25. Divide y vencerás
Después de esa sesión de recuerdos en el Pensadero de Dumbledore, la pequeña Rose Weasley había quedado pensativa. Se preguntó qué tan complejos eran los adultos y no supo responderse. Desde que tenía memoria consideró a su tío Harry como un segundo padre, siempre estuvo presente, en sus cumpleaños, en aniversarios, navidades y festividades donde compartía alegremente. Ahora que lo pensaba con detenimiento, su madre siempre estuvo el doble de contenta cuando el ojiverde estaba cerca. Era extraño, pero mientras más revivía el momento en que los había sorprendido besándose en la cocina de La Madriguera, el enfado, el resentimiento comenzaba a acallarse poco a poco en su interior. Extrañaba a su madre, extrañaba su inteligencia, su cariño, su bondad… cuando había abordado el tren de regreso a Hogwarts después de las vacaciones de Navidad, vio en la castaña un ceño compungido, como si quisiese decir algo pero no lo conseguía. Quiso correr y abrazarla pero la lucha interna que se desató en su interior le impidió mover un sólo pie.
Ahora, sentada cerca de la chimenea en la Sala común de Gryffindor, observaba a sus primos, James y Albus, haciendo travesuras con los sortilegios que tío George les había facilitado desde su tienda de chascos. A pesar de que ellos eran unos niños incontrolables, siempre se las arreglaban para no sufrir ningún castigo por parte de los prefectos o la misma directora McGonagall. James era el más desordenado. No podía quedarse más de cinco minutos quieto en ninguna parte, de seguro sería el nuevo dolor de cabeza para la familia pero no se podía negar que poseía una viveza y brillantez indiscutida. No escribía nada en clases, pero su poder de retención de información resultaba envidiable. Por otra parte, estaba Albus, el más ambicioso de los dos hermanos. Siempre quería saber más de lo que le enseñaban. Llevaba menos de un año en Hogwarts y ya tenía la urgencia de conocerlo todo. Gozaba de hermosos ojos verdes que delataban siempre sus intenciones como también la enorme valentía de su padre tatuada en el pecho.
- Vamos al lago, Rosie- le dijo James con su muy conocido entusiasmo- No pensarás quedarte aquí, ya no tienes clases sino hasta mañana.
- ¿Esta noche es luna llena?- preguntó fuera de contexto como si estuviese hablando más con ella misma que con otra persona. El niño encogió sus hombros sin tener idea. Rose miró a través de la ventana de la torre directamente hacia el cielo. Tuvo un extraño presentimiento- No deberíamos salir del castillo, luego anochecerá y algo me dice que no es seguro.
- ¡Qué cosas dices, prima!- exclamó el aludido riendo de buena gana- Anímate… Al nos espera fuera del retrato. Sé que has estado algo triste por la ausencia de Vicky pero te hará bien dejar la Sala común un rato- en realidad no era sólo ése el motivo de su tristeza, sin embargo prefirió guardar silencio, era un tema que a ellos les incumbía también y, sin atreverse a hablar, lo siguió hasta el enorme cuadro con paso apresurado…
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- ¿Cómo…?
- Lo sé hace tiempo, Harry- contestó la pelirroja sin inmutarse más allá de las lágrimas que caían por sus mejillas como lluvia pasiva. El asunto era que no sólo se trataba de su mejor amigo de infancia, sino que de su cuñado y el joven se detestó el doble por eso. Qué difícil, qué complicado, qué doloroso era ese momento, justo ese momento: Frente a su esposa, desenmascarado, admitiendo su amor por otra mujer, consciente de que existían hijos pequeños de por medio… ¿Cómo fue que cayó en todo ese desastre?
- Entonces ya lo sabes- dijo el ojiverde aguantando sus ganas de llorar también- Créeme que nunca quise que las cosas pasaran de este modo, me odio por hacerte sufrir.
- ¿Y qué sucederá ahora?- preguntó Ginny endureciendo el tono de su voz. Harry tragó saliva sin saber qué decir. De pronto, el dolor de su hueso fracturado no se comparaba con el que atacó su corazón maltrecho- ¿Piensas huir con Hermione dejando a Ron y a los niños destruidos?
- No lo sé- fue lo único que pudo pronunciar entre el nudo que lo ahogaba ferozmente y el temblor que tensaba sus labios- Sólo sé que no dejaré solos a James, Al y Lilly. Son mis hijos y no les faltará nada.
- Les faltará su padre- atacó la chica venenosamente. Harry suspiró poniéndose de pie frente a ella.
- Estaré para lo que sea que necesiten, lo prometo- aquello, lejos de satisfacer a la joven, provocó una rabia tal que descargó una bofetada en su rostro que dejó al ojiverde mirando hacia la dirección del golpe y un inmenso dolor en su mejilla.
- Eres un maldito, Potter- escupió la pelirroja sometida a violentos chispazos de furia- Arruinarás dos familias sólo por tus estúpidas confusiones de colegial. Vete al carajo…
Después de una semana, el recuerdo de esa plática con Ginny seguía martillando la cabeza de Harry como un despiadado mazo contra una pared. Las lágrimas que veía descender desde los ojos de su esposa, parecían piedras que al caer golpeaban el centro de su pecho estrepitosamente.
Sentado en el escritorio de su oficina, el moreno miraba con aprensión una fotografía de su familia completa sobre él. Deseaba ver a sus hijos, jugar con ellos, poder mirarlos a la cara con libertad… sin embargo, estaba en la incertidumbre ante sus reacciones. Esperaba con el alma en un hilo que no lo odiaran por irse de casa ni por lo que sucediese entre él y la pelirroja. Necesitaba aire para respirar mejor por lo que abrió un poco más el cuello de su camisa blanca, atiborrado de tantos pensamientos. Sin embargo, no estaba ni cerca de sentir tranquilidad- cosa que extrañaba volver a sentir, por cierto- porque desde la puerta de su despacho, Arthur Weasley entraba con el rostro curtido en algo que parecía amargura y mal humor. No muy diferente a la expresión de Harry si era por comparar.
El hombre mayor se paseó unos segundos admirando los cuadros y trofeos que el moreno guardaba en sus estantes como bellos recuerdos de Hogwarts. Las fotografías del trío se movían en sus marcos mostrándose de once, doce, hasta diecisiete años de edad, sonrientes, abrazados y muy compenetrados. Un detalle que a Harry le causaba gran orgullo, pero en esos instantes, era un mundo de tormento con todo lo que estaba sucediendo. Parecía ser que el señor Weasley no deseaba romper con el silencio. Mientras observaba la decoración bajo la atenta mirada de su yerno, movía sus labios como quien recorría un museo en el centro de la ciudad. Finalmente, luego de varios minutos, el mago tomó ubicación en el asiento frente a Harry observándolo de forma penetrante.
- ¿Cómo has estado?
- Bien- contestó el ojiverde mecánicamente.
- Me alegro por ti… porque Ginny no- sentenció con un dejo de resentimiento en su voz. Era la primera vez que Harry veía ese ceño sombrío en aquel hombre siempre alegre. No pudo más que alzar su mentón para dar la cara a lo que fuese que iba a ocurrir- ¿Por qué abandonas a mi hija?
- Con todo respecto, no es un asunto que deba discutir con usted- el viejo Weasley frunció su ceño mostrándose agraviado.
- ¿No es asunto mío? Te recuerdo que soy tu suegro, Harry- dijo roncamente- Te hemos tratado como a uno más de la familia y… ¿Nos pagas de esta forma? ¿Abandonando a mi hija a su dolor?
- Peor sería mantenerme a su lado con mentiras, Arthur- esa respuesta no ayudó en nada. El mago se incorporó de la silla como si le molestara mirarlo a los ojos.
- ¿Qué pasa entre ustedes?- preguntó de pronto extrañando al moreno.
- ¿Ginny no les ha dicho nada?
- No… se ha mantenido encerrada en su antiguo cuarto, sólo sale para comer algo.
- Es un problema entre ella y yo- el silencio que bajó en consecuencia de tales palabras fue abrumante. Harry se removió en su asiento, incomodado.
Cómo le hacían falta sus padres, Sirius… alguna figura paternal que pudiese guiarlo en tan oscuro bosque por el cual estaba caminando. Se preguntó qué habría dicho su padrino al saber que iba a casarse con Ginny, quizás él le hubiese abierto los ojos gracias a lo que vio en su relación con Hermione. De seguro no le hubiese parecido lógica su decisión y otra historia sería contada. Qué impotencia.
Por amor a sus hijos, a los Weasley, a Ron y a su esposa por tantos años compartidos, que no corría a los brazos de su castaña de manera inmediata. Se cuestionó el poder de sus sentimientos hacia su mejor amiga, pero algo le soplaba que estaba haciendo lo correcto con sus decisiones… su corazón, por muy dividido y reprimido que estuviese, latía más fuerte al estar con ella, más sentido tenía su vida al tenerla a su lado… era sin duda su otra mitad, simplemente su alma gemela. No podía dejarla escapar.
- ¿Qué hay de mis nietos?
- ¿Qué hay con ellos?- espetó el muchacho- Siempre estaré ahí, de eso no hay duda- el pelirrojo no se mostró satisfecho. Dirigió su mirada nuevamente hacia las fotografías del trío en donde aparecía Ron, Hermione y Harry abrazados, riendo a la cámara. La extraña mirada de Arthur lo hizo vacilar. Tuvo la impresión que criticaba la cercanía de la castaña con el ojiverde en la imagen, pero sacudió la cabeza ahuyentando su paranoia.
- Estás cometiendo un error- dijo volviéndose a él.
- No, señor… por fin estoy haciendo las cosas bien- respondió, impertérrito- espero que algún día puedan perdonarme.
- No esperes eso muy pronto, mucho menos de Molly- Harry entendió muy bien y no pudo culparla, mucho menos si la tormenta no había terminado…
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El anochecer pocas horas antes de una luna llena, siempre lograba estremecer a Greyback de anticipación. El hombre lobo, miraba el cielo llamando al cuerpo celeste en silencio y entre sus manos jugueteaba con dos botellas llenas de agua. Luego de la primera visita a Skye Island, el licántropo se aseguró de guardar un poco, sin embargo, no era ración suficiente para todos. Maldito Damocles Belby y su insufrible manía de no saber cerrar la bocota. Harry y su molesta compañía habían logrado destruir la Fuente de la Esencia Humana y de no ser por sus precauciones, tendría las manos vacías para su plan. Después de la visita de esas sanadoras a la casa del mago, Greyback se ocupó de hacerle pagar al anciano su traición. Lo atacó, utilizando sus largas uñas y filudos dientes para rasgar su piel, morder su carne y sentir el sabor metálico de la sangre en su paladar. No quiso matarlo enseguida, no sería el suficiente escarmiento que estaba buscando, sino que lo dejó tan malherido que lo abandonó allí, permitiendo que la hemorragia brotara por sus heridas abiertas hasta que la vida se le escurriera poco a poco.
Darkeye lo miraba desde la distancia sabiendo que estaba ansioso. Aquella noche, sería la noche de venganza. Para él, Greyback era realmente un líder indiscutido. Todo el grupo de adeptos estaba conforme con su desempeño, con su metódica forma de hacer las cosas, mucho más constante que Wolzard, ese chiquillo que sólo era guiado por el desorden de sus hormonas. No obstante, el hombre lobo sabía que no tenían reservas de líquido. Convertirse a la luna llena sin tener consciencia de lo que hacían volvía todo mucho más complicado, no podrían dar con la poción curativa para destruirla, no podrían tener claridad a la hora de organizarse. Aquello sería un caos. Se inquietó y habló con voz rasposa.
- ¿Cómo haremos para entrar a St. Mungo sin beber el agua de la fuente? No sabremos hacia dónde vamos- el aludido, con sus pupilas dilatadas, le enseñó el par de botellas como un trofeo.
- El que guarda siempre tiene- citó un lema popular y sonrió mostrando sus dientes mellados.
- Pero no alcanzará para todos… sólo para…- fue entonces donde comprendió y dejó de hablar.
- Hay una botella para cada uno- dijo Greyback entregándole la suya de forma entusiasta- bébela… porque tú estarás a cargo de guiar a un grupo… mientras yo lo haré con el segundo- aquello logró desestabilizar al otro licántropo, mirándolo con suma sorpresa.
- ¿Guiar a un grupo? ¿No iremos todos juntos?
- Divide y vencerás, amigo mío- le respondió mordazmente- Cuando ustedes vayan a St. Mungo en busca del antídoto… yo y los otros iremos en otra dirección.
El brillo en sus ojos delató maldad absoluta. Resultaba increíble el nivel de resentimiento que ese hombre lobo guardaba en su corazón de roca ennegrecida. Haría pagar con los niños el rechazo de la comunidad mágica, no cabía duda en ello. Siempre habían sido sus presas predilectas. En esos instantes, cuando la tensión aumentaba por la pérdida de más hombres lobo gracias al último enfrentamiento, estaba doblemente convencido de hacer valer su bestial condición. Greyback, al ver la mirada indecisa de su vasallo, desplegó ante él el periódico del día mirando la portada con asco. Darkeye lo cogió y comenzó a leer:
Gran descubrimiento de sanadoras de St. Mungo
Luego de años de manejar la licantropía por medio de la poción Matalobos de Damocles Belby,
estudios recientes han demostrado que esta condición puede revertirse permanentemente.
Las sanadoras y científicas Hermione Granger y Luna Lovegood, han desarrollado un antídoto
que cambiará el curso de las pociones curativas modernas. Después de fallidos intentos en
base a hechizos dudosos como el "Homorphus", inventado por el ex profesor de Hogwarts y
autor del libro "Vagabundeo con Hombres lobo" Gilderoy Lockhart, nadie pensaba que la
licantropía pudiese curarse.
La poción experimental, bautizada "Dies Aeternus", ha resultado un éxito en el hospital de St.
Mungo. Muchos de los atacados en la comunidad han sido atendidos en el corto plazo y
recuperado su vida normal. El ministro de Magia, en contacto con el primer ministro muggle, ha
informado de este antídoto para proceder al tratamiento de sus afectados e internados bajo
hechizos desmemorizadores en el mismo hospital mágico, evitando así mayores peligros. "Es
una suerte contar con personal capacitado. Esta poción no sólo cura la licantropía de manera
total, sino que también cicatriza las heridas hechas por un hombre lobo que tanto han
costado sanar a lo largo del tiempo", comentó el sanador y nuevo director del inmueble,
Balbino Rodson.
Las creadoras serán galardonadas con el mayor honor entre los magos: La Orden de Merlín.
Muy pocos han sido reconocidos por este premio, entre ellos, el fallecido ex director de Hogwarts Albus Dumbledore.
"Es realmente una sorpresa. Me encantaría conocer a Merlín", declaró Luna Lovegood al enterarse de la premiación…
Dakeye no lo pensó dos veces y, mirando hacia el cielo escarlata, bebió de la botella sin demora. Greyback sonrió palmoteando su espalda bruscamente.
- Esta noche será tan larga en Hogwarts como lo fue hace diecinueve años- comentó divertido- Tengo que buscar a mi pequeña presa y tú… ese asqueroso antídoto…
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Cuando Victoire huyó de su casa para acompañar a Teddy en su cuarto de hospital, ningún sanador pudo sacarla de ahí gracias a su tesonería. Veló el sueño del peliazulino con ojos de enamorada durante un par de horas hasta que su padre, Bill Weasley, entró como una ráfaga de viento discutiendo con Fleur que lo acompañaba, preocupada. No se sorprendieron de encontrarla allí. La rabia del pelirrojo, claudicó un poco al presenciar esa romántica escena entre su hija y el joven. No podía convencerse del amor eterno entre esos dos. No habría forma de separarlos.
Victoire se le plantó enfrente con valentía. Sostuvo la mirada de su padre buscando en ella alguna redención, algún entendimiento… no podía convencerse de que él fuese tan terco y ciego. Fleur estaba encantada con su hija. No sabía de dónde había heredado tal personalidad avasallante, segura y desafiante. Dedicó unos segundos al chico dormido en la cama blanca recordando cuando era un niño. Siempre estaba cerca de Victoire, siempre protegiéndola, siempre pendiente de lo que necesitara para correr a conseguirlo. Sonreía al recordar cómo su abuela Andrómeda celebraba su amor infantil, preparando a Bill con indirectas y bromas de lo que estaba segura que pasaría dando justamente en el clavo. No obstante, su esposo, cegado por sus celos de padre, no quería convencerse.
- ¿Por qué escapaste de esta manera?
- Quiero estar con Ted- zanjó la joven. De pronto, el adormecido peliazulino abrió sus hermosos ojos plateados para ver que discutían por su causa. Ver la determinación en Victoire, lo hizo amarla todavía más y su apremio por desposarla se volvió insoportable.
- Ya te dije que no lo permitiré- rebatió Bill sin importarle el bufido de Fleur a su lado- Te vienes con nosotros a casa ahora mismo.
- ¡Quiero estar con Ted, maldición!
- ¡No me faltes el respeto, jovencita!- cuando la conversación llegó a ese límite elevado de voz. Ted se incorporó sentándose en la cama para calmas las ansias. Comprendía la posición del pelirrojo, entendía que no era el pretendiente deseado por un padre pero estaba dispuesto a cambiar por ella, a ser mejor por ella. Por eso mismo, si debía inyectarse la poción curativa, lo haría por amor a su novia de toda la vida.
- La amo, tío Bill… la amo con toda mi alma y haré lo imposible para que usted me acepte- declaró Teddy dejando al aludido desprovisto de palabras.
Ahora, en esa noche de luna llena, el muchacho estuvo en proceso de sanación y estudios. Luna, quien se encargó de su estado mientras que Hermione atendía a otro inesperado paciente, analizó su peculiar sangre para advertir alguna reacción negativa ante el suministro. Al ver que todo estaba bien, la rubia decidió inyectarlo en presencia de Victoire, Bill y Fleur. Realizando el mismo procedimiento como cuando trataron a Harry, la sanadora llenó la gruesa jeringa permitiendo que el líquido expulsara el aire antes de administrarlo. Frente una angustiada Victoire, Luna descifró en sus ojos el mismo amor que vio entre su castaña compañera y su moreno amigo. Era realmente extraordinario ver ese sentimiento tan claro y tan parecido entre ambas parejas. Sonriendo, la chica procedió.
Ted sintió el pinchazo en el centro de su pecho mientras que segundos después, el calor de la pócima recorría su torrente sanguíneo. Ningún otro cambio notorio se mostraba en él hasta que fuertes espasmos lo atacaron. Luna, sabiendo que aquello era normal, lo sujetó junto con un par de sanadores hasta que el muchacho dejó de moverse en su totalidad. La joven Weasley, con sus manos encerrando su boca, corrió hacia el peliazulino para abrazarlo, acongojada, una vez que todo había terminado.
Bill tenía el corazón apretado y sin quererlo tenía la mano de Fleur muy oprimida con la suya. Trató de hablar pero las palabras estaban detenidas a medio camino en su traquea. No podía creer lo que estaba presenciando, la clase de sacrificio de ese muchacho. Los minutos pasaron, Teddy volvió de su leve inconsciencia siendo los ojos de su amada lo primero que vio frente a él. Sonrió mostrando sus dientes perfectos y recibió la caricia de Victoire en su mejilla. Con el miedo de que no hubiese resultado, se trató de incorporar pero Luna lo detuvo.
- ¿Estás segura de que todo salió bien?- preguntó el muchacho, excitado.
- Puedes comprobarlo tú mismo, ya es luna llena y no te veo lleno de pelos- dijo la rubia sanadora sin disimular el gusto en su voz.
De repente, un alboroto de gritos y desorden en las afueras de la habitación los hizo sobresaltarse. Ted supo que habían llegado las despreciables visitas a invadir el hospital y, a pesar de su debilidad, se levantó de golpe para vestirse rápidamente…
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Damocles Belby fue encontrado en las afueras de su casa, herido y abandonado a su suerte. Un par de exploradores muggles lo hallaron bañado en sangre e ignorando lo extraño de su vestimenta, lo llevaron a un centro asistencial sin titubeos. El anciano estuvo internado algunos días en un hospital de la localidad de Hampshire hasta que fue ubicado por unos magos del lugar. Inmediatamente, después del estupefacto de saber al creador de la poción Matalobos vivo luego de tantos años de incomunicación, lo trasladaron a St. Mungo bajo estricta vigilancia. Él era el paciente inesperado que Hermione tuvo que atender. Conmovida al verlo en la camilla lleno de vendas y magulladuras, la castaña lo curaba con sumo cuidado. No pudo contener las lágrimas de culpa que corrían por su rostro. Se sentía responsable por lo que le había sucedido. Era obvio que aquello fue una venganza por haberlas ayudado.
Después de terminar, la joven se dirigió a su oficina derrumbándose en su silla para llorar tranquila. Fue un llanto pausado, liberador y necesario para su pecho inundado. Era lo que le hacía falta. Pensó en todo lo que había pasado en el último tiempo sin poder recordar en qué punto su vida dio un giro dramático. Cuando los recuerdos de su matrimonio, de su mejor amigo, de sus hijos y de las batallas ganadas entraron en tropel a su mente, suspiró descubriéndose agotada.
- ¿Estás bien?- preguntó la voz de Harry en el umbral de su puerta. Hermione se secó las lágrimas al verlo.
- ¿Qué haces aquí?
- Necesitaba verte.
- Quiero estar sola- pero el moreno no tenía pensado irse. Caminó hacia ella viendo cómo la muchacha se ponía de pie para mirar por la ventana, esquivándolo.
Harry, sintiendo su distancia como carbón ardiendo bajo sus pies, le contó de la visita de Arthur Weasley a su despacho. La castaña se volvió para mirarlo con una expresión de terror. No podía concebir lo que había escuchado… ¿Por qué había hecho eso?, ¿Acaso sabían que entre ellos…? La sangre se le congeló en las venas con sólo imaginarlo. Nuevamente, el ojiverde hizo el ademán de acercarse y Hermione rodeó el escritorio alejándose. Aquello fue peor que una bofetada bien dada. El joven quiso saber qué estaba sucediendo, por qué estaba siendo tan fría con él, por qué lo evitaba de esa manera. Lo que más anhelaba Harry en ese instante era encerrarla en un abrazo poderoso, de esos abrazos que acostumbraban los dos y a cambio, sólo recibía una mirada extraña conjunto a la distancia.
- Esto se está volviendo muy peligroso- comentó la castaña amargamente.
- Estamos juntos en esto- la citó, recordando esas palabras de tantos años atrás.
- Ese es precisamente el problema- aquella respuesta hizo que el moreno suspirara fastidiado.
- Sabes que no planeamos que pasara.
- Pero podemos impedir que siga pasando- dijo, consiguiendo que Harry abriera más sus maravillosos ojos verdes. Determinado, caminó hacia ella a largas zancadas y la tomó por los hombros para mirarla de frente.
- No digas eso, por favor… estoy enamorado de ti- sus palabras provocaron que Hermione volviera a romper en llanto silencioso.
- Tenemos hijos, Harry… no puedo lastimarlos- el muchacho cambió su expresión a otra mucho más seria, sabiendo muy bien que la mujer de su vida era inmensamente comprometida con sus obligaciones, una de las cosas que más amaba en ella pero que en esos momentos lo embargaba de pánico.
- ¡Nos amamos, carajo! ¡Que todo el mundo lo sepa y entienda!
- ¡No es tan fácil!- rebatió la castaña tratando de alejarse de nuevo, pero Harry la atrajo con fuerza y la besó humedeciéndose con sus lágrimas.
Fue un beso angustiante. El muchacho no podía controlar sus manos acariciándola con desesperación, como si temiera que se esfumase en cualquier instante. Hermione estaba entre el deseo de golpearlo o permitir que le hiciera el amor sobre el escritorio locamente. Ambos se compenetraban tan bien que parecía que se leían la mente al tocarse. Harry besaba su boca alimentando su alma hambrienta de ella. No podía creer lo mucho que la amaba, la poca importancia que tenía el mundo cada vez que la tenía entre sus brazos. Bajó sus labios por la línea de su cuello, aspirando su perfume cítrico y besando la suavidad de su piel. La castaña se estremeció abrazándolo con más fuerza, se mantuvieron así por largos minutos sin querer separarse. Sin embargo, el bullicio repentino en las afueras de la oficina, rompió su cercanía de súbito y los jóvenes se miraron asustados. Al parecer, los hombres lobo habían comenzado con puntualidad dándose cuenta que cuando estaban juntos no tenían noción del tiempo.
Harry corrió hasta la puerta abriendo despacio para ver sólo por el resquicio. Al final del pasillo, vio cómo los sanadores y el personal corrían para protegerse. Algunos pacientes salían de sus cuartos para correr despavoridos hacia la salida, ignorando el peligro que eso significaba. El ojiverde se volvió hacia Hermione.
- Son ellos- dijo al tiempo que desenfundaba su varita- Quédate aquí.
- Sabes que eso es imposible- respondió la castaña, extrayendo su propia varita desde el bolsillo de su delantal verde lima. Se prepararon para salir a la pelea, besándose brevemente en los labios como una inyección de valor.
Como invasores medievales, los licántropos transformados corrían tras los humanos famélicos de sangre. En el momento que Harry y Hermione salieron de la oficina, uno de ellos brincó con las garras alzadas para atacarlos. El ojiverde gritó un "Depulso" que lo envió de regreso estrellándolo con el muro. La castaña, tirando de la capa de su mejor amigo, lo llevó hasta las entrañas de St. Mungo para dirigirse al laboratorio. Abrió la puerta como sólo ella, Luna y el fallecido Ibrahim Gallager sabían, y entró al esterilizado lugar, mientras Harry vigilaba la entrada. Hermione se quitó el delantal, cogió uno de los abrigos en el perchero y con toda la rapidez que pudo, buscó todas las jeringas que había, las llenó de poción curativa y las guardó en los bolsillos interiores.
Corriendo a todo lo que daban sus piernas, los jóvenes salieron al hall central sorprendidos del caos que se estaba generando. Aurores del Ministerio habían llegado, lanzando hechizos imperdonables como alguna vez les exigió el ministro. De pronto, desde una de las habitaciones, Teddy salió junto a Victoire, Bill, Fleur y Luna sorprendiendo al moreno. Su ahijado no estaba transformado por lo que supo que el suministro de la poción había tenido éxito. Luchando lado a lado, los magos defendían el inmueble convencidos de que buscaban el antídoto. No obstante, para asombro de muchos, no actuaban como la última vez, organizados y ordenados, sino que impetuosos como verdaderos licántropos enceguecidos.
- ¡No veo a Greyback!- gritó el peliazulino cuando estuvo espada con espalda junto a Harry.
- ¡Debe estar en las afueras del hospital enviando a sus seguidores como peones!- El diálogo entre ellos se rompió cuando un conocido hombre lobo arremetió contra ellos. Ted supo que se trataba de Darkeye y apretó sus dientes de cólera.
- Así que probaste la poción, niño cobarde- dijo el licántropo dejando a ahijado y padrino perplejos. Qué extraño era escuchar a hablar a uno de esos animalejos una vez convertidos.
- Déjamelo a mí, Harry- pidió el muchacho con determinación. El aludido se acercó a él preocupado.
- Estás débil, Ted… no debes esforzarte o el corazón no te rendirá.
- Descuida, este idiota es pan comido. Hace mucho tiempo que estaba esperando este momento- Harry se hizo a un lado y lo dejó en su lucha privada corriendo hacia los otros.
Victoire lanzaba hechizos mostrando un despliegue de talento que sorprendió hasta sus propios padres. Bill estaba orgulloso. Vio a su hija como una mujer por primera vez y a pocos metros, a un valeroso futuro yerno que luchaba sin descanso. Sí, lo había aceptado por fin en su familia.
Cuando los hombres lobo eran dirigidos por Darkeye en base a desafinados aullidos, desde una de las habitaciones, el herido Damocles Belby asomaba su despeinada cabeza buscando con la mirada a la castaña. Sin embargo, fue Harry quien, como instinto protector, le exigió que no saliera por su seguridad. El viejo mago lo tomó por el brazo para hablarle trabajosamente.
- Hogwarts…- dijo jadeando.
- ¿Qué?
- Los otros… atacarán Hogwarts esta noche- el moreno frunció el ceño sintiendo sus entrañas apretadas.
- ¿Hay un segundo grupo?- Belby asintió y fue suficiente para que Harry corriera impetuosamente hacia el exterior del hospital esquivando criaturas, hechizos y heridos. Hermione y Luna lo vieron salir, siguiéndolo al instante. Algo importante había pasado.
El joven percibió el aire nocturno en su rostro cuando cruzó las puertas. Notó que la pelea también se desataba en las calles viendo a varios de sus colegas a poca distancia. Las chicas lo alcanzaron pero antes de preguntarle lo que estaba sucediendo, un hombre lobo fue hacia ellos con perversa rabia en sus horribles ojos rojos. Cuando estuvo a menos de dos metros, la acción fue tan rápida que los tres quedaron congelados. El rayo de un hechizo imperdonable lo derribó justo a tiempo a los pies de Harry. Los chicos miraron hacia donde había brotado la luz y Ron llegaba corriendo con su varita empuñada firmemente.
- Licántropos… ¿No tienen nada mejor qué hacer?- comentó Luna, creyendo que el corazón se le saldría del pecho gracias al susto.
- ¿Están bien?- preguntó Ron. Los jóvenes asintieron.
- Debemos ir a Hogwarts- dijo el ojiverde sin miramientos- Se han dividido y nos distraen aquí para atacar a los niños.
- ¿Estás seguro, Harry?- inquirió Hermione.
- ¿Ves a Greyback por algún lado?- esa pregunta detonó terror en la castaña. Corrieron calle abajo buscando la forma de llegar a la escuela de magia y hechicería lo más pronto posible. Fue en esas instancias que el moreno maldecía la imposibilidad de Aparecerse en esos terrenos. Todo sería más sencillo. Al doblar en una esquina hacia el Callejón Diagon, Draco Malfoy se estrelló con ellos mientras se dirigía a St, Mungo. Se enteró sobre el ataque a Hogwarts gracias a las palabras atropelladas de los ansiosos chicos y su rostro se tornó pálido temiendo por su hijo Scorpius- ¿Cómo haremos para llegar rápido?- preguntó Harry sin poder pensar con claridad. Malfoy soltó un bufido.
- Me sorprende lo bonachones que pueden llegar a ser- dijo el blondo impaciente y sin advertirlo lanzó un hechizo en contra de una vitrina tras Ron y Hermione. El vidrio explotó revelando que en su interior habían decenas de escobas voladoras de la tienda de artículos de calidad para el Quidditch. Luna se mostró absorta ante la acción.
- Siempre quise la última Saeta de Fuego…
