Capítulo 24
A diferencia del nadar desenfrenado de Rose, Juleka nadaba tranquilamente a su lado, sin meterle más presión a sus piernas por nadar veloz ni tirando de ella. Sus manos ni siquiera se tocaban, solo nadaban una al lado de la otra, en silencio. Era un silencio agradable, sin necesidad de rellenarlo con charla insustancial a la fuerza. Desde el primer momento en que habían cruzado palabras le había dado la impresión de que era tímida y reservada; a Marinette le maravilló su capacidad de valorar el silencio y pensó que ella y Rose eran tan distintas que había un llamativo equilibrio al estar juntas.
Sumidas en aquel paseo lleno de calma, Marinette pudo permitirse observar la ciudad con más detenimiento. Se dio cuenta de que Juleka tenía razón, de que realmente iba llamando la atención de los parisinos a su paso. Eran miradas llenas de asombro, curiosidad e incluso, en algún caso extraño, desconfianza. No había palabras que acompañaran esas miradas, ni siquiera susurros entre amigos al observar algo curioso. Marinette se preguntó si las sirenas eran, por regla general, seres reservados y muy educados; quizás aquella era la mejor prueba de que tanto ella como Rose realmente no se habían criado allí.
Nadaron casi a ras de suelo por las calles repletas de edificios construidos con piedra y unidos mediante raíces y algas. Como decoración viva, algunas casas habían plantado corales de distintos colores, llenando de rosas y blancos aquel mar verde.
Antes de entrar al edificio, Marinette ya supo que habían llegado a la estación de policía. Era un edificio grande e imponente, con enormes ventanas en sus paredes que dejaban ver a todas las sirenas que se movían en su interior. Era de diseño recto, muy geométrico, y de vegetación corta y dura. No había algas rodeándolo, sino duras enredaderas de hoja pequeña y pegada a la pared, muy finas y pequeñas en comparación a las raíces fuertes y visibles entre el follaje.
Se adentraron en el edificio y Juleka fue directa a la recepción, preguntando por el agente Roger. El secretario observó a Marinette con suspicacia a través de sus profundos ojos castaños. Sin embargo, no hizo más comentarios y se levantó del asiento, perdiéndose en los pasillos. A Marinette le maravillaron sus escamas, que brillaban como obsidianas. Poco después regresó acompañado de un enorme tritón de cabello pelirrojo, un color llamativo allí abajo.
—Al parecer hoy es el día de las visitas inesperadas. Hola Juleka, ¿qué tal va todo? Hacía tiempo que no te veía por aquí, aunque también hace tiempo que no te metes en ningún lío —comentó riendo.
Juleka se sonrojó y Marinette la observó con mal disimulada sorpresa.
—Y veo que aquí traes a una nueva amiga, aunque igual de peculiar que Rose, ¿verdad? Aquí entre nos, Juleka es tan buena lidiando con los pecesitos perdidos por todas las cosas que hizo para acabar aquí.
Al ver que la sonrisa de Juleka se acrecentaba tímidamente, divertida por los recuerdos, a Marinette le entraron ganas de reír.
—Agente Roger, veníamos a solicitarle ayuda. Si alguien sabe sobre este asunto, seguro que es usted.
Roger se cruzó de brazos, observándolas con curiosidad.
—Y supongo que eso que me tienen que pedir tiene que ver con esta señorita que está aquí. Por cierto, ¿quién eres, señorita?
—Mi nombre es Marinette, procedo de la superficie. Acabé aquí abajo por accidente y perdí al compañero con el que viajaba y me preguntaba si usted sabía algo.
—Su compañero es un humano que actúa como un gato. Con orejas puntiagudas en la cabeza.
El agente Roger alzó una ceja.
—Sí, suelo llamarlo Chat por cómo viste —Ese apodo se había tatuado en su mente con una naturalidad pasmosa.
—¿Un gato? Me temo que no, no hay registro alguno de él por aquí. Aparte de ti, la única persona que ha pululado con dos piernas hoy en esta ciudad ha sido Adrien Agreste.
—¿Adrien…? —preguntó Marinette, sabiendo que el nombre le era familiar—. ¿¡El conejo blanco!?
Lunes, 26 de marzo de 2018
