Como si de un suspiro se tratase, nadie se percata y la noche llega pronto. El cielo se tiñe de un azul tan oscuro como una desesperación en la cual la única esperanza está manifestada en algunas pocas estrellas que brillan en medio de la alfombra sombría.

Debido a la desmedida transfusión de sangre, Souta continúa dormido profundamente, reponiendo fuerzas como efecto de la extracción de sangre a lo que supuestamente el desagradable azúcar debería ayudarle. Mientras tanto, el doctor Kokoro inyecta dicha sangre que ha extraído del pelirrojo a la morena, quien sigue sedada, vendada y sin dar señales.

El médico confía en que tal cantidad de sangre, que no es poca, ayude a Yukiko a recuperar la que ella misma ha perdido, para que su recuperación vaya sobre ruedas. Le inyecta la sangre y espera un rato, para que haga su efecto.

Cuando ese rato pasa, el doctor Kokoro vuelve a hacerle unos análisis, para comprobar que la sangre ajena ha sido bien asimilada y todo va bien. Sin embargo, nervioso, vuelve a toparse con otro problema.

—¡¿Q-qué?! ¡N-no es posible! Con toda la sangre que le ha dado Souta…. ¡No puede ser que aún necesite tanta más!—chilla el doctor para sí mismo, sujetándose la cabeza.

Casi como si le hubiese escuchado mascullar que hay un problema, la puerta de la enfermería se abre con suavidad. Primero accede Kuro, con andar tranquilo y majestuoso, al lado de Tasuke, quien a pesar de estar algo más alicaído que de costumbre sigue mostrando su personalidad divertida. En último lugar, y sujetándose delicadamente a Kuro, Ryouken, con andar lento y algo pesado.

—Buenos días al doctor Kokoro… Es decir, buenas noches.—le saluda el asesino ciego, seguido por un ladrido y un chillido.

—Maestro Houinbou… Qué sorpresa, me esperaba que usted estuviese ya dormido.

—Keh heh heh… Servidor no iba a dormir tan fácilmente en una noche como esta. El doctor debe de estar terriblemente agotado, a juzgar por su voz apagada…

—Un poco… Pero nada que no pueda soportar. En realidad, estoy desquiciado por otra cosa…

—¿Podría compartirla con servidor? Le gusta estar informado pese a pasar sus días en una celda aislada…

Tan brevemente como consigue, le explica a su maestro el cómo el acólito pelirrojo decidió darle una parte generosa de su sangre a Yukiko, estando incluso dispuesto a sobrepasar el límite, ya que la morena la necesitaba por la pérdida de sangre en la operación, para así poder curarla. Por consiguiente, él quedó dormido, pero ahora, resulta que el esfuerzo de Souta no es suficiente, pues la morena ciega precisa todavía demasiada sangre pese a haberse repuesto. Y en su estado débil post-operatorio, regenerar tal cantidad por sí sola será muy complicado, prácticamente imposible.

—Hm… Entiende...—murmura Ryouken, mortalmente serio.

—Por eso, ya no sé qué más hacer, señor Houinbou. Después de tanto esfuerzo, incluso por parte de Souta, sería un verdadero fastidio perderla por algo tan sencillo de solucionar. Y todo porque no hemos dispuesto de tiempo...—suspira el doctor Kokoro.—Yo estaría dispuesto a donarle parte de mi sangre, pero eso no es posible. Mi tipo de sangre no es compatible con la suya, si le inyectara mi hemoglobina la dañaría todavía más. Y no puedo extraerle más sangre a Souta ni aunque me lo consienta, entonces su salud propia estaría en peligro...

Lanzando un gran suspiro de desesperación, el doctor Kokoro se echa las manos a la cabeza, preocupado y frustrado después de tanto esfuerzo. Al mismo tiempo, el anciano asesino baja la mirada, meditando para sus adentros, con una gran seriedad. Está de acuerdo con su subordinado: ha sido un gran esfuerzo por parte de todos, y la solución al imprevisto es asequible, sería una verdadera pena. ¿No hay manera de arreglarlo?

Pero Ryouken no piensa permitir que la pérdida de uno derive en la pérdida de otro, porque sabe que si Yukiko muere, Souta no confiará nunca en nadie más, lo que será su pérdida. Y alguien que les quiere tanto no piensa permitir que nada de eso pase. Así que, si ha de hacer cualquier cosa, la hará.

—Doctor Kokoro. Servidor también está dispuesto a dar su sangre a su joven acólita.

Evidentemente, la decisión sorprende al médico, aunque la faz seria implantada en el anciano le hace ver que lo dice muy en serio. A pesar de que la decisión de Ryouken demuestra mucha calidez, a su subordinado no se le escapa un escalofrío que le recorre la columna.

—Se...Señor Houinbou…—le llama su subordinado, echándose una mano a la boca, ojiplático.

—¿El doctor podría comprobar si el tipo de sangre de servidor es compatible con el de ella? Si es así, no dudará en darle su sangre… Para salvarla.

—Pero… Señor Houinbou… Eso es...—tartamudea el médico. Ryouken sabe por qué su aprendiz se encuentra tan incómodo, pero pese a eso debe insistir en que lo compruebe, ya que el tiempo apremia. Finalmente, el doctor llega a la conclusión de que la sangre del asesino ciego es de tipo neutra, por lo que, dentro de lo que cabe, podría llegar a ser compatible. Pero pese a eso…

—Pues… Yo… Por poder… Supongo que sí que podría…

—Fantástico. En ese caso, no hay más tiempo que perder. Cada segundo cuenta, y ya que anteriormente el tiempo ha jugado en contra, que no permitan que pase de nuevo.

—...Yo… ...Yo… ...Lo siento. No puedo.—masculla el doctor Kokoro, bajando la mirada y quedándole la cara ensombrecida.

Ante la negación, Ryouken no se sorprende, ni se mosquea. Solamente puede sonreír: es justo lo que se esperaba de su subordinado.

—Keh heh heh…

—Señor Houinbou… Estoy seguro de que ya sabe por qué… Y entonces, espero que entienda también que yo… Yo no puedo hacerle eso…

El asesino ciego solo sonríe melancólicamente, sin decir nada de momento.

—D-de verdad, no me malinterprete… Aprecio enormemente su buena fe, pero… U-usted es mayor, señor Houinbou… Si le extraigo toda la sangre que Yukiko necesita… ¡S-su cuerpo no podría regenerar esa cantidad de sangre!—le explica, con miedo.—¡Y sin sangre, usted…!

El moreno de las gafas contempla con sus ojos verdes a su anciano maestro. Sabe que sabe cuál es la palabra tan dura que viene a continuación. Pese a eso, la sonrisa no se le borra.

—No pasa nada. Pese a todo, servidor está dispuesto. Todo sea por sus acólitos, y si es por ellos, servidor está dispuesto a cualquier sacrificio. A pesar de lo que esto supone…

El doctor Kokoro, ante las emociones del momento, incluido un fuerte nerviosismo, no puede evitar echarse a llorar.

—P-por favor… N-no me pida eso, señor Houinbou… Yo… N-no puedo hacerle esto, no puedo...—suplica el médico, secándose los ojos.

—¿Está el doctor Kokoro desobedeciendo las órdenes de su maestro?—le impone Ryouken, sonriendo.

—Y-yo… Y-yo… N-no quiero desobedecerle, señor Houinbou, de veras no quiero… P-pero por favor, cualquier cosa menos eso…—...Servidor le salvó la vida a la joven Yukiko en su momento. Aunque todo indicaba que moriría en breve, ha seguido viva todo este tiempo. La vida le ha querido decir que todavía tenía algo por lo que vivir. Y ella nunca se ha rendido.—pronuncia Ryouken, solemne.—Llegó con todos después de tantas dificultades, y conoció al acólito Souta. Ahora, confían el uno en el otro, él mismo se lo ha dicho. Sin sus acólitos, la vida de servidor no tiene sentido. Si uno falta, el otro faltará de la misma forma. Perder a cualquiera de ellos heriría seriamente a servidor. Por lo tanto, su voluntad es esta. Y está dispuesto a pagar el precio que eso supone.

Ante estas palabras, el doctor Kokoro no puede por menos que acentuar sus lloros, desconsolado. Sabe de sobras que no podrá hacerle cambiar de opinión, y admira que quiera tanto a sus acólitos hasta ese punto extremo, pero la tarea que le está encomendando es algo que, con el respeto que le tiene a su maestro, le supera.

—Keh heh heh… Servidor entiende que es algo difícil. Precisamente por eso, se alegra de confiar tal tarea a alguien que le tiene en tan alta estima. ….Servidor le da las gracias por todo lo que el doctor Kokoro ha hecho por él todo este tiempo. ...Tiene su mayor respeto.—le asegura, la mar de sincero.

Esto solo hace que el doctor Kokoro se emocione más y reciba el cumplido como el mejor que le han hecho en su vida.

—Así que se lo pide por favor. El doctor sabe el aprecio que servidor tiene por él, entenderá la estima tan especial que servidor tiene por sus acólitos. Sabe que no puede dejar que ninguno de los dos se lastime. Y más cuando todo esto no ha sido precisamente una coincidencia.

Mientras su maestro habla, el doctor lo medita todo, y entiende que Ryouken está en lo cierto de la manera más amable posible. Aprecia de una manera su gentil gesto, y por el respeto que le tiene, y aunque le duela más que nada, debe aceptar la voluntad de su maestro.

—Maestro Houinbou...—le llama, sonriendo y llorando alegre y amargamente al mismo tiempo, mientras le dedica una reverencia de respeto.

Ryouken en ningún momento ha dejado de sonreír, para demostrar que su decisión es irrevocable. Esta vez, acentúa la sonrisa. Para darle las gracias a su subordinado por todo.

El asesino ciego toma asiento paulatinamente, ayudado por el doctor. Sin que nadie le diga nada, él mismo se remanga de un brazo, y cerrando los ojos, deja que el doctor Kokoro, quien no deja de llorar en ningún momento, extraiga de su brazo toda la sangre que necesita para curar a Yukiko. Al monje budista le molesta, incluso le duele, y aunque en su cara aparece algún espasmo de dicho dolor, no por ello abandona la sonrisa que expresa la felicidad que siente por ayudar a sus dos acólitos.

Cuando el médico termina, Ryouken nota una gran sensación de cansancio, que le deja muy debilitado, cosa que provoca que el moreno siga llorando, conmovido.

—..Servidor sabe que lo hará, pero necesita pedírselo. Por favor, que el doctor Kokoro cuide mucho de los acólitos. Aunque servidor nunca dejará de hacerlo.

—...Se lo prometo. Se lo prometo, señor Houinbou… Se lo prometo… —le repite una y otra vez, con los nervios acumulados.

El anciano le tiende la mano, con respeto, mano que el médico acepta con un mayor respeto todavía, tembloroso, pero muy feliz de tener a alguien como Ryouken como su maestro.

—...Ahora… A servidor le gustaría volver a su celda. Todavía le gustaría hacer una cosa antes.

—Y-yo mismo le acompañaré.—se ofrece, con otra reverencia.

Antes de marcharse, sin embargo, Ryouken llega a la conclusión de que antes de volver a su celda debe hacer algo. Primero, y con la ayuda de los animales, se acerca a la inconsciente Yukiko, por quien ha hecho un gran esfuerzo y no le ha importado si es por ayudarla.

—Que la acólita Yukiko se recupere muy pronto. Servidor siempre deseará lo mejor para ella, y le da las gracias por las lecciones sobre la vida que le ha enseñado. Incluso el día de hoy, servidor no se ha arrepentido ni una sola vez de haberle salvado la vida. Porque ella lo ha merecido. Gracias a la acólita Yukiko.—le dice, con una sonrisa, mientras le toma la mano.

Acto seguido, el anciano le acaricia la mano con ternura y sin necesidad de vista, se inclina hacia ella y le da un cálido beso en la frente. Por último, con suavidad, hace sonar la campanita que la joven tiene en su cuello. Su símbolo, que ahora ha pasado a ella también.

—Y ahora… ¿Dónde se encuentra el acólito Souta?

—E-está en la enfermería, le dejé durmiendo para que se repusiera de la transfusión. Venga, yo le indico…

Kuro y Tasuke siguen a ambos hombres con una lentitud que indica respeto. Ambos, aunque sin hablar, también pueden intuir algo de lo que está pasando.

—Está delante de usted, señor Houinbou.—le indica el moreno de las gafas, con una sonrisa humilde.

Frente al asesino ciego está su acólito pelirrojo, Souta, todavía profundamente dormido. Alarga su mano, y con ternura le acaricia sus largos cabellos, y luego su cara, haciéndose una imagen mental de cómo es una vez más.

—Keh heh heh… Su fiel acólito...—murmura Ryouken, con una voz muy suave que se desliza entre su sonrisa.

Cuando le toma la mano, como ha hecho con Yukiko, nota que Souta tiene algo cogido: lo comprueba mejor, y deduce que es la campanita que le ha dado al comenzar el día. Sonríe un poco más ante este hecho.

—Souta… Servidor siente mucho esto. Sabe que esto será muy duro para él… Pero se alegra de que, por lo menos, ahora tenga a alguien a su lado. Ahora tiene a Yukiko, incluso se ha sacrificado por ella, cosa que demuestra que ha progresado muchísimo. Servidor no podría desear tener un hijo mejor. Está muy, muy orgulloso de él. Servidor le agradece que le salvase la vida aquella ocasión, y lo leal que le ha sido desde entonces. Por eso, y por muchas más cosas que no le daría tiempo a decir… Gracias al acólito Souta.

Ryouken se inclina y le da un cálido beso en la frente, mientras le acaricia la cara en un gesto muy tierno. Mientras lo hace, miles de recuerdos felices asaltan su memoria anciana, que sigue siendo precisa, y le provoca una felicidad desbordante que incluso a alguien como él le emociona muchísimo. Hace sonar la campanita que tiene el pelirrojo en su mano, un símbolo que también él ha heredado como hijo suyo que es y siempre ha sido. Esa campanita, o más importante, el portador original, es algo que Souta siempre guardará en su corazón.

—...Servidor está listo.—pronuncia Ryouken, solemne.

—¿Está usted seguro, señor Houinbou?—pregunta el doctor Kokoro, con una sonrisa tristona.

—...La verdad es que no. Nunca podría estar listo para esto. Para dejar a sus acólitos. Pero basta con saber que nunca les abandonará, jamás. Así que, sí.

—...Muy bien.—asiente el doctor, de nuevo una lágrima bajándole por la mejilla.

Con un gesto solemne, Ryouken echa un último vistazo ciego hacia sus dos acólitos, con una sonrisa deslumbrante. Incluso ahora, muchísimos recuerdos le asolan. Hace una especie de reverencia con la cabeza, y la sonrisa se le vuelve temblorosa. Aun así, no se arrepiente de haber salvado, de nuevo, a sus dos acólitos. Y no se arrepentirá nunca.

El doctor Kokoro, con muchísima delicadeza, escolta a Ryouken hasta su celda, donde le acomoda cerca de su altar.

—¿Podría…? ¿Podría el doctor Kokoro acercarle papel y el punzón, por favor? Servidor cree que le queda algo por hacer...—susurra, suavemente.

Como cabe esperarse, el médico accede a la petición sin rechistar.

—Si no necesita nada más… Me vuelvo al quirófano. Le aplicaré esa sangre a Yukiko… Para salvarles.

Salvarles, en plural. No es un hombre de letras, pero sabe usar correctamente el número de las palabras. Y esta vez también lo ha hecho.

—Adelante. Servidor desea por encima de todo que se salven. Y servidor confía en su subordinado muchísimo.

Con otra reverencia, el doctor Kokoro abandona la celda y a toda prisa vuelve al quirófano improvisado, donde inyecta la sangre que le ha dado su maestro para que se pueda salvar. Esta vez sin peligro.

Esta vez, no hay más imprevistos. El cuerpo de Yukiko no reacciona negativamente al nuevo suministro, y sus niveles de sangre se estabilizan, quedando la morena fuera de riesgo a causa de la pérdida de hemoglobina que podía dar al traste con toda su cura. Ahora, solo hace falta esperar a que el cuerpo termine de asimilar muchas cosas y, por último, a un nuevo despertar. Cuando termina, el doctor Kokoro suelta un suspiro y una media sonrisa. Está agotado, y en su interior hay una mezcla de sentimientos muy poderosa.

En ese momento, está convencido de que Yukiko está estabilizada, y podrá recuperarse muy bien. Todo gracias a dos personas que han dado muchísimo por ella. También en un sentido literal.

Ya ha terminado con su trabajo, con todo lo que podía hacer por su parte. Solo queda dar un poco de tiempo al tiempo. Observando a Souta y Yukiko, ambos dormidos, el doctor abandona ese improvisado quirófano, cerrando la puerta tras de sí por seguridad, y se dirige con andar callado a la celda especial.

Al llegar, distingue entre las sombras unas luces tembleques y difuminadas procedentes de unas pocas velas que hay encendidas, que permiten distinguir la silueta de Ryouken, sentado sobre un almohadón con las piernas cruzadas, en pose de meditación y sujetando un taco de papeles, papeles que dobla con mucho cuidado a tientas y guarda en un sobre que cierra derramando un poco de la cera de las velas sobre él, todo guiándose únicamente por el tacto. Los dos animales parecen haberse quedado dormidos a su lado.

—...Maestro Houinbou.—saluda el doctor, con una reverencia de respeto.—Todo ha salido bien. Yukiko ya se muestra estable con la sangre inyectada y Souta está completamente repuesto. Ambos, aunque dormidos, se encuentran bien.—declara, sonriendo.

—...Keh heh heh… Estupendo. Servidor no podría ser más feliz.—anuncia el asesino ciego, sonriendo.

Tras una breve pausa, Ryouken añade algo, tras lo cual se forma un denso silencio.

—...Ahora servidor ya ha terminado con su misión aquí.—susurra, cerrando sus ojos mientras no deja de sonreír.

Como toda respuesta, el doctor Chusei Kokoro no puede reprimir otra lágrima acompañada de una sonrisa temblorosa, al mismo tiempo que vuelve a agachar la cabeza, solemne, con una mano en el pecho.

Ha sido una noche cargada de emociones de toda clase, muy dura para todos. Pero como todo en la vida, se acaba. Los primeros rayos de sol del alba hacen honor de su presencia, llenando el cielo de mil colores distintos, bañando todo de luz.

—"Cuando una luz se apaga, otra se enciende simultáneamente." Ahora, la vida de ambos acólitos estará llena de luz, por lo que esa otra que se apaga puede estar orgullosa, pues el haberse apagado ha supuesto que no solo una, sino que dos brillen más que nunca en su lugar. Además, es un apagón muy metafórico. ...Hacía muchísimo tiempo que un servidor no veía la luz.

"Cuando una luz se apaga, otra se enciende simultáneamente." Aunque esta vez, es una bondadosa luz la que se apaga para encender otras dos. Las dos luces de sus ojos.