Ahora sí, último capítulo. Luego de este viene el epílogo, así que no me insulten mucho por el final jaja (bue, pueden insultarme todo lo que quieran) xD honestamente no quedé muy conforme pero no quiero hacerle ningún cambio ni nada porque no lo hice nunca desde el primer capi... Así que, queda así, guste o no jajaja. Espero que no les parezca muy caca y que vuelvan para el epílogo. ¡Gracias, los quiero!

Capítulo 25: ¡¿Quién llamó a la cigüeña?

Cuando Harry bufó por cuarta vez, Ginny se giró hacia él molesta:

-Ya, no seas tan quejoso, ¿sí?

-Sigo sosteniendo lo que pienso… ¡Esta fue la luna de miel más corta de la historia!

-Ya lo se, pero nuestro amigo se va a Londres, debemos despedirnos –insistió la pelirroja.

-Te conozco Ginny, se que no volvemos por eso, sino porque te mueres de intriga por saber con detalles lo que pasó en esa fiesta de compromiso… ¡En cuanto Cho te lo contó, quisiste volver volando!

-No exageres…

-¿Qué no exagere? ¡Me quitaste del volante para ir más rápido! –protestó, cruzándose de brazos en el asiento copiloto.

-Es que ibas demasiado lento cariño… Si es por ti, llegamos cuando finaliza el verano –bromeó, aunque su marido no rió -. Tenemos mucho tiempo para disfrutar de nosotros… El resto de nuestras vidas –aseguró, sonriente, posando una de sus manos sobre la rodilla de Harry.

-Sí, lo se amor… Pero es que estábamos en un lugar tan hermoso…

-Y volveremos… Recuerda lo que nos dijeron los chicos cuando nos regalaron el viaje: "porque a ustedes les encanta la nieve y esquiar" ¡Y estamos en pleno verano! Volveremos en las vacaciones de invierno, ¿Qué te parece?

Harry asintió sonriente, acariciando la mano que su esposa tenía sobre su rodilla, aunque ésta la quitó rápidamente para llevarla nuevamente a la palanca de cambios y acelerar más.

-Ahora sí creo que vas demasiado rápido –opinó, aferrándose al cinturón de seguridad.

-Ya… no pasa na… Dios…

-¿Ginny? –el rostro de su esposa estaba contraído y bastante pálido -¿Mi amor, qué te sucede? –inquirió, preocupado.

-No… me siento bien, voy a detenerme… -decidió, bajando la velocidad y estacionando el automóvil a un costado de la ruta.

Ginny descendió rápidamente del vehículo y en cuanto llegó al césped, comenzó a vomitar. Harry corrió tras ella y le sostuvo el cabello con una mano, mientras con la otra acariciaba su espalda con preocupación.

-No debiste haber comido esas fresas con chocolate –expuso, con inquietud.

-Tú comiste más que yo y no te veo en el mismo estado –protestó, cuando pudo incorporarse -. Aparte, eran demasiado tentadoras –añadió con picardía, cuando recordó en qué momento se habían deleitado con las exóticas frutas.

-Bueno, será mejor que volvamos al auto –decidió, cuando notó que su esposa comenzaba a ponerse en clima. La amaba más que a nadie, pero aún así no quería que acercara su boca a la de él -. Y yo conduciré. Iremos con la ventanilla abierta por si… bueno, para que te de un poco de aire en el rostro.

-Sí, pero antes dame algo de beber porque si sigo con este sabor horrible en la boca volveré a… Oh, diablos –gimió, volviendo rápidamente al costado de la ruta.

...

Bill se encontraba en ese momento en aquel lugar que siempre elegía cuando necesitaba despejarse; ese sitio en el que casi toda su vida había deseado vivir, ya que le resultaba un pueblo tranquilo, alegre e ideal de acuerdo a sus expectativas. Quizás no estaba tan cerca de su familia pero el lugar estaba ubicado al lado de la isla, por lo que podría visitarlos cada vez que quisiera. Nuevamente se hallaba en la ciudad de Portsmouth, su rincón soñado, aunque al poco tiempo de haber arribado allí se había arrepentido, especialmente cuando había llegado al chalet blanco que tanto había deseado poder comprar y que ahora le mostraba aquel cartel que se había presentado tantas veces en sus fantasías… aunque en la realidad que ahora vivía, no había sido él quien había logrado ello.

-Disculpe… ¿Sabe quién compró la propiedad? –le preguntó al hombre que acababa de colgar el letrero que decía "vendido".

-No estoy autorizado a darle esa información. Lo siento.

Esperaba esa respuesta y a decir verdad, tampoco hubiera solucionado nada obtener la información requerida. Hacía un tiempo ya que veía escapar aquel sueño de sus manos y en ese momento, dicho temor se hacía realidad. Se sintió un tanto iluso por haber tenido en alguna oportunidad algún atisbo de esperanza por adquirir la propiedad; él pertenecía a la raza de renegados de la sociedad y para ese tipo de gente no era una posibilidad factible el comprar chalets blancos con jardín y vista al océano… Con suerte tenían cobijo si sus padres no los echaban a patadas.

Pero aún así, y sabiendo que jamás sería merecedor de semejante premio de la vida, Bill Weasley se sentía alicaído y no era para menos. Aquella casa era el único reto que se había impuesto desafiar y ganar, consiguiendo como recompensa el mismo objeto en cuestión. Vio pasar al anterior propietario, aquel con quien tantas veces había intentado transar precios y que, a pesar de fastidiarlo insistentemente en que lo tuviera en prioridad como posible cliente, siempre lo había tratado con respeto, a pesar de que él sabía bien que lo hacía como si el pelirrojo fuera un niño con una fantasía imposible al que no quería desilusionar. Pudo haberse acercado para hacerle la misma pregunta que le había hecho al señor del cartel, pero ¿Con que fin? De todas formas, fuera quien fuera el afortunado comprador, no era él después de todo…

Observó el chalet por última vez como despidiéndose oficialmente y comenzó a alejarse, dispuesto a marcharse de ese lugar que ahora sólo le traería dolor y el recuerdo de un nuevo fracaso en su vida. Había hecho sólo unos pasos cuando escuchó de una inconfundible voz femenina aquello que tantas veces le había irritado oír… pero que en esa oportunidad, fue como una caricia a su alma herida:

-¡Oye, mecánico! –gritó Fleur con entusiasmo, a unos metros de él.

-¿Qué haces aquí? –respondió alzando la voz y sin acercarse -¿Acaso te has convertido en una acosadora y me sigues? –bromeó, parado aún en el mismo lugar.

-Eso quisieras –comentó con jocosidad, levantando una ceja, desafiante -¿Piensas acercarte o tendré que arrastrarte para que conozcas mi nuevo hogar?

En sólo unos segundos, por la mente de Bill pasó una serie de hipótesis que concluyeron rápidamente en la única y obvia respuesta: Fleur era la nueva propietaria de la casa de sus sueños. Dos hechos contundentes le hicieron sentir una mezcla de sensaciones: No se iría a Londres y… jamás podría ser su compañero en la vida. La rubia notó el sombrío semblante del pelirrojo sin alarmarse, puesto que esperaba esa reacción por parte de su novio. Caminó hacia él con una tímida sonrisa y al llegar a su lado, llevó ambas manos al rostro del chico y le habló con dulzura.

-Se lo que estás pensando… No somos tan diferentes Bill Weasley, tú también eres bastante orgulloso –le dio un corto beso en los labios y se separó de él, dispuesta a escuchar lo que tenía para decirle.

-No es orgullo Fleur, es sólo que… no se… siento que jamás podría darte nada.

-Si con eso te refieres a cosas materiales, creo que está de más decirte que no las necesito… Tengo suficiente dinero para adquirirlas por mi cuenta. No me interesa que me den esas cosas Bill, lo que yo necesito y deseo sólo me lo das tú –Bill hizo una pequeña sonrisa involuntaria pero ésta se esfumó rápidamente.

-Se que es tonto, egoísta y puede sonar muy engreído de mi parte pero… deseaba poder comprar esta casa… No puedo evitar sentirme mal por ello, aunque quisieras compartirla conmigo. Lo siento Fleur, no es contigo, es que… no puedo evitar sentirme un fracasado… una vez más.

-Yo no compré esta casa para compartirla contigo –el rostro de Bill se puso blanco por lo que la chica se apresuró a aclarar -; claro es que lo que pienso hacer, pero no fue la razón por lo que lo hice –al ver que la expresión del pelirrojo comenzaba a ser de una confusión absoluta, intentó ser más clara -. A ver, te explicaré todo –lo tomó de la mano para indicarle que se sentara junto a ella en un banco de plaza y comenzó con su relato:

«Como te había dicho anoche, necesitaba pensar sobre qué haría con mi vida. No me siento insegura contigo, al contrario… Eres el primer hombre en quien confío desde hace mucho tiempo… pero tengo mi vida en Londres y no es fácil dejarlo todo por alguien a quién apenas empiezo a conocer. Comencé a caminar y antes de darme cuenta, estaba en un barco viniendo hacia aquí. Cuando encontré el chalet, recordé la primera vez que lo vi junto a ti y todo lo que habías dicho sobre él y no pude evitar sentirme ilusionada de poder en un futuro ser parte de ese sueño tan especial. Luego recordé que habías estado muy cerca de poder obtenerla y habías perdido la oportunidad… por mí –acarició la mejilla del pelirrojo y éste tomó su mano para besarla. Fleur le sonrió con dulzura y continuó -. Entonces desee comprarla, no para que nos mudáramos ya mismo porque es muy pronto aún, sino porque temía perderla y, al mismo tiempo, perder tu sueño… que no hace mucho tiempo atrás, comenzó a ser el mío también. Aunque, no voy a mentirte… Londres retornó rápidamente a mi cabeza y por lo tanto, volví a la encrucijada. Hasta que vi a un hombre que se acercaba a la casa con intensiones de comprarla y me encontré deseando con todo mi corazón que no lo hiciera… Ahí fue cuando me di cuenta de que realmente deseaba que fuera nuestra… así que corrí, me puse entre aquel hombre y el dueño de la propiedad y grité una suma considerablemente más alta, logrando no sólo comprarla, sino que el otro interesado se retirara completamente desilusionado… y derrotado»

Fleur sonrió con malicia y Bill notó que estaba recreando ese momento en su mente.

-Entonces… ¿te quedarás?

-¿Cómo voy a volver a Londres si ya hallé mi lugar en el mundo? –Bill sonrió y tomó su mano con ternura -. Puedes venir a visitarme y quedarte a dormir cuando quieras y tal vez en un futuro, si las cosas resultan bien… Esta casa será de los dos, y si no… Bueno, te la venderé a ti y sólo a ti.

-Ya no deseo comprarla si eso fuera a implicar que no tengamos un futuro juntos –expuso Bill, convencido.

-¿Significa que esta casa ya no es tu prioridad en la vida? –bromeó.

-Significa que ahora tú lo eres –sinceró, acercándose para besarla en los labios.

Bill y Fleur eran dos personas completamente opuestas: Ella, una princesa adinerada que siempre había tenido el mundo a sus pies; él, un plebeyo que reparaba autos acostado debajo de ellos, desde donde veía los pies del mundo. Ella, refinada y con un asegurado futuro brillante en su vida; él, bohemio y con contadas posibilidades en la suya. Aún así, ambos ahora poseían la misma riqueza en el corazón: el amarse mutuamente, más allá de todo. Porque cuando el amor manda, no hay prejuicios ni reglas que valgan.

...

Arthur Weasley disfrutaba de su periódico con tanto placer, como si estuviera leyendo al mejor best seller en literatura. No era que contuviera noticias tan importantes ni que aquella fuera su actividad favorita en el mundo, pero cuando se sentó con su diario y apoyó los pies en otra silla disponiéndose a leer, entendió que empezaban realmente sus vacaciones. La paz reinaba en la sala; sus hijos no estaban, Molly lavaba la vajilla en la cocina y él se sentía en el paraíso… Sin personas acercándose para hacer preguntas, sin jefes ordenando, sin bocinas estruendosas de barcos… Aquello era paz y clama… Pero como nada dura para siempre…

-¡Arthur! –pudo escuchar desde la cocina. La voz de su esposa sonaba ansiosa y urgente.

-¿Qué sucede cariño? –curioseó, sin moverse de su sitio.

-¡Tienes que venir ahora, ya, apresúrate! –la voz de Molly resonaba cada vez más vehemente, por lo que decidió levantarse e ir en su encuentro.

Cuando llegó a la cocina, vio exactamente lo que esperaba. Su mujer espiaba por la ventana con tanto entusiasmo y vivacidad como si estuviera viendo a alguna estrella de Hollywood. Seguramente la vecina tendría nuevo novio o algo por el estilo.

-Sabes que no me interesan esas cosas Molly –expuso, con desinterés.

-Oh, yo creo que esto sí te interesará –aseguró, observándolo con una pícara sonrisa. Arthur se mantuvo en su posición desinteresada, por lo que Molly redobló la apuesta, fingiendo despreocupación, volviendo la vista hacia el exterior y añadiendo –Bueno, si no quieres saber quién es la chica que está besando a nuestro hijo en este momento…

No hizo falta más para que su esposo mordiera el anzuelo. Unos segundos después, Arthur se pegaba a su esposa y observaba junto a ella a la nueva y feliz pareja. Ron y Hermione se habían detenido al pie de las escaleras en donde se prodigaban besos y caricias como un par de adolescentes en la plenitud de la vida. Aunque el señor Weasley estaba encantado con la imagen y se sentía contagiado por esa radiante felicidad que proyectaban los jóvenes, comenzó a sentirse un tanto entremetido y tomó del brazo a su esposa, que en ese momento suspiraba emocionada, para que se quitaran de allí y así darles privacidad a los chicos.

-Vamos Molly, no está bien que estemos husmeando.

-Pero es que son tan tiernos –comentó, con una sonrisa -. Mira el rostro de nuestro hijo… ¡Nunca lo había visto tan feliz! Y ella… -el gesto emocionado de la señora Weasley había cambiado a uno de preocupación –conozco esa mirada… Creo que tendremos que vigilarlos de cerca a esos dos –sentenció.

-¡Por Dios mujer! ¡No puedes vigilar a todos tus hijos! Ya bastante has asustado a esa chiquilla esta mañana –expuso, recordando el gesto preocupado de Lavender.

-Lo se… Es que no quiero que mis hijos sufran… Quizás sea demasiado sobre protectora, debería dejarlos crecer solos –Arthur se sorprendió por lo que escuchaba pero decidió aprovechar el momento.

-Sí, al igual que nosotros… No te hubiera gustado que nuestros padres nos espiaran cuando –el señor Weasley se acercó al oído de su esposa para terminar esa frase y Molly comenzó a reír, abrazándose a su marido.

-Tienes razón cielo… Nadie nos dijo qué debíamos hacer y mira que bien terminamos –aseguró, besando a su marido, hasta que fueron interrumpidos por la puerta que se abría, seguido del carraspeo de su hijo.

Molly y Arthur se separaron sonrientes y sonrojados, casi tanto como lo estaba la pareja que tenían delante de ellos.

-Hola cariño, hola Hermione, ¿desayunaron ya? –preguntó, como si nada pasara, aunque el señor Weasley sabía que su esposa se moría por abrazarlos y hacerles saber que ya estaba al tanto de todo.

-Sí, gracias mamá… En realidad, venía a darles una noticia.

Molly ensanchó tanto su sonrisa que su esposo temió por un momento que no podría aguantar a escucharlos sin desenmascararse antes. A Ron le pareció extraño aquel gesto de su madre a pesar de que no le habían dicho nada y comenzó a pensar en la posibilidad de que ella supiera más de lo que debía. Decidió probarla, por lo que cambió lo que iba a decirle, esperando que su madre cayera en la trampa.

-Hermione se quedará a vivir aquí.

Molly asintió, como dándole pie a que siguiera con la noticia… pero Ron calló, como si eso fuera todo lo que tenía para decir.

-Y entonces… -insistió la señora, comenzando a impacientarse.

-Y… eso es todo –concluyó, encogiéndose de hombros e ignorando la mirada confundida que le echó Hermione.

-¿Cómo que eso es… Hermione querida, eh… -Molly intentaba terminar aquello lo antes posible, sin quedar descubierta- por qué te quedarás? –no pudo evitar sentirse completamente satisfecha. Aquella pregunta les haría hablar, sin lugar a dudas.

Pero la castaña, quizás por temor a arruinar algún plan de su novio, decidió seguir con el misterio.

-Porque amo esta isla –respondió, con una sonrisa.

-Ah –Molly estaba claramente decepcionada y fue por eso que el pelirrojo tuvo su respuesta. Sin esperar un segundo más, soltó con reproche:

-¡Nos estabas espiando!

La señora Weasley se mordió el labio, poniendo ese gesto que suelen hacer las personas cuando son descubiertas en alguna travesura. Arthur comenzó a reír y Hermione se sonrojó violentamente al entender la situación.

-No cambiarás nunca eh –bromeó, tomando la mano de la castaña para luego observarla a los ojos con una sonrisa y añadir -¿Aún quieres conocer a mis padres?

Hermione sólo sonrió y eso pareció darle pie a Molly para que corriera a abrazarlos a ambos. Arthur observó de reojo el periódico que había tenido en sus manos hacía unos momentos y volvió rápidamente la vista hacia la conmovedora imagen que se presentaba en su cocina. Definitivamente, aquella noticia era más interesante que todas las que podría leer.

...

No habían vuelto a intercambiar palabras desde la tercera –y última vez- que Harry le había preguntado cómo se sentía, aunque ambos pensaban exactamente lo mismo… ¡Había sido una sola vez! ¿Podía ser que hubiera tenido tanta puntería? Los dos, por igual, pensaban en la idea y no sabían cómo sentirse… Estaban cerca ya de llegar y en ese momento, pasaban por un pueblo en el que se veía una farmacia…

-Detente por favor.

-Eso iba a hacer.

Se miraron por unos segundos… ¿Sería que ambos estaban pensando en lo mismo?

-¿Crees que debería comprarlo?

-Sí, es lo mejor.

Volvieron a observarse. Harry podía notar el temor en el rostro de Ginny y, aunque él también estaba nervioso, la tomó de la mano para darle confianza.

-Sea lo que sea, será bienvenido.

-¿De veras lo crees? –preguntó ella, sintiéndose aliviada.

-Claro que sí… No lo habíamos planeado para este momento pero si viene, se que me hará inmensamente feliz –le confió, con una sonrisa.

Se abrazaron por unos segundos, como si estuvieran próximos a dar un paso vital en sus vidas. Luego de intercambiar una tierna sonrisa seguida de un corto y dulce beso en los labios, ambos descendieron del automóvil y se dirigieron en la búsqueda de aquél objeto que les revelaría la verdad.

...

La hora del encuentro había llegado, por lo que los amigos comenzaron a arribar a la playa. Ron, Hermione, Lavender y Fred ya estaban allí, intercambiando anécdotas sobre sus experiencias con la señora Weasley ese día. Mientras Fred les relataba su plan para lograr quedarse a solas con su novia, Hermione vio a Fleur y Bill que se acercaban tomados de la mano y sonrientes hacia donde estaban ellos. La castaña corrió hacia donde estaba su amiga para saludarla y la abrazó emocionada, cuando ésta le dijo que tampoco volvería a Londres.

-Parece que los Weasley siempre logramos lo que queremos –comentó Bill entre risas, logrando que ambas se contagiaran.

A los pocos minutos, Luna aparecía allí y luego de saludar, preguntaba por Cho, la cual no había visto en todo el día.

-Yo la llamé, pero tenía el celular apagado y no atendía el de su casa –escuchó decir a Draco, que llegaba detrás de ella.

-A mí me pasó lo mismo… ¿Estará bien? –se preocupó la rubia.

En ese momento llegaban Katie y Neville, seguidos de George y Angelina. Ambos saludaron a todos los reunidos y al finalizar, preguntaron al mismo tiempo, logrando la preocupación de todos:

-¿Y Cho?

...

La oriental transitaba descalza sobre la orilla, sintiendo cada tanto las olas mojar sus piernas. Hacía varias horas que había salido de su casa y había comenzado a caminar sin detenerse, pensando en todo lo que había pasado en tan poco tiempo en su vida: Había terminado con su pareja de años, dos de sus mejores amigos se habían casado, su ex había encontrado el amor… No era que fuera egoísta, pero realmente se sentía sola. Por un momento había pensado que la vida le había dado otra oportunidad en aquel viaje a Londres… No tenía caso engañarse a sí misma, aquel hombre le había gustado y mucho y por un momento, había creído que la atracción era mutua… Pero la vida a veces era cruel bromista y el muchacho en cuestión, había sido nada más ni nada menos que el prometido de aquella visita que había cambiado todo… Quizás fuera extraño, pero se sentía agradecida por ello; las cosas con Ron jamás hubieran funcionado y si ella no hubiera arribado a la isla, quizás ambos seguirían atrapados en una relación que nunca los habría hecho felices. Pero, como los cuentos de hadas no existían, Cedric se había ido y ella seguiría acompañada solo de sueños que la hacían sentir tonta e ingenua.

Miró su reloj y se sobresaltó cuando vio la hora. Era tarde ya y estaba lejos de casa. Cuando había hablado con Ginny esa mañana, le había dicho que llegarían ese mismo día por lo que se puso en marcha para regresar y así reencontrarse con aquellos amigos que tanto amaba y había extrañado. Se reprochó a sí misma por haber olvidado cargar la batería de su celular que se había apagado y por ende, no podía llamar ni recibir un aviso de si habrían llegado ya o no.

Pero el hecho de saber que Harry y Ginny volverían y que, por eso, se reunirían todos seguramente para escuchar sobre su viaje, la hacía sentir bien. Deseaba con todo su ser estar con sus amigos, especialmente con el matrimonio, para olvidar por un momento su desdicha y disfrutar de la felicidad de ellos. No había mucha gente en la playa -tal vez porque el sol caería en cualquier momento- más que algunas personas jugando, alguna que otra pareja disfrutando del atardecer y un muchacho sentado en una roca, observando el océano. Cho no se sorprendió por ello hasta que estuvo más cerca y pudo notar quién era esa persona.

-¿Cedric?

No podía creerlo… aquello seguramente era uno de esos tantos sueños tontos que solía tener.

-¡Cho, hola! –respondió el castaño, bajando de aquella roca de un salto.

-¿Qué haces aquí? ¡Creí que te habías ido!

-Bueno… Estoy de vacaciones aún –comentó, con una sonrisa triste.

-¿Te encuentras bien? –se preocupó, tocando tímidamente su brazo.

-¿Quieres ir a tomar un café? –preguntó de pronto, sorprendiendo a la oriental –. Lo siento –se disculpó, sonrojado –estoy bien, de veras… Olvida lo que dije, no es necesario que…

-¡Me encantaría! –lo interrumpió, radiante.

-Genial –Cedric sonrió ampliamente y ambos se alejaron juntos hacia el pueblo.

...

Aunque siempre se divertían juntos, el hecho de que no tuvieran noticias de Cho y el que estuvieran despidiendo a uno de sus amigos, hacía que la reunión no fuera tan alegre como siempre. Claro que la intención principal, al igual que cuando se había ido Hermione, era la de tener una reunión de despedida divertida y sin dramas, después de todo, querían a su amigo y deseaban que éste encontrara su felicidad y que recordara aquello con una sonrisa. Pero Cho no aparecía y la inquietud reinaba en el ambiente. Luna se levantó sonriente y todos observaron hacia donde dirigía la vista la rubia. Harry llegaba al encuentro y los amigos siguieron a la rubia que ya se había puesto en marcha para correr a abrazarlo.

-Ni que no lo hubieran visto en meses –bromeó Fleur y todos rieron.

-¿Dónde está Ginny? –preguntó Lavender.

-Bueno, ella… Tenía urgencia por ir al tocador –comentó, nervioso, aunque nadie se extrañó por ello. Después de todo, no tenía nada de raro en que quisiera ir al baño luego de un largo viaje… aunque ninguno sabía la verdadera razón de ello -¿Dónde está Cho? –preguntó, al percatarse de la ausencia de la oriental.

-Lo mismo nos preguntamos todos –respondió Ron.

-Eh… Acabo de recibir un mensaje de Cho, aunque no conozco el número de este celular… Dice que vendrá pronto –comentó Luna.

-A ver –curioseó Fleur e hizo un gesto de desconcierto cuando vio el número -¿Acaso no es el celular de…? No, olvídenlo… -se quedó pensando por un momento, hasta que decidió ir a lo seguro –Hermione, ¿este no es el número de Cedric?

La castaña tomó el aparato y se sorprendió cuando comprobó que su amiga estaba en lo correcto. Asintió, mostrándose completamente asombrada, mientras Lavender y Luna se echaban una rápida mirada de camaradería.

-¡No lo estoy, no lo estoy! –apareció gritando Ginny de pronto, ignorando la mirada dudosa e intrigada de sus amigos.

-¿En serio? –preguntó Harry, sin poder ocultar su emoción.

-Y ni siquiera llegué a hacerme la prueba… ¡Tengo el período! –exclamó triunfal, chocando palmas con su marido como si estuvieran celebrando alguna victoria.

-¿Nos perdimos de algo? –inquirió Hermione, riendo.

-Es una larga historia, pero creímos que estaba embarazada –comentó la pelirroja, abrazándose a su marido.

-¿No quieren tener niños? –curioseó Fleur.

-Claro que sí, pero no ahora… queremos disfrutar de nuestro matrimonio antes de ello. Luego si, aunque no se cuántos porque yo quiero dos y Harry cuatro.

-¿No es mucho camarada? –cuestionó George, riendo –Deberías escuchar a tu esposa, ella sabe lo que es estar en una familia numerosa…

-Pero yo no y quisiera saberlo –afirmó el moreno.

-Bueno… podrían tener tres y listo –expuso Bill, como si fuera la mejor solución.

-Bueno, nosotros no tendremos ese dilema porque ninguno de los dos quiere tener hijos –afirmó Fred, intercambiando una sonrisa de complicidad con su novia.

-¡¿Cómo que no quieren tener niños? Si son tan bellos… Miren ese de allí, como ríe con su ma… ¿Esa es su madre? –cuestionó, observando a Bill con el ceño fruncido -¡Me dijiste que era lesbiana!

-¡Y lo es! ¡Eso no quiere decir que no pueda ser madre! –se defendió el pelirrojo.

-Sí Fleur, Tonks es lesbiana y su mejor amigo es gay. Ambos querían ser padres y bueno… Hoy en día hay muchos métodos para ello –le explicó Ron.

-¿Ese es el padre? –curioseó la castaña, sorprendida -¡Pero si es el oficial que nos regañó dos veces! –soltó, asombrada.

-Sí, efectivamente –respondió Ron entre risas -. Pobre Teddy… Con ese padre no podrá hacer muchas travesuras…

-Bueno, ¿Qué tal si nos sentamos antes de que se calienten las cervezas? ¿Ya estamos todos, no? –sugirió George y todos asintieron.

-¿Todavía tienes la prueba de embarazo en la mano? – le preguntó Katie a la pelirroja, riendo.

-Ah sí… Qué tonta, no me había dado cuenta…

-¿Puedo verla? Es que nunca tuve una y no las conozco –pidió Fleur.

-¿Nunca estuviste en esa… situación? –inquirió Katie, sorprendida.

-Bueno… sí, pero mi padre tiene una clínica así que… me hice un estudio y listo, ¿Para qué comprar esto?

Todos asintieron, entendiendo la obviedad del asunto y rápidamente dejaron atrás el tema. El sol ya había caído y los chicos conversaban animadamente, relatando anécdotas, bromeando y hablando sobre cosas triviales, como todo grupo de amigos que disfrutan de la compañía en sí, sin importar el motivo. Aunque las novedades sobre las nuevas parejas formadas, sobre las decisiones de quedarse en la isla o irse de ella eran el tema más importante, el objetivo –que había sido el de siempre, desde que eran apenas unos niños –era divertirse y pasar un buen rato entre amigos. Draco observaba al grupo con melancolía, sabiendo que los extrañaría, pero con esa seguridad interior de que no sería para siempre. Luna sentía un poco de tristeza, pero aquella paz que trasmitía el no estar en una eterna duda ni a la deriva, le daba optimismo y esperanzas y aquello, sumado a los mejores amigos que la vida podría haberle dado, la hacía feliz. Katie y Neville eran la sorpresa del grupo, de esos que uno no imaginaba que sucedería. Pero, al contrario de todas las erradas suposiciones, ellos eran felices, al igual que Lavender y Fred. La diferencia radicaba en que los últimos, seguirían estando bajo la lupa de los escépticos. Harry y Ginny eran uno; es decir, era improbable ver a uno sin el otro al lado. Lo de ellos era un absoluto, lo "lógico". Imaginar a Ginny sin Harry –y viceversa- sería como pensar en las novelas sin el amor, o en océano sin la arena. De Bill y Fleur ya no hacía falta aclarar nada más, ni ellos mismos podían creer lo que vivían… Había tal vez muchas cuestiones, pero a ellos no les interesaba averiguarlas, habría tiempo para ello, para conocerse y aprender lo bello de la vida, juntos. Bueno, en ese momento sí había una cuestión para Bill y era en dónde se había metido Fleur. Le había dicho al oído que tenía un asunto y que volvía pronto pero no aparecía. Se inclinó hacia Hermione para preguntarle pero se detuvo antes, para no interrumpir la intimidad de los chicos, que en ese momento hablaban en secreto y reían, con ese ímpetu que sólo la verdadera dicha produce, que no puede ser simulado, que es puro y real. Porque Ron y Hermione habían estado mucho tiempo separados, pero en lo más profundo de sus corazones, siempre habían estado juntos, ya sea por una pulsera o por el recuerdo de un amor a primera vista aquel primer amanecer frente al océano, o porque el destino era sabio y obraba inteligentemente. Porque la isla de Wight no era ella sin su pandilla reunida, sin risas rompiendo el silencio de la noche, sin amores concedidos o frustrados… y sin sorpresas repentinas… Bill se puso de pie y llevó la vista a lo lejos, donde se veía a Fleur con el brazo levantado y una extraña varilla en su mano, que no lograba identificar.

-¿Aquello que tiene Fleur en la mano no es mi…? –cuestionó Ginny, mirando furtivamente a su marido.

-Sí, y parece que la ha usado…

Antes de que Bill pudiera comprender la cuestión e ignorando el gesto completamente asombrado de todos los reunidos, Fleur, más pálida que nunca, como si estuviera próxima a desmayarse, gritó a todo pulmón:

-¡DEMONIOS!