Enoch las guió por un largo pasillo, iluminado por la tenue luz de las antorchas. Rize miraba como el diablillo flotaba encabezando la fila. La pelirroja entrecerró los ojos. ¿Debería matar a aquel bicho antes de que les llevara a una muerte segura? Su misión principal era proteger a Eliza. No debía exponerla a tantos peligros, pero tampoco cumplía su obligación a rajatabla. Eli sabía defenderse y no se hacía llamar maga por nada. Obviamente Rize no era su padre, un hombre con un fuerte sentido del deber.
Mientras en su mente se cocían diversas maneras de evitar muertes innecesarias -parecía como si tuviese una legión detrás, cuando solo tenía a la (según ella) esmirriada de su amiga-, Eliza miraba a su alrededor con curiosidad y aprensión. Las paredes de piedra estaban decoradas con ilustraciones un tanto macabras: personas rindiéndole homenaje a una especie de coloso -¿su dios, tal vez?-, ofreciendo sacrificios humanos, que al parecer el gigante prohibía y... ¿corregía? No tenía ni idea de como interpretar las imágenes, dependiendo del orden en el que las iba leyendo podía ser buenas o malas. Lo único que podía decir con seguridad era que aquel bicho era el djinn de aquel calabozo. Un djinn rodeado de rayos.
–Hemos llegado al siguiente escenario. –anunció Enoch, con un tono divertido, mostrándoles otro pasillo. Esta vez sin imágenes raritas.
–¿Y bien? –preguntó Rize, cruzándose de brazos. –¿Qué tenemos que hacer?
–Eso lo descubriréis vosotras solitas... –contestó él, con una sonrisa misteriosa. –¡Bienvenidas al laberinto!
–Se han currado mucho el nombre, eh... –suspiró la rubia.
–Esto se parece cada vez más a un templo del Zelda.
–Esta vez no te lo niego.
–Entonces este bicho es una copia barata de Midna. –rió la pelirroja. Enoch la miró detenidamente, intentando decidir si tomárselo como un insulto o no.
–Bueno, querida aspirante, la única regla a seguir aquí es que debes hacer todo tú sola. Simple, ¿no? –preguntó, flotando cómodamente en el aire mientras la miraba burlonamente.
–Mejor. –contestó Rize, con una sonrisa desafiante.
–¡No, no, no! ¿Y yo qué, me quedo mirando como te matas tu sola? Ni hablar. –protestó la rubia. –No es que me encante estar metida aquí, pero no puedo dejarte sola ni un momento.
–Lo siento, son las reglas. –dijo Enoch, mirándola. –Sin embargo no estarás quieta mirando como lo hace.
–Espera, bicho, ¿no irás a-?
A la pelirroja no le dio tiempo a terminar la frase, cuando el pequeño chasqueó y su amiga desapareció con un flash de luz.
–¡EH! ¡¿QUE LE VAS A HACER?!
–Tendrá que pasar por la misma prueba que tú, después de todo es una de tus ''súbditas'', ¿no, aspirante a rey? –preguntó Enoch. Los ojos de Rize destellearon de rabia. –Eh, son las reglas. No tengo la culpa. ¡Bien, hora de un poco de acción! ¡Adiós!
El diablillo desapareció con un ''plof'' y la pelirroja se quedó sola, viendo como el pasillo del que venía se cerraba. Gruñó, dando zancadas por el pasillo, poniendo verde a insultos a Enoch.
–Como Eli muera ese bicho me las pagará.
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Cuando la rubia se quiso dar cuenta se encontraba tirada en el suelo de un pasillo idéntico del que había venido. Se levantó rápidamente, desconcertada. ¿Enoch la había transportado a otro lugar?
''Debes pasar la prueba por tu propio pie, jovencita. Me caes mejor que la cavernícola esa, pero es lo que hay.'' Escuchó las palabras del diablillo dentro de su cabeza, lo que la desencajó un poco. Telepatía. Malditos bichos y su buen control de la magia.
Anduvo a paso lento por los pasillos con cautela. Aquel sitio era un laberinto. Literalmente. Las paredes no llegaban al techo ni de lejos -de nuevo era aquel techo/cielo- y no había más que pasillos y más pasillos. Ya empezaba a aburrirse. Mientras caminaba en aquellos pasillos sin fin, comprobó que todas sus cosas estuvieran en su sitio. Su varita bien atada a su muslo, su bolsa con provisiones de emergencia, su capa y su máscara colgada del cuello. Por costumbre se la puso y suspiró. Habían pasado tantas cosas en tan poco tiempo... Nada más pensar aquello, el rostro de Judal cruzó su mente. Se dió una bofetada mental. ¡No era el momento de ponerse como una subnormal enamorada! -Que lo era, pero por favor, ¿qué clase de persona con una pizca de orgullo lo admitiría?-.
Sumida en sus pensamientos como estaba, no se dio cuenta de la bruma que empezaba a cubrir sus pies.
Y entonces sus peores pesadillas fueron manifestadas.
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Rize miraba a su alrededor con sus pequeños ojos, aterrada. Los había matado. Había matado a aquellos ladrones. Sangre. Su sangre mezclada con la de aquellos tipos manchaba su cara, ropa, manos... todo. Su ojo izquierdo dolía como mil demonios, y ella lo único que podía hacer era gritar. Gritar de dolor. Gritar de horror. Y entonces, en un arranque de fuerza de voluntad, salió de la pesadilla.
Se despertó con un grito, incorporándose del suelo, sudando y respirando agitadamente. Gruñó de frustración. No podía dejar que aquello se convirtiese en una debilidad. No estaba traumatizada. Era ya la segunda vez en cinco minutos que revivía esa escena, cosa que la hartaba. ¡Aquella prueba estaba muy trillada!
Se levantó de un salto, se sacudió el polvo y continuó andando. Por favor, la gran Rize no le temía a unas simples pesadillas. Ni siquiera eran eso. Eran recuerdos. Sus peores recuerdos. Los que la hacían sentirse un monstruo que mataba a sangre fría. ¡Y no lo era! Si mataba era porque tenía que hacerlo, una fuerza mayor la impulsaba a ello, sin ponerle restricciones: una misión, proteger a alguien, conseguir algo a cualquier precio... cosas así. Y en ese caso las tres situaciones estaban presentes.
Siguió andando, y en un parpadeó, apareció algo que la descolocó totalmente.
–¡Rize~! –la llamó la chica que había aparecido delante suya, con voz cantarina.
–¿Ally...? –estaba totalmente confusa, ¿qué hacía Allysa allí? ¿era otra ilusión?
–¡Venga Rize, ven, no tenemos todo el día!
–Eso, idiota. –una segunda voz se unió a la pequeña. Eliza había aparecido al lado de la pequeña, cruzada de brazos.
–¡Lo hemos conseguido! ¡He abierto la puerta para volver a nuestro mundo! –dijo Ally, con una gran sonrisa.
–Pero... ¿Qué pasa con el djinn? ¿Y las pruebas? –preguntó, reacia a ir.
–Yo he ayudado en eso.
Una tercera voz se unió a sus amigas, dejándola totalmente de piedra, haciendo que su corazón diese un vuelco.
–¿Hakuryuu...?
–¡Síp! ¡Ahora ven con nosotros, Rize! –volvió a decir la peli-negra.
–Iremos juntos, vamos. –le dijo el príncipe, tendiéndole la mano, con una sonrisa que podría derretir a cualquier persona. Alargó la mano...
–Eso es, Rize-dono.
…y se quedó congelada a medio camino.
–Buen intento. –dijo con media sonrisa, para acto seguido, impactar su puño en la cara del chico.
Todo a su alrededor se hizo añicos, ante la mirada triste de las ilusiones de Ally y Eliza.
–Le dije a Hakuryuu que no me llamase ''Rize-dono'', o si no probaría mis torturas. Como decía... –suspiró Rize, frustrada. –Esta prueba esta muy trillada, joder.
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Eliza no tenía tanta fuerza de voluntad como su amiga. Ni de lejos. Aún se encontraba en uno de sus peores recuerdos, que se repetía en bucle.
–¡Toma! –una patada impactó por enésima vez en su estómago.
–¡Jajajaja!
–¡Mírala, llorando como la niñita que es! –aquel niño puso su pie en su mejilla, aplastando su cara contra el suelo del patio de atrás de su escuela. La niña apretó los puños.
–¡Eres una cobarde!
–Si nos plantas cara procura ser un poco más fuerte, niñata.
El grupo de niños se alejó de la pequeña, que se quedó en la esquina, encogida y temblando como un animalillo.
Sabía que era una ilusión, pero simplemente no podía. Podría parecer algo bastante fácil de superar, siendo ya una chica de 18 años, pero no. Aquel miedo siempre estuvo presente en su vida. Lo sobrellevaba bien, aquella bravuconería con la que peleaba con los tíos que se metían con ella se le había pegado de Rize, pero no era sencillo cuando estaba reviviendo algo que odiaba una y otra vez.
Quedaba poco para que el recuerdo volviese a empezar. Eliza se mordió el labio. ¿Por qué? ¿Por qué siempre se paralizaba cuando veía a ese grupo de niños? ¿Tanto terror le provocaba? La respuesta era un sí. Estuvieron haciéndole aquello dos años enteros de primaria, hasta que Rize se dio cuenta de que algo gordo pasaba y les dio una paliza. Y todo por intentar proteger a un niño más pequeño que ella aún. Parecía que les divertía verla reducida a un bulto tembloroso, además que reírse de la rarita de clase era lo más común del mundo, ¿no?
–¡Mírala, allí esta!
–Parece que espera su paliza diaria.
–Es bastante idiota, ¡je, je!
Eliza intentó encogerse más aún, fundirse con la pared a sus espaldas. Que se confundieran de persona. Que se fueran. En aquellos tiempos ellos mismos la arrastraban a un lugar solitario del colegio, que normalmente era el patio trasero. Aunque aquello no hacía falta en la ilusión, no se había movido en lo que a ella le parecían siglos.
–¡Venga, ponte en pie!
–¿Por qué no nos dices otra mierda de esas chinas, eh?
–¡Enferma! –los miró a todos, viendo como se reían a costa suya. Reírse de una persona con diferentes gustos era lo más normal del mundo, por lo que veía. En aquellos años, dejaba las cosas como estaban. ''Era normal'' pensaba.
–¡Venga, vamos! –vió como el primer puñetazo volaba directo a su cara, y se volvió a resguardar entre sus brazos, encogida en la esquina. Solo quería que aquel bucle acabase en algún momento.
El puñetazo no llegó.
Sin embargo, no se atrevió a asomarse de nuevo. La ilusión seguía ahí. Seguro. Tan solo se divertían haciéndola asustar por nada.
–Fuera de aquí. –dijo una voz. Una voz diferente. Fría, autoritaria, madura, con un tono que no admitía replica por parte de la ilusión. Escuchó como el grupo salía corriendo entre gritos, pero no se asomó. Tenía la sensación de conocer aquella voz. –Eh. –ella no respondió. Seguro que era amigo de ellos. Uno de sus sempai. Seguro.
–Mírame, Eliza.
Abrió un ojo y se asomó de entre sus propios brazos, temblorosa, encontrándose con un par de ojos rojos que la observaban con calma.
En aquel momento su mente no supo quien era. Estaba atrapada en su ''yo'' de ocho años, sin darse cuenta de que sus otros recuerdos estaban ahí. El chico estaba acuclillado delante suya, esperando a que se moviera.
–¿Qui-quién... e-eres...? –su voz salió infantil, rota de tanto llorar. Normal para la Eli atrapada en la ilusión.
–...un amigo. –respondió, sin mostrar ningún cambio en su rostro.
–E-ellos vo-volverán...
–Si no sales de esto tu misma, poco puedo hacer. –explicó, alborotándole el pelo suavemente. –Te quedarás encerrada en este lugar toda el tiempo que haga falta como no reacciones. Despierta, Eli.
La pequeña lo observó, intentando dejar de llorar. ¿Quien era aquel chico? No lo había visto en su vida... Sin embargo, lo conocía de algo. Era alguien importante. ¿Por qué si no, se sentía a salvo? ¿Y por qué su corazón latía tan deprisa? ¿Qué era aquello?
Su vista se empezó a nublar poco a poco, sintiendo como la pesadilla daba a su fin. Sin embargo, no despertó.
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Judal abrió los ojos y suspiró. Le había costado lo suyo meterse en la pesadilla de la rubia, a la que había encontrado tirada en el suelo. Le había costado reconocerla con aquella máscara y había estado a punto de atacarla pero... su instinto le dijo que no lo hiciera. Parecía que estaba sufriendo lo indecible. Murmuraba cosas sin sentido y no dejaba de revolverse, además de que aparecían golpes en su cuerpo de la nada.
Ahora la chica parecía en calma, sentada en el suelo, pero sin despertar. Debía de estar agotada, ¿cuantas veces habría repetido la misma ilusión?
Gruñó con frustración, ¿cómo había podido dejar que entrase? Mira que la dejó con la estúpida pelirroja, quien -por lo que sabía- debía protegerla. Miró los moratones que habían aparecido en su cuerpo y frunció el ceño, furioso. Maldito sea el djinn de aquel calabozo. Las pesadillas eran ''reales'' -en un plano diferente a aquel lugar, aunque todo era posible en un calabozo- y por lo tanto los golpes que sufrieras allí también lo eran.
¿Por qué Eliza no le había contado aquello? No, espera. La respuesta la tenía: No había preguntado, por lo que no sabía absolutamente nada de la chica. Sí, era la hija de la vieja, venía de otra dimensión... ¿Y qué? ¿Qué más sabía de ella? Nada. Y eso lo ponía furioso. Además de que no entendía como alguien le había calado tan hondo en tan poco tiempo. Maldita sea.
Respiró hondo y la miró. No podía dejarla ahí tirada, expuesta a otra pesadilla. Tenía un cabreo de mil demonios, pero no podía pagarlo con una persona que estaba parcialmente desmayada. La cogió en brazos como si no pesara nada -Obviamente se había puesto un hechizo de fuerza, él no podía con ella, pesaba mucho. En algún momento se lo echaría en cara- y echó a andar.
''¡EH, TÚ!'' gritó alguien en su cabeza.
–¿Otra vez, bicho? Es la maldita cuarta vez que me llamas, ¿qué mierda quieres?
''¡Dije que teníais que pasar la prueba solos! Además, ¿de qué la conoces? ¡Ella ha venido con otra aspirante!'' dijo la voz de Enoch. Lo suponía. La próxima vez que viese a la fanalis diría lo mismo que ella decía cuando ensartaba a alguien con su espada: ''he hecho un kebab humano''. Pero con hielo. Su hielo que no falte.
–Me importa una reverenda mierda. Ella es mía. Me da igual si te molesta que interrumpa las torturas que le hacías. –aquello lo soltó con odio. –Será mejor que no te aparezcas delante de mi, maldito bicho, o te reduciré a cenizas.
''Inténtalo si puedes, magi. Alguien caído en la depravación no es rival para mi.''
–Eso ya lo veremos. –dijo él, con una sonrisa maniática.
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De nuevo en el otro pasillo, un par de ojos miraba impasible a la chica pelirroja que se retorcía de dolor en el suelo. No pareció alterarle. Caminó tranquilamente con una mirada decidida, sin molestarse en ayudar a la medio fanalis.
Aunque hubo algo que casi lo hizo dudar.
La voz de la chica pronunciando su nombre.
–Ha... kuryuu... –susurró, seguido de un grito de dolor. El nombrado se giró hacia el cuerpo tembloroso de la chica. Se acercó a ella y se agachó y, sin pronunciar ni una sola palabra ni mostrar ningún sentimiento en especial mientras observaba sus heridas, le tocó la frente con los dedos.
Rize se relajó al instante y, como su hubiera sido tan solo una ilusión, el príncipe se fue.
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Cuando, por fin, Eliza abrió los ojos, sintió como si le hubiese pasado un tractor por encima. Física y psicológicamente. Intentó mover un brazo, sintiendo como si miles de agujas le perforaran la carne. Ahogó un gemido y cerró los ojos con fuerza.
–Yo que tu no me movería mucho.
Entonces se percató de que alguien la llevaba en brazos. Se sentía tan cansada que ni se había dado cuenta. Alzó la mirada hacia la cara de aquella persona y se quedó helada.
–¿Judal...? –dijo, casi en un susurro.
–El mismo. –le respondió él, fijando sus ojos rojos en su cara, mostrándole una sonrisa de superioridad.
–¿Qué... haces aquí?
–Eso debería preguntártelo yo a ti, ¿no crees? –dijo él, cambiando su expresión a una de seriedad extrema.
–Entonces... tú has hecho aparecer el calabozo... –dijo Eliza, relajándose un tanto.
–¿Vas a contestar mi maldita pregunta? ¿Qué demonios hacías aquí, Eliza?
–Rize... quiso entrar a por el djinn. Y no quise dejarla sola.
–¡No deberías haber entrado aquí, idiota! ¡Si yo no te hubiese encontrado aún estarías en ese maldito recuerdo!
–...
–¡¿Es que eres masoquista?!
–Judal...
–¿Ahora qué? –preguntó, molesto. Con ella y consigo mismo. No sabía nada. Absolutamente nada.
–¿...lo viste?
–¿Huh?
–...el recuerdo.
–Sí. Claro. ¿Cómo si no te hubiese sacado de esa pesadilla, idiota?
–Lo siento... –musitó la chica, temblando. –Por culpa de mi debilidad Rize no podrá conseguir el djinn... y tú has tenido que rescatarme... si no lo hubieras hecho... yo hubiese muerto.
–No empieces a auto compadecerte de ti misma, idiota. No sirve nada.
–¿Y entonces que se supone que debo hacer? Judal, soy débil. Mi magia no es nada del otro mundo...
–No quiero escuchar eso de ti, ¿me entiendes? –dijo él, entre dientes. Estaba cabreado. Eliza estaba en su modo emo y ahora a saber como mierda la sacaba de eso.
La rubia estuvo callada durante todo el camino. Cosa que le preocupó un poco al magi -no lo admitiría ni aunque le torturasen, por supuesto-. ¿Tanto le había afectado aquella visión?
Al fin, y sin saber si quiera como, divisó una puerta al final del pasillo. Enfiló directo hacia allí.
–Eh. Hemos llegado.
–¿¡ELI?! –bramó una voz a la izquierda de Judal. Era Rize. Herida por todas partes pero era Rize. –¿¡QUÉ MIERDA LE HA PASADO?! NO, ESPERA ¿¡QUE HACES TÚ AQUÍ?! –preguntó.
–Eso es lo que menos importa ahora, ¿¡Cómo se te ocurre dejarla sola?! –gritó, enfadado. Una chispa de ira pasó por los ojos de Rize.
–¿¡Crees que quise separarme de ella?! ¡Fue el puto bicho quien la llevó a otro lado!
–Estoy bien... –murmuró Eliza, sin alzar la cabeza.
–¡NO, NO LO ESTAS! –dijeron ambos a la vez. Rize chasqueó la lengua, enfada consigo misma.
–¿Qué mierda le ha pasado?
–La encontré metida de lleno en una visión. La saqué de ella, pero se quedó así. –explicó.
–No es como si me pasara algo grave... Judal, puedes bajarme ya. –dijo ella, sin quitar su expresión de muerta viviente. La pelirroja la observó con una ceja alzada. Le tenían que haber afectado muchísimo los recuerdos y las ilusiones como para dejarla así.
Judal suspiró y la dejó ponerse de pie con delicadeza. Acto seguido enfiló directo hacia la salida.
–Terminemos esta mierda. Hakuryuu me está esperando.
–¿...Qué? ¿Hakuryuu está aquí? –dijo la medio fanalis, confundida. Entonces... ¿lo que había visto entre los dolores de su ilusión era cierto? ¿La había salvado? Pero aquel Hakuryuu era raro... como frío y distante.
Rize cogió del brazo a Eliza y se dirigió a zancadas a la salida. Nada más cruzar el umbral, una luz las cegó.
–¡Bienvenidos a la última prueba del calabozo, mis aspirantes a Rey! –dijo Enoch con alegría. Hakuryuu y Judal se encontraban ya allí, mirándolo. Rize no pudo evitar quedarse mirando al príncipe. Ni la miraba si quiera, le rodeaba un aura gélida y un tanto aterradora... ¿Ya tocaba eso en el manga...?
–Esto será fácil. Os explicaré la siguiente prueba.
–Ya era hora, maldito bicho. –bufó Judal, exasperado. Enoch le fulminó con la mirada.
–Como decía... al ser dos aspirantes a Rey, Lord Gaziel ha decidido reducir la prueba a esta solamente. Con lo cual y si no está bastante claro ya... luchareis entre vosotros. ¡Aspirante a Rey contra aspirante a Rey! ¡Será divertido~!
–¿Qué? Rize... ¿estás segura? –preguntó la rubia.
No hay otra opción. Necesitamos ese djinn. Y que Hakuryuu consiga otro influirá en la historia. De mala o buena manera, pero no podemos arriesgarnos.
–¡Bien! ¡Qué comience la siguiente prueba~!
