CAPÍTULO 25: AMOR Y ODIO.
Como en cualquier otra salida a Hogsmeade el castillo era un revuelo. Todos estaban deseando salir para degustar un día que sabía a primavera temprana. En la torre Gryffindor, Alan obligaba a Harry a arreglarse, le había prometido que antes de que acabara el día volvería habiendo olvidado completamente a Yael. Harry que se había hecho el duro sumándose a lo que terminaron siendo sonidos guturales sacados de las cuevas de Atapuerca para demostrar su hombría, sabía en el fondo que si Alan tenía algún plan relacionado con chicas de por medio, volvería esa noche con un sentimiento de culpabilidad más agravado.
-Ízar tenía esa misma cara el otro día- Matt, arreglado para la ocasión, miraba a los chicos desde el dintel de la puerta. Harry se miraba en el espejo aparentando estar deseando encontrar una nueva chica mientras que Alan lo observaba con un gesto en la cara que tal como le había dicho Matt se parecía mucho al que mostró Ízar unos días antes.
-Eso no puede ser, enano, ¿no ves que yo soy más guapo?
Matt ignoró el comentario egocéntrico de Alan como si fuera una mosca a la que hubiera terminado acostumbrándose. Se acercó a él e intentó que su hermano no lo oyera por si acaso su corazonada terminaba siendo real.
-¿Habéis tramado algo?
-¿Se te olvida que ése y yo no nos hablamos? Bastante tengo con aguantarle con cordialidad en el quidditch como para preparar un plan juntos.
-Pues él también trama algo.
-Pero seguro que no es tan bueno como lo mío.
Matt prefirió ignorar la lucha interna que había estallado en su familia y concentrarse en su cita. Una cita que había conseguido él sólo, sin la presión de sus hermanos diciéndole lo que tenía o no que hacer y eso le hacía sentir tremendamente orgulloso de sí mismo, como si hubiese empezado a madurar. Había planeado pasar la mañana con Samantha, una chica de tercero que había ido a verle un día al entrenamiento con sus amigas. Por suerte, el resto de miembros del equipo estaba tan metido en sus respectivos problemas que le había ignorado.
Samantha era de las pocas chicas de Hogwarts que se llevaba bien con Alya, quizá porque tenía muy buena mano con los niños o quizás porque nunca había mostrado signos de querer acercarse a Matt. Así que aquella mañana pudo salir del colegio hablando con su cita sin sufrir ningún percance.
Por su parte, Andrea e Ízar pasarían la mañana paseando juntos haciéndose cariñitos, cosa que no variaba mucho de lo que ya hacían dentro del castillo; pero Andrea después de discutir con Hermione que no quería pasar el día sola con Ron, para no aumentar más los ya de por sí nutridos comentarios de sus compañeros, bajó sin muchas ganas de nada y con el gesto algo mustio.
-¿Estás bien?- El beso ausente y la mirada perdida no pasaron desapercibidos para Ízar, que la esperaba en la sala común.
-Sí, sí, es sólo que… nada-Andrea se cortó y miró por un segundo a Ízar, pensando en lo que Hermione le acababa de decir, después sonrió, ocultando todos los pensamientos que últimamente la abrumaban y salió de la sala común cogiendo a su chico de la mano.
Ízar no perdió detalle de su comportamiento fingido, quizá incluso algo sobreactuado preguntándose qué podría pasarle y lamentándose por no poder acudir a quien de seguro lo habría averiguado en un par de minutos con ella. Ambos habían planeado pasar la mañana juntos, lejos de los comentarios que siempre les perseguían porque quien más y quien menos especulaba sobre el enfado entre Black y Lupin que hasta la fecha habían dado la apariencia de ser siameses, más que amigos. A la hora de la comida habían quedado con su plan, a Ízar se le había ocurrido que podía aprovechar la influencia de Andrea para convencer a su amiga Yael de que como mínimo escuchara a Harry. Éste no tenía ni idea del plan de su amigo y en esos momentos se dejaba arrastrar por Alan y su otro plan de rescate que implicaba todo lo contrario.
Sentados en la hierba cerca de la casa de los gritos, Alan se dejaba caer en el regazo de su acompañante mientras charlaba con Harry y la cita sorpresa que le había buscado. Ajeno a los planes de Alan, Harry se veía ahora obligado a mantener aquella cita con la mayor cordialidad posible, aunque para su propia desgracia, por mucho que se decía a sí mismo que tenía que aprovechar aquella oportunidad que Alan le brindaba para olvidar a… ella, lo cierto es que no le apetecía lo más mínimo estar allí y de vez en cuando, cada vez que algún grupito pasaba cerca, inconscientemente miraba con miedo de que ella pudiera pillarle allí.
-Oye, tío, Ízar me dijo que nos viéramos después de comer en la puerta de las Tres escobas ¿Por qué no vamos para allá?
-Paso- contestó Alan llanamente ante la propuesta de su amigo- ¿Acaso no estás aquí a gusto?- las chicas rieron un poco y la acompañante de Harry se acercó más a él intentando ponerse más cariñosa- Vamos Harry aprovéchate, ¿Cuándo te has visto en una mejor para olvidarte de…?
-Mejor te callas ¿vale?- le interrumpió antes de que pudiera pronunciar aquel nombre maldito que le estaba fastidiando sus planes de volver a ser el que era.- Además que aunque tú no te hables con Ízar, él sigue siendo mi amigo y aquí empieza a hacer frío.
-Eso sí es cierto- comentó la cita de Alan- a mí no me importaría entrar un ratito en el bar para calentarnos.
-A ti sí que te calentaba yo- masculló Alan- Pero vale, acepto. Ahora, no esperes que me siente en la misma mesa donde ése respire.
-Trato hecho
Yael llegó sola a donde había quedado con Andrea, no sabía muy bien qué quería pero no se imaginaba que Ízar estaría allí con ella. Diez metros antes de llegar estuvo tentada de darse la vuelta al olerse un poco la situación, pero aún así, no fue capaz de hacerlo y continuó caminando hasta encontrarse con sus amigos.
-Ya pensé que no venías.- le dijo Ízar en cuanto llegó, lo que no hizo sino acrecentar las sospechas de la chica.
-Esto es una encerrona- se quejó a su amiga que le devolvió un gesto de perdón.
-Eres libre de irte- le dijo Andrea con algo de pena, ahora se arrepentía de hacerla pasar por aquello.
-¡No!- exclamó Ízar sorprendido de que ahora su novia se pasara al otro bando- quiero decir, que no te voy a atar a un árbol, Yael, pero me gustaría que me escucharas.
-¿Sólo a ti?- preguntó ella con escepticismo
-Más o menos.- después de unos segundos de margen, al ver que ella no se marchaba Ízar aprovechó el camino abierto para hablar.- Sé que quizá hayamos jugado un poco sucio trayéndote engañada pero es que si te avisaba yo sabía que no vendrías- el gesto que hizo Yael se lo confirmó- Yo quería pedirte que por favor vinieras con nosotros a las Tres Escobas y dejaras a Harry hablar aunque sólo fueran cinco minutos. El chico lo está pasando mal de verdad. Te echa mucho de menos.
-¿Ya has terminado de hacer de Celestino?
-Eso depende de si te he convencido o no.
-Pues no, no mucho la verdad- le respondió ella cruzándose de brazos.
-Vamos Yael- intercedió Andrea- No te hagas la dura, tú también le echas de menos y… que no, que no digo yo que lo haya hecho bien- se interrumpió al ver que su amiga iba a abrir la boca- pero a lo mejor si lo dejas claro esta vez desde el principio, él tenga en cuenta lo que quieres.
-Ya ha aprendido la lección- apuntilló Ízar rápidamente.
-Además tú también has tenido tus más y tus menos- le recordó Andrea.
-Sí, pero todos por venganza.
-Eso tampoco es sano.- Ízar le dio un minuto para que se calmara un poco y siguió con cara de pedir favores- Sólo diez minutos y si después de eso no te convence de lo mal que lo está pasando es que no tienes corazón.
-¡Cinco!
-Hecho.
Y antes de que cambiara de opinión los dos la estaban empujando en dirección a las Tres Escobas.
Esperaron en la puerta frotándose los brazos para quitarse un poco el frío. Ízar abrazó a Andrea por la espalda para darle un poco de calor. Le ofreció un huequito a Yael pero esta lo rechazó con amabilidad. A su sensación de frío se estaba sumando un nerviosismo que la hacía temblar más que las bajas temperaturas.
Alan, Harry y sus dos acompañantes aparecieron por el lado contrario de la calle hacia el que en esos momentos estaban mirando sus tres amigos así que cuando acertaron a verlos ya los tenían encima.
-Si esto es una broma no tiene ni pizca de gracia, Ízar.- bramó Yael.
-Mierda- murmuró Harry al verla allí e instintivamente se alejó de su acompañante de cuya mano ya se había zafado un par de veces por el camino- no me puedo creer mi mala suerte.
-Seguro que esto es cosa tuya- exclamó Ízar casi gritándole a Alan.- ¿Ésta es tu forma de ayudar? ¡Si es que no vas a aprender en la vida!
-¿Tú has traído a Yael? – le devolvió Alan enfadado- ¿qué pasa, que ahora que tú tienes novia todos deben tenerla?
Ízar fue a contestarle, aún más enfadado, puso a Andrea a un lado a la que hasta ese momento había seguido abrazado y encaró a su ex amigo dispuesto para lo que fuera, pero Harry aún más enfadado que los dos juntos se puso en medio con una expresión que reflejaba el enorme interés que tenía por machacar él mismo a los dos.
-¿Vosotros me habéis metido en este lío?- gritó fuera de sí, pero no esperó a la respuesta, en cuanto vio que Yael salía de allí a paso ligero echó a correr detrás de ella olvidándose de si sus dos amigos iban o no a partirse la cara. Lo último que oyó fue a Andrea rogarle Ízar que se fueran de allí.- ¡Espera! Vamos Yael, espérame.- pero la chica aceleró aún más el paso, así que Harry tuvo que darse una pequeña carrera para alcanzarla.- Te juro que yo no tengo nada que ver con esto.
-No quiero oírlo.- contestó sin dejar de andar.- Ni siquiera sé porque he aceptado a venir.
-Pero lo has hecho. – Harry la cogió del brazo la detuvo- ¿qué te ha dicho Ízar para convencerte?
-Mentiras- escupió ella- porque ya veo que no lo estabas pasando tan mal como decía. Al contrario te veía muy bien acompañado.
-Voy a matar a Alan- gruñó.- Vamos a dejar las cosas claras, yo no he quedado con esa chica. Alan me la ha traído en plan regalo sorpresa para que me olvide de ti- Harry se calló un momento sopesando con su orgullo si seguir o no su frase, pero al final su orgullo venció.
-Pues espero que lo disfrutes y que te olvides pronto.- Yael se dio media vuelta y volvió a echar a andar rezando porque las lágrimas no aparecieran en un momento tan inoportuno para su orgullo.
-¡Ya está bien!¡Se acabó!- gritó Harry más para sí que para ella- Lo confieso, no quiero estar sin ti. Tienes razón, me he comportando como un gilipollas contigo y lo siento, no te he guardado la cara y te juro que si aceptas volver conmigo no volverá a pasar.
-No es tan fácil.-murmuró ella parpadeando rápido para que no se le escaparan las primeras lágrimas.- Ya no confió en ti.
-Pues me ganaré tu confianza- prometió él- Vamos, Julieta.- Yael sonrió un poco y eso le dio más confianza a Harry que se acercó más a ella- Te propongo un plan. Vamos a empezar de nuevo ¿te gustaría quedar conmigo mañana?- Harry le levantó la cara cogiéndola de la barbilla y ella volvió a sonreírle.- Una primera cita. Nada de dar por hecho que estarás siempre ahí y que eres mi puerto seguro.
-Está bien, pero una primera cita de verdad. Nada de querer quitarme la camisa a la primera de cambio.
-Palabra de boy scoutt.
El domingo suspendieron la práctica de animagia en honor a Romeo que había reconquistado a su Julieta. Harry encontró a su mayor aliado en Matt que más que por amor fraternal, había aceptado porque él también había vuelto a quedar son Samantha, aunque eso era un detalle que no iba a revelar. A Alan aquella conspiración de amor no le hizo nada de gracia, gruño a Ízar que estaba cerca con algo que sonó a "esto es culpa tuya" y desapareció antes de que cualquiera de sus amigos pudiera pegarle esa enfermedad tan grave que les había afectado a todos.
Harry cumplió su promesa, recogió a Yael en la armadura que servía de entrada a Ravenclaw y se limitó a darle dos besos en las mejillas. Pasearon un buen rato cerca del lago, sin cogerse de la mano, sin hacerse carantoñas y sin tirarse detrás de un árbol a explorar lo que había debajo de sus ropas. Un par de horas después, estaba en la entrada a la torre ravenclaw.
-Me lo he pasado muy bien.- Dijo Yael sonriendo por la pantomima.
-Yo también.- Harry por su parte estaba totalmente metido en su papel como si realmente fuera la primera vez que salía con ella- ¿te gustaría que volviéramos a quedar?
-Sí, claro, eso estaría muy bien.- Yael jugueteó un poco con sus manos y dio un paso hasta Harry sin dejar de mirarle fijamente a los ojos. Sabía lo que iba en ese momento, de hecho, la primera cita real que tuvo con Harry no había tenido que esperar hasta entonces para que la besara.
Harry se acercó con una sonrisa muy despacio y le dio un beso en la frente. Cuando se separó le guiñó un ojo con complicidad.
-Hasta la próxima entonces.
El lunes por la mañana la habitación de los chicos de quinto estaba poco concurrida. Ízar seguía durmiendo en la torre de sus padres para evitar percances con Alan y éste no había dado señales de vida desde que había desaparecido el día anterior.
El movimiento en la torre de las familias, como siempre, era mucho mayor. Los cuatro Black se habían quedado durmiendo y ahora corrían de un lado a otro de sus habitaciones para arreglarse e ir a clase.
James se peleaba con sus papeles en el salón intentando encontrar los trabajos de los chicos de séptimo que se suponía que había corregido y guardado en un lugar seguro para no perderlos. El problema era que ahora no encontraba ese estupendo lugar seguro. Lily le apremiaba desde la puerta para que no llegaran tarde, con un café y un donut en la mano para que pudiera comérselo por el camino, cuanto más tardaba más gritaba ella y más nervioso se ponía él con lo que no conseguía dar pie con bola.
-¡Lo tengo! –exclamó justo a tiempo de que su mujer no le tirar el café por la cabeza- Los había metido en la cartera de Remus- y se dio un golpe en la frente por su mala cabeza.
La mañana en la habitación Lupin sin embargo no tenía tanto movimiento. A pesar de que cualquiera habría apostado por que Christine y Remus ya estaban desayunando en el gran comedor, la mujer estaba metida en la cama con la cara pálida y el camisón puesto todavía.
-¿Por qué no te tomas otra poción?- le preguntó Remus preocupado, sentado junto a ella en la cama. Le puso la mano en la frente y no encontró rastro de fiebre, al contrario su temperatura parecía haber descendido peligrosamente.
-No puedo, sabes que como máximo una al día.- le contestó ella con pesar.- Ayúdame a levantarme, si me doy prisa aún llego a mi clase.
-No seas tonta, Chris, no puedes moverte ¿no te ves?- el miedo se apoderó de la voz de Remus que recordó lo malos que habían sido los momentos en el hospital.- Debes pedirle la baja a Dumbledore.
-Con Alan no fue necesario nada de eso- protestó ella.
-Las cosas han cambiado.- Chris se retorció de dolor, cerró los ojos y aguantó el tirón como pudo bajo la mirada impotente de su marido- ¿Quieres que busque a Alan? A lo mejor él puede hacer algo por ti.
Como si hubiera mentado al diablo, el diablo apareció en una columna de luz. Iba colocándose una camiseta que Christine habría jurado que había dejado en Godric's Hollow y con un croissant metido en la boca.
-¿No se suponía que mientras que estuviera ahí dentro tú ibas a protegerla?- sus padres lo miraron desconcertados- Lleva toda la noche quejándose, casi no he pegado ojo.
-¿Qué le ocurre?- preguntó Remus ansioso.
-Le falta energía. ¿Qué pasa, mater, la edad te ha dejado frita?
-Alan, no estoy para tus bromas.- alcanzó a responder Christine con esfuerzo- Marchaos y dejadme descansar un rato, veréis cómo me recupero.
-¡Auch!- se quejó Alan tocándose la sien después de notar un nuevo pinchazo de parte de hermanita- ¡Seguro que sí!- le contesto a su madre con sarcasmo- ¿qué clase de "arcángel guión hermano" sería yo dejando a la pequeñaja en ese estado?- Remus le miró con intención- y a mi madre claro. Eso también estaría feo.
-¡Vamos Alan! Quieres darles ya un poco de energía y dejarte ya de tantas chorradas.- le apremió Remus al borde de la histeria.
Alan se subió de un salto a la cama de su madre y le puso la mano en su ya muy abultado vientre. Una fuerte energía recorrió el cuerpo de su madre devolviéndole el color a las mejillas.
-Mucho mejor así.- Alan se acarició la cabeza ahora que ya nada resonaba ella- ¿qué pasa, enana, te gusta mi energía?- como respuesta, ya fuera por casualidad o porque de alguna forma estaban conectados, Christine recibió una patada que Alan pudo sentir perfectamente- ¡Cómo mola!- fue lo único que exclamó antes de ponerse de rodillas y pegar la mejilla a la barriga de su madre- Tierra llamando a pitufa ¿me recibes?
-¿Habrá algo en tu vida que te tomes en serio?- Remus mucho más relajado ahora que veía que las dos mujeres de su vida estaban a salvo intercambió una mirada algo desesperado con su mujer, que por alguna extraña razón, muy probablemente de orden hormonal, miraba a Alan con ternura sonriendo su comentario.
-¿Remus cariño, puedes ir a mi clase y decirles que tienen la hora libre? Me tocaba con los chicos. ¡Ah! Y dile a Albus que luego iré a hablar con él para pedirle la baja.
-Gracias- acertó a suspirar de puro alivio antes de marcharse.
Alan seguía intentando contactar con su hermana con escaso éxito, se colocaba a un lado y a otro e iba pasando las manos por la superficie de aquel enorme bulto en el que su pequeña protegida se escondía, sin presta mucha atención al hecho de que aquel bulto estaba unido al resto del cuerpo de su madre.
-¿Piensas dejar de sobarme en algún momento de la mañana?
-Ups, lo siento.
Alan se sentó en la cama con las piernas estiradas y apoyado en el cabecero tal y como estaba Christine, pero no le quitó la mano de la barriga, sintiendo cómo a cada segundo el nivel de energía de su madre iba descendiendo. En cuanto bajaba un poco, él volvía a aumentarla añadiendo la suya propia.
-Deja de hacer eso, Alan, o acabarás reventado.
-La renacuaja chupa que no veas.- comentó él ignorando el comentario de su madre- ¿cómo hiciste esto conmigo? Entonces no tenías a nadie para que te llenara el depósito.
Christine rió por la analogía y esbozó una extraña expresión de añoranza por algo que había perdido.
-Entonces no estaba tan débil. Supongo que llevas razón y la edad me ha dejado frita.- Alan la miró y supo que se estaba escondiendo algo.
-No eres tan vieja.- los dos se callaron durante un rato- Matar a Voldemort te dejó bajo mínimos ¿verdad?
-Más o menos.- le contestó sin mirarle. Alan volvió a llenar el cuerpo de su madre de su ahora muy poderosa energía.- Alan…
-mmmm.
-Ahora que estamos los dos aquí solitos, sin testigos…- Christine miró a su hijo con una sonrisa tan cálida que Alan no recordaba haberla visto desde que aprendió a andar- Si tú no se lo dices a nadie, yo seré una tumba.
-¿Qué?- se interesó él, pero ella no habló, le tendió sus brazos y no hizo falta nada más, en menos de un segundo Alan estaba debajo del brazo de su madre, recostado en su pecho como cuando era un niño pequeño.
-Yo nunca te lo digo pero…
-Sí mater, yo también.- le cortó antes de que aquel momento pudiera ser aún más embarazoso.
Christine no dejó a Alan que se quedara más de una hora. Por él habría faltado a todas las clases, pero su madre no se lo permitió. Cuando el chico salió se vistió y fue al despacho del director para hablar de su nueva situación laboral. Lo cierto es que no le hacía ninguna gracia pedir aquella baja, demostraría que su fuerza había decaído con los años y que ya no era la misma de antes. Se miró en el espejo con gesto serio intentando convencerse a sí misma de que podría con cualquier cosa que se le viniera pero una mirada hacia abajo le dejó claro que en aquel estado debía tragarse su orgullo y hacer cuanto fuera por el bienestar de su hija y por el suyo propio, si es que quería verla crecer.
Dumbledore estaba enfrascado en la redacción de una carta cuando Christine llamó a la puerta. Estaba mucho más vigorosa que lo que se había levantado y pudo sentarse sin hacer ningún gesto de dolor. Habló con él durante un largo rato de lo que le ocurría aunque intentaba minimizar todo lo posible los riesgos que realmente corría; el director la escuchó y estuvo totalmente de acuerdo en cuanto ella le propuso dejar de trabajar hasta que naciera la niña.
-Lo que tienes que hacer es cuidar de ti misma y de tu pequeña.- le sonrió con cariño de ver aquella parte de ella que siempre ocultaba- ¿habéis pensado ya un nombre?
-No, lo cierto es que no hemos pensado en ello.
-Aún tienes tiempo.
-Albus, no sé qué te parecerá, pero yo había pensado ya en alguien para que me sustituyera estos meses.
-¡Oh, sí, por favor!- exclamó él aliviado, podría haber sido muy difícil encontrar un profesor a esas alturas de curso.- ¿En quién habías pensado?
-En Sirius.
-Bueno…- intervino después de un rato para asimilarlo- si tú crees que es lo mejor…
-Sirius es muy bueno en trasformaciones.
-Lo sé muy bien. Lo que me preocupa realmente es cómo vais a terminar vosotros dos después de que él tome el relevo. Tenéis formas muy diferentes de entender el concepto "enseñar".
Sirius salió extrañado de su clase de tercero cuando un chico le entregó una nota en la que el director le pedía que fuera a su despacho en cuanto pudiera. La primera reacción fue pensar en sus movimientos de los últimos días para encontrar algo que pudiera justificar una reprimenda del profesor, pero desde el puñetazo a Snape se había portado bastante bien, así que se relajó.
Sin embargo, su relajación desapareció al entrar al despacho. Dumbledore seguía sentado tras su mesa, pero a su lado estaba Christine de pie con los brazos cruzados y ni el hecho de que fuera una de sus mejores amigas ni esa imagen tierna y cariñosa que se supone que dan las embarazadas le sacó de la cabeza que no saldría bien parado de aquella reunión.
-¿Necesito un abogado?- preguntó con cautela mientras se sentaba sin dejar de mirar a Dumbledore y Christine.- porque sea lo que sea seguro que soy inocente.
-Sirius, tú eres cualquier cosa excepto inocente.- le replicó el profesor sonriendo por la reacción de Sirius.- Estás aquí para ver si aceptas una restructuración.
Sirius miró a sus dos acompañantes con desconfianza, aún seguía tenso en la silla y las palabras del director no lo habían tranquilizado lo más mínimo.
-¡Quita ya esa cara! Me estás recordando a Ízar antes de castigarle.- Christine se sentó a su lado con la esperanza de que aquel gesto le diera mayor confianza a su amigo y pudiera tranquilizarse un poco.
-Es que tengo la sensación de que me vais a castigar.- reprochó él.
-¡Oh, por Merlín, Sirius! Ya no tienes quince años- se exasperó Christine, mientras Dumbledore seguía observándoles divertido- Nadie va a castigarte, sólo queríamos pedirte que dieras mis clases hasta que nazca la niña porque yo ya no puedo seguir trabajando.
Sirius los miró aún más desconfiado, aquello no tenía sentido, Christine no le habría pedido nunca algo que conllevara una responsabilidad. Ahí debía haber gato encerrado de alguna manera.
-¿Estás bien?- tanteó Sirius.
-Sí, es solo que cada vez necesito más energía y…
-No, no, físicamente, no. Quiero decir si estás bien del coco. ¿Seguro que esa niña sólo absorbe tu energía?
-Sirius, por favor, tómate esto en serio- le apremió el director- Tú ya eres profesor aquí, conoces a los alumnos y eres muy bueno en transformaciones. Sólo tendrías que reorganizar tu horario con James y Remus, pero estoy seguro de que podrás llevar las clases de Christine sin problema.
-¿Estáis hablando en serio?- Christine se dejó caer en su asiento desesperada como sólo Sirius y Alan podían ponerla. Dumbledore se quitó las gafas y se masajeó las sienes con una mano intentando conservar su eterna calma- Quiero decir- continuó Sirius- yo no estoy poniendo en duda mi capacidad para dar las clases de Christine, lo cierto es que soy bastante bueno en transformaciones, lo que me preocupa es salir vivo de todo esto.
-¿Qué quieres decir?- preguntó Christine ofendida recuperando la postura original.
-Verás, Chris, no te enfades pero tú y yo tenemos formas muy diferentes de dar una clase y estoy seguro de que querrás que todo sea como tú quieres. Vas a estar por ahí pululando alrededor para que haga las cosas bien y cuando no las haga…
-Ahí es donde creo que teme por su vida.- apuntó Dumbledore que intentaba ocultar una sonrisa al ver que Sirius había llegado a la misma conclusión que él.
-En mi opinión estáis exagerando mucho. Puede que me pusiera algo meticulosa con este tema pero no le mataría.
-Permíteme dudarlo- gruñó Sirius en voz baja.
Finalmente Dumbledore se ofreció como árbitro para mediar en los muchos conflictos que tendrían en los siguientes tres meses, así que Sirius acabó aceptando aunque sabía que tendría que hablar con Remus para que fuera su representante legal en aquella contienda que se le venía encima.
Christine había retrasado unos días el castigo de Alan e Ízar con la vana esperanza de que entre ellos llegaran a una solución, pero todo había sido inútil así que aquella noche los seis adultos estaban esperando en el salón de su torre a que los dos chicos llegaran para unirles con un lazo mágico.
Quien más y quien menos se había preocupado por el rifirrafe entre los chicos. Jamás en quince años los habían visto discutir y mucho menos estar sin hablarse más de un par de horas.
Alan e Ízar sabían que aunque todos ellos se consideraran hermanos, Harry y Matt lo eran realmente y ese lazo invisible de sangre parecía unirles por encima de cualquier otra cosa, así que inconscientemente ellos se habían buscado el uno al otro antes que a los demás. Ahora todo parecía haber desaparecido y si no lo arreglaban, los padres temían que pudiera afectar a su concordia familiar.
-Chris, ¿crees que es buena idea unirlos así?- preguntó James tirado en el sofá junto a su esposa- Yo creo que tal y como están las cosas, cuantas más posibilidades tengan de alejarse el uno del otro, menos heridas tendrás que curar después.
-¿En serio crees que volverán a pegarse?- intervino Patricia preocupada.
-Espero que no- la intentó consolar Christine pero no parecía muy convencida- No estoy muy segura sobre ese castigo pero espero que estando juntos acaben hablando y las cosas se solucionen.
-Yo no sería tan optimista- apuntó Sirius que estaba jugando con Alya con un par de coches teledirigidos que había recibido en navidad.- Mujeres y amistad no es buena combinación. A mí me parece que hasta que Ízar no deje a Andrea esos no vuelven a dirigirse la palabra.
-Esperemos que puedan solucionarlo antes.- deseó Remus.
Eso fue lo último que pudieron decir porque en ese momento Alan e Ízar entraban por el agujero del retrato empujándose hombro con hombro para entrar antes que el otro. La competición no era tanto conseguir entrar como quedarse por encima del otro. Alan había reaccionado de la peor forma al romance entre sus amigos e Ízar lejos de poner algo de cordura, se había ofendido por el concepto que su amigo tenía de él y se había crecido en su orgullo.
-Imbécil.
-Capullo.
-Estúpido.
-¡Ya basta!- bramó Christine adoptando su imagen de jefa de casa.- Éstas van a ser dos semanas muy largas.- se lamentó para sí.
-Gilipollas- farfulló Ízar que no pensaba quedarse por debajo en aquel pique.
-Ya está bien, Ízar.- le riñó Sirius para sorpresa de todos.
-Ey, mater, ¿la sesión curativa de esta mañana no me libra del castigo?- acabó preguntando Alan rompiendo el silencio que se había creado
-Eso depende.
-¿De qué?- preguntaron a la vez Alan e Ízar interesados en encontrar cualquier forma que les librara de aquello.
-De si estáis dispuestos a reconciliaros.
-¿Te vale que nos hablemos en los entrenamientos de quidditch?- tentó Ízar, pero Christine negó con la cabeza- Pues entonces ya nos puedes ir poniendo el lazo.
-Ízar, podías hacer un esfuerzo ¿no crees?- intervino Patricia con gesto serio.
-Díselo a éste, imbécil. Todo esto es culpa suya.
-¿Pero tú de qué vas?- saltó Alan empujando a Ízar.
-No te pases- la respuesta de Ízar fue acompañada de un nuevo empujón.
-Creo que esto no va a ser buena idea- le susurró Lily a James mirando a los chicos desde el sofá, a lo que su marido asintió en silencio.
Antes de que los chicos pudieran llegar de nuevo a las manos, Remus y Sirius los separaron, agarrando cada uno a su correspondiente hijo.
-Está bien.- zanjó Christine elevando la voz. Con un movimiento de su varita los chicos quedaron unidos por un lazo translúcido que los acercó de golpe a menos de un metro.- Estas son las reglas de juego: no podréis separaros mientras ayudáis a los elfos en las cocinas. Preguntad por Dobby, él ya tiene instrucciones. Si salís heridos de esta experiencia nadie os curará.- Alan hizo un gesto de suficiencia sabiendo que él podía curarse a sí mismo- Si te curas tú solo, estarás castigado una semana extra.
-Pues si no me puedo curar, tampoco te curaré a ti.- amenazó intentando separarse lo más posible de Ízar.
-Pues si no lo haces tú sentirás mi dolor.- le contestó su madre con retintín. El chico se cruzó de brazos enfurruñado- Bien, visto que ya sabéis cómo funciona esto, dentro de dos horas os quiero aquí para separaros.
El camino hacia las cocinas fue un espectáculo más de cabezonería. Absurdamente cada uno de ellos intentaba caminar lo más separado del otro, mientras que aquel maldito lazo les acercaba cada vez más.
Justo al lado de una enorme mesa llena de cacharros sucios estaba Dobby, con sus ojos como pelotas de tenis y aquellas orejas que curiosamente recordaban a un murciélago. Ya le habían visto más de una vez por las cocinas en sus distintas escapadas y siempre se había llevado bien con ellos, especialmente con Harry al que sin saber muy bien cómo le había caído en gracia y siempre le preparaba los mejores pasteles. El elfo tenía dos trapos en la mano y paseaba de un lado a otro con aire marcial como si así quisiera imponerse a aquellos chicos castigados, pero estaba resultado poco útil. Si no fueran porque en ese momento no aguantaban estar en la misma habitación Alan e Ízar habrían hecho algún comentario gracioso y se habrían confabulado para convencer al pequeño elfo de que hiciese el trabajo por ellos.
-Tenéis que limpiar todos esos cacharros sucios.- Dobby señaló una enorme mesa en la que podían verse los restos de la cena de aquella noche. – Sin usar magia.
Según sus cálculos aquella era la mesa que estaba justo debajo de la de Gryffindor. El resto ya estaban despejadas y sólo algunos elfos se afanaban ahora en limpiar el suelo. Dobby se sentó en la mesa en la que preparaban la comida de los Ravenclaw y los observó con los brazos cruzados moviendo sus piernecitas que colgaban del filo de la mesa.
-Tenéis solo dos horas ¿lo sabíais?- les apremió.
Ambos se acercaron a la mesa refunfuñando y agarraron los primeras ollas que tuvieron a mano.
-Acabemos con esto cuanto antes.- sentenció Ízar tomando su estropajo.
-Oh, sí, démonos prisa que el nene quiere escaparse al dormitorio de su pibita.
-Pero mira que puedes llegar a ser tonto cuando te lo propones.- se quejó Ízar apretando más el estropajo en la olla que tenía en las manos- No te vas a enterar en la vida de que yo no soy como tú. No voy acostándome por ahí con cualquiera, sin comerlo ni beberlo.
-¡Ajá! ¡Acabas de darme la razón!-Bramó Alan soltando los platos de golpe- Andrea es una tía cualquiera para ti, si fuera alguien importante te acostarías con ella ¿no es esa tu teoría?
-¿No te has parado a pensar que llevamos juntos muy poco tiempo?- Alan lo miró como si aquello fuera una absoluta nimiedad, él no había mantenido una relación de más de una semana y eso no implicaba que no tuviera sexo- Alan las personas normales de quince años no van por ahí tirándose a lo primero que se le presenta.- Ízar volvió a frotar los cacharros unos segundos, miró a su amigo por el rabillo del ojo y continuó- Eso no quiere decir que yo no estuviera dispuesto con el tiempo y si ella quisiera a llegar hasta el final. Te he dicho que Andrea es importante para mí.
-Si me entero que le quitas aunque sólo sea la corbata tendrán que buscar tus restos en los cinco continentes.- le amenazó y por un momento un destello de furia y de poder marcó su gesto haciendo que Ízar tuviera que simular su estremecimiento.
Siguieron fregando y fregando durante más de una hora pero la mesa parecía no tener fin. Dobby les observaba desde la mesa de al lado para vigilar que no hicieran magia y parecía muy divertido viendo cómo se peleaban con la espuma y los platos.
-Vaya mierda de castigo- se quejó Alan cuando los restos de una fuente de pollo en salsa se le derramaron en los pantalones- ¡Este es el trabajo de los elfos!
-Ya salió el príncipe.- saltó Ízar que raramente podía refrenar ese espíritu de abogado de pobres- ¿Qué pasa? ¿Que tú eres de una raza superior para fregar platos o qué?
Alan podía haber buscado palabras para aquella pregunta incluso podía haber ignorado a su hasta ahora amigo, pero ya estaba cabreado por la conversación de antes y en ese momento las palabras se le iban a quedar cortas así que estampó el estropajo que tenía en la mano en la boca de Ízar y esbozó una sonrisa de suficiencia al ver cómo la espuma le salía por las comisuras mientras luchaba por sacarse aquello de la boca.
Igual que la campana da la señal a los boxeadores para empezar a luchar aquello no fue sino el comienzo. Ízar agarró una cuchara de palo que tenía a mano y empezó a golpear a Alan hasta que éste aflojó y pudo sacarse el estropajo de la boca, pero Alan no pensaba quedarse quieto. Tomó el primer plato y se lo estampó en la cabeza haciendo que se rompiera en pedazos.
Aturdido y con una brecha en la frente que empezaba a sangrar, repitió la operación y rompió otro plato en la cabeza de Alan. Habrían seguido así hasta acabar con la vajilla de Hogwarts o hasta que uno de los dos hubiese caído por K.O. pero Dobby se les adelantó y los congeló. Antes de devolverlos a la normalidad los platos habían desaparecido un simple chasquido de sus dedos.
N/A: Hola a todos después de mucho tiempo. En primer lugar muchas gracias a todos los que a pesar de los años seguís leyendo esta historia. Vengo a daros esperanza si es que queréis ver el final y es que ya está la historia medio encarrilada y no volverá a haber parones de años como ya ha pasado y es que siempre se había quedado una espinita pendiente por haber dejado esta historia sin terminar a pesar de haber prometido que no lo haríamos.
Como siempre, un beso muy especial para Evix_Black y Pekenyita y sobre todo un enorme beso, para la verdadera herencia de merodeador que ha nacido en estos años: los pequeños Roger, Hada y Orion.
