Capítulo 25

Fin del Juego

Enyo levantó la lanza en posición defensiva.

Apenas se dio cuenta que Ares se levantaba subrepticiamente del trono y lo dejaba libre.

Toda su atención estaba puesta en su hermana, que la miraba con expresión seria. Se controló y esbozó una sonrisa arrogante que flaqueó un poco en las comisuras de la boca.

-¿Qué te has creído, Athena?, ¿Cómo te atreves a irrumpir de esa manera en mi Santuario?

Poseidón arqueó las cejas con incredulidad.

-No tienen límite los descaros de esta niña,-susurró por lo bajo.

Afrodita sacudió los hombros mientras fijaba la mirada en Ares. Éste tenía una sonrisa macabra en el rostro que no auguraba nada bueno. Sin embargo, sus ojos negros brillaban de interés. Dionisos tuvo un tic involuntario en el ojo debido a los nervios.

La mirada de Athena se oscureció. Apretó los puños, furiosa. Sin embargo, se controló.

-Tienes una última oportunidad, Enyo. Aún puedes disculparte por todo lo que has hecho.

-¿Por quién me tomas?,-escupió la otra incrédula.- ¡No pediré perdón por obtener lo que me pertenece por derecho!

-¿Por derecho?,-la voz de Glaucopis se agitó furiosa, y la diosa se irguió en toda su estatura irguiendo el pecho lo que la hizo parecer más alta de lo que ya era.- ¡Yo soy la primogénita de Zeus! ¡A mí es a la que entregó el mandato de la Tierra desde la era del mito! ¡Este Santuario me pertenece! ¡Y tú lo has manchado con tus actos reprochables!, ¿¡Cómo te atreves a traer a un demonio como la reina Lamia a éste lugar!?

-Pues por eso mismo-la rebatió.- ¿Por qué le reserva el derecho de ser su segunda al mando a una hija ilegítima? ¿Por qué no confió en los hijos que su esposa le dio para tal tarea? ¡Yo podría haberlo hecho tan bien como tú!,-la voz le subió una octava más de lo normal.

-¡Mi madre también fue su esposa, eso te lo recuerdo!

-¿Aunque se la haya tragado?,-se burló.-Tú y tu hermano no nato erais un problema, una amenaza para su estadía en el trono del Olimpo. ¡Y tú sigues siendo una espina en el costado de medio Olimpo!

-Conoces la profecía tan bien como yo, Enyo. El único que era una amenaza para su trono era mi hermano, pero nunca llegó a nacer. De mí solo se dijo que sería igual a él en sabiduría y poder. Por eso él me confía sus asuntos más íntimos y me ha dado el gran trabajo de interceder entre dioses y hombres. ¡No trates de tergiversarlo!

-¿Aunque no seas una diosa verdadera?

Dionisos bufó.

-Tienes un serio problema con eso, querida hermana,-murmuró por lo bajo.

-Athena es una mujer en todo el sentido de la palabra, Enyo. Es una de las más bellas del Olimpo, solo comparable con tu madre y conmigo,-intervino Afrodita.- ¿Acaso intentas demeritarla solo por el hecho de que ha decidido permanecer virgen? ¿Qué hace a una diosa ser una diosa según tú? ¿Que sus esferas de influencia estén dirigidas en su mayoría a los hombres la hace menos mujer? Sigue teniendo las características físicas de una, por ende es una diosa.

-Contesta la pregunta,-le exigió Athena.- ¿Es por lo que ha dicho Cipris?

-¿Qué diosa que se precie reencarna en un ser inferior?,-señaló con la barbilla el cuerpo de Athena.- ¿Por qué tanto gusto en las formas humanas?

-¿Qué tienen de diferencia a las formas de los dioses? Tan solo la inmortalidad y la perfección hacen nuestros cuerpos distintos a los suyos.-adelantó la Nike en actitud belicosa.-Basta de charla. No he venido aquí a solucionar esto por las buenas.

-Vaya, alguien se levantó con el pie izquierdo esta mañana,-se burló Enyo.- ¿Qué sucede, no te agradó ser derrotada, querida hermana?

-Yo nunca he sido derrotada, Enyo. Solo te dejé creerlo. Sin embargo, he de admitir que fuiste una rival temible, pues lograste herirme.

-¿De qué estás hablando?,-se extrañó.

-¿Tú crees que yo iba a dejarte ganarme así como así? Todo lo que sucedió fue solo parte de un plan. Un plan que yo concebí para darte tu merecido por atreverte a desear lo que no te correspondía. Aunque para ello tuviera que dejar que mis santos y mi Santuario fueran afectados por ello.

-¿Y nadie sabía nada?

-¿Nunca pensaste que el que Ares cediera de repente a tus requerimientos después de negarse tan categóricamente era sospechoso?

-Insultas mi inteligencia, Athena. Obviamente, se dio cuenta que yo era más digna de él que Afrodita.

-No necesito insultar tu inteligencia, Enyo. Tú sola lo sirves en bandeja. ¿Realmente creíste que podrías conmigo sin ningún tipo de artimaña? Sobre todo cuando ni siquiera Poseidón ni Hades pudieron ganarme.

-Ni Poseidón ni Hades son deidades guerreras como yo. Y es obvio que no pusieron el suficiente empeño. Ambos te subestimaron. Yo jamás te he subestimado, Athena. Por eso pude ganarte.

-No sigas con esa cantaleta, Enyo. Por favor,-le suplicó Dionisos.-Suenas demasiado estúpida. ¿Acaso olvidas que estos dioses "no guerreros" han librado un par de guerras más difíciles que una simple Guerra Santa? A la mejor si cerraras la boca dejarías de crearte problemas,-murmuró casi para sí mismo.

-¿Crearme problemas? Tú iniciaste todo esto, te recuerdo.

-Tú me molestaste. ¿Qué esperabas, eh? No trates de desviar el asunto. La causante de todo esto eres tú y tus estúpidos celos.

-¿Celos? Yo no tengo celos,-dio un salto hacia atrás evadiendo el golpe de Nike.- ¿Ahora quién no quiere hablar?

-¡Te he dicho que no quiero hablar! ¡Así que ponte en guardia!

-Antes dime porqué le égida no funcionó. Se suponía que sería impenetrable.

-Eso también lo preví. Como imaginé, trataste de obtenerla. Así que le pedí a Mu que la fortaleciera con mi sangre, sabiendo que una vez que la absorbiera se impregnaría de ella y la haría invulnerable solo para mí. Por eso no me preocupé en dejar aquí la llave. Imaginé que le robarías el tridente a Poseidón y pensé que sería muy divertido ver qué sucedía si te atrevías.

-¿Me engañaste? ¡¿Cómo te atreves?!

-Eso no es mi culpa. Tú sola caíste. Te confiaste y te volviste imprudente, Enyo. Y por tal motivo te echaste a medio Olimpo encima. Creo que creíste que podías actuar como tu madre, sin represalia alguna. Y te recuerdo que hasta Hera tenía que responderle cuentas a su marido de vez en cuando, así que ni siquiera ella estaba impune. ¿Qué te hace pensar que tú sí? Quítate esa égida y enfréntame. Si pudiste una vez solo con tu armadura, podrás otra vez, ¿o no?

-Está bien, hermana. Ya que deseas que te vuelva a romper la cara, lo haré,-se quitó el pesado manto debajo del cual siempre llevaba la armadura y empuñó la lanza contra Athena.

El combate no podía presentarse de una manera más distinta que el combate previo. Libres de dudas y sentimientos esta vez, los movimientos de Athena eran más rápidos y controlados y lograban acercarse más precisamente a Enyo que la pasada ocasión.

Ésta rechinó los dientes, furiosa, al ver que no podía alcanzarla tan fácilmente como la vez anterior y empezó a perder coordinación al dejarse dominar por la furia.

Movió la lanza hacia adelante, tratando de encajársela de nuevo en el pecho. Palas le interceptó el golpe con destreza, quitándole la lanza de las manos. A continuación la golpeó en el estómago sin misericordia y la mandó a rodar. Enyo chilló, al chocar contra el trono y se levantó. Sin quitarle los ojos de encima a Athena fue a por su lanza.

Tan pronto como la cogió, se volvió repentinamente, tratando de no perder terreno y la lanzó. Su hermana la interceptó con una mano y se la lanzó de vuelta.

-Ponte más seria,-la retó.-No estés jugando.

Ares ahogó una carcajada.

-¿Y tú de qué te ríes?,-se molestó, mientras fintaba con Athena.

-De tí, tonta. Como haces el ridículo por el miedo que le tienes a Athena.

-Yo no le tengo miedo a Athena,-negó mientras las armas de ambas volvían a chocar.

-¿En serio? ¿Y por qué no te pones más agresiva? La vez pasada se te sentía con menos miedo. Ahora ni te estás moviendo,-le contestó lanzándole otro golpe casi con pereza. La Nike le pasó a Enyo a centímetros de la cara.

-Te quiere imitar,-adivinó Dionisos, divertido.-Aunque no puede del todo, no está acostumbrada a controlar sus emociones.

-Eso es fácil de arreglar,-contestó Ares con un brillo sádico en los ojos.

-¡No te atrevas, Ares!,-le dio un empujón a la Nike con furia, y movió la lanza tratando de quitarle la cabeza a Athena de un empellón. Ésta esquivó el golpe y lanzó otro a su vez. Enyo detuvo la Nike con la mano.

-Sigue molestándola, parece que eso la enciende,-se burló Baco.-Ay, qué lindos los hermanitos.

-¡Cállate, dios de cuarta!,-le chilló Enyo.

Afrodita se rió.

-Dime algo más original, necia,-le contestó él, sin inmutarse.

-Dramática como nuestra madre,-se volvió a burlar el Androfontes.-Lo malo es que mamá ya aprendió a dejar los dramas. Tú no aprenderás nunca.

-¡Cállate!,-el golpe fue tan fuerte que envió a Athena varios metros atrás.

Enyo cargó contra Ares, furiosa. El dios le interceptó la lanza con una mano y la empujó hacia atrás.

-Tu oponente no soy yo,-la regañó.

-¡Deja de burlarte, maldita sea!

-Fíjate,-se limitó a decirle.

Chilló cuando la Nike la impactó, y la hizo chocar contra el trono con violencia.

-¡Eso es trampa!

-Muévete, me aburres,-le contestó.- ¿No me veías como la competencia? Es que ni a los talones me llegas.

-¡No es cierto!,-siguió chillando.

-Eres patética, Enyo. Tu mejor arma es tu lengua y eso dice mucho de tí como diosa guerrera.

-¿Y la tuya cuál es? ¿Tu flor?

Nike le impactó con violencia en la cara. Su espalda se incrustó con violencia en el borde de la mesa quitándole el aire mientras crujía horriblemente.

Los tres dioses respingaron.

-Dime que no lo dijo...,-murmuró Ares, incrédulo.

-No sé, yo también lo oí,-dudó Dionisos.

-Es una vulgar,-contestó Afrodita, echándose el cabello hacia atrás con desdén.

Enyo levantó la mirada hacia el rostro de Athena. Los ojos de ésta parecían pedruscos, de lo dura que era su expresión.

-Si te molesta significa que estoy en lo cierto. O que simplemente ansias eso pero tú orgullo no te deja admitirlo.

-Ya cállate, Enyo,-la apostrofó Ares.

-¡Tú no te metas!

-Pero si te estoy salvando el pellejo,-se burló.-Cualquiera sabe el problema que conlleva que Athena se enoje. Y eso que no dije lo que le dijiste a la reina Lamia que le darías en recompensa si lograba matar a la Gorgona.

-¡Pues es que hasta eso! Ella se trae a la Gorgona y después yo soy la mala que trae criaturas despreciables...

Poseidón, que había estado callado hasta aquel entonces, se cruzó de brazos y miró a su sobrina con condescendencia

-Espero que no estés comparando a Medusa con la Lamia, Enyo,-contestó.-Son muchas las diferencias entre ellas. Supongo que si la Gorgona disfrutara petrificando a la gente solo para su propio placer, podríamos hablar de cierta similitud de comportamiento. Pero no es el caso.

-Sigue siendo un monstruo.

-Externamente talvez. Y sigue siendo bella, si acaso más parecida a sus hermanas. Lo que hace a un monstruo es su comportamiento, no su aspecto. Deberías saberlo.

-¿Qué pasó con la Lamia, tío?,-preguntó Athena. -¿Dónde está?

Éste cruzó una mirada con Ares antes de contestar.

-Yo la maté,-reveló.-Si no lo hubiera hecho, Medusa no hubiera sobrevivido. Pero si no hubiera sido yo, hubieras sido tú después de lo que le hizo al santo de Lyra.

Cogió a Enyo por el cuello y la estampó contra la pared con una expresión feroz en la cara.

-¡¿Tú le prometiste a esa bestia la sangre de mi santo de Lyra?!

-De cualquiera de tus santos,-puntualizó.

-¿Y Medusa qué hacía?

-Llegó a salvarle el trasero a Orfeo. No te preocupes, Apolo está cuidando de ella y responde satisfactoriamente al tratamiento. Saldrá de ésta, igual, que tu santo. No puedo decir lo mismo de la señorita Enyo, si es que continúa hablando de más,-contestó, mirándola elocuentemente.

-¿Y tú no me vas a golpear?

-¿Para qué? Ya tu hermana lo está haciendo por mí. Y lo estás llevando mal.

Athena la lanzó con virulencia contra el suelo. Dio una vuelta sobre sí misma y aterrizó a los pies de Ares.

-¿Ayúdame, quieres?,-le espetó de malhumor.

Éste miró fugazmente a Athena. Ella asintió y se apartó un poco.

-Phobos,-llamó, con voz monocorde.

-¿Qué vas a hacer?,-preguntó ella, recelosa, al ver la expresión sádica de su rostro.

Sus presentimientos no mejoraron al ver aparecer a aquel que era la personificación del Miedo.

-¿Qué demonios pretendes, Ares?

-Pretendo vengarme,-contestó simplemente.-Y ya sabes cómo me gusta que me paguen: con miedo y sufrimiento.

-¿No creerás que Phobos va a hacer que me quiebre?

-No lo subestimes,-gruñó, agresivo.-Ya sé lo que piensas de mis hijos con Afrodita. No creas que me agrada eso, y lo pagarás. Aunque tenga que despellejarte aquí mismo. También me debes el haberte creído capaz de doblegarme y considerarte a mi altura. La persecución que les diste a Eros y a Harmonía. Y sobre todo, lo que le hiciste a Enyalios por andar de resbalosa. Todo eso me lo debes. Y me lo voy a cobrar, ahora,-avanzó hacia ella, despacio, casi como un cazador hacia su presa. La cogió por los cabellos y la arrastró hacia la habitación de Shion.

-¿Supongo que nosotros nos vamos, mejor? No quiero oír gritos,-dijo Afrodita.

-Sí, váyanse. Ya llamaré yo a mi padre cuando todo se termine, para que le dé su castigo. Y gracias por toda su ayuda.

-Descuida, es lo mínimo que podíamos hacer, después de semejante puesta en escena,-le contestó Dionisos.- ¿Necesitas algo más?

-Por ahora no,-contestó ella.-Pueden retirarse.

Mientras, la diosa temblaba, bajo la influencia de Phobos, sintiendo todos los miedos que había contenido, aflorar uno tras otro. La envidia y el miedo de que su hermana fuera mejor que ella a los ojos de su padre. El miedo de que su madre ya no la comprendiera. El miedo de no ser suficientemente buena como diosa de la guerra. El miedo maternal de perder a su hijo. El miedo de no encontrar quién la amara alguna vez. El miedo de que su hermano nunca más la viera como una igual. Sentía un sudor frío cubrirle todo el cuerpo y la horrible sensación de que la garganta se le cerraba cada vez más. Su respiración le raspaba las vías respiratorias al salir alborotada de sus pulmones. Su piel, fría por el efecto del miedo, cubría unas manos que arañaban el suelo convulsivamente. Los dientes y los labios castañeteaban y los ojos negros presentaban las pupilas dilatadas.

Se arrastró hacia Ares, que la observaba con un placer indiferente y se le colgó de las rodillas con una mano, mientras con la otra se arañaba la sien, tratando de desterrar el miedo que sentía y que le corroía las entrañas como ácido. Él sintió un escalofrío de placer cuando sintió los temblores y convulsiones que le transmitió aquel contacto frío.

-Ba…basta,-resopló ella,-tratando de llamar su atención,-Detén esto, te lo suplico. Es demasiado… ¡es demasiado!,-gimió, mientras se colocaba en posición fetal, respirando pesadamente, moviendo la cabeza de un lado a otro.- ¡DETÉN ESTO!,-aulló,-gimiendo y sollozando, casi rodando por el suelo.

-¿Duele, hm?,-le contestó, mirándola con odio.-Te lo mereces. Te has atrevido a pasarme por encima como a un cualquiera. ¡A mí, un dios olímpico, el padre de tu único hijo, carne de tu misma carne y sangre de tu misma sangre, al único varón que tiene tu padre dentro de su matrimonio actual! Has herido mi orgullo, insultado a mis hermanos y a mi amada, asesinado a mi hijo y mancillado mi cuerpo. Te mereces que te matara del miedo.

-Nnnn….no. Yo también soy tu hermana,-le arañó la espalda y fijó sus ojos espantados en él tratando de apaciguarlo.-No deberías rebajarte a mi nivel, haciéndole daño a una hermana tuya.

-El problema es que no me importa rebajarme sin con ello me cobro todo lo que me debes. Sabes que soy así. Y lo disfruto,-siseó, acercándole la boca a la oreja y lamiéndosela de manera macabra.

-¡Ares basta!,-intervino una voz femenina y autoritaria. El dios se volvió, con enrabietada curiosidad, para ver quién había osado interrumpirlo. Se aturdió un poco al ver quién era y retrocedió.

-Madre, ¿qué quieres?,-balbuceó.

Hera arqueó las negras cejas de una manera muy similar a como lo hacía su hijo.

-¿No es obvio? Darle a esta pequeña malcriada su merecido castigo, a ver si le gusta.

-Creí que mi padre…

-Tu padre me ha concedido el favor de que sea yo quién la castigue,-contestó.-Márchate,-le ordenó a Phobos. Éste volvió a ver a su padre. Ares asintió. Inclinó levemente la cabeza ante Hera y desapareció.

-¿Qué tienes planeado para ella, madre?

-Estaba pensando que como ella parece estar tan orgullosa de lo que puede hacer con su lengua, será interesante ver que hace sin ella.

-¿Vas a arrancársela?,-se sorprendió Ares.- ¿Y qué harás con ella?

-Ya veré. Lo que es cierto es que ya es demasiado lo que se ha manchado éste Santuario con sangre ajena. Ven hijo, coge a tu hermana y llévala a mi morada. Ahí recibirá su castigo de una vez.

-¡Madre!,-suplicó Enyo.-Por favor…

-Cállate, no quiero oírte. Cuando aprenderás…

Ares la empujó.

-Camina, mujer. Ya verás lo que te pasa por andar de alocada,-la cogió por los brazos y se desapareció con ella.

Mientras, la diosa de la sabiduría caminaba por el salón, repasando con la mirada todos los detalles, tratando de reconocerlos.

-¡Alguien llame a Shion!,-ordenó con voz fuerte, sentándose en el trono.

A los minutos, la puerta se abrió despacio. El ex santo dorado se asomó con cautela y algo de desidia. Su rostro cambió instantáneamente cuando vio que la diosa sentada en el trono no era Enyo. Impulsivamente, avanzó hasta ella, le cogió las manos y se las besó con devoción.

Aquel gesto borró los rastros de malhumor que pudiera conservar consigo. Sonrió con dulzura y le acarició la mejilla a Shion, que parecía fascinado, como un chiquillo viendo una luciérnaga en una noche de verano.

-Señorita Athena,-susurró, con el mismo tono de fascinación.

Ella se rió.

-Sí, soy yo, Shion. Llámalos, ¿quieres? Estoy de vuelta en casa.

-Sí, señorita,-se levantó inmediatamente y fue a llamar a los santos de oro.

Y chan. Se acabó. No más Enyo. Yeeeey. Casi no lo logro, me enfermé feo esta semana ewwwe Pero bueno, lo controlé a tiempo y pude terminar el capítulo.

Quise mostrar a Athena como la real hija de p… que es cuando se molesta realmente. Así que nada de misericordia, ni de segundas oportunidades ni de contenerse o perder el tiempo hablando. Especialmente, después del insulto de la flor (que confío que su contexto quedara claro) Además, probablemente, fue ella, además de Ares, a la que más afectó todo éste circo. Tenía razones de sobra para estar cabreada.

El castigo de Enyo se me ocurrió en virtud de lo mucho que pareció amar el personaje andar regando chismes y mentiras por ahí, además de tratar de intimidar a medio mundo por medio de la palabra. Lo saqué de dos mitos, uno griego y otro romano, ambos recogidos en Las Metamorfosis.

- Eco (en gr. Ἠχώ) es una oréade (ninfa de la montaña) del monte Helicón que amaba su propia voz. Fue criada por ninfas y educada por las Musas. La bella y joven Eco era una ninfa de cuya boca salían las palabras más bellas jamás nombradas. En cuanto a las palabras ordinarias, se oían de forma más placentera. Esto molestaba a Hera, celosa de que Zeus, su marido, pudiera cortejarla como a otras ninfas. Y así sucedió. Cuando Hera descubrió el engaño, castigó a Eco quitándole la voz y obligándola a repetir la última palabra que decía la persona con la que mantuviera la conversación. Incapaz de tomar la iniciativa en una conversación y limitada sólo a repetir las palabras ajenas, Eco se tuvo que apartar del trato humano. Retirada en el campo, Eco se enamoró del hermoso pastor Narciso, hijo de la ninfa Leiriope de Tespia y del dios-río Céfiso. Eco lo seguía todos los días sin ser vista, pero uno de ellos, debido a una impertinencia al pisar una rama, Narciso la descubrió. Eco buscó ayuda de los animales del bosque, como ninfa que era, para que le comunicaran a Narciso el amor que ella sentía, ya que ella no podía contarlo. Una vez que Narciso supo esto, se rió de ella, y Eco volvió a su cueva y permaneció allí hasta morir. Sobre Narciso, algunos cuentan que un muchacho que también se había enamorado de Eco oró a los dioses, pidiendo que Narciso sufriera al sentir un amor no correspondido, como el que había hecho sufrir a otros. La oración fue respondida por Némesis, la que arruina a los soberbios, quien maldijo a Narciso a enamorarse de su propio reflejo. El joven terminó muriendo de desamor (otros dicen que se ahogó mirándose su rostro en el río) y su alma bajó al Inframundo, donde fue atormentado para siempre por su propio reflejo en el río Estigia, mientras su cuerpo mutó en la flor que lleva su nombre.

- Lara (también llamada Lala: habladora (del griego λαλέω), Laranda, Larunda o Tácita) es, en la mitología romana, el nombre de una náyade, hija del dios-río Almón y famosa tanto por su belleza como por su charlatanería. Este último defecto, que sus padres habían intentado corregirle, la hacía incapaz de guardar cualquier secreto.

Habiéndose enamorado Júpiter de Yuturna, no pudo satisfacer sus deseos, pues la ninfa se arrojó al Tíber para esconderse de él. Entonces Júpiter llamó en su auxilio a todas las náyades y les rogó que impidiesen que Yuturna se escondiese en sus orillas. Las náyades cumplieron este ruego, a excepción de Lara, quien acudió a Juno, la esposa de Júpiter, y le relató los devaneos del dios.

En castigo por su indiscreción, Júpiter le arrancó la lengua y ordenó a Mercurio que la encerrase en el Inframundo. En el camino, el dios la viola aprovechando su incapacidad para pedir auxilio, como narra Ovidio en Las Metamorfosis. Ella dio a luz dos gemelos, llamados los lares, que custodiaban las encrucijadas y vigilaban las ciudades.

Por su larga estancia en el Inframundo, Lara se convirtió involuntariamente en una ninfa ctónica, y con el tiempo Numa Pompilio inició su culto como Tácita, la diosa silenciosa (Dea Muta), convencido de que en el buen gobierno de una nación esta diosa era tan necesaria como la de la elocuencia.

Ya ven la importancia de no andar de bocón. Por cierto que en otra versión, Eco es parte del séquito de Hera y ésta la dejó muda, porque simplemente no se callaba y se hartó de oírla hablar.

¡Gracias por los comentarios!

¡Un besote!