Capítulo 25 – Dos ángeles.
Efectivamente, un hombre de negocios como lo era su padre no tardó en marcharse del apartamento de su hija. Tal vez, Mimi no lo creyera pero su padre a pesar de ser muy terco en cuestiones amorosas había notado que algo no marchaba bien entre su hija y su novio. El ambiente desde que había llegado el rubio estaba enrarecido y éste se había mostrado mucho más frío de lo normal. El padre salió de allí con calma deseando que no sucediese nada que hiciese sufrir más a su hija porque también había notado que sus ojos estaban rojos, había estado llorando.
Una vez se quedaron solos un silencio incómodo se instaló en el apartamento. Sin embargo, fue interrumpido por el carraspeo de Matt al intentar aclararse la garganta.
─He tomado una decisión – dijo el rubio de manera directa, mirando a los ojos a la castaña que acababa de entrar al salón después de despedir a su progenitor. Ella se cogió las manos, las removió nerviosa pero no dijo ni una sola palabra. No quería interrumpir aquello que Matt iba a decir –. La cosa es que he estado hablando con Tai y mi hermano esta tarde… Al hablar con ellos, he sacado al exterior muchas cosas que hasta hoy se estaban pudriendo dentro de mí y que ya apestaban. Les he contado mis frustraciones y prácticamente ellos son los que me han convencido para que viniese a hablar contigo. No obstante, no te voy a engañar y aunque me duela mucho… Yo ya había tomado una decisión…
El sol le molestaba en los ojos, estaba cocinando un rico estofado para las amigas que tenía esperando en el salón. Mimi alzó la cabeza que hasta ahora había tenido metida entre los fogones y detuvo la mirada en el calendario que colgaba de la pared de la cocina, sujeto por un pequeño gancho. Habían pasado tres meses desde la última vez que Matt y ella estuvieron juntos en aquel mismo salón. Sin darse cuenta, habían pasado tres meses desde que sus caminos se separaron. Tal vez, para siempre. Sacudió la cabeza intentando sacar aquellos pensamientos de su mente, sirvió la comida y salió al comedor. En la mesa ya estaba sentada Sora cuya enorme tripa de nueve meses le impedía acercarse mucho a la mesa y luego estaba Kari que estaba acabando de colocar los últimos cubiertos. Las tres empezaron a comer hablando de todo y de nada, parecía que iban a pasar un día de chicas tranquilo a no ser porque los pequeños hijos de Tai decidieron empezar a darle guerra a su madre y sus amigas.
Sora fue la que dio la voz de alarma cuando sin previo aviso lanzó un grito ahogado al notar una fuerte contracción en el bajo vientre.
─¿Qué ocurre, Sora? – preguntó Mimi levantándose lentamente de la silla como si temiese que un movimiento brusco de su parte pudiera desentrañar una catástrofe. Sora se quedó quieta un segundo cuando una nueva contracción llegó y ésta vez no era una de aviso, había roto aguas.
─Los gemelos – dijo Kari mientras se levantaba con presteza. La menor fue directamente hacia el teléfono que estaba apoyado en el mueble de la entrada, tenía que llamar a su hermano y hacerlo venir enseguida para llevar a Sora al hospital. Mientras tanto, Mimi luchaba por ayudar a Sora a levantarse para ir hacia la puerta principal, tenían que llegar al ascensor. Desde el salón, ambas pudieron escuchar los histéricos gritos que Tai profería desde el otro lado de la línea telefónica. Las tres muchachas se echaron a reír durante unos segundos ya que el pobre de Tai estaba aún más nervioso que la propia parturienta, parecía que era él el que estaba de parto e iba a dar a luz a los gemelos.
─Respira tranquila, Sora – indicó Mimi mientras soportaba parte del peso de su amiga sobre su hombro. Tanto ella como Kari habían acompañado a Sora a las clases de preparación para el parto por si acaso Tai estaba trabajando cuando llegara el gran momento. Además, en los último tres meses, las chicas habían pasado mucho tiempo juntas ultimando detalles para el nacimiento de los pequeños y eso le había dejado a Mimi poco tiempo para preocuparse de sus problemas. Sora miró un segundo a Mimi, la pelirroja estaba empezando a sudar copiosamente y respiraba con esfuerzo. Kari se unió a la tarea de llevar a Sora hasta el ascensor y luego para llevarla hasta el coche de Mimi y de ahí en dirección al hospital.
─Respira hondo – repetía a Kari que se había sentado en el asiento trasero junto a Sora mientras Mimi conducía con rapidez hacia el hospital. Tanto Kari como Mimi estaban nerviosas por el acontecimiento pero intentaron mantener la sangre fría y la calma para ayudar a Sora en todo lo que pudieran. Sora intentaba seguir, no sin esfuerzo, las indicaciones que Kari le daba aunque le parecía que en esos momentos había olvidado todo lo que las enfermeras del curso le recomendaron. Lo único que quería en esos momentos es que todo pasase rápido para poder ver a sus niños cuanto antes –. Respira, Sora…
─Ya os lo diré yo a vosotras cuando tengáis un hijo – se quejó Sora que cada vez intentaba inhalar más profundamente pero que parecía que le faltaba el aire igualmente. En cuanto llegaron, unas amables enfermeras y un ginecólogo sentaron a Sora en una silla de ruedas y se la llevaron a una habitación.
El padre de las criaturas no se hizo de esperar y apareció unos minutos más tarde corriendo por el pasillo justo en el momento en el que el médico de Sora estaba diciéndoles a las chicas que eligiesen quién iba a pasar al paritorio para estar con la madre y apoyarla en el momento. A Tai le faltaba el aire pero consiguió balbucear algo.
─Yo soy el padre…
Kari y Mimi estallaron en risas, el aspecto de Tai era cuanto menos cómico. Seguramente, habría salido directamente de la oficina y llevaba la camisa por fuera de los pantalones, la corbata caía de lado sobre el pecho, el pelo alborotado y empapado de sudor y una gran mancha de café había ensuciado el pantalón a la altura de la rodilla.
─Hermano, ¿te has tirado el café por encima? – dijo Kari entre carcajadas segura de que su hermano se había tirado el café que estaba bebiendo por encima al enterarse de la noticia. Tai le sacó la lengua a su hermana y siguió al doctor.
Las muchachas se quedaron en la sala de espera y tampoco tardaron en llegar al lugar los padres de Tai, los de Sora, T.K. e Izzy. Mimi no pudo evitar que una punzada de dolor le atravesase el corazón, sin saber por qué tenía la esperanza de que Matt apareciese al menos para conocer a los hijos de Tai pero posiblemente estaría equivocada. De manera inconsciente, llevó una mano a su vientre y se lo acarició con suavidad. Tenía que ser fuerte.
A su vez, dentro del paritorio, Sora luchaba por dar a luz a sus dos hijos mientras Tai, de pie a su lado, la alentaba para que empujara más fuerte. El pobre chico podía ver como los dedos de la mano izquierda se le estaban poniendo moradas a causa de la fuerza que Sora estaba imprimiendo sobre ellos. La pelirroja, empapada en sudor, gritó con todas sus fuerzas en un último empuje más fuerte que los demás y ése grito la madre se confundió con el grito del primero de los pequeños que ya había llegado al mundo. La segunda no tardó en hacer acto de presencia con un grito todavía más fuerte y potente que el de su hermano si cabía.
No había sido un parto largo para nada pero sí muy intenso y ahora que podían ver a sus pequeños se habían quedado mudos de asombro. Ninguno de los dos era capaz de decir ni una palabra, una porque estaba agotada y el otro porque todavía no conseguía creerse que hubieran llegado dos ángeles a su vida. Los pequeños lloraban sin cesar mientras las enfermeras los revisaban y los envolvían en una pequeña manta azul claro. Tai empezó a sentir que las piernas le temblaban a más no poder cuando la comadrona le acercó a su hijo y se lo dio para que lo tomara en brazos. Durante unos breves segundos dudó de si debía cogerlo pero Sora le alentó con la mirada y el joven papá se decidió.
─Yûki – susurró con voz tierna Sora al ver como Tai lo miraba embelesado sin saber qué decir. El pobre casi no podía ni pestañear de lo contento que estaba y unas pequeñas lágrimas amenazaban con salir de sus ojos. Al ver la preciosa imagen, fue Sora la que no pudo evitar largarse a llorar. Tai se dio cuenta de los sentimientos de su chica y se aproximó a ella, con el pequeño en brazos para darle un cálido beso en los labios.
─Lo has hecho genial – susurró él con la voz ronca –. Vas a ser una mamá fantástica, Sora.
La chica esbozó una tímida sonrisa y justo en ese momento, la otra enfermera llegó con la que faltaba para completar la familia. Los orgullosos padres miraron a sus pequeños, encandilados. Ya no lloraban, ahora simplemente descansaban tranquilos con los ojos cerrados aunque de vez en cuando movían un poco sus pequeñas manitas o echaban un pequeño suspiro como si estuviesen soñando.
─Son preciosos, ¿no lo crees? – susurró Sora con un nudo en la garganta. Tai alzó la cabeza y sus ojos color chocolate se cruzaron con los rubíes de ella.
─Os quiero a los tres…
La alegría se desató por completo cuando Tai salió cargado con los dos pequeños a la sala de espera donde aguardaban para conocerlos sus seres queridos. Las abuelas se volvieron locas al ver a los niños y ya ni que hablar de la orgullosa tía Hikari que rápidamente se enamoró de ambos. Tai se acercó a Mimi que permanecía un poco más separada del grupo, le puso una mano en el hombro.
─Creo que va a venir – murmuró él prácticamente en su oído.
─¿Lo dices de verdad o solo para animarme? – dijo ella con una sonrisa triste.
─Lo digo de verdad y gracias por ayudar a Sora tanto como lo has hecho y como sé que lo harás a partir de ahora.
─Creo… que yo también necesitaré ayuda dentro de poco – murmuró más para sí misma que para Tai.
No queda mucho para que termine la historia ya pero bueno ya hacía bastante que no subía nada porque me había quedado bloqueada :) En breve, esta historia llegara a su fin. ¿Opiniones? ¿Críticas? Sabéis que se aceptan opiniones o sugerencias.
