Estoy de vuela, lamento mucho la tardanza.
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Capítulo 25: No te confíes.
"Todo puede empeorar en sólo cinco minutos".
Cómo luchar contra la furia de un dragón.–Cressida Cowell
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Lo que parecía ser la tranquilidad del agua se vio alterada cuando Hipo y Astrid emergieron de ella.
Jadeando y respirando con dificultad se abrazaron de nuevo.
-Jamás me cansaré de venir aquí. –comentó Astrid acariciando los desnudos hombros de Hipo.
-Ni yo. Gracias por acompañarme. –dijo besando su frente con suavidad.
La luz de la luna sólo hacía que el brillo de su piel brillara más. En un suspiro Astrid miró hacia el cielo y vio que el astro nocturno estaba en la cúspide de las estrellas, lo cual sólo significaba una cosa.
-Ya es media noche. –comentó con emoción sin dejar de abrazar a Hipo.
-Eso parece, mi lady. –le besó la mejilla que seguía húmeda por el agua de la cala. –Feliz aniversario, mi amor.
La mujer asintió, besó la punta de su nariz. –Gracias por hacer de este año algo maravilloso, gracias por hacerme tan feliz al igual que el primer día. Feliz tercer aniversario, babe.
Hipo sonrió, nunca supo en qué momento pasaron tres años al lado de la mujer más maravillosa que había conocido.
Se quedaron unos momentos más en ese mágico lugar. Jugaron a aventarse agua, sumergirse en ese lago y claro que los besos y caricias que los acompañaban de diario, cada día eran más atrevidos entre ellos mismos, y a decir verdad estaban en una faceta de su relación que amaban y disfrutaban por completo, aunque lamentablemente estaba por terminar.
Salieron de lago y se secaron, las pocas prendas que llevaban estaban húmedas por lo que tardaron un poco en arreglarse, en especial Astrid por lo largo de su ahora cabello.
Hipo se acomodó su prótesis y también se secó el torso.
Astrid aprovechó que él estaba de espaldas y lo abrazó por detrás, escamándolo un poco, pero sonrió de inmediato, pues ella, a pesar de ser la vikinga más fuerte de Berk, tenía su lado tierno y amoroso que sólo compartía con él. La rubia apoyó su rostro en su hombro y lo besó dulcemente.
-Me encanta este tatuaje. –le susurró cerca de su oído, acariciando con sus dedos la superficie de piel donde se encontraba dicha marca.
Hipo sabía a lo que se refería. –Ya me lo has dicho, aunque sigo sin entender por qué, ni siquiera recuerdo cuando me lo hicieron.
-No, porque tenías como una semana de nacido cuando te lo hicieron; y la verdad me agrada saber que prácticamente nadie sabe de esto.
-Supongo que no, es una tradición de sólo de la familia del jefe, si en algún momento llegué a pensar que yo no era hijo de Estoico, pues creo que con este tatuaje se demostraba que sí lo era. Cuando tengamos un hijo también le pondrán esta insignia en su hombro.
Cuando terminó de hablar se arrepintió de inmediato. No es que la palabra "hijo" o "bebé" estuvieran prohibidas, pero ambos trataban de no decirlas para no abrir viejas heridas, que a pesar de los años habían cicatrizado no dejaban de ser dolorosas.
Astrid carraspeó su garganta, terminándose de poner las botas.
-Lo siento, no quise…
-Lo sé. –respondió Astrid, sonriendo, logrando tranquilizar a Hipo. –Es sólo que… no deja de ser difícil, a veces recuerdo lo que pudo ser y…
-Y nos atormentamos con los "hubiera". –finalizó Hipo, colocándose la camisa y ajustando el resto de sus prendas.
-Pero… creo que… si la vida quiere… algún día será. –empezó, no muy segura de sus palabras y de cómo hacerle entender sus intenciones.
-¿A qué te refieres? –preguntó Hipo, ilusionado.
-Nada, no me hagas caso. –restó importancia..
En esos tres años Berk se había consolidado como una de las islas más fuertes y reconocidas de Luk Tuk, pero ellos, Astrid e Hipo habían fortificado su unión a través de una complicidad y lealtad mucho mayor a la que tenían antes; sus sentimientos eran la dirección a cualquier decisión que tomaran y el corazón de cada uno era la brújula que los guiaba. Pero ese momento fue mucho más importante, Hipo no supo que decir.
Ella ya no dijo nada, sólo sonrió total y completamente enamorada de Hipo. Corrió a sus brazos, haciendo que él perdiera el equilibrio y cayera de golpe de nuevo sobre el césped, ambos en una atmosfera romántica ante la esperanza que surgía en los corazones de ambos.
-Te amo, Hipo.
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¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?
No entendía la razón por la que Astrid había tenido que sufrir tanto al perder ese bebé. Repasaba en su mente una y otra vez la cantidad de sucesos y se repetía qué es lo que había hecho mal.
¿Acaso fue porque Astrid intentó abrir la puerta de Chimuelo?
¿Hizo tanto esfuerzo que no soportó la carga en su vientre?
¿O quizá la maldita herida que Dagur le causó, y aún más con la que Drago cooperó?
Fuera lo que hubiese sido, el bebé de ambos ya no estaba, no podía recuperarlo, pero sí podía recuperar a su esposa. Y acceder a ir a la cala había sido el primer paso.
-Gracias por tener la idea de venir aquí. –comentó Astrid besando los brazos de Hipo, mismos que la rodeaban.
Estaban sentados en la roca, permitiendo que sólo el agua tocara la punta de sus pies, tenían un poco de tiempo allí, aunque los deberes de ese día los estaban esperando. Hipo notó que la rubia sonreía un poco.
-¿Qué sucede?
-No es nada, babe. Sólo recuerdo el día que me descubriste bañándome en este lugar.
A pesar ese año como matrimonio y otros más de novios, Hipo seguía siendo muy pudoroso.
-Sí, fue algo incómodo. –recordó, apoyando su cabeza en el hombro de Astrid.
-¿Bromeas? Para mí fue divertido. Sobre todo con tu "Ass… Astrid, no vayas a creer… creer que soy un pervertido, Chimuelo y yo pasábamos por aquí". –lo imitó de nueva cuenta.
El castaño rio a carcajada limpia por esa anécdota, estrujándola un poco más.
-Huy sí, y después me rompiste el corazón.
-Ni lo recuerdes, ya sabes que me obligaron. –puntualizó, girando su cabeza para verlo.
Hipo le sonrió con ternura. –Lo sé, aunque no me quedé con la duda y fui por ti.
Ambos se miraron, los dos tenían una historia de romance, pero no era comparado a lo que les esperaba.
De repente Hipo recordó algo importante.
-Maldición, tengo que ir a ver a Fass, quedé con él, lo olvidé. –dijo abrumado, no queriendo salir de ese lugar.
La rubia asintió y se separó un poco de él.
-Anda, ve. Sirve que le digo a mi tía y a tu madre que ya estamos bien, han estado preocupadas por los dos.
Hipo le sonrió y le besó la mejilla para después empezar a prepararse e ir con el jefe de Escalofrío.
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Las risas no tardaron en llegar para ellos después de haberse tumbado al suelo, pero la verdad es que era muy de noche, y la luz de la luna no era suficiente para que ellos visualizaran bien su derredor.
Optaron por irse caminando, a veces abusaban de trasladarse en los dragones, por eso, en esta ocasión los dejaron descansar un poco.
-Te tengo un regalo de aniversario. –comentó Astrid, jugutonamente.
-¿En serio? –preguntó, alzando una ceja, rodeándola con su brazo al caminar.
-Sí. Mira. –en eso sacó un pequeño paquete de su bolsita que seguía colgando de su cinturón.
Hipo lo tomó con cautela y permitió que ella lo desenvolviera sobre sus manos. Cuando lo vio, quedó boquiabierto.
-Astrid, es muy bonito. –comentó impresionado.
La rubia se ruborizó un poco. -¿Me dejas ponértelo? –preguntó, aunque ni se esperó a que él le respondiera.
Hipo sonrió ante la agilidad que mostró su esposa al colocarle dicho botoncito. No podía apreciarlo bien por la oscuridad de la noche, y aunque iban entrando a los límites de la aldea, las lumbreras no eran suficientes para analizarlo; sin embargo, lo que hizo de manera breve fue palpar la insignia que tenía grabado un furia nocturna y su nombre.
-Mi sello… -comentó el castaño, sonriendo. –Es muy bonito, ¿tú lo hiciste? –preguntó.
Ella asintió. –No soy tan buena como tú con eso de la herrería, pero hice mi esfuerzo, aunque Bocón me ayudó un poco.
Hipo suspiró, enamorado más de ella.
-Es perfecto. –le sonrió, justo antes de sacar una bolsita de entre sus ropas. –También tengo algo para ti.
La rubia le sonrió, ya le había dicho varias veces que no quería nada ya tenía mucho más que suficiente con toda una mini armería como anexo a su casa y también con muchas cosas que le compraba con el mercader Johan cada vez que les visitaba.
-No era necesario, Hipo. –reclamó.
-Es pequeño, sólo para que recuerdes que te amo demasiado.
Astrid no tuvo corazón para negarle nada. Permitió que su esposo abriera la bolsita y colocara el contenido en sus manos.
Quedó asombrada con lo que Hiccup le había hecho, era un dije de exquisita forma. Tenía grabado el símbolo del medallón de Astrid y también el de Berk, se rio un poco porque habían tenido la misma idea.
-Es muy bonito, Hiccup. –susurró, admirándola.
El castaño lo tomó y le aplanó a una pequeña pestaña que sobresalía del dije, para que saliera un poco de filo. –Y tiene una pequeñísima navaja. –comentó divertido.
Astrid sonrió feliz por la idea de él, nunca dejaba de sorprenderla.
-Muchas gracias.
El castaño, finalmente le tomó la mano en la que siempre descansaba la pulsera que él le había dado hacía mucho tiempo y le anexó dicho dije a la alhaja.
-Ahora luce mucho mejor. –le besó la mano y después la entrelazó con la suya de nuevo.
La rubia estaba feliz, era la vida que nunca soñó con tener, pero la hacía inmensamente feliz.
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La casa de Hipo y Astrid ya no era la misma. Después de que él y ella solucionaran los malentendidos que sufrían hacía tres años, la madre de Hipo tomó la decisión de cambiarse de casa, aunque vivía al lado de la casa de Gylda, justo frente a la de los jefes, los jóvenes no estuvieron muy de acuerdo, sin embargo, aceptaron su decisión.
Ahora la choza tenía una pequeña armería, junto a los establos de dragones y un pequeño terrero de ganado que abastecía a los Haddock, pues aunque quisieran negarlo, al ser los jefes, les iba bastante bien.
Entraron a la casa sin preocuparse en encender alguna vela, pues conocían demasiado bien sus
Ni siquiera prendieron velas al entrar a la casa, conocían a la perfección su hogar.
La verdad, Astrid estaba muy cansada por lo que subió hacia su habitación y dejó su capucha y sus botas en uno de los estantes que utilizaba para colocar su ropa, y en una orilla dejó el morral con la ropa mojada. Desde hacía tres años habían incrementado sus visitas a la cala, por lo que dejaba en la cuela una muda de ropa, a sabiendas de lo que podía ocurrir, justo como el dicho vikingo decía: Un vikinga preparada, está lista para todo (*).
Ni siquiera se percató que Hipo iba detrás de ella, así que él se sentó en la cama y se le quedó viendo mientras se arreglaba para dormir.
La miró atentamente, le causaba ternura cuando hacía muecas de cansancio o fastidio mientras ella se colocaba ese camisón verde que cada cierto tiempo volvía a coser; no podía creer que habían vivido tantas buenas, malas e increíbles experiencias al lado de ella, y estaba infinitamente agradecido por todo lo que había vivido.
Cuando ella estuvo lista y destrenzó su cabello para cepillarlo, pues estaba algo húmedo, se sentó en la cama justo al lado de él y sintió algo extraño por debajo de las mantas con la las cuales se arropaban. Palpó la superficie, tratando de buscarle una explicación, por lo que se giró a mirarlo.
Hipo le sonrió socarronamente, se acercó su oído y empezó a susurrarle con galantería.
-Te dije que había más regalos para ti. -al escuchar eso la rubia se puso de pie abruptamente y trató de entender a lo que se refería. Movió las mantas y las pieles para justo después encontrarse con un confortable colchón de plumas.
— ¿Qué es esto? -preguntó Astrid.
— Ya te dije, es tu regalo, en realidad es nuestro regalo. –confesó, recostándose pacíficamente sobre la cama, cruzando las mandos detrás de su cabeza.
Con algo de asombro, Astrid lo imitó.
-Una cama como esta es muy costosa y difícil de conseguir. ¿De dónde lo sacaste? –preguntó con voz bajita.
-El mercader Johan me convenció. –confesó, girándose para estar frente a ella.
-No debiste.
-Es para que durmamos más cómodos. –defendió su punto de vista.
-Considero que era innecesario.
-¿No te gustó? –se preocupó.
Astrid sonrió. –Claro que me agrada, es sólo que… no es común en Berk. Ni siquiera hay en Berserk. –recordó, sintiéndose indigna de todo lo que Hipo le daba, empezando por su amor.
-Está increíble. Al menos ya no será tan dura la cama. –comentó con coquetería.
-A tu lado nunca lo es. –confesó romántico.
La rubia acercó su rostro de nueva cuenta para degustar esos labios que coocía a la perfección y en los que jamás dejaba de descubrir sensaciones nuevas.
Hipo la rodeó con cuidado, acercándola más hacia sí. Acarició lentamente por debajo del camisón, provocando suspiros en la rubia.
-¿Qué dices… estrenamos la cama? –preguntó el castaño de una manera provocadora.
La rubia lo empujó contra el colchón nuevo y se colocó a horcajadas encima de él. En un ávido movimiento le quitó la camisa y le aflojó los pantaloncillos y en un parpadeo más, le quitó la prótesis.
-Vaya que has mejorado. –alagó mientras él le acariciaba las piernas suaves que seguían frescas por la humedad del lago donde se bañaron una hora antes.
-Es por todas la veces que hemos practicado. –le dijo entre besos sobre su pecho.
La muchacha se deleitó acariciando y besando lo que se le permitía. Hipo, por su lado, acariciaba las piernas y la espalda de su esposa. La rubia se detuvo un momento para bajar la ropa del castaño, le dirigió una mirada acusadora, comunicándole que se preparara para todo.
Hipo le hizo caso, le sonrió de la misma manera confiada en la que lo hizo la primera noche que pasaron juntos, tres años atrás.
Todo era igual que aquella noche, a excepción de la timidez e inexperiencia, pero fuera de allí, era el sentimiento y la pasión que los mantenían despiertos, y lo mejor de todo, es que ya no había berserkers a los que temerles.
Sin embargo, justo cuando la cosa se iba a poner más ruda e interesante, se escuchó una alarma.
-No puede ser. –musitaron al unísono. Se acomodaron en la cama y prestaron atención a los sonidos que había, y en efecto, era la alarma de invasión, lo cual era extraño, pues en los últimos años no habían tenido sorpresas de ataque tan extraños como esos.
-¿Ahora qué? –preguntó Astrid enojada y cambiándose más rápido de lo que comía Patapez.
-Al parecer nunca tendremos un aniversario normal. –se quejó mientras apretaba su prótesis y terminaba de acomodarse la ropa.
-Mataré a cualquiera que esté en la costa.
Hipo le pasó su capucha a Astrid y bajaron rápidamente las escaleras, terminado de vestirse. Tomaron sus armas y salieron de la cabaña, rumbo al establo de ellos. Al salir, los dragones ya los estaban esperando, a sabiendas que irían en ellos hasta la torre de vigilancia.
-Chimuelo, Tormenta, ya saben qué hacer. –dijo Hipo cuando él y Astrid estuvieron encima de sus asombrosos dragones, emprendiendo vuelo.
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La movilización era agitada.
Se veían catapultas preparadas, esperando la indicación de alguno de los jefes.
El sub- comandante de la guarida de Berk, Eret, no dejaba el catalejo. Veía por todo el derredor y sus esperanzas decaían a cada segundo que se avecinaba la flota entera.
-¿Qué sucede? –preguntó la jefa de la armada.
-Astrid, que bueno que llegas, ¿dónde está Hipo? –preguntó Eret, ansioso.
-Fue a revisar la armería. –dijo rápidamente. -¿Quiénes son los visitantes? –preguntó enojada, arrebatándole el catalejo por no responder.
Cuando enfocó el horizonte, ella palideció.
-Una flota. –masculló enojada.
-Es una flota numerosa. –opinó el muchacho.
-Tal vez. Pero tenemos dragones. Ni siquiera Drago nos ha derrotado, y no han lanzado ataques. Le iré a avisar a Hipo, mientras tanto preparen las catacumbas y los refugios en el bosque. –ordenó.
Eret asintió justo antes que de la rubia fuera a buscar a su marido.
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No podía creer que cinco minutos antes estaba disfrutando de una noche con Astrid y en un parpadear ya estaba totalmente ocupado en una preparación para salvar a su isla de nueva cuenta.
Notó un dragón volar tras él, no tuvo que adivinar que se trataba de Tormenta.
-Hipo, es una gran armada, pero no sabemos de quién, las banderas vienen en color gris, además que por la noche y la neblina no se aprecian bien.
El castaño ni la volteó a ver, seguía viendo el horizonte desde esa torre de vigilancia.
Ambos notaron que todos estaban en sus posiciones, como jefe de Berk estaría en la primera fila de contraataque.
-Hay que estar listos, pero no podemos adelantarnos. Quizá no son nuestros enemigos.
La rubia le asintió y le sonrió, brindándole confianza.
-Lo haremos juntos. –dijo la voz gruesa detrás de ellos, el mismo Patán.
-Y no nos dejen los refugios, queremos diversión. –comentaron los del Cremallerus, apareciendo también.
Patapez no tuvo que decir nada, con estar allí era suficiente.
-Me he perdido muchas aventuras sin ustedes, creo que debeos iniciar antes de que el Equipo A se meta en esto.
Hipo sonrió agradecido.
-Perfecto, pero antes necesito que revisen los refugios y estén preparados en caso de necesitarse, ya saben que primero los niños y las mujeres, chicas, por favor encárguense de eso. Brutacio, Patán, vayan con Eret hacia las catapultas, quiero a cada quien en la zona de ataque.
Los mencionados asintieron, yendo cada quien a donde se les indicó.
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Los refugios habían sido remodelados también, no es que fueran necesarios todo el tiempo, pero sí debían estar funcionales.
Brutilda se fue con Cizalladura y Heather, porque su dragón iría con su hermano, ayudó en lo que Astrid encargó mientras que Heather traía las armas para proteger los resguardos también, sin embargo, no pasó desapercibido para las muchachas que ella se estaba cansando con mucha rapidez.
-¿te sientes bien, Tilda? –preguntó Astrid, preocupada por su amiga.
La rubia desvió la mirada, lo cual llamó más la atención de ellas. Astrid la miró fijamente, tratando de adivinar lo que ocurría.
La gemela se mordió el labio.
-Sí, estoy perfectamente, ciento por ciento de perfección. –sobreactuó.
Heather y Astrid se miraron, incluso las dragonas, no creyendo nada de lo que habían dicho.
-Por favor, suéltalo. –dijeron al unísono.
-No hay tiempo que perder y si te sientes mal, te quedas en el refugio, que hará mucha falta para coordinar, Hipo y yo confiamos en ti para que cuides todo y aunque nos has fallado sé que cuando te enfocas en algo, puedes…
La jefa no pudo seguir hablando porque Brutilda decidió interrumpirla.
-Estoy embarazada.
Esa información le cayó de sorpresa a todos. Patan y Brutilda se habían casado apenas un par de meses atrás. Heather se llevó las manos a la boca y saltó de emoción.
-¡Felicidades! –la abrazó con efusividad.
Astrid apretó el hacha con algo de furia en su interior. Tocó su vacío vientre y mordió sus labios, mentiría si dijera que no estaba inmensamente llena de celos.
-¿E… estás segura? –preguntó en voz queda.
La rubia asintió tímida.
-Aun no le he dicho a Patán, ni a mi familia, pero sí. Gylda me lo dijo ayer, después de revisarme.
Heather estaba muy contenta, así que la abrazó de nuevo.
-Debes cuidarte mucho, será mejor que te quedas aquí. ¿No crees, Astrid? –preguntó, volteando a verla.
La jefa no sabía que decir, estaba feliz por ella, quizá un bebé es lo que necesitaba para estar más centrada en las cosas de casa, y no hacer boberías, pero no podía contener el enojo que sentía hacia ella misma.
-¿No tomaste el té que te dije? –preguntó enojada.
La sonrisa de Brutilda desapareció.
-Astrid. –recriminó Heather.
La rubia estaba afectada. Si su bebé hubiese nacido sería mayor que el de Brutilda, tendría dos años y sin duda serían muy felices todos en Berk. Pero no podía aceptar que todas las cosas que ella quería para sí las estuviese viviendo su amiga. Desechó esa idea de inmediato, no podía enojarse con Brutilda, ella sabía a la perfección la inestable y emocional que una embarazada podía ponerse, y haría lo posible porque el bebé (o los bebés) de ella estuviesen bien.
-Pues, lo tomé un par de semanas pero… la verdad es algo latoso y…
Thorson no alcanzó a dar su explicación porque la jefa la abrazó, y ese abrazo le regresó la seguridad.
-Por favor, cuídate mucho, Tilda. –le dijo con voz entrecortada, fue allí cuando Heather y la del Cremallerus recordaron que Astrid había perdido un bebé.
-Lo haré. –sonrió, separándose de ella.
Las chicas se miraron, aunque tuvieran diferencias, siempre estarían allí para apoyarse una a la otra.
-Bueno, a defender Berk. –animó Heather, montando a Cizalladura.
En ese momento se vieron tres flechas de lumbre que resplandecieron en el cielo.
-¿Qué es esa señal? No la recuerdo. –comentó la castaña.
De hecho, nadie conocía esa señal, sólo tres personas y tres dragones.
-Hipo. Quiere que vaya con él. –comentó Astrid, subiendo a la montura de su Nadder. –Es mi señal, ustedes quédense aquí. Mandaré por ustedes en caso de ser necesario, sino, les pediré que cuiden a los niños, seguramente mi tía y Valka vendrán con ellos.
Las amigas asintieron mientras veían a su jefe iniciar el vuelo hasta donde la llamaban.
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-Le mandé esa señal, Astrid no tardará en venir. –dijo Valka a su hijo.
El castaño asintió un poco más relajado.
-Al menos le diremos que no es un ataque. –musitó en voz baja.
Efectivamente, no se trataba de un ataque, era peor, era un aviso que próximamente habría uno, justo como en cada isla del archipiélago había ocurrido uno durante esa semana.
-Siempre es un gusto verle, reina Karena. –expresó Eret, galante como siempre. –Pero no en la madrugada y con una flota que es más temible que todos los piratas que he visto.
La castaña bajó la mirada mientras bajaba de su Skrill.
-Lamento la mala interpretación de nuestro arribo, jefe Hiccup. Pero me temo que nuestra improvisada visita no trae buenas noticias.
-¿Qué sucede? –preguntó Bocón, al lado de Hipo como siempre.
Karena tragó saliva, miró hacia el horizonte ordenó sus ideas rápidamente.
-Drago. Está destruyendo, sitiando y asediando todas las islas del archipiélago. Su flota sobrepasa todas aun las armadas de Berkser y Berk juntas. Tiene dragones de su lado. Hipo, va hacia Escalofrío, Berserk y por último, viene hacia Berk.
Esa información fue devastadora. Todos empezaron a alterarse, empezando por él.
-Lucharemos contra él, y ganaremos, como siempre. –aseguró con voz fuerte para que todos le escucharan. –Tenemos aliados, tenemos dragones y somos la potencia más temible en Luk Tuk, podemos con esto, además, tenemos a los berserkers de nuestro lado.
Los hooligans empezaron a tranquilizarse y recordar que tenían muchas cosas a su favor.
Karena sonrió con algo de amargura.
-Por eso estoy aquí. No podemos ayudarlos. No hay alianza entre nosotros.
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Notas de la autora:
Muchas gracias por seguir. Dejé varado un poco este fic para darle continuidad a otros, pero les garantizo que no lo dejaré.
Gracias por sus favoritos, comentarios, y lealtad a este fic y a mi. La verdad quería terminar este fic el día de hoy, pero me fue imposible.
Como dice el título, no se confíen, aun hay sorpresas y… ¿Brutilda embarazada? ¿Se lo esperaban?
Gracias por leer
gracias a los que dejan review, anónimos y los que no lo hacen
**Amai do**
-Escribe con el corazón-
Publicado: 14 de febrero de 2016
