Capítulo 15 parte 4

Continuamos en el Sengoku…

El joven monje Miroku se había ausentado nuevamente de la aldea a petición de Sango, su esposa, y así acrecentar su nivel espiritual a un plano que le permitiera la purificación de los aditamentos especiales para elaborar las armas necesarias en el trabajo de exterminador, los huesos y piel de yōkai. Ella por su parte, auxiliada por su hermano Kohaku, por Kirara, su mascota, y por Inuyasha, su amigo Hanyō… y con el incondicional apoyo de su marido, abrió en la pequeña población una escuela de enseñanza en el oficio de yōkai taijiya. Como ya no había nadie más para tan peligrosa labor, sólo su consanguíneo, a ella le pareció una buena idea. Además, el entrenamiento de exterminador requiere de por lo menos 5 o 6 años de preparación, así que aun había tiempo de sobra para que egresara una generación de alumnos. Con lo que no contaba la joven castaña era con un poco de intervención de la naturaleza a favor de su amado cónyuge, aproximadamente un mes y medio después de la partida de este último.

Una tranquila y soleada mañana volvió a sentir un mareo mientras le daba a sus gemelas de desayunar… un mareo como un buen tiempo atrás, casi cuatro meses después de haberse matrimoniado. Las pequeñas parpadearon extrañadas al ver el momentáneo gesto alterado de su progenitora. Afortunadamente para Sango Shippou y Kohaku estaban ahí, haciéndole compañía como le habían prometido a Miroku, y también se asombraron por ese cambio notorio.

Hermana… ¿acaso te sucede algo? — su pequeño hermano se preocupó al verla trastabillar y ponerse pálida cuando les estaba sirviendo el guisado. Se levantó presurosamente para auxiliarla.

Descuida, Kohaku querido, es sólo que… — dijo ella recuperando el equilibrio, procurando de no darle importancia al asunto, más salió corriendo como pudo… con rumbo al baño.

¡Mami! — exclamaron las chiquillas, visiblemente temerosas al ver salir a su madre de esa forma tan precipitada.

Tranquilas, niñas — Shippou les habló calmadamente para serenarlas —, ahorita regresa su mamá.

Se escucharon sonidos extraños que hicieron erizar la piel de los dos jóvenes mientras cargaban a las gemelas, las cuales parecían a punto de llorar al sentirse abandonadas por la autora de sus días. Sango volvió un rato más tarde, limpiándose la boca con un pañuelo… se veía algo mal. Tomó a sus peques en brazos y las apretó cariñosamente para después terminar de beber una taza de té que se había servido tratando de contrarrestar el malestar, lo cual le hizo recobrar el color.

Chicos, se los agradezco tanto — les indicó a Shippou y a su hermano cuando aferró a sus hijas —. No se asusten, mis niñas — les sonrió en cuanto acabó la bebida caliente, dándoles un beso a ambas, lo que hizo que las infantas se calmaran —, mamá no va a dejarlas… pero me parece que su padre se salió con la suya después de todo — agregó soltando un suspiro entre resignado y complacido, y sus mejillas adquiriendo un tenue rubor al recordar a su amado esposo.

Sango… ¿a qué te refieres exactamente? — preguntó Shippou mirándola fijamente con gesto de duda. Las gemelas recuperaron la sonrisa otra vez al ver contenta a su mamá.

Hermana… ¿en serio te sientes bien? — Kohaku todavía la miraba con preocupación, no muy convencido de su mejoría.

¡Por supuesto que si, Kohaku! — la aludida le contestó muy sonriente. Las niñas le jalaron el cabello a modo de travesura, riéndose —. Señoritas, cálmense por favor — se dirigió a sus hijas con seriedad, indicándoles con una mirada que no le pareció gracioso el "chistecito", y las acomodó en sus cojines —, y terminen su desayuno… porque papi no va a querer verlas mal alimentadas — y les dedicó una leve sonrisa, acariciándoles la cabeza a ambas.

¡Si mami! — dijeron las chiquillas al unísono.

Ya hablaban bastante bien a pesar de su corta edad, pues Lin platicaba mucho con ellas y las gemelas eran muy pericas, repetían todo lo que oían. Muy obedientes se aprestaron a terminar de… tirar su arroz.

Ahome… Kikyō… el arroz tenían que comerlo — Sango las miró una vez más con severidad al percatarse de lo que habían hecho, aunque en el fondo le divertía que sus hijas fueran tan ocurrentes.

Ante ese reproche por parte de su progenitora, las pequeñas dispusieron a recoger pausadamente los granos del cereal que habían tirado en la mesa. Cada que levantaban uno se miraban entre ellas y no disimulaban su alegría por "haber recuperado el arroz", y después, con toda la parsimonia del mundo, se los echaban a la boquita. Los "adultos" mejor resolvieron terminar también con su almuerzo, controlándose para no carcajearse ante ese ingenioso juego.

Muy bien, niñas — Sango les habló en tono dulce —, cómanse todo el arroz — posteriormente se dirigió a los jóvenes —. Bueno, muchachos… creo que le daré a Miroku una sorpresita que sé le agradará mucho, pero no se lo digan todavía ahora que lo vayan a ver — y volvió a sonreír en tanto que los chicos la veían dubitativos.

Sango… — Shippou no deseaba quedarse con la duda —… ¿qué es lo que te pasa?

Vamos, quiten ya esas caras y no se preocupen más. Mi salud esta bien — esa fue su respuesta, y les acarició a ambos una mejilla con suavidad —. Lo que sí es importante es ver hasta donde podemos avanzar con la escuela — dijo un poco más seria. En seguida se dirigió especialmente a su hermano —. Kohaku, es primordial que acompañes a Inuyasha a ver al anciano Totosai, para que empiece a forjar las armas en cuanto Miroku regrese.

Muy bien, hermana, lo que tú digas — el aludido contestó afirmando con la cabeza, ya más tranquilo de ver a su consanguínea reponerse.

Cinco minutos después…

Entonces… — Sango se levantó nuevamente al concluir su desayuno, y regresó con dos pequeños recipientes para bebida —. Ahome, Kikyō… — les habló a sus hijas una vez más, las cuales continuaban jugando con su cereal —… en cuanto terminen con su arroz, podrán tomar su leche — les indicó con ternura.

Las chiquillas apuraron su tarea y, muy contentas acostadas en sus cojines, bebieron su leche.

El tiempo pasó… porque tiene que pasar.

Inuyasha ya sospechaba que Sango tenía algo anormal, aunque no se imaginaba lo que era. Ella continuaba instruyendo a los niños de la aldea, a los que sus padres habían inscrito en la academia, con las lecciones básicas del curso de exterminador, y era una excelente maestra. Se desplazaba con su agilidad característica y soltura y hasta les había dado a los pequeños discípulos y a sus progenitores una exhibición de sus habilidades con el Hiraikotsu, su antigua arma, ayudada por su amigo Hanyō, el cual sufrió bastante para esquivar los embates del arma… por algo Sango era en su tiempo la mejor exterminadora; y les explicó que necesitaban por lo menos 5 o 6 años para poder utilizar un instrumento de ataque, contándoles su propia historia y la de su hermano. Pero había ocasiones en que la joven castaña se retiraba antes de terminar con la instrucción del día, llevándose la mano a la boca y corriendo precipitadamente al baño. Bueno, el de plateada cabellera no quería quedarse con la duda.

Oye, Kohaku — le preguntó al muchacho un día que fueron a ver a Totosai para afilar a Tessaiga, llevando con ellos otras piezas de yōkai que podrían aprovecharse, y esperando no toparse con Sesshōmaru… porque una vez había coincidido con el gran demonio y no fue nada agradable —, ¿qué mierda tiene Sango? Ha estado bastante rara este último mes.

No estoy seguro, señor Inuyasha — contestó el aludido en voz baja, como apenado por no saberlo a ciencia cierta —. Mi hermana se ha sentido algo mal desde hace días, pero no quiere que le diga a mi cuña… — tartamudeó un poco y se corrigió, pues le parecía un poco irrespetuoso llamar a Miroku por su nombre aunque fueran parientes —… a su Excelencia sobre su estado. Dice que quiere darle una sorpresa — y sonrió tímidamente, algo sonrojado.

¡Keh! Entonces… ya me imagino por donde va la cosa — resopló el semidemonio sin saber si reír o llorar… "Mugre Miroku endemoniado…" pensó entre divertido y asqueado "… y Sango que se hacía del rogar". Así que, queriendo o no, las ilusiones de su amigo ojiazul se habían cumplido —. Bueno, por lo menos no fue tan pronto — externó en voz alta.

Disculpe, señor Inuyasha… — Kohaku pareció un poco asombrado por esa observación —… ¿usted ya sabe lo que tiene mi hermana?

¿Eh? — al segundo recordó que no estaba solo —. ¡Keh! — exclamó retornando a su aspereza habitual —, creo saber pero… — pareció dudar un poco — no estoy seguro. Es mejor que esperemos a que ella lo diga.

Así pasaron los tres meses de ausencia… Y el traje de exterminadora de Sango volvió a quedarle más justo que de costumbre, pues un bultito empezaba a hacerse notorio. La pobre se sonrojó excesivamente cuando Inuyasha le hizo la observación de que se apreciaba bastante apretado en la parte baja de la cintura. Sabemos que nuestro amigo de plateada cabellera es la mar de "discreto".

Oye, Sango — le dijo sin pizca de educación, la noche del día en que Miroku regresaría de su preparación espiritual —, ¿acaso has estado comiendo demasiado, o… la falta de ejercicio nocturno te ha hecho daño? Ya se te ha salido el estómago por debajo de tu apretado traje — agregó en tono mordaz.

En ese momento ya se había cambiado el ajustado traje de exterminadora por una túnica un poco más holgada. Se encontraban dispuestos a cenar, reunidos una vez más en la vivienda de la joven pareja, un poco más tarde de finalizar las clases de yōkai taijiya. Para su marido había preparado un exquisito pescado asado… una bienvenida por todo lo alto, como siempre que él se ausentaba por más de quince días. Todos los conocidos esperaban por el joven monje: sus pequeñas hijas, Lin, Shippou, Kohaku con Kirara y, por supuesto que no podía faltar cuando se trataba de una buena comilona, Inuyasha.

¡Inuyasha!, ¿pero qué cosas estas viendo? — ella lo cacheteó con fuerza después de servir el último tazón de guisado, visiblemente ofendida por esa observación tan prosaica.

Las pequeñas gemelas se divertían con las lecciones y, a pesar de no ser niñas mayores, trataban de imitar los movimientos ágiles de su madre o del tío Kohaku. Claro que con su corta edad, un año y cinco meses, no les salía pero para nada. Aún así se carcajeaban junto con Lin cuando se caían al tratar de girar sobre sí mismas. Tal vez, cuando fueran más grandecitas, alguna querría ser exterminadora. Pero ahora que se encontraban sentadas haciendo tiempo para complementar su merienda al lado de su padre, se rieron de la expresión de dolor del pobre "Perrito" Inuyasha ante el contundente golpazo que le propinó la autora de sus días, y también quisieron aporrearlo con sus palillos.

¡"Perrito" malo! — dijeron entre risas, tirándole un puñado de arroz de sus respectivos "platitos".

Ahome… Kikyō… basta ya de travesuras — les indicó su mamá con severidad —, la comida no se tira, y a papi no le va a gustar que hagan eso.

Las dos pequeñas se dispusieron a comer sus verduras ante el regaño de su progenitora, más no le quitaron la vista al semidemonio, reflejando diversión en sus pupilas cafés y azules respectivamente, haciéndole gestos simpáticos de vez en cuando. El Hanyō las fulminó con su dorada mirada mientras se sobaba la mejilla, y se decidió a despacharse los granos de arroz que le habían arrojaron.

¡Keh! — se defendió el de dorados ojos con enfado al momento de tragarse los pocos granos de arroz que las gemelas le "obsequiaron". "Esa Sango es tan… brusca" pensó aun adolorido —, Sango, sólo es una observación, no tienes porqué ponerte violenta… no soy Miroku para que me golpees.

Pues entonces… — la mirada café de la ex - exterminadora destelló de furia por un segundo, consiguiendo que el semidemonio se atragantara con el arroz. Al instante retornó a la calma para atender a sus hijas, porque tiraban casi la mitad de la porción que trataban de llevarse a la boca —… no veas lo que no debes ver, Inuyasha.

Los otros jóvenes presentes le dedicaron al de plateada cabellera una breve mueca escrutadora, con los ojos cerrados a lo rendija.

Por cierto que la anciana Kaede había salido de la aldea y estaría ausente por tres días. Generalmente, cuando Miroku estaba en la población iba con ella a esas largas travesías, a brindar sus servicios espirituales, y regresaban mucho antes; pero ahora, ante la ausencia de su Excelencia, la anciana fue sola y no se arriesgó a volver hasta más tarde. La luna nueva sería en dos noches más, y Kohaku acompañaría nuevamente a su amiga junto con el Señor Sesshōmaru… al joven exterminador le emocionaba pensar si en esta ocasión llegarían más allá de la India.

En tanto los recibimientos de sus amigos le hacían a Miroku más llevaderas sus ausencias, porque era amorosamente atendido a su regreso, y su mujercita se mostraba muy cariñosa por varias noches.¡Su gusto, así hasta se iba contento! Y, hablando del Rey de Roma…

¡Familia, ya estoy aquí! — se oyó la voz de Miroku desde afuera.

Las niñas se emocionaron y sonrieron felices al oír la voz de papá.

¡Papi! — dijeron a una voz, mirándose entre ellas, y por un lapso no supieron si levantarse o quedarse sentaditas en sus cojines. La acción de su mamá las convenció de hacer lo primero.

Sango se levantó rápidamente y salió presurosa, olvidándose momentáneamente de sus hijas… ya anhelaba encontrarse entre los brazos de su amado esposo. Así que sus pequeñas la imitaron y se levantaron de sus "asientos" tan rápido como les permitían sus piernitas. Los demás prefirieron dejarlas hacer su voluntad en esta ocasión.

¡Miroku, cariño mío! — le dijo su mujer y, arrojándose a sus brazos, lo besó con ternura —. ¡Ya te esperábamos! — más fue un beso fugaz, estando todavía consiente de que tenían visitas —. Pasa Hachi, por favor, ya sabes que estás en tu casa — saludó amablemente al mapache compañero de su marido.

Muchas gracias por su hospitalidad, señora Sango — respondió respetuosamente el aludido, dedicándole una reverencia antes de dar un paso más.

Y ya iba a ingresar el tanuki a la vivienda cuando… fue derribado por las dos pequeñas que cruzaron la puerta como "tornados".

¡Papi!, ¡Papi! — le gritaron al unísono y se abalanzaron sobre su papá, jalándole fuertemente la túnica para llamar su atención.

¡Ah, mis pequeñas mujercitas! — exclamó Miroku atendiendo al llamado de sus hijas. Sango lo soltó y le permitió que cargara a las mellizas. El monje estaba más que feliz ante el recibimiento de sus tres mujeres —. Mi Ahome linda, mi querida Kikyō… — las miró con ojos de borrego tierno —, ¿cómo han estado mis tesoros? — y las besó en sus rosadas mejillas —. ¿Me extrañaron?

Por toda respuesta, las gemelas le tomaron las arracadas otra vez mientras le canturreaban con su vocecita infantil:

¡Papi manolarga! ¡Mami bonita! — y lo jalaron sincronizadamente de ambas orejas, una de cada lado.

¡Auch! Niñas, eso me duele mucho — les dijo más seriamente, y trató de bajarlas con cuidado —. En serio, no es gracioso para nada — haciendo una mueca de dolor. Las chiquillas no cedieron y se rieron de la expresión de papá.

Ahome… Kikyō… — les dijo Sango con severidad, auxiliando a su marido —… no jalen las orejas de papi y vamos a terminar de cenar.

¡Si mami! — contestaron al unísono y soltaron a su papá, para después besarlo en las orejas y acariciarle los cachetes —. ¡Papi manolarga! — le dijeron con ternura angelical mientras lo miraban con aire de inocencia en sus ojitos marrones y azules, respectivamente.

¡Mis pequeñas mujercitas! — el ojiazul las apretó con cariño ante esa muestra de amor y se dispuso a entrar a su cabaña.

Sango se tomó el brazo de Miroku y sonrió divertida… sus hijas podían ser verdaderos "diablitos" con carita de ángel. Hachi se había levantado solito y se metió antes que la familia, dirigiéndose al comedor y sentándose un poco apenado sobre un cojín vacío

La cena fue bastante divertida, pues las gemelas insistieron en darle a su papá de comer al ver que su mamá le prodigaba tan buena atención… casi le meten el pescado en la nariz, por lo que Sango tuvo que llamarles la atención, acomodarlas en su lugar y obligarlas a terminar su propia cena. Así que Miroku suspiró resignado y acabó alimentándose solo, posteriormente de darle a Kikyō su porción correspondiente de pescado mientras su esposa le daba a Ahome lo que aún no había terminado. Después platicaron de varias acontecimientos relevantes en la región y llegó la hora de dormir. Lin había servido la última "taza" de té del día y las pequeñas jugaron con su progenitor al "caballito" y otros juegos. El monje había tenido que quitarse las arracadas después de tantos jalones cariñosos de sus hijas. Ya se veían soñolientas y en ese momento tomaban su leche tibia.

A ver, mis pequeñas y queridas mujercitas — Miroku las tomó a ambas entre sus brazos, levantándolas cuidadosamente y mirándolas con el amor reflejado en sus oscuras pupilas azules. Las niñas bostezaron al terminar su "bebida" y se acomodaron para dormir… estaban muy contentas de que papi estuviera otra vez en casa —, su papá les cantará una canción para dormir, una linda canción que aprendí ahora en mi viaje.

Y se arrancó con una bonita y dulce canción de cuna, meciendo a sus mellizas. Con su armoniosa y apacible voz pronto las chiquillas cayeron dormidas en brazos de Morfeo… Miroku puede ser muy galán avorazado, pero también una ternurita, especialmente tratándose de sus hijas.

El padre ha dicho que la mano del yōkai es la mano que protege.

La madre ha dicho que la mano del ser humano es la que consuela.

Ambas manos ensamblan juntas y abren la puerta al retorno carmesí.

Y piden ser la luz que proteja a los niños, que proteja a los niños...

¡Excelencia, qué bonita canción! — dijo Lin, escuchando embelesada cantar al monje.

Ella también bostezaba de sueño. Kohaku se sentía igual de soñoliento, más no quería ceder a la fatiga por considerarse "mayor" con sus trece años encima.

Si — opinó también Shippou, restregándose los ojos de cansancio. Kirara se había enroscado para dormir junto al kitsune —. No sabía que Miroku podía cantar tan bien, ¿verdad, Inuyasha?

¡Keh! — fue lo único que bufó el aludido semidemonio a modo de respuesta, escuchando absorto el canto de su amigo.

Sango miraba a su hombre con tanta ternura reflejada en sus lindas pupilas cafés, pero también se preocupó por los otros niños, pues ya era el tiempo para ir a descansar.

A ver, Miroku, cariño mío — puntualizó Sango en cuanto su marido terminó de cantar, al ver que sus pequeñas ya estaban dormidas —, acostemos a las niñas y luego acompañas a Inuyasha con los demás a la cabaña de la anciana Kaede.

Los esposos llevaron a sus hijas a sus respectivas "camitas". Lin casi se dormía… más bien dicho se durmió sobre el hombro de Kohaku, cerrando sus lindos ojos achocolatados, pues la armoniosa melodía le dio más sueño. Hachi también se quedó dormido en el suelo, junto al brasero.

¡Keh! De una buena vez, Sango — en cuanto los cónyuges regresaron, Inuyasha ya no pudo morderse la lengua y le espetó a su amiga sobre su condición, mientras tomaba a Lin en sus brazos, lo más delicado que pudo —, ¿qué diablos le ibas a decir a Miroku, por qué has estado muy rara en estos días?

La aludida lo miró muy enojada, tanto que consiguió que el Hanyō diera un paso hacia atrás… lo bocón impertinente no se le quitaría nunca. Después sonrió y se abrazó a su amado esposo, quien parecía anonadado por lo que su amigo había dicho. Kohaku y Shippou también esperaban, frotándose los ojos cargados de sueño para tratar de no dormirse. El muchacho ya llevaba a la pequeña Kirara, acostada entre sus brazos.

Sango, ¿qué es lo que te ocurre? — Miroku correspondió al abrazo, observándola con preocupación —. ¿Acaso te enfermaste en mi ausencia? — preguntó en tono intranquilo.

No, Miroku, querido mío… nada para alarmarse — le sonrió para tranquilizarlo —. Pensaba decírtelo más tarde, pero… — y le lanzó una vez más, por un breve segundo, una fulminante mirada de irritación a Inuyasha, haciéndolo temblar un poquito ante su enfado —… éste indiscreto soplón… — y retornó a ver nuevamente a su marido, recuperando el amoroso gesto —. ¡Tendremos otro hijo! — plantándole un sonoro beso en el cachete para a continuación apartarse delicadamente de su abrazo —. Ahora vayan a dejar a estos niños que ya deben dormir.

Una vez más… el llanto extasiado del monje ante la noticia, la tan ansiada noticia, no se hizo esperar, que se olvidó de los presentes para abrazar más fuerte a su mujer.

¡Sango, amor mío! — y la besó con tanta pasión que casi se ahogan los dos.

Eto… — intervino Inuyasha, carraspeando sonoramente para llamar nuevamente la atención del ojiazul —… Miroku, ¿me vas a acompañar o no? — y se sonrojó ante la romántica y empalagosa escena. Los dos más jóvenes parecían no haberse dado cuenta de nada, pues sus expresiones seguían tan soñolientas.

Sango tuvo que abofetearlo otra vez para hacerlo volver a tierra… y es que Miroku tenía ganas de más de un ósculo desenfrenado.

¡Miroku, contrólate por favor! — le dijo con enfado, porque él le había agarrado donde le gusta agarrar… un sitio no apto para acariciar delante de las visitas —. Acompaña a Inuyasha, te esta esperando — y se apartó de su vehemente marido, que sobaba su cachete enrojecido, para besar tiernamente las mejillas de su hermano y del kitsune, quienes parecían haberse despabilado más por el sonido del golpe que por la noticia —. Kohaku… Shippou… vayan a dormir, ya mañana platicamos con calma.

Si… buenas noches hermana — dijo el muchacho, aguantando un bostezo.

¡Ajum!, buenas noches Sango — Shippou no pudo reprimirlo, abriendo grandemente el pequeño hocico.

Buenas noches, Inuyasha. Descansen y gracias por cuidarlos — ahora la castaña le dedicó a su amigo una sonrisa dulce, a modo de perdonarle por su imprudencia, y también le dio su correspondiente abrazo, lo que le provocó un breve sonrojo al Hanyō.

Sango… no es para tanto… — farfulló avergonzado en extremo.

Ella amplió la sonrisa ante el bochorno del semidemonio. Después empujó suavemente a su marido hacia la puerta.

Anda ya, Miroku, cariño mío — le dijo mimosamente y le guiñó pícaramente un ojo… con ese gesto le daba a entender muchas cosas —. Te daré un suave y efectivo masaje para desestresarte ahorita que regreses, porque se ve que estas cansado del viaje.

Si… lo que digas — respondió el aludido ya sin afán de molestarla, dispuesto a cumplir con la petición de su consorte.

El joven monje cargó a Shippou y tomó de un hombro a Kohaku para evitar que se cayera de sueño. Aun estaba un poco absorto por la noticia, tanto así que ni se había preocupado por el mapache dormilón, el cual tuvo que permanecer en la cocina, roncando en el suelo junto al fogón. Cuando ya habían recorrido un buen trecho, las lágrimas volvieron a brotar en sus ojos azules.

¡Qué noticia tan maravillosa! — habló con voz un tanto ronca —. ¡Seré padre una vez más! — dijo mientras caminaban hacia la cabaña de la anciana Kaede —. ¡Ojalá qué sean dos nuevamente!

Su amigo de plateada cabellera no hizo más que poner una típica expresión anime para interpretar su bochorno e incomodidad ante esas ocurrentes peticiones, en tanto le brotaba una diminuta y minúscula gota en su frentecita. "¡Pero qué pesado es este maníaco de Miroku!" pensó al mirar al ojiazul con esa simpática expresión dibujada en su rostro. El monje… ni por enterado, disfrutando de sus sueños guajiros, de verse rodeado por una veintena de vástagos, con Sango a su lado. En cuanto llegaron a la pequeña vivienda Inuyasha acomodó cuidadosamente a Lin en su "camita", Kohaku se tiró en su colchoneta después de colocar a Kirara sobre su cojincito, y Shippou se acostó con el muchacho.

Buenas noches… — dijeron al unísono los dos jóvenes, para después soltar un ronquido, señal inequívoca de que se habían rendido al fin.

Bueno… lujurioso y asqueroso manolarga — espetó el Hanyō por lo bajo, acompañando a su camarada a la puerta de la cabaña —, lograste lo que querías… aunque te costó más trabajo que la primera vez — puntualizó un tanto socarrón.

Muy gracioso, Inuyasha, muy gracioso— le contestó con algo de molestia, más sus lágrimas de felicidad no habían dejado de caer —. Pero recuerda que ya te veré cuando te toque — y salió disparado rumbo a su cabaña, gritando a los cuatro vientos —. ¡SERÉ PADRE OTRA VEZ!

El Hanyō lo vio correr, en su rostro se vislumbró una mueca entre enojada y divertida, y pensó en su querida Aome y en algunas cosas futuras… sonrojándose otra vez al imaginarse perdiendo la cordura como el monje al recibir la buena noticia… y lo que sigue después.

Ese Miroku es un peligroso enfermo mental… y Sango no se queda atrás — meditó el ojidorado, cruzándose de brazos por un instante —. Aunque tengo que reconocer que ella fue más astuta que él, porque si no sí se hubiera preñado pronto y a estas alturas ya tendrían más de tres hijos.

Miró a los niños dormidos y se resignó a permanecer con ellos en el techo de la vivienda, observando el fragmento de la luna en la cercanía del novilunio, mientras su pensamiento divagaba hacia el futuro… al amor de una linda y dulce chica que lo amaba y regresaría con él muy pronto.

Nota de la autora: Aquí en el Sengoku nos adelantamos bastante, ya dos años, para que Aome no tarde en regresar y ya nos movamos en un solo plano (casi). Y… ¿a quién se le ocurre gritar por la calle a las diez de la noche?, en esa época era raro. Ese Miroku y sus ocurrencias, jajaja. En la época actual me regresaré un poquito para culminar la historia de Shinosuke. Sayonara.

P.D. Los diálogos de las niñas no voy a escribirlos como si fuera el "lenguaje de los bebés", me molesta mucho. Serán diálogos normales, como si fueran personas grandes. Y unos cuantos datos extras: Komori uta se les llama a las canciones de cuna en japonés, y gracias a la aportación cultural de una fan del otro foro, donde yo empecé a escribir, tengo este Fragmento de la canción "The song to send of spirits", tema que viene en la película 4 "La isla de fuego". Tal vez no es una muy buena traducción pero la canción es bastante bella.