninguna oportunidad de salida. Cuando llegó el punto en que la griega no podía retroceder más, los puños cayeron imbatibles sobre ella.

"Vamos… repélela." Pensó Aioros. Deseó poder ayudarla, pero no podía intervenir.

A veces, como en ese momento, a Aioros le parecía sumamente frágil. En ocasiones pensaba que Deltha no estaba hecha para un lugar como aquel, que era difícil verla encajar en el Santuario. Pero había sobrevivido lo suficiente como para ganarse un lugar en esa batalla y para competir por una de las ochenta y ocho armaduras de Athena. Sí, tal vez era pequeña y frágil; sin embargo, estaba demostrando que tenía corazón para ello.

Vio a Naia pegada a la reja cercana, apretando las barras de metal casi con tanta fuerza como él apretaba los puños. No alcanzaba a escuchar nada por el bullicio de las voces, sin embargo sabía que la animaba. Aioros rogó porque pudiera escucharla. Sabía que las palabras de su amiga infundirían ánimos en la aprendiza de Apus.

Y ahí estaba Deltha, con sus brazos como única defensa ante los embates de Loana… una defensa insuficiente. El aumento en su cosmos llegó a sus sentidos y atrajo de nueva cuenta su completa atención en la pelea. La vio envuelta en su energía, en un aura blanquecina, cálida y sutil. Lo que parecía una cortina de humo blanco se tornó en pequeñas esferas, como estrellas de muchos tamaños. Se arremolinaron en torno a la pelipúrpura, girando en órbitas alrededor de su cuerpo.

Danza de plumas! –Aioros sonrió.

Un huracán de plumas plateadas surgieron a partir del mar de estrellas de cosmos. Volaron alrededor de Deltha, con vientos huracanados, como una muralla difícil de librar para cualquier enemigo. Loana soltó un grito mientras las plumas desgarraban su piel y la obligaban a retroceder en medio de las gotas de sangre que le arrancaban.

Aioros respiró, y Deltha también.

Con la rumana lejos, la griega se dio permiso de un respiro. Resultó evidente a los ojos de Aioros que los golpes habían hecho más daño del que había pensado en un principio. Tenía los brazos enrojecidos, varios arañazos por todo el cuerpo y un hilo de sangre corría por debajo de su máscara, resbalando sobre su cuello. Estaba agitada y sumamente nerviosa, el arquero lo sabía por la forma en que sostenía su defensa, a pesar de las plumas de cosmos aún revoloteaban a su alrededor.

Pero la batalla apenas había comenzado.

Loana, a la que miró de reojo, también estaba herida. Batallaba por un poco de aire, pero estaba lejos de ser derrotada. De la misma forma en que hiciera Deltha antes, la rumana alzó su cosmos. Aioros lo contempló detenidamente. Era de un tono azulado y mucho más indómito que el de la griega.

Vio a Deltha retroceder y eso no le gustó. Lo correcto era atacar, no darle espacio de recuperarse. Ahora que no la tenía encima, era el momento para no darle descanso, de la misma forma en que la otra lo hiciera antes. El torbellino de plumas se hizo más denso conforme la pelipúrpura esperaba el contraataque de Loana. El arquero esperaba que eso fuera suficiente para mantenerla entera… aunque no podría basar su combate entero en un barrera de defensa.

Vuelo de Apus!

Como una saeta, la rumana se abalanzó sobre Deltha. Si Aioros pensaba que antes era rápida, ahora lo era mucho más. Cientos de golpes colisionaron contra la defensa de Deltha, que resistió con éxito el primer impacto. La lluvia de ataque, sin embargo, prosiguió. Mientras más durara, el santo de Sagitario sabía que sería peor para la koree griega.

"El ataque es la mejor defensa. ¿Qué esperas?" habló para si mismo.

Tal como temía, la defensa de Deltha colapsó unos instantes después, dejándola a merced de la tormenta de golpes de Loana. Aioros se mordió los labios cuando la vio caer. Oyó sus quejidos y frunció el ceño con nerviosismo. Aioria, trepado en la baranda, ahogó una exclamación.

Miró a Apus, la armadura, a unos metros de donde él estaba. Era la primera vez que la veía fuera de su caja. El metal brillaba bajo el Sol, como si quisiera lucirse después de tanto tiempo aprisionada. Hacía años que nadie la portaba, por lo que a Aioros se le antojó pensar que la más ansiosa aquel día era precisamente ella. Shion decía que los ropajes vivían y que, a la vez, se alimentaban del cosmos de sus portadores; Apus tenía que estar hambrienta de vida, de Sol y de energía.

Desvió su mirada añil, de regreso a Deltha. Se había levantado y enfrentaba de nueva cuenta a su contrincante. Estaba todavía más magullada y, si Aioros tuviera que decir algo más, afirmaría que también estaba confundida.

-¿Qué hará ahora? –Aioria volteó el rostro para mirarle de frente mientras preguntaba.

-Tiene que seguir peleando. –fue lo único que atinó a responder.

Loana se había preparado para seguir con el despliegue de fuerzas. Su cosmos, todavía ardiendo, la rodeaba; y estaba lista para el siguiente embate. En ese preciso instante, Aioros vio a Deltha voltear hacia donde estaba Axelle. Sabía que verla le infundía fuerzas, que el apoyo de su maestra era lo que necesitaba para seguir adelante. Deltha haría todo por hacerla sentir orgullosa.

"Sé fuerte, Del."

Los dos cosmos ardieron, tiñendo el Coliseo con el color de sus auras. Por un momento le pareció ver el reflejo de Apus en el fondo, aunque quizás era pronto para saber cual de ellas proyectaba la sombra.

La rumana se rodeó de cosmos. Deltha también. A Aioros le pareció que su energía se agrupaba tras de ella, como un par de alas. Eran las alas que necesitaba… las que la llevarían alto. Tenía que abrirlas y confiar en ellas. Estaba seguro de que ella era Apus, de que Athena la había elegido. Pero Deltha tenía que creerlo también. Solo cuando lo comprendiera, entonces sería capaz de ganar esa pelea.

Vuelo de Apus! –exclamó Loana mientras emprendía el ataque.

Los ojos del arquero se centraron en la griega. La distancia entre ambas se acortaba. Deltha, entonces, atacó también. Aioros contuvo la respiración. La vio brincar. Las alas se extendieron y un tono oscuro se apoderó de su cosmos. Desde el cielo, su silueta se proyectó sobre su contraria, que continuó sus ataques.

Alas de luz y sombra!-Deltha gritó.

"Como el ave que caza en las alturas" fue lo último que Aioros pensó antes de que el resplandor le impidiera ver como había terminado todo.

-X-

Supo que estaba apretando los puños con demasiada fuerza cuando el propio guantelete de la armadura le hizo daño. También notó que retenía el aliento y su mandíbula estaba más tensa de lo que hubiese querido. Sentía las miradas sobre él, pero la suya estaba clavada en el campo de batalla, donde Deltha yacía de rodillas sobre la arena.

Vio a Loana frente a ella; herida, tambaleante, sumamente débil… pero aún en pie. La rumana rengueó un par de metros hasta donde estaba la pelipúrpura y permaneció ahí, observándola. Al igual que sucedía con Deltha, Aioros podía asegurar que estaba agotada. Su pecho subía y bajaba frenéticamente. Era fácil adivinar que boqueaba por aire. Extendió su mano. Su palma se iluminó con el color cerúleo del cosmos. Aioros sabía lo que seguía.

-Ponte de pie. –dijo en un susurro, a pesar de que sabía que ella no podía escucharle.- "Ponte de pie, o todo habrá terminado."

Como si le hubiera oído, la vio intentar levantarse. Sus manos vendadas y manchadas de sangre se hundieron en la arena, conforme Deltha se esforzaba por volver a ponerse en pie. Aioros pensó que lo había conseguido, pero trastabilló y volvió a caer.

Por un segundo, el santo apartó la mirada. Sentía que no podía verla así. Percibía su dolor, su miedo y su impotencia. La sentía temblar como si estuviera a su lado. El rastro de sangre que se escurría por debajo de la máscara le hacía cuestionarse la gravedad de sus heridas. Si seguía así, si no conseguía reponerse, entonces… Un escalofrío le recorrió el cuerpo y volvió a agachar la cabeza, preocupado. Sin embargo, suspiró. Frunció el ceño y se reclamó a si mismo. "Le dijiste que confiabas en ella. Hazlo. Confía en Deltha." se dijo, y se forzó a levantar la mirada para seguir observando.

Las voces del público rugieron en sus oídos. Demandaba el final que se vislumbraba cada vez más cercano. Tragó saliva.

Justo cuando suplicó por un milagro, los dioses se lo concedieron. De pronto, como si el viento susurrara, un suave silbido llegó a sus oídos. Aioros frunció más y más el ceño, mientras se concentraba en escuchar con atención la canción del aire. Primero pensó que sus nervios le jugaban una mala pasada, pero se convenció de lo contrario cuando, junto a él, Saga esbozó una expresión de curiosidad tan obvia como la de él mismo. Incluso Aioria se había encaramado un poco más sobre el rastel, buscando de donde provenía aquel resuello. Poco a poco, las voces que clamaban por el final se apagaron y solo el murmullo de la melodía resonó en el Coliseo.

-Es… es Deltha. –murmuró el pequeño león.- El sonido viene de ella. -al asentir, Aioros le confirmó que estaba en lo correcto.

Deltha le había contado en un par de ocasiones acerca de esa técnica, de cómo había la había planeado pero jamás había conseguido que funcionara del todo. Había pensado que no se atrevería a usarla. Sin embargo, sus ojos, su cosmos y sus oídos le decían lo contrario. Se puso nervioso. Rezó a los dioses porque funcionara.

Observó con atención y descubrió algo importante: Loana se había detenido. Se había congelado en su lugar, como si hubiera caído presa de un hechizo. El cosmos que había reunido en su mano para terminar con la pelea se había esfumado, dejando solo su mano extendida, en un gesto que había perdido todo aire de amenaza.

Por el contrario, la griega parecía despertar lentamente. Deltha, que hasta entonces había mantenido el rostro gacho y oculto entre las hebras de cabello púrpura, levantó la mirada lentamente. Llevó uno de sus dedos hacia sus labios, como si le ordenarse a su contrincante que guardara silencio. La fuerza del silbido arreció, y conforme lo hacía, el cosmos de la koree crecía también.

El castaño volvió a apretar los puños y se mordió los labios al observar como Deltha luchaba por ponerse de pie. Lo consiguió, lentamente y en medio de tropezones… pero Loana seguía inmóvil. Desde donde estaba, Aioros veía temblar a ambas; una de miedo y la otra de debilidad. Restaba dar el último el golpe, y por los dioses, Aioros sabía que ese era el más difícil.

La melodía continuó mientras el público seguía guardando silencio. Todas las miradas estaban en las jóvenes que pisaban la arena.

Deltha miró a su oponente; y Aioros casi creyó escucharla susurrar algo. "Se disculpa." pensó. "Laméntalo, Del, y jamás olvides su muerte… pero no te detengas."

-Canto de los muertos. –la escuchó decir y la suave melodía se tornó en un chillido tan fuerte que la piel se le erizó. Sonó con el mismísimo grito de la muerte, como el aullido de dolor que escapa de la garganta de un alma muerta.

El cuerpo de Loana se derrumbó, cayendo sobre la arena con un golpe seco. Se había terminado. Deltha se mantuvo de pie, aunque jamás se explicaría como consiguió tal cosa. Estaba agotada, consumida. Quizás lo que la sostuvo fue un reflejo, o quizás la fuerza de la armadura que la vistió con presteza, cobijándola con su calor. Apus era hermosa, brillante, grácil y única. Era todo lo que el arquero veía en la chica.

La sonrisa de Aioros brilló en su rostro justo cuando el estallido del público resonó en sus oídos. Se permitió contemplarla, con una mezcla de orgullo y de nostalgia. Tal como él había predicho, saldría de ahí convertida en una amazona. Ya no era su koree y tampoco era solamente Deltha; algo había cambiado y, a pesar de no poder definirlo, le gustaba.

"Deltha de Apus."

Se escuchaba bien… Sonaba perfecto.

-X-

Axelle nunca había sido dada a pedir favores ni tratos especiales. Asumía dignamente el rol que le había sido otorgado por los dioses en ese mundo y se atenía a ello de la mejor manera posible. Le habían enseñado, desde que era pequeña, que su vida tenía una misión, un objetivo mucho más grande que su propia existencia.

"Has nacido, crecido, aprendido y vivido por Athena. Y morirás por ella también."

Nada se le había grabado más en la cabeza que aquellas palabras saliendo lentamente de la boca de su maestra. Al igual que hiciese ella ese día más temprano, su maestra la había acercado, la había mirado a los ojos y le había recordado todas y cada una de las cosas se esperaban de ella. No lo había hecho como una amenaza, ni mucho menos para amedrentarla, sino para hacerla entender lo mucho que significaba su vida para una diosa como lo era Athena.

Por muchos años más vivió pensando en ello. Cada mañana, al despertar, y por la noche al acostarse, se había preguntado cuál era el sentido de la vida de un guerrero que no tenía guerras que pelear. Su generación, al igual que la que le antecedió y muchas más, vivían en los llamados tiempos de paz. ¿Por qué necesitaría Athena a un ejército que se sentara a mirar las estrellas? Varios años más tarde, la respuesta que buscaba llegó a su puerta, disfrazada tras los rostros angelicales de un par de niñas que conocería con los nombres de Naiara y Deltha.

En aquel entonces se sintió desconcertada. Era demasiado joven para tomar en sus manos el destino de dos aprendizas y demasiado inexperta para enseñarles el arte de convertirse en amazona. Descubrió, tras varias caídas y tras mucho levantarse, que ese sería un proceso en el que las tres crecerían juntas. Entendió que las guerras no se ganaban solamente con los puños y que su cosmos no se había desarrollado solo para hacer daño. Axelle aprendió que, después de todo, sí estaría ahí, cuando la Guerra Santa llegara, para pelear junto a su diosa. Su cuerpo yacería como cenizas en el aire, pero su legado permanecería. Aprendió que no sería su fuerza la que contribuiría a la victoria de su señora, sino que serían sus palabras. Axelle, como todos sus contemporáneos y también como aquellos que le precedieron, sembraban las semillas que Athena, en persona, habría de cosechar. Ellos moldearían el destino en las mentes y corazones de aquellos pequeños, que algún día crecerían y formarían parte de las huestes de Athena.

Su labor, más dulce de lo que le hubiera gustado admitir, terminaba ese día. Todos esos años que habían compartido se reducían a un solo momento, a un solo golpe. Después de ese día, su cuerpo regresaría a la tierra y su espíritu dormiría, hasta la siguiente reencarnación. Había pedido a Athena que la dejara presenciar el final y la diosa le había cumplido. Ahora era el momento de que Axelle le presentara sus triunfos.

Así, se había acercado al Gran Maestro y solicitado un único y último favor: "Dejadme verlas envestidas en plata. Permitidme morir tranquila." Y Shion no había sido capaz de negarle tal petición.

Su batalla se había programado en el último turno, para que no tuviera que marchar al mundo de los muertos en ascuas. Habría de conocer el destino de Deltha y habría también de ayudar a Naia a sellar el suyo. Pues bien, ahora había cumplido parte de su deseo. Una de sus pupilas, probablemente la que más le preocupaba, salía airosa de su batalla y, a partir de entonces, se enfundaría en una armadura de plata. Axelle se sentía complacida. Sin embargo, todavía no había terminado.

Naia era, por mucho, la más parecida a ella misma. Era fuerte, aguerrida, tomaba riesgos y entendía lo que debía hacerse. Axelle no tenía duda alguna de que conseguiría reclamar a Caelum y estaba completamente segura, de que haría honor a su constelación. Sus preocupaciones con respecto a la morena, eran otras. Por más que Naiara conociera y entendiera la batalla que estaban a punto de librar, el último deber que tenía como aprendiza era el de tomar una vida; y no una cualquiera, sino la vida de su maestra.

Axelle sabía un par de cosas sobre eso. Cuando era joven, ella había hecho lo mismo que ahora le exigía a Naiara. No había sido fácil. Había noches en las que aún soñaba con ese día. Soñaba con su rostro, con su sangre y con su voz. Le resultaba increíble como podía haber memorizado tantos detalles de esa pelea y como habían permanecido tatuados en su mente a pesar de los años. Los recuerdos eran tan vívidos, que incluso, en un par de ocasiones se había cuestionado si las cosas realmente habían sucedido así, o si eran solo un invento de su mente joven y confundida. Se preguntó si para Naiara sería igual, si terminaría compartiendo las inquietudes que ella experimentó toda su vida.

Deseó que fuera diferente. La carga era pesada y no la quería sobre sus jóvenes hombros. Pero a la vez, comprendía que no podía ser de otra manera. En algún lugar de su corazón supo que Naia podría con eso… y que su recuerdo, con un poco de suerte, haría de ambas mejores personas y amazonas.

Las campanas repicaron de nuevo mientras la pesada reja de metal que la separaba del campo de batalla volvió a rechinar al levantarse. La sombra que los gruesos barrotes proyectaban se fue esfumando paulatinamente y el brillo del Sol se coló en la celda. El sonido de las voces se oyó con más fuerza en el momento justo que su pupila abandonaba la penumbra de su mazmorra y sus pies acariciaban la arena dorada del centro del Coliseo. Los rayos del Sol hicieron brillar su máscara plateada mientras una ráfaga de viento jugueteaba con aquella larga melena, oscura como el ébano.

Axelle suspiró profundamente. El aire llenó sus pulmones, empañado del aroma de la batalla. Su cuerpo se movió por instinto y los tacones de su botas se hundieron en la arena.

Caminó, lenta y segura. Caminó en busca del destino.

El presente, el pasado y el futuro se dibujaron frente a ella con cada paso. Los vio pasar con el corazón henchido de emociones. Respiró de nuevo. El aire olía a mar, a Sol… a paz.

Sí, Axelle se iba en paz.

Sus ojos encontraron la máscara de Naiara e imaginaron el rostro detrás de ella. La recordó como la niña que alguna vez fue, pero la reconoció como la joven que ahora era. Una diminuta sonrisa se apoderó de sus labios.

"Resplandece, pequeña Caelum. Brilla como solo tú sabes hacerlo." pensó.

-X-

Cuando contempló el primer intercambio rápido de golpes, Kanon no pudo más que sonreír. Recordaba a la perfección aquellos días en que, le gustaba creer, había enseñado a Naia a perfeccionar sus puñetazos. Siempre le había parecido una mocosita valiente, aunque nunca se lo había dicho. Ahora se preguntaba si, quizá, debía haberlo hecho en algún punto.

Podía sentir sus nervios desde donde estaba. La morena temblaba ligeramente mientras se defendía de los continuos envites de su maestra. Tras aquella máscara, estaba seguro solamente lucía determinación… como siempre que peleaba. Sin embargo, no hacía falta ser un genio para notar lo triste y asustada que estaba. No podía culparla. Axelle había sido una hermana mayor, casi una madre para las dos korees: las había enseñado todo lo que sabía, y las había querido. Axelle les había regalado una vida entera de dedicación. Probablemente había sido igual de dura que todos los demás santos y maestros del Santuario, pero aquella mujer siempre había sido diferente. Suponía que era difícil pelear con la única intención de matarla.

Se sopló el flequillo cuando Naia cayó estrepitosamente al suelo.

La koree apretó los puños mientras aún estaba en el suelo, y se levantó como un resorte. Su pecho subía y bajaba con rapidez: mezcla del cansancio y la ansiedad. Aún así, ahora que al menos su inquietud acerca de lo que sucediera con Deltha se había disipado… Kanon confiaba en que la chica reaccionara.

-Vamos… -murmuró el peliazul. Los preámbulos de los combates siempre le habían parecido absurdamente largos. Era como jugar al gato y al ratón: el alumno no se atrevía a ir a más, y el maestro no estaba dispuesto a despedirse tan rápido. Solamente servía para agotar al contendiente más joven, y obligarle a utilizar el cosmos.

Sin embargo, tal y como si le hubiera oído, Axelle quemó su cosmos escarlata. Su larga melena castaña se agitó furiosa a medida que su propia energía ganaba fuerza: como si de un remolino se tratase.

Tormenta de polvo estelar! –gritó.

Naia saltó atrás tan rápido como pudo, y cuando aún estaba en el aire, desapareció fugazmente de su vista.

Kanon sonrió. Caelum era una constelación asombrosamente parecida a Aries o Esculptor: era su termino medio, como su rango de plata determinaba. Y como tal, sus técnicas y habilidades eran muy similares, con la diferencia obvia de poder entre unos rangos y otros. Aún así, Naia había mejorado muchísimo en los últimos días.

Hacía un par de semanas, o quizá tres, la morena era un mar de frustración. No lograba dominar la teletransportación, aunque había mejorado ligeramente con la telequinesis. Era consciente de que su nivel nunca estaría a la altura de un ariano, pero de todos modos, debía ser capaz de usar esas habilidades en momentos puntuales. Aquel era uno de ellos.

Apareció un par de metros más allá. Su cosmos nunca había dejado de sentirse, por lo que alguien con un nivel como el de Kanon podía rastrearla fácilmente a pesar de haber desaparecido de su campo visual por unos segundos. Sin embargo… lo había conseguido. La Otra Dimensión podía utilizarse de un modo muy similar a aquel, y Naia les había visto usarla infinidad de veces.

La koree adoptó una postura más relajada y retomó el control de su cosmos. Su luz plateada creció, hasta tornarse ligeramente deslumbrante. Manó de ella, extendiéndose suavemente por el suelo con dedos plateados, como una sutil caricia de algodón, y fue aumentando paulatinamente. Cuando la mayor parte de los presentes quiso darse cuenta, la Niebla de Estrellas lo cubría todo.

-X-

Aioros, mucho más tranquilo que antes, no se sorprendió cuando Saga sonrió con cierto orgullo plasmado en el rostro. Desde que las cosas se habían puesto interesantes en la arena, aquel gesto no había abandonado el rostro del geminiano.

-Esa es una técnica interesante. –murmuró el arquero. Saga asintió.

-La cantidad de polvo estelar que surge de su cosmos es increíble. -¡Vaya si lo era! Había pasado estornudando horas gracias a eso.

Los últimos días no habían sido fáciles. La presión había comenzado a desbordar a Naia: la incertidumbre por lo que pasaría, la más que segura muerte de Axelle, el combate de Deltha… Había resultado todo tan pesado para ella, que su evolución se había estancado en cierto punto, a medida que el gran momento se acercaba.

Cada día habían entrenado un rato en la playa. No hacían nada en especial, pero la diferencia de velocidad entre uno y otro la obligaba a esforzarse cada vez un poco más. Saga recordaba como le había dado una patada a la arena, llena de rabia… y, entonces, la idea surgió de la nada. Sus habilidades de telequinesis y teletransportación por si mismas no la servirían de mucho contra un rival que las dominase, Naia lo sabía. Quizá la segunda pudiera serla útil para esquivar golpes, como en aquella ocasión, pero no la telequinesis. Sin embargo, el control que tenía sobre ellas era suficiente para manejar pequeños cuerpos y generar el caos con las partículas más diminutas. Aprovechó la propia arena, las diminutas briznas de tierra, y los guijarros escondidos: partículas que podía absorber de casi cualquier escenario. Solamente necesitó añadirle su propio cosmos y el polvo de estrellas que generaba de modo natural.

Una vez lo hubo conseguido… la niebla plateada que la rodeó se erigió como una defensa magnífica y un interesante medio de camuflaje para preparar el contraataque.

Lluvia de Estrellas! –su voz desgarró el silencio de la niebla, y su cosmos enfurecido se abrió paso entre la bruma esponjosa.

-X-

Aquella había sido una estrategia brillante. Naia siempre solía pecar de irreflexiva cuando peleaba, pero de alguna manera, la Niebla de Estrellas le había servido para calmarse y pensar bien el siguiente movimiento. Los centenares de golpes envueltos en cosmos que había asestado habían sido perfectamente medidos, con la potencia necesaria, sin derrochar nada. Había sido asombrosamente firme y mucho más potente que el de la maestra, a pesar de que la francesa había usado su técnica suprema.

Axelle golpeó el suelo con su espalda unos metros más allá. Su alumna la miraba desde el otro lado, dudando, preguntándose –Kanon estaba seguro de ello- si es que no había ninguna otra manera de vestir a Caelum. La amazona se puso en pie de un salto, y no le dio más tiempo de pensar.

Contraatacó rápidamente, con una nueva sucesión de puños y patadas que dejaban una hermosa estela de polvo estelar a sus espaldas. Aquella pelea era una maravilla para la vista.

-¡¿Eso es todo lo que sabes hacer? –gritó mientras acosaba a Naia sin parar. La koree nunca contestó. Si el cosmos fuera capaz de llorar, el peliazul estaba seguro de que se sentiría como el de ella.

Miró fugazmente a su izquierda, donde sabía que encontraría a Nikos y a su inseparable Keitaro. El semblante del santo de Orion era tan grave, y su mirada se veía tan concentrada, que era como si desde allí estuviera empujándola con todas sus fuerzas a la victoria: a estirar la mano y cogerla con valentía.

Naiara era una chiquilla afortunada después de todo. Había mucha gente ahí que rezaba por ella, que la animaba en silencio… Nikos, Deltha –algo muy grave tendría que suceder para que la más pequeña no prestara atención desde la Fuente-, Aioros, Saga… y él. Pero por encima de todos ellos, Axelle.

-X-

A pesar de que le resultaba inadecuado disfrutar de ciertos privilegios mientras alguien se jugaba la vida metros más allá, Saga le dio un sorbo a la copa de ouzo que reposaba en la bandeja. Dejó que la dulzura del líquido translucido calentara su garganta mientras procuraba no perder detalle alguno de lo que sucedía en la arena, con la única esperanza de relajarse un poco.

Si algo bueno tenían los combates de sucesión de los rangos menores, era su brevedad. Poco tenían que ver con lo que duraba una pelea por las armaduras doradas. Sentía lástima por Axelle, para su gusto una de las mejores amazonas –sino la mejor- que había en el Santuario. Pero deseaba con todas sus fuerzas que el enfrentamiento terminase cuanto antes. Sería igual de doloroso, sin duda… pero el sufrimiento no sería tan largo.

Por un segundo, recordó a Zarek y frunció el ceño. Buscó a Kanon entre el público, y no le resultó difícil encontrarlo: su cosmos era tan igual al suyo que no importaba cuan lejos estuviera, siempre podía sentirlo. Aunque cada vez con menos intensidad… Sabía de sobra que lo verdaderamente doloroso para él, había sido pelear con Kanon, no con su maestro. Aunque verse las manos manchadas de su sangre había resultado impresionante y sobrecogedor.

¿Qué sentiría Naia cuando Axelle cerrara los ojos por última vez? ¿Cuándo terminara por aceptar que había sido ella quién había segado su vida? Nadie estaba preparado para eso, y probablemente, las korees menos que nadie. Siempre habían estado condenadas a la soledad y el recelo… ni siquiera se apreciaban entre ellas. Tener a alguien como Axelle era un privilegio con el que todas soñaban pero solamente unas pocas disfrutaban. Naia y Deltha, formaban parte de ese reducido grupo.

Pero la griega lo estaba alargando. El combate había alcanzado una intensidad frenética, convirtiéndose en un espectáculo para la vista, pero se había estancado. Saga sabía de sobra por qué lo estaba haciendo: no encontraba valor suficiente. Sin embargo, a medida que pasaba el tiempo Axelle se crecía más y más, dispuesta a llevar a rastras a su alumna hasta la gloria.

Red de Cristal! –escuchó gritar a Naia.

El cosmos de Axelle se enredó sin remedió en aquella finísima maraña de cosmos. La técnica no tenía la extraordinaria capacidad del Muro de Cristal de Aries para detener los golpes e incluso devolverlos: pero a su manera, se le acercaba mucho. Sus ojos podían ver a la perfección como el cosmos escarlata de la francesa corría por los hilos plateados, como si Naia absorbiera poco a poco su energía. Y aquello era exactamente lo que hacía.

Ya no faltaba mucho.

-X-

Kanon se preguntó por qué nunca se les había ocurrido una técnica de defensa ni a él ni a Saga. Lo más cerca que tenían de una, era la Otra Dimensión, que les permitía desaparecer a su antojo y conveniencia. Viendo la Red de Cristal, llegó a la conclusión de que era bien sencillo: el cosmos dorado era descomunal. Controlarlo era un tarea de titanes, y manejarlo más aún. Había muy pocos que pudieran enfrentar a un Santo Dorado de igual a igual… La mejor defensa era un buen ataque, después de todo: si no dabas tiempo a que pudieran golpearte, nada había que defender.

En el caso de los rangos menores, la situación era diferente. Eran muchos más, su poder era mucho más igualado y equilibrado.

Se percató de la sangre que manaba tras la máscara de Axelle en un fino reguero que descendía por su cuello. El rápido vaivén de su pecho delataba hasta donde la estaba exigiendo la menor, y aún así… su pose orgullosa jamás desapareció. No importaban las heridas que surcaban los dos cuerpos femeninos, ambas se habían olvidado de ello hacía rato.

Naia se llevó la mano izquierda a las costillas, en un gesto veloz y lastimero. A pesar de que la red la había protegido fielmente, había encajado el durísimo golpe anterior. Desde donde estaba, Kanon notó el leve respingo que la sacudió al contemplar lo muchísimo que Axelle estaba quemando su cosmos. El peliazul se revolvió en su asiento a sabiendas de lo que venía. El clamor del público se había silenciado ante la emoción del momento, y cuando menos lo esperaban… Axelle liberó su cosmos con toda su fuerza.

Sin embargo, nunca alcanzó su objetivo. Naiara desapareció en un pestañeo. Kanon sonrió, esta vez su cosmos resultó mucho más difícil de rastrear, y su ausencia se alargó unos cuantos segundos más. El peliazul llevó sus ojos exactamente al punto por el que sabía Naia aparecería, y no se equivocó.

Su larga melena negra brillaba con destellos azulados mientras su cosmos de plata la rodeaba. Axelle se detuvo en seco cuando se dio cuenta, pero ya era demasiado tarde. Naia no gritó, apenas susurró.

-Tormenta de Polvo Estelar

Había ganado.

-X-

Deseaba con todas sus fuerzas arrancarse la máscara. El dolor atenazaba cada uno de sus músculos, las lágrimas y el sudor la agobiaban y apenas la dejaban ver… pero no podía. Corrió a trompicones hasta el lugar donde Axelle había sido arrastrada por su cosmos, y se arrodilló junto a ella.

Aún respiraba, lentamente y con dificultad, pero tuvo la fuerza para estirar su mano y estrechar la de Naia en una suave caricia. Con la otra, se deshizo del metal que cubría su bellísimo rostro bajo el asombro de todos. Sin embargo, Axelle solo deseaba que su alumna guardara su recuerdo… el de la maestra y hermana, no el de la amazona derrotada.

-Bien… hecho. –murmuró con dificultad, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas magulladas, hasta mezclarse con la sangre.

-Axelle. –El sollozó agitó el cuerpo malherido de la nueva amazona, y la mayor sonrió débilmente.

-No llores. Caelum es tuya… no podía haberla ganado… -tosió.- …nadie mejor.

-Lo siento. –Naia la estrechó en un abrazo y ahogó las lágrimas en el cuello de su maestra.

-No lo hagas… solamente cuídate. –la sangre manaba a borbotones de sus heridas.- Ojala tu historia… sea más brillante que la mía.

-Axelle…

Axelle. No supo cuantas veces repitió su nombre, pero cuando quiso darse cuenta, la vida de su maestra se había extinguido entre sus brazos, y la armadura de Caelum esperaba por su nueva dueña.

-…Naiara de Caelum.

La voz de Shion sonó contundente: con una fortaleza que no se le escuchaba a diario. O quizá si… simplemente era el silencio, la mezcla de emoción y tristeza, la que hacía que resonara tan fuerte en medio de la expectación del coliseo.

Saga respiró aliviado, y de soslayo, compartió una mirada con Aioros. Naia se veía impresionante, igual que una estrella en medio del coliseo. Sin embargo, pocas veces antes le había parecido tan pequeña, tan indefensa y temblorosa.

-X-

Cuando supo que Naia había llegado a la Fuente de Athena, donde ella misma reposaba, casi se sintió culpable por aquel súbito alivio que invadió su pecho. Lanzó una mirada suplicante a la sanadora, que no se había despegado de su lado desde que había llegado, y finalmente logró sacarle una respuesta que la agradó. Sin embargo, no había manera de que pudiera ver a su amiga antes de que hubieran curado bien sus heridas.

Así que la espera se le hizo insoportablemente larga. Su cuerpo dolía, no había un solo rincón de él que no lo hiciera. Pero su corazón, dolía aún más. Respiró hondo, y clavó la mirada en el techo de la blanca habitación. Su dulce mirada castaña se inundó de lágrimas que se apresuró a secar. Se sentía aturdida, adormilada… por todas las que había derramado ya.

Axelle se había ido.

No había visto el combate, y prefería que hubiera sido así. Mas, la triste despedida de su voz, resonando en su mente por última vez, y su cosmos apagándose lentamente… habían sido suficientes. Axelle no había sonado triste, ni asustada; aunque desde luego, si emocionada y orgullosa.

Tras el inmenso vacío que había dejado, a Deltha le gustaba pensar que se había ido sintiéndose orgullosa de ambas: de su propia sucesora y de ella misma. Siempre se había sabido la más débil de las tres. Por mucho que se empeñaran en recordarla que era tan capaz como ellas, su esencia era simplemente diferente. Pero al final, había superado todos sus miedos, todas sus inseguridades y había afrontado aquel combate tan valientemente como sabía a ellas les hubiera gustado. Porque una cosa era cierta: no había nadie en aquel mundo del que necesitara su aprobación, tanto como de Naia y Axelle. Aioros era diferente.

¡Y lo había conseguido!

Apus brillaba tenuemente en un rincón de la habitación. Era maravillosa, y la sensación que le había producido vestirla por primera vez, era tan inigualable como la tempestad de sentimientos que había despertado la muerte de su rival. ¡Había quitado una vida!

Se apartó un mechón de su pelo púrpura del rostro magullado y suspiró. Anhelaba tanto poder abrazar a Naia, que ni siquiera era capaz de pensar en eso… en reflexionar a cerca de todo lo que había sucedido. Aunque estaba segura que cuando cerrase sus ojos en un busca de un poco de descanso, el rostro de Loana se aparecería en ellos.

Fue entonces, que pudo abandonar la habitación.

Negó rápidamente con el rostro, intentando apartar aquellos lúgubres pensamientos. Posó los pies en el suelo, mientras un calambrazo de dolor recorría todo su cuerpo, y se obligó a mover primero una pierna… y luego la otra. Cada paso era un tormento, pero al menos agradecía que no hubiera heridas graves que lamentar: solamente las cicatrices atestiguarían lo que había vivido aquel día, como toda una guerrera. Caminó lentamente tras la sacerdotisa, y los pocos metros, le parecieron infinitos.

Sin embargo, olvidó todo aquello cuando sus ojos se clavaron en Naia. Inmediatamente, la morena alzo la vista, y sus hermosos irises violetas se cruzaron con los suyos. Había estado llorando, y por lo enrojecido de su mirada, había llorado mucho. Una lágrima enorme cayó de sus ojos, hasta estrellarse en su mano, y Deltha sintió su propio corazón romperse en mil pedazos. No recordaba haberla visto tan vulnerable, tan delicada… tan parecida a ella misma.

Corrió hasta ella tan rápido como pudo, y la abrazó con todas sus fuerzas, igual que habían hecho aquella mañana cuando aún eran tres… Naia se aferró a ella, y sin darse cuenta de en que momento sucedió, Deltha dejó escapar sus propias lágrimas sin miedo alguno.

-¡Perdóname, Del! –la súplica sonó con tal desconsuelo, que la amazona de Apus fue incapaz de articular una sola palabra inmediatamente.

-No tengo nada que perdonar. –atinó a decir sin soltar el abrazo.

No se movió un solo milímetro. En aquel instante, no había ningún otro lugar donde debería estar.

-Estoy tan orgullosa de ti… -susurró Naia, cuando se hubo calmado lo suficiente.

-Y yo de ti. –Se alejó un poco para mirarla y ver su lindo rostro demacrado, estaba segura de que ella no se veía mejor. Pero de pronto, la eterna sonrisa de su hermana, apareció tímidamente y ella misma rió.- Lo hemos conseguido.

Echarían infinitamente de menos a Axelle, ambas lo harían. Aquella herida tardaría en sanar si es que alguna vez lo hacía, pero no habrían soportado que el destino hubiera separado sus caminos.

-Continuará…-

NdA:

Kanon: ¡Apartaos! ¡Santos Dorados baboseando por armaduras de plata!

Naia, Deltha: Axelle, ¿Saga?

Saga: Cof, cof.

Aioros: Cof, cof, cof.

Kanon: Cof, cof, cof, cof.

Deltha: Insensibles ¬¬'

Naia: ¡Idiotas! T_T

Saga, Kanon, Aioros: O_o

Keitaro: Puedo consolarte si quieres, linda.

Saga, Kanon, Aioros: ¡Fuera de aquí! ¬¬'

Damis: Bueno, bueno… relajaos todos, que ha sido un cap muy triste… :(

Sunrise: Ya lo creo. :( Al menos, próximamente tendréis la entrevista a Orestes en DeviantArt.

Damis: ¡Ah! ¡Podeís ver la hoja de referencias de Naia ahí también!

Sunrise: ¡Hasta la próxima!